#Bozmediano#.
Antes de dar á conocer en toda su extensión el coloquio de estos
personajes, conviene dar noticias de uno de ellos, ya harto conocido por
el lector. El militar que en el segundo capítulo de esta historia vimos
prestando auxilio á Coletilla y después introduciéndose furtivamente en
su casa, se llamaba don Claudio Bozmediano y Coello. Ya era tiempo de
decir su nombre. Tenía treinta y dos años, y servía en el ejército con
el grado de comandante. Su padre fué uno de los venerables legisladores
de Cádiz. Hombre de talento, de notoria probidad, de elevada cuna y
agradable presencia, había sido siempre muy amado de sus compatriotas. A
la vuelta del Rey fué perseguido como todos, y tuvo que emigrar. Pero
restablecido el sistema constitucional, el viejo Bozmediano volvió á
España y ocupó uno de los más elevados puestos en la política.
(Con el nombre de Bozmediano conoceremos en esta historia al hijo de
aquel varón ilustre, cuyo verdadero nombre no podemos usar en nuestro
relato por ser un personaje contemporáneo de memoria muy reciente.)
Bozmediano, padre, era liberal de corazón. Trataba al Rey, y es seguro
que hizo todo cuanto cabe en fuerza humana para dirigir por camino recto
la torcida voluntad de aquel soberano falaz y perverso. Era rico, y
jamás le movió el interés en asuntos políticos. El amor á su hijo y el
patriotismo eran dos sentimientos profundos que, enlazados y
confundidos, ocupaban todo su corazón.
Bozmediano, hijo, que es el que más conocemos, era un joven de
excelentes prendas; pero tenía un defecto que la edad disculpaba. Era
tan aficionado á las muchachas, que el galantearlas entretenía la
mayor parte de su vida, robando tal vez á la patria grandes servicios.
No era un libertino: las quería con toda la buena fe que el naciente
siglo XIX permitía; y aunque él aseguraba no haber encontrado la suya,
entreteníase con las demás esperando. Pero al fin, ó la había
encontrado, ó había hallado una que de fijo le entretendría más que
las otras.
Después que conoció á Clara, había perdido el reposo. No sólo la joven
aquélla, por sus cualidades y encantos personales, le interesaba
mucho, sino que en su vida había encontrado un misterio, para él
interesantísimo, por ofrecerle lo que siempre buscaba con más afán:
una aventura.
La aventura se presentaba singularmente dramática, excitando al mismo
tiempo el amor y la curiosidad de Claudio. La soledad de aquella
huérfana que vivía en compañía de un viejo excéntrico, la tristeza y
necesidad de desahogo que en ella había notado, eran causas bastantes
para estimular un espíritu menos impresionable y caballeresco. Su
intento, su gran aspiración, era descifrar el misterio de aquella casa,
y después salvar la encantadora y desdichada muchacha de la odiosa tutela
de su guardián.
--Hay varios medios de entrar en la casa--decía Carrascosa tomando el
brazo del militar:--paro hay uno que es excelente. Esas viejas tienen
un arrendatario que ahora debe venir á pagarles sus rentas, lo poco que
tienen. Lo sé por Elías. Estamos al aviso, le compramos, le hacemos
escribir una carta diciendo que está enfermo y que envía á su hijo con
el dinero; usted se disfrazará de labriego, entra en la casa, y una vez
allí, ¡cataplum! le ha dado un desmayo, un accidente terrible. No tienen
más remedio que dejarlo en la casa ... le meterán en un desván, y
durante la noche, cuando ellas duerman, se apoderará de la chica, y ...
á la calle.
--Calla, imbécil: eso no puede ser. No sé en qué comedia he visto eso,
que es muy bonito en el teatro; pero en la vida.... Yo quiero entrar en
mi traje habitual, con mi nombre ... pero es preciso un pretexto, porque
supongo que esas viejas serán la misma desconfianza.
--Armarán un escándalo y será tal el vocerío que se oirá en Jetafe. Es
preciso ir con tiento.
--Pero, hombre--dijo Bozmediano, que no tenía noticia de que
semejantes tipos existieran en el mundo,--¿qué gente es esa?... ¿Cuál
es su carácter, su vida, sus hábitos, qué hacen y por qué está ahí esa
pobre muchacha?
--Dichoso usted que no conoce á esas diablas de Porreño. Son los pájaros
más raros que hay en el mundo. Cuando tengo mal humor voy á reírme con
ellas, oyéndolas disparatar. Fueron ricas, pero han venido á menos; creo
que el día menos pensado se comerán unas á otras.
