_Dol._ ¿Áun qué sería si hubiese la vieja Dolosina de pagar hecho y
por hacer, en este camino? que por mi salud, mirando bien en ello,
en gran peligro voy, especialmente con el hábito que llevo, que
sólo en ser conocida cae mi vida en gran riesgo; pues los agüeros
que he visto lo adoban. Dos falcones maltratando una graja se me
representaron en saliendo de mi casa; poco más acá vi en el suelo
una lechuza muerta; el primer hombre que al encuentro me vino, sobre
ser cornudo, le dieron este dia de palos: bueno va todo, quiera Dios
no sean badanas, que en este oficio, y en un caso semejante al que
agora voy, dexó mi abuela Claudina la vida por las costillas en
manos de los criados de Theofilon; pues mi madre Parmenia indicio
hay de que por otro tanto en Milan la mataron á talegazos. Ahora
bien, sea lo que fuere, venga lo que viniere, que piés malos camino
andan. Dolosina es astuta, y lleva buena compañía, quanto más que si
con la empresa salimos, más me valdrá de cien síes renovados, y por
tanto, haldas en cinta priesa á caminar rico ó pinjado, muerto ó con
gran ditado, de una vez que á todo riesgo un jubon sin mangas, ó un
almilla de plumas, podrémos medrar. Mas agora esfuerza, esfuerza,
Dolosina, ten buen corazon, que el tal quebranta mala ventura; pues
que la puerta de Polibio se muestra de enfrente, y nadie parece, de
rondon me entro, que el hábito lo demanda, y adios: ¿quién será esta
doncella que á mí se viene? Cierto no sería poco tenella de nuestra
parte; quiérola hablar blandamente, que buenas palabras valen mucho.
Hija hermosa, dicha buena hayais en todo lo que mano pusiéredes,
¿recibiria de vos tanta gracia que delante de la señora Senesta me
pusiéredes? que, mal pecado, vengo con una necesidad muy grande, y
como haya sabido ser ella persona en quien las tales como yo hallan
siempre gran auxilio y socorro, deseo con ella probar mi ventura por
ver si es verdad lo que se dice.
_Cec._ Dueña honrada, mucho quisiera cumpliros vuestro deseo, mas
sabed que al presente será escusado, porque está en su aposento,
con mi señor Polibio, durmiendo la siesta; aunque si es cosa que en
alguna limosna ó obra pia toque, mi señora Isabela la remediará.
_Dol._ ¡Oh, cómo he hallado buen puerto! de verdad que con tal
comienzo no puede ser el fin adverso.
_Cec._ ¿Qué dices, madre? Si te parece, bien; si no, darás la vuelta.
_Dol._ Digo, hija, que aunque á la señora Senesta quisiera, que bien
suplirá en mi necesidad la señora que me habés dicho.
_Cec._ Pues detente un poco, vieja honrada, iré á se lo decir.
_Dol._ Pues sea presto, por vuestra vida, que mi pena no quiere
dilacion. ¡Oh, cómo si al dicho del esforzado Héctor doy crédito, que
dice que comienzos prósperos traen tales fines, yo pienso de salir en
este caso con paz y del todo vencedora, pues tan oportuno lugar para
mi propósito demostrar se me ha seguido! Ea, ea, esfuerza, Dolosina,
que ya se llega tu hora, en la cual no harás pequeña ganancia, si
desplegas tu lengua y abres tu entendimiento, en manifestar tu
propósito.
_Cec._ Madre, entra comigo, que Isabela te aguarda.
_Dol._ ¡Ay, hija, plega al misericordioso Dios que tal acogimiento en
su presencia halles, como al presente de tí he tenido!
_Cec._ A él le plega por su infinita bondad; mas ves allí á mi
señora, llégate allá, y manifiesta tu necesidad, que con ayuda de
Dios ella será remediada.
_Dol._ Así lo creo yo, hija, que do tanta hermosura se muestra, no
puede faltar piedad grande para los que della son menesterosos.
