_Val._ Hija Cecilia, por tu vida, que con lo que allá queda seas de
vuelta presto, porque me hará gran falta si las tres primero hobieren
dado.
_Cec._ No tengas pena, madre, que presto tornaré; por tanto yo voy.
Dios quede contigo.
_Val._ Él sea en tu compañía. Por mi salud, que desta vez yo salga
de laceria, y á pesar de gallegos deseche el pelo malo por entero;
no, sino fingid santidad toda la vida, que yo os mando mucha mala
ventura. Cierto fué grande mi sagacidad, y mayor la simpleza de
Isabela, aunque si bien se mira, el amor siempre desecha de su posada
toda razon y consejo, que ciertamente no es tal Isabela que le falte
para ser bien entendida, aunque el buen crédito que de mí tiene fué
gran parte á que el negocio viniese á tales términos, que pensando
ser para su provecho, ha enriquecido mi casa, y áun pensará que me
resta debiendo. Mas ¿qué digo yo? ¿qué haré para que con lo que he
prometido pueda salir á seguro puerto? que de verdad, si Selvago ama
en otra parte, con trabajo le podrémos inducir á que haga virtud;
que si no ama, cosa fácil será, porque solamente viendo á Isabela,
la hermosa niña y de lucida prosapia, que le mira con amorosos ojos,
acudiendo con algunos sospiros á sus tiempos, más que diamante ha de
ser su corazon si no hace sentimiento. Mas aunque yo lo del conjuro
burlando decia no dexa de ser menester si él, como digo, ama en otro
cabo; y si así es, como á botica famosa me voy á casa de Dolosina,
la sotil hechicera, que por ser alivio de cuitados, siendo tan amiga
mia, ella nos sacará el pié del lodo. ¡Ay Dios! ¿quién llama á mi
puerta, que cosa muy nueva es? ¡Jesú, Jesú, hija Cecilia! ¿y tú eres?
por mi salud, que áun pensé que no fueras llegada á tu casa; bien
paresce que tienes mejores piernas para caminar que no yo, pues tal
priesa te has dado.
_Cec._ Madre señora, Isabela me ha sacado de harona, que á su deseo
alas habia yo menester.
_Val._ Cállate, hija, que de esa condicion son los enfermos.
_Cec._ Pues ¿qué enfermedad tiene mi señora?
_Val._ ¿Qué mayor la quieres que amar no siendo amada?
_Cec._ Agora creo, madre, lo que me dices, que áun yo no estoy muy
libre de ese mal, que buen testigo representaría en el caso.
_Val._ Pues, hija Cecilia, á nadie puedes mejor decir tus secretos
que á mí, que te los sabré encubrir y dar remedios en ello
provechosos.
_Cec._ Por la bondad de Dios, agora ni vuestra ayuda ni la ajena me
puede causar mal ni bien, que sé cierto que soy amada en igual grado
que amo.
_Val._ Aunque eso así sea, no te haria daño quien te diese cosa con
que no tuvieses temor que te habia de olvidar para siempre, ni por
otra, aunque fuese más hermosa.
_Cec._ Si tú, madre, lo que dices hicieses, no sé con qué te lo
podria satisfacer, porque de otra cosa al presente no tengo temor.
_Val._ A mí no quiero que paga alguna me des, sino que proveas lo en
el caso necesario.
_Cec._ Si mi posibilidad en ello es bastante, yo estoy muy aparejada.
_Val._ Agora lo puedes ver. Lo primero son necesarias dos palomas
de color de ñeve para sacarles la hiel, que es cosa en esto muy
aprobada; ansimesmo un cabrito tierno y de buen tamaño, dos
gallinas prietas cresticoloradas, dos quesos de los de Mallorca ó
Pinto, dos docenas de huevos de ánsar con algunas madrecillas, dos
cangiloncillos de hasta cuatro ó seis azumbres de lo de San Martin ó
Monviedre, y ansí, finalmente, dos monedillas de oro bermejo; que si
tú desto me provees, verás maravillas.
_Cec._ Entiende agora en lo necesario, que despues darémos un córte
en esto.
_Val._ Mira, hija, que aunque se te haga dificultoso, que el provecho
que dello resulta lo ha de hacer fácil, que bien sabes que mucho no
ha de costar poco, y que á buen bocado buen grito; quanto más que lo
dicho, en una vuelta de ojo que des en la despensa de tu señor lo
puedes á tu salvo cantusar y enviármelo.
