CAPÍTULO XXIV

#Rosa mística.#

--Hoy no he rezado nada--decía la devota á Clara al día siguiente de la

entrada de Lázaro en casa de las Porreñas.

Estaban sentadas las dos en el sitio de costumbre. Doña Paulita tenía en

la mano nada menos que á San Juan Crisóstomo. Clara bordaba en un

pequeño telar. Su cara expresaba la más calmosa y profunda melancolía.

En cambio la otra parecía muy inquieta, contra su costumbre.

El observador hubiera visto moverse sus labios, deletreando en silencio

la lectura mística, mientras dirigía con súbita mirada los ojos hacia la

puerta, los tornaba en derredor, miraba á Clara sin fijeza, y, por

último, se quedaba con la vista fija en el espacio, como cuando nos

abandonamos á la contemplación de lo que no está junto á nosotros ni

donde estamos nosotros. A veces parecía prestar atención á algo que

pasaba fuera del cuarto; salía, se paraba en la puerta poniéndose en

escucha, volvía á entrar, se sentaba de nuevo, cogía el libro santo,

leía un poco, pasaba con la vista hojas enteras, miraba á Clara,

murmuraba un rezo, cerraba el _in folio_, lo volvía á abrir, y así

sucesivamente. Sin duda su espíritu vagaba sobre San Juan Crisóstomo,

sin penetrar, como de costumbre, en las entrañas de la teología.

--Clara--dijo después de meditar un momento,--Clara, ¿sabes que me

parece que el cuarto donde se ha puesto al sobrino del señor don Elías

es un poco estrecho?

--¿Estrecho?--dijo Clara, afectando indiferencia.--No: para un

hombre solo....

--¡Ah!--exclamó la devota.--¡Cómo se pervierte la juventud del día!

Porque un joven como ese, que parece tener buenos instintos ... ¿No?

--Sí--contestó la otra sin levantar la cabeza.

--¿Usted no le conocía antes?

Clara, que quería guardar la más absoluta reserva, se decidió á decir

una mentira. Se avergonzaba de una denegación; pero en aquellas

circunstancias y en aquella casa, la verdad no sólo la avergonzaba, sino

que le daba miedo. Así es que dijo:

--¿Yo? No....

--Es una lástima que se perviertan jóvenes así. ¡Ah! Pero no faltarán

buenas almas que oren por ellos y les ayuden á salir de la miseria. ¿No?

--Es verdad--contestó Clara.

--Y cuando se tiene buen fondo como ese joven, es cosa fácil. ¡Ah! Pero

usted me dijo que estuvo en el pueblo de donde es ese joven, ¿No estaba

él allí entonces?

Clara, que no tenía costumbre de mentir, se vió muy apurada con aquella

pregunta; pero evocando toda la poca malignidad de su carácter, se

dominó y mintió otra vez diciendo:

--No, no estaba.

--Y allí, ¿qué decían de él?--preguntó la devota, abriendo á San Juan

Crisóstomo.

--¿Qué decían?--contestó la huérfana, mirando la labor lo más de cerca

que le era posible.--Decían que era un joven muy leal, muy generoso, muy

bueno y de mucho talento.

--Sí, ya se conoce que es un joven de buenas prendas--dijo la de

Porreño, abriendo á San Juan Crisóstomo.--¿Y tiene padres?

--Tiene á su madre--contestó Clara, bajándose para recoger una cosa que

no se le había caído;--su madre, que es una cariñosa mujer, muy santa y

muy buena.

--Pues ya ... Bien se conoce que así había de ser--afirmó Paula,

hojeando al santo.--Me figuro que será una mujer excelente.

--Así es.

--Bien merece ese joven que se le proteja. Cuando el alma es buena ...

¿Quien no pecará alguna vez?

Al decir esto arqueó las cejas, miró el libro, hizo todos los esfuerzos

imaginables para leer medio renglón, y después de emplear cinco minutos

en tan importante tarea, volvió á hablar diciendo:

--¿No tiene ninguna hermana?

