--¡Tú siempre con esa actividad febril!--dijo, sonriendo y alargándole
la mano.
--¡Siempre detrás del dinero!
Cuando ya iba a trasponer la puerta, Calderón se acordó de que podía
utilizar aquella visita.
--Oye, Antonio: tengo ahí un montón de _londres_.... ¿Las quieres? Te
las doy baratas.
--No me hacen falta ahora. ¿Cómo las cedes?
--A cuarenta y siete.
--¿Son muchas?
--Ocho mil libras entre todas.
--Siento no necesitarlas. Es buena ocasión. Adiós.
Trasladóse al Banco, asistió a la reunión, y después de hacer efectivos
los nueve mil duros del _talón_, salió con su amigo Urreta, otro de los
célebres banqueros de Madrid. Al llegar cerca de la Puerta del Sol, se
dieron la mano para despedirse.
--¿Adónde va usted?--le preguntó Salabert.
--Voy de aquí a casa de Calderón, a ver si puede facilitarme _londres_.
--Es inútil el paseo--repuso vivamente el primero--. Todas las que tenía
acabo yo de tomárselas.
--Hombre, lo siento. ¿Y a cómo se las ha puesto?
--A cuarenta y seis, diez.
--No son baratas; pero me hacen mucha falta y aun así las tomaría.
--¿Le hacen a usted falta de verdad?--dijo Salabert echándole al mismo
tiempo el brazo sobre los hombros.
--De verdad.
--Pues voy a ser su Providencia. ¿Qué cantidad necesita usted?
--Bastante. Diez mil libras lo menos.
--No puedo tanto; pero por ocho mil, puede usted enviar esta tarde.
El rostro de Urreta se iluminó con una sonrisa de agradecimiento.
--¡Hombre, no puedo permitir!... A usted le harán falta también....
--No tanto como a usted.... Pero aunque así fuera.... Ya sabe usted que
se le quiere mucho. Es usted el único guipuzcoano con talento que he
tropezado hasta ahora.
Al mismo tiempo, como le llevara abrazado, le daba afectuosas palmaditas
en el hombro. Estrecháronse de nuevo la mano, y después que Urreta se
deshizo en frases de gratitud, a las cuales contestaba Salabert en ese
tono brusco y campechanote que tanto realza el mérito de cualquier
servicio, se despidieron.
El duque tomó inmediatamente un coche de alquiler.
--A la calle de San Felipe Neri, número....
--Está bien, señor duque--repuso el cochero.
Alzó la cabeza el prócer para mirarle.
--¡Hola! ¿Me conoces?
Y sin aguardar la contestación se metió adentro y cerró la portezuela.
--Julián.... Julián--gritó a su amigo antes de abrir la mampara del
escritorio--. Vengo a hacerte un favor.... ¡Qué suerte tienes, maldito!
Mándame esas _londres_ a casa.
--¡Hola!--exclamó el banquero con sonrisa triunfal--. ¿Las necesitas?
--¡Si, f...., sí! Siempre me ha de hacer falta a mí lo que a ti te
conviene soltar.... Adiós....
Y sin entrar en el despacho dejó libre la mampara de resorte que tenía
sujeta y se fué. Dió las señas al cochero de un hotel situado en el
barrio Monasterio y se reclinó en un ángulo, mordiendo su cigarro y
resoplando con evidente satisfacción. Experimentóla nuestro banquero
después de cometer aquella granujada, después de despojar a su amigo
Calderón de unas cuantas pesetas, como el justo al concluir un acto de
justicia o de caridad. Su imaginación, siempre alerta para los asuntos
donde hubiese dinero, vagó, mientras el carruaje le conducía al
Hipódromo, al través de los varios negocios en que estaba comprometido;
pero se detuvo muy particularmente en el de la mina de Riosa. La
combinación de Llera le iba pareciendo cada vez mejor. Sin embargo,
tenía sus puntos flacos. A reforzarlos se aplicó con el pensamiento,
hasta que el coche se detuvo delante de la verja de un hotelito de
construcción barata, con muchos adornos de yeso y madera que le hacían
semejar a las obras de confitería.
Apresuróse el portero a abrirle con acatamiento. Salvó en tres pasos el
diminuto jardín. Al subir las pocas escaleras del piso bajo salió a la
puerta una criada joven.
--Hola, Petra: ¿y tu ama?
--Duerme todavía, señor duque.
--Pues ya son las doce--dijo sacando su cronómetro--. Voy a subir de
todos modos.
Y pasando por delante de ella, entró en la antesalita ochavada.
Despojóse del gabán que la doméstica recibió y se encargó de colgar.
Subió al piso principal. El dormitorio donde penetró era un gabinete con
alcoba, separados por columnas y una gran cortina de brocatel. Estaba
amueblado con lujo de gusto dudoso. En vez del sello que imprime
cualquier persona, si no es enteramente vulgar, al decorado y adorno de
sus habitaciones, observábase la mano del mueblista que cumple el
encargo que le han dado, según el patrón corriente. Las puertas de
madera del balcón estaban abiertas. La luz penetraba por un transparente
que representaba un paisaje de color de chocolate. Las paredes estaban
acolchadas con damasco amarillo; las sillas eran doradas igual que una
mesilla de centro y un armarito para colocar chucherías.
Observábase en aquella estancia, perteneciente a una mujer, el mismo
desorden que suelen presentar los cuartos de los estudiantes o
militares. Diversas prendas de vestir, enaguas, corsé, medias, andaban
esparcidas por las sillas. Sobre la rica alfombra de terciopelo había
algunos escupitajos y puntas de cigarro. En la delicada mesilla del
centro una licorera con las botellas casi vacías y las copas fuera de su
sitio. El duque echó una mirada torva a esta licorera y alzó suavemente
la cortina de la alcoba. En primoroso lecho de ébano con incrustaciones
de marfil, reposaba una joven de tez blanca, blanquísima, y cabellos
negros, negrísimos. Reposaba con un abandono sin delicadeza, en una
posición de animal bien cebado. Hasta en el sueño es posible conocer la
condición y espiritualidad de la persona.
Salabert tuvo un momento la cortina suspendida. Luego la sujetó con
cuidado, y sentándose en una butaquita que había al lado de la cama, se
puso a contemplar con fijeza a la bella dormida. Porque era bella en
efecto y en grado excelso. Sus facciones, notablemente correctas y
delicadas: perfil griego, frente pequeña y bonita, nariz recta, labios
rojos un poco gruesos; la tez, un prodigio de la naturaleza, mezcla de
alabastro y nácar, de rosas y leche, debajo de la cual corría la vida
abundante y rica. Los cabellos, negros y brillantes, estaban sueltos,
manchando con el aceite perfumado la almohada de batista. A pesar de lo
frío del tiempo, tenía un brazo y casi medio cuerpo fuera de las
sábanas. Verdad que en el gabinete ardía con vivo e intenso fuego la
chimenea. El brazo estaba enteramente desnudo y era de lo más hermoso y
mejor torneado que pudiera verse en el género. Pero la mano que estaba
al cabo de este brazo no correspondía a su belleza. Era una mano donde
la holganza presente no había conseguido borrar las huellas del trabajo
pasado, mano pequeña, pero deformada, con los dedos macizos y
aporretados, mano plebeya elevada de repente al patriciado.
Aunque el banquero no se movía, la fijeza y avidez de sus ojos posados
sobre la joven ejercieron sobre ella la consabida influencia magnética.
Al cabo de algunos minutos cambió de postura, suspiró con fuerza y abrió
los ojos, que eran negros como la tinta. Fijáronse un instante con vaga
expresión de asombro en el duque, y cerrándolos de nuevo murmuró una
interjección de carretero, hundiendo al mismo tiempo su cara en la
almohada. Luego, como si repentinamente cruzara por su mente la idea de
que había hecho una cosa fea, dió la vuelta, abrió de nuevo los ojos y
dijo sonriendo:
--¡Hola! ¿Eres tú?
Al mismo tiempo le alargó la mano. El duque se la estrechó, y alzándose
de la butaca le dió un sonoro beso en la mejilla, diciendo:
--Si quieres dormir más te dejaré. No he venido más que a darte un beso.
Pero no era uno, sino buena porción los que le estaba aplicando en
ambas mejillas. La joven frunció el entrecejo, disgustada de aquellas
caricias, que por venir de un viejo no debían de serle agradables.
Además, ya se ha dicho que los labios del duque, por efecto de la manía
de morder el tabaco, solían estar sucios.
