Siracusanos y atenienses libran una batalla por mar en el puerto, y por
tierra, pretendiendo ambos haber alcanzado la victoria. -- Encuentros
que tuvieron después durante el sitio.
Mientras estas cosas pasaban en Grecia, Gilipo volvió a Siracusa con
gran número de gente que reunió y sacó de las ciudades de Sicilia donde
había estado.
Hizo llamar a los siracusanos y les mostró que les convenía armar
todos los más barcos que pudiesen para combatir en el mar contra los
atenienses, diciendo que tenía esperanza, si ponían esto por obra, de
hacer alguna hazaña digna de memoria.
Esto mismo les aconsejaba Hermócrates, diciendo que no debían temer a
los atenienses por mar, pues de su natural no eran tan buenos hombres
de mar como ellos, porque la ciudad de Atenas no está situada junto
al mar como Siracusa, sino muy dentro en tierra firme, y que lo que
los atenienses habían aprendido de arte naval había sido por temor a
los medos, que les obligaron a meterse en la mar. Decíales también
que, gente osada como eran los atenienses, les parecerían terribles
los que se mostrasen animosos como ellos, y que de igual manera que
los atenienses espantaban a sus contrarios antes por su atrevimiento
que por sus fuerzas y poder, era muy conveniente que hallasen en sus
adversarios quienes hiciesen lo mismo.
Además de estos consejos, les decía que conocía bien el deseo que
tenían de ir contra la armada de los atenienses, y este hecho
inesperado de los enemigos les espantaría de tal manera, que
aprovecharía más el atrevimiento a los siracusanos que a los atenienses
la ciencia y ejercicio de mar de que se vanagloriaban.
Con estas palabras de Gilipo y Hermócrates, y algunos otros que les
aconsejaban, persuadieron a los siracusanos para que acometieran contra
la armada de los atenienses, y con esta determinación, Gilipo, al
anochecer, puso toda su gente de a pie en orden, fuera de la ciudad,
para que al mismo tiempo atacase a los enemigos por tierra hacia la
parte del muro junto a Plemirio, y los barcos por la parte de la mar.
Al amanecer, las treinta y cinco galeras de los siracusanos salieron
del puerto pequeño donde se habían guarecido para ir hacia el gran
puerto que tenían los enemigos, y con ellos salieron otras cuarenta
y cinco naves para ir girando en torno del gran puerto con intención
de entremeterse en los enemigos que estaban dentro del gran puerto,
y también de acometerlos por la parte de Plemirio, a fin de que los
atenienses, viéndose atacar por dos partes, fuesen más perturbados.
Viendo esto los atenienses, pusieron en orden los sesenta trirremes
que tenían, de los cuales inmediatamente enviaron veinticinco contra
los treinta y cinco de los siracusanos que iban hacia el gran puerto
para combatirlos, y con los restantes fueron contra los que los querían
rodear, con los cuales se mezclaron a la boca del puerto y combatieron
gran rato, los siracusanos forcejeando por entrar en el puerto, y los
otros pugnando por defenderse.
Mientras tanto, los atenienses que estaban en Plemirio descendieron a
lo bajo de la roca, a orilla de la mar, para ver el éxito de la batalla
que se estaba librando.
Al amanecer, Gilipo atacó el lugar de Plemirio por parte de tierra
con tanto ímpetu, que tomó en seguida uno de los tres muros. Al poco
rato ganó los otros dos, porque los que estaban en la guarda y defensa
de ellos, viendo que el primer muro había sido tan pronto tomado, no
cuidaron de defender los otros.
Los que guardaban el primer muro, cuando fue tomado, huyeron, y con
gran peligro suyo, se metieron dentro de los trirremes que estaban
siempre al pie de la roca, y parte de ellos en un batel que hallaron
allí, y en estos buques se retiraron a su campo.
Aunque una galera de los siracusanos de las que ya estaban dentro del
gran puerto, se opuso a la retirada, mientras Gilipo combatía los otros
dos muros de Plemirio, aconteció que los siracusanos fueron vencidos
por donde aquellos atenienses huían, y a causa de esta victoria
tuvieron medio de retirarse más a su salvo.
La causa de esta victoria fue que las naves de los siracusanos, que
combatían a la boca del gran puerto, yendo a caza de los enemigos que
estaban de frente, entraron de tropel sin orden alguna, de tal manera,
que unas tropezaban con otras. Viendo esto los atenienses, así los que
combatían fuera del puerto, como los que habían sido vencidos dentro,
se unieron y dieron juntos sobre las que estaban dentro del puerto,
y sobre las que estaban fuera, con tanto ímpetu, que las pusieron en
huida, echando once a fondo, y muriendo todos los que estaban dentro,
cogieron tres y otras tres destrozaron.
