Ahora en que el alma de Apolodoro se acerca, merced á las fricciones
superauriculares, al anfioxus psíquico, ahora ha venido á habitar
en nuestra ciudad el verbo de Carrascal, el insondable filósofo don
Fulgencio.
Es don Fulgencio Entrambosmares hombre entrado en años y de ilusiones
salido, de mirar vago que parece perderse en lo infinito, á causa de su
cortedad de vista sobre todo, de reposado ademán y de palabra en que
subraya tanto todo que dicen sus admiradores que habla en bastardilla.
Jamás presenta á su mujer por avergonzarse de estar casado y sobre todo
de tener que estarlo con mujer. El traje lo lleva de retazos hábilmente
cosidos, intercambiables, diciendo: «esto es un traje orgánico; siempre
conserva las caderas y rodilleras, signos de mi personalidad, _mis_
caderas, mis _rodilleras_.»
Tiene en su despacho, junto á un piano, un esqueleto de hombre con
chistera, corbata, frac, sortija en los huesos de los dedos y un
paraguas en una mano y sobre él esta inscripción: _Homo insipiens_, y
al lado un desnudo esqueleto de gorila con esta otra: _Simia sapiens_,
y encima de una y de otra una tercera inscripción que dice: _Quantum
mutatus ab illo!_ Y por todas partes carteles con aforismos de este
jaez: «La verdad es un lujo; cuesta cara.» «Si no hubiera hombres
habría que inventarlos.» «Pensar la vida es vivir el pensamiento.» «El
fin del hombre es la ciencia.»
Son, en efecto, los aforismos uno de sus fuertes, y el _Libro de los
aforismos ó píldoras de sabiduría_ su libro exotérico, el que ha de
dar como ilustración al común de los mortales. Porque el otro, su _Ars
magna combinatoria_, su gran obra esotérica, que irá escrita en latín
ó en volapük, la reserva para más felices edades. Trabaja en ella de
continuo, mas decidido á encerrarla, desconocida, en un hermético
cofrecito de iridio ó de molibdeno, cuando muera, ordenando que la
entierren con él y dejando al Destino que al correr de los siglos
aparezca á flor de tierra un día, entre roídos huesos, cuando sea ya el
género humano digno de tamaño presente.
Porque es lo que se dice á solas: «¿Trabajar yo para este público
donde han caído como en el vacío mis más profundos y geniales estudios?
¿para este público que tarda tanto en admitir como en despedir á aquel
á quien una vez ha ya admitido? Esto es como caminar en un arenal;
esto es romperse el brazo del alma al ir á dar con todo esfuerzo y
encontrarse con el aire nada más. Hay aquí cien escritores, publica
cada cual cien ejemplares de cada una de sus obras y las cambian entre
sí, como cambian los saludos y las envidias. El que no escribe no
lee, y el que escribe tampoco lee como no le regalen lo que haya de
leer. Como ninguno se halla sostenido por público compacto, numeroso y
culto, ni creen en sí mismos ni en los otros--pues necesitamos de que
los demás nos crean para creernos--y á falta de esa fe, de la fe en la
popularidad, única de nuestro escritor, desprécianse mutuamente ó creen
despreciarse más bien.»
Hechas estas consideraciones se vuelve á trabajar en su _Ars magna
combinatoria_, labor que ha de ser un día asombro de los siglos.
