#Cómo alentaba a la virtud el señor duque de Requena.#
A ver, a ver, explica eso.
--Señor duque, el negocio es clarísimo. Hoy he hablado con Regnault. La
mina puede producir, cambiando los hornos, construyendo algunas vías y
estableciendo maquinaria a propósito, una mitad más de lo que
actualmente rinde. Puede llegar a producir sesenta mil frascos de
azogue. El dinero necesario para lograr esto no pasa de ciento a ciento
cincuenta mil duros.
--Me parece mucho.
--¿Mucho, para un resultado como ese?
--No; me parecen muchos frascos.
--Pues a mí no me cabe duda de que es verdad lo que dice Regnault. Es un
ingeniero inteligente y práctico. Seis años ha estado explotando las de
California. Además, el ingeniero inglés que ha ido con él asegura lo
mismo.
Los que así hablaban eran el duque de Requena y su secretario, primer
dependiente o como quiera llamarse, pues en la casa no había apelativo
designado para él. Llamábasele simplemente Llera. Era un mozo asturiano,
alto, huesudo, de rostro pálido y anguloso, brazos y piernas
larguísimos, grandes manos y pies, brusco y desgarbado de ademanes y con
unos ojos grandes de mirar franco y sincero donde brillaba la voluntad y
la inteligencia. Era un trabajador infatigable, asombroso. No se sabía a
qué horas comía ni dormía. Cuando llegaba a las ocho de la mañana al
escritorio, ya traía hecha la tarea de cualquier hombre en todo el día.
A las doce de la noche aún se le podía ver muchas veces con la pluma en
la mano en su despacho. Con ese don especial para conocer a los hombres,
que poseen todos los que han de lograr éxito feliz en el mundo, Salabert
penetró, al poco tiempo de tenerle por ínfimo escribiente, el carácter
y la inteligencia de Llera. Y sin darle gran consideración en
apariencia, porque esto no entraba jamás en su proceder, se la dió de
hecho acumulando sobre él los trabajos de más importancia. En poco
tiempo llegó a ser el hombre de confianza del célebre especulador, el
alma de la casa. Su laboriosidad humillaba a todos los demás empleados y
de ella se servía Salabert para cargarlos de trabajo en horas
excepcionales. Llera, a un mismo tiempo, era su secretario, su mayordomo
general, el primer oficial de su oficina, el inspector de las obras que
tenía en construcción y el agente de casi todos sus negocios. Por llevar
a cabo este trabajo inconcebible, superior a las fuerzas de cuatro
hombres medianamente laboriosos, le daba seis mil pesetas al año. El
dependiente se creía bien retribuido, considerábase feliz pensando que
hacía seis años nada más, ganaba mil quinientas. Todos los días, antes
de dar su paseo matinal y emprender sus visitas de negocios, daba el
duque una vuelta por el despacho de Llera, se enteraba de los asuntos y
conversaba con él un rato largo o corto según las circunstancias.
El duque tenía las oficinas en los altos de su palacio del paseo de
Luchana, soberbio edificio levantado en medio de un jardín que, por lo
amplio, merecía el nombre de parque. En el verano, los árboles, tupidos
de follaje, apenas dejaban ver la blanca crestería de la azotea. En el
invierno, las muchas coníferas y arbustos de hoja permanente que allí
crecían, le daban todavía aspecto muy grato. Era el centro de reunión de
todos los pájaros del distrito del Hospicio. Tenía acceso por una gran
escalinata de mármol. Además del piso bajo donde se hallaban los salones
de recibir y el comedor poseía otros dos. Parte del último era lo que
ocupaban las oficinas, que no eran muy considerables. A Salabert le
bastaba para la dirección de sus negocios con una docena de empleados
expertos. El lujo desplegado en la casa era sorprendente: el mobiliario
valía no pocos millones. Chocaba con la avaricia, que todo el mundo
atribuía a su dueño. Esta y otras contradicciones parecidas se irán
resolviendo según vayamos penetrando en su carácter, uno de los más
curiosos y más dignos de fijar la atención del lector. Las cocinas
estaban en los sótanos, que eran espaciosos y bien dispuestos. El
comedor, que ocupaba la parte trasera del piso bajo, tenía por
complemento un invernadero de excepcionales dimensiones, donde crecían
gran número de arbustos y flores exóticas y donde el agua que manaba
profusamente formaba estanquecillos y cascadas muy gratos de ver; todo
imitando, en lo posible, a la naturaleza. Las cuadras estaban en
edificio aparte al extremo del jardín, lo mismo que la habitación de
algunos criados, no todos.
