públicas muy notables, no por lo que son en sí mismas, sino por los
bellos monumentos que contienen en su centro. De este género son: la
espléndida plaza de _Trafalgar_, que contiene la estatua monumental de
Nelson, cuya elevacion es de 276 piés, las de Jorge IV, sir Charles
James Napier, etc.; la plaza de la Bolsa, donde se levanta la magnífica
estatua ecuestre de Wellington; la de _Cheapside_, en cuyo centro está
la figura severa y varonil de Robert Peel, el gran reformador inglés;
_Hyde-Park_, donde se ven la estatua de Aquiles y otra de Wellington;--y
otros cuantos _squares_ que ostentan estatuas consagradas á hombres mas
ó menos históricos.
En general esos monumentos son muy severos y sencillos, pero las
estatuas ecuestres ó pedestres son de mal gusto y ejecucion artística
imperfecta. La contemplacion de esos monumentos de la gloria de los
grandes ciudadanos y de la gratitud ó admiracion del pueblo, me causaba
profundo placer, porque en Inglaterra esas demostraciones no son obra de
los gobernantes, sino de la espontaneidad de la opinion pública, que
discierne el premio con independencia.
Un pueblo que sabe honrar la memoria de sus grandes ciudadanos,
eternizándola en el bronce ó el mármol, en las plazas publicas, á la
vista de todo el mundo, no puede ser jamas esclavo. Su culto consagrado
á la figura inmóvil del patricio, mantiene el fuego del patriotismo, el
orgullo nacional legítimo, y el estímulo que impele á buscar la grandeza
y la gloria en los actos sublimes de abnegacion, desinteres ó heroismo.
Y el día de un conflicto popular, la multitud sabe que su punto de
reunion es al pié de la estatua venerada, porque ella le recuerda al
ciudadano lo que valen el derecho, la libertad y el honor del individuo
y de la patria.
Sin embargo del grandísimo interes que encierra Lóndres, esa
capital-nacion, millonaria en todos sentidos, no se siente una impresion
penosa al dejarla, Cuando uno llega á los últimos suburbios de la
inmensa metrópoli (viniendo de Colombia), experimenta una sensacion
inexplicable, en la cual hay como una mezcla de miedo y curiosidad, de
ilusion fantástica ó fascinadora y duda, Uno se prepara á no encontrar
donde quiera sino grandeza y maravillas.
Al salir de Lóndres con direccion á Paris (de cuyas condiciones se tiene
por prevencion una idea muy simpática) el viajero no siente ni alegría
ni tristeza, sino laxitud, cansancio ó cierta indiferencia. Lleno de
desengaños, lleva la impresion del contraste social que se revela en la
suprema opulencia y los mas admirables progresos de la civilizacion, al
lado de supremos infortunios, horribles desigualdades, y espectáculos de
miseria y degradacion increibles y jamas conocidas en el Nuevo Mundo.
Así, al dejar á Lóndres se siente no sé qué alivio, porque se ha
librado uno de aquel hormigueo de gentes que desvanece, de aquel inmenso
ruido que aturde, y de la fascinacion opresora de tanta grandeza (en lo
bueno como en lo malo), que le arrebata al espíritu su libertad de
acción y su personalidad.
--El 23 de marzo, á las ocho de la noche, esperaba yo en la vastísima
estacion de _London-Bridge_ el momento en que debía partir el tren
expreso por el ferrocarril de Dover. Las gentes de la Aduana hacían su
oficio, pesando los equipajes, sellándolos, etc., de manera que,
desentendiéndome de mi equipaje, pude ir hasta París libre de registros
é incomodidades fiscales. Al cabo se oyó el silbido prolongado de la
locomotiva;--tomamos nuestros asientos en los mullidos vagones, y
partimos como el huracán bajo las sombras interrumpidas de las bóvedas
del embarcadero y de los _túneles_ del camino ya léjos de la ciudad, la
cual parecía un colosal fantasma, de formas extravagantes é
indefinibles.
* * * * *
CAPITULO VI.
* * * * *
DE LONDRES A PARÍS.
En el wagon.--Dover.--El paso de Calais.--La entrada á
Francia.--Calais.--Amiens.--Las ceroanias de Paris.
