#El sobrino de Coletilla.#
Marta, la hermana de Elías, había quedado viuda con un hijo llamado
Lázaro, que después de estudiar Humanidades en Tudela, pasó á la
Universidad de Zaragoza. Era éste un mozo como de veintitrés á
veinticinco años, de agradable presencia, de ingenio muy precoz, de
imaginación viva, de palabra fácil y difusa, muy impresionable y
vehemente, y de recto y noble corazón.
Las nuevas ideas, que entonces conmovían profundamente el corazón de la
juventud, habían hallado en el joven Lázaro un creyente decidido. Era
uno de los que, brotados en el tumulto de un aula de Filosofía militaban
con pasión generosa en las filas de los propagadores políticos, entonces
tan necesarios.
Sucedió que los estudiantes zaragozanos trabaron una pendencia con los
socios de cierto club político; el asunto tomó proporciones, intervino
la autoridad universitaria, y Lázaro se vió obligado á salir de
Zaragoza, perdiendo curso. Esto pasaba en los días en que, destituido
Riego del mando de capitán general de Aragón, hubo en aquella ciudad
tumultos y manifestaciones, que el Gobierno quiso reprimir. Lázaro, que
estaba á punto de concluir la carrera, conoció la gravedad de su
situación y el disgusto que tendrían su madre y su abuelo, á quienes
amaba mucho. Quiso reclamar, pero fué inútil, y tuvo que retirarse á su
pueblo, triste, avergonzado y lleno de dudas y temores.
Pero al entrar en su casa, agitado por la zozobra y los remordimientos,
vió en compañía de su madre á una persona desconocida que desde el
primer momento le produjo una secreta impresión de alegría,
imponiéndole, sin saber por qué, consuelo y esperanza. Confesó lo que le
pasaba, sin disminuir la gravedad del caso, por lo cual don Fermín, su
abuelo paterno, se puso serio y quiso enfadarse, y su madre lloró un
poco. Pero la persona desconocida, que parecía estar allí para alegrar
la casa, disipó la cólera del primero y secó las lágrimas de la
segunda, mientras Lázaro, con la cabeza baja y humedecidos los ojos,
permanecía inmóvil delante de sus jueces y de su defensor sin decir
palabra, aunque á la verdad no era preciso, porque la joven le defendía
muy bien sin desplegar gran elocuencia, ni emplear otros recursos que su
claro y natural sentido, su acrisolado y generoso sentimiento.
El pobre Lázaro estaba tan turbado, que se le figuraba que aquella
persona era una aparición, un ser enviado del cielo para ampararle en
aquellos apurados momentos. Esperaba verla desaparecer al concluir su
misión, y la miraba con ese estupor silencioso que causa lo
sobrenatural y desconocido. No tenía antecedentes de aquella joven, ni
había sospechado que existiera y se encontrara allí. Pero la imagen no
se desvanecía, y, por el contrario, continuaba viéndola adornada con
todos los encantos físicos y morales que pueden poseer los ángeles de
este mundo.
No se habló más del asunto. Lázaro fué perdonado, pero no salió de sus
confusiones. Explicáronle quién era Clara y por qué estaba allí; más no
por eso pudo dominar el estudiante la respetuosa y fuerte sorpresa que
le había producido.
Estuvo encogido y como asombrado todo el día, y temblóle la voz cuando
quiso hablar con ella, y se calló al fin por temor de decir mil
disparates. Al día siguiente despertó con una alegría exaltada, á la que
sucedía bruscamente una tristeza sin igual. Su aturdimiento tomaba fases
muy diversas tan pronto se veía atacado de un apetito insaciable de
verbosidad que no podía contener; tan pronto hacía esfuerzos inauditos
para pronunciar una palabra, sin llegar á conseguirlo. Era un
polaticómano ferviente, y en Zaragoza se había distinguido por sus
elocuentes arengas en los clubs, que le habían dado mucha celebridad; en
sus conversaciones privadas se expresaba también con mucho entusiasmo y
corrección pero esta vez de todo hablaba menos de política. Parecía que
no existían ya para él ni la revolución francesa, ni el _Emilio_, de
Rousseau, ni las _Carta de Talleyrand_, ni el Diccionario, de Voltaire.
Se había olvidado de todo esto, y sólo pensaba en la fórmula más
expresiva y exacta para decirle á Clara que la había visto en sueños
aquella noche. Recurrió al sistema de las circunlocuciones, pensó
después en decirlo á secas y sin ambajes, acordóse de que las alegorías
se habían inventado para aquel caso, y probó todos los medios sin lograr
con ninguno su objeto.
Pasaron dos ó tres días sin que hallara un modo de ser explícito.