_Cec._ Ansí es, madre; mas lo que has dicho más tira á bastecida cena
que á remedio en casos de amores.
_Val._ Poco sabes de achaques de mastuerzo; pues yo te digo que quien
esto te aconseja no te quiere ver muerta.
_Cec._ Madre, si puede ser, darme has traslado de lo sobredicho, y
tendrémos cuenta en la bolsa, que tal puede ser, que al fin sea todo
aire.
_Val._ Ya pensé que te tenía convertida; mas pues lo veo contrario,
espérate aquí baxo un poco, que allá arriba quiero concluir con el
negocio de Isabela; avísote que por cosa que oigas no te alteres,
porque ningun daño te puede venir.
_Cec._ Así será, madre, como dices. ¿No habeis visto la dueña honrada
cómo me quiere coger de las piguelas? Pensábase, por su vida, que sus
tres treinta años habian de bastar á burlarse de mis quince, pues yo
le juro que ha menester más letras de las que tiene para comigo, que
aunque no me he visto en estudio, sé bien quántas son cinco y no he
miedo que alguno me eche dado falso. Válala el diablo, la consuegra
de Barrabas, qué estruendo trae allá arriba; por mi vida, que me
tengo de salir á la puerta, que no soy bastante de oillo sabiendo
que lo causa gente de garabato. En buena hora yo lo dixe, que si
bien veo, mi Carduel es el que viene por allí; bien será este buen
rato que se me apareja echalle en mi casa, pues el lugar y el tiempo
lo consienten. ¡Oh mi señor Carduel, con eso hace tal dia! ¿Cómo es
posible que gozo de vuestra agradable vista? Sin duda que este dia
puedo llamar bienaventurado, pues en él tanto gozo me ha venido sin
yo dél ser merecedora.
_Card._ No con ménos turbacion mi verdadera señora, está ocupado
mi sentido con la gloria tan inmensa que goza, que de dubda mi
juicio está lleno pensando si la bienaventuranza que posee es
sueño ó ficcion; no sé qué en ello piense, porque verdaderamente
la figura que me captivó y de contino trae muerto es la que estoy
contemplando; mas si considero quán contraria la fortuna siempre se
me ha mostrado, no me hallo digno de tanto bien como al presente
poseo. ¡Ay mi señora! por amor de Dios que me desengañes del engaño
(que sin engañar siempre me engaña) en que al presente estoy puesto,
declarándome si sois vos aquella que tantas cuitas y mortales deseos
me hace padecer, trayendo mi sentido sin que sienta, y sintiendo no
tenga de sí parte.
_Cec._ Señor mio, sabed que yo soy aquella que no ménos de obra
por vos padece que de palabras vos por mí habés mostrado, y la que
miéntras Febo, con su agradable rostro dando la vuelta en nuestro
hemisferio, con la Europa su claridad participa, el pensamiento de
vos no aparta, por causa que el otro restante de tiempo, el tal,
junto con el ánima, en vos tiene trasformado, reservando para sí
solo aquello de que, por no poder consigo más, en mí sin mí tiene
su aposento; y pues quedais en vuestra pregunta satisfecho, de la
mesma manera á la de mi parte ofrecida os pido que con la respuesta
satisfagais; esto es, que por vos me será declarado cómo os habeis
sentido despues que de mi presencia corporal habeis sido apartado.
_Card._ Ya podeis ver, mi señora, qué tal se podia sentir el cuerpo
siendo ausente de su ánima, que por tal á vos os confiesa y siempre
ha tenido; por tanto con más razon debo yo á vos preguntar lo que de
mí habeis querido saber, pues no en mí, sino en vos, vivo, y mi vida
en vos tiene su asiento y morada cierta; por lo qual, si ver quereis
cómo estoy, en vos mesma lo podés ver y muy fácil conjeturar; mas
decidme, mi señora, ¿qué buena ventura para mí ha sido aquesta que de
vuestra soberana vista, en tan no pensado lugar, al presente se me
haya concedido que goce, que de cierto bien descuidado estaba yo que
tanto descanso en esta jornada se me habia de seguir?
_Cec._ Señor, he venido con cierto recaudo de mi señora Isabela á una
su ama que aquí vive; mas decidme adónde vos guiais vuestro camino,
que, segun me parece, no es de mucho espacio.
_Card._ Así es, señora, que vengo de la posada de Flerinardo á
saber si quiere esta tarde ruar, y paréceme que se ha sentido mal
dispuesto, y con esto vuelvo á mi señor, que me está esperando.