Toda descripcion me seria imposible si pretendiese dar una idea muy
somera al menos del paisaje interesante que se extiende a los dos lados
del ferrocarril, desde Lóndres hasta Dover. La rapidez de la marcha y la
noche me impedian mirar siquiera los objetos exteriores. La luna
brillaba con esa triste palidez que le dan á su lumbre las nieblas
heladas del mes de marzo; y si de trecho en trecho reverberaba un
parque, un pequeño canal, ó los muros blanquecinos de un puente;--ó se
destacaban á uno y otro lado las sombras majestuosas de las arboledas,
los castillos rurales ó los edificios de algunas poblaciones ó pequeñas
ciudades,--la variable escena tenia un aspecto fantástico, mas propio
para impresionar al poeta que para ofrecerle nociones provechosas al
viajero.
En el interior del coche (wagon) en que iba yo con mi familia, habia un
interes de otro género, curioso en realidad, como lo es todo cuadro de
costumbres. Los ocho asientos del mullido coche se completaban con un
Inglés y una pareja francesa. El Inglés, especie de tonel de dimensiones
colosales, roncaba y silbaba como la locomotiva, entregado al mas
profundo sueño. Parecia que el movimiento del tren, lejos de
incomodarle para dormir, le diese con su andar rápido y vibrante una
especie de dulce vaiven. Con todo, de cuando en cuando se despertaba
sobresaltado, como si algún resorte le hiciese saltar; y dos veces le
oimos pronunciar dormido, las palabras _a thousand pounds!_ (mil libras)
con un tono de alegría muy notable. Acaso el buen _John Bull_ soñaba con
alguna especulacion ventajosa. Un Inglés hace negocios hasta dormido.
La pareja francesa era uno de esos matrimonios _bourgeois_ que son el
término medio entre la vulgaridad y el buen sentido. Como yo hablaba en
español con mi familia, ó algunas veces en mal inglés, los dos Franceses
creian poder charlar francamente en su propia lengua sin temor de ser
comprendidos. La señora, Francesa bastante bella (cosa rara en una
Francesa), mostraba los mas vivos deseos de volver á Paris por gozar de
los placeres de la moda, que parecían su sola preocupación; en tanto que
el marido solo pensaba en futuras especulaciones, profundamente
penetrado del espíritu yankee. Por sus disputas extravagantes y
grotescas comprendí que venían del interior de los Estados Unidos, donde
habían pasado algunos años y hecho fortuna.
El contraste que hacían los dos tipos me interesaba, porque en cierto
modo me daba la clave del carácter francés en ambos sexos. El Francés,
sumamente elástico por temperamento, aunque conserva en todas parles su
espíritu burlón y mucho de su jovialidad superficial y sus rasgos
distintivos, se acomoda fácilmente á todas las situaciones. Saliendo de
su patria con instintos generosos, se metaliza en los Estados Unidos, si
la fortuna le protege, y vuelve Yankee por todos cuatro costados. Un
Francés se hace Turco ó Chino, si es necesario, adquiriendo todas las
condiciones de la raza ó la sociedad adoptiva, con rara facilidad.
La Francesa, muy al contrario, conserva su personalidad en todas partes.
Ella es siempre coqueta (en la acepción inofensiva de la palabra), y
lejos de adquirir la altivez de la Inglesa, la austeridad algo gazmoña
de la Española, la modestia apacible de la Alemana, ó la petulancia
pretensiosa de la mujer de Norte-América,--se mantiene fiel á ese
conjunto de ligereza y galantería, de independencia y seducción, de
indiferencia aparente y futilidad constante, que constituye el tipo un
tanto contradictorio de la Francesa. Por eso, no olvida jamas su
preocupación dominante de buscar el placer, tributar culto á la moda,
seducir por la gracia, y brillar donde quiera por los atractivos de un
espiritualismo _de forma_ (si se me permite la paradoxa) aliado á ese
materialismo de las futilezas que tanto provoca á las mujeres en
general.
