imaginativa, apasionada, fervorosa: no el sentimiento de ese ángel que
mueve sus alas sobre la silenciosa cavidad de un sepulcro; no el
sentimiento que se exhala en el corazon de los héroes, de los mártires,
de los sábios; no ese sentimiento que es una de las más supremas
gerarquías del alma; esa emocion vaga, melancólica, indefinible, que
brota en el espíritu del hombre, como nace una violeta al pié de una
cruz. Para D. José Salamanca significa poco la fama moral, metafísica,
póstuma; la fama que viene despues, como despues del vivo viene el
muerto, como despues del muerto vienen sus cenizas. D. José Salamanca
busca siempre la fama real, sensible, presente, bulliciosa; la fama que
se oiga, que se vea, que se toque; esa fama que equivale al crédito; ese
crédito que es un gran capital, un gran fondo, un grande y universal
gerente. D. José Salamanca es un esclavo de la opinion pública, para
hacerse dueño del público. Quema incienso á la sociedad, para que la
sociedad se lo queme á él. Adora á un ídolo, á fin de que ese ídolo
agradecido se convierta en idólatra suyo. Por eso es generoso á su
manera; es generoso efectivamente, espléndido y hospitalario; da como
nadie, porque da como gana, y nadie gana como él; da, no se lo niego, no
debo negárselo; pero da con su cuenta y razon. Dará siempre, en buen
hora; pero cuando el público lo ve, da con alarde; más que con alarde,
con gala, con orgullo, con engreimiento. De esta manera, si no recibe de
aquel á quien da, consigue recibir de la opinion pública, que le llama
héroe y personaje por aquella limosna astuta; limosna buena, porque al
cabo hay algo en ella de caridad; limosna astuta, porque es una caridad
ingeniosa, casi mercantil. La generosidad de Salamanca es, en más de un
caso, una mercancía que vende al público, para que el público le compre
á él otra mercancía por un precio mayor; es un comercio hábil,
habilísimo; este comercio necesita una táctica tan maestra, que casi,
casi, tiene tanto mérito como la generosidad misma. D. José Salamanca
compra con monedas que los demás banqueros no conocen; compra y vende
mercancías que no conocen los demás mercaderes, y en esto consiste que
los demás ricos, los muy ricos, parezcan muy pobres comparados á
Salamanca. La cuestion, la ruidosísima cuestion de generosidad, es
muchas veces para el personaje de que me ocupo, un juego de Bolsa, que
nadie comprende como él, porque nadie tiene su talento. Hace con la fama
lo que hace con la vida.
D. José Salamanca es el Dios, la naturaleza y la humanidad de sí mismo:
una iglesia en que no se rezan oraciones mentales: un rito en que no se
conoce el culto interno. Culto interno; hé aquí lo único que le falta
para ser muy grande, pues para ser muy grande, hay que ser grande por
fuera y por dentro; y ese hombre que revoca tan bien su fachada; ese
atrevido artista que sabe derramar tanto hechizo en el frontis de su
palacio, vive muchas veces en un interior mezquino y estrecho. ¡Ah! si
esa privilegiada fantasía que lo idealiza todo, comprendiera por un
momento la idealidad; si esa razon fecunda y ardorosa que en todo
piensa, rindiese un homenaje al pensamiento; si ese orientalismo que
quema tanta mirra á la materia, guardase un aroma para el espíritu; si
esa brujería que hace un Dios de todas las bellezas sensuales,
comprendiese á Dios en la lágrima solitaria que vierte la virtud entre
cuatro paredes negras; si Salamanca fuese capaz de exhalar un suspiro,
al cual no fuese unida una memoria impura; si fuese capaz de una hora de
silencio y de dolor en el íntimo santuario del alma, si fuese capaz de
ese culto interno, D. José Salamanca seria indudablemente el carácter
más general, y acaso el más bello de su nacion y de su siglo. Pero
vuelvo á decir que le faltan dos cosas: honrar el pensamiento por ser
pensamiento; honrar la virtud por ser virtud.
Reasumamos lo dicho sobre ambos personajes. Un hombre que hereda dos mil
millones de reales, y que hoy cuenta con cuatro mil: un coloso de oro,
de empresas, de fortuna, de crédito; un semi-Dios de nuestra época; ese
es Rothschild.
Un hombre de facciones expansivas y despejadas, de ademan suelto; de
trato festivo, casi epigramático; de palabra fácil, aguda, algunas veces
armoniosa; de carácter sencillo en apariencia, doble en el fondo;
ingénuo para los demás; trascendental para sus fines; liberal para
todos; más liberal para sí mismo; ojo de águila; suspicacia de mercader;
galantería de cortesano; pompa de noble, boato de banquero; esplendidez
de favorito, magnificencia de monarca; griego en la fantasía; asiático
en el gusto; sibarita en sus aficiones, en sus hábitos, en sus placeres;
sobre todo, negociante en sus cálculos inspirados, vastísimos, fecundos,
inagotables, geométricos; negociante en su increible actividad, en su
audacia maravillosa; mago, hechicero, adivino, zahorí y alquimista, en
materia de sacar oro de los carbones, ese es D. José Salamanca.
Aún con las faltas que le hallo, y que no he debido disimular porque
hablo á la conciencia de un pueblo; aún con defectos capitales, que lo
hacen temible, D. José Salamanca tiene tanto genio, su fama es tan
brillante, tan provocativa, tan espléndida; sus vicios y virtudes se
ponen un traje tan nuevo, tan magnífico, tan fascinador, que su nombre
es hoy de los que más suenan en el mundo, de los más conocidos en
Europa, el más popular de nuestro país.
No hace mucho dijo en las Córtes, que es verdad que él se habia
enriquecido; pero tambien lo era que habia dotado á España de
ferro-carriles.
Sus enemigos dirán lo que quieran; yo podré hallarle todos los defectos
que me plazca, cada cual dirá, lo que le parezca; pero la nacion debe
estarle reconocida, y se lo está. En este sentido, yo tambien se lo
estoy. ¡Qué curioso seria escribir una biografía, cogiendo el hilo de
aquella existencia tan movible y tan ávida, y seguir hilando hasta dar
con el fin de la revueltísima madeja! Si Salamanca viviese encerrado en
una cueva; si tuviese por palacio un desierto; si á su sombra llevase
atadas las dificultades y las amarguras del proscrito yo no tendria
ningun reparo en escribir su vida, que es sin disputa la más fecunda en
episodios extraordinarios que conoce nuestro país en el siglo presente;
pero no quiero nada con hombres tan ricos. Por lo menos se creeria que
pensaba adularle, y soy muy avaro de mi pobreza.
