hay viajero ni escritor de costumbres eminente que no haya ostentado en
ese asunto su habilidad descriptiva: por lo mismo si yo tratase de
imitarlos, ó mi descripcion sería pálida y mediocre, ó para interesar
mucho tendría que ser plagiario. Asi, me limitaré á las observaciones
que se refieren á los rasgos mas salientes y vigorosos de aquel drama
original.
En Colombia, gracias á Dios, los toros no son una _institucion_
permanente. Cada año, con motivo de la fiesta del santo-patrono, ó del
aniversario de la independencia, hay regocijos publicos, esencialmente
democráticos, que duran de tres á ocho dias. Durante ese tiempo, ninguno
en la ciudad y el pueblo tiene otra ocupacion que la de divertirse,
excepto los que especulan con la diversion, que se divierten y hacen
negocio al mismo tiempo. Allí, las _fiestas_ son un conjunto curiosísimo
de corridas de toros, bailes, paseos, representaciones dramáticas, rifas
y juegos, canciones patrióticas, banquetes y meriendas, conciertos,
exhibiciones, peroratas, etc., etc. Pero todo es popular y público, todo
es gratúito, pasajero, y como todo lo pasajero original, vehemente y
febril. Pasan las fiestas, se arranca la última estaca de las barreras y
los balcones improvisados de la plaza de toros, y no queda rastro alguno
de la ruidosa y variadísima escena. Hasta el año siguiente, en la misma
época, no se vuelve á pensar en el asunto. Ademas, no ha habido víctimas
torunas ni caballunas en la plaza, y es raro que se cuenten hombres
muertos ó heridos de gravedad, apesar del desórden que preside á las
corridas y de los prodigios del aguardiente, la _chicha_ y otros licores
que corren á torrentes por millares de gargantas.
En España los toros constituyen un drama crónico. Cada ciudad tiene su
plaza permanente, especie de circo de gladiadores heterogéneos (unos
cornudos y otros sin cuernos), y la estacion de las corridas dura desde
el principio casi de la primavera hasta el fin del otoño. El invierno
dispersa á los toreros y da treguas á los caballos viejos y los toros.
Las capitales clásicas de la tauromáquia son Madrid, Sevilla, Valencia y
Barcelona. Es allí donde se conservan los mas espléndidos circos y
adonde afluyen, en busca de aplausos, dinero y aventuras galantes, los
mas célebres _espadas_, los mas guapos _picadores_ y los mas ágiles
_capeadores_.
Tocóme por fortuna una luneta que dominaba precisamente el _toril_, que
es la «capilla» de aquellos bandidos de las llanuras y las ásperas
lomas, de gruesa cornamenta, poderosa nuca y contextura de fierro,
condenados á sucumbir en un combate desigual y terrible. Nada mas
eléctrico para la inmensa turba aglomerada en el anfiteatro circular y
los balcones de la plaza, que la voz aguda y bélica de los clarines que
ordenan y anuncian la salida de un toro á la sangrienta liza. Una
conmocion simultánea agita á todos los espectadores y un rumor que
revela ansiedad y curiosidad al mismo tiempo, circula en el ámbito de
aquel grandioso matadero.
Si el toro al salir da un salto gigantesco y parte como un rayo sobre
los objetos que se le presentan, unánimes aplausos lo acogen y
estimulan; su popularidad es inmensa y todos los espectadores son de su
partido. ¿Qué tiene eso de extraño, si hay en el mundo tantos animales
aplaudidos y populares? Si el toro, al contrario, se muestra cobarde ó
sorprendido al salir, la rechifla popular lo abruma, la opinion lo
condena y todo el mundo lo insulta y apostrofa con los mas ultrajantes
epítetos, prestados á veces á la política. Así, el toro es un personaje
que apasiona hasta el frenesí, y da lugar á un juego de epigramas que
tienen frecuentemente su aplicacion á los sucesos notables de la
situacion. El primer momento decide, pues, de la reputacion y de la
suerte del toro, sin que le valgan para rehabilitarse en la opinion sus
actos de valor, si ha comenzado por tener sorpresa ó miedo. Así es la
suerte de los hombres tambien.