No es, en efecto, la filosofía, según don Fulgencio, más que una
combinatoria llevada á los últimos términos. El trabajo hercúleo,
genial, estribaba en dar, como él ha dado, con las cuatro ideas
madres, dos del orden ideal y dos del real, ideas que son, las del
orden real: la muerte y la vida; y las del orden ideal: el derecho
y el deber, ideas no metafísicas y abstractas, como las categorías
aristotélicas ó kantianas, sino henchidas de contenido potencial. A
partir de ellas, coordinándolas de todas las maneras posibles, en
coordinaciones binarias primero, luego ternarias, cuaternarias más
adelante y así sucesivamente, es como habrá de descifrarse el misterio
del gran jeroglífico del Universo, es como se sacará el hilo del ovillo
del eterno Drama de lo Infinito. Está en las coordinaciones binarias
ó simplemente _combinaciones_, como él, aunque apartándose del común
tecnicismo, las llama estudiando el derecho á la vida, á la muerte, al
derecho mismo y al deber; el deber de vida, de muerte, de derecho y
de deber mismo; la muerte del derecho, del deber, de la misma muerte
y de la vida; y la vida del derecho, del deber, de la muerte y de la
vida misma. ¡Qué fuente de reflexiones el derecho al derecho, el deber
del deber, la muerte de la muerte y la vida de la vida! ¡qué fecundas
paradojas las de la vida de la muerte y la muerte de la vida! Ibsen
ha presentido á don Fulgencio al hacer decir al Obispo de su drama
«Madera de reyes» (_Kongs-Aemnerne_) aquello de: «¿Pero con qué derecho
tiene derecho Hakon y no vos?» (_Men med hvad Ret fik Hakon Retten og
ikke I?_) Luego que acabe con las binarias se meterá don Fulgencio
con las coordinaciones ternarias ó más bien _conternaciones_, que
es como él las llama, tales cuales las de la vida de la muerte del
derecho, el derecho á la muerte de la vida, el deber del derecho al
deber, y ¡oh fuente de paradójicas maravillas! el derecho al derecho
al derecho, ó la muerte de la muerte de la muerte. Hanle presentido,
además de Ibsen, Ihering con eso de que no hay derecho á renunciar
los derechos, y todos los que hablan del derecho á la pena, es decir,
á la muerte. Las _conternaciones_ son sesenta y cuatro y luego
vienen las doscientas cincuenta y seis _concuaternaciones_ y las mil
veinticuatro _conquinaciones_ más tarde y... ¡qué porvenir se abre
á la Humanidad! Esta ha de ser inacabable, eterna, pues no basta la
infinita consecución de los tiempos para agotar la infinita serie de
las infinitas coordinaciones.
El método coordinatorio es, sin duda, la fuente de toda filosofía,
el modo de excitar el pensamiento. ¿Oyes decir que el amor es el
hambre de la especie? pues inviértelo y dí que el hambre es el amor
del individuo. Ya Pascal, como buen filósofo, volvió aquello de que
el hábito es una segunda naturaleza en lo de que la naturaleza es un
primer hábito. ¿Te hablan de la libertad de conciencia? pues compárala
al punto con la conciencia de la libertad; ¿te proponen la cuadratura
del círculo? medita en la circulación del cuadrado.
Cuando se pone don Fulgencio á pensar en esto, de noche y oscuras,
descansando sobre la almohada su cabeza, junto á la de doña Edelmira,
su mujer, desciende á él el sueño al peso de tan graves meditaciones.
Con razón llama filosofía rítmica sobre-humana á la suya.
Profesa un santo odio, un _odium philosophicum_, al sentido común, del
que dice: «¿el sentido común? ¡á la cocina!» y cuando llega á sus oídos
esa estúpida conseja de que es una olla de grillos su cabeza, recítase
este fragmento poético que para propio regalo tan sólo ha compuesto:
Amados grillos que con vuestro canto
De mi cabeza á la olla dais encanto,
Cantad, cantad sin tino,
Cumplid vuestro destino,
Mientras las ollas de los más sesudos
De sentido común torpes guaridas,
De sucias cucarachas, grillos mudos,
Verbenean manidas.
Resuenen esas ollas con el eco
Del canto de lo hueco.
Tal es el guía á quien para la educación del genio se ha confiado don
Avito.
* * * * *
Han anunciado á don Fulgencio que Carrascal le busca, sale el filósofo
en chancletas, echa á don Avito una mano sobre el hombro y exclama:
--¡Paz y ciencia! amigo Avito... cuanto bueno por aquí...
--Usted siempre tan magnánimo, don Fulgencio... Vengo algo sudoroso;
está tan lejos esta casa... Se pierde mucho tiempo en recorrer
espacio...
--Casi tanto como el espacio que se pierde en pasar el tiempo... ¿Y qué
tal va el papel?
Don Avito queda confundido ante esta profundidad de hombre, y como al
entrar en el despacho, le salta á la vista lo de que «el fin del hombre
es la ciencia», vuélvese al maestro y se decide á preguntarle:
--¿Y el fin de la ciencia?
--¡Catalogar el Universo!
--¿Para qué?
--Para devolvérselo á Dios en orden, con un inventario razonado de lo
existente...
--A Dios... á Dios...--murmura Carrascal.
--¡A Dios, sí, á Dios!--repite don Fulgencio con enigmática sonrisa.
--¿Pero es que ahora cree usted en Dios?--pregunta con alarma el otro.
--Mientras Él crea en mí...--y levantando episcopalmente la mano
derecha, añade:--dispense un poco, Avito.
Frunce los labios y baja los ojos, síntomas claros del parto de un
aforismo, y tomando una cuartilla de papel escribe algo, tal vez un
trozo del padrenuestro, ó unos garrapatos sin sentido. Entre tanto la
voz interior le dice á Carrascal: «caíste... has vuelto á caer, caes
y caerás cien veces... éste es un mixtificador, este hombre se ríe
por dentro, se ríe de ti...» y Avito, escandalizado de tan inaudita
insolencia, le dice á su demonio familiar: «¡cállate, insolente!
