CAPÍTULO XXIX

#Las horas fatales.#

A las cuatro de aquella tarde, cuando, después de salir las tres damas,

Clara se encontró sola, quiso satisfacer su curiosidad leyendo la carta

que le había dado el abate; pero observó que Elías andaba por el

pasillo: tuvo miedo, y la guardó. Media hora después, habiendo Coletilla

salido con Carrascosa, se quedó sola, enteramente sola y encerrada.

Entonces abrió la carta. Era sin duda de Lázaro, y casi sabía punto por

punto lo que había de decir. Pero su sorpresa fué grande cuando miró la

firma y vió: _Claudio_.

--¡Claudio! ¿quién es Claudio?--exclamó con la mayor confusión.

La carta decía así:

"Ya te he devuelto, amiga mía, á ese joven prisionero á quien tanto

quieres. Yo le he sacado de la cárcel, donde el infeliz estaba á punto

de morirse de hambre y de frío; le he sacado tan solo porque es tu

amigo. Ya sabes que tú y yo somos también verdaderos amigos. Ese joven

parece que te quiere bien; pero no como yo, que te idolatro; y tan

desventurado soy ausente de ti, que hoy voy á intentar verte y hablarte

entrando por una casa vecina. No te llame la atención: estoy decidido.

Por mí han salido esas tres viejas; por mí ha salido Elías; por sí ha

salido Lázaro. Estás sola y encerrada; encerrada para todos menos para

mí, que te veré esta tarde. No tengas miedo: sólo quiero verte y

hablarte. Te lo asegura, te lo promete el que te adora.--_Claudio_."

--¡Claudio!--dijo Clara doblando la carta:--¿quién es este hombre?

¡Y quiere entrar aquí! ¡Jesús, qué miedo! ¿Qué debo hacer? ¿Cerrar

las puertas?

Clara empezó á temblar de miedo; no podía tomar resolución ninguna. Por

fin evocó todo su valor: se dirigió á la puerta que daba al pasillo, y

le echó el cerrojo; después corrió á la puerta que comunicaba con la

habitación inmediata con intento de cerrarla también; pero ya era tarde,

porque Bozmediano entró muy tranquilo en el cuarto.

--¡Jesús!--exclamó Clara, retrocediendo con espanto. Váyase usted, por

Dios. ¡Qué atrevimiento! Pero no pudo seguir, y se echó á llorar.

--¡Váyase usted.... Si vienen.... Por Dios, señor caballero (no se

acordaba del nombre). Váyase usted.... Usted es muy bueno y me dejará

sola. Si vienen ahora, ¿qué van á decir?

--No vendrán: tranquilízate--dijo Bozmediano algo contrariado por aquel

recibimiento.--Somos ya verdaderamente amigos. Hoy vengo á hablarte, á

verte. Ya sabes que me he declarado tu protector.

En el sistema amatorio de Bozmediano estaba el tutear á las muchachas á

la tercera entrevista.

--Yo no quiero que usted me proteja. Si estoy muy bien aquí--afirmó

Clara con angustia.

--¿Bien aquí?--dijo el militar, cerrando los puños. ¿Bien aquí? Como que

voy á ahorcar á esas tres arpías que te están martirizando. Cuando

pienso que un viejo fanático y tres mujeres ridículas están hoy en el

mundo sólo para mortificarte y asesinar lentamente á la más noble y

amable criatura que ha nacido.

--Si á mí no me atormentan--dijo Clara, cuya atroz inquietud se

manifestaba en un llanto entrecortado, que acobardó por un momento al

galán aventurero.--Váyase usted, por Dios, yo se lo ruego, se lo pido

por Dios y todos los santos.

--¿Irme sin ti? Eso no puede ser.

--Jamás consentiré yo en salir con usted--exclamó la joven con

resolución.--Váyase usted, señor caballero (otra vez no se podía acordar

del nombre): usted es muy bueno, yo lo sé. Pero si tarda un momento más

en marcharse, le odiaré toda mi vida. Váyase usted, por piedad.

--Y si me voy, ¿qué va á ser de ti, pobrecilla?--dijo Bozmediano con

melancolía.--Si yo te abandono, ¿qué va á ser de ti en poder de estos

cuatro demonios? ¿Cómo he de consentir el crimen espantoso de este

encierro, de esta soledad, de este marasmo, de esta tortura lenta que te

aplican esas infames? No, Clara: tú me conoces muy bien en las pocas

veces que me has tratado para saber que yo no puedo consentir tal cosa.

