¿Y tú que vas a hacer cuando yo te deje?

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_, las indicaciones o

acotaciones escénicas entre ~virgulillas~ y las versalitas se han

convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con

las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* Para facilitar la lectura, se han expandido las abreviaturas en los

nombres de los personajes.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

LA TOSCA

Esta obra es propiedad de sus autores, y nadie podrá, sin su

permiso, reimprimirla ni representarla en España ni en los países

con los cuales se hayan celebrado o se celebren en adelante tratados

internacionales de propiedad literaria.

Los autores se reservan el derecho de traducción.

Los comisionados y representantes de la _Sociedad de Autores

Españoles_ son los encargados exclusivamente de conceder o negar el

permiso de representación y del cobro de los derechos de propiedad.

Queda hecho el depósito que marca la ley.

LA TOSCA

DRAMA TRÁGICO

EN CUATRO ACTOS DIVIDIDOS EN CINCO CUADROS, EN PROSA

ORIGINAL DE

V. SARDOU

_traducido y adaptado a la escena española_

POR

FÉLIX G. LLANA y JOSÉ FRANCOS RODRÍGUEZ

MADRID

R. VELASCO, IMPRESOR, MARQUÉS DE SANTA ANA, 11

Teléfono número 551

--

1904

PERSONAJES

FLORIA, llamada _La Tosca_.

LUCIANA (camarista).

BARÓN DE SCARPIA.

MARIO CAVARADOSSI.

CÉSAR ANGELOTTI.

EL PADRE EUSEBIO, sacristán en el Quirinal.

SCHIARRONE.

COLOMETTI.

GENARINO.

CECCO.

ROBERTI.

UN SARGENTO.

Criados, policías, soldados y gentes del pueblo

La acción en Roma, en el año 1800

Derecha e izquierda, las del espectador

ACTO PRIMERO

Iglesia de San Andrés en el Quirinal en Roma. Arcos a todo foro sobre

pilastras de mármol. El espectador solo ve la nave derecha. Entre

sombras distínguese el coro. En primer término derecha, una puerta

practicable con ventanillo y llamador y cerca de ella una pila de

agua bendita. La parte de la izquierda está ocupada por un andamio

colocado cerca de un altar. Sobre el andamio un gran lienzo para

pintar, en el cual hay algunas figuras abocetadas, y útiles de pintor,

pinceles, paleta, paños, etc., etc. Se sube al andamio por una escalera

de tres peldaños y en uno de ellos hay una cesta con el almuerzo de

Cavaradossi. En medio de la escena y en un pedestal dorado la imagen de

la Virgen, y al pie de la imagen flores y un candelabro con velas.

ESCENA PRIMERA

GENARINO y el PADRE EUSEBIO. El primero está dormido sobre el andamio

y el segundo le despierta haciendo ruido con el manojo de llaves que

trae en la mano.

P. EUSEBIO

¡Eh! ¡Genarino, Genarino!

GENARINO

~(Despertándose sobresaltado.)~ ¿Qué ocurre?

P. EUSEBIO

¡Durmiendo!

GENARINO

~(Frotándose los ojos.)~ Sí, me quedé traspuesto.

P. EUSEBIO

¡Holgazán!... Por de contado que yo voy a hacer lo mismo en seguida.

Han dado las doce y es hora de cerrar las puertas; y el maestro ¿dónde

está?

GENARINO

Ha ido a buscar una tela que le hace falta para el cuadro.

P. EUSEBIO

Sí; el cuadro del francés.

GENARINO

~(Bajando.)~ El señor Mario Cavaradossi no es francés, padre Eusebio,

sino romano como nosotros y de antigua familia patricia.

P. EUSEBIO

Su padre era romano, verdad, pero la madre nació en Francia y al cabo

y al fin el carácter de la madre se adquiere. Si fuera romano de pura

sangre no trabajaría a la hora de la siesta, que es hora de descanso.

GENARINO

~(Preparando la mesa.)~ Dice el maestro que las horas mejores para

pintar son, en este tiempo, las del centro del día. Cerrada la iglesia

no pueden distraerle ni curiosos ni visitantes, y el templo solitario

excita su inspiración y acrecienta su fantasía.

P. EUSEBIO

~(Con malicia.)~ Y además a solas puede recibir la visita de alguna

señora.

GENARINO

¿Qué decís?

P. EUSEBIO

Nada, cosas mías... pero, en fin, lo que yo siento es que tu maestro

sea poco religioso.

GENARINO

¿Poco? Nada.

P. EUSEBIO

No se le ha visto asistir a las ceremonias del culto. En París

frecuentaba el trato de los impíos revolucionarios. Cuida, hijo mío, de

que la compañía de tu maestro no te lleve derechamente al infierno.

GENARINO

¿Se duerme en el infierno?

P. EUSEBIO

No lo sé a punto fijo; pero me imagino que uno de los mayores tormentos

de los condenados ha de ser el del insomnio.

GENARINO

¡Tal creo!

P. EUSEBIO

Y por si acaso, procura conducir a tu maestro por el buen camino;

sugiérele ideas santas y hasta si es posible inclínale a que nos

ofrezca para el culto de la misa una de esas botellas de Marsala que

veo sobre la mesa.

GENARINO

No es Marsala, es Gargnano, padre Eusebio.

P. EUSEBIO

~(Cogiendo la botella y mirándola.)~ ¡A ver! Por el color apostaría a

que es Marsala.

GENARINO

Pues perderíais si apostaseis.

P. EUSEBIO

~(Escanciando un vaso y bebiéndoselo con delicia.)~ Por mi salud que he

de convencerme.

GENARINO

~(Quitándole la botella.)~ ¡Padre Eusebio!

P. EUSEBIO

~(Paladeando el vino.)~ Es Gargnano y del más exquisito.

GENARINO

No veis que el maestro creerá...

P. EUSEBIO

Quita, tonto. El maestro no se entera de nada y además de algún modo he

de cobrarme su tardanza.

GENARINO

Le retendrán los preparativos de la fiesta que ha de celebrarse en el

palacio de Farnesio, esta misma noche.

P. EUSEBIO

Pues poco ha de agradarle porque se celebra en honor del nuevo triunfo

que han conseguido las armas austriacas sobre las francesas. Oye lo que

dice la _Gaceta_: ~(Saca un impreso y lee.)~ «Recibimos nuevas noticias

acerca de la lucha sostenida en Génova. El general Masena ha huido de

la ciudad, Soult está prisionero y gravemente herido. El desastre es

tremendo para las indisciplinadas fuerzas que pomposamente se llaman

el ejército francés.» Y más adelante añade: «S. M. María Carolina ha

dispuesto que se celebre una gran fiesta para honrar la victoria de las

tropas austriacas.» Ya lo ves, Genarino; la cosa marcha y el general

Melas dará buena cuenta de Bonaparte el falso.

GENARINO

¿El falso?

P. EUSEBIO

¡Del falso, sí! ~(Con misterio.)~ Sé de muy buena tinta que el

auténtico general Bonaparte murió en Egipto, ahogado en el mar Rojo

como Faraón. Ahora le suplanta su hermano José. ¿Verdad que da risa?

GENARINO

¡El maestro! ~(Viendo a Cavaradossi que viene por la puerta de la

derecha trayendo un rollo de tela en la mano.)~

ESCENA II

DICHOS y MARIO CAVARADOSSI

MARIO

Perdonad, padre Eusebio; me he retrasado un poco.

P. EUSEBIO

Le estaba contando a Genarino las últimas noticias de la guerra. Todo

está ya cerrado. ¿Puedo marcharme?

MARIO

Sí, y tú también, Genarino, puedes irte. Hasta que se abran las puertas

de la iglesia no me haces falta.