¡cállate! ¡tú que sabes, estúpido!»
--Puede usted seguir, Avito.
--¿Seguir? ¡Pero si no he empezado...!
--Nunca se empieza, todo es seguimiento.
Confuso Carrascal ante tamaña profundidad de hombre, le explana de
cabo á rabo la historia toda de su matrimonio y lo que respecto á
su hijo proyecta. Le oye don Fulgencio silencioso, interrumpiéndole
por dos veces con el gesto episcopal para asentar algún aforismo ó
escribir cualquier cosa ó ni cosa alguna. Al concluir su exposición
quédase Carrascal bebiéndose con la mirada el rostro del maestro,
sintiendo que á su espalda tiene al _Simia sapiens_ y delante, sobre
la augusta cabeza del filósofo, lo de «si no hubiera hombres habría
que inventarlos.» Mantiénese don Fulgencio cabizbajo unos segundos, é
irguiendo su vista, dice:
--Importante papel atribuye usted á su hijo en la tragicomedia humana;
¿será el que el Supremo Director de escena le designe?
Responde Carrascal con un pestañeo.
--Esto es una tragicomedia, amigo Avito. Representamos cada uno nuestro
papel; nos tiran de los hilos cuando creemos obrar, no siendo este
obrar más que un accionar; recitamos el papel aprendido allá, en las
tinieblas de la inconciencia, en nuestra tenebrosa preexistencia, el
Apuntador nos guía; el gran tramoyista maquina todo esto...
--¿La preexistencia?--insinúa Carrascal.
--Sí, de eso hablaremos otro día; así como nuestro morir es un
_des-nacer_, nuestro nacer es un _des-morir_... Aquí de la permutación.
Y en este teatro lo tremendo es el héroe...
--¿El héroe?
--El héroe, sí, el que toma en serio su papel y se posesiona de él
y no piensa en la galería, ni se le da un pitoche del público, sino
que representa al vivo, al verdadero vivo, y en la escena del desafío
mata de verdad al que hace de adversario suyo... matar de verdad es
matar para siempre... aterrando á la galería, y en la escena de amor
¡figúrese usted! no quiero decirle nada...
Interrúmpese para escribir un aforismo y prosigue:
--Hay coristas, comparsa, primeras y segundas partes, racioneros...
Yo, Fulgencio Entrambosmares, tengo conciencia del papel de filósofo
que el Autor me repartió, de filósofo extravagante á los ojos de
los demás cómicos, y procuro desempeñarlo bien. Hay quien cree que
repetimos luego la comedia en otro escenario, ó que, cómicos de la
legua viajantes por los mundos estelares, representamos la misma luego
en otros planetas; hay también quien opina, y es mi opinión, que desde
aquí nos vamos á dormir á casa. Y hay, fíjese bien en esto, Avito, hay
quien alguna vez mete su _morcilla_ en la comedia.
Cállase un momento; mientras Carrascal se recrea en interpretarle el
pensamiento, irrádianle los fulgurantes ojos y mirando al enchisterado
_Homo insipiens_, prosigue:
--La morcilla, ¡oh, la morcilla! ¡Por la morcilla sobreviviremos los
que sobrevivamos! No hay en la vida toda de cada hombre más que un
momento, un solo momento de libertad, de verdadera libertad, sólo una
vez en la vida se es libre de veras, y de ese momento, de ese momento
¡ay! que si va no vuelve, como todos los demás momentos y que como
todos ellos se va, de ese nuestro momento _metadramático_, de esa hora
misteriosa depende nuestro destino todo. Y ante todo, ¿sabe usted,
Avito, lo que es la morcilla?
--No--contesta Carrascal pensando en su matrimonio, en la hora aquella
misteriosa de su visita á Leoncia, cuando se encontró con Marina, en
aquel momento metadramático en que los tersos ojazos de la hoy su mujer
le decían cuanto no se sabe ni se sabrá jamás, en aquel momento de
libertad... ¿de libertad? ¿de libertad ó de amor? ¿el amor, da ó quita
libertad? ¿la libertad, da ó quita amor? Y la voz interior le dice:
«caíste y volverás á caer.»
--Pues morcilla se llama, amigo Carrascal, á lo que meten los actores
por su cuenta en sus recitados, á lo que añaden á la obra del autor
dramático. ¡La morcilla! Hay que espiar su hora, prepararla, vigilarla
y cuando llega meterla, meter nuestra morcilla, más ó menos larga, en
el recitado y siga luego la función. Por esa morcilla sobreviviremos,
morcilla ¡ay! que también nos la sopla al oído el gran Apuntador.