--¿Y en qué se ocupan?
En nada, mejor dicho, en rezar. Una de ellas es santa, y le aseguro á
usted que cuando se pone á hablar de sus santidades es cosa de morirse
de risa. ¡Y qué impertinentes son! Cuando les propuse lo de la
procesión, con objeto de sacar de allí á Clarita, se pusieron hechas
unos grifos. Ya me figuré yo que no consentirían; y en verdad, amigo,
que el proyecto que acaba de fracasar era atrevidillo.
--¿Y cómo ha venido aquí esa Clarita?
--Yo no sé: cosas de Elías.
--Hombre, hábleme usted de ese Elías. El día en que le conocí por
primera vez me parecía lo más raro del mundo. Ya había yo oído hablar de
Coletilla.
--Elías es un loco rematado, es realista; pero con un fanatismo que le
llevará hasta el martirio.
--¿Y quiere á esa joven?
--No sé: yo lo dudo. Coletilla no ama más que al Rey, mejor dicho, al
Príncipe real.
--Pues bien: á ver como me introduces en esa madriguera.
--Es preciso entrar de _ocultis_--dijo con la más maliciosa
sonrisa el abate.
--Y qué sacamos de eso?--contestó en el colmo de la confusión
Bozmediano.--Entro, por ejemplo, de noche: si alguna me ve, me creerá
ladrón, chillara, y entonces ... ¡bonita aventura! Además, Clara no está
prevenida, no tiene relaciones conmigo. ¿Qué voy yo á hacer allí? Yo
quiero introducirme sin que se sospeche nada, entablar amistad con ella.
--Tengo una idea--exclamó Gil golpeándose la frente.
--¿A ver?
--Usted va á entrar en un momento en que Clarita esté sola.
--¿Sola? Pues esos demonios, si salen alguna vez, ¿la dejarán allí?
--Sí.
--¿Y cuándo salen?
--Yo me encargo de averiguarlo y de arreglar eso.
--Explícate mejor.
--Lo primero que usted debe hacer, señor don Claudio es escribir una
carta á la niña. Yo también me encargo de eso.
--Bien: ellas salen; probablemente la dejarán encerrada, ¿Cómo entro yo?
¿Voy á estar descerrajando puertas?
--No, señor: usted entrará cómodamente y sin ruido.
--A ver como es eso, diablo de abate.
--¿Recuerda usted aquel vestido de abate que yo tenía allá por los
años 10 y 12?
--¿Qué he de recordar yo?--dijo Claudio, picado y curioso.
--Calma, amiguito--contestó don Gil, poniéndole la mano en el
pecho:--¿recuerda usted mi gorro y mis calcetas, un primor de costura
y de corte?
--¿Y qué tiene eso que ver con la...?
--Vamos allá. Pues ese traje, ese gorro, esas calcetas, me las hicieron
doña Nicolasa y doña Bibiana Remolinos, personas eminentes en el arte de
coser, á quienes tendré el gusto hoy mismo de presentar á usted.
--¿Pero qué jerga es esa? ¿Qué demonios tiene eso que ver con lo que
te pregunto?
--Usted no cae en la cuenta--contestó el socarrón del abate,--porque no
sabe que esas dos señoras viven en la misma buhardilla en que hace diez
años vivió la hija del herrero, Josefita Pandero, de quien anduvo tan
enamorado el conde de Valdés de la Plata: es decir, en el número 6 de
la calle de Belén. Yo anduve en el asunto.
--Ya recuerdo haberte oído contar algo de eso. ¿Pero qué tengo yo que
ver con Josefita Pandero ni con esas señoras Remolino...?
--Usted no comprende lo que quiero decir, porque no recuerda que el
conde de Valdés de la Plata, no pudiendo sonsacarle la niña al herrero,
que la guardaba como si no fuera mujer, alquiló la casa inmediata, y no
paró hasta abrir una comunicación que le permitió profanar el hogar de
aquel testarudo Vulcano.
--Ya....
--Pues ... mis amigas las costureras viven en el número 6, donde vivió
la hija del herrero, y mis amigas las Porreños viven en el 4, donde
vivió el conde de Valdés de la Plata; y en resumen, si una puerta,
hábilmente hecha, permitió á un caballero pasar del 4 al 6, también
abrirá paso del 6 al 4 untándoles las uñas á esas costurerillas, que,
dicho sea da paso y en honor de la verdad, tienen para el pespunte unas
manos que son una gloria.
--Ya comprendo. ¿Y esa puerta existe?
