Al ídolo de piedra reemplaza ahora

EL CANTO ERRANTE

[imagen]

[imagen: EL DON DE ARTE ES UN DON SUPERIOR QUE PERMITE ENTRAR EN

LO DESCONOCIDO DE ANTES Y EN LO IGNORADO DE DESPUÉS, EN EL AMBIENTE DEL

ENSUEÑO O DE LA MEDITACIÓN. HAY UNA MÚSICA IDEAL, COMO HAY UNA MÚSICA

VERBAL. NO HAY ESCUELAS: HAY POETAS. EL VERDADERO ARTISTA COMPRENDE

TODAS LAS MANERAS Y HALLA LA BELLEZA BAJO TODAS LAS FORMAS. TODA LA

GLORIA Y TODA LA ETERNIDAD ESTÁN EN NUESTRA CONCIENCIA.

_RUBEN._]

[imagen: RUBÉN DARÍO

[imagen]

EL CANTO ERRANTE]

[imagen]

ES PROPIEDAD

EL CANTO ERRANTE

[imagen]

[imagen:

Iba en un paso rítmico y felino

a avances dulces, ágiles, o rudos,

con algo de animal y de felino

la bailarina de los pies desnudos.

]

RUBÉN DARÍO

EL CANTO

ERRANTE

ILUSTRACIONES

DE

ENRIQUE OCHOA

[imagen]

VOLUMEN XVI

DE LAS OBRAS COMPLETAS

ADMINISTRACIÓN

EDITORIAL «MUNDO LATINO»

MADRID

A LOS NUEVOS POETAS DE LAS ESPAÑAS

RUBÉN DARÍO

[imagen]

DILUCIDACIONES

I

El mayor elogio hecho recientemente a la Poesía y a los poetas ha sido

expresado en lengua «anglosajona» por un nombre insospechable de

extraordinarias complacencias con las nueve musas. Un yanqui. Se trata

de Teodoro Roosevelt.

Ese Presidente de República juzga a los armoniosos portaliras con mucha

mejor voluntad que el filósofo Platón. No solamente les corona de rosas;

mas sostiene su utilidad para el Estado y pide para ellos la pública

estimación y el reconocimiento nacional. Por esto comprenderéis que el

terrible cazador es un varón sensato.

Otros poderosos de la tierra, príncipes, políticos, millonarios,

manifiestan una plausible deferencia por el dios cuyo arco es de plata,

y por sus sacerdotes o representantes en una tierra cada día más

vibrante de automóviles... y de bombas. Hay quienes, equivocados, juzgan

en decadencia el noble oficio de rimar y casi desaparecida la

consoladora vocación de soñar. Esto no es ocasionado por el _sport_, hoy

en creciente auge. Las más ilustres escopetas dejan en paz a los cisnes.

La culpa de ese temor, de esa duda sobre la supervivencia de los

antiguos ideales, la tiene, entre nosotros, una hora de desencanto que,

en la flor de la juventud--hace ya algunos lustros--sufrió un eminente

colega--he nombrado a _Gedeón_--, cuando, entre los intelectuales de su

cenáculo, presentó la célebre proposición sobre «si la forma poética

está llamada a desaparecer». ¡Ah, triste profesor de estética, aunque

siempre regocijado y poliforme periodista! La forma poética, es decir,

la de la rosada rosa, la de la cola del pavo real, la de los lindos ojos

y frescos labios de las sabrosas mozas no desaparece bajo la gracia del

sol. Y en cuanto a la que preocupó siempre a líricos dómines, desde el

divino Horacio a D. Josef Mamerto Gómez Hermosilla, ella sigue,

persiste, se propaga y hasta se revoluciona, con justo escándalo de

nuestro venerable maestro Benot, cuya sabiduría respeto y cuya

intransigencia hasta deseos me inspira de aplaudir. Aplaudamos siempre

lo sincero, lo consciente, y lo apasionado sobre todo.

II

No. La forma poética no está llamada a desaparecer, antes bien a

extenderse, a modificarse, a seguir su desenvolvimiento en el eterno

ritmo de los siglos. Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía,

dijo uno de los puros. Siempre habrá poesía y siempre habrá poetas. Lo

que siempre faltará será la abundancia de los comprendedores, porque,

como excelentemente lo dice el Sr. de Montaigne, y _Azorín_, mi amigo,

puede certificarlo, «nous avons bien plus de poètes que de juges et

interpretes de poesie; il est plus aisé de la faire que de la

cognnaître». Y agrega: «A certaine mesure basse, on la peut juger par

les preceptes et par art: mais la bonne, la suprème, la divine, est au

dessus des regles et de la raison».

Quizá porque entre nosotros no es frecuentemente servida la divina, la

buena, la suprema, se usa, por lo general, la «mesure basse». Mas no

hace sino aumentar el gusto por los conceptos métricos. La alegría

tradicional tiene sus representantes en regocijados versificadores, en

casi todos los diarios. El órgano serio y grave, el _Temps_ madrileño,

tiene en su crítico autorizado, en su Gastón Deschamps, vamos al decir,

un espíritu jovial que, a pesar de tareas trascendentales, no desdeña

los entretenimientos de la parodia.

Quedamos, pues, en que la hermandad de los poetas no ha decaído, y aun

pudiera renovar algún trecenazgo. Asuntos estéticos acaloran las

simpatías y las antipatías. Las violencias o las injusticias provocan

naturales reacciones. Los más absurdos propósitos se confunden con

generosas campañas de ideas. Mucha parte del público no sabe de lo que

se trata, pues los encargados de informarla no desean, en su mayoría,

informarse a sí mismos. El diletantismo de otros es poco eficaz en la

mediocracia pensante. Una afligente audacia confunde mal aprendidos

nombres y mal escuchadas nociones del vivir de tales o cuales centros

intelectuales extranjeros. Los nuevos maestros se dedican, más que a

luchar en compañía de las nuevas falanges, al cultivo de lo que los

teólogos llaman _appetitus inordinatus propiae excellentiae_.

Existe una _élite_, es indudable, como en todas partes, y a ella se debe

la conservación de una íntima voluntad de pura belleza, de incontaminado

entusiasmo. Mas en ese cuerpo de excelentes he ahí que uno predica lo

arbitrario; otro, el orden, otro la anarquía, y otro aconseja, con

ejemplo y doctrina, un sonriente, un amable escepticismo. Todos valen.

