El filósofo insiste en que se dé al niño educación social, en que se
forme en sociedad infantil, que se le mande á que juegue con otros
niños, y al cabo Carrascal, aunque á regañadientes primero, cede. Pero
es terrible, oh, es terrible, es terrible la escuela. ¡Qué de cosazas
trae de ella!
--Papá, el sol les dice á los planetas por dónde tienen que ir...
«¡Oh, la escuela, la escuela! ¡Le están enseñando en ella
antropoformismo! ¿Que el sol _dice_...? Y ¿cómo le desarraigo esto?
¿desarraigar? ¿pero es que tiene raíces? ¡desarraigar! La lengua misma
con que hacemos la ciencia está llena de metáforas. Mientras no la
hagamos con álgebra no habrá cosa buena. Decididamente, tengo que
intervenir ya, y aunque vaya á la escuela, instruirle yo.»
--Papá, todos quieren ser ladrones y á mí me ponen de guardia civil
siempre, porque soy el más chiquito...
--Mejor, hijo mío, mejor; vale más ser guardia civil que ladrón...
--¡No, no es mejor; los ladrones se divierten más!
«¡Oh, esta educación socio-infantil! ¿qué buscará con ella don
Fulgencio? ¡es terrible! ¡verdaderamente terrible!»
Y ahora, al pasar por la plaza, acaba de oir que una madre dice á su
hijo que le viene llorando de una pelea: «¡Antes con las tripas fuera
que llorando! ¡Coge un canto y rómpele la cabeza!» «¡Oh, los niños,
los desgraciados niños sin pedagogía alguna...! ¿para qué sirven como
no sea para que con el contraste se ponga de relieve el valor de la
pedagogía de los que la tienen?» Y al llegar á casa:
--Mira, Apolodoro, tú no pegues nunca á ninguno, déjate antes pegar ó
mejor aun huye...
--Es porque me pueden, que cuando sea grande...
Y he aquí que acaba de encontrarle su padre trabado á moquetes con otro
muchacho.
--¡Pero, Apolodoro, ven acá! ¡acá te he dicho!
--Es que siempre me andan burlando: «¡Apolo! ¡bolo, bolo, boliche...!
¡Polodoro... boloro... boloriche!» siempre me andan burlando con el
nombre--y rompe á llorar.
«¡Oh, no, no, esto es anti-científico, tengo que imponerme... hora es
ya de aplicar mis principios!»
Se decide á enseñarle á hablar, á leer y á escribir como se debe. Y
para enseñarle á hablar, por leyes y no por reglas, pónese á estudiar
lingüística y á los pocos pasos tropieza. «¡Qué absurda es una lengua!
¡Se _ahogó_ en el río, v. gr. _ahogarse_... de _ad-focare se_, de
_focus_, fuego, como quien dice enfogarse, y enfogarse... en agua! Es
como si dijéramos: se enaguó en fuego... Otra cosa: es probable...
y probable es lo que puede probarse, y nada hay más seguro que lo
probable... Lástima que tengamos que hablar en lenguajes así y no en
álgebra.» Y renuncia á enseñarle á hablar por leyes.
Pero no á enseñarle á escribir con ortografía fonética, la del
porvenir, la única racional. Duda primero si optar por la q ó por la
k para la gutural fuerte, si escribir Qarrasqal ó Karraskal, pero
se queda al fin con la k para no quitar á las palabras kilómetro y
kilogramo su tradicional y científico aspecto. Además Kant, Kepler,
etc., empiezan con k, y con q ¿qué grande hombre hay? No recuerda más
que á Quesnay y á Quetelet. _I así es komo empezó el niño á berter su
pensamiento en forma gráfika, i en la únika berdaderamente zientífika
ke ai, por lo menos oí, asta ke no adoptemos el áljebra._
«Pero... ¿no hubiera sido mejor dejarle que ideara jeroglíficos y
ayudarle en el proceso evolutivo de ellos, hasta que hallase por sí la
escritura? La escritura científica sería escribir con las curvas mismas
que la palabra registra en el cilindro del fonógrafo; mas para llegar á
eso tenemos que acabar de entrar en la edad positiva.»
Pónele también á aprender dibujo, á que adquiera el sentido de la
forma, único camino para llegar á adquirir el del fondo. Y el método de
enseñanza es ingenioso si los hay. Le hace dibujar pajaritas de papel
en todas posturas y proyecciones, pues las pajaritas, sobre ser objetos
de bulto, afectan formas geométricas.
Y paseos á diario, pues es paseando como mejor le instruye. Detiénese
de pronto don Avito, levanta una piedra del suelo y dice:
--Mira, Apolodoro--suelta la piedra,--¿por qué cae?
Y como el chico le mira silencioso, repite:
--¿Por qué cae y no sube cuando la suelto?
--Si fuera un globo...
--Pero no lo es... Vamos, ¿por qué cae?
--Porque pesa.