Un amigo á quien he leido estos apuntes, me dice:
--¿Si Salamanca enviase á usted diez mil duros, usted qué haria?
--Devolvérselos.
Hemos sido invitados para concurrir á una tertulia de alto copete, que
tiene lugar en la calle Vivienne. Mi mujer ha dicho que no; yo he dicho
que sí. Esta vez espero triunfar.
Voy á concluir este dia con algunas curiosidades.
Hemos ido á un gran establecimiento público, en que dan de comer por dos
sueldos, ó sea por muy poco más de tres cuartos. La comida consiste en
un trozo de pan y un plato de patatas guisadas con bastante curiosidad.
Al ver allí, colocada en extensas filas, aquella numerosa y callada
congregacion, acude á nuestra mente la idea de la sopa monacal. Sin
embargo, estoy más por estos conventos sociales, que por aquellas
caridades frailunas.
Otra curiosidad. Todo Paris repite la contestacion que ha dado un niño
en los exámenes de moral. El maestro le preguntó qué era la gratitud. El
examinando no se acordaba de la definicion del libro, y despues de
titubear un momento, como cediendo á una inspiracion, con acento seguro
y altanero, dijo: la gratitud _es la memoria del corazon_.
Una asamblea, mil asambleas de filósofos, de sábios, de poetas y
oradores, reunidas al efecto, no hubieran acertado positivamente con una
respuesta tan profunda, tan graciosa, tan viva, tan moral y tan bella.
El niño en cuestion ha hecho su fortuna, y la merece. La criatura que
consigue, con cuatro palabras, alarmar á una ciudad como Paris, menos
que criatura es un personaje en pequeño. ¡Dios le dé tanta suerte, y
tantas expresiones felices, como es admirable, sabia y poética su
definicion de la gratitud!
Otra curiosidad. Hemos visitado una calle célebre, muy célebre, en la
historia oculta de esta ciudad: la calle de Chantres. En esta calle
habia, hace algunos siglos, una casa pequeña, baja y húmeda: esta casa
presenció los amores de Abelardo y Eloisa. Mi mujer, que tan desdeñosa
se muestra con todas las cosas de Paris, ha visitado aquel lugar
histórico con el mas afectuoso interés. Esto procede de que Abelardo y
Eloisa, antes que á la historia de un país, tocan á la historia del
corazon, que es la historia más universal del género humano. Al dejar la
calle en cuestion, dirigimos un triste saludo á los desgraciados
amantes.
Última curiosidad de este dia. Cerca de la Plaza de la Concordia, hemos
visto á la Emperatriz y al Príncipe. Observamos que de la parte de las
Tullerías bajaba un carruaje, en cuyo torno se agrupaban los
transeuntes, nos aproximamos y no tardamos en distinguir á nuestra
paisana, que venia, sola con su hijo. La antigua condesa de Teba es una
fisonomía delicada, noble, bella y majestuosa. Indudablemente es uno de
esos tipos privilegiados, capaces de inspirar una pasion profunda. Pero
me parece que aquella mujer no vive contenta; me parece qué no es feliz.
Detrás de aquellos ojos dulces y apacibles, detrás de aquel cútis
blanquísimo, de aquellas sutilísimas venas azules, de-aquel bello
contorno; más allá del magnífico carruaje que la conduce como en
triunfo; más allá de las galas y de las pedrerías que adornan su traje;
más allá de los torreones de aquel suntuoso palacio de donde acaba de
salir, me parece que veo cierto espíritu de resignacion y de melancolía.
Detrás de esos velos brillantes, me parece que alcanzo á distinguir un
misterio, y casi tengo por seguro que ese misterio es una pena. Detrás
del tinte de la cara, vislumbro yo un tinte que no puedo explicar;
aunque en mi conciencia lo sé definir. Esto ha hecho que la Emperatriz
me haya parecido más hermosa, porque no hay belleza sin algo triste,
porque tal vez en un algo triste consiste la grande y verdadera belleza.
La madre miraba á su hijo; luego, saludaba y se sonreia; pero ¡ay!
aquella sonrisa venia á decirme que tambien los palacios ocultan
lágrimas; que tambien las joyas atavian pechos doloridos, como luces
brillantes alumbran la cara de un muerto.
Una cosa muy rara he notado, á propósito de la Emperatriz, y acerca de
la cual hemos hablado varias veces mi mujer y yo. En Paris todo el mundo
tiene sus historias, sus anécdotas, su chismografía. En un pueblo tan
fabuloso, natural es que todo personaje tenga su fábula. He hablado con
muchos franceses de todas gerarquías; he hablado con muchas francesas
que hablan de todo; (las mujeres en Francia son como en todas partes;)
he provocado la conversacion de la Emperatriz; he procurado esforzar el
asunto; en vano. Nadie nos ha dicho una sola palabra de la esposa del
Emperador. Ni una aventura, ni una limosna, ni un dicho agudo, ni un
ademan, ni un gesto. Por lo que mi mujer y yo hemos observado, sin tener
más datos que nuestra experiencia personal, podemos decir que la antigua
condesa de Teba es aquí un cadáver. ¿Tendrá esto su explicacion en que
la condesa de Toba es española? No lo sé; no quiero atribuir esa
ruindad, esa estrechez, á la nacion francesa; pero es evidente que algo
hay aquí.
Volviendo á la persona de la Emperatriz, he notado tambien que la mujer
perjudica á la reina, y que la reina perjudica á la mujer. Se ven dos
sujetos, y el uno quita encanto al otro. Parece que una mujer tan bella
no necesita ser Emperatriz; y que una Emperatriz tan hermosa, no saca su
diadema más que de su hermosura; de donde resulta que no es completa la
ilusion de la reina, ni la ilusion de la mujer. La Emperatriz seria más
Emperatriz con menos belleza; y la mujer seria más mujer con menos
atavíos imperiales.
Si yo tuviese una diplomacía y una cortesania que no tengo que no quiero
tener, es casi seguro que veria á la esposa de Napoleon, y que a través
del alabastro de su semblante, divisaria las sombras que dan vueltas
alrededor de su alma; porque, no hay duda, en ese cielo hay nubes.