Pasada esta victoria, los atenienses se apoderaron de los despojos de
los naufragios de los enemigos, y levantaron trofeo en señal de triunfo
en la isla pequeña que está junto a Plemirio, y después se retiraron a
su campo.
De la parte de los siracusanos, a causa de los tres muros que habían
tomado junto a Plemirio, levantaron tres trofeos en señal de victoria.
De estos tres muros abatieron uno, y los otros los repararon y pusieron
en ellos buena guarda.
En la toma de estos muros fueron muertos muchos atenienses y otros
prisioneros, y además les cogieron todo el dinero que era gran suma,
porque tenían este lugar como un fuerte para reunir y guardar todo su
tesoro y todas sus municiones y mercaderías, no solamente del estado de
Atenas, sino también de los capitanes, mercaderes y hombres de guerra
que iban por su cuenta. Entre otras cosas fueron halladas las velas
de cuarenta trirremes y los demás aparejos, y tres trirremes que allí
habían sacado a la orilla.
La toma de Plemirio causó gran daño a los atenienses, principalmente
porque a causa de ella no podían en adelante llevar provisiones a
su campo sin gran peligro, pues los trirremes que allí había de los
siracusanos se lo impedían. Esto infundió gran pavor a los atenienses.
Después de la batalla, los siracusanos enviaron doce barcos al mando
de su compatriota Agatarco; en uno de ellos iban algunos embajadores
que enviaban al Peloponeso para hacer saber a los peloponesios lo
que se había hecho, y la buena esperanza que tenían de vencer a los
atenienses, y también para excitarles a que les enviasen socorro y
tomasen aquella guerra con buen ánimo. Las otras once naves fueron
a Italia, porque corría la noticia de que los atenienses enviaban
algunos barcos cargados de madera y municiones a su campamento de
Siracusa. Estos once buques de los siracusanos encontraron en la mar
los de los atenienses, cogieron el mayor número de ellos con todo lo
que venía dentro, y quemaron toda la madera que traían para hacer
barcos a orillas de la mar junto a Caulonia.
Hecho esto, partieron para el puerto de Locros, y estando en dicho
lugar aportó un barco procedente del Peloponeso, que enviaban los
tespios cargado de gente de guerra en socorro de los siracusanos, cuya
gente metieron en sus naves y el barco de Tespias regresó a su tierra.
A la vuelta encontraron junto a la costa de Mégara veinte galeras
atenienses que estaban espiándoles el paso, y estas les cogieron una
galera de las once. Las otras escaparon, llegando a Siracusa.
Pasado esto, hubo otro encuentro pequeño entre los atenienses y los
siracusanos, en el mismo puerto de Siracusa, junto a un parapeto de
madera que los siracusanos habían hecho delante de las atarazanas
viejas para tener allí dentro sus barcos seguros. Los atenienses
hicieron llegar una nave gruesa, recia y muy bien armada para que
pudiese sufrir todos los golpes de tiro de piedras, y detrás de ella
había muchos bateles pequeños, dentro de los cuales, y también dentro
de la nave, iban gentes que con máquinas y pertrechos arrancaban
los maderos y estacas de palo de aquel parapeto que estaban fijadas
y plantadas dentro de la mar, a lo cual los siracusanos resistían
con grandes tiros de dardos y piedras que les lanzaban desde las
atarazanas, y lo mismo hacían los de la nave contra ellos. Al fin los
atenienses rompieron una gran parte del parapeto, aunque con gran
trabajo y dificultad, por la multitud de estacas de madera que estaban
sumidas en el agua, las cuales habían plantado de intento a fin de que
los barcos de los atenienses, si querían entrar allí, encallasen y
corriesen peligro; pero los atenienses buscaron nadadores que buceando
las cortaban debajo del agua; cuando se retiraban, los siracusanos
hacían plantar otras estacas que sustituían a las arrancadas.
De esta suerte cada día hacían alguna empresa o invención nueva unos
contra otros, según es de creer entre dos ejércitos acampados el uno
cerca del otro. Además había muchas escaramuzas y encuentros pequeños
de todas suertes, maneras y ocasiones que era posible.
Los siracusanos enviaron embajadores a los lacedemonios, a los
corintios y a los ambraciotes, para hacerles saber la toma de Plemirio,
y asimismo la batalla que habían librado en el mar, dándoles a entender
que la victoria de los atenienses contra ellos no había sido por
esfuerzo y valentía de aquellos, sino por el desorden de los mismos
siracusanos, y por eso tenían fundada esperanza de que al fin quedarían
victoriosos, con tal que fuesen ayudados y socorridos por ellos. Por
tanto, les pedían que les enviaran de socorro barcos y gente antes que
llegase la armada que los atenienses iban a mandar para rehacer la
suya, porque, haciéndolo así, podrían derrotar a los que estaban en el
campo antes que viniesen los otros, y dar fin a la guerra.
Este era el estado de las cosas en Sicilia.