#La voz interior#.
Aquel muchacho era sumamente impresionable, nervioso, de temperamento
ideal, dispuesto á vivir siempre de lo imaginario. Nadie le igualaba en
forjar incidentes venideros, enlazándolos para hacer con ellos una vida
muy dramática y muy interesante; trabajaba involuntariamente con el
pensamiento en la elaboración de estas acciones futuras; y siempre tenía
ante la imaginación aquella gran perspectiva de hechos en que
desempeñaba la principal parte una sola figura, él solo, Lázaro. Esta
visión perpetua, fenómeno propio de la juventud, tenía en él
proporciones extraordinarias; su fantasía tenía una poderosa fuerza
conceptiva, y puede asegurarse que esta gran facultad era para él un
enemigo implacable, un demonio atormentador.
Con este carácter, fácil era que brotaran en él todas las grandes
pasiones expansivas, y que crecieran hasta llevarle á la exaltación. En
épocas como aquella, la política, el proselitismo, el espíritu de secta
engendraba grandes pasiones. El heroísmo cívico, la abnegación y esa
tenacidad catoniana que brillan en algunos personajes de todas las
revoluciones, la venalidad solapada, la traición, la sanguinaria
crueldad y el encono vengativo que se han visto en otros, provienen de
la pasión política. Lázaro tuvo esta pasión: sintió en sí el ardor del
patriotismo, creyóse llamado á ser apóstol de las nuevas ideas, y con
ardiente fe y noble sentimiento las abrazó.
¿Pero existen estas resoluciones inquebrantables sin mezcla de egoísmo?
Egoísmo sublime, pero egoísmo al fin. Lázaro tenía ambición. ¿Pero qué
clase de ambición? Esa que no se dirige sino al enaltecimiento moral del
individuo, que sólo aspira á un premio muy sencillo, á la simple
gratitud. Pero la gratitud de la humanidad ó de un pueblo es la cosa de
más valor que hay en la tierra. El que es digno de ella la tendrá,
porque un hombre puede ser ingrato; pero un pueblo en la serie de la
historia, jamás. En una vida cabe el error; pero en las cien
generaciones de un pueblo, que se analizan unas á otras, no cabe el
error, y el que ha merecido esa gratitud la tiene sin remedio, aunque
sea tarde.
Lázaro aspiraba á la gloria; quería satisfacer una vanidad: cada hombre
tiene su vanidad. La del joven aragonés consistía en cumplir una gran
misión, en realizar alguna empresa gigantesca. Cuál era esta misión, es
cosa que no sabía á punto fijo. Los jóvenes como aquél no gustan de
concretar las cosas porque temen la realidad; creen demasiado en la
predestinación, y engañados por la brillantez del sueño, piensan que los
sucesos han de venir á buscarlos, en vez de buscar ellos á los sucesos.
Después que se retiró de Zaragoza y fué á Ateca, una figura iba
perpetuamente unida á la suya en aquellas escenas futuras. ¡Insensato!
¿Qué piensas hacer de ella? Una reina. ¿De dónde? Será simplemente la
mujer de un gran hombre. Menos tal vez: la mujer de un hombre obscuro...
Concluía por concretar el objeto de todas sus quimeras á un retiro
pacífico, á un matrimonio feliz.
Pero era preciso meditar, trazar un plan, ver la manera más fácil de
unirse á ella.
Clara era huérfana, él pobre. He aquí dos contratiempos ocurridos desde
el principio. ¡Ah! Pero él trabajaría; sería activo, ingenioso, astuto.
Bien sabía él que tenía talento. ¿Pero debía ser un simple agricultor?
No: eso era poco para él. Debía ir á Madrid, hacerse oír, buscar un
nombre, un puesto. Esto sería cosa muy fácil para quien tenía tales
aptitudes. ¿No era seguro que al llegar Lázaro á la corte, centro
entonces, como ahora, de la actividad intelectual del país, adquiriría
nombre, posición, fortuna? Sin duda. Ya debían conocerle de oídas por
sus discursos pronunciados en Zaragoza. En aquel tiempo los jóvenes se
abrían paso fácilmente entre la multitud decrépita; aquellos que, con
todo el vigor de la fe y toda la fuerza de la edad primera, emprendían
la propagación de las nuevas ideas, se imponía infaliblemente,
adquiriendo una alta y envidiada posición social. El se creía superior,
¿á qué negarlo? En la profundidad de su conciencia sentía una voz que
sin cesar decía: "Yo valgo. Es preciso buscar los sucesos antes que
ellos vengan á buscarnos. Animo, pues."
Estos pensamientos eran los que ocupaban la mente de Lázaro en los días
que siguieron á la partida de Clara. Cuando su determinación se hizo
firme, vió con entusiasmo que su inteligencia adquirió más vigor y su
pecho más osadía. Parecíale que su voz era capaz de emitir los más
profundos, los más calurosos, los más verdaderos acentos en defensa de
los nobles principios de la época; le parecía que nada igualaba á su
facilidad de expresión, á su lógica terrible, á su frase pintoresca y
expresiva. En lo más callado de la noche, cuando en parajes solitarios
se entregaba á sus meditaciones, se oía, se estaba oyendo. Una voz
elocuente resonaba dentro de él, y mudo y reconcentrado asistía á las
maravillas é internas manifestaciones de su propio genio. Era auditorio
de sí mismo, y le parecía que jamás había tenido el verbo humano frases
más bellas, lógica más segura, entonación más vigorosa. Se aplaudía; le
parecía que en torno suyo multitud infinita de sombras aglomeradas le
aplaudían también; que resonaba un intenso palmoteo, cuyo fragor llenaba
toda la tierra.