¡Quita, quita!--dijo al fin rechazándole--. No me sobes más. Bastante me
has sobado ayer tarde. Me he lavado tres veces. Eché sobre mí un frasco
de rosa blanca y todavía a las doce de la noche me olía mal.
--Olor de tabaco.
No: el olor del tabaco me gusta. Olor de viejo.
Esta salida brutal no despertó la indignación del duque como era de
presumir. Soltó una carcajada y le dió una palmadita cariñosa en la
mejilla.
--Pues no me salen baratos los besos.
Tampoco esta cínica replica alteró a la bella, que en el mismo tono de
mal humor dijo:
--Ya lo creo. Y cuantos más años tengas, más caros te irán saliendo....
Dame un cigarro.
El duque sacó la petaca.
--No traigo más que tabacos.
--No quiero eso.... Ahí, sobre ese chisme de escribir, debe de haber.
Tráeme.
El banquero tomó de encima de un pequeño escritorio taraceado algunos
cigarritos y se los presentó. La joven preparó uno con la destreza de un
consumado fumador y lo encendió con el fósforo que el duque se apresuró
a sacar. Este intentó otra vez aproximar sus labios repugnantes al
hermoso rostro de la fumadora, pero fué rechazado con violencia.
--¡Mira, o te estás quieto o te vas!--dijo ella con energía--. Siéntate
ahí.
Y le señaló la butaquita próxima al lecho.
El banquero se dejó caer en ella, mirando a la joven con sus grandes
ojos saltones, que expresaban temor.
--Eres una gatita cada día más arisca. Abusas de mi cariño, mejor dicho,
de mi locura.
Poseía, en efecto, uno de los temperamentos más lúbricos que pudiera
encontrarse. Toda la vida había sido, en achaque de mujeres, ardiente,
voraz. En vez de corregirse con los años, esta afición fué creciendo
hasta dar en una manía repugnante. Era notoria en Madrid. Sabíase que
para satisfacerla, después que había llegado a la opulencia, tuvo mil
extraños caprichos que pagó con enormes caudales. Se le habían conocido
queridas de extraños y remotos países, entre ellas una circasiana y una
negra. Era en realidad esta pasión la compuerta por donde se escapaba
como un río su dinero. Pero era al mismo tiempo el único que no le dolía
gastar. El boato de su casa le causaba dolor, un cosquilleo punzante: lo
mantenía por cálculo y por fanfarronería, pero le pesaba en el alma,
aunque aparentase otra cosa. Allá, en las intimidades secretas de su
casa, cuando no había de trascender al público, escatimaba, regateaba,
sustraía de una cuenta cualquier cantidad por insignificante que fuese;
no tenía inconveniente en mentir descaradamente para escamotear a un
comerciante algunas pesetas. El dinero que las mujeres le costaban
entregábalo sin vacilaciones ni remordimientos, como si todos sus
trabajos y desvelos, sus grandes y continuos cálculos para extraer el
jugo a los negocios no tuviesen otra significación ni otro destino que
el de adquirir combustible para aumentar el fuego de su liviandad.
Entre las muchas queridas pagadas que había tenido, ninguna adquirió
tanto ascendiente sobre él como la que tenemos delante. Era ésta una
joven de Málaga, llamada Amparo, que hacía tres o cuatro años vendía
flores por los teatros y tenía su kiosco en Recoletos. Desde luego llamó
la atención por su belleza y desenvoltura y se hizo popular entre los
elegantes. Festejáronla, persiguiéronla, y aunque al principio resistió
a los ataques, cuando éstos vinieron en forma positiva, se dejó vencer.
Fué, durante algún tiempo, la querida del marqués de Dávalos, un joven
viudo con cuatro hijos, que gastó con ella sumas cuantiosas que no le
pertenecían. Por gestiones activas de su familia, por escasearle ya el
dinero y por desvío de la misma Amparo, que halló otro pollo mejor para
desplumar, se rompió esta relación, no sin sentimiento tan vivo del
joven marqués que le produjo cierto trastorno intelectual. Después del
sustituto de éste, tuvo Amparo otros varios queridos en la aristocracia
de la sangre y el dinero. Fué conocida y popular en Madrid con el nombre
de Amparo la malagueña. En los paseos, en los teatros, adonde acudía con
asiduidad, constituyó durante tres o cuatro años un precioso elemento
decorativo. Porque a más de su hermosura singular, había llegado a
adquirir en poco tiempo, si no distinción, elegancia. Sabía vestirse,
facultad que no es tan común como parece, sobre todo en esta clase de
mujeres. Tenía bastante instinto para buscar la armonía de los colores,
la sencillez y pureza de las líneas. No pretendía llamar la atención,
como la mayor parte de sus iguales, por lo exagerado de los sombreros y
el vivo contraste de los colores. Por ésta razón había entre las damas
madrileñas cierta indulgencia hacia ella. En sus natos de murmuración le
guardaban más consideraciones que a las otras; la reconocían un cutis
muy fino, unos ojos muy hermosos, y gusto.
Fuera de esta dote natural que la acercaba a las señoras de verdad,
Amparo era en su trato tan tosca, tan incivil, tan bestia y tan
ignorante como lo son casi siempre en España las criaturas de su
condición, al menos en el presente momento. Más adelante quizá lleguen a
ser tan cultas y refinadas como las cortesanas de la Grecia. Hoy son lo
que arriba se ha dicho, sin ánimo, por supuesto, de ofenderlas. Después
de pertenecer al marqués de Dávalos y a otros tres personajes, sin
perjuicio de los devaneos furtivos que se autorizaba, vino al poder del
duque de Requena, o éste al poder de ella, que es lo más exacto.
Salabert, según iba envejeciendo y menguando en energía (para todo lo
que no fuese adquirir dinero, se entiende), crecía en sensualidad. El
vicio se transformaba en desorden vergonzoso, en pasión desenfrenada,
como suele acaecer a los viejos y a los niños viciosos. Amparo dió con
él en esta última etapa y logró apoderarse de su voluntad sin
premeditación. Era demasiado necia para concebir un plan y seguirlo. Su
carácter desigual, brutalmente soberbio, su misma estupidez, que la
hacía no prever las consecuencias de sus actos, la ayudaron a dominar al
célebre banquero. Hacía un año que era su querida y que estaba instalada
en aquel hotelito del barrio de Monasterio. Al principio procuraba
refrenar su genio y tenerle contento mostrándose dulce y amable. Pero
como esto le costaba un esfuerzo, y como, por otra parte, pudo
cerciorarse en seguida de que los desdenes, el mal humor v hasta los
insultos, lejos de enfriar la pasión del duque la encendían más, dió
rienda suelta a su genio. Apareció la criatura salida del cieno, con su
grosería, sus inclinaciones plebeyas, su carácter agresivo y
desvergonzado. El duque, que hasta entonces había logrado mantener su
independencia frente a sus queridas y eso que de algunas llegó a
prendarse fuertemente, se encaprichó de tal modo por ésta, que al poco
tiempo le toleraba frisos que ajaban su dignidad y tiempo adelante actos
que aún más la escarnecían. Por supuesto, este dominio duraba solamente
los momentos de sensualidad, las horas que consagraba al placer. Así que
salía del templo de Venus, recobraba su razón el imperio, volvía a sus
empresas con creciente ambición.
Amparo fumaba tranquilamente en silencio, enviando pequeñas nubes de
humo al techo. De pronto hizo un movimiento brusco, e incorporándose
dijo:
--Voy a vestirme. Toca ese botón.
El duque se levantó para cumplir el mandato. A los pocos instantes se
presentó Petra a vestirla. Mientras lo llevaba a cabo, ama y doncella
cambiaron algunas impresiones con excesiva familiaridad, mientras el
banquero seguía con fijeza entre atento y distraído, los movimientos de
la faena.
--Señorita, ¿ha visto usted ayer a la Felipa guiando dos jaquitas que
parecían ratones? Por aquí pasó.... ¡Qué preciosidad! No he visto cosa
más mona en la vida.... A ver cuándo el señor duque le compra otra
pareja así--dijo Petra mirando con el rabillo del ojo al banquero,
mientras ataba las cintas de la bata a su ama.
--¡Ps!--exclamó ésta alzando los hombros con desdén--. No me ha dado
nunca por guiar. Es oficio de los cocheros. Pero si me diese, ¡ya lo
creo que me compraría un tronco igual!
Y al mismo tiempo se volvió un poco, con media sonrisa, hacia el duque,
que dejó escapar un gruñido corroborante, pasando con su peculiar
movimiento de boca el cigarro al lado contrario.
