#La Inquisición.#
Cuando Coletilla, después de instalado en el piso segundo, manifestó á
las señoras la probabilidad de que su sobrino fuese á vivir con él,
Salomé se quedó un poco pensativa; pero María de la Paz dijo que no
había inconveniente, supuesto que el joven, bajo la vigilancia y tutela
de su tío, habría de tener el comedimiento y la dignidad que aquella
casa imponía á sus habitantes.
Lázaro, precedido por María de la Paz, entró en la sala. Lo primero que
vieron sus ojos fué á Clara, que estaba sentada junto á la devota y
cosía con la cabeza baja, sin atreverse á mirar á nadie. Vió su
turbación y su empeño en disimularla. Después miró á todos lados y vió á
su tío, respetuosamente sentado al lado de Salomé, cuyos reales estaban
plantados al extremo oriental de María de la Paz. Lázaro les vió á todos
inmóviles, como figuras de palo: todos le miraban, excepto Clara, la
cual insistía en acercar tanto los ojos á su labor, que era difícil
comprender cómo no se sacaba los ojos con la aguja.
Elías miró á Lázaro con asombro. Paz con asombro, Salomé con asombro,
todos con asombro, y él mismo llegó á creer que era un fantasma evocado,
el temeroso espectro del sobrino de Coletilla. Salomé le indicó una
silla con el dedo en que tenía las sortijas, y Paz le dijo con el
registro de voz más desdeñoso y augusto:
--Siéntese usted, caballerito.
Cuando el joven dijo "gracias, señora," su voz resonó débil y dolorida,
anunciando tanto sufrimiento y postración, que Clara no pudo menos de
alzar los ojos y mirarle con súbita impresión de interés. Le encontró
muy pálido y abatido; comprendió lo que el infeliz había pasado en
aquellos días, y necesitó todo el esfuerzo de que su alma valerosa era
capaz para no echarse á llorar como una tonta en presencia de aquellas
tres rígidas damas y del furibundo Coletilla.
--Ya estas señoras saben lo que has hecho al llegar á Madrid--dijo Elías
á su sobrino con mucha severidad. Paz y Salomé fruncieron el ceño para
que nadie pudiera poner en duda su indignación. Lázaro no contestó,
porque estaba muerto de vergüenza, y en aquel momento las dos damas le
parecían las dos personificaciones más perfectas de la justicia humana.
--¿Recuerdas lo que te dije cuando fuí á verte á la cárcel?
--Sí, señor: no lo he olvidado.
--Ahora vivo aquí, en casa de estas señoras que nos han ofrecido á mí y
á Clara un asilo.
--Sólo por usted, señor don Elías--dijo Salomé.
--Ya lo sé; sólo por mí--contestó el viejo.--Pero yo--continuó
dirigiéndose á Lázaro,--si te llamé estando en la otra casa, ahora no me
atrevo á darte hospitalidad porque....
--Señor don Elías--dijo Paz,--de lo de arriba puede usted disponer á su
antojo. Ya sabe usted lo que hemos convenido. Sólo lo hacemos por usted.
--Yo no puedo--prosiguió Elías, haciendo una gran reverencia,--yo no
puedo decir á este muchacho que se quede en esta casa. Su conducta ha
sido tan escandalosa, que no me atrevo....
--No hay falta, por grande que sea, que no pueda corregirse--dijo
Salomé, mirando con sublime protección al desdichado Lázaro, á quien
parecieron aquellas palabras el colmo de la generosidad.
--Efectivamente--dijo Paz en tono de enfática indulgencia.--Hay faltas
tan enormes, que por su misma enormidad necesitan indulgencia. Mi
opinión es que este caballerito debe quedarse con usted, señor don
Elías, porque si no, ¿qué va á ser de él?
Elías manifestó comprender.
--¿Qué va á ser de él si continúa abandonado y sin guía?--prosiguió la
dama.--Por lo que ha pasado podemos colegir lo que pasará. Sin el amparo
de una persona tan virtuosa y magnánima como usted, ¿qué será de este
caballerito, en quien han germinado las semillas de todas las malas
ideas del día?
--Yo creo que aún es tiempo, porque, aunque ha brotado la cizaña en esa
tierra malignamente fecunda, con un buen sistema de educación podrá ser
arrancada de raíz esa mala hierba, y aun expurgar y purificar la mala
tierra--dijo Salomé, que, desde el tiempo en que los poetas le dedicaban
madrigales, había conservado gran afición á las alegorías.
--¿Qué te parece, Paula?--dijo Paz, que creía á veces que en aquella
casa no podía emitirse palabra ni consejo de ningún valor, sin ser
refrenado por el _exequatur_ ortodoxo de la devota.
--Ella, que es una santa, dirá lo que se ha de hacer--exclamó Elías.
Mientras todos le pedían su opinión, la devota contemplaba el rostro del
estudiante, como si quisiera leer en él su delito. Expresión de lástima
afectuosa y aun de admiración ingenua brillaba en los ojos de doña
Paulita, que en aquel momento parecía manifestarse naturalmente. Pero en
cuanto advirtió que le pedían un consejo, recordó su misión, arqueó las
cejas, y dió al viento la metálica voz con estas palabras:
--¡Oh! ¿Qué hay que consultar sobre este punto? ¿Quién dice si se debe
perdonar al que ha faltado? ¿Quién hay tan poco cristiano que haga
semejante pregunta? ¡Perdonar! ¿Qué es grave la culpa? Mejor: Por lo
mismo necesita perdón y olvido. Y si fuera más delincuente más pronto la
perdonaría.
Paz y Salomé miraron á la par á don Elías para complacerse en leer en
sus ojos la admiración que había de causarle tanta sabiduría.