--¡Pues no ha de existir! Yo la he visto, yo respondo de todo: me
encargo de averiguar cuándo salen las arpías, de llevar la cartita y de
facilitar el paso....
--No es mala idea--dijo el militar--y, sobre todo, mala ó buena, yo la
he de llevar á cabo. ¿Y qué haremos para que esa lechuza de Coletilla no
nos estorbe?
--Coletilla no nos estorbará. De lo menos que él se ocupa es de la
muchacha, cuyo porvenir no le importa un comino. El no se ocupa más
que de....
--¿De conspirar, eh?
--Pues ya. Amigo don Claudio, Elías es hombre fuerte y tiene amistades
muy altas. Puede mucho, y así con su humildad y su melancolía es persona
que maneja los títeres. Le digo á usted que se va á armar una....
--¿Con que conspiran? Si conspiran los realistas, es seguro que tú
estarás con ellos, ¿no?
--Hombre, yo ...--contestó Gil maliciosamente--yo soy hombre de orden, y
nada más. Si ando con Elías y me trato con los suyos, es sólo por
enterarme de sus manejos, pues....
--Siempre el mismo truhán redomado: nadie como tú ha sabido navegar á
todos los vientos.
--Ya sabe usted, señor don Claudio--contestó Carrascosa--que me acusaron
de realista y me quitaron mi destino. ¿Yo qué iba á hacer? ¿Iba á
morirme de hambre?
Las ideas no dan de comer, amigo. Usted, que es rico, puede ser
liberal. Yo soy muy pobre para permitirme ese lujo.
--¡Solemne tunante!
--Lo que hago es estar al cabo de todo. ¿Quiere usted que acabe de ser
franco? Usted es buen amigo y buen caballero. Voy á ser franco. Pues
sepa usted que esto se lo va á llevar la trampa. Esto se viene al suelo,
y no tardará mucho. Se lo digo yo y bien puede creerme. Dice usted que
soy un solemne tunante. Bien: pues yo le digo á usted que es un tonto
rematado. Usted es de los que creen que esto va á seguir, y que va á
haber libertad, y Constitución, y todas esas majaderías. ¡Qué chasco se
van á llevar! Le repito que esto se lo lleva Barrabás, y si no,
acuérdese de mí.
--¿Ya empiezan las facciones, eh? Pues es cierto que les darán que
hacer, porque los liberales no se maman el dedo, amigo Carrascosa.
--¡Ah!--contestó el otro, riendo como un diablillo.--¿Que no se maman el
dedo? Ya verá usted lo que va á salir de aquí. Usted, Bozmediano,
arrímese á buen árbol.... Mire que se lo aconseja quien sabe lo que son
estas cosas.... Pero volvamos al otro asunto. En lo concerniente á
Clarita, voy á darle á usted un dato muy importante.
--A ver.
--Este Elías tenía un sobrino en Ateca. Clara estuvo allá hace unos
meses. El sobrino es joven, decidorcillo, medio galanteador....
¿Necesito decir más?
--Vamos, ya pareció aquello--dijo Bozmediano con mucho interés.--Apuesto
á que es su novio.
--Pues ganará usted. Yo estuve en Ateca en aquellos días, y supe que los
dos chicos se querían. Me parece que se quieren todavía.
--¡Hola, hola! ¿esas tenemos?--dijo Bozmediano amostazado--¿Y cómo hasta
ahora no me habías dado esa noticia?
--Porque hasta hoy no había sabido que ese chico llegó y está en Madrid.
--¿En Madrid?
--Sí; pero se las compuso de tal modo, que llegar aquí y ser metido en
la cárcel, fué todo uno.
--¿Pues qué hizo?
--Es muy aficionado á la política. Allá en Zaragoza hablaba mucho en
los clubs. El chico estaba envanecido; llegó á Madrid; sus amigotes
le llevaron á la _Fontana_; habló; á la mañana siguiente se mezcló
en el tumulto de la procesión del retrato de Riego: chilló en la
calle, alborotó, vino la policía, le echó mano y le llevó á la
cárcel, donde está.
--¿Y su tío no procura sacarlo?
--Usted no conoce á esa fiera. Su tío, al saber que el muchacho era
exaltado y que la echaba de orador, se puso hecho un veneno, fué á la
cárcel, le riñó de lo lindo, y ha roto con él, diciéndole que mientras
tenga aquellas ideas no parezca por su casa.
--Ese hombre es lo más excéntrico ...
--Sí, señor. Pero la pobre muchacha está seguramente pasando las
mayores amarguras, y tendrá el corazón tamañito al ver lo que le pasa á
su pobre amigo.