--¡Ahaha! ¡ya estamos en camino! porque pesa... ¿y por qué pesa?
El chico se encoge de hombros, mientras allá, en sus entrañas
espirituales, su demoñuelo familiar--pues también le tiene--le dice:
«este papá es tonto.»
--¡Papá, tengo frío!
--¡El frío no existe, hijo mío!
«Es tonto, decididamente tonto.»
Otras veces toca preguntar al chico, para tormento del padre. «Papá,
¿por qué no tienen barbas las mujeres?» A punto estuvo Carrascal de
responder: «porque la tienen los hombres; para diferenciarse en la
cara», pero se calló.
--Mira, hijo, en un triángulo que tenga dos ángulos desiguales, á mayor
ángulo se opone mayor lado...
--Sí, ya lo veo, papá.
--No basta que lo veas, hay que demostrártelo.
--Pero si lo veo...
--No importa; ¿de qué sirve que veamos las cosas si no nos las
demuestran?
Y así empieza á dar vueltas en la cabeza de Apolodoro Carrascal el
caleidoscopio, en que cada figura tiene trampa; un mundo de vistas con
su inscripcioncilla, que hay que descifrar, debajo de cada una.
Hoy pregunta Apolodoro:
--Papá, ¿para qué es este ladrillo en que dice «Ciencia» y la ruedecita
de encima?
--¡Gracias á Dios, hijo, gracias á Dios!--y mientras al demonio
familiar que le susurra: «¿á Dios? ¿á Dios, Avito? ¿á Dios? caíste,
caíste y seguirás cayendo», le contesta en su interior: «¡cállate,
tonto!», prosigue:--¡al fin te fijaste en ello! Hace tiempo que lo
esperaba. Mira, Apolodoro, hay que dar algo á la imaginación, sí, hay
que dar algo á la imaginación, creadora de las religiones; necesita su
válvula de seguridad. Ese es el altar de la religión de la cultura.
--¿Altar?
--Sí. Mira, el ladrillo cocido fué, según Ihering, el principio de la
civilización asiria, fué el principio de la civilización; supone el
fuego, la invención que hizo al hombre hombre, y permitió la escritura,
pues las más antiguas inscripciones se nos conservan en ladrillos
cocidos. Los primeros libros eran de ladrillos...
--¿De ladrillos? ¡Oivá! y ¿cómo los llevaban?
--La casa era el libro; hoy es el libro nuestra casa. El ladrillo hizo
posible la escritura; por eso lleva ese ladrillo escrita la palabra
_Ciencia_.
--¿Y la ruedecita?
--¿La ruedecita? ¡Ah, la rueda! ¡la rueda, hijo mío, la rueda! La rueda
es lo específico humano, la rueda es lo que de veras ha inventado el
hombre, sin tomarlo de la naturaleza. En los organismos vivos verás
palancas, resortes, pero no verás ruedas. De aquí que el medio más
científico de locomoción es la bicicleta. Este es el altar de la
cultura, ¿no sientes tu imaginación satisfecha?
De paseo llevan la brújula para orientarse, y algún día el sextante
para tomar la altura del sol, y termómetro, barómetro, higrómetro,
lente de aumento.
Y es tiempo de que el niño empiece á llevar sus cuadernitos, la
contabilidad de su experiencia, y nota de la temperatura y la presión
máximas y mínimas, y que haga gráficas estadísticas de todo lo
gráfico-estadisticable.
* * * * *
Ahora van á ver en un museo de historia natural la Evolución, pues
no bastan los grabados de casa. Entran en la sala en que trasciende
á enjuagues y drogas y allí, tras las vitrinas, pellejos rellenos de
algodón, pajarracos, avechuchos, bichos de todas clases en actitudes
cómicas ó trágicas, sujetos á sus peanas; algunos conservados en
frascos de alcohol. Apolodoro se agarra fuertemente á su padre.
--¿Son de verdad, papá? ¿son de carne?
Y cuando se ha serenado:
--¿Cómo los han cogido?
--Mira, mira aquí, hijo mío; mira el oso hormiguero ó mejor dicho
_Myrmecophaga jubata_; mira, tiene esa lengua así para...
--¿Puede más que el leopardo?
--Tiene esa lengua así para coger hormigas, las garras...
--¿Quién salta más?
--Pero fíjate en el oso hormiguero, niño, que en nada te fijas, fíjate
en el oso hormiguero que es un excelente caso...
--Sí, ya me fijo; ¡qué feo es!... Y éste, éste, ¿cómo se llama éste?
--Este es el canguro; lee ahí, ¿qué dice?
--_Ma... ma... cro... cro... macro... macropus... ma... ma... major..._
--_Macropus major._
--¿Y qué es eso?
--Su verdadero nombre, su nombre científico; les ponen ahí el nombre.