Si yo te abandono, pasará un día y otro día sin que nadie se atreva á

hacer cosa alguna para salvarte. Ese joven, á quien yo he sacado de la

cárcel, tiene una imaginación disparatada; pero no resolución ni ánimo

para sacarte de penas. Esta es la verdad: no esperes nada de quien nada

puede ni nada sabe hacer por ti. Créeme: no tienes más esperanza que yo.

Y por mi parte, seguro estoy de que no te opondrás á mi resolución, que

no tiene más objeto que tu felicidad.

--Pero si yo no quiero que haga usted mi felicidad dijo Clara más

inquieta.

--Pues entonces, ¿quién la va á hacer? Huérfana, sola en el mundo,

rodeada de enemigos y de malvados, sin que haya nadie que se interese

por ti....

--¡Oh!--dijo la huérfana vivamente, creyendo encontrar un gran

argumento:--sí, sí tengo quien se interese.

--No, no lo creas, no. Ese joven no hará nada: le conozco, conozco su

carácter. La prueba es que vive aquí hace días, que sabe tus

sufrimientos y nada ha hecho por aliviarlos. ¿Ha intentado algo? No: yo

sé que no. No se atreve.

--¿Que no se atreve? Sí, sí ... Pero váyase usted, por Dios. Si

vienen ... No se detenga usted un momento más; yo se lo ruego. Me va

usted á perder.

--Clara, Lázaro no hará nada por ti. Su imaginación está embebida en la

política. No esperes nada de él.

--Sí, sí espero: me salvará. Estoy segura de ello--dijo

dolorosamente la joven.

--¿Por dónde lo sabes?

--El mismo me lo ha dicho.

--¿El? No puede ser. Yo dudo que haya podido verte, según me han dicho.

--Pero me verá, me salvará. Yo no necesito de usted.

--Sí necesitas de mí. Tengo esa vanagloria, única recompensa del grande

amor que te tengo--dijo Bozmediano con expresión clarísima de verdad.

--Pero si yo no le quiero á usted ni le puedo querer. No le he visto más

que dos veces, y eso sin mi licencia.

--Ese poco tiempo ha bastado para que te quiera yo.

--Yo se lo agradezco á usted; pero cuando se vaya dijo la huérfana.--¡Qué

modo tan raro tiene usted de favorecerme, asustándome de esta manera y

comprometiéndome! ¡Ah! Váyase usted, por Dios. Van á llegar y le van á

ver aquí. ¡Jesús, qué hombre!

--No vendrán. La procesión es larga.

--¿Pero si viene él?

--¿Quién es él?

--El viejo.

--Ese primero muere que venir.

-¿Pero si le ve á usted la vecindad? Y, sobre todo, aunque no le vean

... Yo no quiero que esté usted más tiempo aquí; no le quiero ver.

Clara estaba tan consternada y era tan resuelta su actitud, que

Bozmediano empezó á dudar del éxito de su aventura, y estuvo un

rato indeciso.

--Clara--prosiguió sentándose con familiaridad,--tu no me conoces. No

sabes de lo que yo soy capaz. Yo soy capaz hasta de sofocar mis

sentimientos haciendo por tu felicidad el sacrificio de la mía. Tú no me

conoces, ni aciertas á juzgarme, ni ves en esta empresa que acometo otra

cosa que una intención dañada y vil. Si viera junto á ti á alguna

persona capaz de sacarte de esta miseria, no me opondría á que me

dijeras, como me has dicho, que no me quieres ver. Yo dejaría entonces á

otro el orgullo de quererte y hacerte feliz; pero esto no es posible. Tu

situación es tan desesperada, que quiero salvarte á pasar tuyo,

arrostrando hasta tu ingratitud, que es lo que más temo. Si me ves aquí,

es porque nadie existe en esta casa que pueda ampararte.

--Bien: yo lo agradezco, señor caballero; pero déjeme usted. ¡Ay! Si

Lázaro sabe que ha estado usted aquí....

--Si lo sabe, nada le importa. El no piensa más que en política; ni en

aquella cabeza hay la discreción y la astucia que tú necesitas para

salir de aquí. En aquel corazón no caben más que las desenfrenadas y

vulgares pasiones del pueblo, capaces tal vez de un hecho notable, pero

inútiles para consolar á un ser débil y delicado.