GENARINO

Hasta luego, maestro. ~(Vanse los dos.)~

ESCENA III

MARIO y ANGELOTTI

MARIO

~(Después de colocar la tela coge la paleta y se pone a pintar,

poniéndose una blusa larga. En este momento aparece Angelotti por la

izquierda, mira a todas partes con desconfianza y va hacia la puerta de

la derecha para escuchar. El pintor se vuelve y le ve.)~ ¿Un hombre?

ANGELOTTI

Os suplico que no alcéis la voz. ¿Estamos solos?

MARIO

Solos estamos.

ANGELOTTI

¿No vendrá nadie?

MARIO

¡Cuántas precauciones! ¿Sois algún malhechor?

ANGELOTTI

¡Para algunos, sí! Para vos, espero que no.

MARIO

~(Bajando del andamio.)~ Ahorremos palabras inútiles ¿Quién sois?

ANGELOTTI

A vos me confío. Soy un prisionero fugado del castillo de Santángelo.

MARIO

¿Un fugitivo?

ANGELOTTI

Y quizá no desconocido para vos. Fui en Nápoles uno de los más

ardientes defensores de la vencida república partenopea. Mi nombre está

en las listas de los proscritos. Me llamo César...

MARIO

~(Interrumpiéndole.)~ ¿Angelotti?

ANGELOTTI

El mismo.

MARIO

~(Corriendo hacia la puerta de la derecha y echando el candado.)~

¡Qué imprudencia! ¿Por qué no os habéis apresurado a declarar vuestro

nombre? ¿Cómo os habéis refugiado en esta iglesia?

ANGELOTTI

Os lo explicaré todo. Pero antes, caballero, dadme algo con que

reponga mis abatidas fuerzas. La sed y el hambre me agobian.

MARIO

~(Escanciándole un vaso de vino.)~ Tomad; este licor os confortará.

ANGELOTTI

~(Bebiendo con ansia.)~ ¡Gracias a Dios que hallo una mano generosa que

me socorra! ¡He pasado tantos días luchando con esbirros y carceleros!

MARIO

Comed. ~(Le acerca las viandas.)~ ¿Cómo lograsteis evadiros?

ANGELOTTI

Nada hice para conseguirlo. ~(Mirando hacia la puerta.)~ Pero ¿estáis

seguro de nuestra soledad?

MARIO

Segurísimo. Todas las puertas están cerradas. ~(Angelotti se pone a

comer ansiosamente.)~ Podemos disponer de una hora para que repongáis

vuestras fuerzas. ¿Y decís que en la evasión nada habéis puesto de

vuestra parte?...

ANGELOTTI

Absolutamente nada. Mi fuga la preparó mi hermana la marquesa de

Atavantti. ¿La conocéis?

MARIO

De vista.

ANGELOTTI

Ella me proporcionó este vestido para disfrazarme; ella me franqueó

la salida de mi prisión. Conseguido esto, advertí con espanto que las

puertas de la ciudad estaban cerradas. ¿Dónde refugiarme? En casa de

mi hermana era imposible, porque su marido es un defensor fanático del

altar y del trono. Entonces pensamos en esta capilla, que es propiedad

de mis antepasados, y aquí permanecí, esperando a Travelli, el único

de mis amigos que conoce el lugar donde me he refugiado, y que debía

auxiliarme hasta salir fuera de los Estados romanos. Pero Travelli no

llega; y ya angustiado me decido a salir de mi escondite. ¿Se habrá

descubierto mi fuga? ¿Estará preso Travelli?

MARIO

Si hubiesen descubierto la fuga, se habría anunciado a la ciudad con un

cañonazo.

ANGELOTTI

Cierto.

MARIO

La tardanza de vuestro amigo estará motivada por un accidente

cualquiera. Tranquilizaos; si él no viene yo me encargo de poneros en

salvo.

ANGELOTTI

¡Gracias con toda mi alma, caballero! Pero mi hermana estará impaciente.

MARIO

No hay medio de avisarla. Y por cierto que ahora me explico la visita

que hizo ayer a esta capilla la Marquesa.

ANGELOTTI

¿La visteis?

MARIO

La vi y la contemplé el tiempo suficiente para dejar sobre la tela

recuerdos de su peregrina belleza. ~(Señalando el cuadro.)~ ¡Mirad!

ANGELOTTI

~(Acercándose para mirarlo.)~ Admirable parecido.

MARIO

No es más que un boceto.

ANGELOTTI

¡Qué bien han copiado vuestros pinceles la dulce expresión de los ojos

azules de mi hermana! ¡Pobre Julia! ¡Cuánto se esfuerza por salvarme!

Pero, ¡ay de mí!, que el cariño de una mujer es menos poderoso que el

odio de otra.

MARIO

¡El odio de una mujer!

ANGELOTTI

Es el origen de mis infortunios. Hace veinte años conocí en Londres a

una de esas desdichadas que venden sus encantos al mejor postor. Me

cautivó su belleza y seguí la aventura unos cuantos días, los precisos

para que se extinguiera el capricho. Pasó el tiempo, y hallándome de

regreso en Nápoles, me presentaron en la Embajada de Inglaterra, donde

se celebraba un baile. ¡La esposa del embajador era la misma mujer con

quien había trabado amores pasajeros en Londres!

MARIO

Conozco la historia de Lady Hamilton, la famosa Emma Liona, chicuela

abandonada, criada de una fonda, que pasó por todos los lugares de la

degradación para concluir en embajadora del Reino Unido de Inglaterra.

ANGELOTTI

No supe disimular mi sorpresa. Lady Hamilton comprendió que la había

reconocido. En la mesa, senteme a su lado; pero entre ambos hubo un

invitado más, el odio. Ya sabéis que la Hamilton ejerce un verdadero

imperio sobre la reina y sobre el almirante Nelson, y que todos

juntos persiguen a los partidarios de la revolución. Molestado por

la hostilidad de la embajadora, cometí la imprudencia de revelar el

secreto de nuestros amores, y dos días después los esbirros asaltaron

mi casa, acusándome de auxiliar a los republicanos. Me encerraron en

una prisión donde cumplí dos años de condena en Nápoles, y después me

trasladaron a Roma. En este tiempo fueron confiscadas mis propiedades,

y para colmo de males la corte envía aquí como Regente de policía a un

italiano, a un miserable que se rodea de una legión feroz de verdugos.

MARIO

El barón Scarpia.

ANGELOTTI

Sí, un hombre implacable que de seguro no me olvida.

MARIO

¡Infame! ¡Cubre con apariencias de cortesía y de ferviente devoción

instintos perversos! ¡Cuántas esposas, hijas o hermanas de infelices

acusados pueden ser testigos de la crueldad lasciva de Scarpia!

ANGELOTTI

¿Quién mejor que yo para corroborar lo que decís? Mi hermana tuvo que

huir horrorizada de tal monstruo de corrupción. De no haberme fugado,

Scarpia me habría enviado a Nápoles para entregarme a Lady Hamilton,

mi antigua amante. Pero ni ella ni él gozarán con el espectáculo de mi

suplicio. En este anillo puedo encontrar el remedio para eludir los

tormentos.

MARIO

~(Escuchando.)~ ¡Silencio!

ANGELOTTI

¿Llaman?

MARIO

No... Alguien que habrá pasado... No hay peligro.

ANGELOTTI

¡Cuánto me apena mezclaros en mis inquietudes! Nunca os pagaré el favor

que reciba de vos, cuyo nombre aún no conozco.

MARIO

Mario Cavaradossi, romano como vos.

ANGELOTTI

Creí que vuestra familia se había extinguido.

MARIO

Estuvo alejada de Roma. Mi padre se casó con una francesa y yo

estudié en París con el famoso pintor David, durante el período de la

revolución.

