#Rosa mística.#
--Hoy no he rezado nada--decía la devota á Clara al día siguiente de la
entrada de Lázaro en casa de las Porreñas.
Estaban sentadas las dos en el sitio de costumbre. Doña Paulita tenía en
la mano nada menos que á San Juan Crisóstomo. Clara bordaba en un
pequeño telar. Su cara expresaba la más calmosa y profunda melancolía.
En cambio la otra parecía muy inquieta, contra su costumbre.
El observador hubiera visto moverse sus labios, deletreando en silencio
la lectura mística, mientras dirigía con súbita mirada los ojos hacia la
puerta, los tornaba en derredor, miraba á Clara sin fijeza, y, por
último, se quedaba con la vista fija en el espacio, como cuando nos
abandonamos á la contemplación de lo que no está junto á nosotros ni
donde estamos nosotros. A veces parecía prestar atención á algo que
pasaba fuera del cuarto; salía, se paraba en la puerta poniéndose en
escucha, volvía á entrar, se sentaba de nuevo, cogía el libro santo,
leía un poco, pasaba con la vista hojas enteras, miraba á Clara,
murmuraba un rezo, cerraba el _in folio_, lo volvía á abrir, y así
sucesivamente. Sin duda su espíritu vagaba sobre San Juan Crisóstomo,
sin penetrar, como de costumbre, en las entrañas de la teología.
--Clara--dijo después de meditar un momento,--Clara, ¿sabes que me
parece que el cuarto donde se ha puesto al sobrino del señor don Elías
es un poco estrecho?
--¿Estrecho?--dijo Clara, afectando indiferencia.--No: para un
hombre solo....
--¡Ah!--exclamó la devota.--¡Cómo se pervierte la juventud del día!
Porque un joven como ese, que parece tener buenos instintos ... ¿No?
--Sí--contestó la otra sin levantar la cabeza.
--¿Usted no le conocía antes?
Clara, que quería guardar la más absoluta reserva, se decidió á decir
una mentira. Se avergonzaba de una denegación; pero en aquellas
circunstancias y en aquella casa, la verdad no sólo la avergonzaba, sino
que le daba miedo. Así es que dijo:
--¿Yo? No....
--Es una lástima que se perviertan jóvenes así. ¡Ah! Pero no faltarán
buenas almas que oren por ellos y les ayuden á salir de la miseria. ¿No?
--Es verdad--contestó Clara.
--Y cuando se tiene buen fondo como ese joven, es cosa fácil. ¡Ah! Pero
usted me dijo que estuvo en el pueblo de donde es ese joven, ¿No estaba
él allí entonces?
Clara, que no tenía costumbre de mentir, se vió muy apurada con aquella
pregunta; pero evocando toda la poca malignidad de su carácter, se
dominó y mintió otra vez diciendo:
--No, no estaba.
--Y allí, ¿qué decían de él?--preguntó la devota, abriendo á San Juan
Crisóstomo.
--¿Qué decían?--contestó la huérfana, mirando la labor lo más de cerca
que le era posible.--Decían que era un joven muy leal, muy generoso, muy
bueno y de mucho talento.
--Sí, ya se conoce que es un joven de buenas prendas--dijo la de
Porreño, abriendo á San Juan Crisóstomo.--¿Y tiene padres?
--Tiene á su madre--contestó Clara, bajándose para recoger una cosa que
no se le había caído;--su madre, que es una cariñosa mujer, muy santa y
muy buena.
--Pues ya ... Bien se conoce que así había de ser--afirmó Paula,
hojeando al santo.--Me figuro que será una mujer excelente.
--Así es.
--Bien merece ese joven que se le proteja. Cuando el alma es buena ...
¿Quien no pecará alguna vez?
Al decir esto arqueó las cejas, miró el libro, hizo todos los esfuerzos
imaginables para leer medio renglón, y después de emplear cinco minutos
en tan importante tarea, volvió á hablar diciendo:
--¿No tiene ninguna hermana?