--Sí, él me salvará: yo lo sé--repitió Clara un poco menos asustada y

más triste.--No, no lo esperes.

--Sí, lo espero. ¿Por qué no lo he de esperar? ¿Por qué me dice usted

eso? ¿Qué sabe usted lo que él puede hacer por mi?

--¿Pero es posible que le quieras tanto?--dijo Bozmediano, que no creía

encontrar tanta firmeza.

--Sí, le quiero. Pero usted, ¿á qué me pregunta esas cosas?

--Lo pregunto por saberlo--dijo con mucha calma el militar.--Ahora

repito que tú no sospechas de qué acciones soy yo capaz. ¿Creerás que es

posible, si me pruebas que le quieres tanto, que yo le comprenda en esta

protección generosa que te consagro, y me interese por los dos tanto

como ahora me intereso por ti? Pero falta una condición para esto. Dudo

mucho que él te quiera como tú mereces, y si es como yo sospecho, le

creeré un hombre indigno y le apartaré de ti cuanto pueda. Le saqué de

la cárcel para probarte que procedo en estas cosas, como en todo, con

buena fe y caballerosidad. Cuando te vi por primera vez, y comprendí lo

que era tu vida, la poca esperanza de tu porvenir y la bondad de tu

corazón, me dió tanta lástima, que ... no sé ... casi te amé desde aquel

momento como ahora. Para mí fué entonces el amor tan poco egoísta, que

no entraba para nada mi persona en las cavilaciones que día y noche

ocupaban mi imaginación. Después supe que existía, un joven á quien tú

querías mucho; supe que este joven estaba preso y le puse en libertad

por ti y para ti. Nunca tuve intención de apartaros á los dos; al

contrario, mi deseo era uniros si él lo merecía. Pues bien: yo me he

convencido de que él no merece tal cosa y es indigno de ti. Clara no

supo qué contestar á estas palabras. Y á la verdad que no era fácil

conocer si tan elocuente expansión de bondad y afecto era verdadera ó

simplemente un ardid galante de los que también usan los seductores.

--Sí; pero entre tanto--dijo la muchacha,--usted me compromete; usted me

pierde para siempre. Si viene alguno de la casa y lo ve, ó descubre que

ha entrado aquí....

--Nadie lo puede descubrir.... ¿Pero es cierto, Clara que quieres

tanto á ese muchacho?--dijo Bozmediano, queriendo imprimir á sus

palabras cierto tono de jovialidad, que estaba muy lejos de tener en

aquel momento.

El joven galanteador había errado el tiro; el aventurero de amor creyó

que había deslumbrado á Clara con la conversación de sus dos primeras

visitas. "Y era que tenía muy alta idea de sus propias dotes personales

para dudar de que una muchacha sencilla, educada por un fanático, y sin

conocer otras pasiones que las vulgares inclinaciones de aldea, pudiera

resistir á ellas. Creyó asimismo que el hecho de poner en libertad al

que podía considerar como rival, influiría mucho en el ánimo de la

huérfana. El había empleado otras veces con mucho éxito procedimientos

parecidos. Además, Lázaro le había parecido algo brusco, poco amable,

poco digno de ser amado, poco interesante."

--Sí--contestó Clara,--le quiero. Se lo juro á usted, que dice que me

tiene amistad.--¿Y le quiere usted mucho?--Mucho. Vaya, ahora se puede

usted marchar. El militar se quedó muy pensativo. Vióse un poco ridículo

en aquella situación; pero siempre triunfaba de su amor propio la bondad

de su corazón. En aquel momento pensaba en renunciar por completo á todo

y tratar por cualquier medio de contribuir á la felicidad de los dos

muchachos.

--¿Pero no se marcha usted?--dijo Clara, volviendo á su inquietud.

--Sí, me marcho ya. Pero ... no--añadió con determinación,--no puedo

consentir que te quedes en este sepulcro. Me parece que si te dejo aquí

no he de verte más. Pero ese hombre, ese exaltado, ¿en qué piensa? ¿qué

hace? ¿cómo tiene alma para verte en poder de esas arpías, y no pegar

fuego á esta casa maldita?

--El me quiere--dijo Clara, resuelta á decir todo lo que pudiera

determinarle á marcharse.

--No: te dejará morir de hastío en esta cárcel. Lo sé; conozco bien

á ese loco.