Mas ¿qué hace este admirable hereje, este jansenista, carne de hoguera,

que se vuelve contra un grupo de rimadores de ensueños y de

inspiraciones, a propósito de un nombre de instrumento que viene del

griego? ¡Cuando, por el amor del griego, se nos debía abrazar! Y ese

antaño querido y rústico anfión--natural y fecundo como el chorro de la

fuente, como el ruiseñor, como el trigo de la tierra--, ¿por qué me

lapida, o me hace lapidar, desde su heredad, porque paso con mi sombrero

de Londres o mi corbata de París? Y a los jóvenes, a los ansiosos, a los

sedientos de cultura, de perfeccionamiento, o simplemente de novedad, o

de antigüedad, ¿por qué se les grita: «¡haced esto!», o «¡haced lo

otro!», en vez de dejarles bañar su alma en la luz libre, o respirar en

el torbellino de su capricho? La palabra _whim_ teniala escrita en su

cuarto de labor un fuerte hombre de pensamiento cuya sangre no era

latina.

Precepto, encasillado, costumbres, clisé... vocablos sagrados. _Anatema

sit_ al que sea osado a perturbar lo convenido de hoy, o lo convenido de

ayer. Hay un horror de futurismo, para usar la expresión de este gran

cerebral y más grande sentimental que tiene por nombre Gabriel Alomar,

el cual será descubierto cuando asesine su tranquilo vivir, o se tire a

un improbable Volga en una Riga no aspirada.

El movimiento que en buena parte de las flamantes letras españolas me

tocó iniciar, a pesar de mi condición de «meteco», echado en cara de

cuando en cuando por escritores poco avisados, ha hecho que _El

Imparcial_ me haya pedido estas dilucidaciones. Alégrame el que puede

serme propicia para la nobleza del pensamiento y la claridad del decir

esta bella isla en donde escribo, esta Isla de Oro, «isla de poetas, y

aun de poetas que, como usted, hayan templado su espíritu en la

contemplación de la gran naturaleza americana», como me dice en gentiles

y hermosas palabras un escritor apasionado de Mallorca. Me refiero a D.

Antonio Maura, Presidente del Consejo de Ministros de Su Majestad

Católica.

III

Un espíritu tan penetrante como ágil, un inglés pensante de los mejores,

Arthur Symons, expresaba recientemente:

«La Naturaleza, se nos dice, trabaja según el principio de las

compensaciones; y en Inglaterra, donde hemos tenido siempre pocos

grandes hombres en la mayor parte de las artes, y un nivel general

desesperadamente incomprensivo, me parece descubrir un ejemplo brillante

de compensaciones. El público, en Inglaterra, me parece ser el menos

artístico y el menos libre del mundo, pero quizás me parece eso porque

yo soy inglés y porque conozco ese público mejor que cualquier otro.»

Hay artistas descontentos en todas partes, que aplican a sus países

respectivos el pensar del escritor británico. Yo, sin ser español de

nacimiento, pero ciudadano de la lengua, llegué en un tiempo a creer

algo parecido de España. De esto hace ya algunos años... Creía a España

impermeable a todo rocío artístico que no fuera el que cada mañana

primaveral hacía reverdecer los tallos de las antiguas flores de

retórica, una retórica que aun hoy mismo juzgan aquí imperante los

extranjeros. Ved lo que dice el mismo Symons: «Me pregunto si algún

público puede ser, tanto como el público inglés, incapaz de considerar

una obra de arte como obra de arte, sin pedirle otra cosa. Me pregunto

si esta laguna, en el instinto de una raza que posee en sí el instinto

de la creación, señala un disgusto momentáneo de la belleza, debido a

las influencias puritanas, o bien simplemente una inatención peor aún,

que provendría de ese aplastador imperialismo que aniquila las energías

del país. No hay duda de que la muchedumbre es siempre ignorante,

siempre injusta; pero ¿hay otras muchedumbres opuestas con tanta

persistencia al arte, porque es arte, como el público inglés? Otros

países tienen sus preferencias: Italia y España por dos especies de

retórica; Alemania, exactamente por lo contrario de lo que aconsejaba

Heine cuando decía: «¡Ante todo, nada de énfasis!» Pero yo no veo en

Inglaterra ninguna preferencia, aun por una mala forma de arte.» El

predominio en España de esa especie de retórica, aun persistente en

señalados reductos, es lo que combatimos los que luchamos por nuestros

ideales en nombre de la amplitud de la cultura y de la libertad.

No es, como lo sospechan algunos profesores o cronistas, la importación

de otra retorica, de otro _poncif_, con nuevos preceptos, con nuevo

encasillado, con nuevos códigos. Y, ante todo, ¿se trata de una cuestión

de formas? No. Se trata, ante todo, de una cuestión de ideas.

El clisé verbal es dañoso porque encierra en sí el clisé mental, y

juntos perpetúan la anquilosis, la inmovilidad.

Y debo hacer un corto paréntesis, _pro domo mea_. No habría comenzado la

exposición de estos mis modos de ver sin la amable invitación de _Los

lunes de El Imparcial_, hoja gloriosa desde días memorables en que

ofreciera sus columnas a los pareceres estéticos de maestros hoy por

todos venerados y admirados. No soy afecto a polémicas. Me he declarado,

además, en otra ocasión, y con placer íntimo, el ser menos pedagógico de

la tierra. Nunca he dicho: «lo que yo hago es lo que se debe hacer.»

Antes bien, y en las palabras liminares de mis _Prosas profanas_, cité

la frase de Wagner a su discípula Augusta Holmes: «Sobre todo, no imitar

a nadie, y mucho menos, a mí.» Tanto en Europa como en América se me ha

atacado con singular y hermoso encarnizamiento. Con el montón de piedras

que me han arrojado, pudiera bien construirme un rompeolas que retardase

en lo posible la inevitable creciente del olvido... Tan solamente he

contestado a la crítica tres veces, por la categoría de sus

representantes, y porque mi natural orgullo juvenil, ¡entonces!

recibiera también flores de los sagitarios. Por lo demás, ellos se

llamaban Max Nordau, Paul Groussac, Leopoldo Alas.

No creo preciso poner cátedra de teorías de aristos. Aristos, para mí,

en este caso, significa, sobre todo, independientes. No hay mayor

excelencia. Por lo que a mí toca, si hay quien me dice, con aire alemán

y con lenguaje un poco bíblico: «Mi verdad es la verdad», le contestó:

«Buen provecho. Déjeme usted con la mía, que así me place, en una

deliciosa interinidad.»

IV

Deseo también enmendar algún punto en que han errado mis defensores, que

buenos los he tenido en España. Los maestros de la generación pasada

nunca fueron sino benévolos y generosos conmigo. Los que en estos

asuntos se interesan no ignoran que Valera, en estas mismas columnas,

fué quien dió a conocer con un gentil entusiasmo muy superior a su

ironía, la pequeña obra primigenia que inició allá en América la manera

de pensar y de escribir que hoy suscita, aquí y allá, ya inefables, ya

truculentas controversias. Campoamor fué para mí lo que testigos

eminentes--entre ellos José Verdes Montenegro--pudieran certificar.