El duque, repantigado en el único sillón que había en el despacho de
Llera, mientras éste se mantenía frente a él de pie dando vueltas en la
mano a unas grandes tijeras de cortar papel, paseó tres o cuatro veces
de un ángulo a otro de la boca el negro y mojado cigarro, sin contestar
a las últimas palabras de su secretario. Al fin gruñó más que dijo:
--¡Hum! El ministro está cada día más terco.
--¡Qué importa! ¿No sabe usted el secreto de hacerle ceder?...
Telegrafíe usted a Liverpool y antes de quince días el frasco de azogue
baja desde sesenta a cuarenta duros.
El duque de Requena había formado por iniciativa y consejo de Llera,
hacía cuatro años, una sociedad o sindicato de azogues con el objeto de
acaparar todo el mercurio que saliese al mercado. Gracias a ello, este
producto había subido extraordinariamente. La sociedad se encontraba con
un depósito inmenso en Liverpool. El plan de Llera era lanzarlo al
mercado en un momento dado, produciendo una baja enorme que asustase al
Gobierno. Esto, realizado en la época misma del pago del empréstito de
cien millones de pesetas que el Gobierno había hecho hacía diez años a
una casa extranjera, le empujaría a pensar en la venta de la mina de
Riosa. Si por otra parte se ayudaba a la empresa sacrificando algunos
millones, subvencionando periódicos y personajes, podía darse por seguro
el éxito. Este plan, formado por Llera y madurado por el duque, venía
desenvolviéndose con regularidad y tocaba a su término.
--Allá veremos--manifestó el opulento banquero quedándose unos instantes
pensativo--. Cuando salga a subasta--dijo al cabo--, será necesario
formar otra sociedad. La de azogues no nos sirve para el caso.
--¡Claro que se formará!
--El caso es que yo no quiero comprometer en este negocio más de ocho
millones de pesetas.
--Eso ya es otra cosa--manifestó Llera poniéndose serio--. Apoderarse de
un negocio de esa entidad con tan poco dinero me parece imposible. La
gerencia irá a parar a otras manos y entonces queda reducido a un tanto
por ciento mayor o menor.... ¡es decir, a nada!
--Verdad, verdad--masculló Salabert quedándose otra vez profundamente
pensativo. Llera también permaneció silencioso y meditabundo.
--Ya le he indicado a usted el único medio que hay para conseguir la
dirección....
Este medio consistía en tomar una cantidad bastante crecida de acciones
en la mina al ser comprada por la sociedad; seguir comprando todas las
que se pudiesen; luego comenzar a venderlas más baratas, hasta llegar a
producir el pánico en los accionistas. Comprar y vender perdiendo
durante algún tiempo éste era el medio que proponía Llera para conseguir
la baja de las acciones y poder adquirir con mucho menos dinero la mitad
más una y apoderarse por completo del negocio. Salabert no lo veía tan
claro como su secretario. Era la suya una inteligencia perspicaz,
minuciosa, penetrante; pero le faltaba grandeza e iniciativa en los
negocios, aunque otra cosa pensasen los que le veían acometer empresas
de excepcional importancia. El pensamiento primordial, la que pudiéramos
llamar idea madre de un negocio, casi nunca nacía en su cerebro; le
venía de afuera. Pero en él germinaba y se desarrollaba quizá como en
ningún otro de España. Poco a poco lo iba analizando, disecando mejor,
penetraba hasta las últimas fibras, lo contemplaba en sus múltiples
aspectos, y una vez convencido de que le reportaría ventajas, se lanzaba
sobre él con rara y sorprendente audacia. Esto era lo que acerca de sus
dotes de especulador había producido el engaño del públíco. Estaba bien
convencido de que una vez resuelto a acometer la empresa, cualquier
vacilación resultaba perjudicial. Tal audacia no procedía, pues,
directamente de su temperamento, sino de la reflexión. Era una muestra
de su astucia incomparable.