Si el toro sale _de ley_ se le respeta, se le trata con dignidad, porque
no se apela al insulto supremo de las _banderillas_. Se le ataca, se le
capea en regla, y se le da muerte en singular combate, á manos del
primer _espada_, como á un caballero de los tiempos heróicos. Pero si es
cobarde, la gavilla de toreros lo acosa con brutalidad, lo vilipendia
con las banderillas, lo atonta con los capeos grotescos, lo hala de la
cola, lo acogota y aniquila como á un ladron vulgar y despreciable. Para
el guapo la _espada_; para el cobarde la punta del innoble _cachete_.
La tumultuosa escena de la plaza de toros requiere muchos dias de
observacion para poder apreciar todos los pormenores. No tuve valor, lo
confieso, para contemplar esa carnicería mas de una vez. Por eso tengo
que reducirme á lo mas notable del conjunto. Allí llaman la atencion
simultáneamente los actores del drama y los espectadores. Entre los
primeros, el _Espada_ es el primer galan, el segundo _espada_ su
protagonista; el toro es el gran _barba_ terrible; los _picadores_ son
los auxiliares de la trama, y los _capeadores_ y ayudantes de toda clase
constituyen la lucida falange de comparsas. Francamente, el toro,
defendiéndose de cien enemigos, me pareció el personaje mas bello, mas
digno de admiracion y de interes. Sus enemigos me parecieron mas
atrevidos, pero mas estúpidos que cada toro. Todos ellos, á cual mejor,
se distinguen por la originalidad, el lujo ó lo pintoresco del vestido.
Pero sus papeles son muy desiguales. El _Espada_ representa lo sublime
de la barbarie; el _Picador_, la _perfeccion_ de la bestialidad; el
_Capeador_ ó simple torero, la simple union del atrevimiento, la
agilidad y la gracia.
El capeador, muy elegantemente ataviado (estilo _majo_) se reduce á
provocar al toro, sacarle lances, conducirlo al lugar del combate
decisivo y divertir. Es el cortesano del _Espada_, su auxiliar, su
lacayo pedestre. El picador, caballero en un esqueleto de caballo mas
bien que un caballo, con las piernas aforradas en tablillas de fierro y
pantalones de ante muy fuerte, y provisto de una larga púa, se presenta
delante del toro, lo busca, lo acosa, lo pica sin piedad ni miedo, y
aguarda como un autómata el tremendo golpe de la fiera irritada. Como el
escombro de caballo en que anda tiene los ojos vendados y no puede
defenderse, por falta de fuerza y agilidad, cuando la púa del picador no
resiste para contener el empuje del toro, este se aboca sobre el
miserable rocin, le hunde las hastas aguzadas en el pecho y el vientre,
lo despedaza y lo lanza á algunos pasos de distancia; quedando el
picador tendido en el suelo, sin defensa, bajo la sangrienta y confusa
mole del caballo y el toro. Este, mas generoso que el hombre, se retira
y busca á otro enemigo; rara vez se ceba en una víctima. Ademas, al caer
un picador todos los toreros acuden á salvarle, y el caido es levantado
como una estatua, porque sus piernas, entablilladas como están, no
tienen movimiento. Al punto le sacuden, y si el caballo no ha muerto lo
hacen enderezar para que el picador monte otra vez.
Cuando ese lance se ha repetido tres ó cuatro ó mas ocasiones, el
espectáculo es tan odioso como inmundo. Unos cuantos hombres, manchados
de sangre y empolvados, se agitan como demonios, con la tenacidad de la
petulancia, sobre cadáveres ambulantes que arrastran ó sacuden en un
movimiento de agonía todos los intestinos que las astas de la fiera han
destrozado y hecho brotar por anchas heridas.... Ví caballos que fueron
martirizados en esa situacion durante una hora!
Llega el momento del sacrificio del toro, y los clarines lo anuncian con
un toque fúnebre que hace pasar por los nervios y la sangre un hondo
calofrío de terror y compasion. El _Espada_, rey de la escena, no entra
en accion sino para dar muerte al toro. Brinda la suerte á un personaje,
escoge un sitio, tantea su arma, recoge su lujosa capa carmesí, arroja
al viento su cachucha, se aprieta el moño postizo y aguarda con
serenidad á que la fiera, conducida con maña por los cortesanos, venga á
aceptar el combate mortal.... El lujo brillante y la singularidad de su
vestido, la altivez de su andar y la terrible especialidad de sus
funciones, las mas peligrosas, hacen del _Espada_, á los ojos de los
Españoles, un héroe, un semidios de la muerte, una especie de artista
sanguinario, si se me permite la violencia herética de la expresion!...