De vuelta á su casa dormía, y durante el sueño continuaba resonando en
su cerebro la misma voz que hacía estremecer miles de corazones; que
llevaba el entusiasmo ó el espanto á ejércitos enteros de ciudadanos; y
entonces se le figuraba que dentro de su ser había una misteriosa
entidad sonora, un espíritu locuaz, que sostenía constantemente allá en
su profundo núcleo la más brillante y enérgica peroración.
Lázaro tenía el genio de la elocuencia. El lo conocía: estaba seguro
de ello. Cada día que pasaba sin que un gran auditorio le escuchara,
le parecía que se perdían en el vacío y en el silencio de un desierto
aquellas voces admirables que sentía dentro de sí. No había tiempo
que perder.
Dijo á su abuelo que se iba á Madrid. El pobre viejo se puso á llorar, y
dijo entre sollozos y babas que aquella resolución era muy grave y
convenía meditarla.
--¿Y qué vas tú á hacer allá?--decía después, queriendo aparecer
incomodado: ¡Tienes una letra tan mala!...
Estaba entonces en Ateca un tal don Gil Carrascosa (el mismo personaje á
quien vimos disputar con cierto barbero en el primer capítulo de esta
historia), el cual tenía amistad con Coletilla. El abuelo consultó con
el ex-abate la resolución de Lázaro, y éste opinó que se debía escribir
al tío. El viejo tomó la pluma y con vacilante mano trazó esta carta,
que recibió el realista pocos días después.
"Querido y respetable señor: Lazarillo, mi nieto y sobrino de vuesa
merced, quiere ir á Madrid. Se le ha puesto en la cabeza que ahí podrá
hacer fortuna: dice que no puede estar en el pueblo. Y, en efecto,
querido señor, esto está malo. La cosecha de este año no nos da ni la
simiente, y el pobre chico tiene más afición á los libros que al arado.
Le diré á vuesa merced, respetable señor, que Lázaro es un mozo muy
despierto: sabe muchos libros de memoria, y ha leído cuatro veces de la
cruz á la fecha un tomo que le llaman _Los grandes hombres de Plutarco_,
el cual me ha asegurado no ser cosa de herejía; que si lo fuera no lo
había de leer en mis días. Entiende de leyes, y á veces se pone á
escribir y llena unos cuadernos de cosas muy buenas, aunque yo no las
entiendo. Es buen cristiano y muy respetuoso y cortés con todo el mundo.
No ocultaré sus defectos, respetable señor; y por lo mismo que le
quiero, diré á vuesa merced cuál es su gran defecto, para ver si con su
talento y su gran sabiduría lo puede corregir. Es el caso que
difícilmente podrá hacer cosa buena en la Corte, porque tiene muy mala
letra y no le luce lo que sabe. Siento mucho tener que revelar esta
flaqueza suya; pero antes que nada es mi conciencia, y por todo el oro
del mundo no ocultaría sus defectos. Creo, sin embargo, que con un buen
maestro, como los hay en la Corte, podrá corregirse si se aplica. De
este modo llegará, andando el tiempo, á ser apto para desempeñar una
plaza de dos mil reales en alguna covachuela, como mi señor abuelo, que
en paz descanse. Yo deseo que haga fortuna, porque le quiero con toda mi
alma; y así, deseo que vuesa merced, con su gran tino y universal
sabiduría, me informe si será posible sacar algo de provecho de este
muchacho, diciéndome al mismo tiempo si puedo contar con su protección.
Hágalo vuesa merced, por Dios, que es el único hijo de su hermana, y
nosotros, que estamos pobres, no podemos hacerle feliz."
_Su respetuoso y reverente servidor_.
#FERMÍN...#
Pasaron tres meses sin que don Elías contestara. Al fin contestó,
advirtiendo que esperara un poco, que avisaría si podía venir ó no. Un
mes después escribió de nuevo llamando á Lázaro á su lado, y
añadiendo que de su comportamiento y disposiciones dependía el que
hiciera fortuna.
Lázaro no cabía en sí de gozo. Quiso partir el mismo día; pero los
ruegos de su madre y de su abuelo le obligaron á aguardar dos más.
El joven estudiante sabía, por las tradiciones de la familia, que su tío
era hombre muy sabio, y se le había antojado que había de ser un gran
liberal. No comprendía que un hombre muy sabio dejara de ser muy amante
de la libertad.
La carta de Coletilla fué recibida en los primeros días de Septiembre de
1821, en que ocurren los primeros acontecimientos que hemos referido.
Poco después de la lamentable escena de la barbería y de la entrada del
militar en la casa de Clara, ocurrió el viaje de Lázaro á Madrid. Clara
no lo supo antes del día en que debía llegar.
Ahora podemos seguir naturalmente el curso de los sucesos de esta
puntual historia. Dejaremos á Lázaro preparándose á partir. Su madre y
su abuelo le despiden llorando, el alcalde le abraza diciendo que ya ve
en él nada menos que un secretario del Despacho; el cura le da dos
bollos maimones para el camino y le echa un sermón fastidioso. El
estudiante sube á la galera, y con más ilusiones que dineros toma el
camino de la Corte.