Doncella ilustre, y la más hermosa de cuantas en el mundo viven, el
Señor que tal os formó, en estado y honra os prospere, porque los
afligidos y necesitados en vos hallen cumplimiento de sus deseos.
_Isab._ Dueña honrada, tú seas bien venida. Por haber sabido de
esta mi doncella que con cierta necesidad á mi señora Senesta
venías, y ella esté al presente ocupada, yo su hija, por lo que á
ser caritativa debo, siendo de tu cuita certificada, si mis fuerzas
fueren en ello bastantes, te la remediaré; por tanto no ceses en me
lo decir, que aliende de ser limosna, por ser mujer como yo, con más
entera voluntad cumpliré tu deseo.
_Dol._ ¡Ay perla de oro, y cómo te lo dices! ¡Cierto que de tal
figura no se esperaba ménos! Has, pues, de saber, señora, que mi
venida en esta casa ha sido por ver si una grande necesidad que
tengo, en alguna manera remedio alcanzase; que como nosotros los
necesitados y afligidos no tengamos otrie á quien ocurrir con
nuestras miserias sino á los ricos y poderosos, los quales de justo
derecho son tenidos en nos remediar, y como en este caso esta familia
á todas las de la ciudad sobrepuje, aquí determiné de me llegar,
concibiendo en mi pecho que si aquí me falta remedio, mi cuita sin él
perecerá; de donde grande detrimento y pérdida á mi vida se sigue.
_Isab._ Madre mia, por tu fe que no llores ni te acuites, que si,
como he dicho, no me falta el poder, tú partirás de mi presencia
contenta.
_Dol._ Así lo creo yo cierto, mi señora, que no sin causa puso Dios
tanta beldad y gracia en un cuerpo humano, sino para que más en tener
misericordia entre todos se señalase.
_Isab._ Dexa eso, madre, y dime tu cuita, que tengo deseo de sabella
para del todo la remediar.
_Dol._ De cierto, hija mia, que á lo que al presente de tí he
concebido que debes ser muy misericordiosa y llena de piedad,
lo que en una doncella ilustre y fermosa como tú estrañamente
resplandece; porque dado caso que, como dice el Evangelio, aquellos
son bienaventurados que se preciaren de misericordiosos, siendo, como
es, gran virtud en qualquier estado, en los de ilustre prosapia es
muy mayor en estremo, lo que manifiesto se ve quando un gran señor
ó rey perdona á sus súbditos ó á otros los crímines que contra él
cometieron, que nace de por ser misericordiosos querer más dexar sus
ofensas sin castigo, que ver en su próximo tormento: exemplo tenemos
en nuestro gran César Carolo V, luz que á todos los magnánimos y
fuertes antiguos en tinieblas dexa, con quanta misericordia y piedad
haya tratado á sus muy crueles enemigos, habiéndolos tenido en su
poder, como fué los dias pasados al Rey de la Galia, que contra él
tan contrario se mostró, donde teniéndole en su poder, y por muy
justa batalla vencido, no sólo le perdonó, mas áun muy llegado á él
en afinidad y parentesco, á su tierra le envió. Eso mismo con el
fuerte Duque de Saxonia, y sus parientes y allegados, que con tan
justa causa merecian otro acogimiento que el que en él hallaron;
mas su imperial persona, no mirando los deservicios que dellos habia
recebido, con misericordiosa y pia benivolencia los brazos abiertos,
el perdon con su amistad les ofrece. Pues si dello debe ser loado, no
quiero que mi baxo juicio y débil entendimiento lo determine, pues
por serlo tanto indeterminado se queda. Todo esto, hermosa doncella,
os he querido decir porque veais en quanto sois de estimar, por
la gran misericordia que en vos, á lo que he visto, se encierra,
por donde á los que contra vuestra persona erraren sois tenida á
perdonar, y ansimesmo á los que de vuestro acorro tuvieren necesidad,
como yo agora, con alegre cara y larga voluntad se la ofrecer.