ANGELOTTI

¿Y habéis vuelto a Roma?

MARIO

Por azar. Tengo que resolver algunos asuntos en esta ciudad, y además

encuentro en ella un ambiente muy a propósito para mi profesión de

artista.

ANGELOTTI

¿Solo por el arte?

MARIO

No quiero engañaros. Lo que principalmente me retiene en Roma es el

cariño de una mujer.

ANGELOTTI

Siempre fue privilegio de la hermosura el de encadenar la voluntad de

los hombres. ¿Y se puede saber?

MARIO

¿Su nombre? Floria _Tosca_.

ANGELOTTI

¿_La Tosca_? ¿La célebre cantante?

MARIO

Sí. ¿La conocéis?

ANGELOTTI

Por su fama, solamente.

MARIO

¡Su fama de cantante! Es grande, incomparable. ¡Pero la mujer vale más,

mucho más que la artista!... ¡Quién creería que la que hoy escucha

aclamaciones y recibe tributos del más ardiente entusiasmo fuese hace

pocos años una pobre muchacha sin educación, recogida por las monjas de

un convento! El organista que la enseñó el solfeo se quedó maravillado

al notar sus adelantos y a los diez y seis años iba la gente al templo

para extasiarse oyéndola cantar. Cimarrosa, atraído por la celebridad

de su nombre, quiso oírla, y después de una lucha empeñada con las

religiosas, consiguió llevarla al teatro. A los cuatro años los

triunfos de la Tosca ensordecían a Roma, y desde aquel instante fue la

artista más celebrada del mundo y en Milán, en Venecia, en Viena, se

aclamaba su nombre. En este último punto conocí a la Tosca.

ANGELOTTI

¿Y ella os ama?

MARIO

Sí, me ama. Llena mi nombre su corazón y solo me disputan su albedrío

dos cosas: los celos y el fervor religioso. Por ella permanezco en

Roma, expuesto a grandes peligros, pues mi traje despierta sospechas,

mi barba es revolucionaria y de fijo que Scarpia habría dado buena

cuenta de mi persona si yo no me hubiese valido de una estratagema.

ANGELOTTI

¿Cuál?

MARIO

La de brindarme al Capítulo de esta iglesia para restaurar varios

cuadros sin pedir retribución alguna por mi trabajo. Mis pinceles

conjuran el peligro que me amenazaba y en Roma estaré, mientras en ella

permanezca Floria, y con Floria partiré para Venecia, donde podremos

amarnos sin sobresalto.

ANGELOTTI

Y con entera libertad.

MARIO

Yo no oculto mi amor. Al palacio Cavaradossi va la _Tosca_ y aun a este

templo viene a buscarme. De no retenerla el ensayo para la fiesta de

esta noche, la habríais encontrado aquí y por cierto que lo hubiera

sentido.

ANGELOTTI

¿Por qué? A ella como a vos le hubiese confiado mi secreto.

MARIO

Por lo mismo. No quiero mezclar en estas aventuras a ninguna mujer.

ANGELOTTI

¿Ni siquiera a la que os ama?

MARIO

A esa menos que a las demás. El concurso de Floria no nos es necesario,

y con solo mezclarla en este asunto podríamos exponerla a peligros

ciertos.

FLORIA

~(Desde la puerta.)~ ¡Mario! ~(Llamando.)~

MARIO

¡Ella! ~(Alto y dirigiéndose a la puerta.)~ ¿Eres tú? ~(A Angelotti.)~

Pronto, escondeos. Procuraré que la visita sea breve.

FLORIA

~(Llamando más fuerte.)~ ¿Pero no abres?

MARIO

~(Oculta a Angelotti, después coge los pinceles y la paleta y descorre

el candado.)~ Aguarda. Ya voy... Pasa.

ESCENA IV

MARIO y FLORIA, esta entra elegantemente vestida y con un ramo de

flores en la mano.

FLORIA

¡Cuánto has tardado en abrirme!

MARIO

El tiempo indispensable para bajar del andamio.

FLORIA

~(Mirando alrededor con desconfianza.)~ ¿Por qué corres el candado de

la puerta?

MARIO

Es el Padre Eusebio quien lo echa.

FLORIA

¿No está Genarino?

MARIO

Le di permiso para que se fuera. Pero, ¿qué pasa? ¿Parece que estás

inquieta?

FLORIA

¿Con quién hablabas?

MARIO

No hablaba; cantaba.

FLORIA

¡No es cierto! Yo te oí hablar en voz baja.

MARIO

¡Qué disparate! ¿Quién podía estar aquí?

FLORIA

Acaso alguna devota.

MARIO

¿Celos? ¿Una escena de celos en este sitio? ¡Bah, no seas tonta!

~(Cogiéndole las manos.)~ ¿Un ramo de flores?

FLORIA

Para la Virgen. Tengo que implorar su perdón.

MARIO

¿Por qué?

FLORIA

Por lo que tú haces.

MARIO

Nada de malo hago.

FLORIA

¿Que no? ¿Y tus ideas? ~(Mario va a cogerla la mano y ella la retira.)~

No, permíteme que antes salude a Nuestra Señora.

MARIO

¡Como gustes!

FLORIA

~(Se dirige a la imagen que está en la columna central y pone las

flores en un búcaro. Se arrodilla y reza. Entretanto Cavaradossi hace

señas a Angelotti que asoma la cabeza para que se retire.)~ Cumplí mi

deber con la Santísima Virgen.

MARIO

~(Besándole las manos apasionadamente.)~ ¡Y ahora yo!

FLORIA

¡Si vieras qué disgusto tan grande tengo!

MARIO

¿Qué ocurre?

FLORIA

Que hasta mañana no podemos vernos.

MARIO

¿La fiesta?

FLORIA

Sí, tendré que pasar la noche en el palacio de Farnesio. Hay concierto

y tomo en él mucha parte.

MARIO

Bueno, pero después...

FLORIA

Después se celebra un baile.

MARIO

¿Y asistirás a él?

FLORIA

La reina me ha invitado.

MARIO

¡Gran honor!

FLORIA

Su Majestad es muy buena para mí. Me colma de atenciones, pero las de

esta noche me entristecen, porque hasta mañana no volveré a verte.

MARIO

¡Qué le hemos de hacer! ¡Habrá que resignarse!

FLORIA

¡Con qué calma lo dices! ¿No te contraría? ¿Verdad?

MARIO

Yo no he dicho eso.

FLORIA

Los hombres amáis con demasiada filosofía. La mujer se entrega a

la pasión con el alma entera. Para nosotras no hay más que este

sentimiento en nuestra vida. ~(Mirando al cuadro.)~ ¿Quién es aquella

mujer?

MARIO

~(Mirando a su alrededor.)~ ¿Cuál mujer?

FLORIA

La del cuadro.

MARIO

¡Ah! ¿Esa rubia? Pues es una María Magdalena. ¿Qué te parece?

FLORIA

Demasiado hermosa.

MARIO

¿Demasiado?

FLORIA

No me gusta que pintes mujeres tan bellas.

MARIO

~(Riéndose.)~ ¿Vas a tener celos de las mujeres que dibujo en los

cuadros como si fueran de carne y hueso?

FLORIA

¿Y por qué no? ¿Crees que no sé lo que ocurre entre el artista y las

figuras que traza con sus pinceles? Cuando pintas unos ojos hermosos,

te extasías contemplándolos; cuando dibujas unos labios que incitan

al beso, gozas, admirándolos, y te recreas en la hermosura del rostro

trazado por tu misma mano, en un momento de inspiración.

MARIO

~(Riéndose.)~ Es gracioso. Graciosísimo. ~(Poniéndose a trabajar.)~

FLORIA

Y pienso, a veces, que tus contemplaciones más apasionadas, son para

las figuras a las cuales das vida con tu arte. ~(Se sube al andamio

y contempla el cuadro.)~ ¡A ver! Déjame contemplar a tu Magdalena.