Todas las miradas le contemplan, le devoran y le siguen sus movimientos
con agitacion febril.
El toro llega y, como presintiendo la inminencia del peligro, rehusa en
el primer momento el ataque formal. Acaso adivina luego que si no muere
heróicamente ó si no mata, le aguarda la pena infamante del _cachete_.
Acepta la espada, mide á su enemigo con una mirada de fuego, le
apostrofa con un espumante resoplido, irgue un instante la formidable
nuca, escarba la arena con suprema desesperacion y coraje, y embiste
como un huracan.... El _Espada_ se defiende con tres ó cuatro lances,
casi inmóbil, y la fiera, como deseando poner fin á su lucha y su
martirio, vuelve sobre el flanco de su antagonista, agacha la cabeza,
surge como un relámpago de acero, estalla un inmenso grito de millares
de bocas, suenan los clarines, y se ve, al disiparse la polvareda, la
gran mole de un cadáver oscuro, como un peñasco, al pié de un hombre
que saca su espada de entre el corazón y los lomos de la víctima, y la
limpia tranquilamente contra la tosca piel del palpitante escombro....
Renuncio á describir las mil manifestaciones frenéticas que constituyen
la ovación del triunfador salvaje; como renuncio á pintar el sereno
orgullo de aquel bello demonio, de aquel _majo_ que reune en su persona,
para las mujeres de cierta condición, el ideal del valor y la
galantería. ¡Ay del _Espada_ si la suerte le es adversa! La rechifla le
abruma, si, salvo, manca la estocada del modo indispensable. Aquel día
hubo seis toros en campaña: tres fueron muertos guapamente, de un golpe
instantáneo como el rayo, por un _Espada_ de garbosa figura y negras y
grandes patillas, llamado por sobrenombre _Pepete_. Los otros tres,
acribillados á estocadas inhábiles por un _Espada_ llamado _Lilo_ (si
mal no recuerdo), murieron bajo los golpes de ese atroz clavo ó puñal
que llaman _el cachete. Lilo_ fue silbado sin misericordia, no obstante
la buena reputación de que gozaba.
Cuando el toro sucumbe, se presenta un episodio que armoniza con los
combates mismos. En medio de la gritería que aturde, á causa de la
ovacion ó de la rechifla, segun el caso, aparecen tantas parejas de
mulas bravías cuantos cadáveres hay en la plaza. Aquel dia conté en las
seis corridas quince caballos muertos ademas de los seis toros. Las
parejas de mulas, curiosamente enjaezadas, entran, dirigidas cada una
por dos mozos de uniforme especial, al trote solamente. Un travesaño
pendiente de las correas del tiro, con garfios de fierro, agarra el
cadáver de un animal, casi hecho trizas; los látigos traquean, y las
mulas parten á escape, como demonios frenéticos, saltando, tirando coces
y bufando, estimuladas á golpes. Todo aquel peloton de animales de tres
especies--unos de dos piés, otros de cuatro que brincan y los demas
cadáveres--sale por una gran puerta, y apenas acaban de cerrarla cuando
se abre la del toril para recomenzar la matanza....
Es en la plaza de toros donde el pueblo español ofrece mas caprichos en
su tipo moral. ¡Singular fenómeno! ese pueblo no tiene nada de inhumano
en el fondo, ni ama las iniquidades sangrientas; y sin embargo no siente
la mas leve impresion de disgusto al ver tantos actos de tortura,
tantos vientres destrozados y tantos cadáveres! La emocion de las
peripecias y el interes de la escena, en cuanto revela valor, habilidad
y peligros, le arrebatan la conciencia de lo que aquello tiene de
bárbaro y atroz. Se olvida la muerte, porque al lado de ella se ve al
hombre que arriesga la vida por galantería y amor á la _gloría_ (á su
modo), se ostenta una habilidad _artística_ especial y terrible, y hasta
se satisface el orgullo nacional con la superioridad de los toros
españoles, corpulentos y fieros.... El pueblo español revela allí graves
defectos de educacion, pero muestra tambien grandes virtudes de
carácter, aunque mal dirigidas y aplicadas. Sus defectos no son mas que
la exageracion de sus cualidades.