El digno Inglés roncaba aún con toda la energía de un opulento abdómen,
y nuestros dos Franceses disputaban todavía con calor sobre sus
proyectos de vida parisiense, cuando el tren se detuvo en el embarcadero
de _Dover_. Todo el mundo corrió hacia el puerto, en solicitud del
vapor-correo que debia conducirnos á Calais, al través del canal de la
Mancha. Eran las once y media, y la luna iluminaba melancólicamente la
magnífica escena del pequeño puerto de Dover, en cuyo fondo se destaca,
como un inmenso puente de mampostería y madera lanzado hacia las ondas,
el muelle que facilita el embarque sobre los vapores. Dover (el puerto
_Dubris_ de los Romanos) es una ciudad relativamente nueva, pequeña pero
muy bonita, perteneciente al condado de Kent; tiene una población de
unos 16,500 habitantes, cuya vida es casi exclusivamente marítima, por
sus ocupaciones, y está situada á 43 kilómetros de Calais, y 113 de
Londres, siendo su costa la que mas se aproxima á la de Francia. Ademas
es una plaza militar, con una extensa ciudadela que data del principio
de este siglo; allí mismo tuvieron los Romanos una estación, y mucho mas
tarde los Normandos una fortaleza, que fue sorprendida por los
republicanos en la época de Cárlos I.
Aparte de la Aduana, que es un buen edificio, y de sus cómodos docks ó
canteras para construcciones navales, Dover es interesante por la
belleza de sus calles rectas y anchas, sus casas elegantes y su gran
establecimiento de trabajo para los pobres, donde se fabrican en gran
cantidad velas y cables y otros objetos análogos para la marina
mercante. Como el paso de Calais es tan estrecho, y su servicio de
vapores y correos tan bien mantenido, el puerto de Dover es quizas el
mas frecuentado para las comunicaciones anglo-francesas. Dover es muy
notable también por su telégrafo submarino, que lo comunica con Calais,
y que fue el primer cable telegráfico establecido en Europa.
* * * * *
Al separarse del muelle el vapor-paquete que me conducía á Francia,
sentí una triple sensación profunda, que me mantuvo por mas de una hora
sobre el puente, preocupado y en silenciosa contemplacion. Por una
singular fortuna, el canal de la Mancha estaba tranquilo y luminoso como
un lago terrestre, reposando bajo la luz apacible de la luna. La escena
tenia un aspecto de dulce majestad que provocaba á soñar y entregarse á
las memorias queridas.
Detrás, al norte, en el fondo del pequeño puerto, se destacaban las
sombras gigantescas, abultadas por la optica del mar, de la aduana, los
muelles, la estación del ferrocarril y otros edificios del puerto,
quedando mas lejos, medio confusas entre los vapores de la noche, las
moles de la parte interior de la ciudad. Y á uno y otro lado se extendía
la costa británica, como una cinta mortuoria vastísima, de crespón
blanco sobre fondo negro, tendida sobre el regazo del mar, cuyas ondas
sollozaban de un modo casi imperceptible. La limpia estela del vapor
brillaba con un resplandor mate y fosfórico; el cielo tenia una
serenidad admirable, cuya hermosura hacia olvidar el frío glacial de la
brisa,--y á lo lejos, en todas direcciones, se veian efectos de luz y
sombra deliciosos, producidos por la suave ondulacion del mar.
Pero si ese espectáculo impresionaba mi corazón soñador y atraía mi
curiosidad de viajero, encontraste de los paises entre cuyas costas
navegaba, me produjo, como observador, una profunda preocupacion.
Al norte quedaba Inglaterra; al sur iba á descubrir en breve, la costa
de Francia. De un lado tenia un pueblo libre, una tierra de
independencia y de individualidad, país clásico de los viajes
cosmopolitas, de las empresas universales, de la publicidad, del
comercio, de la maquinaria y la marina. Del otro Francia, tierra de
gloriosos recuerdos, pero algo versátil; infinitamente simpática, apesar
de sus graves defectos;--país clásico de la ciencia y el arte, de la
literatura y las heroicas hazañas,--de la omnipotencia _social_ que
suprime al individuo. En Inglaterra dejaba la libertad sin la igualdad.
En Francia iba á encontrar la igualdad sin la libertad....
Me apartaba de la costa británica sin pesar pero con respeto. La
Inglaterra es un país que no inspira simpatías, por muchos motivos, pero
que conquista siempre la estimación, ó por lo menos el respeto.
