#El ridículo.#
Era don Silvestre un clérigo carilleno, bien cebado, grasiento, avaro,
de carácter jovial, algo tonto, mal teólogo y predicador tan campanudo
como hueco. Su hermana era una dueña quintañona, gruesa y muy pequeña,
con la nariz del tamaño de una almendra y del color de un tomate,
abultadísimo el pecho, y el talle y las caderas tan voluminosas que le
daban el aspecto de un barril. Las tres ruinas aristocráticas no
hubieran nunca descendido en sus buenos tiempos á tratarse con aquel par
de personas de baja extracción (porque eran hijos de un tocinero de
Almendralejo, y él cuidó cerdos en las dehesas de Badajoz hasta que
entró en el Seminario); pero en los tiempos de decadencia podían
visitarse y tratarse, aunque siempre con cierto decoro, y estableciendo
tácitamente la diferencia de las antiguas jerarquías. Se habían conocido
en el locutorio de las Góngoras, en cuyo convento existía una monja
perteneciente al linaje de los Entrambasaguas. La amistad de las
Porreñas y don Silvestre y su hermana llevaba ya cuatro años de mutuas
cortesías, de mutuas fórmulas urbanas y de confianzas decorosas.
Tomaron asiento las tres, y enteraron á sus amigos de quién era aquel
joven que _decorosamente_ las acompañaba. María de la Paz, en su afán de
decirlo todo, expuso, con su lucidez acostumbrada, que aquel caballerito
había estado en el camino de la perdición á causa de las malas
compañías; pero añadió que ellas le protegían, y esperaban lograr
traerlo al buen camino.
--¿De dónde eres, muchacho?--dijo el padre, que era muy brusco, muy
francote, y trataba de _tú_ á todo el mundo.
--De Ateca, en Aragón.
--¿Ateca? ¡Buena tierra! ¡Buenos torreznos! ¡Buena fruta!... ¿Y no
estudias, hombre, no estudias?
--Sí, señor: estudio para abogado.
--¡Bueno está eso!--dijo el clérigo con risa brutal. ¡Abogado! ¿De qué
sirve eso? ¿Por qué no estudias Teología y Cánones?
--Algo de eso estudié en Zaragoza.
--¡Zaragoza! ¡Buena tierra! Buen carnero, buen lomo; pero no como en mi
tierra, en Extremadura ... porque yo soy extremeño. Dime, ¿por qué no
has estudiado para cura?
--Porque no tengo vocación para esa carrera.
Doña Paz hizo un gesto de sorpresa y reprobación, como si el joven
hubiera dicho una gran irreverencia. Después, acumulando en su rostro
todos los rasgos de desdén y acritud de su gran repertorio, dijo:
--¡Ah! señor don Silvestre, con mucha razón le sorprenden á usted los
despropósitos de este joven; pero no tiene usted en cuenta que ha
vivido hasta hace poco en el más lamentable extravío. Ya se corregirá;
hay una persona que ha tomado á cargo su educación, y creemos que
logrará el intento.
--¡Que no tenía vocación!--exclamó Entrambasaguas con voz de
trueno:--eso es una irreverencia.
El estudiante bajó los ojos aturdido ó indignado. Después miró como
único consuelo á la devota, por ver si, como otras veces, salía á
defenderle; pero la devota, que miraba también con atención
contemplativa, pensaba en otra cosa que en defenderlo.
--Mi señora doña Paulita--dijo el clérigo dirigiéndose á la _rosa
mística,_--¿sabe usted que he leído el libro _De albigensium
erroribus_, y estoy conforme con lo que dice el Padre Paravicino, que
_pietas in pietate contra ecclesia nulla contemnere pios?_ ¿Qué le
parece á usted esta opinión? Porque _a doemonio numquam salus
inveniatur_. Vamos, diga usted que es gran teóloga.
Paulita no contestó; y otro menos bruto que el Padre Silvestre
hubiera comprendido que aquella extemporánea consulta teológica la
contrariaba mucho en tal momento. El instinto femenino se sublevó
allí contra toda la unción consuetudinaria de la santa. No contestó,
y ¡cosa singular! la que siempre se había ruborizado cuando en
presencia de los curas le hablaban de cosas mundanas, se ruborizaba
ahora porque la hablaban de Teología.
--Yo no sé ... yo no entiendo ... yo no he leído ese libro--contestó al
fin, viendo que el majadero de Entrambasaguas repitió su pregunta,
adornada con dos ó tres festones más de latín.
--¿Pues no me lo recomendó usted aquel día que hablamos en el
locutorio de las monjas con el obispo de Calahorra, cuando dijo usted
aquello de San Dionisio Areopagita, que empieza ...? ¿A ver cómo
empieza? ¿No se acuerda?
--Yo no--dijo la devota, muy colorada y muy inquieta, por no hallar
pretexto para mudar de conversación.
--¿Pero no me recomendó usted ese libro _De albigensium erroribus?_ Si
me dijo usted que era lo mejor que se había escrito ...--insistió el
majagranzas del clérigo.
Un rumor popular y el áspero tañido de los fagotes vinieron á sacar de
apuros á nuestra amiga anunciando la procesión. Se dispuso ocupar
inmediatamente los dos balcones: en uno se colocó el clérigo con María
de la Paz y Salomé; en otro se colocó la gorda, doña Paulita y Lázaro.
Un enorme tiesto, donde crecía con extraordinaria lozanía una adelfa,
estorbaba la comodidad de estas tres personas. La gorda estaba en medio,
y era imposible acomodarse con holgura á causa de doña Petronila y de la
adelfa. Pero al fin, después de mil cumplimientos, la devota se encontró
en medio, teniendo á la derecha á Lázaro y á la hermana del clérigo á la
izquierda.