--Pues son muy lindas para ir a los toros. ¡Y que no estaría bien la
señorita con su mantilla blanca guiando!
--¿Mantilla para guiar? ¡Estás aviada, hija!
--Bueno, pues de sombrero. El caso es que estaría de mistó: no como esa
desorejada de la Felipa que ya no tiene carne para hartar a un gato....
La doncella, mientras le recogía el pelo, charlaba por los codos. El
fondo de su charla era constantemente adulador. Amparo escuchaba con
cierta complacencia. Alguna vez la interrumpía con frases del mismo jaez
que las que la doméstica usaba, en más de una ocasión, acompañadas de
interjecciones que aquélla no se atrevía a pronunciar. Contaba que el
día anterior había tropezado en la calle con Moratini, y que el famoso
torero le había dicho al pasar: "Recuerdos a tu ama". Al mismo tiempo la
maligna doncella miraba de reojo al duque. Amparo sonrió lisonjeada;
pero hizo una fingida mueca de desdén.
--Lo mismo da. Ya sabes que me carga.
--Pues tiene muchos partidarios.
--¡Calla! ¡calla! que ni tú ni él valéis un perro chico.... Anda; tráeme
pronto esa gorra, y lárgate.
Así que la doncella se hubo marchado, el duque, en quien los recuerdos
del torero despertaron los celos y el mal humor, dijo saliendo al
gabinete y tendiéndose groseramente en el sofá:
--Parece que esta noche has tenido media juerga. ¿Quién ha estado aquí?
Amparo dirigió la vista a la licorera, donde el duque la tenía posada.
--Pues han estado Socorro y Nati hasta cerca de las tres.
--¿Nadie más?
--Con sus amigos León y Rafael.
--¿Nadie más?
--Nadie más, hombre. ¿Me vas a examinar?
--Es que yo he sabido que ha estado también Manolito Dávalos.
El duque no lo sabía. Quiso sacar de mentira verdad.
--Cierto: también ha estado Manolo--replicó con indiferencia.
--Bueno, pues será la última vez--dijo mordiendo con rabia el cigarro.
--Eso será si a mí se me antoja--manifestó la bella ex florista
levantando hacia él los ojos con expresión provocativa.
Salabert dejó escapar ciertos gruñidos que Amparo consideró ofensivos.
Hubo una escena violenta. La bella reclamó con fiereza su independencia;
le cantó lo que ella llamaba con clásica erudición "verdades del
barquero". El banquero, excitado, contestó con su grosería habitual. El
era quien pagaba; por lo tanto, tenía derecho a prohibir la entrada en
aquella casa a quien le pareciese. La disputa se fué agriando en
términos que ambos levantaron bastante la voz, sobre todo Amparo, en
quien a poco que la rascaran aparecía la criatura de plazuela.
Cruzáronse frases de pésimo gusto, aunque pintorescas. La malagueña
llamó al duque tío lipendi, gorrino, y concluyó por arrojarle del
gabinete. Pero aquél no hizo maldito el caso, antes enfurecido la faltó
abiertamente al respeto, empleando en su obsequio algunos epítetos
expresivos de su exclusiva invención y otros recogidos con cuidado de su
larga experiencia. Por último, quiso dejar sentado de un modo
incontrovertible que allí era el amo. Con este fin, puramente lógico,
dió una tremenda patada a la mesilla dorada donde reposaba la aborrecida
licorera, que se derrumbó con estrépito y se hizo cachos. Amparo, que no
se dejaba sobar por nadie, según decía a cada momento, aunque a cada
momento se pusiese en contradicción consigo misma, presa de un furor
irresistible, con los ojos llameantes de ira, alzó la mano tomando vuelo
y descargó en las limpias y amoratadas mejillas del prócer una sonora
bofetada.
Los cabellos del lector se erizarán seguramente al representarse lo que
allí pasaría después de este acto bárbaro e inaudito. Acaso sería
conveniente dejarlo en suspenso como la famosa batalla del héroe
manchego y el vizcaíno. Sin embargo, para no atormentar su curiosidad
inútilmente, nos apresuramos a decir lo que pasó desdeñando este recurso
de efecto. El caso no fué trágico, por fortuna, si bien digno de
atención y de meditarse largamente. El duque se llevó la mano al sitio
del siniestro y exclamó sonriendo con benevolencia:
--¡Demonio, Amparito, no creí que tuvieras la mano tan pesada!
Aquélla, que se había puesto pálida después de su irreflexivo arranque,
quedó estupefacta ante la extraña salida del banquero. Tardó algunos
segundos en darse cuenta de su sinceridad.
--Eres una gran chica--siguió aquél echándole un brazo al cuello y
obligándola a sentarse de nuevo, y él junto a ella--. Esta bofetada no
la tasaría en menos de cien pesos cualquier perito inteligente. Fuerte,
sonora, oportuna.... Reúne todas las condiciones que se pueden
apetecer....
--Vamos, no te guasees, que tengo hoy muy mala sangre--dijo la Amparo,
escamada y presta otra vez a enfurecerse.
--No es broma, y la prueba de ello es que voy a pagártela en el acto.
Pero mucho ojo con que vuelva por aquí Manolito Dávalos, porque no
vuelves tú a ver el color de mis billetes.
--¡Si fué una casualidad, hombre!--dijo la Amparo dulcificándose--. Vino
esta noche porque había ido de juerga con León y Rafael, y a última hora
se le ocurrió a Nati hacerme una visita.
--Pues basta de casualidades. Yo no aspiro a que me adores, ¿sabes?;
pero no quiero pagar las queridas a esos perdularios de sangre azul. ¿Lo
has oído, salero?
Al mismo tiempo llevó la mano al bolsillo en busca de la cartera. Su
semblante, que sonreía con la expresión triunfal del que lleva en el
bolsillo la llave de todos los goces de este mundo, se contrajo de
pronto. Una nube de inquietud pasó súbito por él. Buscó con afán. La
cartera no estaba en aquel sitio. Pasó a los demás bolsillos. Lo mismo.
--¡F....! ¡me han robado la cartera!
Amparo le miró con ojos donde se reflejaba la duda.
--¡F....! ¡me han robado la cartera!--volvió a exclamar con más
energía--. ¡Me han robado diez mil y pico de duros!
--¡Vaya, vaya, qué guasoncillo está el tiempo!--dijo Amparo ya enojada
otra vez. No tuvo penetración para distinguir el susto verdadero del
fingido.
--¡Sí, sí; no ha sido mala guasa! ¡Maldita sea mi suerte! ¡Si cuando un
día principia mal!... Tres mil duros de la fianza y cerca de once mil
ahora.... ¡Pues señor, no ha sido mal empleada la mañana!
Se levantó bruscamente del sofá y principió a dar vueltas por la
estancia, presa de una agitación sorprendente en quien tantos millones
poseía. Un torrente de palabras, de gruñidos, de sucias interjecciones
que expresaban demasiado a lo vivo su disgusto, se escapó de sus labios.
Arrojó con furia el cigarro, que en él era signo de gravísima
preocupación. Amparo, viéndole tan excitado, se rindió a la evidencia, y
preocupada también por el caso le dijo:
--Quizá no te la hayan robado. Puede ser que la perdieses.... ¿Dónde has
estado?
--¿Crees tú que alguna vez se hayan perdido once mil duros?--repuso en
tono amargo parándose frente a ella--. Es decir, se pierden, sí; pero
otros los encuentran antes de llegar al suelo.
Acabando de decir esto, quedó repentinamente suspenso, como si brillase
una luz salvadora en su cerebro. Miró con ojos escrutadores por algunos
instantes a su querida, y haciendo un esfuerzo por sonreír, dijo,
tornando a sentarse al lado de ella:
--¡Pero qué animal soy! ¡Vaya una bromita salada, y qué bien que te
habrás reído de mí!
--¿Qué dices?--preguntó la Amparo estupefacta.
--¡Venga esa cartera, picaruela! Venga esa cartera.
Y el duque, riendo sincera o fingidamente, la echó un brazo al cuello y
comenzó por un lado y por otro a manosearla como buscando el sitio donde
tuviera oculto el dinero.
Dando una fuerte sacudida la joven se desprendió de sus brazos y se
levantó:
--Oye, tú.... ¿Me tomas por una ladrona?--exclamó enfurecida.
--No, sino por una guasoncilla. ¿Te has querido reir de mí, verdad?