Uno de los rasgos mas curiosos de los toros es la energía del espíritu
de partido que ellos despiertan. En el circo ninguno es indiferente, y
los partidos se multiplican hasta la extravagancia, Cada cual tiene su
_espada_, su _picador_, su _torero_ y su toro predilecto. Los
propósitos, los dichos, los epigramas y las interjecciones gordas se
cruzan; las miradas son fulminantes, los gestos y movimientos dan la
idea de la fiebre unida á la rabia. Todos se gritan, se silban, se
apostrofan y gesticulan como enemigos encarnizados. Este arroja á la
plaza su sombrero en un rapto de entusiasmo, y otro hace remolinear en
el viento su cachucha, mientras que los adversarios del ídolo le lanzan
cortezas de naranja y vituperios intrascribibles....
Pero acaba la funcion, la inmensa multitud se dispersa, el circo queda
desierto y, como por encanto, la cordialidad se restablece y los
antagonismos terminan, sin que las disputas hayan tenido consecuencia
alguna, sin que un bofeton ó una injuria de las que no pertenecen al
vocabulario convencional del anfiteatro, haya producido realmente una
sola _querella_. ¡Singular elasticidad de carácter que prueba todo el
fondo de poética admiracion por lo fuerte, varonil y heróico, que hay en
el entusiasmo de los Españoles por la tauromáquia!
Los viajeros, en lo general, extrañan que las corridas de toros
subsistan en España, no obstante la popularidad del teatro, que podría
reemplazarlas totalmente. Yo no extraño tal cosa, ni creo que esa
diversion brutal sea la prueba de malos sentimientos entre los
Españoles. Hay tipos que, prescindiendo de las influencias locales é
históricas, son principalmente engendrados por la ley. El _torero_, el
_contrabandista_, el _jugador_ ó tahur y el _guerrillero_ son en España
hijos de las instituciones. El sistema económico, tan vicioso en España,
ha hecho nacer al contrabandista como el contrapeso de la voracidad y
codicia del fisco. Las plazas de toros son explotadas como elementos
fiscales ó rentísticos. El juego está erigido en institucion normal,
puesto que el Gobierno es, por medio de las loterías permanentes, un
banquero de roleta. En cuanto al guerrillero, la violencia oficial lo
hace surgir, como engendra las conspiraciones. Lo mismo diré hasta
cierto punto del _mendigo_.
Se cree que el pueblo español no soportaría la supresion de los toros.
Error! ¿No ha tolerado y aplaudido la supresion de los frailes que le
eran tan queridos, como se decia? Puesto que las corridas de toros están
reglamentadas por la autoridad, nada mas fácil que ir suprimiendo en
ellas paulatinamente los rasgos mas repugnantes y brutales hasta
hacerles perder el interes actual. «Si el gobierno en España lo
reglamenta todo (hasta la prostitucion), ¿por qué no aplicar su poder á
abolir en lo posible lo que hay de salvaje en las costumbres, ó hacer
siquiera ménos frecuentes los espectáculos?» Tales son las reflexiones
de algunos enemigos de la tauromáquia.
Yo pienso de distinto modo. Creo que solo dos poderes suprimirán en
España, mejor que los reglamentos, las corridas de toros: las elecciones
populares y los ferrocarriles, es decir la actividad de la industria y
la locomocion, y la vigorizacion de la vida política. El dia que todo el
mundo pueda ir á España fácilmente, y salir de allí, los caractéres se
suavizarán, por el doble contagio de los nuevos espectáculos que el
extranjero llevará al país y de lo que los Españoles verán en el
extranjero. El dia también que el pueblo español pueda saborear las
nobles fiestas de la democracia, de la vida libre y popular, trocará el
circo de toros por la asamblea y el gabinete de lectura. Sus defectos
actuales no provienen sino del aislamiento, que ha impedido sacudir los
malos hábitos y las preocupaciones perniciosas. Cuando la sangre
española se renueve con la sábia de una civilizacion mas culta, habrá
perdido, es cierto, mucho de su originalidad típica, pero habrá ganado
inmensamente en grandeza y gloria, progreso y bienestar.
