ESCALION. — DOLOSINA. — LELIA.

_Esc._ Señora Dolosina, ¿sabe que me parece que por tí ha cantado el

cuclillo, que vas cargada de oro como abeja á la colmena?

_Dol._ ¿No sabes, hijo, que del rio á veces cargado á veces vacío?

mas hágote saber que con todo eso no alcanzo para un orinal de plata.

_Esc._ Agora, madre señora, esto aparte, sábete que no puedo entrar

en tu casa; por tanto, como llegue á la puerta, me darás licencia.

_Dol._ ¿Tienes algun arduo negocio, ó qué es la causa?

_Esc._ No, pese al mundo, sino que mandé anoche á Libina once varas

de anascote, y díle en señal quatro reales y quedó mi palabra

obligada á que se las llevaria hoy, y reniego de los tártaros si

tengo más blanca que un podenco, ni rastro de donde al presente me

venga.

_Dol._ Hijo Escalion, recio caso es no cumplir la palabra que se

pone, especialmente un hombre como tú, de los quales es dicho, de la

palabra, como el toro por el cuerno, se han de preciar; y tú erraste

en el prometer, pues posibilidad te faltaba, mas aunque esto ansí

sea, yo rogaré á Libina que te espere más tiempo, y ella lo hará por

mi ruego y porque dicen que el deudor no se muera, que la deuda sana

queda; mas mira que te aviso que no me hagas caer en vergüenza con

ella, si esperándote por mí despues la burlares, que yo, como dicen,

seré tenida á lo pagar, y no es razon, pues de mí recibes la buena

obra.

_Esc._ ¡Valga el demonio la vieja enredadera! ¿y fuera mucho que me

escusára con la otra, pues hoy tal lance á mi causa ha echado? sino

que piensa que diciendo que me espere áun me pone en gran cargo;

pues, no las ayude Dios más, que ellas de mí lo lleven si del Perú no

me viene, que, por el sacrílego robo de Elena, treinta saltos dé sin

que se me caiga blanca, y de pelado regatease la soga, como dicen.

_Dol._ ¿Qué dices, Escalion? ¿viénesme por ventura royendo las

faldas? No lo debes hacer, que de cierto no es pequeña la buena

voluntad que yo te tengo, y si tienes alguna necesidad, dilo luégo,

no hayas vergüenza, que quien no habla no le oye Dios.

_Esc._ No digo, madre, sino que reniego de los trasuntos de Balcebú,

porque á tal tiempo me vino esta necesidad con que mi palabra ha de

venir á ménos.

_Dol._ Agora, hijo, confia en Dios que todo se hará bien; mas ves

aquí mi posada, mira si quieres entrar.

_Esc._ Tornarme quiero, pesar de quien me parió, que ya no osaré

parecer donde gentes hobiere; quédate á Dios, madre, que yo pienso de

hacer algun hecho que sea sonado, que de dos males el mayor se ha de

evitar, que es que no se quiebre mi palabra.

_Dol._ El Ángel bueno te acompañe, hijo. Tá, tá, tá.

_Lel._ ¿Quién llama allá fuera?

_Dol._ Abre, Lelia, que yo soy.

_Lel._ Madre, enhorabuena vengas.

_Dol._ Dime, Lelia, ¿qué hacen esas mochachas?

_Lel._ Sube y vellas has echadas, que áun agora duermen el sueño de

la salud.

_Dol._ Bien me parece que otro ha de ganar lo que ellas han de

comer, mas pase, que agora tienen tiempo; dime, ¿ha venido álguien á

buscarme?

_Lel._ De parte del tiniente, á quien llevaste la moza ántes de ayer,

te enviaron dos pares de perdices con muchos perdones á vueltas.

_Dol._ Dios le dé de sus bienes, que sabrosas serán por ser de las

rentas de Dios escotadas.

_Lel._ El mercader de Claudia vino luégo como que tú te fuiste, y ha

estado con ella y se ha ido.

_Dol._ ¿Qué truxo?

_Lel._ Una saya naranjada que cantusó á su esposa, para Claudia, y un

manto razonable guarnecido, para tí.

_Dol._ Andar, agua vertida no toda cogida; de quien no nos debe nada

buenos son cinco dineros; dime si ha venido otrie.