La joven replicó con energía que el guasón era él y que bastaba de
bromas, que no estaba dispuesta a tolerarlas en esa materia. El duque
insistió todavía; pero viendo la indignación real de su querida y no
teniendo dato alguno para suponer que fuese ella quien le sustrajo la
cartera, recogió velas. En cuanto perdió esta esperanza, su rostro se
nubló de nuevo. Aunque dió satisfacciones a Amparo, no fueron éstas muy
calurosas. Quedábale, en el fondo, la duda. Bien lo echó de ver ella,
por lo que siguió enojada. Concluyó por decirle:
--Mira, lo mejor que puedes hacer es irte a almorzar. No quiero más
historias.... ¡Ah! y no dejes de traerme esta noche guita, que me está
haciendo mucha falta.... A no ser que prefieras que te mande a casa las
cuentas....
Salió el duque echando pestes del coruscante hotelito. Como por las
inmediaciones no había coches y no quería utilizar el de su querida, por
más que él lo pagara, encaminóse a pie hacia su casa. Cayó en ella como
una bomba, no de pólvora o dinamita, porque no entraban en su
temperamento los procedimientos fragorosos, sino de ácido sulfúrico o
sublimado corrosivo que se extendió por toda ella molestando y
requemando a los habitantes. Su mujer, el portero, el cocinero, Llera y
casi todos los empleados recibieron en mitad del rostro alguna frase
grosera pronunciada en el tono cínico y burlón que caracterizaba su
discurso. Después de almorzar encerróse en el escritorio con su mal
humor a cuestas. No hacía una hora que allí estaba, cuando entraron a
avisarle que un cochero de punto deseaba hablar con él.
--¿Qué quiere?
--No lo sé. Desea hablar con el señor duque.
Este, iluminado repentinamente por una idea, dijo:
--Que pase.
El cochero que entró era el mismo que le había conducido desde casa de
Calderón a la de su querida. Salabert le miró con ansiedad.
--¿Qué traes?
--Esto, señor duque, que sin duda debe de ser de vuecencia--dijo
presentándole la cartera perdida.
El banquero se apoderó de ella, la abrió prontamente, y sacando el
montón de billetes que contenía, se puso a contarlos con la destreza y
rapidez propias de los hombres de negocios. Cuando concluyó dijo:
--Está bien: no falta nada.
El cochero, que, como es natural, esperaba una gratificación, quedóse
algunos instantes inmóvil.
--Está bien, hombre, está bien. Muchas gracias.
Entonces, con el despecho pintado en el semblante, el pobre hombre dió
las buenas tardes y se dirigió a la puerta. El duque le echó una mirada
burlona, y antes de llegar a ella le dijo, sonriendo con sorna:
--Oye, chico. No te doy nada, porque para los hombres tan honrados como
tú, el mejor premio es la satisfacción de haber obrado bien.
El cochero, confuso e irritado a la vez, le miró de un modo indefinible.
Sus labios se movieron como para decir algo; mas al fin salió de la
estancia sin articular palabra.
V
#Precipitación.#
Raimundo Alcázar, que así se llamaba aquel joven rubio tan pertinaz y
enfadoso que siguió a Clementina cuando hemos tenido el honor de
conocerla al comienzo de la presente historia, recibió la mirada
iracunda que aquélla le dirigió al entrar en casa de su cuñada con
admirable sosiego y resignación. Esperó un momento a ver si sólo iba a
dejar algún recado, y como no saliese se alejó tranquilamente en
dirección a la plazuela de Santa Cruz. Se detuvo en un puesto de flores.
La florista, al verle llegar, le sonrió como a un antiguo parroquiano y
echó mano al ramo de rosas blancas y violetas que sin duda estaba ya
preparado para él. Dirigióse a la Plaza Mayor y tomó el tranvía de
Carabanchel. Dejólo donde se bifurca con el camino que conduce al
cementerio de San Isidro y siguió hacia éste a pie. Ascendió con rapidez
la cuesta, llegó y penetró en el nuevo recinto, donde, como exige la
ley, a los muertos se les da tierra, no se les encajona en largas y
sombrías galerías. Con paso rápido avanzó hasta una sepultura con losa
de mármol blanco rodeada de una pequeña verja, y se detuvo. Permaneció
algunos minutos inmóvil contemplándola. Sobre la losa estaba escrito con
caracteres negros este nombre: ISABEL MARTÍNEZ DE ALCAZAR. Debajo de él
estas dos fechas separadas por un guión: 1842-1883, que indicaban sin
duda las del nacimiento y la muerte de la persona allí enterrada. Había
sobre la losa algunas flores marchitas. Raimundo las recogió con
cuidado, deshizo luego el ramo que traía, esparció las frescas flores
sobre la tumba, y con la misma cuerda hizo otro ramo con las marchitas.
Con éste en una mano y el sombrero en la otra, permaneció otra vez algún
tiempo de pie contemplando con ojos húmedos aquella sepultura. Luego se
alejó rápidamente y salió del cementerio sin echar una mirada de
curiosidad en torno suyo.
Raimundo Alcázar había perdido a su madre hacía ocho o nueve meses. No
había conocido a su padre, o, por mejor decir, no tenía recuerdo de él,
pues desapareció de este mundo cuando sólo contaba él cuatro años.
Llamábase también Raimundo, y era, al morir, catedrático de la
Universidad de Sevilla. Cuando se casó con su madre nada más que un
joven en espera de colocación. Por eso el padre de Isabel, comerciante
en ferretería en la calle de Esparteros, se había negado a autorizar
aquellos amores, los persiguió con tenacidad y sólo consintió en el
matrimonio cuando Alcázar llevó por oposición la cátedra mencionada. Era
hombre de excepcional inteligencia, publicó algunos libros de la ciencia
a que se había dedicado, que era la Geología. Su muerte, acaecida cuando
sólo contaba treinta y dos años de edad, fué llorada en la pequeña
esfera en que los hombres de ciencia viven en España. Isabel, con su
hijo Raimundo, se volvió a Madrid a la casa paterna, donde tres meses
después de fallecido su esposo, dió a luz una niña que tomó el nombre de
Aurelia.
Era Isabel una mujer singularmente hermosa. Como hija única de un
comerciante que pasaba por bien acomodado, no le faltaron pretendientes.
Rechazó todas las proposiciones de matrimonio. Pasaba por romántica
entre las amigas, quizá porque poseía alguna más inteligencia y corazón
que la mayor parte de ellas. Era admiradora del talento: le repugnaban
los seres prosaicos que constituían casi la totalidad de las relaciones
de su padre. Idolatraba la memoria de su marido a quien había adorado en
vida como a un hombre superior, eminente. Conservaba como precioso
tesoro todas las frases de elogio que la prensa había tributado a sus
obras. El único deseo, el único afán de su vida era que su hijo siguiese
las huellas de su padre, fuese un hombre respetado por su talento e
ilustración. Dios quiso colmar sus votos. Primero comenzó a ver alzarse
ante sus ojos la imagen corporal de su marido reproducida en el hijo. No
sólo en el rostro, sino en los ademanes, los gestos y el timbre de voz
parecía una copia exacta. Luego el niño, por su comportamiento en el
colegio, principió a causarle vivos placeres: era inteligente y
aplicado. Los maestros se mostraban de él muy satisfechos. Cada frase de
elogio que llegaba a sus oídos, cada nota de sobresaliente que veía
escrita debajo del nombre de su hijo, producía a la pobre madre espasmos
de alegría. Ya no abrigaba duda alguna de que heredaba el talento de su
padre.
Alguna vez sentía remordimientos pensando que distribuía con poca
equidad el cariño entre sus dos hijos. Por más esfuerzos que hacía para
mantener el equilibrio, no podía menos de confesarse que amaba mucho más
a Raimundo. Su inmenso cariño se traducía en constantes caricias, en
nimios cuidados que enervaban y enmollecían el temperamento del niño. Le
criaba, en suma, con demasiado mimo. El, por su parte, le profesaba una
afición tan ardiente, tan exclusiva, que en ciertos momentos se
convertía en verdadera fiebre. Cada vez que tenía que apartarse de sus
faldas para ir al colegio le costaba lágrimas. Exigía que se pusiera al
balcón para despedirle. Antes de doblar la esquina de la calle, se
volvía más de veinte veces para enviarle besos con la mano. Era ya
hombre y estudiante de Facultad, y todavía Isabel conservaba esta
costumbre de salir al balcón para despedirle cuando iba a sus clases.