_Cec._ Pues si ansí es, no cese vuestro viaje; sólo quiero de vos
saber si os dió no sé qué de mi parte Risdeño.
_Card._ Señora, sí, y por ello vuestras fermosas manos beso, que me
parece que lo tal no es otra cosa para mí sino poner cadenas fuertes
al que con grillos en vuestra prision teneis captivo.
_Cec._ Más que no eso merece vuestra persona, señor Carduel; mas
agora el Ángel de la Guarda os acompañe, que entro en esta casa.
_Card._ El mesmo y la Magdalena quede en vuestra compañía, mi señora.
_Cec._ Doy al demonio la vieja y sus zarzas, ¿y quándo ha de acabar?
mas héla dó viene; ¡válame el poderoso Dios, si no parece que sale de
la herrería de Vulcano, segun sale tiznada!
_Val._ Hija Cecilia, toma este ceñidor y dale á tu señora, y díle de
mi parte que mucho me debe, que á gran peligro me he puesto por ella,
que haga como le dixe.
_Cec._ ¿Quieres otra cosa, madre?
_Val._ No, hija, sino que la Trinidad vaya contigo.
_Cec._ Y con vos quede. Por mi vida, que tengo temor desto que la
dueña honrada me dió, que sé cierto que ha estado en las manos de
los enemigos malos. De verdad que con razon deben ser castigadas las
personas á éstas semejantes, que con sus tratos perversos, no sólo
ponen sus almas en los infiernos, mas á muchos cuitados en muy duros
afanes y dolores, por sus falsos intereses, hacen vivir. Poco sosiego
muestra Isabela, que de su fenestra me hace señas que vaya presto,
haciéndosele pesado y floxo el paso que traigo con no me alcanzar un
huelgo á otro.
_Isab._ ¿Qué me dices, Cecilia? ¿traes recaudo, que tanto te has
detenido?
_Cec._ Veslo aquí, señora, y díxome Valera que mucho le debes por lo
hecho, y que hagas con el ceñidor segun te dixo.
_Isab._ Dime, ¿viste por ventura lo que con él obró?
_Cec._ No tuve ese lugar, que se subió ella en una pieza alta,
habiéndome dicho que en lo baxo esperase, y comiénzase adonde estaba
un ruido que gran miedo me puso. Semejábame que daban en unas
calderas grandes golpes, mas otra cosa no pude ver.
_Isab._ Pues, hermana Cecilia, ten cuidado de te poner en esa
fenestra, que á estas horas suele Selvago pasar, y si acaso le
vieres, sea yo dello sabidora.
_Cec._ Por mi vida, á buen tiempo hablaste, que vesle, allí viene.
_Isab._ ¿Qué me dices?
_Cec._ Lo que oyes, y sino, asómate y verle has.
_Isab._ Razon tienes. ¡Oh Cupido, dios de los enamorados! yo, tu
sierva, humilmente te pido que en esta hora muestres tus maravillas;
que, pues mi libertad en la deste caballero pusiste, no consientas
que tan libre triunfando tus soberanas leyes profane, haciendo
mi vida con tantas cuitas y mortales deseos con deseos deseosa
deshacerse.