Por lo demás, su fondo era tímido. Este defecto, en vez de corregirse
con la felicidad casi nunca interrumpida de sus éxitos, se aumentaba
cada día. La avaricia es medrosa y suspicaz. Salabert era cada vez más
avaro. Además, con los años, el pesimismo va penetrando en el espíritu
del hombre. Acostumbrado a grandes resultados en sus especulaciones,
nuestro banquero juzgaba deplorable el negocio en que no percibía
pingües ganancias. Si por acaso no obtenía ninguna o había leve pérdida,
creía el caso digno de ser lamentado largamente. Así que, sin el
concurso de Llera, sin su carácter osado y su imaginación fecunda en
invenciones, el duque de Requena haría ya tiempo que no se aventuraría
en un negocio de mediana importancia. En cambio, lo que había perdido de
inventiva y audacia habíalo reemplazado por un tacto y habilidad
verdaderamente pasmosos, un conocimiento de los hombres que sólo la edad
y una atención constante pueden lograr. En tal sentido puede decirse que
Llera y él se completaban a maravilla. Esta sagacidad y este
conocimiento del corazón humano llegaban en Salabert a pecar de
excesivos; esto es, se pasaba de listo en ocasiones. En su trato con los
hombres, mirándoles siempre del lado de los intereses materiales, había
llegado a formarse tan triste idea de ellos, que resultaba monstruosa y
le expuso a serios percances. Quizá lo que veía en los otros no era más
que el reflejo de su propia imagen como nos sucede a todos los humanos.
Para él no había hombre ni mujer incorruptibles. Un poco más caras o un
poco más baratas las conciencias, todas estaban a la venta. En los
últimos años el soborno llegó a ser en él una manía. Si tropezaba con
personas que no se dejaban comprar, nunca imaginaba que lo hacían de
buena fe, sino porque se estimaban en mayor precio del que ofrecía. Era
una de las tareas más pesadas de Llera arrancarle de la cabeza los
proyectos de soborno cuando recaían en hombres que sin duda habían de
rechazarlos con indignación. Si tenía un pleito, lo primero que pensaba
era cuánto dinero iban a costarle los magistrados que habían de
fallarlo. Si estaba interesado en un expediente gubernativo, separaba
_in mente_ la cantidad que debía destinar al ministro o al subsecretario
o a los consejeros de Estado. Desgraciadamente este lápiz negro que
tenía siempre en la mano para tiznar el rostro de la humanidad, se
empleaba con resultado positivo en bastantes ocasiones.
El duque de Requena ni tenía sentido moral ni nunca lo había conocido.
Su vida de granuja anónimo en Valencia, estaba señalada por una serie de
travesuras y mañas chistosas, por una fecundidad tan grande en trazas
para sacar al prójimo su dinero, que lo hicieron digno émulo del
_Lazarillo de Tormes, El pícaro Guzmán de Alfarache_ y otros héroes
famosos de la novela española. Por cierto que antes de ir adelante
conviene expresar que un grupo de socios del Ateneo había puesto a
Salabert el sobrenombre de _El pícaro Guzmán_ con que le conocían. Pero
este apodo no salió del círculo de amigos. Mejor éxito tuvo una frase
del presidente del Consejo de Ministros explicando las iniciales del
duque. Decía que a estas iniciales A.S. debía ponérseles signo de
admiración para que dijeran: _¡A Ese!_
Contábase con visos de verosimilitud que en Cuba, adonde había ido a
buscar fortuna, compró un tabernucho en los arrabales de la Habana, con
todo su mobiliario, incluyendo en él una negra destinada a su servicio.
Esta negra, durante los años que tuvo aquel comercio, fué su criada, su
ama de gobierno, su dependiente y su concubina. De ella tuvo varios
hijos. Cuando hubo ahorrado algunos miles de duros para restituirse a
España, liquidó sus cuentas vendiendo la taberna, el mobiliario, la
negra.... ¡y los hijos!