A propósito del juego (pasion singularmente arraigada y esparcida en
España, en todas clases de la sociedad y bajo todas las formas
imaginables), haré una observacion, porque recuerdo un incidente
curioso. Al volver por la noche de Aranjuez á Madrid, yo iba con mi fino
compañero en un wagon pleno. Los otros seis sujetos me habian sido
desconocidos ántes de aquel dia. Uno de ellos, aburrido de su
inmobilidad en la movilidad del tren, propuso una partida de _monte_,
con apuestas de menor cuantía. A falta de naipes nos rogó á todos que le
diésemos nuestros billetes de trasporte, y con ellos arregló, pintando
números en los reversos blancos, cuatro pares de ases, doses, treses y
cuatros. De ese modo la partida, aunque muy modesta por el interes, se
empeñó entre cuatro ó cinco de los viajeros.
¿De dónde proviene esa pasion del juego en España? A parte del estímulo
incesante que le da el gobierno con el escándalo de las loterías,
influyen muchas causas: la falta de libertad industrial, el aislamiento,
la vida sedentaria que imponen las condiciones de un país exuberante
pero sin fáciles salidas, la inmobilidad política proveniente de
instituciones fundadas en el privilegio, la ociosidad forzada de una
juventud impresionable y apasionada, que encuentra muchos obstáculos á
la entrada de casi todas las carreras. La libertad (paradoja aparente
pero verdad incontestable!) la libertad de todo lo lícito, será el solo
poder que suprimirá los abusos de las costumbres ó lo ilícito. Es que
cuando la ley y la autoridad pretenden dirigirlo todo, la opinion
pública y el interes individual bien entendido no tienen la fuerza
bastante para condenar y reprimir los malos impulsos del momento ó los
extravíos de una educacion viciosa.
* * * * *
CAPITULO IV.
* * * * *
TOLEDO.
La Semana Santa.--Por la orilla del Tajo.--Topografía de Toledo; su
origen.--La Catedral y otros monumentos religiosos.--El _Alcázar_.
--Condicion social de los toledanos.
La Semana Santa habia empezado, y era el momento mas oportuno de hacer
una visita á la «imperial Toledo», la antigua capital de un reino
morisco, y de la monarquía española hasta principios del reinado de
Felipe II. Aunque en España todas las grandes capitales celebran con
bastante pompa la Semana Santa, Sevilla, Toledo y Madrid llaman en esos
dias principalmente la atencion.
Sevilla descuella, como una segunda Roma, haciendo prodigios de
ostentacion en que las apariencias de lo religioso se confunden con las
realidades pasajeras de lo mundanal, y la fiesta católica se completa
con una inmensa feria, donde se reune cuanto tiene la Andalucía de mas
rico, de mas original y característico. De todos los puntos de España
afluyen los extranjeros, los meros paseantes y los especuladores ó
tratantes, á divertirse, _curiosear_ ó negociar en la gran ciudad
andaluza.
Madrid solo brilla los juéves y viérnes santos por su lujo exorbitante
en los atavíos de las gentes, las ceremonias cortesanas y dos
procesiones muy sencillas por su tren, pero que llaman mucho la atencion
por la suntuosidad de los cortejos que las acompañan bajo la presidencia
personal de la reina y su consorte.
Por lo que hace á Toledo, ella ha sido siempre el punto de reunion de
todas las gentes no cortesanas que gustan de los grandes espectáculos
religiosos y de la contemplacion de monumentos en todo el territorio de
la Nueva Castilla. Actualmente la afluencia de forasteros es mucho mayor
en Toledo, durante la Semana Santa, con motivo del ferrocarril ya
establecido, que liga á Aranjuez con aquella ciudad ofreciendo muchas
comodidades á los madrileños. Esa circunstancia ha hecho surgir en
Toledo nuevas necesidades, entre otras la de crear fondas y multiplicar
las posadas, á fin de dar alojamiento á los muchos viajeros que van á
ver las maravillas ó al menos curiosidades de aquella singular ciudad.