~(Pausa.)~ Sí, no hay duda; esos cabellos rubios y esos ojos grises

azulados, me recuerdan los de alguna mujer a quien conozco. Juraría

haberlos visto muchas veces.

MARIO

Es posible.

FLORIA

¡Ah, vamos! ¿Es un retrato? ¿Existe el original?

MARIO

Existe. ¡Ea! esfuerza tu memoria a ver si recuerdas.

FLORIA

Espera. Es... ¡Ya caigo! La de Atavantti. No hay otra romana con

cabellera igual a la de tu Magdalena.

MARIO

Confieso que has adivinado.

FLORIA

¿Luego conoces a la Marquesa? ¿Luego la ves? ¿Dónde? ¿En su casa?

¿Aquí? ¿En tu estudio? Responde. Pronto, respóndeme sin mentir.

MARIO

¡Pero, mujer!

FLORIA

Responde de una vez.

MARIO

Si no me dejas hablar... Pues bien, declaro que he visto a la Marquesa,

aquí, una sola vez y por casualidad.

FLORIA

¡Por casualidad! ¿eh?

MARIO

Te repito que por casualidad. Mientras yo pintaba en este sitio, llegó

ella hasta esa imagen y se puso a rezar, levantando sus ojos azules al

cielo, con los cabellos rubios que caían, en bucles, sobre su frente.

FLORIA

Rubios no; rojos.

MARIO

Que un rayo de sol convertía en hebras doradas y con la cara tranquila

de quien se pone en comunicación con Dios. Pareciome ver en su rostro

la imagen de la Magdalena y copié el modelo en unas cuantas pinceladas,

sin que nadie lo advirtiera.

FLORIA

¿No te servía yo como modelo?

MARIO

Tú no tienes el aspecto de santa... y sobre todo ahora, en que el enojo

descompone tu semblante.

FLORIA

¿Y ella sí? ¿La marquesa de Atavantti puede servir de modelo para la

Magdalena? Será antes del arrepentimiento, porque la tal señora engaña

a su marido y tiene la desfachatez de presentarse en público con su

amante.

MARIO

Perdona, no es un amante; es un importuno.

FLORIA

Pues yo, que no tengo ni marido a quien engañar, ni importunos que me

sigan a todas partes, no me cambio por ella, ¿entiendes?

MARIO

~(Con ternura.)~ ¡Si sabes que te adoro! ¡Si no pienso más que en ti,

celosa incorregible!

FLORIA

¡Buscarte!

MARIO

¡Ea, basta, dejemos en paz a la marquesa!

FLORIA

Mejor hiciera en convertir a su hermano.

MARIO

¡Su hermano!

FLORIA

Sí, un perverso, un demagogo, un ateo como tú.

MARIO

~(Mirando hacia la capilla.)~ ¿Quieres convertirme a mí también?

FLORIA

No eches a broma mis palabras. ¡Tú no sabes el pesar que me produce

esto! ¡Un hombre que lee a Voltaire! ¿Sabes lo que me ha dicho de ti el

padre Carafa?

MARIO

¿Tu confesor? ¿Acaso le confiesas mis pecados?

FLORIA

Le confieso los míos... ¡Son los mismos!

MARIO

Pues de seguro habrá dicho que soy un desalmado.

FLORIA

Dice algo peor. Dice que eres un impío y y que te condenarás.

MARIO

¿Contigo? Entonces no me importa. ~(Abrazándola.)~

FLORIA

El padre Carafa me ha repetido muchas veces: «Hija mía, si queréis que

Dios os perdone vuestros pecados, procurad por la salvación del hombre

a quien amáis. El amor sagrado purificará el amor profano.» ¿A que no

aciertas lo que me ha aconsejado que alcance de ti?

MARIO

¡Quién lo sabe!

FLORIA

Que te quites la barba.

MARIO

¿La barba? ¿Y por qué?

FLORIA

Porque es emblema revolucionario.

MARIO

¡Vaya un capricho!

FLORIA

Por eso, porque es un capricho mío, habrás de complacerme. ¿Qué trabajo

te cuesta? ¡Tus ideas me amargan el amor que te tengo! Mira, algunas

veces no me atrevo a ponerme a los pies del confesor, por si me exige

que te abandone, y otras veces me espanta el pensar en lo que me

sucedería si, encontrándome en pecado mortal, muriese de repente.

MARIO

Pues ya se sabe; al infierno los dos.

FLORIA

¿Morirías tú también?

MARIO

Está claro... ¿Cómo iba yo a vivir sin ti, sin mi _Tosca_? ~(Llaman a

la puerta.)~

FLORIA

¡Silencio!

MARIO

¿Qué?

FLORIA

Han llamado.

LUCIANA

~(Desde fuera.)~ ¡Señora!... ¡Señora!

FLORIA

Es mi camarera. ~(Bajando del andamio.)~ Abre la puerta. ~(Mario

descorre el cerrojo.)~

ESCENA V

LOS MISMOS y LUCIANA

FLORIA

~(A Luciana.)~ ¿Qué sucede?

LUCIANA

Traigo una carta urgente del maestro.

FLORIA

De Paisiello. ¿Qué querrá? ~(Busca Luciana la carta y Mario hace una

seña a Angelotti que se asoma impaciente.)~

LUCIANA

Aquí está. ~(Dándole la carta.)~

FLORIA

~(Leyendo.)~ «Divina _Tosca_. Su excelencia, el duque de Oseole,

me comunica que la Reina ha recibido un mensaje del general Melas,

participándole que el día 14 ganó una batalla decisiva contra Bonaparte

en la llanura de Marengo, cerca de Alejandría...»

MARIO

~(Interrumpiéndole y cogiéndole el papel.)~ Perdona, me interesan estas

noticias. ~(Lee alto para que le oiga Angelotti.)~ «Nuestras armas han

alcanzado un triunfo completo.» Toma. ~(Se sienta apesadumbrado en el

lado izquierdo.)~

FLORIA

~(Continuando la lectura.)~ «En vista de tan fausto acontecimiento, su

majestad ha ordenado que se celebren grandes funciones en todas las

iglesias y yo acabo de improvisar una canción dedicada a la victoria.

Mi pobre trabajo no podrá brillar esta noche en la fiesta del palacio

de Farnesio, sin el concurso de vuestro talento. La orquesta está ya

reunida y os ruego que vengáis a ensayar.»

MARIO

Pues vete en seguida.

FLORIA

¿Y tú que vas a hacer cuando yo te deje?

MARIO

Trabajaré hasta la noche.

FLORIA

¿A qué hora nos veremos mañana?

MARIO

A las doce.

FLORIA

¿Tan tarde?

MARIO

Quiero que tengas tiempo de descansar.

FLORIA

No necesito dormir tanto. ¿Irás a despertarme?

MARIO

Iré... Adiós.

FLORIA

Un momento.

MARIO

¿Qué quieres?

FLORIA

~(Señalándole el cuadro.)~ Convierte en negros los ojos de la

Magdalena... Es un deseo mío.

MARIO

Corriente.

FLORIA

~(Abrazándole.)~ ¡Te adoro!

MARIO

Delante de la Virgen.

FLORIA

Es tan buena que me perdonará... Adiós, Mario mío. Hasta mañana.

Escucha. Que no olvides mi encargo.

MARIO

¡Otra vez!

FLORIA

Sí, dices bien... Qué loca soy... qué loca... Hasta mañana... ~(Vanse

Floria y Luciana.)~

ESCENA VI

MARIO y ANGELOTTI. Este último sale de la capilla apenas se cierra la

puerta.

MARIO

Los franceses han sido derrotados.