Interrúmpese don Fulgencio para escribir este aforismo: «hasta las
morcillas son del papel», y continúa:
--Prepararle para su morcilla ha de ser la labor pedagógica de usted.
Lombroso...
Al oir este nombre vuelve Avito hacia atrás la vista, mas al
encontrarse con la mirada de los huecos ojos del esquelético _Simia
sapiens_, torna á atender.
--Lombroso, ese filósofo del sentido común, dirá del genio lo que
quiera, pero genio es aquel cuya morcilla se ve obligado á aceptar
el Supremo Dramaturgo. Es, pues, menester obligar al Autor Supremo
á que meta en el papel nuestras morcillas, ya que del papel mismo
surgen. O hablando exotéricamente, genio es el que corrige la plana
al Supremo Autor, y como este Autor sólo en nosotros, por nosotros y
para nosotros los cómicos es, vive y se mueve, genio es el Autor mismo
encarnado en comediante y corrigiéndose á sí mismo la comedia por boca
de éste...
Carrascal medita; las palabras de don Fulgencio le han invadido á
borbotones el alma, como aguas de inundación que entran en honda sima,
formando remolino en su conciencia.
--Es decir que...--dice como quien despierta de un sueño.
--¡A preparar, á espiar su momento metadramático!--añade don Fulgencio.
Esto es demasiado para Avito; excede de su ciencia. Es una tan sublime
filosofía que sólo en parábolas puede encarnar.
--Se lo traeré á usted, don Fulgencio...
--No, no, de ninguna manera--exclama vivamente el filósofo, que no
tiene hijos;--no, yo no debo verle ni debe él verme hasta que llegue
la hora. Es conveniente que haya una mano, aunque humana, oculta é
invisible, en su sendero; nos entenderemos nosotros dos, y cuando le
juzgue en sazón vendrá á oir mis revelaciones para disponerse así al
momento de la libertad...
--¿Y si le llega éste antes?
--No, ese momento sé bien hacia qué edad llega.
Siguen algún tiempo más planeando la educación del niño, cuyo principio
consiste en que lo vea todo, lo experimente todo, de todo se sature
y pase por todo ambiente. «Intégrese, intégrese en busca de su
morcilla», repite el filósofo. Pero todo debidamente explicado, con su
glosa y comentario científico. La Naturaleza--la naturaleza con letra
mayúscula, se entiende--es un gran libro abierto al que ha de poner el
hombre notas marginales é ilustraciones, señalando á la vez con lápiz
rojo los más notables pasajes. «Lápiz rojo, mucho lápiz rojo, y como
todo es en realidad notable, lo mejor sería dar de rojo al libro todo»,
dice don Fulgencio, que publica en cursiva todo.
Quedan, además, en que apuntará don Avito todo lo digno de mención que
haga ó diga el futuro genio, para estudiarlo luego los dos y proveer en
vista de ello.
Retírase ahora Carrascal y se encuentra con doña Edelmira en el
pasillo. Mujer alta, serena, estatuaria, entrada en años ya, sonrosada,
de rostro plácido; gasta peluca. Se saludan ceremoniosamente, y
Carrascal sale.
--¿Es ese don Avito Carrascal, Fulgencio?
--Sí, ¿pues?
--No, nada; parece un buen hombre.
El filósofo coge con la mano la barbilla de su solemne esposa y le dice:
--Vamos, Mira, no seas mala.
--El malo eres tú, Fulgencio.
--Los malos somos los dos, Mira.
--Como quieras, pero yo creo que somos muy buenos...
--Acaso tengas razón--añade el filósofo pensativo, y luego:--¡Caramba!
pero qué guapetona te me conservas á pesar de tus...
--Chist, chist, Fulgencio, que las paredes oyen... y ven...
* * * * *
«Caíste, caíste y volverás á caer cien veces»--le dice la voz interior
á Carrascal mientras va á su casa;--«ese hombre, Avito, ese hombre...
ese hombre...» Mas al entrar en su casa y ver la rueda montada sobre el
ladrillo de la ciencia se aquieta.
V
Así como todo principio tiene un fin, todo fin implica un principio, y
en este se halla Apolodoro todavía. Va destetándose ya con mezcla de
pesar y agrado por parte de Marina. Le hace comer su padre á reló, á
tal hora y tantos minutos, pesando la comida que le da y luego le pesa
á él, tres veces al día. La higiene y la educación física ante todo;
por ahora hay que hacer un buen animal y tupirle de habas; fósforo,
mucho fósforo.