Castelar me dió pruebas de intelectual estímulo. Núñez de Arce, cuando

estuve en Madrid por la primera vez, como delegado de mi país natal, a

las fiestas colombinas, fué tan entusiasta conmigo, que hizo todo lo

posible porque me quedara en la Corte. Habló al respecto con Cánovas

del Castillo--otro ilustre y bondadoso amigo mío--, y Cánovas escribió

al Marqués de Comillas solicitando para mí un puesto en la

Trasatlántica. Entretanto yo partí. No sin que antes en las tertulias de

Valera se aplaudiesen y se criticasen algunos de los que llamaban mis

atrevimientos líricos, que eran entonces, lo confieso, muy inocentes, y

apenas de un modesto parnasianismo: _Elogio de la seguidilla_; un

«Pórtico» para el libro _En tropel_, de Salvador Rueda.--Mis versos

fueron bien recibidos la primera vez que hablara ante un público

español--fué en una velada en que tomaba parte don José Canalejas--.

Rueda me alababa, no tanto como yo a él. Mas mis amigos literarios,

además de los que he nombrado, se llamaban entonces Manuel del Palacio,

Narciso Campillo, el Duque de Almenara, el Conde de las Navas, D. Luis

Vidart, D. Miguel de los Santos Alvarez... Me apresuro a decir que yo

tenía la grata edad de veinticinco años.

Estos cortos puntos de autobiografía literaria son para hacer notar que

se equivocan los que afirman que yo no he sido bien acogido por los

dirigentes anteriores. En esos mismos tiempos mi ilustre amiga D.ª

Emilia Pardo Bazán se dió la voluptuosidad de hacerme recitar versos en

su salón, en compañía del autor de _Pedro Abelardo_... Y mis aficiones

clásicas encontraban un consuelo con la amistosa conversación de cierto

joven maestro que vivía, como yo, en el hotel de las Cuatro Naciones; se

llamaba, y se llama hoy en plena gloria, Marcelino Menéndez y Pelayo. El

fué quien, oyendo una vez a un irritado censor atacar mis versos del

«Pórtico» a Rueda, como peligrosa novedad,

... y esto pasó en el reinado de Hugo,

emperador de la barba florida,

dijo: «Esos son sencillamente los viejos endecasílabos de gaita gallega:

Tanto bailé con el ama del cura,

Tanto bailé que me dió calentura.»

Y yo aprobé. Porque siempre apruebo lo correcto, lo justo y lo bien

intencionado. Yo no creía haber inventado nada... Se me había ocurrido

la cosa como a Valmajour el tamborilero de Provenza... O había «pensado

musicalmente», según el decir de Carlyle, esa mala compañía.

Desde entonces hasta hoy, jamás me he propuesto ni asombrar al burgués,

ni martirizar mi pensamiento en potros de palabras.

No gusto de «moldes», nuevos ni viejos... Mi verso ha nacido siempre con

su cuerpo y su alma, y no le he aplicado ninguna clase de ortopedia. He,

sí, cantado aires antiguos; y he querido ir hacia el porvenir, siempre

bajo el divino imperio de la música--música de las ideas, música del

verbo.

V

«Los pensamientos e intenciones de un poeta son su estética», dice un

buen escritor. Que me place. Pienso que el don de arte es aquel que de

modo superior hace que nos reconozcamos íntima y exteriormente ante la

vida. El poeta tiene la visión directa e introspectiva de la vida y una

supervisión que va más allá de lo que está sujeto a las leyes del

general conocimiento. La religión y la filosofía se encuentran con el

arte en tales fronteras, pues en ambas hay también una ambiencia

artística. Estamos lejos de la conocida comparación del arte con el

juego. Andan por el mundo tantas flamantes teorías y enseñanzas

estéticas... Las venden al peso, adobadas de ciencia fresca, de la que

se descompone más pronto, para aparecer renovada en los catálogos y

escaparates pasado mañana.

Yo he dicho: Cuando dije que mi poesía era «mía en mí», sostuve la

primera condición de mi existir, sin pretensión ninguna de causar

sectarismo en mente o voluntad ajena, y en un intenso amor a lo absoluto

de la Belleza. Yo he dicho: Ser sincero es ser potente. La actividad

humana no se ejercita por medio de la ciencia y de los conocimientos

actuales, sino en el vencimiento del tiempo y del espacio. Yo he dicho:

Es el Arte el que vence el espacio y el tiempo. He meditado ante el

problema de la existencia y he procurado ir hacia la más alta idealidad.

He expresado lo expresable de mi alma y he querido penetrar en el alma

de los demás, y hundirme en la vasta alma universal. He apartado

asimismo, como quiere Schopenhauer, mi individualidad del resto del

mundo, y he visto con desinterés lo que a mí yo parece extraño, para

convencerme de que nada es extraño a mi yo. He cantado, en mis

diferentes modos, el espectáculo multiforme de la naturaleza y su

inmenso misterio. He celebrado el heroísmo, las épocas bellas de la

historia, los poetas, los ensueños, las esperanzas. He impuesto al

instrumento lírico mi voluntad del momento, siendo a mi vez órgano de

los instantes, vario y variable, según la dirección que imprime el

inexplicable Destino.

Amador de la cultura clásica, me he nutrido de ella, mas siguiendo el

paso de mis días. He comprendido la fuerza de las tradiciones en el

pasado, y de las previsiones en lo futuro. He dicho que la tierra es

bella, que en el arcano del vivir hay que gozar de la realidad

alimentados de ideal. Y que hay instantes tristes por culpa de un

monstruo malhechor llamado Esfinge. Y he cantado también a ese monstruo

malhechor. Yo he dicho:

_Es incidencia la Historia. Nuestro destino supremo

Está más allá del rumbo que marcan fugaces las épocas.

Y Palenke y la Atlántida no son más que momentos soberbios.

Con que puntúa Dios los versos de su augusto Poema._

He celebrado las conquistas humanas y he, cada día, afianzado más mi

seguridad de Dios. De Dios y de los dioses. Como hombre, he vivido en lo

cotidiano; como poeta, no he claudicado nunca, pues siempre he tendido a

la eternidad. Todo ello para que, fuera de la comprensión de los que me

entienden con intelecto de amor, haga pensar a determinados profesores

en tales textos; a la cuquería literaria, en escuelas y modas; a este

ciudadano, en el ajenjo del Barrio Latino, y al otro, en las

decoraciones «arte nuevo» de los _bars_ y _music halls_. He comprendido

la inanidad de la crítica. Un diplomado os alaba por lo menos alabable

que tenéis: y otro os censura en mal latín o en esperanto. Este doctor

de fama universal os llama aquí «ese gran talento de Rubén Darío», y

allá os inflige un estupefaciente desdén... Este amigo os defiende

temeroso. Este enemigo os cubre de flores, pidiéndoos por lo bajo una

limosna. Eso es la literatura... Eso es lo que yo abomino. Maldígame la

potencia divina si alguna vez, después de un roce semejante, no he ido

al baño de luz lustral que todo lo purifica: la autoconfesión ante la

única Norma.