ANGELOTTI

Sí, estamos perdidos.

MARIO

Nada de desalientos. Es necesario pensar en la manera de que salgáis de

la ciudad antes que cierren las puertas.

ANGELOTTI

¿Sin esperar a Travelli?

MARIO

Sin dilaciones de ningún género. ~(En este momento se oye sonar un

cañonazo lejano.)~

ANGELOTTI

¡Ah!

MARIO

¡La señal! Vuestra fuga se ha descubierto.

ANGELOTTI

Acaso sean salvas festejando la victoria. ~(Escucha con ansiedad.)~

MARIO

No... un solo cañonazo. Es el anuncio de vuestra evasión.

ANGELOTTI

¡Habrán detenido a Travelli!

MARIO

Hay necesidad de salir de aquí a toda costa. Vos os dirigiréis por

la salida más oscura a la puerta principal; allí os aguardaré yo...

Pronto, andad... El sacristán llega. ~(Angelotti entra en la capilla y

Mario se sube al andamio.)~

ESCENA VII

MARIO, el PADRE EUSEBIO y GENARINO

P. EUSEBIO

~(Sale por la derecha con un manojo de llaves.)~ ¿Habéis oído?

MARIO

¿Qué?

P. EUSEBIO

El cañonazo.

MARIO

Sí, será para festejar la victoria.

P. EUSEBIO

No, es que se habrá escapado del castillo algún jacobino.

MARIO

Quizás.

GENARINO

~(Entrando por la derecha precipitadamente.)~ ¿No saben lo que sucede?

Angelotti se ha fugado.

P. EUSEBIO

¡Infame!

GENARINO

Por las calles pregonan la fuga, ofreciendo mil piastras al que

entregue al preso y la horca a quien le oculte.

P. EUSEBIO

¡Es poco!

GENARINO

Un cómplice de Angelotti ha sido denunciado.

MARIO

¿Y está preso?

GENARINO

¡Claro!

MARIO

~(Bajando.)~ ¿Ha declarado?

GENARINO

Naturalmente. Como que le han puesto en el tormento.

P. EUSEBIO

¡Y es poco!

MARIO

¿Está fuera mi coche?

GENARINO

Sí, señor, con Fabio.

MARIO

Pues di al cochero que vaya a esperarme cerca de la puerta principal.

Después vienes a arreglar todo esto... Pronto.

GENARINO

En seguida. ~(Vase por la derecha. En el fondo se empiezan a ver velas

encendidas y también se ven entrar algunos devotos.)~

P. EUSEBIO

~(Encendiendo las velas de la Virgen.)~ ¿De modo que habéis oído hablar

de la victoria de Marengo?

MARIO

Sí. ~(Con inquietud y mirando el sitio donde está oculto Angelotti,

mientras se quita la blusa.)~

P. EUSEBIO

~(Riendo.)~ José ha llevado su merecido.

MARIO

~(Cogiendo el sombrero.)~ ¿José?

P. EUSEBIO

El Bonaparte apócrifo, el Bonaparte falso. Tiene gracia, ¿verdad? ~(En

este momento sale Angelotti con un velo de mujer y desaparece por el

fondo.)~

MARIO

¡Por fin!

P. EUSEBIO

~(Volviéndose.)~ ¿Qué decís?

MARIO

Nada. ~(Procurando distraerle.)~ Tomad, Padre Eusebio ~(Le da unas

monedas.)~ y buenas tardes. ~(Se va por la izquierda.)~

P. EUSEBIO

Buenas tardes. ¡Qué prisa tiene el jacobino! Veamos. Tres piastras..

No es mucho, pero en fin, del enemigo... ~(Se oyen sonar el órgano y

cantos y salmodias, lejanos.)~

ESCENA VIII

EUSEBIO, EL BARÓN DE SCARPIA, SCHIARRONE, COLOMETTI, DOS POLICÍAS y

GENARINO. Todos entran por la derecha, mientras se oyen los cánticos.

Los dos policías se colocan en el fondo.

SCHIARRONE

~(Toma agua Bendita de la pila y se la ofrece a Scarpia, el cual hace

la señal de la cruz; después hace lo mismo con Colometti y los dos se

persignan.)~

SCARPIA

~(A Colometti en voz baja.)~ Ya que están bien guardadas todas las

puertas, registrad hasta los últimos rincones de la Iglesia, pero con

disimulo, ¿entiendes? ~(Colometti y uno de los agentes desaparecen por

el fondo. El otro policía y Schiarrone quedan en la escena. El Padre

Eusebio, al ver a Scarpia, hace una profunda reverencia.)~

P. EUSEBIO

¡Señor barón!

SCARPIA

Acercaos. ¿Sois vos el sacristán?

P. EUSEBIO

Y humilde servidor vuestro, excelencia.

SCARPIA

Un fugado del castillo de Santángelo pasó la noche última en esta

Iglesia y aún debe de encontrarse en ella.

P. EUSEBIO

¿Aquí? ¿Es posible?

SCARPIA

Es indudable. ¿Cuál es la capilla de los Ángeles?

P. EUSEBIO

~(Señalando el sitio donde estuvo oculto Angelotti.)~ Aquella es, señor

barón.

SCARPIA

~(A Schiarrone y al polizonte.)~ Registradla. ~(Pausa; sigue oyéndose

la plegaria. Después de breves momentos aparecen Schiarrone y el

policía.)~ ¿Está ahí?

SCHIARRONE

No hay nadie.

SCARPIA

Por lo visto llegamos tarde. ¿Y no ha dejado rastro?

SCHIARRONE

~(Presentando varios objetos.)~ Sí, Señor. Un espejo, horquillas, dos

navajas de afeitar y un abanico.

SCARPIA

¡Un abanico! ¡A ver! ~(Examinándole.)~ Una corona de marquesa... De la

de Atavantti. ¿Y no encontrasteis ninguna cosa más?

SCHIARRONE

Ninguna.

SCARPIA

La delación era exacta. El fugitivo se ha disfrazado de mujer... Pero,

¿dónde se habrá escondido? ¿Quién le encubrirá? ~(A Eusebio.)~ ¿No

habéis notado nada de particular en los alrededores de la capilla

durante el día?

P. EUSEBIO

Nada, excelencia, ni antes ni después de haber cerrado las puertas.

SCARPIA

¿Habéis cerrado vos todas las puertas de la iglesia?

P. EUSEBIO

Sí, excelencia; esa es mi obligación.

SCARPIA

¿Con llave?

P. EUSEBIO

Con llave las cerré todas menos esta. ~(Señalando la de la izquierda.)~

SCARPIA

Y esta, ¿por qué no?

P. EUSEBIO

Porque aquí se queda siempre una persona.

SCARPIA

¿Quién?

P. EUSEBIO

El pintor Mario Cavaradossi.

SCARPIA

¡Ah! ¡El señor Cavaradossi! El demagogo, el francés. ~(Genarino, que

durante el diálogo anterior, arregló todos los objetos del andamio,

baja de este y atraviesa la escena con el cesto de la comida.)~ Y ese

muchacho, ¿qué lleva en ese cesto?

GENARINO

Es la cesta donde traigo la comida para el maestro.

SCARPIA

~(Mirando el cesto.)~ Restos de un pollo, jamón, pan... Por lo visto tu

amo tiene buen apetito, ¿verdad?

GENARINO

No siempre... Que lo diga el Padre Eusebio, que es quien acostumbra a

escurrir la botella la mayor parte de los días.

P. EUSEBIO

~(Protestando.)~ ¡Calumnia, señor barón!

SCARPIA

Basta. ~(Despide a Genarino, que se marcha.)~ No cabe duda; aquí

estaba. Cuando volvisteis, ¿aún se hallaba Cavaradossi en la capilla?