Luego comenzaron los equipos para la tropa, los negocios de tabacos, la
subasta de carreteras, cediéndolas unas veces con primas, otras
construyéndolas sin las condiciones exigidas por el contrato, los
empréstitos al Gobierno, etc., etc. En todos ellos desplegó nuestro
negociante su rara sagacidad, su talento positivo y un "órgano de la
adquisividad" tan poderoso, que con razón le hicieron célebre entre los
personajes de la banca.
No era antipático su trato. Al revés de casi todos los que aspiran a las
riquezas o al poder, ni era fino en los modales ni meloso en las
palabras. Era más bien brusco que cortés; pero sabía admirablemente
distinguir de personas y se suavizaba cuando hacía falta. Esta misma
tosquedad nativa servíale para disfrazar lo astuto y sutil de su
pensamiento. Parecía que aquel exterior burdo, rústico, aquellos modales
exageradamente libres y campechanos no podían menos de guardar un
corazón franco y leal. Era (por fuera nada más) el tipo acabado del
castellano viejo, honradote, sincero e impertinente. Hablaba poco o
mucho según le convenía, se expresaba con dificultad real o fingida (que
esto nunca llegó a averiguarse), tenía de vez en cuando salidas
chistosas, aunque siempre tocadas de grosería, y solía decir en la cara
algunas cosas desagradables que le hacían temible en los salones. La
preponderancia adquirida por sus riquezas había hecho crecer este último
defecto. A la mayor parte de las personas, aun a las damas, solía
hablarles con una franqueza rayana en el cinismo y la desvergüenza;
signos del desprecio que en realidad le inspiraban. No obstante, cuando
tropezaba con un personaje político de los que a él le convenía tener
propicios, esta franqueza tomaba otro giro muy distinto y se
transformaba en adulación y casi casi en servilismo. Mas esta farsa,
aunque admirablemente desempeñada, no engañaba a nadie. El duque de
Requena era tenido por un zorro de marca. Por milagro creía ya alguno en
sus palabras ni se dejaba cautivar por aquel aspecto rudo y bonachón.
Los que le hablaban estaban siempre en guardia, aunque fingiendo
confianza y alegría. Como sucede a todos los que han conseguido
elevarse, los defectos que universalmente se le reconocían, mejor dicho,
la mala fama que tenía, no era obstáculo para que se le respetase, para
que todos le hablasen con el sombrero en la mano y la sonrisa en los
labios, aunque nunca hubiesen de necesitar de él. Los hombres muchas
veces se humillan por el solo placer de humillarse. Salabert conocía
esta innata tendencia que tiene la espina dorsal del hombre a doblarse y
abusaba de ella. Muchos que vivían con independencia, no sólo le
toleraban impertinencias que les hubieran parecido intolerables en algún
amigo de la infancia, sino que apetecían y buscaban su trato.
--Veremos, veremos--repitió de nuevo cuando Llera le recordó el medio de
apoderarse de la gerencia--. Tú eres muy fantástico; tienes la cabeza
demasiado caliente. No sirves para los negocios. A ver si nos pasa aquí
lo que con las alhóndigas.
Por consejo de Llera, el negociante había construído alhóndigas en
algunas capitales de España, las cuales no habían tenido el éxito que
esperaban. Como después de todo el negocio no era de gran entidad, las
pérdidas tampoco fueron cuantiosas. A pesar de eso, el duque, que las
había llorado como si lo fuesen y no había escaseado a su secretario
frases groseras e insultantes, le recordaba a cada instante el asunto.
Servíale de arma para despreciar sus planes, aunque después los
utilizase lindamente y a ellos debiese un aumento considerable de su
hacienda. Teníale de esta suerte sumiso, ignorante de su valer y presto
a cualquier trabajo por enojoso que fuera.