Cuento con un medio, un medio facilísimo, infalible, de abrirme paso
hasta nuestra paisana; nuestra paisana me recibiria; no se me esconde
que esta entrevista seria tal vez la única página interesante de estos
desaliñados apuntes; pero aquel palacio negruzco, casi agorero, me
infunde temor, tanto temor, que no me acude ánimo ni para describirlo.
Algun dia lo describiré; pero hoy me es imposible; porque me inspira
miedo, real y verdaderamente miedo.
Vivienda de prodigios y de asombro Donde vive agobiada la memoria,
Como el gigante á quien oprime el hombro El peso horrible de su
horrible historia.
El coche de la Emperatriz desapareció entre los árboles de los Campos
Elíseos; nosotros montamos en el ómnibus que va á la Plaza de la
Bastilla, y á los quince minutos nos encontrabamos en nuestra fonda.
Un amigo que nos acompañaba me preguntó con mucho interés durante el
camino:
--¿Morirá en Paris la Emperatriz Eugenia?
--Yo dije: no lo sé.
Mañana volverémos á la misma plaza de donde venimos; á la Plaza de la
Concordia, y diré á mis lectores varios secretos de la revuelta historia
de Paris.
=Dia trigésimo segundo=.
Visita.--El Brigadier Rotalde.--El Panteon.--Café cantante de los Campos
Elíseos.--Tertulia.--Una madre como hay muchas.--Curiosidades.
Madama Fonteral viene á vernos antes de las ocho de la mañana. La pobre
lechera entra en nuestra estancia con cierto aire de aturdimiento, casi
de confusion.
--¿Qué sucede, mi buena señora Fonteral? la pregunté.
--Luisa está en cama; Luisa está enferma.
Esta noticia nos desconcertó á mi mujer y á mí.
--¿Qué tiene? preguntamos aun mismo tiempo mi mujer y yo.
--No sé lo que tiene; es decir, no lo sé y lo sé; lo sé; pero no sé
decirlo. Está muy mala; tiene los ojos desencajados; su frente arde;
creo que se muere; tendré que ir á llamar á un médico ...
--¡Qué médico ni qué ocho cuartos! Ustedes lo arreglan siempre todo con
los médicos. El médico no puede volverla su amante; no puede volverla su
honra; no puede volverla su familia. El médico no puede echar tierra en
el abismo, en cuyas tenebrosas cavidades yerra perdido el corazon de esa
mujer. Ustedes no ven más que la medicina del cuerpo: y la mayor parte
de las dolencias no se curan sino con la medicina, del alma. No es
cuestion de botica, madama Fonteral; es cuestion de prudencia y de amor
al prógimo. El verdadero médico de Luisa es la amistad y el sacrificio.
Tome usted 20 francos, y pague usted otros quince dias al amo de la
fonda, para que la trate con cariño, ya que con dinero hay que ganar
cariño en un pueblo que se llama cristiano. Tome usted otros 20 francos
y déselos usted á la enferma, ó reténgalos usted misma, á fin de que
Luisa tenga la asistencia que su estado reclama. Vaya usted volando, y
dígala usted que no se abata, que no se aflija, que no se desespere;
dígala usted que no está sola; que no está abandonada, que hay ojos que
la miran; que hay corazones que la compadecen; que hay enfermeros que
velan por ella á la cabecera de su cama. Dígala usted que tenga
generosidad, abnegacion; la abnegacion del verdadero arrepentimiento.
Dígala usted que hay un deber, el último entre todos los de la vida; el
supremo entre todos los grandes deberes; el que nos imponen nuestras
culpas; el deber de llorar y de pedir que nos perdonen; el deber de
esperar la ventura y la dicha por el merecimiento de la humildad y del
dolor. En fin, dígala usted que se levante de la cama, y que se
tranquilice; que irá á su casa, que irá á Pisa, que su familia la
perdonará, y que si hay virtud en su corazon, si hay vida en su
conciencia, si hay calor en su alma, todavía puede ser feliz. Vaya usted
volando; en la inteligencia de que si usted no la dice todo eso, ó si no
se lo dice bien, Luisa se muere.
Madama Fonteral se echó á temblar, y me miraba como aquel que pide
compasion.
--Vaya usted corriendo! añadió mi mujer con mucha prisa.
--_Maladroite que je suis_ (¡Torpe de mí!) exclamó la buena mujer, y se
dirigió á la escalera apresuradamente volviendo la cara y saludándonos
con la mano.
Inmediatamente que quedamos solos, me preguntó mi compañera:
--¿Qué piensas hacer?
--Pienso ver á los españoles y americanos que aquí conozco, y reunir la
suma necesaria para que Luisa vuelva á su país. Estando en Pisa, una
lágrima y un perdon lo salvan todo. Es una llaga que sólo se pura con
aquel bálsamo; ¿Crees que hago bien ó mal? Pregunté á mi mujer,
mirándola con atencion, como para adivinar sus intenciones.
Mi mujer contestó:
--Creo que haces muy bien.
En el Hotel de Bilbao, de que hice mencion al principio de estos
apuntes, he tenido, la satisfaccion de conocer al brigadier Rotalde, tan
excelente caballero como buen pintor. Viene de la Habana, y teniendo que
permanecer pocos dias en Paris, hemos acordado visitar hoy el Panteon, y
tomar luego una botella de cerveza en un café cantante de los Campos
Elíseos. Para mañana queda aplazada la visita del Louvre, en donde
podrémos admirar la sublime Asuncion de Murillo, que es el sueño dorado
del brigadier, y que yo no dejo de desear.
--A estilo de campaña, exclamó el brigadier artista. Lo que ha de
hacerse luego, hágase ahora.
Y pronunciando estas palabras, abria la portezuela de un carruaje
público que estaba enfrente de la fonda, invitándome á que subiera. Subo
en efecto, sube él, el cochero levanta el látigo, y véanos el lector
rodando, por las calles de esta moderna Nínive. Al pasar por el Mercado
Nuevo, nos apeamos, recorrimos una de sus espaciosas galerías, vimos
camarones, compramos por valor de un franco de esta _fruta marítima_,
tornamos al coche, y en el momento de montar, levantamos los ojos, y
vimos á una jóven como de diez y ocho á veinte años, que, sentada en el
balcon de un piso segundo, se entretenia en dar muchos besos al pico de
un loro. El afan de aquella muchacha no dejó de causarnos cierta
impresion, y apenas nos sentamos en el carruaje, dije yo al brigadier:
A un loro; Julia Amengual
Da de besos un tesoro.
Y á esto dice Don Pascual
Qué á falta de otro animal
Pasa el rato con su loro.