La procesión empezó á desfilar. El clérigo hablaba por los seis, y
hablaba tan fuerte, que los transeúntes se quedaban mirando á los
balcones. Algunos de los curiosos notaron en el rostro de doña Paulita
una muy grande agitación, y el autor de este libro, que era uno de los
que pasaban, notó con sorpresa (porqué conocía de oídas su carácter) que
entre la frente de la dama y los cabellos del joven, no había otra cosa
que algunas hojas y una flor de la adelfa criada en el balcón. Lázaro no
atendía al gentío ni á los santos ni á nada. El despecho por encontrarse
allí mal de su grado le ocupaba todo.
En el otro balcón hacía don Silvestre detallado relato de las cofradías,
pendones, estandartes, imágenes y corporaciones que iban desfilando.
Salomé ostentaba en su muñeca el ridículo, que caía sobre el antepecho
del balcón, ofreciendo al asombro del numeroso público los vivos colores
de sus mostacillas azules y de sus lentejuelas doradas. Era el tal
ridículo primorosa obra, en cuya elaboración tomaron parte las delicadas
manos de su dueña; obra del siglo pasado y del año 94, en que la dama lo
lució en los paseos de la Florida los días de invierno, con gran
aceptación de la juventud de entonces. Salomé profesaba mucho cariño á
aquella prenda, porque le parecía que al ceñirla á su muñeca llevaba
consigo un amuleto de perpetua juventud.
--Se te va á caer--le dijo su tía, viendo cómo se balanceaba la prenda
sobre el antepecho del balcón.
--No se cae--dijo Salomé, que gustaba mucho de lucir en las grandes
solemnidades aquel mueble hereditario, y creía que desde la calle hacía
un efecto magnífico.
La ordenada turba de monagos, clérigos, cofrades, archicofrades y
penitentes seguía desfilando. La gorda y su hermano se hacían lenguas
cada vez que pasaba un estandarte, una cruz. El codo de Lázaro tocaba el
codo de la devota, y ésta tenía cruzadas las manos, y la cabeza
inclinada á un lado, porque sin duda le halagaba el suave roce de las
adelfas. Después se pasó la mano por los ojos como si se apartara un
velo imaginario.
Cuando la procesión estaba en su lleno, digámoslo así, un grito
resonó en el balcón inmediato. ¡Oh dolor! El ridículo de Salomé había
caído á la calle.
--¡Y está en él la llave de la casal--dijo Paz con terror.
Lázaro no necesitó oír más; su determinación fué rapidísima. Se quitó
del balcón, y dijo vivamente:
--Voy á buscarlo.
El ridículo cayó sobre las cabezas de los transeúntes; pasó de mano en
mano, y fué arrastrado por la multitud do tal modo, que un momento
después de caído estaba á gran distancia. Lázaro, que vió esto, bajó
rápidamente, llegó á la calle y atravesó, con mucho trabajo, por entre
la multitud. Su determinación era decisiva.
--¡Qué feliz coincidencial--decía para sí.--Allí está la llave: la tomo,
corro á la casa, abro; el viejo debe estar arriba durmiendo la siesta:
entro, la veo, la hablo, la digo ... qué sé yo lo que le voy á decir ...
y me vuelvo á escape. Si las viejas sospechan, inventaré cualquier
mentira. No hay más remedio.
Al fin llegó jadeando y con mucha fatiga al extraviado ridículo. Lo
tenía una mujer que lo estaba registrando, y viendo, que no contenía
cosa de valor, no parecía mostrar gran empeño en conservarlo. Lázaro lo
tomó. El oleaje del gentío le había llevado á gran distancia de la casa
de Entrambasaguas. Desde el balcón no podían verle. No dudó más, y echó
á correr por una de las calles transversales hacia la casa.
La ansiedad propia de la situación y la marcha precipitada le agitaron
de tal modo, que tuvo que detenerse para respirar. Por fin la vería sin
duda. Llegó á la casa, entró, subió la escalera; pero antes de
resolverse á abrir se detuvo, y necesitó apoyarse en la pared, porque la
agitación le había quitado las fuerzas. Pensó que ella se asustaría al
verle entrar tan descompuesto, al sentir abrir la puerta. Por fin, con
la mayor cautela, puso la llave en la cerradura, le dió vueltas y abrió
muy quedo. Entró, volvió á cerrar y dió algunos pasos. Era ya tarde: la
casa estaba obscura; no veía nada. Anduvo á tientas un rato. Al fin
distinguió los objetos, y siguió por el pasillo.
Silencio sepulcral reinaba en la casa. "Sin duda don Elías duerme
arriba"--pensó, y siguió andando hasta acercarse á la puerta del cuarto
donde Clara debía estar. "Para que no se asuste" pensó Lázaro, trémulo
de emoción, como quien va á cometer un crimen,--lo mejor será
acercarme á la puerta y llamarla muy quedito. "Así no se asustará."
Avanzó más, llegó á la puerta, y tomando aliento para pronunciar las
dos sílabas de aquel nombre que amaba tanto, se paró, y con voz baja y
conmovida dijo: "Clara."
Pero en el instante mismo en que pronunció esta palabra, se estremeció
de sorpresa y terror. Un frío intenso circuló por todo su cuerpo; toda
la sangre se le agolpó al corazón, que latía con violencia
desenfrenada, y quedó inmóvil como estatua junto á la puerta. En el
momento de pronunciar el nombre de Clara, había sentido dentro de la
habitación una voz de hombre, una voz de mujer y pasos precipitados.
Pronto veremos lo que hizo.