Un poco avergonzado por el recuerdo, Llera insistió en afirmar que el
negocio de ahora era de éxito infalible si se le conducía por los
caminos que él señalaba. Salabert cortó bruscamente la discusión pasando
a otros asuntos. Informóse rápidamente de los del día. La pérdida de una
fianza que había hecho por un pariente de Valencia, le puso fuera de sí,
bufó y pateó como un toro cuando le clavan las banderillas, se llamó
animal cien veces y tuvo la desfachatez de decir, en presencia de Llera,
que su bondadoso corazón concluiría por arruinarle. La pérdida, en
total, representaba unas veintidós mil pesetas. Las fianzas que el duque
hacía por sus más íntimos amigos o parientes eran del tenor siguiente:
Las hacía generalmente en papel, exigía al afianzado un seis por ciento
del capital depositado, y se encargaba además de cortar y cobrar los
cupones. De suerte que el capital, en vez de redituarle lo que a todos
los tenedores de valores del Estado, le producía un seis por ciento
más. Así eran los negocios que el duque hacía, no tanto por interés como
por impulso irresistible de su corazón.
Salió furioso del despacho de su secretario, fuese a la caja y
aprendiendo allí que iban a mandar a cobrar al Banco nueve mil duros de
cuenta corriente, él mismo recogió el _talón_ después de firmarlo. Debía
pasar por allá a celebrar una Junta como consejero, y de paso ningún
trabajo le costaba hacerlo efectivo. Salió a pie como era su costumbre
por las mañanas. En las hermosas coníferas que bordaban los caminos del
jardín-parque cantaban alegremente los pájaros. Se comprendía que no
habían puesto fianza alguna y la habían perdido. El señor duque maldita
la gana que tenía de cantar ni aun escuchar sus regocijados trinos. Pasó
de largo con el semblante torvo, sin responder a los saludos de los
jardineros y del portero, mordiendo con más ensañamiento que nunca su
enorme cigarro. En la calle no tardó en colorearse un poco su rostro.
Tuvo un encuentro agradable y útil. El presidente del Consejo de Estado,
a quien le gustaba también madrugar, le saludó en el paseo de Recoletos.
Hablaron algunos momentos y los aprovechó para recomendarle, con la
brusquedad calculada que le caracterizaba, un expediente de ciertas
marismas en que estaba interesado. Después, a paso lento, mirando con
sus ojos saltones, inocentes, a los transeuntes, deteniéndolos
particularmente en las frescas domésticas que regresaban a sus casas con
la cesta de la compra llena y las mejillas más coloradas por el
esfuerzo, se dirigió al Banco de España. Era mucha la gente que le
quitaba el sombrero. De vez en cuando se detenía un instante, daba un
apretón de manos, y cambiando con el conocido que tropezaba cuatro
palabras en tono familiar y desenfadado, seguía su camino.
Era temprano aún. Antes de llegar al Banco se le ocurrió subir a casa de
su amigo y compariente Calderón. Tenía éste su almacén y su escritorio
en la calle de San Felipe Neri, tal cual su padre lo había dejado, esto
es, pobrísimo de apariencia y hasta lóbrego y sucio. En aquel local,
donde la luz se filtraba con trabajo al través de unos cristales
polvorientos resguardados por toscos barrotes de hierro, donde el olor
de las pieles curtidas llegaba a producir náuseas, el viejo Calderón
había ido amontonando con mecánica regularidad duro sobre duro, onza
sobre onza, hasta formar algunas pilas de millón. Su hijo Julián nada
había cambiado. A pesar de ser uno de los banqueros más ricos de Madrid,
no había querido prescindir del almacén de pieles, y eso que este
comercio, comparado con el de letras y efectos públicos que la casa
llevaba a cabo, poco le representaba. Calderón era un tipo de banquero
distinto de Salabert. Tenía un temperamento esencialmente conservador,
medroso hasta el exceso para los negocios, prefiriendo siempre la
ganancia pequeña a la grande cuando ésta se logra con riesgo. De
inteligencia bastante limitada, cauteloso, vacilante, minucioso. Toda
empresa nueva le parecía una locura. Cuando veía fracasar a un
compañero en alguna, sonreía maliciosamente y se daba a sí mismo el
parabién por el gran talento de que estaba dotado. Si rendía ganancias,