--¿Cómo me consultan ustedes eso?--continuó Paulita.--Digan dónde hay
pecadores para perdonarlos á todos. ¿Y os priváis de la alegría de
perdonar? No sólo digo á todos que le perdonen, sino también que le amen
como si nunca hubiera pecado. Acordaos del hijo pródigo. Hoy es día de
júbilo en esta casa, porque ha vuelto el delincuente, ha vuelto el que
se creía perdido para siempre. Voy á dar gracias á Dios por haberme
proporcionado el favor inefable de recibir en mi casa un delincuente
cargado de culpas, de poderle decir: "levántate y no vuelvas á pecar."
Era fácil conocer en la mirada de la santa que hablaba en aquel momento
con profunda verdad y gran convicción. El pecador se sintió conmovido de
gratitud. Clara no hubiera hablado con tanta elocuencia; pero de seguro
pensaba y decía interiormente cosas parecidas.
La devota se sonrió al concluir su homilía, acontecimiento rarísimo que
hubiera sorprendido á todos, si la preocupación de aquellos momentos
les hubiera permitido repararlo. El joven vió aquella sonrisa en la
boca de la que juzgaba santa (y lo era), y le pareció la cosa más
natural del mundo. Se sintió aligerado de un gran peso, respiró
tranquilo ante aquella profesión de bondad é indulgencia, y creyó
asistir al juicio supremo.
--Visto el admirable dictamen de esta santa--dijo Elías, porque es una
santa, Lázaro, entiéndelo bien, te quedarás conmigo; pero en
expectativa, en entredicho.
--No admito entredicho: perdón definitivo--dijo la devota.
--Bien: perdonado, pero sujeto á vigilancia. A pesar de la actitud
severa de las dos damas y de su tío, Lázaro experimentó cierto descanso
moral en aquella casa. Advirtió á Clara silenciosa y apartada: no alzaba
los ojos, no decía palabra.
Lázaro, siempre que miraba hacia aquel sitio, encontraba los ojos negros
de la devota fijos en él con tenaz atención.
La escena se hallaba dispuesta de este modo: Paz y Salomé estaban
sentadas en la actitud ceremoniosa que les era habitual. A la derecha
tenían á Elías, y Lázaro se hallaba frente á ellas en la postura de un
reo. Detrás de las dos viejas, Clara y la devota formaban otro grupo
junto á un pequeño velador que sostenía la lámpara, cuya débil luz
iluminaba aquel cuadro. El resplandor daba de lleno en el rostro del
joven: en la sombra quedaban Clara y la devota, y los ojos negros,
profundamente negros de ésta, brillaban en el fondo sombrío de la sala
con vivacidad felina. Las dos viejas, que volvían la espalda al segundo
grupo, no veían nada; pero Lázaro, que estaba de frente, notaba la
expresión atentamente curiosa y fascinadora de aquellos dos ojos, y se
preguntaba qué podía haber en su fisonomía y en su persona que pudiera
excitar la curiosidad infatigable de aquella señora.
Elías entre tanto no hubiera creído que aquel concilio ecuménico era
decoroso, sin hacer un pomposo elogio de las virtudes de los tres
venerandos restos de la ilustre familia de los Porreños.
--En verdad, señoras--dijo,--que no sé cómo agradecer tantas bondades.
No sé á qué debo yo, persona de tan humilde origen, el que usías me
traten con tanta benevolencia y me colmen de favores. ¿Qué he hecho?
¿Quién soy? ¡Ah! Usías son la bondad y nobleza misma. ¡Cómo se conocen
la alteza del origen y la excelencia de la sangre! ¡Ah! ¡Usías se han
puesto de ser redentoras de todos los que en torno mío me abruman á
penas, amargando mi vida! ¿Y qué sería de esa pobre niña sin el amparo
de usías, cuando las ideas del día han echado en su corazón tan
perniciosas raíces?
La devota dejó de mirar al recién venido y dijo:
--No me la riñan más, que bastante ha padecido. Lázaro advirtió que
Clara se estremecía, poniéndose roja como una amapola.
--No me la riñan más, que bastante la han reñido--añadió compungidamente
la devota.--Yo respondo de ella. Yo sé que tiene buen fondo, aunque al
exterior aparezcan los defectos de las pestilenciales ideas del siglo.
Yo sé que tiene buen fondo: ¿qué importan las faltas más graves, cuando
van seguidas del arrepentimiento?
Lázaro advirtió que Clara hizo un movimiento, como si tratara de
contradecir aquellas palabras; pero en su ceguera no supo ver, no supo
apreciar que en aquel instante el alma de su amiga pasaba por el más
duro trance de dolor y paciencia de que es capaz la naturaleza humana.
--Yo sé que se corregirá--continuó la devota.--¡No se ha de corregir!
Grandes pecadoras ha sido santas. Animo, amiga mía. Con la vista fija en
Dios, ¿qué se puede temer? Yo sé cómo se curan los males del espíritu, y
mi amiga Clara aparece ya bajo la benéfica influencia de una reacción
feliz. Perdonémosla también; yo respondo de que se corregirá.
A Lázaro le llenaron de confusión estas palabras. ¿Qué había hecho
Clara? Estuvo casi dispuesto á levantarse, acercarse á ella y decirle en
alta voz: "Clara, ¿qué has hecho?" La miró y la vió llorar; miró á
todos, buscando en aquellas caras de pergamino la solución de tan gran
misterio; pero ninguna le reveló la culpa de la muchacha, ni aun la cara
de la devota, que, después del sermón, volvió á fijar en él, desde el
fondo sombrío de la sala, el intenso rayo de su mirada escrutadora y
ansiosa, suficiente á turbar á otro menos tímido.