El tren partió de Madrid, pasó rápidamente por delante de Getafe, Pinto,
Valdemoro y Cien-pozuelos, poblaciones sin gracia ni particularidad
alguna, con un total de 10,600 habitantes; tocó en Aranjuez, y luego,
apartándose de la línea férrea que conduce al puerto de Alicante en el
Mediterráneo, tomó la ramificacion parcial de Toledo, que arranca
adelante de Castillejo, pasando por _Algodor_, estacion aislada que
sirve de embarcadero á trece pequeños peublos circunvecinos, mas ó ménos
apartados de la via.
Desde Aranjuez hasta Toledo el paisaje es encantador, porque el
ferrocarril sigue el valle del Tajo, sobre la orilla izquierda,
aproximándose muchas veces hasta tocar casi en las playas del perezoso
rio. De un lado se ven, como bajos estribos ondulosos de los _Montes de
Toledo_, graciosas colinas de seno granítico y superficie arenosa y
arcillosa, absolutamente desnudas de vegetacion natural, pero cubiertas
de sementeras de cereales, de pequeños olivares y viñedos, en los puntos
ménos estériles; en tanto que sobre las ásperas lomas ó los campos muy
desiguales y agrios pacen algunos rebaños do ovejas ó de vacas, cuyos
grupos contrastan en el horizonte con los picachos rocallosos que de
trecho en trecho se alzan sobre los lomos de las mas altas colinas.
Del otro lado se extiende una doble faja verde y luciente, llana y de
anchura desigual, humedecida por el Tajo, que contrasta mas
notablemente, por su rica vegetacion y su pintoresca alegria, con las
desnudas colinas y campos arenosos de que acabo de hablar. Bosques de
álamos blancos y de muchos árboles gigantescos se suceden, alternando á
veces con hermosas praderas, donde saltan y retozan los magníficos
potros, las lustrosas vacas y las robustas ovejas de las crias escogidas
pertenecientes al _patrimonio real_, ó á varios propietarios que poseen
terrenos en las márgenes ó vegas del Tajo. En algunos puntos, en todo el
trayecto hasta Toledo, se ven ricas plantaciones de hortalizas; y donde
quiera reina una humedad vivificante para la vegetacion, pero funesta
para la poblacion por las fiebres intermitentes que en algunos meses
producen los derrames del Tajo, que carece de un lecho bien determinado
y hondo.
El ferrocarril se detiene en la vega del Tajo, al pié de la eminencia
que sirve de asiento á Toledo, como á un kilómetro de la ciudad. Allí
hay que tomar una especie de coche-diligencia, todavía rudimentario,
circunstancia muy embarazosa cuando hay muchos viajeros. Cuando llegué á
la estacion llovia á torrentes, y no había _ómnibus_ en que hacer el
trayecto hasta el centro de Toledo. Estuve á punto de volverme de allí
nomas á Madrid, y sin la generosa obsequiosidad de un caballero español
que me dió un asiento en su carruaje particular, no habría podido
escalar la cima de la imperial y pobrísima y atrasadísima Toledo.
Nada mas raro, mas único en su estructura que esa ciudad, tan llena de
monumentos y recuerdos como vacía de industria y de vitalidad moderna.
Como en España no se viaja por buscar ciudades, fábricas y campiñas de
estilo moderno, sino por estudiar un país de condiciones especialísimas,
Toledo encanta al viajero que la visita, apesar do las detestables
incomodidades que hacen allí desagradable la vida. Perdido en un
laberinto de callejuelas y vericuetos, aunque llevaba un guia, vagué
durante dos horas buscando alojamiento en la ciudad. Ya desesperaba de
hallar un rincon donde ajustar mi persona, despues de pedirlo en diez ó
doce fondas ó posadas mas ó ménos ostensibles, cuando la casualidad me
permitió dar con una posada improvisada, decente para el caso, pero que
exigia conformidad. Toledo tenia en esos dias cuatro ó cinco mil
huéspedes; y aunque la ciudad, que solo cuenta 17,275 habitantes, puede
contener materialmente en sus casas el doble, carece de recursos y
comodidades para alojar bien á doscientos huéspedes. Toledo es, por
excelencia, el resúmen de la vieja España. Hagamos su descripcion.