_Selv._ ¡Oh soberana deidad, debaxo cuyo poder y mando el universal
orbe se rige y gobierna! ¿Y qué será esto que mis ojos agora
consideran y con tanta veneracion adoran? ¿Por ventura es alguna
vision angélica que de las celestiales moradas en las tierras es
venida? que cierto no es de creer en humano cuerpo tan suprema
beldad y hermosura ser junta, donde las ebúrneas aljofaradas
de su divino rostro demuestran los vivos esmaltes del celeste
rosicler sobrepujando á los diáfanos rayos de la lúcida Proserpina
en claridad soberana; pues si esto es así, no será sino que la
humildosa salutacion que á su divinal espectáculo conviene, por
mí al presente le sea ofrecida en esta manera con gran turbacion
comenzada. ¡Oh imágen de aquella cuyo natural retrato en lo íntimo de
mi alma al presente se ha esculpido, no con livianos y perecederos
matices, mas con nativos y premanecientes colores maravillosamente
debuxada; causando con la nueva causa de acaescimientos nuevos y no
pensados efectos de desventuras, entretexidos en el precipitadero
donde aposento han tomado! ¡Oh ubérrima y abundosa fuente de toda
fermosura, de donde con estraño y sotil artificio sus muy provechosos
liquores maravillosamente hasta lo íntimo de mi corazon han manado,
causando en él un metamorfoseos ó conversion nunca semejante vista,
por causa que en lugar de ser con ellos recreado, en furibundos y
espantables fuegos le han encendido, causando que su principal sér
de que se crió, en pura y delicada agua se convierta, demostrándose
por los vidriosos ojos en gran abundancia al nuevo mundo, donde
del todo han de ser niquiladas y consumidas! ¡Oh más que seráfica
y esclarecida vision, nobilísimo y excelente espectáculo, donde
mis ansiosas querellas de hoy más han de ir á juicio, por causa de
haber sido citadas por el portero de tus no perdonadores ojos, en
donde, no por temer su buena justicia, mas por la rigurosidad del
juez, rigurosamente á muerte y tenebrosas tinieblas serán juzgadas,
padeciendo, no la pena que cometieron, pues fué ninguna, mas el
deseo que de servir á tí, mi real princesa, han tenido! ¡Oh pues
preclara y divina dea! pido humilmente á tu grande potestad, no por
los servicios que de mí has recebido, que son ningunos, mas por
el deseo que de servirte, despues que mis ojos tu divina figura
contemplaron, he tenido, que con benevolencia de tu piadosa majestad
salida, hablando metafóricamente, los sacrificios que dentro de mi
atribulado corazon á tu persona se ofrecen, demostrándose el humo que
del tal sacrificio es causado, por los incensarios de los lacrimosos
ojos, de tí sean recibidos, y al presbítero de los tales, instituidor
del nombre de ser tuyo, le sea dado que goce, porque de otra manera,
siendo por tí vencido y con crueldad tratado, no solamente por tu
causa sentirá una rabiosa muerte, mas áun, como fénix, con espontánea
voluntad por él mesmo será causada. De donde, no sólo tu real persona
será maculada con nombre de desagradecida, mas tu ínclita fama,
con mancilla á su sér no conveniente, alcanzará renombre de cruel,
homicida y violenta matadora.
_Cec._ Señora, señora, señora Isabela.
_Isab._ ¿Qué dices, Cecilia, que así me quieres apartar de mi deseada
gloria?
_Cec._ Tu madre Senesta viene por el corredor hácia tu aposento.
_Isab._ ¡Oh desventurada yo, que así mi descanso se me acaba!
Contornea esa fenestra, porque del todo mi descanso quede en
tinieblas.
_Cec._ Señora, ya es hecho.
_Selv._ ¡Ay de mí, el más afortunado de los nacidos! ¡triste yo, que
mi gloria se ha eclipsado, mi descanso es consumido, mi alegría es
desterrada y mi libertad es del todo perdida! ¡Ay, ay, desventurado!
¿qué nueva herida es ésta, que mis entrañas ha traspasado? ¡Ay de
mí, que agora la siento, agora la hallo, agora me duele, agora me
lastima, y finalmente, agora por ella pienso perder la vida! ¡Mozos,
mozos!
_Risd._ Señor.
_Selv._ Dime por tu fe, Risdeño, ¿adónde estoy?
_Risd._ Cierto, la pregunta es donosa, con que no hay dia que por
esta calle no pase dos ó tres veces.
_Selv._ Mira, Risdeño, no me lastimes con tus palabras; que de mí
te digo que otro soy del que solía, y de cosa de lo pasado no tengo
memoria.
_Risd._ Dime, ¿por ventura hante rociado de alguna fenestra con agua
del infernal rio Flegeton? porque tiene tal propiedad, como tus
razones han demostrado.
_Selv._ Sábete que así es como dices, sino que otras veces suele ser
traido por los demonios, y agora fué por un ángel celestial á mí
dado; y por tanto da razon á mi demanda, que no sin causa lo pregunto.
_Risd._ ¡Cómo, señor! ¿no tienes memoria que ésta es la posada de
Polibio, y que con quien hablabas era su hija Isabela?
_Selv._ ¡Oh desventurado yo! ¿y es verdad lo que me es dicho?
_Risd._ Sí, cierto.
_Selv._ Pues mucho más es mi muerte; mas dime, ¿viene álguien con
nosotros?
_Risd._ Señor, no; que tú los mandastes á todos los criados quedar en
la posada.
_Selv._ Pues así es, pídote que sea secreto lo que has visto, y con
esto nos volvamos, que en mí no se halla poder para adelante pasar.
_Risd._ Sea como, señor, tuvieres por bien.