El viajero siente muy bien, al alejarse, que aquella noble isla es el
santuario y la esperanza de la libertad del antiguo mundo, y el puesto
avanzado de la humanidad en la via del progreso.
Al acercarse uno á la Francia, cuando es republicano de Colombia,
fácilmente comprende que, si su espíritu va á encontrar su verdadera
patria (porque Francia es el país del pensamiento iniciador y de la
actividad literaria), su corazón va á vivir, en cierto modo, en el
silencio,--porque la Francia de hoy, modificada en lo moral y político,
es un país donde el espíritu subyuga al sentimiento, donde no existe el
ciudadano, y el _individuo_ ha abdicado su personalidad en las aras de
la _comunidad social_.
Cien minutos después de salir de la bahía de Dover, entraba el vapor en
la estrecha y difícil rada de Calais, inabordable para los grandes
buques. El puerto es tan malo y embarazoso, que solo al favor de un
inmenso muelle, prolongado muy al exterior de los diques, pueden atracar
los vapores para descargar. Después de una larga travesía sobre el
muelle, que se hace á pié ó en coche, el viajero penetra á los estrechos
salones de la Aduana, pasando sucesivamente, de antesala en antesala,
bajo la inspección minuciosa de los guardas, empleados de aduana y
agentes de policía.
Un momento distraído por la curiosidad de observar la estructura del
edificio (en que la aduana está en combinacion con la estacion del
ferrocarril), habia olvidado a la policía francesa, con esa tranquilidad
del que nada tiene que temer y está habituado á viajar libremente en
Colombia. De repente, una voz imperiosa me dijo:--«Vuestro pasaporte!»
Desperté, y disimulando mi indignacion me dije por primera vez: «Ah!
estamos en Francia; comencemos á ser sumisos.»--Presentamos los
pasaportes, dimos nuestros nombres y pronombres, firmando para que
comparasen los caracteres; y despues de sufrir durante cinco minutos las
miradas escrutadoras de los cancerberos, la misma voz imperiosa nos
dijo:--«Pasad!»
Pasamos bajo el umbral de la _puerta crítica_, y entramos al imperio
frances. Para entrar á Francia no era bastante pisar el territorio
frances: se necesitaba ser timbrado, registrado y filiado, ó pasar bajo
las horcas caudinas de la aduana y la policía. La Francia, como nacion,
no es un _pueblo_: es una aduana y un puesto de guardia. Al dar el
primer paso, por entre filas de guardas y soldados, se comprende que se
ha penetrado en una region donde reinan la _burocracia_ y la policía. Y
sin embargo, sería injusto (relativamente) si me quejara. Si el
extranjero que llegaba solo era sometido á rigurosa inquisicion (sobre
todo si tenia nombre italiano), el padre de familia, que no inspiraba
desconfianzas iguales, era (en 1858) mucho mejor tratado por los
_dragones_ del fisco y de la policía.
Con todo, sería mucha candidez la del viajero que se fiase de esas
apariencias. Las cosas están arregladas de tal manera en Francia, que
ningun acto del individuo, aún el mas inocente, escapa á la vigilancia
de la policía. En 1858 el cónsul en Lóndres, por ejemplo, no extendía el
_visa_, sino despues de un examen minucioso que se le hacia al viajero,
sin saberlo este, por un empleado de la policía secreta que lo observaba
en silencio, y tomaba nota de la filiacion del individuo. Esa filiacion
iba á Francia inmediatamente, y servia en la aduana para verificarla
identidad; sin que uno se apercibiese de nada. Despues, al llegar á
París, era preciso sufrir un huevo examen escrutador, tomar un coche que
la policía conocia, hacer registrar el pasaporte, etc., etc.; y si se
cambia de hotel ó habitacion, la policía tiene el informe al instante
por medio de los porteros y los criados que son sus agentes secretos,
por interes ó por miedo.
Calais es una ciudad antigua, de mucha celebridad histórica, bastante
bien edificada en su conjunto, pero muy fea y de calles estrechas y
tortuosas. Su poblacion no pasa de unos 14,000 habitantes, y no cuenta
de notable entre sus monumentos sino la iglesia comunal, construida
durante la dominacion inglesa (de 1347 á 1558), y que pertenece al orden
gótico; el Hotel de Ville (casa municipal) y un magnífico faro que fue
establecido en 1848. La ciudad es notable por sus fabricas de gasas muy
bellas de algodon, que son muy activas, su modesta biblioteca y su
escuela de hidrografía. El puerto es interesante por su aduana, sus
baños de mar, sus numerosos vapores-paquetes, su telégrafo submarino,
sus extensas pesquerías y sus nuevos muelles artificiales.