--¡Oh! se interesa por mí: estoy segura de ello.--¿Nada más que eso? ¡Se

interesa!--Padece mucho al verme así--exclamó Clara con dolor.

--¡Oh! Las tres pécoras de esta casa me la han de pagar. ¿Pero es cierto

que te mortifican?

--¡Oh! me consumo--dijo Clara sin poder contener una triste franqueza.

--¡Malditas! ¿Pero ese hombre, qué hace?

--Hará mucho, hará lo que pueda. Es pobre....

--¡Pobre!--dijo él muy pensativo.--¿Y qué esperas de una persona que

sólo podrá hacerte más infeliz? ¡Oh, juro que si ese joven no te

corresponde, me la ha de pagar! Bozmediano se levantó. En aquel momento

la palidez de Clara aumentó súbitamente, porque creyó que sentía abrir

la puerta de la escalera; pero Claudio la tranquilizó diciéndole que se

equivocaba.

--No temas nada--dijo prestando atención;--nadie puede venir.

--¿Pero á qué está usted aquí más tiempo?--dijo ella, repuesta del

susto.--¿No le he dicho ya lo que quería saber?

--Sí, y me voy. Ahora sí, me voy; pero es para volver.

--¿Otra vez?

--Sí: insisto en creer que no hay para ti más esperanza que yo. El

marcharme ahora no quiere decir que te abandone, no. Me voy para

ocuparme de ustedes; yo me enteraré de lo que vale ese muchacho. Si no

es digno de ti....

En este momento una voz apagada, trémula y conmovida pronunció

distintamente en el corredor la palabra "Clara".

La joven se quedó petrificada de espanto, y la mirada que dirigió á

Bozmediano hizo comprender á éste cuánto la había comprometido. El galán

creyó que el mejor partido que podía tomar era marcharse muy quedo,

seguro de que la persona que había dicho "Clara", con voz que no

conoció, no podía haberle sentido. Hizo señas á la huérfana de que

callara, y se dirigió rápidamente, y con mucha cautela, á la puerta por

donde había entrado. La joven no se movía, y sólo en sus facciones se

podía conocer su gran turbación.

Bozmediano salió. La voz dijo más fuertemente: "Clara, Clara, abre."

Era la voz de Lázaro. El sintió desde fuera que había un hombre en

el cuarto; sintió sus pasos al huir. Después oyó en lo más interior

de la casa ruido como de un mueble que cae, y corrió allá frenético

de indignación y sobresalto. Entró en el comedor, luego en un

pequeño pasillo que daba á un patio, subió la escalera que conducía

al piso segundo y á la buhardilla; pero al llegar arriba, ya

Bozmediano había desaparecido, y sólo pudo ver un bulto que se

ocultaba, cerrando vivamente una puerta desconocida. También le

pareció ver la figura diabólica del abate en el momento brevísimo en

que la puerta estuvo abierta.

--¡Bandidos!--gritó con voz terrible. Nunca, había sentido impresión tan

fuerte. Trató de derribar aquella puerta misteriosa; pero manos muy

fuertes lo impedían de la otra parte. Bajó como un loco, volvió al

comedor, entró en la alcoba de la devota por donde mismo había entrado

Bozmediano, y pasó al cuarto donde estaba Clara. Encontróla temblando,

con los ojos llenos de lágrimas.

Cuando le vió entrar, la infeliz dijo, casi sin poder articular

las palabras:

--¡Ah! Lázaro, Lázaro, oye ... te diré ... espera. Pero la voz se le

anudó en la garganta, y no pudo hacer otra cosa que llorar como un niño.

--¿Qué me vas á decir? Calla--exclamó Lázaro con voz colérica.--Calla, y

no hables más delante de gentes. ¿Aquí quién estaba...? ¡Ese militar...!

¿Pero es cierto lo que dicen...? Yo no lo había querido creer,

aunque lo creían todos. Clara, Clara, ¿qué ha sido de ti, qué has hecho?

¡Yo no lo quería creer! Si todos los santos del Cielo me lo hubieran

jurado hace un mes, les hubiera dicho que mentían. Pero ya lo he visto,

ya lo he visto.

La huérfana lloraba como si fuera culpable ... Por fin pudo decir:

--Por Dios, escúchame. Yo te contaré.--¿Qué me vas á contar?--dijo él

más colérico.--Pero si voy á matar á ese hombre ... ¡Oh! Clara--añadió

transformando su ira en intenso dolor.--¿Cómo has podido tú ...? Yo estoy

loco, sin duda. Lo que he visto es una locura.