VI

Jamás he manifestado el culto exclusivo de la palabra por la palabra.

«Las palabras--escribe el Sr. Ortega y Gasset, cuyos pensares me

halagan--, las palabras son logaritmos de las cosas, imágenes, ideas y

sentimientos, y por tanto, sólo pueden emplearse como signos de valores,

nunca como valores.» De acuerdo. Mas la palabra nace juntamente con la

idea, o coexiste con la idea, pues no podemos darnos cuenta de la una

sin la otra. Tal mi sentir, a menos que alguien me contradiga después de

haber presenciado el parto del cerebro, observando con el microscopio

los neurones de nuestro gran Cajal.

En el principio está la palabra como única representación. No

simplemente como signo, puesto que no hay antes nada que representar. En

el principio está la palabra como manifestación de la unidad infinita,

pero ya conteniéndola. _Et verbum erat Deum._

La palabra no es en sí más que un signo, o una combinación de signos;

mas lo contiene todo por la virtud demiúrgica. Los que la usan mal serán

los culpables si no saben manejar esos peligrosos y delicados medios. Y

el arte de la ordenación de las palabras no deberá estar sujeto a

imposición de yugos, puesto que acaba de nacer la verdad que dice: el

arte no es un conjunto de reglas, sino una armonía de caprichos.

Yo no soy iconoclasta. ¿Para qué? Hace siempre falta a la creación el

tiempo perdido en destruir. Malhaya la filosofía que viene de Alemania,

que viene de Inglaterra o que viene de Francia, si ella viene a quitar,

y no a dar. Sepamos que muchas de esas cosas flamantes importadas,

yacen, entre polillas, en ancianos infolios españoles. Y las que no, son

pruebas por corregir para la edición de mañana, en espera de una

sucesión de correcciones. Se está ahora, editorialmente--en Palma de

Mallorca--, desenterrando de sus cenizas a un Lulio. ¿Creéis que este

fénix resucitado contenga menos que lo que puede dar a la percepción

filosófica de hoy cualquiera de los _reporters_ usuales en las cátedras

periodísticas y más o menos sorbónicas del día?

Construir, hacer, ¡oh, juventud! Juntos para el templo; solos para el

culto. Juntos para edificar; solos para orar. Y la constancia no será la

menor virtud, que en ella va la invencible voluntad de crear. Mas si

alguien dijera: «Son cosas de ideólogos», o «son cosas de poetas», decir

que no somos otra cosa. Es expresar: además del cerdo y del cisne, que

nos han adjudicado ciertos filósofos, tenemos el ángel.

¡Tener ángel, Dios mío! Pido exégetas andaluces.

Resumo: La poesía existirá mientras exista el problema de la vida y de

la muerte. El don de arte es un don superior que permite entrar en lo

desconocido de antes y en lo ignorado de después, en el ambiente del

ensueño o de la meditación. Hay una música ideal como hay una música

verbal. No hay escuelas; hay poetas. El verdadero artista comprende

todas las maneras y halla la belleza bajo todas las formas. Toda la

gloria y toda la eternidad están en nuestra conciencia.

RUBÉN DARÍO.

EL CANTO ERRANTE

[imagen]

[imagen:

El cantor va por todo el mundo

sonriente o meditabundo.

]

El cantor va por todo el mundo

sonriente o meditabundo.

El cantor va sobre la tierra

en blanca paz o en roja guerra.

Sobre el lomo del elefante

por la enorme India alucinante.

En palanquín y en seda fina

por el corazón de la China;

en automóvil en Lutecia;

en negra góndola en Venecia;

sobre las pampas y los llanos

en los potros americanos;

por el río va en la canoa,

o se le ve sobre la proa

de un steamer sobre el vasto mar,

o en un vagón de sleeping-car.

El dromedario del desierto,

barco vivo, le lleva a un puerto.

Sobre el raudo trineo trepa

en la blancura de la estepa.

O en el silencio de cristal

que ama la aurora boreal.

El cantor va a pie por los prados,

entre las siembras y ganados.

Y entra en su Londres en el tren,

y en asno a su Jerusalén.

Con estafetas y con malas,

va el cantor por la humanidad.

El canto vuela, con sus alas:

Armonía y Eternidad.

INTENSIDAD

[imagen]

[imagen:

en que estaba radiante la blancura!

]

METEMPSICOSIS

Yo fuí un soldado que durmió en el lecho

de Cleopatra la reina. Su blancura

y su mirada astral y omnipotente.

Eso fué todo.

¡Oh, mirada! ¡oh, blancura! y ¡oh, aquel lecho

en que estaba radiante la blancura!

¡Oh, la rosa marmórea omnipotente!

Eso fué todo.

Y crujió su espinazo por mi brazo;

y yo, liberto, hice olvidar a Antonio

(¡oh, el lecho y la mirada y la blancura!)

Eso fué todo.

Yo, Rufo Galo, fuí soldado, y sangre

tuve de Galia, y la imperial becerra

me dió un minuto audaz de su capricho.

Eso fué todo.

¿Por qué en aquel espasmo las tenazas

de mis dedos de bronce no apretaron

el cuello de la blanca reina en broma?

Eso fué todo.

Yo fuí llevado a Egipto. La cadena

tuve al pescuezo. Fuí comido un día

por los perros. Mi nombre, Rufo Galo.

Eso fué todo.

1893.

[imagen:

¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,

tu india virgen y hermosa de sangra cálida,

la perla de tus sueños es una histérica...

]

A COLÓN

¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,

tu india virgen y hermosa de sangre cálida,

la perla de tus sueños, es una histérica

de convulsivos nervios y frente pálida.

Un desastroso espíritu posee tu tierra:

donde la tribu unida blandió sus mazas,

hoy se enciende entre hermanos perpetua guerra,

se hieren y destrozan las mismas razas.

Al ídolo de piedra reemplaza ahora

el ídolo de carne que se entroniza,

y cada día alumbra la blanca aurora

en los campos fraternos sangre y ceniza.

Desdeñando a los reyes nos dimos leyes

al son de los cañones y los clarines,

y hoy al favor siniestro de negros Reyes

fraternizan los Judas con los Caínes.

Bebiendo la esparcida savia francesa

con nuestra boca indígena semi-española

día a día cantamos la _Marsellesa_

para acabar danzando la _Carmañola_.

Las ambiciones pérfidas no tienen diques,

soñadas libertades yacen deshechas:

¡Eso no hicieron nunca nuestros Caciques,

a quienes las montañas daban las flechas!

Ellos eran soberbios, leales y francos,

ceñidas las cabezas de raras plumas;

¡ojalá hubieran sido los hombres blancos

como los Atahualpas y Moctezumas!

Cuando en vientres de América cayó semilla

de la raza de hierro que fué de España,

mezcló su fuerza heroica la gran Castilla

con la fuerza del indio de la montaña.