Bozmediano permaneció meditabundo algunos instantes. Después dijo con
mucha calma:
--Ya sé lo que tengo que hacer.
--¿Qué va usted á hacer?
--Todo lo posible para que pongan en libertad á ese joven. Estoy seguro
de que lo conseguiré.
--¡Hombre, pues es usted lo más raro! ... No se comprende dijo sonriendo
y con asombro don Gil.--¿Con que está usted haciendo el amor á la
chica, y le va á poner en libertad al novio? Si digo yo que usted es
tonto, don Claudio.
--No tengo duda alguna: le pongo en libertad. Veremos cómo ella lo toma.
Haremos que sepa que yo le he puesto en libertad, yo.
--Buena la va usted á hacer. Estos entes caballerescos son
incomprensibles. Ese muchacho será un estorbo más para nuestro plan,
para el escalamiento y ...
--No importa: allá veremos. Sobre lo demás, lo dicho, dicho ... La
carta, alejamiento de las arpías, la puerta del desván....
--Todo presto, todo arreglado. No hay más que hablar. Dios se la
depare buena.
Después de estas palabras se separaron. El ex-abate, al partir, se reía
con muy buenas ganas del joven militar, á quien quería servir llevado de
miras ulteriores, esperando un ventajoso arrimo en aquella situación
política. El otro se dirigió á su casa, pensando á la vez en la
repugnante astucia de don Gil y en los peligros de su aventura.
El ardid amoroso que pensaba emplear Bozmediano era cosa muy común á
principios del presente siglo, en que se conservaba aún la rigidez de
los principios domésticos que habían hecho en tiempos anteriores una
fortaleza de cada hogar.
En el siglo XVII, cuando nuestra nacionalidad vigorosa, original y
profundamente característica, no había recibido influjo extranjero, los
españoles se componían de otro modo: iban á su objeto por medios más
violentos, más decididos, más románticos, que indicaban antes la pasión
que la intriga; más bien la resuelta actitud del valor que el ingenioso
intento de la astucia. Aquél fué el siglo de los raptos del convento,
de las escaladas por el jardín, de las fugas, de los atropellos, de los
sublimes atrevimientos. Entonces hubo un galán, según dicen (el Conde
da Villamediana), que quemó su casa sólo por el placer de sacar en
brazos á una dama.
La irrupción de costumbres francesas, verificada con la venida de la
dinastía nueva á principios del siglo XVIII, modificó ésta como otras
cosas. La sociedad que se imponía á la nuestra era menos grande, menos
valerosa, menos apasionada; pero más culta, más refinada, más hipócrita.
Con ella vinieron los abates, y vino la literatura clásica, fría,
ceremoniosa, falsa, hipócrita también. La poesía pastoril, último grado
de la hipocresía literaria, tuvo un renacimiento funesto en el siglo
pasado. Al compás de los madrigales, los abates hacían el amor
callandito en los salones. Los amantes, que componían versos de casto é
insípido pastorileo, no podían entrar en las casas como aquéllos á
quienes encubría su dignidad, y entraban disfrazados ó empleando los más
extravagantes y rebuscados medios.
Con la sociedad nueva vino la moda nueva. Esta trajo las pelucas
blancas, los peinados complicados é hiperbólicos; y con el artificio
de estos peinados se creó el peluquero de las damas, hombre gracioso
que entraba en todos los tocadores, y era tercero en toda
intriguilla de amor.
Ningún siglo ha visto, como el décimoctavo, la astucia sirviendo al
amor. Veíase á los amantes arrostrando la ridiculez de situaciones muy
raras para poder hablar con sus damas. La casa era invadida; pero no
como la invadían nuestros caballeros del siglo anterior, espada en mano,
batiéndose con una turba de criados y dos docenas de alguaciles, sino
astuta y solapadamente, engañando á las familias, abusando de la
confianza ó encubriéndose con un disfraz ingenioso y á veces grosero.
En 1821 estos procedimientos estaban aún en boga, y Bozmediano era
maestro consumado en el asunto. Conocía el resorte de los barberos, de
las terceras, de los abates, siendo muy diestro en el uso de disfraces,
engaños y supercherías amables, como entonces se llamaba á estas cosas.
Si no pudo emplearlos en la aventura que le vemos emprender, á causa de
las singulares, costumbres de las tres señoras, no fué culpa suya; y
sólo á los obstáculos y dificultades que presentaba el terreno, se
debió, como él decía, que empleara medios un poco más violentos.