~(A Eusebio.)~

P. EUSEBIO

Sí, señor. Acaba de salir hace un momento.

SCARPIA

¿Estaba solo?

P. EUSEBIO

Como siempre. Cuando trabaja no quiere ver a nadie, excepto...

SCARPIA

Excepto ¿a quién?

P. EUSEBIO

A una señora.

SCARPIA

_La Tosca_.

P. EUSEBIO

La misma. Y sin duda le ha visitado hoy, porque veo un ramo de flores

junto a la Virgen.

SCARPIA

_La Tosca_ es leal a la Iglesia y al Trono. No se puede sospechar

una traición de su parte. Sin embargo, ella podría ponernos sobre la

verdadera pista. ~(A Colometti, que vuelve.)~ ¿Has encontrado algo?

COLOMETTI

Nada, señor barón.

SCARPIA

¿No has visto a ningún sospechoso?

COLOMETTI

A ninguno.

P. EUSEBIO

¿Manda su excelencia algo más?

SCARPIA

No, podéis retiraros. ~(El Padre Eusebio se va por el fondo.)~ Por

ahora basta de pesquisas. Vamos. ~(Se dirige hacia el fondo, y en

este momento entra La Tosca. Al oír el ruido de la puerta se vuelve

Scarpia.)~ ¡Ella! ~(A los polizontes.)~ ¡Alejaos!

ESCENA VIII

FLORIA y SCARPIA en la escena. SCHIARRONE, COLOMETTI y los polizontes

ocultos.

FLORIA

~(Entrando alegremente.)~ ¡Concluyó el ensayo! ¡Mario! ¡Mario!

~(Mirando hacia el andamio.)~ ¿No está?

SCARPIA

~(Aparte desde el fondo.)~ ¡Ah! Sí. Los celos. ~(Adelantándose.)~

Buenas tardes, ilustre artista.

FLORIA

~(Con disgusto.)~ ¿Vos aquí?

SCARPIA

¡Os sorprende! ¿Buscáis acaso al caballero Cavaradossi?

FLORIA

¿Sabéis?

SCARPIA

Yo lo sé todo. Es mi oficio.

FLORIA

En esta ocasión no hay mérito alguno. Yo no lo oculto.

SCARPIA

¡Tanto se merece el pintor! ¿Cómo una mujer tan buena y tan religiosa

puede querer a un hombre tan pervertido, a un ateo? ¿Cómo se atreve a

cambiar con él dos palabras siquiera?

FLORIA

Es que las dos palabras son muy dulces... «¡Te quiero!»

SCARPIA

¿Y no oirá de los mismos labios esas dos palabras ninguna otra mujer?

FLORIA

¡Oh, ninguna! Creo en su amor como en el Evangelio.

SCARPIA

Muy impía es la comparación, y además de impía, aventurada; porque

quien es descreído en religión, no suele tener fe en otras cosas.

FLORIA

Esa es cuestión mía. ¿Y sabéis dónde ha ido, señor barón?

SCARPIA

No lo sé; pero quiero ahorrar a vuestro amante el trabajo de devolveros

esto que sin duda olvidasteis. ~(Dándole el abanico.)~

FLORIA

¿Un abanico?

SCARPIA

Contemplando el cuadro de Cavaradossi, vi sobre la banqueta este

abanico; lo recogí para que nadie se lo llevara, y como supongo que es

vuestro, os lo devuelvo.

FLORIA

~(Estallando.)~ ¡Este abanico no es mío!

SCARPIA

~(Fingiendo un gran asombro.)~ ¡No!

FLORIA

Pero, ¿de quién puede ser? Y tiene una corona de marquesa.

SCARPIA

~(Mirándolo.)~ ¡A ver! ¡Pues es verdad!... ¡No había reparado!

FLORIA

¡Es de la de Atavantti! ¡Oh!

SCARPIA

¿Y por qué de ella?

FLORIA

Sí, de ella; estoy segura. Llegaría después que yo me marché. Pero, no;

de fijo estaba aquí escondida... Por eso le oí cuchichear... Por eso

tardó en abrirme la puerta... Por eso tenía ansia de que me marchara...

No hay duda; estuvo oculta viéndome, oyéndome, y luego cuando le dejé

solo, volvería a sus brazos para robarme su amor. ¡Ah, infame, infame!

Ahora veo clara su traición; pero me vengaré, y de un modo terrible.

SCARPIA

¿Y si os equivocáis?

FLORIA

¿Equivocarme? Pronto lo sabremos. Los sorprenderé esta misma noche

después del concierto. Ya sé dónde están.

SCARPIA

¿De veras?

FLORIA

Sí.

SCARPIA

~(Con gran ansiedad.)~ ¿Dónde?

FLORIA

No os lo diré; queréis saberlo para avisarlos, para que huyan de mí.

SCARPIA

No es para eso, os lo juro.

FLORIA

Dejadme... La policía no entrará allí... Yo me basto. ~(En este momento

empieza a escucharse el sonido del órgano y el canto del «Te Deum».)~

SCARPIA

¡El _Te Deum_, callad!

FLORIA

Ahora a buscarlos, a confundirlos, a vengarme. ~(Sale

precipitadamente.)~

SCARPIA

~(Sonriendo ferozmente.)~ ¡Ya son míos! ~(Llamando.)~ ¡Colometti!

~(Entran Colometti, Schiarrone y los polizontes.)~

COLOMETTI

¿Qué mandáis?

SCARPIA

Sigue a esa mujer de lejos y procura que no te vea.

COLOMETTI

Está bien, ~(Sale.)~

SCARPIA

Y nosotros demos gracias a Dios por la victoria de nuestras armas y

pidamos a la Virgen que proteja nuestros trabajos para dar con los

impíos revolucionarios, enemigos de la religión y del trono. ~(Se

arrodillan todos al pie de la imagen de la Virgen mientras continúa

oyéndose el canto del «Te Deum» y el sonido del órgano.)~

TELÓN

ACTO SEGUNDO

Piso bajo del interior de una casa de campo en las inmediaciones de

Roma. A la izquierda, bien expuesta a la vista del público, hacia la

primera caja, una puerta de dos hojas. En el mismo lado, caballete,

maniquí, paletas, pinceles y demás objetos propios de un pintor. En

el fondo, grandes arcos al través de los cuales se descubre un jardín

iluminado por la luz de la luna. Puerta de entrada a la derecha. Una

mesa en el mismo lado, sillas, sillones, cuadros, etc., etc.

ESCENA PRIMERA

MARIO, ANGELOTTI y CECCO. Al levantarse el telón la escena está sola.

Después aparece Cecco con una bujía encendida que deja sobre la mesa,

seguido de Mario y Angelotti que lleva al brazo un vestido de mujer.

MARIO

Por fin. Aquí podemos respirar con entera libertad. Estáis en sitio

seguro.

ANGELOTTI

Gracias a vos. ~(Deja el vestido en una silla al fondo.)~

MARIO

Y que no era cosa fácil recorrer casi toda la ciudad disfrazado de

ese modo sin despertar sospechas. Ahora mi fiel Cecco, diligente

guardián de la casa, que además de ser un servidor leal posee grandes

conocimientos en el arte culinario, nos improvisará una excelente cena

en un santiamén. En seguida de reforzar el estómago, examinaremos con

entera tranquilidad lo que haya de hacerse. ~(A Cecco.)~ ¿Está en casa

tu hijo?

CECCO

Sí, señor.

MARIO

Pues dile que cierre bien todas las puertas y que esté alerta. ~(Cecco

se va.)~

ESCENA II

MARIO y ANGELOTTI

MARIO

Nos encontramos, como habréis podido ver al resplandor de la luna,

entre las termas de Caracalla y la tumba de Escipión, rodeados de

ruinas y en la soledad más absoluta.