¡Pluguiera a Dios las aguas antes intactas

no reflejaran nunca las blancas velas;

ni vieran las estrellas estupefactas

arribar a la orilla tus carabelas!

Libres como las águilas, vieran los montes

pasar los aborígenes por los boscajes,

persiguiendo los pumas y los bisontes

con el dardo certero de sus carcajes.

Que más valiera el jefe rudo y bizarro

que el soldado que en fango sus glorias finca,

que ha hecho gemir al zipa bajo su carro

o temblar las heladas momias del Inca.

La cruz que nos llevaste padece mengua;

y tras encanalladas revoluciones,

la canalla escritora mancha la lengua

que escribieron Cervantes y Calderones.

Cristo va por las calles flaco y enclenque,

Barrabás tiene esclavos y charreteras,

y las tierras del Chibcha, Cuzco y Palenque

han visto engalonadas a las panteras.

Duelos, espantos, guerras, fiebre constante

en nuestra senda ha puesto la suerte triste:

¡Cristóforo Colombo, pobre Almirante,

ruega a Dios por el mundo que descubriste!

1892.

[imagen:

¡Oh Momotombo ronco y sonoro!

]

MOMOTOMBO

_O vieux momotombo, colosse chauve et nu..._

V. H.

El tren iba rodando sobre sus rieles. Era

en los días de mi dorada primavera

y era en mi Nicaragua natal.

De pronto, entre las copas de los árboles, vi

un cono gigantesco, «calvo y desnudo», y

lleno de antiguo orgullo triunfal.

Ya había yo leído a Hugo y la leyenda

que Squire le enseñó. Como una vasta tienda

vi aquel coloso negro ante el sol,

maravilloso de majestad. Padre viejo

que se duplica en el armonioso espejo

de un agua perla, esmeralda, col.

Agua de un vario verde y de un gris tan cambiante,

que discernir no deja su ópalo y su diamante,

a la vasta llama tropical.

¡Momotombo se alzaba lírico y soberano,

yo tenía quince años: una estrella en la mano!

Y era en mi Nicaragua natal.

Ya estaba yo nutrido de Oviedo y de Gomara,

y mi alma florida soñaba historia rara,

fábula, cuento, romance, amor

de conquistas, victorias de caballeros bravos,

incas y sacerdotes, prisioneros y esclavos,

plumas y oro, audacia, esplendor.

Y llegué y vi en las nubes la prestigiosa testa

de aquel cono de siglos, de aquel volcán de gesta,

que era ante mí de revelación.

Señor de las alturas, emperador del agua,

a sus pies el divino lago de Managua,

con islas todas luz y canción.

¡Momotombo!--exclamé--¡oh nombre de epopeya!

Con razón Hugo el grande en tu onomatopeya

ritmo escuchó que es de eternidad.

Dijérase que fueses para las sombras dique,

desde que oyera el blanco la lengua del cacique

en sus discursos de libertad.

Padre de fuego y piedra, yo te pedí ese día

tu secreto de llamas, tu arcano de armonía,

la iniciación que podías dar;

por ti pensé en lo inmenso de Osas y Peliones,

en que arriba hay titanes en las constelaciones

y abajo dentro la tierra y el mar.

¡Oh Momotombo ronco y sonoro! Te amo

porque a tu evocación vienen a mí otra vez,

obedeciendo a un íntimo reclamo

perfumes de mi infancia, brisas de mi niñez.

¡Los estandartes de la tarde y de la aurora!

Nunca los vi más bellos que alzados sobre ti,

toda zafir la cúpula sonora

sobre los triunfos de oro, de esmeralda y rubí.

Cuando las babilonias del Poniente

en purpúreas catástrofes hacia la inmensidad

rodaban tras la augusta soberbia de tu frente,

eras tú como el símbolo de la Serenidad.

En tu incesante homalla vi la perpetua guerra,

en tu roca unidades que nunca acabarán.

Sentí en tus terremotos la brama de la tierra

y la inmortalidad de Pan.

¡Con un alma volcánica entré en la dura vida,

Aquilón y huracán sufrió mi corazón

y de mi mente mueven la cimera encendida

huracán y Aquilón!

Tu voz escuchó un día Cristóforo Colombo;

Hugo cantó tu gesta legendaria. Los dos

fueron, como tú, enormes, Momotombo,

montañas habitadas por el fuego de Dios.

¡Hacia el misterio caen poetas y montañas;

y romperáse el cielo de cristal

cuando luchen sonando de Pan las siete cañas

y la trompeta del Juicio final!

[imagen:

...¿Cuándo de tu divina

faz en la sangre pura resbalará el diamante?

]

ISRAEL

¡Israel! ¡Israel! ¿Cuándo de tu divina

faz en la sangre pura resbalará el diamante?

¿Cuándo el viento del río hará que el arpa cante

entre el concurso eterno de la brisa argentina?

¿Cuándo será la cabellera que se inclina

agitada por un viento perseverante?

¿Cuándo el brazo de luz dará al Judío Errante

el vaso en que se abreve del agua cristalina?

¡Israel! ¡Israel! Eso será en la hora

en que cante a los cielos la alondra pecadora

y en el profundo abismo se conmueva el grande ojo.

Y cuando levantados el santo y el aristo,

ponga su blanca mano nuestro príncipe Cristo,

ponga su blanca mano sobre el infierno rojo.

[imagen:

Aguila que has llevado tu noble y magnífico símbolo

desde el trono de Júpiter, hasta el gran continente del Norte.

]

SALUTACIÓN AL AGUILA

_...¡May this grand Union have no end!_

FONTOURA XAVIER

Bien vengas, mágica Aguila de alas enormes y fuertes

a extender sobre el Sur tu gran sombra continental,

a traer en tus garras, anillas de rojos brillantes,

una palma de gloria, del color de la inmensa esperanza,

y en tu pico la oliva de una vasta y fecunda paz.

Bien vengas, oh mágica Aguila, que amara tanto Walt Whitman,

quien te hubiera cantado en esta olímpica jira,

Aguila que has llevado tu noble y magnífico símbolo

desde el trono de Júpiter, hasta el gran continente del Norte.

Ciertamente, has estado en las rudas conquistas del orbe.

Ciertamente, has tenido que llevar los antiguos rayos.

Si tus alas abiertas la visión de la paz perpetúan,

en tu pico y tus uñas está la necesaria guerra.

¡Precisión de la fuerza! ¡Majestad adquirida del trueno!

Necesidad de abrirle el gran vientre fecundo a la tierra

para que en ella brote la concreción de oro de la espiga,

y tenga el hombre el pan con que mueve su sangre.

No es humana la paz con que sueñan ilusos profetas,

la actividad eterna hace precisa la lucha:

y desde tu etérea altura, tú contemplas, divina Aguila,

la agitación combativa de nuestro globo vibrante.