_Isab._ Dueña honrada, para comigo, que bien se me entiende todo
lo que has dicho, no son menester rodeos ni circunferencias, sino
manifiéstame tu fatiga, que yo procuraré de la remediar.
_Dol._ ¡Oh mi emperadora, y cómo si así fuese yo me podria contar por
bienaventurada, y mi vida saldria de laceria y afan muy crecido! mas
primero que de mí lo sepas, te quiero decir de dónde nace la caridad,
y por qué unas personas tienen en buscar á otras, en sus fatigas,
remedio.
_Cec._ A la larga toma el galgo la liebre; valga el demonio á la
vieja importuna, si ya no me tiene quebrada la cabeza con sus
palabras, y áun quiere comenzar materia nueva; por mi vida, que no la
sufra yo más, sino que allá fuera me salga, acabe quando quisiere.
_Dol._ Digo, pues, señora piadosa, que principalmente se sigue de
la buena voluntad y amor, lo que se ve muy á la clara en nuestro
redemptor y maestro Jesuchristo, que por el amor que al humanal
linaje tuvo, con caridad y querer excesivo, por redimirle se ofreció
á muerte de cruz en aquel siglo bien vituperable. Pues de la mesma
manera nosotros, discípulos de tal maestro enseñados en caridad, nos
dolemos de las adversidades y desventuras de nuestros próximos, y
les buscamos con todas nuestras fuerzas remedio, siendo guiados por
un amor secreto que en ello nos fuerza, donde quien lo contrario
hiciere, con razon debe de ser reprehendido, pues no cumple lo que en
la ley de fe tanto es encomendado. Pues si esto es así, ¿con quánto
querer debemos, con caridad amorosa, socorrer á nuestros próximos en
sus necesidades? pues sabemos del sabio que dice: que quien favorece
al mortal hace obra de Dios inmortal, especialmente los ricos y
poderosos á los necesitados y afligidos; y no digo tanto en los ricos
como en otros mil estados, que unos á otros nos podemos aprovechar y
favorecer, ansí como en las gracias que habemos aprendido por arte,
como con las que la naturaleza en nos puso, participándolas con
aquellos que dellas tienen necesidad y serán ansimesmo por ellas en
sus cuitas remediados.
_Isab._ Dueña honrada, bien basta lo que me has dicho; por tanto
luégo me di tu fatiga quál sea, que tengo otra cosa en que entender.
_Dol._ Piadosa doncella, así lo haré; por tanto óyeme con atencion
mis palabras, y cumplirás tu deseo si de sabello alguno tienes.
_Isab._ Mejor me ayude Dios, que tú vienes con necesidad, sino con
alguna buena trama, y si así es, mándote yo que no te alabarás dello.
_Dol._ ¿Qué dices, señora?
_Isab._ Digo que de presto concluyas ó me dexes ya.
_Dol._ ¡Oh mi señora, y cómo lo quieres ya saber! Pues yo te prometo
que es con razon porque tú eres la que en ello ganas.
_Isab._ Pues ¿en qué gano yo, buena vieja? por mi vida, que tengo
mil recelos de tí, y que no sé si lo que yo agora digo será falso.