--No, señora.

--¡Oh!--exclamó Paulita, dejando definitivamente á San Juan

Crisóstomo;--me olvidaba de mi rezo. Hermana, con la conversación de

usted me he distraído. Vamos á rezar.

Pero en lugar de tomar el libro de oraciones, tomó un libro de Santa

Teresa, y lo abrió maquinalmente. Clara tomó el rosario, mientras la

devota empezó la salmodia con la vista fija en el libro y equivocándose

á cada momento. En lugar de decir un _Padre nuestro_ decía una _Salve_,

y se trastornó de tal modo el rezo, que al cabo de un momento se

encontraron perdidas en un laberinto sin saber en qué parte del rosario

se hallaban.

--¡Ah, qué cabeza la mía!-dijo la santa deteniéndose;--pero ¡ay! con la

conversación de usted me he distraído. Sigamos.

Pero en vez de pronunciar el _Pater noster_ fundamental, que es lo que

procedía para empezar de nuevo, clavó los ojos en el libro, y

maquinalmente leyó:

--De dos maneras de amor quiero yo ahora tratar: uno es espiritual,

porque ninguna cosa parece le toca la sensualidad ni la ternura de

nuestra naturaleza; otro es espiritual, y que junta con él nuestra

sensualidad y flaqueza ...--Qué distracción!-observó después.

Y apartó el libro con desdén, miró al techo y se estuvo quieta un buen

rato, sin dar señales de vivir en este mundo, permaneciendo tanto

tiempo inmóvil y con tal profundidad extasiada, que Clara se alarmó, y

tuvo al fin que decidirse á tirarle de la manga, con lo cual la devota

bajó del cielo.

--¡Ay, hermana!--dijo vivamente.--Usted no sabe rezar el rosario; déme

acá.

Y le quitó á Clara el rosario de las manos, lo tomó y empezó á contar

las cuentas una por una con tanta escrupulosidad, que empleó lo menos

diez minutos en tan difícil operación. Después rezó una Salve, á la que

contestó Clara con un _Pater noster_: las dos se miraron. Clara tembló,

porque creía que la devota la iba á reprender duramente, como de

costumbre, por su equivocación, pero ¿cuál fué su asombro al ver que la

santa desplegó suavemente los labios, se sonrió con una expansión

inefable, que nadie, absolutamente nadie, había observado jamás en

aquella casa, y acabó por reír con franqueza y desahogo, cosa fenomenal

y nunca vista en tan ejemplar mujer?

Pero Clara, aunque se sorprendió mucho, no dió importancia al hecho. La

otra se sonrojó ligeramente, y tomando de nuevo el libro de Santa

Teresa, dijo:

--Voy á ver si encuentro un pasaje que hay aquí recomendando la

penitencia. Hojeó el libro, y leyó.

--_Sostenedme con flores y acompañadme con manzanas, porque desfallezco

de mal de amores_. ¡Oh, qué lenguaje tan divino es éste para mi

propósito! ¿Cómo, esposa santa, mataos la suavidad? Porque, según he

sabido algunas veces, es tan excesiva, que deshace el alma de manera que

no parece ya la hay para vivir y pedir flores.--No, no es esto; á ver

esto otro--dijo hojeando más:--Es, pues, esta oración una centellica que

comienza el Señor á encender en el alma del verdadero amor suyo, y

quiere que el alma vaya entendiendo qué cosa es este amor con

regalo.--Vamos, tampoco es esto. No he de encontrar hoy el pasaje.

Sigamos, hermana, en nuestro rezo.

Empezó formalmente el rosario. Paula dijo un _Dios te salve_ el número

de veces necesario; pero al llegar al sitio del _Padre nuestro_, siguió

diciendo _Dios te salve_ hasta treinta veces, con tanta prisa, que no

esperaba á que la otra concluyera su _Santa María._ Clara contestaba

también muy á prisa para no quedarse atrás: así es que, por último,

apresurándose una y otra, resultaba que aquello parecía una apuesta de

velocidad en la pronunciación. Llegaron al fin sin aliento y muy

cansadas. Paulita tuvo necesidad de respirar el aire libre, abrió el

balcón y miró á la calle; hecho inusitado, cuya gravedad no comprendió

Clara tampoco.