Es incidencia la historia. Nuestro destino supremo

está más allá del rumbo que marcan fugaces las épocas.

Y Palenque y la Atlántida no son más que momentos soberbios

con que puntúa Dios los versos de su augusto Poema.

Muy bien llegada seas a la tierra pujante y ubérrima,

sobre la cual la Cruz del Sur está, que miró Dante,

cuando siendo Mesías, impulsó en su intuición sus bajeles,

que antes que los del sumo Cristóbal supieron nuestro cielo.

_¡E pluribus unum!_ ¡Gloria, victoria, trabajo!

Tráenos los secretos de las labores del Norte,

y que los hijos nuestros dejen de ser los retores latinos,

y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor, el carácter.

¡Dinos, Aguila ilustre, la manera de hacer multitudes

que hagan Romas y Grecias con el jugo del mundo presente,

y que, potentes y sobrias, extiendan su luz y su imperio

y que, teniendo el Aguila y el Bisonte y el Hierro y el Oro,

tengan un áureo día para darle las gracias a Dios!

Aguila, existe el Cóndor. Es tu hermano en las grandes alturas.

Los Andes le conocen y saben que, cual tú, mira al Sol.

_¡May this grand Union have no end!_ dice el poeta.

Puedan ambos juntarse, en plenitud, concordia y esfuerzo.

Aguila, que conoces desde Jove hasta Zarathustra

y que tienes en los Estados Unidos tu asiento,

que sea tu venida fecunda para estas naciones

que el pabellón admiran constelado de bandas y estrellas.

¡Aguila que estuviste en las horas sublimes de Pathmos,

Aguila prodigiosa, que te nutres de luz y de azul,

como una Cruz viviente, vuela sobre estas naciones,

y comunica al globo la victoria feliz del futuro!

Por algo eres la antigua mensajera jupiterina,

por algo has presenciado cataclismos y luchas de razas,

por algo estás presente en los sueños del Apocalipsis,

por algo eres el ave que han buscado los fuertes imperios.

¡Salud, Aguila! Extensa virtud a tus inmensos revuelos,

reina de los azures, ¡salud! ¡gloria! ¡victoria y encanto!

¡Que la Latina América reciba tu mágica influencia

y que renazca nuevo Olimpo, lleno de dioses y héroes!

¡Adelante, siempre adelante! ¡Excelsior! ¡Vida! ¡Lumbre!

Que se cumpla lo prometido en los destinos terrenos,

y que vuestra obra inmensa las aprobaciones recoja

del mirar de los astros, y de lo que Hay más Allá!

Río de Janeiro, 1906.

[imagen:

_¡Tannhäuser!_ Resuena la marcha marcial y argentina,

y vese a lo lejos la gloria de un casco imperial.

]

A FRANCIA

Los bárbaros, Francia! ¡Los bárbaros, cara Lutecia!

Bajo áurea rotonda reposa tu gran Paladín.

Del cíclope al golpe ¿qué pueden las risas de Grecia?

¿Qué pueden las Gracias, si Herakles agita su crin?

En locas faunalias no sientes el viento que arrecia,

el viento que arrecia del lado del férreo Berlín,

y allí bajo el templo que tu alma pagana desprecia,

tu vate hecho polvo no puede sonar su clarín.

Suspende, Bizancio, tu fiesta mortal y divina,

¡oh, Roma, suspende la fiesta divina y mortal!

Hay algo que viene como una invasión aquilina

que aguarda temblando la curva del Arco Triunfal.

_¡Tannhäuser!_ Resuena la marcha marcial y argentina,

y vese a lo lejos la gloria de un casco imperial.

1893

[imagen:

¡Vuestro sol!

]

DESDE LA PAMPA

¡Yo os saludo desde el fondo de la Pampa! Yo os saludo

bajo el gran sol argentino

que como un glorioso escudo

cincelado en oro fino

sobre el palio azul del viento,

se destaca en el divino

firmamento!

Os saludo desde el campo lleno de hojas y de luces

cuya verde maravilla cruzan potros y avestruces,

o la enorme vaca roja,

o el rebaño gris, que a un tiempo luz y hoja

busca y muerde,

en el mágico ondular

que simula el fresco y verde

trebolar.

En la pampa solitaria

todo es himno o es plegaria;

escuchad

cómo cielo y tierra se unen en un cántico infinito;

todo vibra en este grito:

¡Libertad!

Junto al médano que finge

Ya un enorme lomo equino, ya la testa de una esfinge,

bajo un aire de cristal,

pasa el gaucho, muge el toro,

y entre fina flor de oro

y entre el cardo episcopal,

la calandria lanza el trino

de tristeza o de amor;

la calandria misteriosa, ese triste y campesino

ruiseñor.

Yo os saludo en el ensueño

de pasados epopeyas gloriosas;

el caballo zahareño

del vencedor; la bandera,

los fusiles con sus truenos y la sangre con sus rosas;

la aguerrida hueste fiera,

la aguerrida hueste fiera que va a toque de clarín,

el que guía, el Héroe, el Hombre;

y en los labios de los bravos, este nombre:

¡San Martín!

De la Pampa en las augustas

soledades,

al clamor de las robustas

cien bocinas del pampero, yo saludo a las ciudades

de la mar,

con sus costas erizadas de navíos,

con sus ríos

donde mil urnas colmadas su riqueza han de volcar.

¡Argentinos! ¡Dios os guarde!

ven mis ojos cómo riega

perla y rosa de la tarde

el crepúsculo que llega,

mientras la pampa ilumina

rojo y puro, como el oro en el crisol,

el diamante que prefiere la República Argentina:

¡Vuestro Sol!

Colonia la Merced, Villarino. Abril de 1898.

[imagen:

...Y ví la singular doble serpiente

que enroscada al celeste caduceo

pasó sobre las alas de repente.

]

REVELACIÓN

En el acantilado de una roca

que se alza sobre el mar, yo lancé un grito

que de viento y de sal llenó mi boca:

A la visión azul de lo infinito,

al poniente magnífico y sangriento,

al rojo sol todo milagro y mito.

Y sentí que sorbía en sal y viento

como una comunión de comuniones

que en mí hería sentido y pensamiento.

Vidas de palpitantes corazones,

luz que ciencia concreta en sus entrañas,

y prodigios de las constelaciones.

Y oí la voz del dios de las montañas

que anunciaba su vuelta en el concierto

maravilloso de sus siete cañas.

Y clamé y dijo mi palabra: «¡Es cierto,

el gran dios de la fuerza y de la vida,

Pan, el gran Pan de lo inmortal, no ha muerto!»

Volví la vista a la montaña erguida

como buscando la bicorne frente

que pone sol en l’alma del panida.

Y vi la singular doble serpiente

que enroscada al celeste caduceo

pasó sobre las olas de repente

llevada por Mercurio. Y mi deseo

tornó a Thalasa maternal la vista.

Pues todo hallo en la mar cuando la veo.

