#¡Libre!#
Ante todo, Bozmediano, guiado por un sentimiento fácil de comprender,
resolvió firmemente hacer cuanto en su mano estuviera para poner en
libertad al pobre Lázaro. Servir al que podía considerar como su rival,
le parecía un acto que podía asegurarle la benevolencia de Clara; y esta
benevolencia, bien y astutamente dirigida, podía convertirse en amor. No
procedía éste como los amantes vulgares, en quienes la pasión no es más
que un egoísmo un poco espiritualizado. En Bozmediano los movimientos de
delicadeza y generosidad eran espontáneos y vehementes.
No le fué difícil conseguir lo que apetecía. El secretario del jefe
político, informado por la policía, le dijo que el preso era un
agitador, pagado por los amigos de la reacción; pero Claudio lo disculpó
cuanto pudo, diciendo que era un joven sin experiencia ni juicio; y al
fin, después de muchos empeños y recomendaciones, se dió la orden para
ponerle en libertad.
Bozmediano se dirigió á la Cárcel de Villa. Lázaro, después de la visita
de su tío, había caído en lúgubre abatimiento. Aquella fiebre angustiosa
que llenaba la imaginación de alucinaciones terribles, haciéndole sufrir
tan grandes tormentos, había degenerado en lento marasmo, en un letargo
moral que le embrutecía. Su inteligencia, tan viva y brillante en otras
ocasiones, estaba adormecida; y recostado en un rincón, con la vista
fija en el ángulo opuesto, sus ojos buscaban la obscuridad como único
descanso. El descuido, el abandono, la atonía y un sopor estúpido se
pintaban en su actitud.
Cuando le notificaron que estaba libre, tardó mucho en adquirir la
completa noción de aquel cambio. Rehaciéndose un poco, creyó que á su
tío debía semejante favor, con lo cual la persona de Elías ganó
momentáneamente su afecto. Pero al salir encontró á Bozmediano que le
saludó con mucha cortesía, repitiéndole que estaba libre y podía
retirarse á su casa.
Sintióse conmovido ante la generosidad desinteresada de aquella persona;
pero pronto empezaron las dudas y la confusión. ¿Quién era aquel joven?
¿Le había favorecido por generosidad ó por miras ocultas? No le conocía.
¿Por dónde sabía su nombre y que estaba preso?
Lázaro no pensó mucho en esto. Hablaron al salir, y le pareció que
Bozmediano era bueno y honrado, dispuesto á la amistad y á las buenas
acciones. Cuando marchaban juntos por la calle de Atocha, el aragonés
escuchaba las palabras de su desconocido favorecedor con la tranquila
atención de la inferioridad; admiraba sus maneras, su entendimiento, su
fisonomía, su modo de expresarse, y en aquel momento le pareció el más
cumplido caballero que había visto. Comprendió también que era un joven
distinguido, rico é influyente, y su admiración tuvo mucho de respeto.
--¿Pero á qué circunstancias debo este gran favor que usted me ha
hecho?--decía Lázaro.--Quiero saber cómo podré pagar....
Claudio, que quería eludir el verdadero motivo de aquel acto, divagó,
dando á Lázaro una porción de señas que aumentaron su confusión: le
habló de don Elías, de su pueblo, del club de Zaragoza, de la _Fontana_.
--En fin--dijo, decidido á salir del atolladero:--no quiero llevarme el
mérito de una acción que no debe usted agradecerme. Cada cosa en su
lugar. Yo le he puesto á usted en libertad, pero no he sido más que un
intermediario.
Lázaro comenzó á ver obscura la situación. Paráronse, y se miraron. La
sonrisa que en aquel momento se dibujó en los labios de Claudio, le
pareció al otro cosa de muy mal agüero, y empezó á bajar á su
favorecedor del alto pedestal en que le había puesto.
--Sí--continuó el militar:--no es á mí á quien debe usted este favor; es
á una persona que debe de querer á usted mucho, según las apariencias.
Lázaro iba á pronunciar el nombre de Clara; pero se contuvo, porque
multitud de pensamientos que se le agolparon á la imaginación, le
hicieron detener un buen rato fija la vista en el militar. Aquel tropel
de pensamientos fué una serie de rapidísimas nociones que se borraban
unas á otras, sucediéndose con precipitado vértigo. Ella le conocía, le
había visto; Bozmediano era una agradable persona: éste le había puesto
en libertad; ella se lo rogó tal vez; ella le tenía lástima; él quiso
complacerla. ¿A qué precio? ¿Con qué fin? ¿Desde cuando?...
Por fin el aragonés se atrevió á preguntar quién era la persona á quién
debía su libertad.
--Vamos--dijo Bozmediano con cierta vocecilla impertinente.--Bien sabe
usted lo que quiero decir. No es necesario pronunciar fu nombre. Es
natural que se haga usted el desentendido. Como halaga tanto su amor
propio el ser querido por persona de tanto mérito.... No sea usted
ingrato, joven, que ella no lo merece.
--No sé lo que quiere usted decir--manifestó Lázaro en el tono de un
examinado desaplicado que se hace repetir la pregunta por retardar la
contestación que no sabe.
Bozmediano habló más; pero vino á decir lo mismo. A Lázaro le parecía un
agravio inferido á Clara el publicar su afecto, el depositar tan honesta
y delicada confidencia en el conocimiento de un intruso, sí, porque
Bozmediano era un intruso, que se había metido á darle libertad sin que
nadie se lo pidiese.
--Bien sabe usted á quien aludo--dijo Claudio, dándole una palmada en el
hombro con llaneza y confianza;--pero como usted está tan orgulloso con
ser novio de esa joven, se da usted ese tono.
--¡Oh! no--replicó el sobrino de Coletilla avergonzado.--La verdad es
que no sé quién es esa persona que usted dice.
Bozmediano estrechó la mano del joven aragonés y le hizo muchos
ofrecimientos y protestas de amistad. El otro estaba tan aturdido, que
lo contestó mal y con poca cortesía.
--Sé dónde usted vive--dijo Claudio retirándose:--nos veremos. Y si no
en la _Fontana_, á donde voy con frecuencia.
Y se separó. Cuando estuvo á alguna distancia, Lázaro sintió impulsos de
correr hacia él para darle las gracias con mayor respeto; pero en él
luchaban el orgullo y los celos. Le dejó marchar sin decir nada.
Bozmediano iba diciendo entre sí con mucha satisfacción:
--Muy vulgar, muy vulgar....