Calais, es célebre en la historia militar de Francia por el famoso sitio
de trece meses sostenido por el heróico Eustache de Saint-Pierre; que
hubo de capitular con las tropas de Eduardo III de Inglaterra en 1347; y
por haber sido la base de la dominacion ejercida por los Ingleses sobre
una parte de Francia hasta las épocas de Juana de Arc y del duque de
Guise. Calais es una especie de ciudad militar, apesár de su comercio y
sus pesquerías, porque tiene muy considerables fortalezas, que datan
desde la edad media, cuyo fundador fué Felipe de Francia, llamado conde
de Boloña.
En el trayecto de Calais á París las ciudades mas notables son Lila,
Doual, Arras y Amiens. Las tres primeras, que reservo para otra
narracion, estaban invisibles cuando tocamos en ellas. Algo nos
detuvimos en Amiens, ciudad histórica por mas de un motivo, y tan
antigua que remonta a los tiempos anteriores á la conquista romana. Los
Romanos la llamaban _Samarobriva_, y ella fué la capital de la Francia
merovingiana, residencia de los primeros reyes francos en la Galia.
Amiens tiene algunos monumentos interesantes, sobre todo su hermosa
catedral, que fue construida en el siglo XII, y es reputada como uno de
los mas bellos monumentos de la arquitectura gótica que posee Francia.
Por su tamaño y poblacion (50,000 habitantes), Amiens es una ciudad de
tercer orden en Francia; pero por su carácter de capital de departamento
y obispado, sus institutos de enseñanza pública y su activa fabricacion,
figura entre las ciudades de segundo orden. Amiens es plaza fuerte
respetable, y aparte del papel muy notable que ha hecho en la historia
de Francia, es célebre (como se recordará) por el famoso tratado de paz
celebrado allí en 1802 entre Francia, Inglaterra, España y la República
batava ú Holanda. Tiene también la celebridad histórica de haber sido la
patria de Pedro el Ermitaño, predicador de las Cruzadas.
La ciudad tiene en su recinto muchos colegios importantes, de todas
clases, una hermosa biblioteca de 50,000 volúmenes y un regular jardín
botánico. Posee en el interior y los arrabales muchas fábricas, haciendo
una activa producción de gasas y terciopelos de seda y algodón, paños
negros de _satín_, telas finas de lana y otros tejidos de mérito.
Fabrica también sustancias químicas, tafiletes, cuerdas, etc., y tiene
numerosas tintorerías. Cuenta unas ocho ó nueve imprentas, y es el
asiento legal de un consistorio protestante que pertenece a la comunión
calvinista. Los alrededores de Amiens son muy bellos por la extensión de
los cultivos, las fábricas que se destacan donde quiera en las praderas,
las casas de campo pintorescas y variadas, y el vasto panorama que se
extiende en todas direcciones casi sin interrupción de inflexiones en el
terreno.
Si en las cercanías de Amiens el paisaje es muy interesante por la
proximidad del rio dela _Somme_ (que corta el departamento) y cerca del
cual pasa el ferrocarril del _Norte_,--cuando el viajero va acercándose
á París pasando por Clermont, entre Beauvais y Compiégne, la campiña
toma proporciones mas interesantes. Al sud-este desciende el rio
_Marne_, que se une al Sena cerca de París, desprendiéndose de las aguas
de aquel un estrecho canal artificial; mientras que al lado del
ferrocarríl corre del nord-este el rio _Oise_, ya engrosado con el
_Aisne_ en Compiegne, angosto y miserable por su volumen (para el
viajero colombiano acostumbrado A ver rios enormes), pero muy útil para
la navegación interior secundaria y para la irrigacion. El ferrocarril
pasa por encima del Oise, y esté rio sigue su curso hacia el occidente
para irse á confundir con el Sena abajo de París. El espacio que media
entre el Oise y el Marne es vastísimo, y como las colinas son muy raras
la llanura forma una especie de horizonte de praderas, campos de
cultivo, parques y pequeños bosques, poblaciones rurales, canteras y
molinos dispersos en todas direcciones de aspecto muy interesante.