Y vi azul y topacio y amatista,

oro, perla y argento y violeta,

y de la hija de Electra la conquista.

Y escuché el ronco ruido de trompeta

que del tritón el caracol derrama,

y a la sirena, amada del poeta.

Y con la voz de quien aspira y ama,

clamé: «¿Dónde está el dios que hace del lodo

con el hendido pie brotar el trigo,

que a la tribu ideal salva en su éxodo?»

Y oí dentro de mí: «Yo estoy contigo,

y estoy en ti y por ti: yo soy el todo».

EN ELOGIO DEL ILMO. SR. OBISPO DE CÓRDOBA, FR. MAMERTO ESQUIU, O. M,

Un báculo que era como un tallo de lirios,

una vida en cilicios de adorables martirios,

un blanco horror de Belcebú,

un salterio celeste de vírgenes y santos,

un cáliz de virtudes y una copa de cantos,

tal era Fr. Mamerto Esquiú.

Con su mano sagrada fué a recoger estrellas.

Antes cansó su planta, dejando augustas huellas,

feliz Pastor de su país;

ahora corta del Padre las sacras azucenas;

sobre esta tierra amarga, cogía a manos llenas

las florecillas del de Asís.

¡Oh luminosas Pascuas! ¡Oh Santa Epifanía!

_¡Salvete flores martyrum!_ canta el clarín del día

con voz de bronce y de cristal:

Sobre la tierra grata brota el agua divina,

la rosa de la gracia su púrpura culmina

sobre el cayado pastoral.

Crisóstomo le anima, Jerónimo le doma;

su espíritu era un águila con ojos de paloma;

su verbo es una flor.

Y aquel maravilloso poeta, San Francisco,

las voces enseñóle con que encantó a su aprisco

en las praderas del Señor.

Tal cual la Biblia dice, con címbalo sonoro,

a Dios daba sus loas. Formó su santo coro

de Fe, Esperanza y Caridad:

Trompetas argentinas dicen sus ideales,

y su órgano vibrante tenía dos pedales,

y eran el Bien y la Verdad.

Trompetas argentinas claman su triunfo ahora,

trompetas argentinas de heraldos de la aurora

que anuncia el día del altar,

cuando la hostia, esa virgen, y ese mártir, el cirio,

ante su imagen digan el místico martirio,

en que el Cordero ha de balar.

Llegaron a su mente hierosolimitana,

la criselefantina divinidad pagana,

las dulces musas de Helicón;

y él se ajustó a los números severos y apostólicos,

y en su sermón se escuchan los sones melancólicos

de los salterios de Sión.

Yo, que la verleniana zampoña toco a veces,

bajo los verdes mirtos o bajo los cipreses,

canto hoy tan sacra luz;

en el marmóreo plinto cincelo mi epigrama,

y bajo el ala inmensa de la divina Fama,

¡grabo una rosa y una Cruz!

[imagen:

Hierro y piedra primero y mármol pario

luego, y arriba mágicos metales.

Una escala subía hasta el santuario,

]

VISIÓN

Tras de la misteriosa selva extraña

vi que se levantaba el firmamento

horadada y labrada una montaña.

Que tenía en la sombra su cimiento.

Y en aquella montaña estaba el nido

del trueno, del relámpago y del viento.

Y tras sus arcos negros el rugido

se oía del león. Y cual obscura

catedral de algún dios desconocido,

aquella fabulosa arquitectura

formada de prodigios y visiones,

visión monumental me dió pavura.

A sus pies habitaban los leones;

y las torres y flechas de oro fino

se juntaban con las constelaciones.

Y había un vasto domo diamantino

donde se alzaba un trono extraordinario

sobre sereno fondo azul marino.

Hierro y piedra primero y mármol pario

luego, y arriba mágicos metales.

Una escala subía hasta el santuario,

de la divina sede. Los astrales

esplendores las gradas repartidas

de tres en tres bañaban. Colosales

aguilas con las alas extendidas

se contemplan en el centro de una

atmósfera de luces y de vidas.

Y en una palidez de oro de luna

una paloma blanca se cernía,

alada perla en mística laguna.

La montaña labrada parecía

por un majestuoso Piraneso

Babélico. En sus flancos se diría

que hubiese cincelado el bloque espeso

el rayo; y en lo alto enorme friso

de la luz recibía un áureo beso,

beso de luz de aurora y paraíso.

Y yo grité en la sombra:--¿En qué lugares

vaga hoy el ama mía?--De improviso

surgió ante mí, ceñida de azahares

y de rosas blanquísimas, Estela,

la que suele surgir en mis cantares.

Y díjome con voz de filomela:

--No temas: es el reino de la Lira

de Dante; y la paloma que revuela

en la luz es Beatrice. Aquí conspira

todo al supremo amor y alto deseo.

Aquí llega el que adora y el que admira.

--¿Y aquel trono, le dije, que allá veo?

--Ese es el trono en que su gloria asienta

ceñido el lauro el gibelino Orfeo.

Y abajo es donde duerme la tormenta.

Y el lobo y el león entre lo obscuro

encienden su pupila, cual violenta

brasa. Y el vasto y misterioso muro

es piedra y hierro; luego las arcadas

del medio son de mármol; de oro puro

la parte superior, donde en gloriosas

albas eternas se abre al infinito

la sacrosanta Rosa de las rosas.

--¡Oh bendito el Señor!--clamé--bendito,

que permitió al arcángel de Florencia

dejar tal mundo de misterio escrito

con lengua humana y sobrehumana ciencia,

y crear este extraño imperio eterno

y ese trono radiante en su eminencia,

ante el cual abismado me prosterno.

¡Y feliz quien al Cielo se levanta

por las gradas de hierro de su Infierno!

Y ella:--Que este prodigio diga y cante

tu voz.--Y yo:--Por el amor humano

he llegado al divino. ¡Gloria al Dante!

Ella, en acto de gracia, con la mano

me mostró de las águilas los vuelos,

y ascendió como un lirio, soberana

hacia Beatriz, paloma de los cielos.

Y en el azul dejaba blancas huellas

Que eran a mí delicias y consuelos.

Y vi que me miraban las estrellas!

IN MEMORIAM

BARTOLOMÉ MITRE

[imagen]

Arbol feliz, el roble rey en su selva fragante

y cuyas ramas altísimas respetó el rudo Bóreas;

áureas, líricas albas dan sus rayos al árbol ilustre,

cuya sombra, benéfica tienda formara a las tribus.

Feliz aquel patriarca que, ceñida la frente de lauro,

En la tarde apacible concertando los clásicos números,

mira alzarse las torres a que diera cimientos y bases

y entre mirajes supremos la aurora futura.

Sabe el íntegro mármol cuáles varones encarna,

a qué sér da habitáculo sabe la carne del bronce;

conocen el momento, las magníficas bocas del triunfo

en que deben sonarse larga trompa y bocina de oro.