--¡Ay, que he abierto el balcón!--exclamó, comprendiendo la atrocidad

que había cometido.--¡He abierto el balcón!

Y lo cerró con sobresalto, como una monja que hubiera sorprendido

abierta la reja del locutorio.

--Hermana--dijo después,--¿sabe usted que he decidido no ayunar mañana?

--Hará usted bien: es usted una santa; pero no ayune usted tanto,

señora: eso no es bueno.

--Tienes razón, Clarita, y yo creo que esto que tengo es causado por el

excesivo celo. Bien me decía el padre Silvestre que la piedad en demasía

es perjudicial, porque mata el cuerpo, sin el cual el alma no puede

tener fortaleza.

--Pero, ¿qué tiene usted?--preguntó Clara un poco alarmada.

--No estoy buena--dijo la mujer mística restregándose entrambos ojos,

como si los tuviera doloridos por la vigilia ó cansados de

mirar.--Siento un calor aquí dentro ... y una agitación ... Pero es del

ayuno, hermana; es del ayuno.

--Pues debe usted moderarse. Descanse unos días.

--Sí, lo haré, y esta semana no rezaré oración doble, como hasta aquí, y

suprimiré horas por la noche.

--Ya lo creo. ¿No es bastante rezar una vez? Si es usted una

perfecta santa.

--¿No le parece á usted que es bastante una vez?--preguntó Paula con

mucha, ansiedad.

--Sí; y debe usted tratar de reponerse.

--¿Cómo ha dicho usted, Clarita? ¿Reponerme? Veo que sabe usted dar muy

buenos consejos.

--Reponerse, sí ... Distraerse un poco.... Salir....

--¡Salir!--exclamó la mística tan asustada, que Clara se arrepintió del

consejo--¡Salir! y ¿á dónde?

--Pues ... quiero decir ... que usted debe procurar ... pues.... Cuando

se está mucho tiempo encerrada en la casa, la salud se quebranta ... así

es que ... siempre es bueno ... salir un poco....

--¡Clara!--dijo doña Paulita con la expresión de estupor y gravedad del

que hace un gran descubrimiento.--¿Sabe usted que su consejo es muy

sabio? No creí yo ... Es verdad. Eso ¿por qué ha de ser malo? Yo siento

ahora que tengo necesidad de ... salir, de andar, de respirar.... Sí,

es preciso.

Estaba inmutada. Parecía que en su espíritu y en su organismo se

verificaba una crisis muy transcendental. Toda ella se dilataba, como si

aquel día hubiera perdido de una vez la fuerza de concentración, la

ligadura interna que la comprimía desde el nacer. No podemos explicarnos

todavía nada de lo que por ella pasaba.

--Debe usted cuidarse, debe usted vivir--dijo Clara.

--Sí: debo cuidarme, debo vivir--repitió Paula en el tono de

estupefacción que emplea el que oye por vez primera la solución concisa

de un problema en que ha estado trabajando infructuosamente toda la

vida.--¡Debo vivir!

En aquel momento sus ojos miraban en derredor, asombrados, asustados,

con melancolía y vaguedad, como el que no ha visto nunca un horizonte y

lo ve por primera vez.

Pero de repente la dama se levantó agitada, se dirigió á su

reclinatorio, se arrodilló, abrió el libro de horas, inclinó el rostro

hacia él, ocultándolo entre las manos, y allí quedó sumergida en

profunda y concentrada meditación. Reposaba sin duda en el seno de Dios,

que tenía reservado á su santa el goce inefable de vagorosos y

celestiales deliquios.

Durante el éxtasis, ¿quién podrá saber lo que pasó en aquella cabeza?

Dios tan solo.

La Fontana de Oro · 第 29 / 52 题