EL brigadier, por un efecto de hidalga galantería, celebró mucho estos
malos versos, y comiendo y conversando como buenos amigos, llegamos á
Santa Genoveva. Despues de visitar el monumento que ya conocen mis
lectores, aunque muy superficialmente, manifestamos, al conserje
nuestro, deseo de visitar el Panteon. Advierta el lector que yo no he
andado esta vez por la linterna circular ni por la cúpula, ni he subido
un solo escalon, sino que he esperado á pié firme en la planta baja,
contemplando una pintura al fresco, copia no muy feliz de Rafael de
Urbino. Temí que el brigadier tuviera algun antojo, parecido á los
invasores antojos del travieso ingeniero. Vuelto el brigadier, tratamos
de bajar á la capilla subterránea, como ya dije; pero se ofrecia una
dificultad. El conserje nos manifestó que teniamos que esperar algun
tiempo.
El brigadier, que á su despejo natural, une la impaciencia del soldado,
preguntó al conserje por qué razón teniamos que esperar el tiempo que
decía.
El conserje le contestó que debian reunirse doce personas para bajar á
la capilla.
Esto picó la desembarazada curiosidad de mi compañero, que volvió á
replicar á nuestro guia:
--Pero ¿por qué razon tienen que juntarse doce personas, para bajar á la
capilla subterránea? ¿Es esta costumbre, por ventura, una ritualidad del
establecimiento, ó como si dijeramos un estatuto de esta iglesia?
--_Non, monsieur_, (no, señor) murmuró el conserje, y bajó la cabeza,
pareciendo que rezaba entre dientes. El brigadier me echó una mirada,
como para decirme, si yo comprendia; yo echó otra mirada al brigadier,
como si quisiera contestarle que no entendia una jota de aquella rara
pantomima, y ambos miramos al conserje, el cual tenia vueltos los ojos
hácia la puerta principal, en significacion sin duda de que no queria
responder. Pero mi compañero, que no es hombre que se acorbarda ante la
distraccion estudiada de un conserje, volvió á llamarle la atencion de
un modo resuelto, tan resuelto, que nuestro guia conoció que estaba en
el caso de capitular. Los conserjes son gente en extremo conocedora.
--Entendámonos, si á usted le parece, le dijo el brigadier con ademan
suelto y apremiante. ¿Hay alguna ordenanza de este cabildo, por la cual
se manda que hayan de ser doce personas las que bajen siempre al
Panteon?
--No, señor, no hay tal ordenanza; pero hay la costumbre de que cada
persona que baje al Panteon, tiene que pagar. 25 céntimos (un real de
nuestra moneda), y como yo no abro las puertas de aquel lugar por menos
de tres francos, tengo que esperar que se reunan doce personas....
--¡Enhorabuena! exclamó el brigadier. Nosotros darémos á usted los tres
francos, y todos los francos que sean menester, sin necesidad de esperar
á nadie. Con que ¡á la capilla!
Ante una oratoria tan elocuente, nuestro guia inclina la cabeza, coge
unas llaves, hace señas á tres caballeros y dos señoras que aguardaban,
entra por una puerta lateral, abre otra, baja una escalera, y todos
empezamos á bajar tras él, despues de abrir paso á las dos señoras, qué
parecian ser personas muy distinguidas. Luego supimos casualmente que
eran escocesas.
Estamos á siete ú ocho varas de profundidad. Hay poca luz. Los techos
son bajos, abovedados, y no ofrecen nada de grande, de majestuoso, de
imponente, ni de magnífico. Al contrario, despues de admirar el
monumento de arriba, el monumento de abajo parece ruin; mejor dicho, no
parece monumento, porque no hay monumentos ruines. Sin embargo de que la
oscuridad habla tanto á mi corazon; sin embargo de que no hay para mí
una poesía tan grande como un sepulcro; sin embargo de que un ciprés me
llama mucho más la atencion que unas pirámides, declaro con pena que he
recibido una ingrata impresion. Esto dista infinito de ser lo que yo me
habia figurado, lo que todo el mundo se figura y debe figurarse, cuando
sabe que una Asamblea Constituyente decreta que tome el nombre de
Panteon, lo que la creencia y la gratitud de todo un pueblo llamaban
antes Sta. Genoveva. Yo creía, como yo creian los demás, que el Panteon
era un monumento más grande que la iglesia, puesto que la iglesia habia
desalojado su primer puesto, para cederlo al Panteon. La Asamblea
Constituyente debió darle el sér antes de darle el nombre, porque de
otro modo es un nombre sin sér. Lo declaró poema sin darle poesía; lo
declaró tiniebla sin darle sombra, y esto es gana de hablar. Ya dije que
en Francia se hacen muchas cosas, infinitas cosas, por ganas de hacer,
como se dicen otras por ganas de decir, como se piensan otras por ganas
de pensar.
Creo que he dado con la expresion: esta capilla subterránea es una
tiniebla que no tiene sombra, ó bien una sombra que no tiene tiniebla.
Estamos en el sepulcro de Voltaire, de este gran revolucionario, de este
gran invasor, de este gran rey, como le apellidaba tan admirablemente
Federico de Prusia. Esto no es una tumba histórica; no es tampoco un
sepulcro; no es ni una sepultura. Es un escondrijo con cuatro paredes;
un cachivache con una estátua, un hoyo, una losa, y un epitafio. Esta
especie de zaquizami dista tanto de estar á la altura de Voltaire, como
la capilla subterránea de estar á la altura del nombre de Panteon.
La estátua de Voltaire se celebra mucho por los franceses. A mí no me
gusta. Esto procederá indudablemente de que no lo entiendo; pero para mí
no es cuestion de filosofía, sino de gusto. Creo que el gusto es la gran
escuela de las artes, y no me gusta ese mármol que miro, porque ahí
Voltaire no parece un hombre de talento, sino una inteligencia
maliciosa. Las arrugas de ese semblante, lo hundido de esas sienes, lo
agudo de esos pómulos, lo contraido de esos labios, lo furtivo de esa
mirada, significan, malicia, perspicacia, argucia; no significan un
entendimiento liberal, extenso, vario, rico, fecundo, inagotable; me
significan el entendimiento de un Voltaire. Voltaire en esa piedra es
más bien un hombre de chispa, no un hombre de genio. Los que comprendan
algo, aunque no sea sino por instinto, por barrunto siquiera, acerca de
lo que es _genio_ y de lo que es _chispa_, podrán explicarse el por qué
no me gusta esa estátua que estoy viendo. Digo de esa estátua lo que
antes dije del subterráneo. El subterráneo no es monumento, porque no
hay monumentos ruines, del mismo modo que esa estátua no es estátua para
mí, porqué no hay estátuas que se ven con disgusto.