--No ... yo te explicaré--le dijo ella recobrando su valor.--Ese hombre,

yo no lo conozco ... Un día entró en casa ... me dijo....

--No me hables, no me mires ... Todo lo he sabido. ¿Por qué mi tío te

puso en esta casa? ¿Qué hiciste allá? ¿Por qué estas señoras te tienen

encerrada y sin ver á nadie? ¿Qué has hecho? No te puedes disculpar, no.

Soy un necio si hago caso de las disculpas que me vas á dar. Bastantes

pruebas he tenido. ¡Y fuí tan ciego que nada quise creer! ... Nada más

debo decirte ... ¿Por qué te he conocido? Mía es la culpa; no tengo

derecho para acusarte. Eres libre. Adiós.

Y salió muy á prisa sin esperar respuesta. Salió como un demente, y dió

muchas vueltas por la casa sin saber á dónde iba. Si en aquel momento

se le hubiera presentado su tío, reprendiéndole con su impertinencia

acostumbrada, Lázaro le hubiera atropellado, le hubiera maltratado,

hiriéndole tal vez. Al fin llegó á la puerta, trató de recobrar su

serenidad, abrió y bajó. Una vez en la calle, sintió el corazón tan

oprimido, que le fué imposible dejar de llorar.

Pero no le faltó calma hasta el punto de olvidar que las viejas le

esperaban, y que su ausencia podía aumentar la gravedad de aquella

aventura. Dirigióse á la calle de San Mateo, procurando por el camino

dominar su agitación y disimular todo lo posible. Después de atravesar

varias calles sin acertar con lo que buscaba, llegó á la casa de los

Entrambasaguas. Felizmente aun duraba la procesión. Entró en la casa,

subió y halló á Salomé en extremo impaciente, mientras María de la Paz

se hallaba en un estado de irascibilidad terrible.

--Ha tardado usted más de una hora: ¿dónde ha ido usted?--exclamó

mirando al joven con recelo.

--Señora ... señora ...--dijo Lázaro balbuciente,--no he podido ... Se

ha agolpado la gente en la calle ... y me he encontrado entre la

multitud sin poder volver. Después una mujer cogió el ridículo y echó á

correr por esas calles. Ya se ve: tuve que seguir tras ella, y casi no

la alcanzo.

--Vamos, caballerito ... Si ha estado despejada la calle desde

hace una hora.

Salomé se apoderó de la prenda que creía perdida, y registró á ver si

faltaba algo.

--Sin duda se ha ido á perorar á algún club--dijo cuando vió que nada

faltaba y que lo era imposible reprender á Lázaro por otro motivo.

--¡Hombre, hombre!--dijo Entrambasaguas:--¿también tú charlas en los

_clubes_? Eso es una iniquidad: mira que te condenas.

La devota no dijo nada: pudo su admirable instinto, que recientemente

había adquirido extraordinaria fuerza, comprender que á Lázaro le había

pasado algo durante su ausencia. No llegó á sospechar lo que fué, ni

dónde fué; pero pensó mucho en aquello, mientras las últimas figuras de

la procesión desfilaren por la calle.

--¡Ay! vámonos, que es tarde--exclamó María de la Paz.

--¿Ya se van ustedes?--dijo el clérigo, que no veía la hora de que se

marcharan, porque desde la cocina llegaban á sus narices los olores de

la olla de carnero que le estaban preparando.

--Mi señor don Silvestre--dijo Paz,--no podemos detenernos, porque

ahora no somos libres. Nos hemos echado encima una carga muy pesada: la

tutela y educación de una joven que nos dará muchos disgustos.

--¿Qué es eso?

--Es una joven desamparada--continuó Paz,--que estaba en casa de un

amigo nuestro, soltero grave, el cual no podía sufrir sus

travesuras. Parece que ella es algo levantada de cascos; y viendo

que no la podía sujetar, nos la entregó para que la corrigiéramos

... Todo por amor de Dios.

--¿Y les da á ustedes disgustos?--preguntó con oficiosidad la hermana de

don Silvestre Entrambasaguas.

--Todavía--contestó Paz,--la verdad sea dicha, no se ha portado mal;

pero yo nunca me equivoco, y cuando á mí se me fija una persona aquí ...