Cuando estaba solo, sí; entonces hablaba, hablaba consigo mismo, y aun
parecías entablar misteriosos diálogos con aquel hermoso espíritu, que
encontraba siempre en todas partes, acompañándole en sus soledades é
insomnios; espíritu lleno de luz y con formas de mujer, que brotaba del
seno mismo de la noche para mirarle inmóvil, callado y sereno. Delante
de esta sombra era Lázaro muy elocuente, y siempre acertaba á expresar
lo que sentía; y sentía tanto el pobre, que á veces le daba uno de esos
accesos vehementes, en que el organismo se conmueve todo, quebrantado y
oprimido por la enorme expansión del espíritu. Salía de la casa por no
hallarse bien en ella, y volvía á entrar por no hallarse bien fuera. Por
fin, había logrado formular un diálogo con Clara. La primera vez que
pudo hablar con ella un cuarto de hora seguido, se mostró muy enojado.
¿Enojado? ¿Porqué? Después empezó á darle las gracias. ¿Las gracias?
¿Por qué? Después le pidió perdón. ¿Perdón? ¿De qué? Y acto continuo le
dijo que se iba á volver loco. ¿Loco?... Su andar era errante. Se
dirigía á todas partes, y no llegaba á ninguna; se hallaba siempre donde
no quería estar. Pero á pesar de estas evoluciones de ciego, acontecía
que si Clara iba á alguna parte, ¡qué casualidad! encontraba en ella á
Lázaro que la esperaba.
El alma de la muchacha no estaba sujeta á estas extrañas perturbaciones.
Siempre sensible y feliz en su serenidad inocente, se dejaba llevar por
la corriente de una vida sin agitación ni contratiempos. En su sitio
propio, para dar paz al ánimo y descanso á la fantasía, vivía sin
sentirlo digámoslo así; y si alguna vez la entristecía algún
pensamiento, era el pensamiento de volver á la calle de Válgame Dios. La
amistad, casi desconocida por ella, fué entonces causa de que adquiriera
esa sutil delicadeza, que caracteriza los afectos femeninos, y esa
fluidez de ingenio que tanto los embellece y adorna.
Había en el pueblo otra joven de la misma edad é idéntico carácter,
llamada Ana, hija de un rico labrador. Ana y Clara se hicieron íntimas
amigas en pocos días de trato. Ibanse todas las tardes á una huerta
perteneciente al padre de Ana, y allí, entretenidas con sus labores, se
pasaban conversando largas horas. En esta comunicación de las dos
jóvenes, Clara se desarrollaba moralmente con una rapidez desconocida.
Para quien había pasado su juventud en compañía de un viejo excéntrico é
insociable, aquellas franquezas inocentes y el cambio simultáneo de
pensamientos, comunicados sin disimulo y en toda su hermosa sencillez
natural, realizaron en el alma de la huérfana una revelación de sí
misma, que fijó y fortaleció más su bello carácter.
Cuando las dos amigas iban á la huerta, la maldita casualidad hacía que
Lázaro pasara por la entrada precisamente en el mismo momento en que
ellas llegaban. La conversación empezaba todas las tardes á las cuatro,
y duraba basta el anochecer. Ni un solo día en todo el tiempo que pasó
Clara en Ateca dejaron de ir á la huerta las dos muchachas, y ni un solo
día dejó Lázaro de encontrarlas allí por casualidad. En aquellas
conversaciones, que eran cada vez más íntimas, se notaba algunas veces
que, por efecto de los accidentes del diálogo escénico, Ana callaba ó
hablaba aparte en voz baja, mientras el bueno del estudiante y la picara
Clara charlaban muy quedito y muy juntos el uno del otro. La cara,
angustiosa á veces, á veces pálida, ya animada, ya triste, del joven,
anunciaba que el tema del coloquio era muy interesante, ¿Qué decían? De
pronto unas largas pausas, en que uno y otro se quedaban mirando á la
tierra un buen rato, permitían á Ana alguna alusión ingeniosa, cuya
gracia alababa y reía ella sola. Clara y Lázaro parecía que no estaban
para risa. Callaban, hasta que un monosílabo aquí, un gesto allá,
volvían á estimular de nuevo la conversación. A veces él se ponía á
meditar como recapacitando lo que iba á decir; y él, que tan buena
memoria tenía, se encontraba con que se le habían olvidado (¡otra
casualidad!) los admirables trozos de elocuencia que tenía preparados.
¿Hablaban del pasado, del presente, del porvenir? ¿Trazaban un plan,
planteaban un proyecto? Es probable que nada de esto fuera objeto de
aquellos íntimos debates: no hacían sus voces otra cosa que expresar mil
inquietudes interiores, pintar ciertas turbaciones del espíritu,
formular preguntas intensamente apasionadas, cuyas réplicas aumentaban
la pasión; confesar secretos, cuya profundidad crecía al ser confesados;
hacer juramentos, manifestar ciertas dudas, cuya resolución daba origen
á otras mil dudas; pedir explicaciones de misterios, que engendran
misterios sin fin; explicar lo inexplicable, medir lo infinito, agotar
lo inagotable.