Empieza á andar. Para que lo logre le deja su padre en una gran pieza
muellemente tapizada, que se las componga, ofreciéndole sillas y otros
objetos á que se agarre y un palo que le sirva de bastón. Y si Marina
quiere acudir á él, al verlo vacilar, tendiendo los bracitos:
--Quieta, quieta, déjale que se caiga, que no pasará del suelo.
--¡Qué mundo éste, Virgen Santísima!--y sigue soñando la madre.
La madre, que á hurtadillas coge en brazos al hijo y le dice: «di mamá,
querido, di mamá.»
Las fricciones superauriculares han dado resultado; Apolodorín rompe
á hablar y el padre espía la primera palabra, su expresión natural,
individuante. Y hete aquí que es ésta: _¡gogo!_ _¡Gogo!_ ¡solemne
misterio! _¡gogo!_ fórmula cabalística acaso de la personalidad del
nuevo genio... Porque si eso de la grafología tiene, como parece, su
fundamento y le tienen otras misteriosas relaciones psicofisiológicas,
¿no ha de tenerlo la primera palabra que cada cual de nosotros
pronuncia? ¡Gogo! Consulta con don Fulgencio al punto. La sonora
gutural g, seguida de la o, la vocal media de las tres a-o-u que no
tienen más que una nota específica, y repetido por dos veces... ¡gogo!
¡gogo! ¡gogo! ¿Qué relación habrá entre este misterioso _gogo_ y el
futuro momento metadramático?
Don Fulgencio recuerda la experiencia que nos cuenta Herodoto hiciera
el rey egipcio Psamético para comprobar cuál fué el lenguaje primitivo,
cuando entregó dos niños recién nacidos á un pastor con encargo de que
los criara sin que oyesen hablar á nadie, y al trascurso de dos años
entrando un día el pastor á verlos los oyó decir _becos_, que era como
los frigios llamaban al pan, con lo cual se convencieron los egipcios
de que era el de los frigios y no el suyo el pueblo primitivo. Las
investigaciones de don Fulgencio dan por resultado que en el idioma
vascuence ó eusquera _gogo_ equivale á «deseo, ganas, humor, ánimo» y
acaso por extensión, voluntad.
--El niño desea algo, sólo que lo desea en vascuence...
Luego aprende _papa_, _mama_, _pa_, _aba_, _titi_, _chicha_... y un
día sorprende don Avito á Apolodorín pronunciando misteriosas sílabas,
á solas, como hablando consigo mismo: _puchulili_, _pachulila_,
_titamimi_, _tatapupa_, _pachulili_.
--No lo entiendo, no acabo de entenderlo, no lo entiendo--se dice el
padre, camino de la casa del filósofo;--¿serán fatales indicios? Fué
una caída... una caída... la sangre materna... Y este hombre...--mas
reponiéndose, añade entre dientes: «¡cállate! ¡cállate!»
En tanto el niño juega al creador, forjando de todas piezas palabras,
creándolas, afirmando la originalidad originaria que para tener más
tarde que entenderse con los demás habrá de sacrificar; ejerce la
divina fuerza creadora de la niñez, juega, egregio poeta, con el mundo,
crea palabras sin sentido: _puchulili_, _pachulila_, _titamimi_... ¿Sin
sentido? ¿no empezó así el lenguaje? ¿no fué la palabra primero y su
sentido después?
Don Avito observa los solitarios juegos del geniecillo, estos
tanteos de actividad, este palpeo espiritual, ese recorrer en todas
direcciones el bosque por si se le presenta un nuevo camino. Observa
qué efecto le hace el enseñarle una pulga á simple vista primero y
al microscopio después. El hule que cubre la mesa es de esos en que
están representados los principales inventos con los retratos de los
inventores. A Montgolfier le llama papá porque se parece á don Avito,
su padre.
* * * * *
Mientras el padre se encierra con el filósofo, enciérrase la madre con
el hijo y allí es el besuquear al sueño de su sueño.
--Mamá, di querido.
--¡Querido! ¡querido mío! ¡rico! ¡rey de la casa! ¡cielo! ¡querido!
¡querido...! Luis, Luisito, Luisito, mi Luis...
Porque al bautizarle hizo le pusieran Luis, el nombre de su abuelo
materno, del padre de Marina, en vez de aquel feo Apolodoro, y es Luis
el nombre prohibido, el vergonzante, el íntimo.
--Luis, mi Luis, Luis mío, Luisito, mi Luisito--y se lo come á besos.
Le aprieta la boca contra la boca sacudiendo la cabeza á la vez, la
separa luego de pronto, quédasele mirando un rato, y gritando «¡Luis!
¡mi Luisito!», vuelve á unir boca á boca con ahinco.
--¿Di, mamá, me quieres?