Yo murmuré sobre el particular algunas palabras al oído del brigadier;
el conserje hubo de apercibirse, y empezó á explicarme las maravillas de
aquella piedra, como si quisiese tomar á empresa el persuadirme, en
honra del difunto cuyas cenizas nos escuchaban.
Yo dije al conserje: eso que se ve en esa piedra, es la estátua de la
malicia; la malicia es el talento de la ignorancia, y Voltaire, el jefe
de la Enciclopedia, el primer revolucionario de su siglo, el Robespierre
literario del mundo, la admiracion y el susto de la historia, Voltaire,
señor conserje, es algo más que un ignorante.
El conserje hizo un gesto agridulce.
La inscripcion del sepulcro dice:
_Ses manes sont ici; son génie est partout_. (Sus manes están aquí; su
genio está en todas partes.)
Yo, al estilo francés, pido mil perdones al poeta que escribió este
epitafio. No creo que el genio de Voltaire esté en todas partes, porque
aquí no está.
Mirado en este mezquino chirivitil aquel enorme personaje histórico,
parece pequeño, muy pequeño; muy escaso, muy pobre. El rey es aquí un
pordiosero que nos pide limosna. Voltaire habla más, infinitamente más,
que todo esto. Es una cuna sin sepulcro, un Oriente que no halló su
ocaso.
Luego vimos la tumba de Rousseau. Es menos tumba todavía que la de
Voltaire. Sobre la pared de su sepultura tiene pintada una mano que
empuña una antorcha, en significacion de que su inteligencia lo alumbra
todo. Digo de esta antorcha lo que dije del epitafio de su ilustre
vecino. La inteligencia de Rousseau lo alumbrará todo, menos el lecho,
en que reposa.
Luego visitamos ligeramente los sepulcros del arquitecto del edificio,
Soufflot, de Bougainville, del mariscal Lannes, y de siete ú ocho
generales y senadores del primer imperio. Entre aquellos sepulcros vimos
como escombros ó tierra removida.
--¿Qué es esto? preguntamos á nuestro guia.
--Ahí, contestó este, estuvieron los restos de Mirabeau y de Marat.
--¿No están ahora?
--No, señor.
--¿Quién desalojó sus cenizas de este asilo sagrado?
--La Convencion Nacional.
--¿Por qué?
El conserje movió la cabeza. Todos nos echamos á reir. Los franceses son
los únicos hombres del globo que hacen cosas, las cuales obligan á que
los cristianos se rian en el momento de visitar un Panteon. Ya dije, no
há mucho, que el patético de los franceses hace á un mismo tiempo llorar
y reir, y lo que nos acaba de pasar es una prueba incontestable de que
no los he calumniado. Es un patético que juega con las cenizas de los
hombres. Al hablar de la _Bolsa_ dije que ni las piedras están á salvo
del genio francés; ahora debo añadir que no está seguro ni el polvo del
que ha muerto hace muchos siglos.
Atravesamos un pasillo oscuro, muy oscuro, tenebroso. Aquí principia á
ser esto Panteon. El Panteon principia en donde el Panteon concluye.
Despues entramos en una gruta, en donde se percibe confusamente alguna
claridad. Cualquier sepulcro que sé pusiera aquí, seria positivamente
más sepulcro que las covachas que hemos visitado.
El conserje se detuvo y calló. Todos nos detuvimos y callamos. El
conserje permanece mudo, todos enmudecimos del mismo modo. Nadie
respira, no se oye ni una mosca. ¿Qué significa esto? Á través de la
escasa luz que allí habia, todos queriamos mirarnos mútuamente á las
caras, como para ver qué gestos hacíamos ó qué nos parecia aquel
silencioso entremés. De pronto, como un rayo cae de las nubes, como el
tañido arranca del golpe que el badajo da en una campana, se oye un
estruendo agudo, agudísimo, formidable; un estruendo que viene á caer
encima de nosotros, que parece aplastarnos. Todos creimos que el Panteon
se hundia, y que la cúpula, y las naves, y los techos, y las columnas,
aquella enorme masa revuelta y confundida, se desplomaba sobre nuestras
cabezas. Las dos señoras arrojaron un chillido que nos heló la sangre;
yo creí que la tierra faltaba á mis piés, y me agarré frenéticamente á
los hombros del brigadier Rotalde.
Sin que nosotros pudiéramos verlo, porque no habia la necesaria
claridad, el conserje cogió un gran tambor que tenia oculto en uno de
aquellos rincones, y sacudió en él un fuerte golpe, que aumentado
increiblemente por un notable efecto acústico de aquellas bóvedas,
produjo el estrépito de que he hecho mencion.
Luego que nos enteramos de la causa de aquel aparente terremoto, nos
tranquilizamos, y nos dispusimos á saborear el extraño chiste de aquel
espectáculo.
El conserjé, despues de hacer varias evoluciones con el tambor, bajó
la voz todo lo que pudo, y con un acento apenas perceptible, decia: ¿Qué
quieres? ¿quién eres? ¿qué buscas aquí? Y á lo léjos, muy á lo léjos,
como un aviso del otro mundo, con la expresion autómata de un hecho
mecánico, repetia el eco casi apagado: ¿qué quieres? ¿quién eres? ¿qué
buscas aquí? Aquel acento ténue, sutilísimo, se iba haciendo cada vez
más remoto, hasta que parecia perderse entre los escombros de aquellos
sepulcros, como, el acento de un moribundo parece perderse entre los
misterios de la eternidad. Las señoras chillaban furtivamente á despecho
suyo, y habia hombre allí á quien se erizaban los cabellos. En aquel
lugar se experimenta una emocion en que entran á la vez la sorpresa, la
curiosidad, el asombro y la maravilla. Hay algo de arte, de religion y
de fanatismo.
A los pocos minutos estabamos arriba. Nos despedimos de nuestros
_subterráneos_ compañeros, no sin haber dado un napoleon al conserje, y
al mismo tiempo, que atravesamos la espléndida nave de Santa Genoveva,
el brigadier me dice:
--¿Qué le parece á usted?
--Es una cueva, le contesté; no es un Panteon. Son hoyos, no son tumbas.