Por su natural, o tal vez por esta educación un poco afeminada, Raimundo
fué un niño tímido, retraído de los juegos de sus compañeros, luego un
adolescente melancólico, por fin un joven serio y de pocas palabras.
Apenas tuvo amigos. En la Universidad paseaba con sus condiscípulos
antes de entrar en cátedra; pero en cuanto daba la hora tornábase a casa
y no le gustaba salir sino acompañando a su madre y hermana. Mucho antes
de esta época, cuando contaba solamente diez años, había muerto su
abuelo. Así que, en cuanto llegó a los diez y seis, comenzó a desempeñar
el papel de hombre en la casa. Llevaba a su madre al teatro, la
acompañaba a hacer visitas: algunas noches, cuando hacía buen tiempo,
salía de paseo con ella por las calles, dándole el brazo como un marido
o un galán. La belleza de Isabel no disminuía con la edad. Al verlos
juntos, nadie imaginaba que eran madre e hijo, sino hermanos, cuando no
esposos. Esto era causa para el joven de cierto malestar. Porque como en
Madrid los hombres no se distinguen por un excesivo respeto a las damas,
oía, a su pesar, frases de admiración, requiebros, lo que ha dado en
llamarse _flores_, que los transeuntes dirigían a su madre. Sentía, al
escucharlas, una mezcla extraña de vergüenza y placer, de celos y de
orgullo que le agitaba.
El viejo Martínez, después de retirado del comercio, había tenido
quiebras en su fortuna, consistente en acciones de una fábrica de
pólvora que sufrieron depreciación, y en valores del Estado. Sólo les
dejó una renta de siete a ocho mil pesetas. Con ella vivían los tres con
economía, pero sin faltarles lo necesario, en un cuarto segundo de la
calle de Gravina. Raimundo siguió la carrera de ciencias. Quería ser
catedrático como su padre, y, dada la brillantez con que salía en los
exámenes, nadie dudaba que lo consiguiera pronto. Mostraba también, como
su padre, decidida afición a las ciencias naturales; pero en vez de
dedicarse a la Geología, fijóse con predilección en la Zoología, y de
ésta en aquella parte que comprende el estudio interesantísimo de las
mariposas. Comenzó a hacer acopio de ellas, y desplegó un afán y una
inteligencia que pronto le hicieron poseedor de una rica colección.
Antes de terminar la carrera, era ya un notable _entomólogo._ Se había
hecho construir escaparates que cubrían las paredes de su habitación,
donde estaban expuestos los cartones con las más raras y preciosas
especies. Estuvo ahorrando dos años para comprar un microscopio, y por
fin adquirió uno bastante bueno que le proporcionó grato solaz al par
que utilidad. Porque si bien aquel estudio particular no era suficiente
para obtener una cátedra, le ayudaba no poco, dado que no es posible
profundizar cualquier ramo de la ciencia sin estudiar las relaciones
que mantiene con los demás, sobre todo con los más próximos.
El día que se hizo doctor, y fué justamente acabados de cumplir los
veintiún años, la pobre Isabel experimentó una de esas alegrías sólo
comprensibles para las madres. Le abrazó derramando un raudal de
lágrimas.
--Mamá--le dijo Raimundo--. Estoy ya en aptitud de hacer oposición a una
cátedra. Me voy a dedicar con ahinco a prepararme, y en cuanto la lleve,
renuncio a lo que puedas dejarme en herencia para que hagas una dote a
Aurelia. Yo tengo pocas necesidades y me bastará con el sueldo.
Estas palabras generosas conmovieron a la madre. Cada día hallaba más
razones para adorar aquel hijo modelo.
Dedicóse Raimundo con ardor al estudio, profundizando las materias de
algunas asignaturas, sin abandonar por eso sus aficiones entomológicas.
Gracias a éstas y al nombre glorioso que su padre le había legado, se
dió a conocer pronto entre los hombres de ciencia. Escribió algunos
artículos, se puso en relación con varios sabios extranjeros y tuvo la
satisfacción de recibir de ellos frases de elogio que le alentaron. Bien
puede decirse que era un muchacho feliz. Sin deseos imposibles que le
royeran las entrañas, sin amores tormentosos ni amistades molestas,
disfrutando de la tranquilidad del hogar, del cariño de la familia y de
los puros goces de la ciencia, deslizábanse sus días serenos y dichosos.
A las amigas de su madre les sorprendía tanta formalidad. ¿No tenía
novia Raimundo? ¿No le gustaban siquiera las muchachas? Isabel
contestaba sonriendo y con transparente satisfacción.
--No sé: creo que hasta ahora no le ha dado por ahí. Está tan metido por
mis faldas que parece un niño de tres años.... La verdad es que le ha de
costar trabajo hallar una mujer que le quiera tanto como yo.
Y así era como ella lo decía. Teníale envuelto en una atmósfera de
protección, de tibios y amorosos cuidados que le sería casi imposible
hallar al lado de una esposa por tierna que fuese. Sólo las madres
poseen esa abnegación absoluta, infatigable, sin esperanza ni deseo
siquiera de reciprocidad. Todo lo que la vida material exige, lo tenía
satisfecho Raimundo con un refinamiento que pocos hombres disfrutarían.
Jamás se le había ocurrido pensar ni en su alimento, ni en su ropa o
calzado, ni aun en aquellos menesteres de que las mujeres no suelen
entender. Todo estaba previsto y regularizado perfectamente en su vida.
Podía consagrarse con entera libertad al ejercicio de su inteligencia.
Si se quejaba de mal sabor de boca, ya tenía a su madre por la mañana al
lado de la cama con un vaso de limón y polvos laxantes: si le dolía la
cabeza, con el agua sedativa o los paños de leche y adormideras. Si por
la noche tosía, por poco que fuese, ya estaba intranquila y no paraba
hasta que silenciosamente y en camisa iba a cerciorarse de que su hijo
no se había destapado. Cuando Aurelia estuvo en edad de hacerlo,
también comenzó a ayudar a la madre en esta tarea de ahuyentar todo
dolor, de arrancar las espinas, por pequeñas que fuesen, del camino del
joven entomólogo.
Desgraciadamente, mejor pudiéramos decir naturalmente, pues que la
felicidad es imposible en este mundo, esta existencia dichosa tuvo
pronto un término. Isabel cayó enferma con pulmonía. No quedó bien
curada por haberla quizá descuidado o por no haberse atrevido el médico
a aplicarle ciertos remedios un poco crueles. Quedóle un catarro
pulmonar que la debilitó bastante. Por consejo del médico fué a
Panticosa en compañía de Raimundo, quedando Aurelia en casa de unos
parientes. Se repuso un poco, pero fué para recaer pocos días después de
llegar a Madrid. Descaeció notablemente, hasta el punto de que la gente
de fuera vió con claridad que se moría. A Raimundo no se le pasó por la
cabeza. Aquella existencia estaba tan ligada a la suya, que las dos no
formaban mas que una. Le pasaba como a casi todos los enfermos que no
saben que se mueren. Aunque muy enferma, Isabel seguía con la misma
diligencia gobernando la casa. Raimundo la había rogado, y luego,
prevalido del inmenso ascendiente que sobre ella tenía, la había
prohibido que se ocupara en ningún menester. Pero ella, burlando su
vigilancia, arrastrada de esa inclinación invencible que sienten las
mujeres hacendosas hacia el trabajo, no abandonaba sus tareas. Un día,
cuando ya puede decirse que estaba moribunda, la sorprendió Raimundo de
rodillas limpiando con un paño el pie de una mesa. Quedó estupefacto, y
después de reñirla cariñosamente la levantó cubriéndola de besos.
Una amiga devota que vino a visitarla la insinuó que debía confesarse.
Isabel se impresionó tristemente. Su hijo, que la encontró llorando,
enfurecióse y prorrumpió en denuestos contra los beatos. A pesar de
esto, la enferma, que iba ya penetrándose de su estado, exigió con
dulzura y firmeza a la par que viniese el cura. Raimundo, disgustado,
llamó en su apoyo, para negarse a ello, al médico. Este contestó al
principio evasivamente. Por último, dijo que eso nunca estaba de más,
que si los sanos se hallaban expuestos a una muerte repentina, con mayor
razón los enfermos. Ni aun con eso entró la luz en el espíritu del
joven. Después de confesada, Isabel siguió lo mismo, lo cual contribuyó
a mantener su ilusión. Levantábase, corría a la mesa, paseaba del brazo
de Raimundo por la sala y pasaba la mayor parte del día en una butaca.