Hácia las cercanías del Oise y de París se ven extensas canteras de
piedra de sillería, caliza en apariencia, pero en su mayor parte de una
greda arenosa que se presta mucho á facilitar las inmensas
construcciones actuales de París. La mayor cantidad de aquellas piedras
sale de las canteras en enormes trozos ó moles que, cuadradas en bruto,
van á París por medio de canales, ó en carros gigantescos tirados por
tres, cuatro ó seis de esos caballos normandos que parecen tener la
constitución de la roca, á juzgar por su tamaño, su musculación y su
fuerza.
* * * * *
Los alderredores de Paris son bellísimos, en general, haciendo en ellos
un raro contraste los fuertes militares y la enorme muralla de
circunvalacion que encierra á Paris, con los mil objetos pintorescos de
la campiña y los grupos desiguales de las poblaciones vecinas. El tren
pasa cortando la hermosa llanura de Saint-Denis, dejando al occidente la
pequeña ciudad del mismo nombre (cuyas torres y chimeneas dominan el
horizonte), y penetra luego en la gran metrópoli francesa, al norte,
después da cruzar el distrito de la _Chapelle_, enclavado entre las
fortificaciones, hácia Saint-Denis, y la _barrera_ de Paris, como lo
está una multitud da pequeñas ciudades ó distritos que son como la
continuación ó el inmenso suburbio circular de la capital[1].
La ciudad tiene á su derredor no solo la muralla (con su foso profundo)
al nivel del campo exterior, cubierta de bosquecillos de pinos, sino
también unos catorce ó diez y seis fuertes de defensa, entre los cuales
figura en primer lugar la antigua y famosa fortaleza de _Vincennes_, la
Bastilla exterior de París, de lúgubre memoria para Francia. Todas esas
fortificaciones, á excepcion de Vincennes, fueron establecidas, como es
bien sabido, por orden de Luis Felipe, obedeciendo á la doble
preocupación de defender á Paris de una nueva invasión como la de 1815,
y de dar trabajo á los obreros. Despues de haber gastado una enorme suma
de millones, ese rey sin previsión no hizo mas que causar un grave daño
á Paris y sus alderredores, y al porvenir de la libertad.
En efecto, las fortificaciones, sin ser de provecho positivo bajo el
punto de vista militar para la _defensa_, de Paris, no solo han
encerrado la ciudad, embarazando el ensanche de sus suburbios, sino que,
en realidad, pueden servir apénas de instrumento para la opresión.
Aquellos catorce fuertes son otras tantas ciudadelas que servirán de
punto de apoyo a toda tiranía militar, puesto que, cuajadas de soldados,
cernirán á Paris en cualquier tiempo en que su poblacion haga algún
movimiento en el sentido liberal. Así, los obreros de Paris al trabajar
en esas vastas fortificaciones, no hicieron otra cosa que asegurar la
clausura de la ciudad, poniéndola bajo el poder de una presión militar.
Tal es siempre el resultado de las fortificaciones. La libertad y la
justicia son los mejores baluartes de defensa para un pueblo civilizado;
mientras que las _ciudadelas_ son en todo caso los cerrojos que
encierran, dominan y esclavizan á las _ciudades_. Los Ingleses, muy al
contrario de sus rivales de Francia, han tenido el buen juicio de
comprender que las fortalezas no deben estar al lado de las fábricas,
las academias y los monumentos de la civilizacion,--porque hay un poder
que defiende mejor que todos los cañones el santuario de una ciudad
ilustre y los tesoros del arte, de la industria y del comercio; ese
poder es el de los _intereses_ sociales apoyados en la libertad. Lóndres
no tiene mas fortalezas que sus puentes, sus vapores, sus ferrocarriles,
sus fábricas y monumentos de toda especie. La civilizacion es la mejor
garantía de esa inmensa metrópoli de la opulencia. Pero Francia es un
país militar por excelencia, y no es extraño que París, la capital del
mundo del _espíritu_, esté rodeada de los instrumentos de la _fuerza_.
* * * * *