ANGELOTTI

¿Vivís aquí?

MARIO

Ordinariamente no. Mi habitación está situada en el centro de Roma.

Esta es mi casa de campo, mi villa, como decimos los romanos. Fue

edificada por uno de mis antepasados, Luis Cavaradossi. Solo Floria me

ha acompañado algunas veces, de manera que a ninguna otra persona se

le puede ocurrir la idea de venir a buscarme aquí y mucho menos a vos.

¿Quién habrá de sospechar siquiera que yo os conozco? En la iglesia

nadie nos ha podido ver, en la calle nadie nos ha observado tampoco,

de manera que podemos estar tranquilos, absolutamente tranquilos. Y en

último término, aunque vinieran, aunque rodearan la casa los más finos

sabuesos de Scarpia, aún tendría medio de salvaros.

ANGELOTTI

¿Cómo?

MARIO

En esta casa, fabricada sobre las ruinas de una antigua aldea romana,

hay un refugio secreto del cual solo las personas de mi familia y el

honrado Cecco tienen noticia. ~(Se dirige hacia el arco del fondo.)~

¿Veis allí, iluminadas por el resplandor de la luna aquellas dos

columnas de mármol blanco?

ANGELOTTI

¿Unidas por un travesaño del cual pende una polea?

MARIO

Precisamente.

ANGELOTTI

¿Es un pozo?

MARIO

Un viejo pozo, de la antigua aldea. Mi antepasado, tratando de cegarle,

encontró a doce pies del suelo, entre la pared, una especie de covacha

en la cual no se podía entrar sino arrastrándose, pero después el

agujero se ensanchaba bastante hasta el punto de poder estar en él un

hombre cómodamente sentado. Cavaradossi se guardó bien de destruir esta

galería subterránea; al contrario, la hizo limpiar, porque en un país

como el nuestro siempre es conveniente tener un sitio secreto donde

refugiarse. Yo lo he visitado muchas veces deslizándome por el pozo que

está oculto por la maleza, y por los cipreses. Ya veis, amigo mío, que

aún puedo ofreceros asilo más seguro que mi casa.

ANGELOTTI

No sé como expresaros mi gratitud. Hace aún pocas horas, no me

conocíais siquiera y ahora encuentro en vos la ayuda y la protección

que pudiera esperar de un hermano.

MARIO

Tengo en ello mucho gusto... Además, soy por naturaleza arriesgado y

las aventuras peligrosas me divierten.

ANGELOTTI

¡Corazón generoso! ~(Dándole la mano.)~ Demasiado sabéis que al

protegerme y ampararme en mi huida, arriesgáis vuestra propia

existencia.

MARIO

¡Bah, bah! ¿Quién se acuerda de eso? La partida está empeñada y hay que

jugarla hasta el fin. Pensemos, pues, en los recursos que hay que poner

en práctica para libraros de las garras de vuestros perseguidores.

Scarpia habrá mandado a estas horas a todos sus sabuesos en persecución

vuestra, las puertas de la ciudad estarán también muy vigiladas, de

manera que no se me ocurre más que un solo medio de salvación. ¿Sois

buen nadador?

ANGELOTTI

Excelente.

MARIO

Entonces podréis atravesar el Tíber.

ANGELOTTI

Sin duda.

MARIO

Corriente. Hablaremos de eso cenando. Entretanto venid conmigo a ver el

pozo.

ANGELOTTI

Vamos. ~(En el momento de salir Mario oye un ruido.)~

MARIO

¡Silencio! ~(Angelotti se para cerca de los arcos del fondo.)~

ANGELOTTI

¿Qué sucede?

MARIO

~(Atraviesa la escena y escucha por el ventanillo de la derecha.)~ He

oído abrir una puerta de la cual solo Floria tiene la llave.

ANGELOTTI

¿Luego es ella?

MARIO

Indudablemente.

ANGELOTTI

¿Qué hacemos?

MARIO

Tened la bondad de ir solo. Veré qué es lo que la trae. Si ocurre algo

imprevisto yo os llamaré. ~(Angelotti desaparece en el jardín por la

derecha. Mario vuelve a acercarse al ventanillo.)~

ESCENA III

FLORIA y MARIO. Floria penetra impetuosamente en la escena,

observándolo todo con mirada recelosa.

MARIO

~(Acercándose a ella y cogiéndole la mano con ternura.)~ ¿Eres tú?

FLORIA

~(Mirándolo fijamente.)~ Sí, yo... ¿Te disgusta acaso?

MARIO

No, me inquieta... ¿Por qué has venido?

FLORIA

Por curiosidad... Quiero verla.

MARIO

¿A quién?

FLORIA

A tu querida.

Mario ¿A mi...? ~(Riéndose.)~ ¿Conque era eso? ¿Un arrebato de celos,

nada más? ¡Me has dado un susto!

FLORIA

No te hagas el desentendido. ¿Dónde está? Porque ella está aquí, no me

cabe duda.

MARIO

¿Pero, quién es ella?

FLORIA

Ya te lo he dicho... Tu Marquesa.

MARIO

~(Bromeándose.)~ Y vuelta con la Marquesa.

FLORIA

Si yo sé que está aquí escondida. ~(Viendo los vestidos que dejó

Angelotti sobre una silla.)~ ¡Ah!... Bien decía yo.

MARIO

¿Qué? ¿La encontraste al fin?

FLORIA

~(Mostrándole el vestido.)~ ¿Y esto? ¿De quién es? ¿Es un traje tuyo,

por ventura?

MARIO

~(Siempre en tono de broma.)~ Vamos, ven acá... Yo te explicaré.

FLORIA

No, me engañas... Estaba aquí contigo. Sirviéndote de modelo quizá...

¡Miren la inocente!

MARIO

~(Cogiéndole las manos.)~ Déjame hablar.

FLORIA

~(Separándose de él.)~ Aparta... No te acerques a mí. ~(Acercándose

a la puerta de la izquierda.)~ Tened la bondad de salir, señora

Marquesa... Vamos... No os dé rubor de presentaros en ese traje.

MARIO

Escucha, Floria.

FLORIA

~(Siguiendo sin hacerte caso y arrojando el abanico sobre la mesa.)~

Devuelve su abanico a ese portento de virtud, para que tenga, al menos,

algún objeto con que cubrir sus formas.

MARIO

¿Pero te has vuelto loca? Loca de remate.

FLORIA

Sí, lo estoy. Es una verdadera locura el amar a un hombre que no me

quiere, que me engaña, que me traiciona, que pasa de los brazos de esa

infame a los míos.

MARIO

Pero, ¡óyeme, por favor!

FLORIA

~(Rompiendo a llorar.)~ ¡Ah! el miserable... el inicuo... Y yo le adoro

con toda mi alma, y no vivo más que por él y para él... Sí, soy tan

cobarde que le amo, le llevo en el corazón, en la sangre, en todo mi

ser... Y la primera desvergonzada que llega me lo roba, y yo continúo

siendo tan vil que aun sabiéndolo, todavía le quiero, le quiero más que

nunca, y siento que, cuanto más me esfuerzo en aborrecerlo, le quiero

con mayor ímpetu. ¿Hay en el mundo mayor infelicidad que la mía? ~(Cae

sentada en un silla, esconde la cabeza entre sus manos y llora apoyada

en la mesa.)~

MARIO

~(Acercándose a ella amorosamente.)~ ¿Has acabado ya? ¿Pasó el acceso?

¿Me permites ahora que te diga una palabra? ¿Una sola? ~(Le coge una

mano que ella le abandona, mientras se enjuga el llanto con la otra.)~

FLORIA

~(Sin mirarlo, pero con amorosa reconvención.)~ ¡Infame! ¡Infame!

¡Engañarme así!