Súbita y mágica música óyese en férvidos ímpetus,

y Jefe, o Padre, o Héroe, siente llegar a su oído,

entre los himnos sonoros, cual de la mar a la orilla,

el murmullo profundo de un oleaje de almas.

Pase el iconoclasta quebrantando los ídolos falsos:

el simulacro justo en la gloria del Sol, que perdure.

Que se melle en el tronco venerando la hoz saturnina,

y las generaciones nuevas flores y frutos contemplen.

Espléndida pompa que brindó al sembrador la cosecha,

panorama sublime, al ver de la vida en la cumbre,

o al descenso tranquilo que iluminan serenas las horas

con astros por antorchas en la escala del regio crepúsculo.

Negros y rojos sueños en las noches postreras persiguen

a pastores de gentes que fueron tigres o lobos;

tarde de imperial púrpura al pastor verecundo y sin tacha

cívico arco de triunfo y el laurel y la palma sonante.

Y a quien también adora la beldad de las musas divinas,

visión de golfos de azur y los cines de Apolo.

Mira la augusta Patria de su vástago egregio la gloria;

la hornalla há tiempo viva hace hervir los metales simbólicos.

Yo, que de la argentina tierra siento el influjo en mi mente

«llevo mi palma y canto a la fiesta del gran argentino.»

Recordando el hexámetro que vibraba en la lira de Horacio,

y a Virgilio latino, guía excelso y amado del Dante.

ENSUEÑO

[imagen]

[imagen:

Verlaine arde...

]

DREAM

Se desgrana un cristal fino

sobre el sueño de una flor;

trina el poeta divino...

¡Bien trinado, Ruiseñor!

Bottom oye ese cristal

caer, y, bajo la brisa,

se siente sentimental.

Titania toda es sonrisa.

Shakespeare va por la floresta,

Heine hace un «lied» de la tarde...

Hugo acompasa la Fiesta

«Chez Thérèse». Verlaine arde

en las llamas de las rosas

alocado y sensitivo,

y dice a las ninfas cosas

entre un querubín y un chivo.

Aubrey Beardsley se desliza

como un silfo zahareño.

Con carbón, nieve y ceniza

da carne y alma al ensueño.

Nerval suspira a la luna.

Laforgue suspira de

males de genio y fortuna.

Va en silencio Mallarmé.

[imagen:

Las hojas amarillas caen en la alameda,

en donde vagan tantas parejas amorosas.

]

VERSOS DE OTOÑO

Cuando mi pensamiento va hacia ti, se perfuma;

tu mirar es tan dulce, que se torna profundo.

Bajo tus pies desnudos aún hay blancor de espuma,

y en tus labios compendias la alegría del mundo.

El amor pasajero tiene el encanto breve,

y ofrece un igual término para el gozo y la pena.

Hace una hora que un nombre grabé sobre la nieve;

hace un minuto dije mi amor sobre la arena.

Las hojas amarillas caen en la alameda,

en donde vagan tantas parejas amorosas.

Y en la copa de Otoño un vago vino queda

en que han de deshojarse, Primavera, tus rosas.

SUM...

Yo soy en Dios lo que soy

y mi ser es voluntad

que, perseverando hoy,

existe en la eternidad.

Cuatro horizontes de abismo

tiene mi razonamiento,

y el abismo que más siento

es el que siento en mí mismo.

Hay un punto alucinante

en mi villa de ilusión:

La torre del elefante

junto al kiosco del pavón.

Aún lo humilde me subyuga

si lo dora mi deseo.

La concha de la tortuga

me dice el dolor de Orfeo.

Rosas buenas, lirios pulcros,

loco de tanto ignorar,

voy a ponerme a gritar

al borde de los sepulcros:

¡Señor que la fe se muere!

Señor mira mi dolor.

_¡Miserere! ¡Miserere!..._

Dame la mano, Señor...

LA BAILARINA DE LOS PIES DESNUDOS

Iba en un paso rítmico y felino

a avances dulces, ágiles o rudos,

con algo de animal y de felino

la bailarina de los pies desnudos.

Su falda era la falda de las rosas,

en sus pechos había dos escudos...

Constelada de casos y de cosas...

La bailarina de los pies desnudos.

Bajaban mil deleites de los senos

Hacia la perla hundida del ombligo,

e iniciaban propósitos obscenos

azúcares de fresa y miel de higo.

A un lado de la silla gestatoria

estaban mis bufones y mis mudos...

¡Y era toda Setene y Anactoria

la bailarina de los pies desnudos!

[imagen:

Oh pinos, oh hermanos en tierra y ambiente,

yo os amo. Sois dulces, sois buenos, sois graves.

]

LA CANCIÓN DE LOS PINOS

Oh pinos, oh hermanos en tierra y ambiente,

yo os amo. Sois dulces, sois buenos, sois graves.

Diríase un árbol que piensa y que siente,

mimado de auroras, poetas y aves.

Tocó vuestra frente la alada sandalia;

habéis sido mástil, proscenio, curul,

oh pinos solares, oh pinos de Italia,

bañados de gracia, de gloria, de azul.

Sombríos, sin oro del sol, taciturnos,

en medio de brumas glaciales y en

montañas de ensueños, oh pinos nocturnos,

¡oh pinos del Norte, sois bellos también!

Con gestos de estatuas, de mimos, de actores,

tendiendo a la dulce caricia del mar,

¡oh pinos de Nápoles, rodeados de flores,

oh pinos divinos, no os puedo olvidar!

Cuando en mis errantes pasos peregrinos,

la Isla Dorada me ha dado un rincón

do soñar mis sueños, encontré los pinos,

los pinos amados de mi corazón.

Amados por tristes, por blandos, por bellos.

Por su aroma, aroma de una inmensa flor,

por su aire de monjes, sus largos cabellos,

sus savias, ruidos y nidos de amor.

¡Oh pinos antiguos que agitara el viento

de las epopeyas, amados del sol!

¡Oh líricos pinos del Renacimiento,

y de los jardines del suelo español!

Los brazos eolios se mueven al paso

del aire violento que forma al pasar

ruidos de pluma, ruidos de raso,

ruidos de agua y espumas de mar.

¡Oh noche en que trajo tu mano, Destino,

aquella amargura que aún hoy es dolor!

La luna argentaba lo negro de un pino,

y fuí consolado por un ruiseñor.

Románticos somos... ¿Quién que Es, no es romántico?

Aquel que no sienta ni amor ni dolor,

aquel que no sepa de beso y de cántico,

que se ahorque de un pino: será lo mejor...

Yo, no. Yo persisto. Pretéritas normas

confirman mi anhelo, mi ser, mi existir.

¡Yo soy el amante de ensueños y formas

que viene de lejos y va al porvenir!

[imagen:

El Canto Errante Obras Completas Vol. XVI · 第 1 / 3 段