sacudía la cabeza murmurando con implacable pesimismo: "Al freir será el
reir". Económico, avaro mejor dicho, hasta un grado escandaloso en su
casa. Si la tenía puesta con relativo lujo había sido a fuerza de
súplicas de su mujer, de burlas de sus amigos, y sobre todo porque había
llegado a convencerse de que necesitaba gozar de cierto prestigio
exteriormente si había de competir con los muchos e inteligentes
banqueros establecidos en la corte. Los tiempos habían cambiado mucho
desde que su padre acaparaba una parte considerable de los giros de la
plaza. Pero después de comprados cuidaba con tal esmero de la
conservación de los muebles, exigía tal refinamiento de vigilancia a los
criados, a su mujer y a sus hijos, que en realidad eran todos esclavos
de aquellos costosos artefactos. Pues si vamos al coche, no es posible
imaginarse los temores, las agitaciones sin cuento que le costaba. Cada
vez que el cochero le decía que un caballo estaba desherrado, era un
disgusto. Tenía un tronco de yeguas francesas de bastante precio. Las
mimaba tanto o más que a sus hijos. Sacábalas a paseo por las tardes;
pero no le conducían al teatro por miedo a una pulmonía. Prefería que su
mujer fuese a pie o en coche de alquiler, a exponerse a la pérdida de
una de ellas. No hay que decir, si alguna se ponía enferma, lo que
pasaba por nuestro banquero. La preocupación, el abatimiento se pintaban
en su semblante. Visitábala a menudo, la acariciaba, y no pocas veces
ayudaba al cochero y al veterinario a las curas, aunque consistiesen en
ponerle lavativas. Hasta que la enferma sanase no había buen humor en la
casa.
Era un marido cominero. Para eso tal vez no le faltaba razón. La apatía
de su mujer era tan grande, que si él no se encargase de tomar la cuenta
a la cocinera y manejar las llaves de los armarios, Dios sabe cómo
andaría la casa. Mariana no disponía ni ejecutaba nada. Su papel era el
de una hija de familia, y lo aceptaba sin pesar. Otra mujer cualquiera
se creería humillada necesitando acudir a cada instante a su marido para
los menesteres más insignificantes de la vida doméstica. Ella juzgábalo
natural, y sobre todo muy cómodo cuando la sórdida economía de Calderón
no la apretaba demasiado. La que alguna vez protestaba sordamente contra
esta exclusiva centralización de las atribuciones administrativas era su
madre, aquella señora delgadísima, de ojos hundidos, de quien hicimos
mención en el primer capítulo. Tales protestas no eran, sin embargo,
frecuentes ni duraderas. En el fondo había un acuerdo perfecto entre la
suegra y el yerno. La vieja, como viuda de comerciante de provincia, a
quien había ayudado a labrar su capital, era más amante aún del orden y
la economía, mejor dicho, era todavía más tacaña que él. Por esto no
había podido vivir jamás con su hijo: su excesivo gasto, y sobre todo el
despilfarro, los caprichos escandalosos de Clementina, la irritaban, la
amargaban todos los instantes de la existencia. En casa de Calderón, su
papel era el de vigilante o inspector de la servidumbre, el cual
desempeñaba a maravilla. Su yerno descansaba confiadamente en ella.
Gracias a esto y a que esperaba que mejorase a Mariana en el testamento,
la guardaba más consideraciones que a ésta.
Salabert era, en el fondo, tan avaro como Calderón y casi tan tímido,
pero mucho más inteligente. Su timidez estaba contrapesada por una buena
dosis de fanfarronería: su avaricia por un conocimiento profundo de los
hombres. Sabía bien que el aparato, la ostentación de las riquezas,
influye notablemente hasta en el ánimo de los más despreocupados;
contribuye en sumo grado a inspirar la confianza necesaria para acometer
empresas importantes. De aquí el lujo con que vivía, su palacio, sus
trenes, los bailes famosos que de vez en cuando daba a la sociedad
madrileña. El carácter de Calderón le inspiraba un desprecio profundo:
al mismo tiempo le despertaba el buen humor. Al ver la pequeñez de su
amigo se crecía, contemplábase más grande de lo que en realidad era y
experimentaba viva satisfacción. No se juzgaba solamente más hábil, más
astuto (únicas ventajas que positivamente le llevaba), sino generoso y
liberal, casi un pródigo.