MARIO

Pues bien, no lo niego, aquel vestido es de la Marquesa.

FLORIA

~(Poniéndose en pie.)~ ¡Ah! ¿Y lo confiesas?

MARIO

~(Con dulzura y obligándole a sentarse.)~ Pero la Marquesa no lo ha

traído aquí. Fue un desgraciado a quien le sirvió de disfraz, un pobre

fugitivo...

FLORIA

¿Su hermano?

MARIO

Sí, su hermano, que está allí, en el jardín.

FLORIA

~(Con gran alegría.)~ ¿Conque no es ella? ~(Abrazándole.)~ ¡Cómo te

quiero!

MARIO

¡Así me gusta!

FLORIA

¡Mario mío! ¡Amor mío!... ¡Vida mía! ~(Besándole la mano con efusión.)~

¡Tesoro mío! ~(Interrumpiéndose de pronto.)~ Pero, ¿y si mientes?

MARIO

¿Volvemos a empezar?

FLORIA

~(Vivamente, tapándole la boca.)~ No... ni una palabra más, te creo.

MARIO

¿Quieres verlo?

FLORIA

No, de ningún modo, me basta tu palabra.

MARIO

~(Siempre sentado.)~ Está allí, míralo.

FLORIA

Si te digo que no quiero verlo. Repito que lo creo bajo tu palabra...

¡Así te haré olvidar mis estúpidos celos!... Quiero probarte que tengo

plena confianza en ti y que no me queda ni la más leve sospecha...

Nada, no hay nada en mí, más que un amor infinito. ~(Mira en rededor

suyo, mientras dice estas palabras.)~ ¡Ah! sí, es verdad, acabo...

acabo de verlo.

MARIO

~(Riendo.)~ ¡Ja! Tú eres como Santo Tomás... cuando ves las cosas... ¿Y

ahora, me perdonas?

FLORIA

~(Con seriedad.)~ Te perdono.

MARIO

~(Levantándose.)~ ¿Las injurias que me has dirigido? Muchas gracias.

FLORIA

~(Levantándose y siguiendo detrás de él.)~ Tienes razón. No eres tú,

sino yo, quien debe pedir perdón... Tú arriesgas la vida por salvar a

un infeliz, ¡Qué bueno y qué generoso eres!... ¡Mejor que yo... mucho

mejor!... Por eso debes ser indulgente con esta cabeza loca, loca por

culpa tuya... Sí, te amo de tal modo, que he perdido la razón. ¡Tú no

sabes cuánto te quiero y de cuántos sacrificios sería capaz! ¡Ah! ¡si

tú me quisieras de igual manera!

MARIO

~(Cogiéndole las manos.)~ Yo te quiero con toda el alma. Pero ahora, es

preciso que me dejes.

FLORIA

¿Dejarte ahora? ¡Soy tan feliz en este momento! ~(Pausa.)~ ¿Se quedará

aquí ese hombre?

MARIO

¿Angelotti? Naturalmente. Toda la noche, por lo menos; al amanecer

procuraré que salga fuera de la ciudad por el río.

FLORIA

Pues entonces también me quedo yo. Te ayudaré en la empresa.

MARIO

Eso no, de ninguna manera. Tú no debes mezclarte en una aventura tan

peligrosa.

FLORIA

¡Qué importa!

MARIO

¡No, no!... ¡vete a casa!

FLORIA

¡Sola!

MARIO

Sí... Es preciso. ¿Has dejado tu coche a la puerta?

FLORIA

No... un poco más lejos... Ya ves, quería sorprenderte.

MARIO

El hijo de Cecco te acompañará.

FLORIA

¿Cuándo volveré a verte?

MARIO

Mañana temprano, en cuanto Angelotti haya huido.

FLORIA

¡Dios mío! ¡Si os prendieran a los dos!

MARIO

~(Ayudándola a ponerse el abrigo.)~ ¡Qué idea! No temas. Procederé con

mucha precaución... Espérame por la mañana.

FLORIA

¡Oh, sí, ven pronto, estaré muy inquieta!

MARIO

~(Cogiendo el abanico que está sobre la mesa.)~ ¿No te llevas este

abanico que despertó tus recelos?

FLORIA

¿Acaso no había motivo para ello?

MARIO

Era para Angelotti, lo mismo que ese vestido.

FLORIA

¿Y quién podía adivinarlo? ¿Puedo hablar al hermano de la Marquesa?

MARIO

Si tienes empeño en ello... ~(Va hacia el fondo.)~ Está allí examinando

el pozo, donde debe esconderse, en caso de sorpresa. ~(Volviéndose

a Floria.)~ ¿De manera que volviste a San Andrés, después que yo me

marché?

FLORIA

Sí.

MARIO

¿Y encontraste este abanico?

FLORIA

No.

MARIO

¿Entonces cómo ha llegado a tus manos?

FLORIA

~(Como quien siente despertar una idea terrible en su cerebro.)~

¡Ah!... él es... ~(Interrumpiéndose.)~ Sí.

MARIO

¿Qué? Acaba.

FLORIA

¡Ah! ¡Dios mío!... ¿La policía busca a Angelotti?

MARIO

¡Claro que sí!

FLORIA

¿Scarpia?

MARIO

Por supuesto.

FLORIA

Él fue quien despertó mis sospechas... Ahora comprendo... Ha sido una

emboscada.

MARIO

~(Sin comprender.)~ ¿Una emboscada?

FLORIA

Él me inspiró la desconfianza hacia ti. Él me dio este abanico.

MARIO

~(Empezando a comprender.)~ ¿Scarpia?

FLORIA

Se sirve de mis celos como de sus esbirros el infame.

MARIO

¿Te ha visto venir? ~(Aterrorizado.)~

FLORIA

Y me habrá seguido, no hay duda.

MARIO

¿Qué has hecho? ¡Desgraciada!

FLORIA

Silencio... ¿oyes?

MARIO

Rumor de voces.

FLORIA

~(Espantada.)~ ¡Ahí están! ¡Son ellos!

ESCENA IV

LOS MISMOS, CECCO y después ANGELOTTI

CECCO

~(Entrando.)~ Señor... La casa está rodeada por una infinidad de

polizontes... Llaman a la puerta.

MARIO

Entretenlos todo el tiempo que puedas. ~(Cecco sale. Mario va al fondo

y llama.)~ ¡Angelotti! ~(Este se presenta.)~ Estamos descubiertos...

Ahí está la policía. ~(Floria escucha con ansiedad en la puerta

derecha.)~

ANGELOTTI

Pues salto las tapias y me oculto en el campo entre las ruinas.

MARIO

No, es demasiado tarde. El jardín y la casa están rodeados, al

escondite pronto... pronto.

ANGELOTTI

Por el santo de mi nombre, si me descubren, yo os juro que no me

cogerán vivo. ~(Se va rápidamente por el fondo.)~

MARIO

Y ahora ~(A Floria.)~ sangre fría, mucha sangre fría, si no quieres

perderme a mí con él.

FLORIA

¡Oh! Infortunada de mí... ¡Y soy yo la causa de todo esto! ~(Se oye

ruido de voces y se ven aparecer varios polizontes por diferentes

sitios del jardín.)~

ESCENA V

LOS MISMOS, SCARPIA, COLOMETTI, AGENTES DE POLICÍA, UN ESCRIBANO,

UN ALGUACIL y SOLDADOS. Scarpia entra por el fondo lo mismo que sus

secuaces y baja lentamente.

MARIO

~(Yendo a su encuentro.)~ ¿Me permitirá el señor barón de Scarpia

preguntarle a qué debo el honor de su visita en una hora tan

intempestiva como esta?

SCARPIA

La Tosca: Drama trágico en cuatro actos divididos en cinco cuadros · 第 1 / 4 段