--Mucho, mucho, mucho, Luisito, mi Luis, mucho, mucho, mucho, sol,
cielo, mi Luis, ¡Luisito...! ¡Luis!
--¿Me quieres mucho, mamá?
--Mucho... mucho... mucho... Luis, sol de mi vida... ¡Luis!
--¿Cuánto me quieres?
--Más que todo el mundo.
--¿Más que á papá?
Núblase la frente de Marina, ¡si viese esto Avito...!
Con el remordimiento de un furtivo crimen, aterrada ante la aparición
invisible del Destino, se levanta de pronto y deja al niño para seguir
soñando.
Y aquí ahora otra vez que apretándole contra su seno exclama: «Mío,
mío, mío, mío, mi Luis, mi Luisito, Luis, Luis mío, mío, mío, sol,
cielo, rey, mi Luis, Luis mío, mío, mío», mientras el niño la mira
sereno, como se mira al cielo cuando se va de paseo. En estas furtivas
entrevistas le habla la madre de Dios, de la Virgen, de Cristo, de
los ángeles y de los santos, de la gloria y del infierno, enseñándole
á rezar. Y luego: «no digas nada de esto á papá, Luisito; ¿has oído,
querido?» Y al sentir los pasos del padre, añade: «¡Apolodoro!»
Acaba de persignarse Apolodoro ante su padre y empieza el corazón á
martillearle á Marina el pecho, mas ¡oh lógica del sueño! una vez más
lo inesperado.
--Me lo suponía, Marina, me lo suponía, y no voy á reñirte, pues he
hablado ya con don Fulgencio acerca de ello. El embrión pasa por
las fases todas por que ha pasado la especie, el proceso ontogénico
reproduce el filogénico, es infusorio primero, casi pez después,
mamífero inferior luego... La humanidad pasó por el fetichismo; pase
por él cada hombre. Yo me encargo de sacarle más adelante de este
estado convirtiendo en potencias ideales sus actuales fetiches. Háblale
del Coco, que ya verás en qué se le convierte ese Coco al cabo...
Vuelve Marina á someterse al sueño, con su soñada lógica.
Más que la influencia de la madre teme Avito la de las niñeras,
los cuentos de brujas, las preocupaciones populares. Y ¿por qué
estima estos cuentos y estas preocupaciones más graves que aquellas
tradicionales leyendas que su madre le imbuye? «Mira, Avito--le dice
la voz interior--que al temer más que le hablen del Coco que de Dios,
al no inquietarte de que le imbuyan la creencia en ángeles y sí la
creencia en brujas, mira que al hacer eso los pones en distinta
esfera... Mira, Avito, mira bien», y se le revuelve el poso de su
niñez, de esa niñez de que nunca habla. «¡Cállate! ¡cállate! ¡cállate,
impertinente!» le dice Avito.
* * * * *
Con la facultad de hablar empieza á ejercer Apolodorín su imaginación,
inventando mentirijillas; adiéstrase en la única potencia divina,
burlándose de la lógica. Despiértasele el santo sentido de lo cómico,
se recrea en toda incongruencia y en todo absurdo. Ríe de todo corazón,
de corazón de niño, echando hacia atrás la cabecita, todo ensarte de
palabras sin sentido, goza con romper el nexo lógico de la asociación
de ideas y el cincho de su enlace normal; espacíase por el campo de lo
incongruente.
Acaba de sorprenderle hoy su padre recitando este relato, aprendido de
la niñera, acaso, ó de otros niños:
Teresa,
de la cama á la mesa;
Confites,
de los que tú me _distes_;
Tabaco,
no lo gasta mi majo;
De hoja,
para meterme monja;
Del Carmen,
para servir á un fraile;
Francisco,
por las llagas de Cristo;
Barbero,
sángrame, que me muero;
De lado,
de dolor de costado;
Arriba,
hay una verde oliva;
Abajo,
hay un verde naranjo;
En medio,
hay un niño durmiendo.
Y ahora le sorprende esto otro:
Chúndala, que es buena,
Chúndala, que es mala,
Ha comido berros,
Ha bebido agua,
Y por eso tiene
La barriga hinchada.
Cuando Carrascal, todo alarmado, cuenta esto á don Fulgencio, frunce
el maestro la frente ladeando la pensadora cabeza, contrariado porque
al apoyarse Avito contra la mesa le movió los cachivaches que llenan
su bufete. Pónelos en orden el filósofo, porque tiene cada objeto,
tintero, lápices, tijeras, reló, fosforero, plumas, adscrito á su
lugar, y exclama:
--¡Esfuerzos por salirse del escenario, por sacudirse de la
verosimilitud, ley de nuestra tragicomedia!