Penetró resoplando en el tenebroso almacén de la calle de San Felipe
Neri, dejando como siempre estupefactos, abatidos, aniquilados a los
dependientes, para los cuales el duque de Requena no era sólo el primer
hombre de España, sino un ser sobrenatural. Producíales su vista la
misma impresión de espanto y entusiasmo, de temor y fervorosa adoración
que a los japoneses el gran Mikado. Y si no se prosternaban y hundían su
frente en el polvo como aquéllos, por lo menos se ponían colorados hasta
las orejas y no acertaban en algunos minutos a colocar la pluma sobre el
papel ni prestaban atención a lo que el parroquiano les decía. Mirábanse
con señales de pavor y decíanse en voz baja lo que de sobra sabían
todos: "¡El duque!" "¡El duque!" "¡El duque!"
El duque pasó, como solía cuando por casualidad iba por allí, sin
dignarse arrojarles una mirada, y se fué derecho al pequeño departamento
donde Calderón solía estar. Mucho antes de llegar a él comenzó a decir
en voz alta:
-¡Caramba, Julián! ¿cuándo saldrás de esta cueva? Esto no es una casa de
banca; es una cuadra. No tiene vergüenza el que viene a visitarte. ¡Puf!
¿Pero desolláis aquí también las reses, o qué? Hay un hedor insufrible.
Calderón ocupaba, al final del almacén, un rincón separado del resto por
un biombo de tabla pintada con una puertecita de resorte. Pudo escuchar,
pues, todas las palabras de su amigo antes que éste empujase la mampara.
--¡Qué quieres, hombre!--dijo algo amoscado por haberse enterado los
dependientes de la filípica--; no todos somos duques ni se nos enredan
los millones en los pies.
--¡Qué millones! ¿Se necesitan millones para tener un despacho limpio y
confortable? Lo que debes confesar es que te duele gastar una peseta en
adecentarle. Te lo he dicho muchas veces, Julián; eres un pobre y toda
la vida lo serás. Yo con mil reales seré más rico siempre que tú con mil
duros; porque sé gastarlos.
Calderón gruñó algunas protestas y siguió trabajando. El duque, sin
quitarse el sombrero, dejóse caer en la única butaca que allí había
forrada de badana blanca, o que debió de ser blanca. Ahora presentaba un
color indefinible entre amarillo de ámbar, ceniza y verde botella, con
fuertes toques negros en los sitios de apoyar la cabeza y las manos.
Había además tres o cuatro banquetas forradas de lo mismo y en idéntico
estado, una estantería de pino llena de legajos, una caja pequeña de
valores, una mesa de escribir antiquísima de nogal y forrada de hule
negro, y detrás de ella un sillón tosco y grasiento donde se hallaba
sentado el jefe de la casa. Aquel pequeño departamento estaba
esclarecido por una ventana con rejas. Para que los transeuntes no
pudiesen registrarlo había visillos que, a más de ser de lo más
ordinario y barato en el género, ofrecían la curiosa circunstancia de
ser el uno demasiado largo y el otro tan corto que le faltaba cerca de
una cuarta para tapar por completo el cristal de abajo.
--Pero hombre, ya que no te mudes de casa deja ese dichoso comercio de
pieles, que no es digno de un hombre de tu representación y tu fortuna.
--Fortuna ... fortuna--masculló Calderón sin dejar de mirar el papel en
que escribía--. Ya sé que se habla de mi fortuna.... ¡Si fuésemos a
liquidar, quién sabe lo que resultaría!
Calderón no confesaba jamás su dinero: gozaba en echarse por tierra.
Cualquier alusión a su riqueza le molestaba en extremo. Por el
contrario, a Salabert le gustaba dar en rostro con sus millones y
representar el _nabab_; por supuesto, a la menor costa posible.