Estaba, sin embargo, tan demacrada, que los que la veían a intervalos
largos quedaban sorprendidos. Lejos de perder con esto la belleza,
parece que se había aumentado. Su tez era más fina y transparente; los
ojos más brillantes.
Una mañana dijo que no tenía deseos de levantarse. Raimundo se sentó al
lado del lecho y se puso a leerla una novela. Al cabo de un rato le
dijo:
--Estoy mal a gusto. Incorpórame un poco, que no tengo fuerzas yo.
Fué a hacerlo y en el mismo instante su madre dejó caer la cabeza hacia
un lado y se quedó muerta, sin un suspiro, sin una contracción que
acusase dolor, como un pájaro, según la expresiva imagen del vulgo.
El grito desgarrador del joven atrajo a la gente de casa. Sacáronle de
ella unos parientes y le llevaron a la suya, lo mismo que a su hermana.
En el estado de estupor en que quedó, les fué fácil conducirlo adonde
les plugo. Aquella tarde fueron unos amigos a verle. Le hallaron
relativamente animado. No dejó de sorprenderles un poco, porque sabían
el frenético cariño que profesaba a su madre. Habló de su ciencia con
ellos, y habló largo rato, expresándose con verbosidad en él inusitada.
Por donde vinieron a sospechar que estaba bajo una fuerte excitación.
Esta sospecha se confirmó al oirle proponerles jugar al tresillo.
Cumplieron su gusto, pero al poco rato el joven comenzó a desvariar
tristemente.
--Oyes, mamá, ¿qué te parece de este juego?--dijo llamando a una señora
que allí estaba.
Los circunstantes se miraron unos a otros aterrados y compadecidos. Y
desde entonces no hizo ni dijo ya cosa con cosa. Su exaltación fué
creciendo; empezó a reir de modo tan extemporáneo, que nadie dudó que
aquello terminaría por una fuerte explosión nerviosa. En efecto, cuando
menos se esperaba, alzóse repentinamente de la silla, corrió al balcón,
lo abrió, y si no le hubieran sujetado a tiempo se hubiera precipitado a
la calle. Al fin cayó con un fuerte ataque del que por fortuna salió
pronto. Después vino el aplanamiento que le obligó a guardar cama tres o
cuatro días. Por último, el tiempo fué ejerciendo su operación sedante.
A los quince días estaba bueno, aunque bajo el peso de un abatimiento
grande que en vano lucharon sus parientes y amigos por aliviar.
Propusiéronle sus tíos quedarse a vivir con ellos, dado que era
demasiado joven para ponerse al frente de una casa, y sobre todo para
guardar y autorizar a su hermana. El contaba entonces veintitrés años, y
ella poco más de diez y ocho. Ni uno ni otro aceptaron el arreglo.
Quisieron vivir solos y juntos. Tomaron un cuarto tercero en la calle de
Serrano, muy lindo y alegre, trasladaron a él sus muebles, y después de
instalados empezó a deslizarse su vida, triste sí por el recuerdo
siempre presente de su madre, pero apacible y serena. Raimundo fijó su
atención y cuidados en Aurelia. Penetrado de su papel de padre y
protector de aquella niña huérfana, hizo con ella lo que su madre había
hecho con él hasta entonces; la atendió y la mimó con un amor y un
esmero que conmovía a los amigos que los visitaban. Aurelia no era
hermosa ni tenía gran talento; pero sentía hacia su hermano, porque su
madre se la había infundido, una adoración idolátrica. Sin embargo, aun
en lo referente a la vida material, sintió el joven el vacío de su
madre. Aurelia se esforzaba en que no echase de menos nada; pero estaba
bastante lejos de alcanzar la suprema delicadeza de aquélla. Poco a
poco, no obstante, se fué adiestrando en el gobierno de la casa. Además,
Raimundo ya no exigía los refinamientos de antes. El sentimiento de
protección, la conciencia de los deberes que tenía que llenar hacia su
hermana, le hacía no pensar en sí mismo. Al contrario, cualquier
atención de Aurelia le sorprendía, y la agradecía como si viniese de un
niño. Ambas existencias se fueron compenetrando.
Vivían modestamente. El cuarto les costaba veinte duros. No tenían más
que una criada. Así que la renta de ocho mil pesetas que poseían, les
bastaba. Como procedía de papel del Estado y acciones de una fábrica, su
administración era facilísima. Raimundo pudo dedicarse con más ardor que
nunca al estudio. Deseaba cumplir, respecto a su hermana, la promesa que
había hecho a la madre, de renunciar a su parte de herencia y
constituirla una dote que la permitiese casarse bien. Después que salió
de casa, fué dos veces por semana al cementerio a esparcir algunas
flores sobre la tumba de su madre. Los domingos llevaba consigo a
Aurelia. Salía poco habitualmente. El estudio preparatorio para hallarse
apercibido a una oposición, de un lado, y de otro su manía de colector y
escrutador del mundo de los insectos, absorbían casi todo su tiempo. Por
milagro entraba en los cafés, ni al teatro podía asistir por razón del
luto.
Un día, hallándose en una librería de la Carrera de San Jerónimo, donde
solía pasar algunos ratos hojeando las obras recién llegadas del
extranjero, acertó a entrar en la tienda una hermosa dama elegantemente
vestida. Al verla, los ojos de Raimundo se dilataron expresando el
asombro: se posaron en ella con una intensidad que la obligó a volver la
cabeza hacia otro lado. Mientras compraba unas novelas francesas la
estuvo contemplando extasiado, con señales de alteración en su
fisonomía. El libro que tenía asido temblaba ligeramente entre sus
manos. Al salir ella, dejólo caer y trató de seguirla; pero a la puerta
estaba un carruaje esperándola. El lacayo, sombrero en mano, le abrió la
portezuela, y los caballos arrancaron al instante con velocidad.
--¿Qué es eso, D. Raimundo?--le dijo el dependiente, viéndole entrar de
nuevo en la tienda--. ¿Le ha hecho a usted impresión mi parroquiana?
El joven sonrió disimulando su turbación, y respondiendo con fingida
indiferencia:
--A cualquiera le llamará la atención una mujer tan hermosa. ¿Quién es?
--¿No la conoce usted? Es la señora de Osorio, un banquero, hija de
Salabert.
--¡Ah! ¿hija de Salabert? ¿Vive en aquel palacio grande del paseo de
Luchana?
--No, señor; vive en un hotel de la calle de Don Ramón de la Cruz.
No quería saber más, y se despidió. Aquella dama se parecía de un modo
asombroso a su madre. La situación de su espíritu, todavía agitado y
dolorido, hizo que tal semejanza adquiriese más relieve a sus ojos del
que realmente tenía, le produjese una viva expresión. Pocos momentos
después pasaba por delante del hotel de Osorio tres o cuatro veces; pero
no logró ver nuevamente a la señora. Al otro día fué al paseo del Retiro
y allí la halló. Desde entonces espió y siguió sus pasos con una
constancia que revelaba el profundo sentimiento que embargaba su
espíritu. Aunque tenía bien presente la fisonomía de su madre, el
semblante de Clementina Salabert se lo traía a la memoria con mayor
energía. Esto le producía vivo dolor, en el cual se placa, aunque
parezca paradójico. Bien lo entenderá el que haya visto desaparecer de
este mundo a un ser querido. Suele haber cierta voluptuosidad en
escarbar la llaga, en renovar la pena y el llanto. Raimundo no podía
contemplar mucho tiempo el rostro de Clementina sin sentir las lágrimas
correr por sus mejillas. Por esto, quizá, era por lo que la buscaba en
todas partes. Sin embargo, había una dureza y severidad en él que no
había tenido jamás el de su madre; pero cuando sonreía, al desaparecer
esta dureza, la semejanza era realmente maravillosa.