--¿Y qué hacer?
--¿Qué hacer? dejarle, dejarle que vuele, que él tendrá que volver á
tierra, á picar el grano pisando en suelo firme. No se cogen granos
volando. Sólo la lógica da de comer.
Y mientras se detiene para escribir este aforismo, que como los más de
ellos, se le ocurren hablando, pues es hombre el filósofo que piensa
en voz alta, se dice don Avito: «¡dejarle! ¡siempre que se le deje! ¡á
todo que se le deje! ¡extraña pedagogía! ¿qué se propondrá este hombre?»
--¿Dejarle?
--¡Sí, dejarle! ¿Ha sido usted alguna vez niño, Carrascal?
Avito vacila ante esta pregunta y responde:
--No lo recuerdo al menos... Sí, sé que lo he sido porque he tenido que
serlo, lo sé por deducción, y sé que lo he sido por los que de mi niñez
me han hablado, lo sé por autoridad, pero, la verdad, no lo recuerdo,
como no recuerdo haber nacido...
--Aquí, aquí está todo, Avito, ¡aquí está todo! ¿Usted no recuerda
haber sido niño, usted no lleva dentro al niño, usted no ha sido niño,
y quiere ser pedagogo? ¡pedagogo quien no recuerda su niñez, quien
no la tiene á flor de conciencia! ¡pedagogo! Sólo con nuestra niñez
podemos acercarnos á los niños. Conque
¿Arriba
hay una verde oliva,
Abajo
hay un verde naranjo?
Eso, eso, eso, porque no tiene sentido, sí, porque no tiene sentido...
Tampoco las morcillas tienen sentido, porque no están en el papel.
¿Pues qué quiere usted que cante? ¡Dos por dos, cuatro; dos por tres,
seis; dos por cuatro, ocho...! ¿No es eso? Ya le llegará su hora, ya le
llegará la hora terrible de la lógica. Ahora déjele, déjele, déjele...
«Que le deje--se dice Avito en la calle--que le deje... que le deje...
le dejaré, sí, pero repitiéndole, aunque no me entienda, otras cosas.
¿Por qué habrán fracasado cuantos han intentado componer canciones de
corro con lógica y buen sentido y que los niños las adopten? ¿por qué
ama el niño el absurdo?»
Llega á casa, oye á su hijo una absurda conseja y le pregunta:
--Pero vamos á ver, Apolodoro, ¿crees eso?
El niño se encoge de hombros. ¡Vaya una pregunta! ¡Que si cree en
ello...! ¿Sabe acaso el niño lo que es creer en algo que se dice?
--Vamos, dímelo, ¿crees en eso? ¿crees que eso es verdad?
¿Verdad? El niño vuelve á encogerse de hombros. ¿Será que para el
futuro genio no hay aún pared entre lo real y lo fingido? ¿Será que
inventa las cosas y las cree luego, como asegura don Fulgencio? ¿Será
el principio de la morcilla?
Y he aquí que al oir un día el niño á la niñera que le acusa de una
picardigüela, exclama:
--¡Eso lo habrás soñado!
* * * * *
Vuelve á quedar encinta la Materia, con estupor de la Forma, que no
contaba con semejante contratiempo. Y maldice una vez más del instinto,
porque el nuevo ser ¿estorbará ó ayudará á la formación del genio? ¿no
conviene acaso que éste se críe solo? ¿será genio también?
--Anda, anda--exclama Apolodorín un día,--¡qué gorda se está poniendo
mamá!
Y mientras la pobre Marina se enciende en rubor, el padre dice:
--Mira, Apolodoro, de ahí, de esa gordura, va á salirte un hermanito ó
hermanita...
--¿De ahí?--exclama el niño,--¡qué risa!
--¡Avito!--suspira en sueños, suplicante, la Materia.
--Sí, de ahí. Nada de eso de que los traen de París y otras bobadas por
el estilo; la verdad, la verdad siempre. Si fueras mayor, hijo mío, te
explicaría cómo brota la mórula del plasma germinativo.
La Materia, sofocada, empieza á rezumar lágrimas de los ojos.
Y ahora que Carrascal cuenta, satisfecho, lo ocurrido á don Fulgencio,
recibe una nueva sorpresa.
--Dotes de observador no le faltan, por lo visto, al chiquillo--dice el
maestro,--pero no veo por qué había de haberle usted dicho eso, ó no
haberle dicho una mentira...
--¡Una mentira!--exclama Carrascal ensanchando los ojos.
--Sí, una mentira... provisional.
--Aunque sea provisional... ¡una mentira!