(y señaló la frente) y aquélla me parece que es una buena pieza.

Lázaro oyó esta apología de su infeliz amiga con toda la atención de que

era capaz. Pero no se agitó más de lo que estaba, porque era imposible.

--¿Qué tienes, Paula? dijo Paz á la devota, que estaba muy pálida y con

muestras muy claras de no encontrarse bien.

En efecto: todos la miraron, y notaron en ella las señales de un

malestar creciente. Tenía los ojos encendidos y el aliento penoso.

--Nada--dijo la devota, queriendo animarse.

--Sin duda se ha constipado en el balcón.

--Sí: corre esta tarde un airecillo, que ya, ya ...--indicó el

clérigo;--pero váyase usted á su casa, y abrigándose bien....

--Eso no será nada--dijo doña Petronila Entrambasaguas, que estaba muy

impaciente, porque ciertos olores, venidos en mensaje de la cocina, le

anunciaban que el carnero se estaba quemando á toda prisa.

Las damas se dirigieron á la puerta. El clérigo se dió un golpe en la

frente como quien recuerda una cosa importante, y dijo á doña Paulita:

--¡Ah! señora mía, si tuviera usted la bondad de hacerme un favor....

--¿Qué, señor don Silvestre?

--Que se dignara usted repasar un sermón que he escrito y voy á predicar

en San Antonio el 17 de Enero. Usted que es gran teóloga, y muchas veces

me ha dado su opinión sobre otros grandes sermones míos, deseo que vea

ahora éste.

--Yo no entiendo de eso--replicó la santa con repugnancia.

--Sí entiende--dijo Paz complacida.

--¡Qué modestia!--exclamó Entrambasaguas.--La santidad unida al talento.

Pero yo sé, aunque usted quiera ocultarlo, que es una gran teóloga. Si á

veces la he estado oyendo con la boca abierta, como si oyera á todos los

Padres de la Iglesia....

--Deje usted eso--murmuró la devota con visible disgusto.--Yo no

entiendo de esas cosas.

--Es sobre el tema de la tentación quinta de San Antón. Bien sabe

usted aquello, cuando el demonio se le presentó en figura de ... de

muchacha, pues....

Y corrió presuroso á su gaveta, cogió un legajo y se lo entregó á doña

Paulita, que lo tomó del peor humor del mundo. Cayósele de la mano,

recogiólo con presteza el predicador, y se lo volvió á dar diciéndole:

--¿Pero está usted mala de veras? Veo que no puede usted tenerse en pie.

Le tengo dicho que es bueno hasta cierto punto el ayuno, y nada más ...

y usted siempre en sus trece....

--Esta niña, con sus ayunos y sus penitencias...--dijo María de la Paz.

--¿Quiere usted una taza de caldo?--preguntó el clérigo; y se

interrumpió antes de concluir, porque su hermana, con tanta presteza

como disimulo, le tiró del manteo, indicándole la indiscreción de la

oferta que acababa de hacer.

--Gracias, no es preciso: esto no es nada.

--Recójase usted temprano--dijo la gorda.--No le conviene á usted tomar

ahora caldo ni cosa ninguna. A casa. Y poniéndole la mano en la frente,

continuó:--Tiene usted mucha fiebre: á casa pronto.

La comitiva salió. El clérigo cogió el velón en sus robustas manos, y

alumbró la escalera. Cuando ya estaban abajo, Entrambasaguas gritó

desde arriba:

--Fíjese usted, señora doña Paula, en aquel pasaje que

dice: "Cuando en diluvio de soles con corpulenta, corpórea efigie al

mundo vino...." Por aquello de _corpus corporum in corpore uno_....

Fíjese usted bien en este pasaje, que tengo algunas dudas

sobre si....

Doña Paulita no contestó ni miró siquiera al ramplón Gerundiano.

Salieran á la calle, y Lázaro estaba tan enfrascado en sus pensamientos,

que empezó á andar, dejando atrás á las dos señoras.

--¡Eh! caballerito--dijo Salomé, que estaba muy biliosa aquella

tarde,--¿qué manera de portarse es esa? ¿Nos deja solas en medio

de la calle?

--¡Oh! qué caballero tan cumplido hemos traído--dijo Paz, cuyo

temperamento sanguíneo tenía aquella tarde, sin causa conocida, una

irritabilidad inusitada.

La Fontana de Oro · 第 34 / 52 题