No se le ocultó a nuestro mancebo el enojo que la dama recibía de su
tenaz persecución. Y no podía menos de reirse interiormente de aquel
extraño error. Si supiese esta señora--se decía cuando veía un gesto de
desdén en sus labios--por qué me gusta tanto, ¡qué grande sería su
asombro! Una corriente de simpatía y hasta, es posible decir, de
adoración le iba ligando a ella. Si no fuese por aquel aspecto imponente
que tenía, es fácil que le hubiera dirigido la palabra, la hubiera hecho
entender qué gran consuelo le daba con su presencia. Pero Clementina
estaba colocada en una esfera tan alta, que temía su desdén. Bastante
era el que le mostraba por el solo delito de contemplarla. Por otra
parte, habían llegado a sus oídos rumores que la desacreditaban. No
procuró confirmarlos, primero porque no le importaba, y después porque
una vez confirmados se vería obligado a despreciarla, y no quería que
una mujer que tanto se parecía a su madre en la figura fuera un ser
despreciable. Se abstuvo de pedir noticias de ella. Contentóse con
satisfacer siempre que podía aquel extraño deseo de renovar su dolor, de
conmoverse hasta derramar lágrimas. Como no frecuentaba la alta sociedad
ni podía asistir al teatro, para procurarse este placer necesitaba
seguirla en la calle o en el paseo cuando no iba en coche. También
averiguó que iba los domingos a misa de dos en los Jerónimos; allí la
pudo contemplar con más espacio y sosiego.
Había dado cuenta a su hermana del hallazgo, pero no hizo ningún
esfuerzo para mostrárselo. Temía que Aurelia no viese tan clara como él
la semejanza y le arrancase parte de su ilusión. Dos o tres veces a la
semana, Clementina solía salir a pie por la tarde, como el día en que
por vez primera la vimos. Raimundo, desde el mirador de su gabinete de
la calle de Serrano, convertido en observatorio, espiaba su llegada. En
cuanto la columbraba a lo lejos se echaba a la calle para seguirla
hasta donde pudiese. A la dama le molestaba esta persecución
fuertemente, por ser la hora en que iba a casa de su amante. No que le
importase mucho que se divulgasen sus nuevos amores, sino por un resto
de pudor que conservaba. Además, sabía, porque se lo habían dicho
recientemente, que los maridos, cuando sorprenden a sus esposas en
flagrante adulterio y las matan, están exentos de responsabilidad. Como
estaba convencida de que el suyo la detestaba, temía que se aprovechase
de este recurso para deshacerse de ella. Estos vagos terrores, unidos al
residuo de vergüenza que le quedaba, fomentaban su irritación contra
Raimundo. Su carácter violento, caprichoso, despótico, se alteraba con
aquel obstáculo imprevisto. Ni siquiera había reparado bien en la
fisonomía del joven. Le odiaba sin dignarse hacerse cargo de su figura.
Luego, el sosiego con que recibía los gestos provocativos de desprecio
que no le escatimaba, le parecían una ofensa. Bien mirado, aquel
chicuelo se estaba burlando de ella: porque no era creíble que un
enamorado mostrase tanta serenidad y cinismo. Sin duda, después que
advirtió que la molestaba, se propuso mortificarla para vengarse. Y no
cabía duda que lo lograba cumplidamente. Las vueltas que se veía
precisada a dar para huirle, las visitas que hacía sin gana, todas las
zozobras que aquel muchacho le costaba, se lo hacían cada día más
aborrecible y le iban requemando la sangre. Ideó salir en coche, meterse
en las Calatravas y despedirlo allí; pero Raimundo, al verse privado por
varios días de verla, también dió en la flor de tomar un coche de punto
y seguir el suyo. Esto hizo rebosar su enojo y se prometió a sí misma
cortar aquella impertinente y molesta persecución, aunque no sabía cómo.
Primero pensó en que Pepe Castro hablase y amenazase al muchacho. Al ver
la sangre fría con que aquél lo tomaba, se indignó y no volvió a
mentarle el asunto. Luego imaginó abordarle ella misma en la calle y
rogarle con pocas palabras frías y desdeñosas que no la molestase más.
Cuando llegó la ocasión no se atrevió a hacerlo, aunque no pecaba de
tímida: el trance le pareció grave.
En estas dudas y vacilaciones se hallaba, cuando, bajando por la calle
de Serrano, al levantar los ojos casualmente hacia arriba, acertó a ver
en un mirador bastante alto a su enemigo. Cruzóle entonces por la mente
la idea de averiguar su nombre y escribirle. Y en efecto, con la
violencia que caracterizaba todas sus acciones, al pasar por delante de
la casa entró en el portal y se dirigió a la garita de los porteros.
--¿Tiene usted la amabilidad de decirme quién habita el cuarto tercero
de esta casa?
--Son dos señoritos muy jóvenes, hermano y hermana. Sólo viven aquí
desde hace cuatro meses. Han quedado huérfanos, al parecer, hace poco
tiempo....
La portera, al ver una señora tan elegante, se mostró locuaz y
complaciente; pero Clementina la atajó en seguida.
--¿Cómo se llama el señorito?
--D. Raimundo Alcázar.
--Mil gracias.
Y se alejó inmediatamente. Salió a la calle y dió unos cuantos pasos.
Mas de pronto, se le ocurrió que el escribirle tenía sus inconvenientes,
y que en realidad era preferible una explicación verbal de la cual nadie
que la conociera podía enterarse en aquellos momentos. Detúvose un
momento indecisa, y bruscamente dió la vuelta y se metió de nuevo en el
portal. Cruzó sin decir nada por delante de la portera y subió con pie
ligero las escaleras. Al llegar al piso tercero, a pesar del brío y
entereza de su carácter, sintió un poco desfallecida la voluntad y
estuvo a punto de dar la vuelta. Su temperamento orgulloso y obstinado
la empujó, sin embargo, al pensar que el joven la había visto entrar y
se enteraría de su arrepentimiento. En el piso tercero había dos
cuartos, derecha e izquierda. Clementina había visto papeles en uno.
Llamó sin vacilar en el de la derecha observando que tenía un felpudo
para los pies delante de la puerta, señal evidente de que era el
habitado.
Salió a abrirle una criada a quien preguntó por D. Raimundo Alcázar.
--Deseo verle--dijo después que se enteró de que estaba en casa.
La criada la introdujo en la sala, y como le pareciese rara aquella
visita, le preguntó:
--¿Aviso a la señorita?
--No, no; avise usted al señorito, que es a quien deseo hablar.
Se hallaba éste, en tanto, en su despacho, presa de violenta agitación.
Al ver a la dama entrar en el portal por primera vez se había
sobresaltado sin motivo preciso para ello. Tranquilizóse al verla salir,
y otra vez se alteró cuando entró nuevamente. Cruzó por su mente la idea
de que pudiese subir a su casa; pero al instante la desechó como
inverosímil. Imaginó más bien que vendría a visitar a alguno de los
inquilinos de los cuartos principal o segundo, que eran personas de
calidad. No obstante, a despecho de su razón, no se tranquilizaba.
Cuando oyó sonar el timbre de la puerta quedó aterrado. Apenas tuvo
ánimo para dirigirse hacia la antesala. Antes que pudiese hacer una seña
a la criada ya ésta había abierto, obligándole a retirarse vivamente a
su despacho. Estuvo tentado a negarse, aunque ya estaba la dama en la
sala. Al fin se decidió a salir, reflexionando que no había motivo
racional para ello.
Raimundo no tenía mucho trato de gente. Las relaciones de su madre
habían sido escasas; unos cuantos parientes, algunas familias conocidas.
Por su parte, tampoco había hecho nada por ensanchar este círculo. Ya
hemos dicho que no había estrechado amistad íntima con ninguno de sus
condiscípulos. Menos había procurado la entrada en los casinos,
tertulias y saraos de la corte. Su adolescencia y los días que llevaba
de juventud se habían deslizado serenos en el seno del hogar,
estudiando y coleccionando mariposas. Conocía la vida por los libros. La
naturaleza le había dotado, no obstante, de un claro y simpático
ingenio, de fácil palabra y de cierta dignidad de modales que suplía
bastante bien a esa elegancia y distinción que el roce continuado con la
espuma de la sociedad engendra.
Entró en la sala tranquilo ya y aun con una vaga predisposición a la
hostilidad que el estrambótico paso de aquella señora le infundía.
Hizole una profunda reverencia. La situación era tan extraña, que
Clementina, a pesar de su orgullo, su experiencia, su desenfado, y hasta
bien puede decirse su desgarro, se encontró repentinamente cohibida.
Tuvo necesidad de hacer un esfuerzo para adquirir brío.
--Aquí me tiene usted--le dijo en tono agrio que resultó inoportuno y
descortés.
--Usted me dirá a qué debo el honor de esta visita--repuso Raimundo con
voz un poco temblorosa.
--Pues.... (la dama vaciló unos instantes) lo debe usted al honor que
me hace siguiéndome hace dos meses como una sombra chinesca a todas
partes. ¿Le parece a usted agradable traer un espantajo detrás en cuanto
una sale a la calle? Ha conseguido usted ponerme nerviosa. Para no
enfermar como el lego de los _Madgyares_, he dado el paso ridículo de
subir hasta aquí a rogarle que cese en su persecución. Si usted tiene
que decirme algo interesante, dígamelo de una vez y concluyamos.