--No, señora.
--¡Oh!--exclamó Paulita, dejando definitivamente á San Juan
Crisóstomo;--me olvidaba de mi rezo. Hermana, con la conversación de
usted me he distraído. Vamos á rezar.
Pero en lugar de tomar el libro de oraciones, tomó un libro de Santa
Teresa, y lo abrió maquinalmente. Clara tomó el rosario, mientras la
devota empezó la salmodia con la vista fija en el libro y equivocándose
á cada momento. En lugar de decir un _Padre nuestro_ decía una _Salve_,
y se trastornó de tal modo el rezo, que al cabo de un momento se
encontraron perdidas en un laberinto sin saber en qué parte del rosario
se hallaban.
--¡Ah, qué cabeza la mía!-dijo la santa deteniéndose;--pero ¡ay! con la
conversación de usted me he distraído. Sigamos.
Pero en vez de pronunciar el _Pater noster_ fundamental, que es lo que
procedía para empezar de nuevo, clavó los ojos en el libro, y
maquinalmente leyó:
--De dos maneras de amor quiero yo ahora tratar: uno es espiritual,
porque ninguna cosa parece le toca la sensualidad ni la ternura de
nuestra naturaleza; otro es espiritual, y que junta con él nuestra
sensualidad y flaqueza ...--Qué distracción!-observó después.
Y apartó el libro con desdén, miró al techo y se estuvo quieta un buen
rato, sin dar señales de vivir en este mundo, permaneciendo tanto
tiempo inmóvil y con tal profundidad extasiada, que Clara se alarmó, y
tuvo al fin que decidirse á tirarle de la manga, con lo cual la devota
bajó del cielo.
--¡Ay, hermana!--dijo vivamente.--Usted no sabe rezar el rosario; déme
acá.
Y le quitó á Clara el rosario de las manos, lo tomó y empezó á contar
las cuentas una por una con tanta escrupulosidad, que empleó lo menos
diez minutos en tan difícil operación. Después rezó una Salve, á la que
contestó Clara con un _Pater noster_: las dos se miraron. Clara tembló,
porque creía que la devota la iba á reprender duramente, como de
costumbre, por su equivocación, pero ¿cuál fué su asombro al ver que la
santa desplegó suavemente los labios, se sonrió con una expansión
inefable, que nadie, absolutamente nadie, había observado jamás en
aquella casa, y acabó por reír con franqueza y desahogo, cosa fenomenal
y nunca vista en tan ejemplar mujer?
Pero Clara, aunque se sorprendió mucho, no dió importancia al hecho. La
otra se sonrojó ligeramente, y tomando de nuevo el libro de Santa
Teresa, dijo:
--Voy á ver si encuentro un pasaje que hay aquí recomendando la
penitencia. Hojeó el libro, y leyó.
--_Sostenedme con flores y acompañadme con manzanas, porque desfallezco
de mal de amores_. ¡Oh, qué lenguaje tan divino es éste para mi
propósito! ¿Cómo, esposa santa, mataos la suavidad? Porque, según he
sabido algunas veces, es tan excesiva, que deshace el alma de manera que
no parece ya la hay para vivir y pedir flores.--No, no es esto; á ver
esto otro--dijo hojeando más:--Es, pues, esta oración una centellica que
comienza el Señor á encender en el alma del verdadero amor suyo, y
quiere que el alma vaya entendiendo qué cosa es este amor con
regalo.--Vamos, tampoco es esto. No he de encontrar hoy el pasaje.
Sigamos, hermana, en nuestro rezo.
Empezó formalmente el rosario. Paula dijo un _Dios te salve_ el número
de veces necesario; pero al llegar al sitio del _Padre nuestro_, siguió
diciendo _Dios te salve_ hasta treinta veces, con tanta prisa, que no
esperaba á que la otra concluyera su _Santa María._ Clara contestaba
también muy á prisa para no quedarse atrás: así es que, por último,
apresurándose una y otra, resultaba que aquello parecía una apuesta de
velocidad en la pronunciación. Llegaron al fin sin aliento y muy
cansadas. Paulita tuvo necesidad de respirar el aire libre, abrió el
balcón y miró á la calle; hecho inusitado, cuya gravedad no comprendió
Clara tampoco.