No nos preocupa la idea de la muerte, sino la idea de un cautiverio. No
hay espíritu allí, no hay providencia; todo es humano, ni aun humano;
todo es francés.
Esta iglesia, añadí, es un templo sin Dios.
Aquel Panteon es un panteon sin sepulcros.
Pasan tres horas, que hemos empleado en comer, el brigadier en su fonda
de Bilbao, yo en el restaurant de las Columnas con mi compañera. Allí
presenciamos una disputa de que daré cuenta otro dia. Antes de ir á las
Columnas, escribí tres cartas á mis buenos y excelentes amigos de Reus.
Mis lectores ignoran, como no puedo menos de suceder, la grande y
justísima estimacion que profeso á esa ciudad, la cual ha sido uno de
los pueblos de España que ha prestado una hospitalidad más generosa á
mis pobres escritos, así políticos como literarios y filosóficos.
Despues, en circunstancias muy difíciles para mí; en momentos de
tribulacion y de amargura; en esos momentos trabajosos en que el hombre
conoce si tiene algun amigo, la ciudad de Reus, la noble, la honrada, la
laboriosa, la liberal ciudad de Reus, ha entrado siempre por las puertas
de mi casa, trayéndome ánimo y consuelo. ¡Dios querrá que sea tan feliz
como lo merece por sus sacrificios, por sus deseos, por su cultura y por
sus virtudes! Acepta, pueblo á quien amo sin haberte visto; acepta este
saludo que te envia un hombre humilde, como prenda de eterno cariño y de
lealísima gratitud.
Verificada la comida, volví á nuestra fonda con mí mujer, la dejé allí
ocupada en escribir á su familia, y yo me dirigí inmediatamente al
boulevart de los Italianos, en donde está la fonda Bilbaina. El
brigadier me esperaba ya, ocupando su puesto en la carretela, acompañado
de otro amigo. Llego, monto, me siento, y el coche arranca. No habian
pasado nueve minutos cuando nos encontramos, cerca de la barrera que
circuye á uno de los cafés cantantes de los Campos Elíseos. Entramos,
nos apoderamos de una mesa, se agolpan los mozos (los mozos de los cafés
cantantes son linces), y pedimos cerveza con bizcochos, unos bizcochos
particulares que hacen en Paris. Principia á oscurecer, aunque hace rato
que se han encendido los faroles; miles de luces oscilan en todas partes
á impulsos del viento; no hay árbol, ni arbusto, ni columna, ni espacio
de barrera, en donde no aparezca un resplandor. En este momento se
enciende, la elegante lucerna del teatro, entre cien mecheros de gas que
ya lucian, y entre cien guirlandas de flores que decoran el techo y las
paredes de la escena. Cualquiera diria que en aquel lugar iba á
verificarse la representacion de algun prodigio, de algun encantamiento
ó cosa semejante. Parece que en ese teatro de mágia no debe ser actor
otro personaje que un hechicero. Entretenidos en mirar aquella mímica
brillante, nadie tocaba á la cerveza ni á los bizcochos. Yo no quitaba
ojo al brigadier Rotalde, que tan pronto se echaba el sombrero hácia la
frente, como se lo dejaba caer hacia atrás, moviéndose casi
contínuamente en la silla, en señal sin duda de impaciencia. Yo, que
calculaba en qué vendrian á parar aquellas misas, no podia menos de
reirme en mi interior. En esto asoman los actores por una puerta lateral
de la derecha, clama la muchedumbre que rodea la valla exterior, todo el
mundo fija sus miradas en el reluciente teatro, los artistas saludan con
una profunda cortesía, permanecen un momento de pié, contemplando al
público, como si quisiesen tomar posesion anticipada de su benevolencia,
y despues de esta pantomima seductora toman asiento en sus respectivos
sofás. Las hembras, vestidas de blanco, convertidas (por sus vestidos)
en símbolos de la pureza y de la castidad, engalanan el sofá de la
derecha, inmediato á la puerta de entrada, mientras que los varones van
á ocupar el otro sofá de la izquierda, frente por frente del sofá de las
damas.
--¿Empezará ya el canto? preguntó el brigadier.
--No, señor, respondí.
--Pues ¿por qué salen?
--Porque así lo tienen estipulado en sus contratas. Esto es parte de la
funcion. Antes de empezar la tarea, tienen obligacion de exponerse al
público, á fin de entretenerle con esta novedad, hasta que llegue la
hora convenida.
--¿Cual es esa hora?
--Creo que las ocho.
El brigadier sacó el reloj con mucha prisa, y vió que eran más de las
siete y media. Tomamos un sorbo de cerveza, miramos á nuestro alrededor,
principiamos á contar las luces, aunque no pudimos terminar; cruzamos
algunas palabras sobre el viso dramático que los franceses saben dar
alas cosas, sobre esa habilidad fascinadora que sabe hacer bonito, muy
bonito, lo que es realmente feo, muy feo; sobre ese instinto
trastornador que convierte la realidad en apariencia, y la apariencia
en realidad, ofuscándonos de tal modo, que casi llegamos á perder el
conocimiento natural de lo que es bueno y de lo que es malo;
discurríamos, vuelvo á decir, sobre el particular, cuando el clamoreo
confuso y prolongado de la multitud que circuye la barrera, vino á
noticiarnos que la hora del concierto se aproximaba. Dejamos de hablar,
volvemos los ojos á la escena, el brigadier se levanta maquinalmente y
vuelve á sentarse, como si quisiera tomar una posicion más segura, en
señal de que aguardaba algun portento; los artistas se ponen de pié,
saludan como antes; se abre la puerta del fondo, los _galanes_ se sitúan
cortesmente á los lados de la puerta; pasan las _damas_; los galanes las
siguen, y la escena se queda sin nadie. Silencio profundo. Todo el café,
por dentro y por fuera, aguarda resignado. La orquesta preludia, la
multitud grita, las sillas crugen, las mesas se chocan, los mozos
corren, los curiosos se arremolinan, todos se sientan, la puerta del
fondo se abre, el _carácter cómico_ asoma.... ¡Carcajada general,
unánime! ¡Ovacion completa!
--¿Qué es eso? me preguntó muy bajo el asombrado brigadier.
--Es que ha salido el gracioso, como si dijéramos el payaso.
El brigadier arrugó el entrecejo. Esta salida inesperada no fué muy de
su gusto.
El _carácter cómico_ anda de gatas, se pone en cuclillas, de bruces,
canta, llora, chilla, gorgea, ladra, maya, ahulla, hace la gallina, hace
el gallo....