A veces interrumpía Ana estas comunicaciones impenetrables, diciendo:
--Pero, mujer, ¿no ves cómo va ese bordado? ¿En qué estás pensando?--
En efecto; Clara, que estaba bordando sobre cañamazo, con lanas de
colores, una cabecita de ángel rodeada por una guirnalda de flores, le
había hecho los ojos de estambre rojo y los labios con estambre negro;
las flores tenían todos los colores tan trastornados, que no se sabía lo
que aquello era. Al oír la observación de su amiga, Clara se puso del
color de los ojos del ángel.
Veinte y treinta días se pasan muy pronto cuando hay citas cuotidianas
en una huerta, diálogos anhelantes, dudas no resueltas, preguntas mal
contestadas y angelitos bordados con los labios negros. Así es que llegó
un día en que Lázaro se puso á jurar por todos los santos del cielo que
no permitía que Clara se fuera de allí. Se ponía fastidioso al tocar
este punto; repetía la misma cosa infinitas veces, y á lo mejor empezaba
á relatar un sueño que había tenido la noche anterior, del cual sueño se
desprendía la imposibilidad absoluta de que él y Clara se pudieran
separar. Ella se ponía muy pensativa y no decía palabra en media hora;
los pobres chicos miraban al cielo alternativamente, como si en el cielo
se hallara escrita la solución de aquel problema.
Se separaban. Clara depositaba sus amarguras en el seno de su amiga Ana.
Lázaro confiaba á las profundidades de la noche el gran vértigo que
sentía dentro de sí; no dormía, porque una serie interminable y
rapidísima de razonamientos confusos, mezclados con imágenes vagamente
percibidas, le sostenían en vigilia invencible y dolorosa. El día volvía
á darles esperanza, la tarde venía á unirlos, el anochecer volvía á
entristecerlos. Así se acercaba el día funesto.
Cuando se teme de ese modo la llegada de un día que nos ha de traer algo
malo, la imaginación tiene como una extraordinaria fuerza de odio, con
la cual personifica ese día que se detesta; la imaginación ve acercarse
este día, y lo ve en figura de no sé qué monstruo amenazador que avanza
con la mano alzada y la mirada llena de ira. Hay días en que el sol no
debiera salir.
Pero el designado para la vuelta de Clara á Madrid el sol, ¡qué
crueldad! salió. Sus primeros rayos llevaron la desolación al alma de
los dos jóvenes, amenazados de una separación. Parece que cuando se
verifica una separación de esa clase, cuando se disuelve y destruye esa
unidad misteriosa y fundamental de la vida humana, unidad constituida
por la totalidad complementaria de dos individuos, parece, decimos, que
debía ocurrir un cataclismo en la Naturaleza; pero eso que llamamos
comúnmente los elementos, es ciego é insensible. Se hunde un continente
y se chocan dos océanos por la más insignificante de esas causas
mecánicas que nacen en el centro de la materia; pero nada sucede, nada
se mueve en la inerte y ciega máquina del mundo, cuando se altera el
grande, el inmenso equilibrio de los corazones.
Aquella mañana sintió Lázaro un dolor desconocido. Avanzaba el día: el
estudiante fué á casa de Ana y la encontró llorando; se asustó de verla
llorar; volvió á su casa, quiso entrar en el cuarto donde Clara hacía
los preparativos de su viaje, pero se tuvo miedo á si mismo. La vió
salir después pálida y con los ojos cansados de llorar. Al ver que se
despedía de su madre y de su abuelo, Lázaro corrió fuera por temor de
que intentara también despedirse de él. Salió y anduvo á prisa mucho
tiempo; salió del pueblo y se internó en el camino, lejos, muy lejos del
pueblo. De pronto sintió el ruido da la diligencia, que se acercaba. El
joven se detuvo, retrocedió; la diligencia pasó rápidamente. Allí iba la
huérfana desolada, con el rostro oculto entre las manos. Las demás
personas que iban con ella se reían de verla así. Lázaro la nombró, la
llamó dando un fuerte grito, y sin darse cuenta de ello corrió tras el
coche larguísimo trecho, hasta que el cansancio le obligó á detenerse.
La diligencia desapareció.
Regresó al pueblo ya entrada la noche: al pasar por la huerta notó que
unos pájaros que acostumbraban dormir allí formaban diabólica algazara
con sus cantos disparatados y su inquieto aleteo. Apresuró el paso para
no oír aquello y entró en su casa. Su madre y su abuelo estaban muy
pensativos y melancólicos; ni les habló ni le hablaron. Quedóse solo; se
encerró y quiso leer un libro; quiso dormir, y quiso arrancarse de la
mente una como corona de hierro inflamado que se la quemaba y oprimía;
pero era imposible. Aquello era una irradiación, que, á ser visible,
hubiera parecido una aureola. En su fiebre se quedó aletargado, y en su
letargo le pareció que de su cabeza brotaban llamas vivísimas que no
podía sofocar, y que sus sesos hervían como un metal derretido.