--Además--siguió diciendo con mal humor--, todo el mundo se fija en lo
que entra, pero nadie atiende a lo que sale. Los gastos que uno tiene
son cada vez mayores. ¿A que no sabes lo que llevo gastado este año,
vamos a ver?
--Poca cosa--respondió el duque con sonrisa despreciativa.
--¿Poca cosa? Pues pasa de setenta y cinco mil duros, y aún estamos en
Noviembre.
--¿Qué dices?--manifestó el duque con viva sorpresa--. No puede ser.
--Lo que oyes.
--Vaya, vaya, no me metas los dedos por los ojos, Julián.... A no ser
que en esos setenta y cinco mil duros estén incluidos los gastos de la
casa que estás fabricando en el Horno de la Mata.
--Pues naturalmente.
Al duque le acometió al oir esto tal golpe de risa, que por poco se
ahoga. Cayósele el cigarro. La faz, ordinariamente amoratada, se puso
ahora que daba miedo. El golpe de tos que le vino, acompañando a la
risa, fué tan vivo, que parecía que iba a desplomarse presa de la
congestión.
--¡Hombre, tiene gracia! ¡tiene muchísima gracia eso!--dijo al cabo
entre los flujos de la risa y de la tos--. No se me había ocurrido hasta
ahora.... De aquí en adelante incluiré en los gastos de mi casa todas
las compras de valores y todas las casas que edifique. Voy a aparecer
con más gasto que un rey.
La risa tan franca y ruidosa del duque molestó y corrió
extraordinariamente a Calderón.
--No sé a qué viene esa risa.... Si sale de la caja, en el capítulo de
gastos está.... De todas maneras, Antonio, más sabe el loco en su casa
que el cuerdo en la ajena.
El duque, de algún tiempo a esta parte, menudeaba las visitas a su amigo
y compañero. Empezaba a hacerle la rosca para atraerle al negocio de las
minas de Riosa. Se aproximaba el momento en que había de efectuarse la
subasta. Necesitaba para entonces contar con algunos accionistas de
consideración. D. Julián lo era, tanto por el capital que representaba,
como por su carácter mismo. Gozaba en el mundo de los negocios fama de
precavido, de receloso mejor. De suerte que el hecho de tomar parte en
cualquier especulación la acreditaba de segura, y esto era lo que
Salabert necesitaba. No quiso molestarle, pues, muy fuertemente y cambió
la conversación. Con la gran flexibilidad, con la finura que poseía bajo
su corteza ruda, supo ponerle de buen temple loando su previsión en
cierto negocio fracasado donde no se dejó coger, desollando a otros
negociantes enemigos y reconociéndole tácitamente sobre ellos
superioridad de talento y penetración. Cuando le tuvo bien trasteado,
hablóle por tercera o cuarta vez, en términos vagos, del negocio de la
mina. Ofrecíalo como un ideal inaccesible para meterle en apetito. ¡Si
algún día fuera posible comprar esa mina, qué gran negocio! No había
conocido otro más claro en su vida. Lo peor era que el Gobierno no
estaba dispuesto a soltarla. Sin embargo, f..., con un poco de habilidad
y trabajándolo bien, acaso con el tiempo.... Para entonces necesitábanse
algunos hombres que no tuviesen inconveniente en invertir un buen
capital. Si no los hallaba en España, iría al extranjero a buscarlos....
Calderón, al oir hablar de un negocio, se encogía como los caracoles
cuando los tocan. El de ahora era tan gordo, por los datos indecisos que
el duque le suministraba, que le obligó a meterse de golpe en la
cáscara. Así que Salabert comenzó a precisar un poco, púsose torvo y
sombrío, mostróse receloso e inquieto, como si entonces mismo le fuesen
a exigir una cantidad exorbitante.
Cuando hubo concluído su largo discurso, un poco incoherente, que
parecía más bien un monólogo, el duque se levantó bruscamente.
--Vaya, Julianito, me voy de aquí al Banco.
Al mismo tiempo sacó otro cigarro de la petaca, y sin ofrecerle, porque
no fumaba, lo encendió por fórmula, pues los dejaba apagarse en seguida
para seguir mordiéndolos.