El brigadier se siente dominado por un ímpetu de noble y generosa
indignacion; se levanta con aire brusco; la mesa tambalea, los vasos se
vierten, los bizcochos andan por el suelo, los mozos acuden, el
brigadier deja una moneda de cuatro duros: ¡esto es una poca vergüenza!
exclama colérico, y todos tres abandonamos el café cantante.
Luego me dice el brigadier: el que no quiera ser injusto con la Francia,
no debe venir á este infame y grotesco espectáculo. Si viene aquí,
tiene que ser injusto por necesidad; tiene que creer que Francia es una
horda civilizada, porque no se concibe que tamaña degradacion de los
sentimientos cristianos pueda caber en la conciencia de un gran pueblo.
Yo dije al digno y pundonoroso Brigadier: tiene usted razon. Lo que
usted siente hoy, lo sentí yo del mismo moda cuando vi por primera vez
esa degradante pantomima, y así lo tengo consignado en la obra que
escribo.
--Hace usted bien, muy bien, contestó, y nos dirigimos silenciosamente
hácia la Plaza de la Concordia. Habiamos entrado ya en la Plaza, cuando
todavía duraba aquel silencio. No parecia sino que nos habia sucedido
una desgracia. Sí; óigalo el Sr. Alejandro Dumas; óigalo ese famoso
novelista, que ha hecho tanto daño á este mundo, como la peste que más
daño haya hecho; óigalo esa celebridad que ha descompuesto tantos
matrimonios; que ha torcido tantas ideas; que ha enloquecido tantos
corazones; óigalo ese genio francés, cuyas novelas han dado veneno á
tantas jóvenes incautas, engañadas y seducidas por sus encantadoras
fantasmagorías, óigalo el eminente novelista Dumas; óigalo esta Francia
que ha dado tanto oro, tanta fama, tanta honra, tanto aplauso, á los
chismes y á las mentiras de ese novelista sin conciencia, de ese
vendedor de _falsas novedades_: oiga la Francia, esta culta, esta rica,
esta poderosísima Francia, lo que voy á decir: tres españoles, _tres
cafres de allende el Pirineo_, caminan tristes, están afligidos, porque
acaban de ver un espectáculo que desdora á esta gran nacion. _Tres
cafres de allende el Pirineo_ caminan mudos y sienten dolor en su alma,
al cumplir el deber cristiano que tienen de pronunciar esta justa
censura.
--¿Qué Plaza es esta? pregunta el brigadier, medio amostazado todavía
por la aventura del café-concierto.
--Es la célebre Plaza de la Concordia.
--¿Y por qué es célebre?
--Por dos grandes bautismos de sangre. Aquí, cuando apenas estaba
concluida la Plaza, tuvieron lugar las fiestas públicas por el
casamiento de María Antonieta con el Delfín, y la multitud aplastó en
un dia á ciento treinta y dos personas. Aquí, sobre este suelo que
pisamos, rodaron en el trascurso de tres años no cumplidos, mil
quinientas cabezas de personajes célebres. Aquí se trasladó en el
sangriento 23 de Agosto la guillotina, por órden del Consejo general de
la Municipalidad de Paris, y esa guillotina, ese mónstruo bárbaro é
insaciable, devoró las cabezas de Luis XVI, de María Antonieta, de
Carlota Corday, de la Princesa Isabel, de Madama Roland, de los
Girondinos, de Barnave, de Hebert, de Danton y de Robespierre. Si toda
la sangre humana que aquí se ha derramado, brotase en este instante de
las losas que pisan nuestras plantas, nos llegaria seguramente al
cuello. Al decir yo esto, sucedió una cosa muy particular, que juré no
echar en olvido al escribir este pasaje. La Plaza de la Concordia está
profusamente iluminada, como que la alumbran ciento cuarenta y dos
mecheros de gas; hacia luna, una luna muy clara, de modo que parecia que
nos hallábamos al declinar la tarde. En el momento de pronunciar yo,
_que si la sangre derramada en la Plaza de la Concordia brotara de las
piedras que pisábamos, nos ahogaría_, un caballero y una señora pasaron
muy cerca de nosotros, y al oir mis palabras la señora, se levantó el
traje y anduvo de puntillas algunos pasos, como si temiera mancharse las
botas y el vestido. Se lo hice notar al brigadier y al otro compañero, y
todos celebramos la admirable ocurrencia de aquella señora, y la
exquisita sensibilidad de la mujer. Debe presumirse que la señora en
cuestion era paisana nuestra, puesto que entendió lo que hablábamos, y
nosotros hablábamos en español.
Volviendo á la historia terrible de la Plaza, dije al brigadier: lo malo
tiene la ventaja de que no es necesario que nadie lo extirpe: él tiene
el encargo providencial de extirparse á sí mismo. La guillotina mató la
guillotina; el terror mató al terror; la barbarie mató á sus hijos, como
el Saturno de la Fábula, y concluyó por matarse á sí propia.
--¿Qué es aquella columna?
--El obelisco de Lougsor, cerca del Cairo, que sirvió de ornamento al
palacio real de la famosa Tebas. Sus geroglíficos dicen que fué
principiado bajo Rhamsés II, mil quinientos cincuenta años antes de la
venida del Salvador, y concluido en el reinado de su hermano Rhamsés
III, que la historia conoce bajo el nombre de Sesostris, que fué el rey
más grande de todo Egipto, el rey más grande de toda el Asia. De modo
que esa piedra tiene tres mil cuatrocientos trece años. Pesa
próximamente.... ¿Cuánto dirán ustedes?
--¿Quién puede saberlo? contestaron al par mis interlocutores.
--Calculen ustedes poco más ó menos.
--¿Dos mil quinientos quintales? preguntó el compañero del brigadier.
--Más de cinco mil. Pesa muy cerca de veintitres mil arrobas.
--¿Y esa columna es de una sola pieza?
--Una sola pieza. De otra manera no seria obelisco.
--Pues señor, dijo el brigadier, difícilmente puede encontrarse un
personaje de más peso y de más edad.
Dejé á mis compañeros en su fonda, y el carruaje me llevó á mi casa, en
donde encontré á la amable familia americana, la misma que nos habia
convidado á la tertulia de la calle de Lepelletier. Mi compañera estaba
empeñada en que no habia de ir, y yo empeñado en que no se habia de
quedar, y ¡gracias al cielo! esta vez no se cumplió el refran que dice:
_pídele á Dios que sea bajo!_ Hago aquí mencion de este triunfo de un
marido, porque un hecho tan raro bien merece la pena de que se mencione.