Retíranse al poco rato á casa, cariacontecido el padre y meditabundo;
¡el niño no se fija, no se fija...! De buena gana para abrirle el
apetito le daría á leer novelas de Julio Verne si no fuesen novelas, si
les quitasen lo novelesco. Así es que queda estupefacto cuando al decir
esto á don Fulgencio le contesta el filósofo:
--Pues yo le aconsejaría de buena gana que las diese á leer si fueran
novelas, y les quitasen lo científico.
«Este hombre... este hombre...»--le dice el demonio familiar:--«Ten ojo
con este hombre, Avito.»
Vuelve don Fulgencio á la carga para que envíe al hijo á la escuela,
encargando que no le enseñen nada.
--Pero si el ensayo...
--El ensayo no ha sido malo, diga usted lo que quiera.
--Pero si allí no le han enseñado más que disparates...
--De esos supuestos disparates surgirá la luz.
--Pero si mi hijo tiene tendencias mitológicas y en la escuela en vez
de combatírselas se las corroboran.
--¿Tendencias mitológicas?
--Sí, tendencias mitológicas. Un día me salió diciendo que ya sabe
quién enciende el sol, que es el solero, y al preguntarle yo cómo sube,
me contestó que volando...
--Una especie de Apolo...
--Si en la escuela...
--¡Nada, nada, á la escuela, á la escuela! Luego entraremos nosotros.
--Luego... luego... siempre luego...
Y vuelve Apolodoro á la escuela, y hoy, primer día de su segundo ensayo
de escuela, al volver de ella dice á su padre:
--Papá, ya sé quién es el más listo de la escuela...
--¿Y quién es?
--Joaquín es el más listo de la escuela, el que sabe más...
--¿Y crees tú, hijo mío, que el que sabe más es el más listo?
--Claro que es el más listo...
--Puede uno saber menos y ser más listo.
--¿Entonces, en qué se le conoce?
Y el pobre padre, despistado con todo esto, sin lograr reconstruir á
su hijo y diciéndose: «¡parece imposible que sea hijo mío!» ¡Qué niño
tan extraño! ¡No se fija en nada, no para la atención en nada, nada le
penetra, y hasta le estorban los brazos para dormir!
--Vamos, Apolodoro, escribe á tu tía.
--No sé cómo decirle eso, papá.
--Como quieras, hijo mío.
--Es que no sé cómo querer.
«Que no sabe cómo querer... ¡Oh, la pedagogía no es tan fácil como
creen muchos!»
* * * * *
--Vaya, aquí está la policlínica del doctor Herrero; vamos á verla,
hijo mío, que hay que ver de todo.
--Bueno.
Y una vez dentro:
--¡Oh qué conejito, qué mono! ¡qué ojos tiene! ¡si parecen de ágata, de
esa de hacer canicas! y debe de tener frío; ¡cómo tiembla!
--No, pequeño, no tiene frío, es que se va á morir pronto.
--¿A morir? ¡pobrecito! ¡pobre conejito! ¿por qué no le curan?
--Mira, hijo mío, este señor le ha metido esa enfermedad al conejo para
estudiarla...
--¡Pobre conejillo! ¡pobre conejillo!
--Para curar á los hombres luego...
--¡Pobre conejillo! ¡Pobre conejillo!
--Pero mira, niño, hay que aprender á curar.
--Y ¿por qué no le curan al conejillo?
Esta noche sueña Apolodoro con el pobre conejillo y Avito con su hijo.
* * * * *
¡Qué escenas silenciosas y furtivas cuando en los raros momentos en
que el padre los deja coge la madre á su hijo, lo abraza y sin decir
palabra le tiene así abrazado, mirando al vacío, llenándole de besos
la cara! El chico abre los ojos, sorprendido; este es otro mundo, tan
incomprensible como el otro, un mundo de besos y casi de silencio.
--Ven acá, hijo mío, Luis, Luisito, mi Luis, Luis mío, ven acá mi vida,
Luis, mi Luis... ¡Luis! ven, repite: Padre nuestro...
--Padre nuestro...
--Sí, tu padre, el otro, el que está en el cielo... Padre nuestro que
estás en los cielos...
--Padre nuestro que estás en los cielos...
--Santificado sea tu nombre... ¡ah! ¡la puerta! Luis, mi Luis, Luisito,
Luis mío, mi Luis, ¡vete! ¡calla! no le digas nada; ¿has oído? ¡aquí
viene...! ¡Apolodoro!
Y por el espíritu del niño desfila en pelotón: «¿Por qué caen las
piedras, Apolodoro? ¿por qué á mayor ángulo se opone mayor lado?
¡Apolodoro! ¡Polodoro... boloro... boloriche...! ¡Apolo... bolo...!
¡Ese Ramiro me las tiene que pagar...! Luis, Luis, mi Luis, Luisito...
santificado sea tu nombre... no le digas nada, ¿has oído? ¿por qué me
llamará mamá Luis?... El oso hormiguero tiene la lengua así... ¡Pobre
conejillo! ¡pobre conejillo!»