_Lel._ La desposada, que tiene el joyel empeñado en los dos ducados,

vino muy asustada por causa de estar hoy convidada en casa de su

esposo, y por no estar tú aquí hube yo de ser el zurujano; y áun, por

mi conciencia, que pasó un mal rato por no ser yo buena maestra, en

pago de lo qual me dexó esta sortija de oro.

_Dol._ Bien haces, hija, de ensayarte temprano, que, por mi salud,

quando grande te lo halles y dello no seas pesante; mas la sortija me

viene á mí de derecho, por ser tú aprendiz en mi casa.

_Lel._ Madre, yo te la daré; mas déxamela traer algun dia primero.

_Dol._ Muestra, boba, que no es anillo en el dedo, sino honra sin

provecho, y tener siempre cuidado no se pierda sin lo sentir, lo

qual, si acaesce, da doblado pesar que recreacion con él han tenido,

y por tanto será bien que me le des, que quien quita la causa quita

el pecado.

_Lel._ Toma, madre, que más quiero ser yo pesante que tenerte á tí

descontenta; los dos ducados están entre las almohadas de tu lecho.

_Dol._ Bien está todo eso; dime, hija mia, si me ha venido otrie á

buscar.

_Lel._ No, madre, no ha venido otra persona alguna.

_Dol._ Pues, hija Lelia, tráeme aquí lo necesario para un conjuro;

eso mesmo, los vestidos rotos de mujer mendicante y pobre, que con

ellos tengo de ir á cierto negocio.

_Lel._ Madre señora, ves aquí he traido los vestidos que me pides y

eso mesmo lo necesario para el conjuro, que es: el ólio infernal,

las candelas del cerco de la otra noche, el ídolo de arambre

juntamente con la bujeta del ungüento serpentino, la lengua del

ahorcado, los ojos del lobo cerval, la espina del pez rémora, los

testículos del animal castor, el pedazo de carne momia, y las

taleguillas de las hierbas del monte Olimpo que truxiste el dia de

Mayo. Mira si es menester otra cosa.

_Dol._ La redoma azul pequeña, con el agua del rio Leteo, me trae

tambien.

_Lel._ Vesla aquí, madre, ¿quieres más?

_Dol._ No, sino que cierres bien la puerta y arriba te subas.

_Lel._ Hecho está, madre.

_Dol._ Yo, la maga y gran sabidora Dolosina, enseñada en las artes

del mago Simon, sin falacia ni engaño, á tí, Pluto, rey y señor

predominante en las tremendas y espantables tinieblas del Erebo y

reino infernal, donde el rio Cocito, con sus negras y oscuras aguas,

por las breñas y rocas, donde las sombras hacen su habitacion se

despeña; juez soberano entre los rectísimos pretores. Minos, Caco,

y Rodamante, veedores esecutarios en las causas de los afligidos

pasajeros de Caron, domador, eso mesmo, de las terribles y no

domables fuerzas de las tres tartáreas furias, Alecto, Megera y

Tesifon, con las virtudes ocultas de los presentes materiales te

conjuro: á que dexado tu cetro y silla real, vengas con aquella

obediencia á que me estás obligado tú, en pago del dedo cordial que

te tengo ofrecido, á me servir, y sin engaño ni aparencia fingida,

cumplas en todo y por todo, mi querer y voluntad; y si tu imperial

persona, en otros importantes negocios ocupada, tuviera por enojosa

esta venida, por el tanto, con tus veces y grande poder, á mi fiel

familiar Escarcafierro me envia, el qual en esta carta que presente

tengo, se encierre, y siendo en manos de Isabela puesta, de la

manera que esta imágen de arambre es abrasada con estas virgíneas

candelas, así su corazon con fuegos excesivos en el amor de Selvago

se encienda, matando con la presente agua del olvido, traida del

infernal rio Leteo, todos y qualesquier amores que en otras personas

haya puesto; donde lo contrario haciendo, no sólo de tu poder y

persona blasfemaré, mas con todas mis fuerzas te seré capital enemiga

y cruel competidora, donde, con buen seguro, que en mi poder te

llevo, con estas armas de fingidos vestidos, á comenzar la dubdosa

batalla me parto.

Comedia llamada Selvagia, Comedia Serafina · 第 32 / 85 题