--¡Ay, que he abierto el balcón!--exclamó, comprendiendo la atrocidad
que había cometido.--¡He abierto el balcón!
Y lo cerró con sobresalto, como una monja que hubiera sorprendido
abierta la reja del locutorio.
--Hermana--dijo después,--¿sabe usted que he decidido no ayunar mañana?
--Hará usted bien: es usted una santa; pero no ayune usted tanto,
señora: eso no es bueno.
--Tienes razón, Clarita, y yo creo que esto que tengo es causado por el
excesivo celo. Bien me decía el padre Silvestre que la piedad en demasía
es perjudicial, porque mata el cuerpo, sin el cual el alma no puede
tener fortaleza.
--Pero, ¿qué tiene usted?--preguntó Clara un poco alarmada.
--No estoy buena--dijo la mujer mística restregándose entrambos ojos,
como si los tuviera doloridos por la vigilia ó cansados de
mirar.--Siento un calor aquí dentro ... y una agitación ... Pero es del
ayuno, hermana; es del ayuno.
--Pues debe usted moderarse. Descanse unos días.
--Sí, lo haré, y esta semana no rezaré oración doble, como hasta aquí, y
suprimiré horas por la noche.
--Ya lo creo. ¿No es bastante rezar una vez? Si es usted una
perfecta santa.
--¿No le parece á usted que es bastante una vez?--preguntó Paula con
mucha, ansiedad.
--Sí; y debe usted tratar de reponerse.
--¿Cómo ha dicho usted, Clarita? ¿Reponerme? Veo que sabe usted dar muy
buenos consejos.
--Reponerse, sí ... Distraerse un poco.... Salir....
--¡Salir!--exclamó la mística tan asustada, que Clara se arrepintió del
consejo--¡Salir! y ¿á dónde?
--Pues ... quiero decir ... que usted debe procurar ... pues.... Cuando
se está mucho tiempo encerrada en la casa, la salud se quebranta ... así
es que ... siempre es bueno ... salir un poco....
--¡Clara!--dijo doña Paulita con la expresión de estupor y gravedad del
que hace un gran descubrimiento.--¿Sabe usted que su consejo es muy
sabio? No creí yo ... Es verdad. Eso ¿por qué ha de ser malo? Yo siento
ahora que tengo necesidad de ... salir, de andar, de respirar.... Sí,
es preciso.
Estaba inmutada. Parecía que en su espíritu y en su organismo se
verificaba una crisis muy transcendental. Toda ella se dilataba, como si
aquel día hubiera perdido de una vez la fuerza de concentración, la
ligadura interna que la comprimía desde el nacer. No podemos explicarnos
todavía nada de lo que por ella pasaba.
--Debe usted cuidarse, debe usted vivir--dijo Clara.
--Sí: debo cuidarme, debo vivir--repitió Paula en el tono de
estupefacción que emplea el que oye por vez primera la solución concisa
de un problema en que ha estado trabajando infructuosamente toda la
vida.--¡Debo vivir!
En aquel momento sus ojos miraban en derredor, asombrados, asustados,
con melancolía y vaguedad, como el que no ha visto nunca un horizonte y
lo ve por primera vez.
Pero de repente la dama se levantó agitada, se dirigió á su
reclinatorio, se arrodilló, abrió el libro de horas, inclinó el rostro
hacia él, ocultándolo entre las manos, y allí quedó sumergida en
profunda y concentrada meditación. Reposaba sin duda en el seno de Dios,
que tenía reservado á su santa el goce inefable de vagorosos y
celestiales deliquios.
Durante el éxtasis, ¿quién podrá saber lo que pasó en aquella cabeza?
Dios tan solo.