Fueron estas palabras pronunciadas arrebatadamente, como quien se
encuentra en una situación falsa y quiere salir de ella exagerando el
enojo. Raimundo la miró lleno de asombro, cosa que molestó a Clementina
y aun más la precipitó.
--Señora, siento en el alma haberla ofendido.... Estaba muy lejos de mi
ánimo.... ¡Si usted supiera los sentimientos que en mí despierta su
figura!... (balbució con trabajo).
Clementina le atajó diciendo:
--Si usted va a declararme su amor, puede ahorrarse la molestia. Soy
casada ... y aunque no lo fuese sería lo mismo.
--No, señora, no voy a hacerle una declaración--repuso el joven
entomólogo sonriendo--. Voy a explicarle a usted mi persecución.
Comprendo bien que usted se haya equivocado respecto a los sentimientos
que me inspira, y encuentro natural que le hayan ofendido. ¡Qué lejos
estará usted de sospechar la verdad! Yo no estoy enamorado de usted. Si
lo estuviese, es bien seguro que no la seguiría como un pirata callejero
... sobre todo en las circunstancias en que ahora me encuentro....
Raimundo se puso serio al llegar aquí e hizo una pausa. Luego dijo
precipitadamente, con voz alterada por la emoción:
--Señora, mi madre se ha muerto hace poco tiempo ... y usted se parece
muchísimo a mi madre.
Al pronunciar estas palabras se quedó mirándola con una atención
ansiosa, húmedos los ojos, haciendo esfuerzos heroicos por no romper a
sollozar.
Esta revelación produjo en Clementina asombro y duda al mismo tiempo.
Permaneció inmóvil y muda mirándole también fijamente. Raimundo
comprendió lo que pasaba por su espíritu, y dijo empujando la puerta de
su despacho:
--Vea usted, vea usted si no es verdad lo que le digo.
La dama avanzó dos pasos y vió en la pared fronteriza, sobre el sillón
mismo de la mesa de escribir, el retrato en fotografía ampliada de una
señora excepcionalmente hermosa, y que, sin duda, guardaba cierto
parecido con ella, aunque no tan claro como el joven decía. Sobre el
retrato, sujeto al marco, había un ramo de siemprevivas.
--Algo nos parecemos--dijo después de contemplar el retrato con
atención--. Pero esa señora era más hermosa que yo.
--No; más hermosa, no. Tenía más dulzura en los ojos, y eso daba a su
fisonomía un encanto indecible. Era su alma pura y bondadosa que
brillaba en ellos.
Pronunció estas palabras con entusiasmo, sin reparar en la falta de
galantería que estaba cometiendo. El orgullo de Clementina padeció aún
más por la inocencia y sinceridad con que fueron pronunciadas. Ambos
contemplaron el retrato en silencio algunos segundos. En los ojos de
Raimundo temblaban dos lágrimas. La dama dijo al cabo:
--¿Qué edad tenía su mamá?
--Cuarenta y un años.
--Yo tengo treinta y cinco--replicó con mal disimulada satisfacción.
Raimundo volvió hacia ella la vista.
--Es usted joven aún y muy bella.... Pero mi madre tenía la tez más
fresca a pesar de llevarle algunos años. Su cutis era terso como el
raso. En los ojos no se notaba cansancio alguno. Parecían los de un
niño.... Es natural. La vida de mamá fué suave y tranquila. Ni su cuerpo
ni su alma se habían gastado.
No observaba que indirectamente estaba diciendo algunas groserías a la
señora que tenía presente. Esta se sintió fuertemente picada; pero no
osó mostrarlo porque el dolor del joven y la sinceridad con que hablaba
le impusieron respeto. Lo que hizo fué cambiar de conversación, echando
una mirada de curiosidad por el despacho.
--Parece que se dedica usted a coleccionar mariposas.
--Sí, señora; desde niño. He logrado reunir una cantidad de especies
bastante respetable. Las tengo muy lindas y curiosas. Mire usted.
Clementina se acercó a uno de los armarios. Raimundo se apresuró a
abrirlo y le puso en la mano un cartón donde estaban fijadas algunas
lindísimas de vivos y brillantes colores.
--En efecto, son bonitas y originales. ¿Qué utilidad saca usted de
coleccionarlas? ¿Las vende usted?
--No, señora--repuso sonriendo el joven--. Es con un fin puramente
científico.
--¡Ah!
Y le echó una rápida mirada de curiosidad. Clementina no simpatizaba
mucho con los hombres de ciencia, pero le infundían cierto vago respeto
mezclado de temor, como seres extraños a quienes una parte del mundo
concede superioridad.
--¿Es usted naturalista?--le preguntó después.
--Estudio para serlo. Mi padre lo ha sido....
Mientras le mostraba su preciosa colección con el gozo especial no
exento de desdén con que los sabios enseñan sus trabajos a los profanos,
le fué enterando de su vida sencilla. Al llegar a la enfermedad de su
madre volvió a conmoverse y las lágrimas a brotar a sus ojos. Clementina
le escuchaba con atención, recorriendo con la vista los cartones que le
ponía delante, dejando escapar algunas palabras, ora de elogio a los
matizados insectos, bien de compasión cuando Raimundo llegó a
describirle la muerte de su madre. Afectaba desembarazo, distracción. No
lograba, sin embargo disipar la confusión en que la ponía el extraño
paso que había dado, la situación anómala en que se hallaba. Salió de
ella bruscamente, como hacía siempre las cosas. Se puso seria y tendió
la mano al joven, diciéndole:
--Mil gracias por su amabilidad, señor Alcázar. Me voy, celebrando mucho
que no haya sido el objeto de su persecución el que yo sospechaba.... De
todos modos, sin embargo, le ruego no continúe en ella.... Ya ve usted;
soy casada, y cualquiera podría pensar que yo la aliento o doy algún
motivo....
--Pierda usted cuidado, señora. Desde el momento en que a usted le
molesta me guardaré de seguirla. Perdóneme usted en gracia del
motivo--respondió el joven apretándole la mano con naturalidad y
afectuosa simpatía que lograron interesar a la dama. Pero no lo
demostró. Al contrario, se puso más seria y emprendió la marcha hacía la
sala. Raimundo la siguió. Al pasar delante de ella para abrirle la
puerta, le dijo con franqueza seductora:
--No valgo nada, señora; pero si algún día quisiera usted servirse de mi
insignificante persona, ¡no sabe usted el placer que me causaría con
ello!
--Gracias, gracias--repuso secamente Clementina sin detenerse.
Al llegar a la puerta de la escalera y al tirar del pasador, el joven
vió asomar la cabecita curiosa de su hermana en el fondo del pasillo.
--Ven aquí, Aurelia--le dijo.
Pero la niña no hizo caso y se retiró velozmente.
--Aurelia, Aurelia.
Bien a su pesar, ésta salió al pasillo y avanzó hacia ellos sonriente y
roja como una cereza.
--Aquí tienes a la señora de quien te he hablado, que tanto se parece a
mamá.
Aurelia la miró sin saber qué decir, sonriente y cada vez más
ruborizada.
--¿No se parece muchísimo? Dí.
--Yo no lo encuentro ...--respondió la joven después de vacilar.
--¿Lo ve usted?--exclamó la dama volviéndose a Raimundo con la sonrisa
en los labios--. No ha sido más que una fantasía, una alucinación.
Traslucíase un poco de despecho debajo de estas palabras. La presencia
de Aurelia hacía más falsa aún su situación.
--No importa--repuso Raimundo--. Yo veo claro el parecido, y basta.
La puerta estaba ya abierta.
--Tanto gusto ...--dijo Clementina dirigiéndose a Aurelia sin extenderle
la mano, inclinándose con una de esas reverencias frías, desdeñosas, con
que las damas aristócratas establecen rápidamente la distancia que las
separa del interlocutor.
Aurelia murmuró algunas frases de ofrecimiento. Raimundo salió hasta la
escalera para despedirla, repitiéndole algunas frases amables y
cordiales que no impresionaron a la dama, a juzgar por su continente
grave.
Bajó las escaleras descontenta de sí misma, embargada por una sorda
irritación. No era la primera vez, ni la segunda tampoco, que su
temperamento impetuoso la colocaba en estas situaciones anómalas y
ridículas.