_Dol._ Señora, no perturbes mis razones con tus inopinados
aceleramientos, que si digo que tú ganas, es porque quien hace
limosna adquiere provecho para el ánima, y quien la recibe, para
el cuerpo; pues si esto es así, mira si ganas tú más en remediar
mi cuita que yo, mas porque no recibas mayor pena de la recibida
con mis largas y toscas razones, has de saber que yo fuí casada en
mi mocedad con un fidalgo, y por mi mala ventura, al segundo año
enviudé, quedándome de mi amado marido un hijo pequeño. Pues no
contenta la fortuna con aquesto, en una noche toda mi hacienda y
bienes por un fuego perdí, porque, como dicen, la miseria sigue á
los afligidos y persigue á los escogidos; donde sola, que parientes
ningunos conocia, y pobre desde entónces, he pasado mi trabajosa
vida peregrinando por diversas naciones, siempre en compañía de mi
pequeño hijo, el qual en poco tiempo creció, parándose tan fermoso y
agraciado, quanto otro dubdo que en su tiempo fuese; yo, con amor de
madre, mendigando, ó como pude, le hice enseñar las gracias que á un
gentil mancebo convienen, entre las quales la música en gran manera
en él floreció, ayudando su melodiosa voz, en tal manera que espanto
á quien lo oye ponia; pues, estando yo algo con él consolada, y ya á
su causa con algun remedio, hubo en una ciudad donde estábamos con
otro mancebo una question, en la qual su contrario perdió la vida, y
por miedo de la justicia aquí nos venimos, do pasamos grande laceria
por causa que á mi hijo una grave dolencia le ha sobrevenido, de que
mi afortunada vida en tal manera se ve congojosa y fatigada, que la
muerte excesivamente desea por ser su postrimero remedio.
_Isab._ Pues, dueña honrada, ¿qué me pides agora á mí para en eso?
_Dol._ ¡Oh mi buena señora! ¿quieres que te lo diga? sabe que lo que
yo de tí para su mal quiero, es tu soberana gracia.
_Isab._ Buena vieja, en gran confusion me ponen tus palabras; mas di,
¿qué entiendes por mi gracia?
_Dol._ Que dés tú, pues eres poderosa, á aquel enfermo la vida, que
por tu causa muere.
_Isab._ ¿No digo yo que áun en mal punto acá habries venido, doña
falsa, con tus alcahueterías?
_Dol._ ¡Jesú, Jesú, señora! ¡Desdichada de mí! no dés voces, que no
soy de las que piensas, ni mi venida es á ningun mal.
_Isab._ Pues dime, mala, en tales dias envejecida, ¿cómo dices que
ese tu hijo por mi causa muere?
_Dol._ Señora, no pienses que en ello hablo de gracia, que de cierto
es así, porque el pobre que con necesidad muere, el rico que dello
fué sabidor le mata, y si piensas que en ello te engaño, pregúntaselo
á todos los doctores santos, y verás si es así; más desdichado fué mi
nacimiento, que bien sé yo que dicir la verdad amarga, y por esto me
has afrontado mis canas, pero sea, que más pasó Dios, y sus siervos
más han de pasar, aunque ni por esto de tal cargo seré acusada, que
por no me avergonzar á los que tienen, mi hijo con suma necesidad
pereciese.
_Isab._ Yo te cogeré á las palabras, doña raposa, y áun, por mi fe,
que pienses llevar lana y vuelvas sin cuero.
_Dol._ ¿Qué dices, señora? ¿pésate ya por lo que dixiste? si así es,
yo te perdono, pues por ignorancia pecaste.
_Isab._ Anda ya, anda, buena vieja; á otro perro con ese hueso, que
muy bien te he entendido, y sé dónde asiestas tus tiros; no te me
hagas tan santa con tus palabras, pues en ellas está el engaño; mas
dime de parte de quién vienes, que podria ser tu mensaje no fuese
en vano; mas si de otro cabo de quien yo pienso viene, amonéstote
que otra vez acá no me vuelvas, porque librarás mal, y ésta se te
perdonará atento á los sermones de piedad que tú me has predicado.
_Dol._ ¡Ay señora! ¿y quién dices? que cierto mi venida no es más de
lo que has sabido.
_Isab._ Dueña noble, ya te he dicho que te he bien entendido; á perro
viejo, no tús tús, que ya sabes bien que de cosario á cosario no se
pierde sino los barriles; por tanto dime lo que te pregunto, que en
tal hora puedes ser venida, que de mí lleves buen galardon por tu
mensaje.