--¿Pero aun está usted en eso, Carrascal? ¿Hay acaso mayor mentira
que la verdad? ¿No nos está engañando? ¿No está engañando la verdad
nuestras más genuinas aspiraciones?
«Pero este hombre... pero este hombre...», se dice Carrascal en la
calle, confundido. La imperfecta realidad es un muro de bronce contra
sus planes; no tiene voluntad. «Pero este hombre...» mas al recordar
lo de: «¿Aun está usted en eso, Carrascal?» reacciona y se dice: «sí,
¡tiene razón!»
«¿Y si da á su madre? ¿Puede la pedagogía trasformar la materia prima?
¡No hice acaso un disparate al ceder al... al... al...--se le atraganta
en el gaznate mental el concepto--al... confiésatelo, Avito, al amor!»
Y una vez aceptado el concepto, acallando la voz del demonio familiar
que le murmura: «¿lo ves? caíste, caíste y caerás cien veces», prosigue
pensando: «¡El amor! el pecado original, la mancha originaria de mi
hijo, ¡oh, qué simbolismo más hondo encierra eso del pecado original!
No me va á resultar genio; he fiado con exceso en la pedagogía, he
desdeñado la herencia y la herencia se venga... La pedagogía es la
adaptación, el amor la herencia, y siempre lucharán adaptación y
herencia, progreso y tradición... mas ¿no hay tradición de progreso
y progreso de tradición, como dice don Fulgencio? ¿no hay pedagogía
de amor, pedagogía amorosa y amor de pedagogía, amor pedagógico á la
vez que pedagogía pedagógica y amor amoroso? ¡Lo que se pega en el
contacto con este hombre! ¡es mucho hombre! Tengo que vencer en mi
hijo toda la inercia que de su madre ha heredado; sé claro, Avito,
toda la irremediable vulgaridad de tu mujer... El Arte puede mucho,
pero ha de ayudarle la Naturaleza... Tal vez como un torpe impulsivo
he sacrificado mi hijo al amor en vez de sacrificar el amor á mi
hijo... La Humanidad vivirá sumida en su triste estado actual mientras
nos casemos por amor, porque el amor y la razón se excluyen... Padre
y maestro no puede ser; nadie puede ser maestro de sus hijos, nadie
puede ser padre de sus discípulos; los maestros deberían ser célibes,
neutros más bien, y dedicar á padrear á los más aptos para ello; sí,
sí, hombres cuyo solo oficio fuera hacer hijos que educarían otros,
dar la primera materia educativa, la masa pedagogizable... Hay que
especializar las funciones... ¡El amor... el amor...! Pero es, Avito,
¿que has amado alguna vez á Marina...? ¿La he amado? ¿Y qué es esto de
amar?»
Al llegar á este punto de sus meditaciones, tropieza su vista con un
niño que está meando en un hoyo que ha hecho.
«¿Qué significa esto? ¿por qué hace eso? Y si me hubiese casado con
Leoncia, ¿cómo sería Apolodorín, mi Apolodoro? y si ese Medinilla que
va á casarse con Leoncia se hubiera casado con Marina, ¿cómo sería
Apolodorín, su Luis? Y...» Al llegar á este punto ocúrrele á la mente
aquella paradoja de don Fulgencio, de qué habría sido de la historia
del mundo si en vez de habernos descubierto Colón América hubiera
descubierto á Europa un navegante azteca, guaraní ó quichúa.
«¿Qué será mi Apolodoro?» piensa al subir las escaleras de casa, y le
sale el niño al paso exclamando:
--¡Papá, quiero ser general!
Exclamación que cae como un bólido en sus meditaciones.
--No, hombre, no; no puedes querer eso... te equivocas, hijo mío...
¿Quién te ha enseñado eso? ¿quién te ha dicho que quieres ser general?
¡Ah, sí! ¿porque has visto hoy pasar la tropa? No, Apolodoro, no; mi
hijo no puede querer eso... interpretas mal tus propios sentimientos...
La sociedad va saliendo del tipo militante para entrar en el
industrial, como enseña Spencer; fíjate bien en este nombre, hijo mío,
Spencer, ¿lo oyes? Spencer, no importa que no sepas aún quién es, con
tal que te quede el nombre, Spencer, repítelo, Spencer...
--Spencer...
--¡Así... así! no, no puedes querer eso...
--¡Sí, papá, quiero ser general!
--¿Y si te dan un tiro en la guerra, hijo mío?--insinúa dulcemente
Marina desde el fondo de su sueño.
Mira Carrascal á su mujer y á su hijo, baja la cabeza y dice:
«¡dejarle! ¡dejarle! que le deje... pero ese hombre... ese hombre...
¡Hay que proceder con energía!»