_Dol._ ¡Oh mi buena hija! sabe que tu pensamiento es verdadero, y de
parte de quién yo vengo por esta carta lo verás.
_Isab._ ¡Ah doña falsa, que cogido os he la verdad sin que la podais
encubrir! mi fe, aunque vieja y yo mochacha, engañado os he. ¡Oh
mala vieja, quién no estuviera avisada de las tales como tú, que
con sus azucaradas y santas palabras, vienen á robar la castidad de
las nobles doncellas! pues yo os aseguro que el pago que de aquí
llevares será, conforme á la misericordia que á mi honestidad debo,
bien igual á tus sermones. Agora ¿qué dices en esto? ¿no respondes?
¿por ventura buscas algunas escusas? pues yo te digo que te serán
escusadas; mas bien será que anden las manos y cesen las palabras,
que, pues á mí injuriaste, de mí llevarás el castigo. Oyes, Cecilia,
Cecilia.
_Cec._ Señora.
_Isab._ Ven aquí, toma tu almohadilla, darémos un refregon á esta
falsa alcagüeta, que ansí mi honra y limpieza queria robar.
_Cec._ ¿Qué, desas es la señora? Alto, que aparejada estoy.
_Dol._ Aun en mal hora acá habriemos venido, si esto así se prosigue
adelante.
_Isab._ ¿Qué murmuras, malvada? ¿Tienes alguna escusa?
_Dol._ Digo, señora, que este papel es una purga que asentó hoy el
doctor, y habia de costar mucho precio, lo cual á tí venía á pedir;
y porque me creyeses te la mostraba, y si piensas aún que en ello te
engaño, tómala y verlo has.
_Isab._ Esas escusaciones á quien no te entendiese, matrera, tus
falsas revueltas, pues hágote saber que mal se cubre cabra con la
cola; por tanto, si recepta es, recibe en ella nuestros golpes, pues
escudo y capacete te falta. Alto, hermana Cecilia, á las manos, mas
cierra primero la puerta, no se nos vaya el gallo.
_Dol._ En mal punto acá vine, que esto á dos palabras tres pedradas;
me parece que vale más al fin callar, como negra en baño, que cada
gallo canta en su muladar.
_Cec._ Ea, señora, no canses que tiene mucho pelo; y áun no siente
los golpes, toma exemplo en mí, y qué tajos arrojo.
_Dol._ ¡Ay! ¡Ay, desventurada yo, que me fino!
_Isab._ Redobla tus golpes, Cecilia, en esta cuña que ya rechina la
piedra y presto caerá.
_Cec._ Por mi fe, vesla en el suelo.
_Dol._ ¡Ay, señores, que me muero, confision!
_Cec._ Ya te absuelven, hermana, y áun de tal manera que puedes á tus
descendientes dar parte.
_Isab._ Déxala ya, Cecilia, que bien basta lo hecho.
_Cec._ ¿No ves, señora, que destas tales se dice que tienen siete
almas como gato, y áun no será la primera del todo salida? mas agora
bien está, pues mi almohadilla demuestra las entrañas de trabajada;
mas ¿qué piensas hacer desta, que, á lo que creo, está muerta?
_Isab._ Por mi fe que dello me pesase, porque solamente quisiera
escarmentalla; mas si es hecho, y no se puede escusar, con hacerlo
saber á mi señor Polibio todo el caso por entero, no habrá más; que
quien burla al burlador, ya habrás oido.
_Cec._ Pues, señora, yo quiero ir á llamalle.
_Isab._ Bien será; torna, torna, Cecilia.
_Cec._ ¿Qué dices, señora?
_Isab._ ¿No ves qué recia va por el escalera abaxo? Cierto que con
engaño lo fingie, que en viéndote salir, y la puerta abierta, luégo
se levantó más recia que un quadrillo.
_Cec._ Así me parece, mas no la arriendo la ganancia desta tarde; y
si bien le supo, tórnese al regosto.