--Es que yo no hablo una palabra en francés, ¿qué papel haré en la
tertulia? Todos se reirán de mí....
--Mira, dije á mi compañera, Paris tiene la presuncion de ser el pueblo
universal; España está dentro del universo, de modo que tú cumples
hablando en español.
A las once y cuarto estábamos en la tertulia. Muchas sonrisas, muchos
gestos, muchas contorsiones, muchas luces, muebles magníficos, un gusto
refinado en todas partes, una comedia deliciosamente ejecutada. En
cuanto al recibimiento que merecimos, nada puedo decir que no ceda en
honor de aquella bondadosa y liberal familia. Mi pobre mujer estaba allí
como raton en boca de gato, á despecho de su fecunda locuacidad. Una
señora que estaba á su lado, la dirigió no sé qué pregunta en francés.
Mi mujer contestó en castellano que no entendia; la otra la respondió en
francés que no la comprendia tampoco, y despues de estas amigables
explicaciones, ambas se miraron y movieron la cabeza, como si quedaran
convencidas, sin embargo de que no habian comprendido una palabra.
Se bailó muy bien; se cantó mejor; se tocó á las mil maravillas. El
arte, más severo nada hubiera podido objetar; pero no hallé otra cosa.
He hecho propósito firme de no faltar á la verdad, ni aun por
galantería, ni aun por gratitud. No encontré ese ambiente embalsamado,
esa atmósfera vaporosa, esa idealidad inspirada, esa naturaleza rica,
esos instintos poderosos: no encontré esa aura indefinible, el genio
sencillo con que nos embelesa la sociedad italiana. ¡Qué bella es Roma,
cuando se la mira desde Paris! Voy á hacer mérito de la risible
extravagancia de una mujer de Batiñoles, que formaba parte de la
tertulia. Esto no es hablar de Paris, ni de Francia, porque ni Francia
ni Paris pueden tener culpa de que haya una vieja ridícula.
En segundo término del salon, como las últimas figuras de un cuadro,
habia una señora con su hija, muchacha graciosísima que podria rayar en
los quince ó diez y seis años. Un caballero preguntó á la madre cuándo
se casaba la muchacha. La vieja se puso encarnada como un pavo.
--¡Casarse mi hija! exclamó con miedo y casi con cólera. ¡Qué delirio!
Haga usted el favor de no hablar de amores y de casamientos á una niña,
que no debe pensar en otra cosa que en vestir y desnudar muñecas.
¡Casarse! ¿Cómo quiere usted que se case esta mocosa? No, señor; yo no
quiero engañar á ningun hombre. Mi hija no se casará un dia antes de los
treinta años. Á los treinta años se casó su abuela, á los treinta años
me casé yo, y si mi hija piensa otra cosa, puede hacer cuenta que no
tiene madre.
Al decir esto, aproximaba su asiento al de la muchacha, como si temiera
que alguno viniese á robársela. Pero advertí que mientras que la madre
hablaba, la hija se reia. La vieja lo notó, y la tiró desabridamente del
traje, y es muy probable que la sermoneara con algun pellizco, esos
pellizcos afectuosos que las madres dan á las hijas.
El caballero quiso replicar.... ¡Aquí fué Troya! La vieja no sabia cómo
estar sentada; sudaba; se llevaba las manos a la cabeza; paladeaba
contínuamente, porque sin duda se le secaba la saliva en la boca.
--¡Nada! ¡nada! exclamaba fuera de sí. Treinta años cumplidos, y si
falta un dia, no quiero. El caballero tuvo que mudar de conversacion, é
hizo perfectamente, porque es seguro que si no deja el tema comenzado,
hay en la tertulia un soponcio. Yo miraba á la vieja diciendo para mí:
¡qué imbecilidad! Luego miraba á la muchacha, y decia: ¡qué lástima!
Los lectores me permitirán que diga dos palabras sobre una curiosidad
muy rara, sumamente rara, como teoría: muy comun, sumamente comun, como
hecho. Quiero decir que está sucediendo á cada instante, y que tal vez
no puede hallarse la razon de una experiencia tan repetida y tan
trivial. Hé aquí la curiosidad de que hablo. Nadie ama á su hija como
una madre; no hay un carácter más digno de veneracion, que el santo
carácter de la maternidad. Pero no digo bien; la maternidad es más que
carácter; es la virtud suprema, la suprema emocion de este mundo; es la
grande heroicidad de la vida. Una madre es el héroe de todos los héroes,
el mártir de todos los mártires. El héroe da su vida al sentimiento de
la gloria; el mártir da su vida al sentimiento de la fe; pero cuando
llega la hora de morir, mueren con dolor. La madre que muere por sus
hijos, muere con placer. La madre mantendria á sus hijos con sus propias
lágrimas. La madre tirita cuando ve que sus hijos tienen frio. Una madre
murió en un lecho hediondo, lleno de harapos. En aquel lecho habia con
ella dos criaturas. Cuando los vecinos entraron al dia siguiente,
hallaron á la madre abrazada á sus hijos; los brazos helados de la
muerta, tenian á las dos criaturas encadenadas contra su pecho, mientras
que sus labios amoratados estaban tocando la frente de uno de los niños,
porque sin duda alguna habia muerto arrojando el aliento sobre aquella
frente, para calentarla con el hálito de su boca y de su corazon. Los
niños vivian. Para arrancárselos á la mujer que ocupaba el lecho, fué
necesario enderezar aquellos brazos rígidos, que tenia presas á las dos
criaturas. Para arrancar esas criaturas á la mujer que ocupaba aquel
lecho hediondo, fué necesario luchar con su cadáver. Aquella madre
abrigó á sus hijos con su desnudez; los calentó con su propio frio, con
el frio de la muerte. Esto es un prodigio, un milagro; pero la madre
tiene el don celestial de hacer milagros y prodigios. Sobre una madre no
hay nada en el mundo, nada absolutamente más que Dios. No se me puede
tachar de indiferente, ó de descastado. Adoro á mi madre, adoro á todas
las madres de la tierra; adoro á las madres, no á las ayas. ¡Misterio
incomprensible! Esas madres que aman tanto á sus hijos, son las que
causan más frecuentemente su perdicion. No hay ninguna cosa más temible
para una hija, que el casamiento arreglado por una madre. No hay nada
más expuesto á error, más expuesto á ser engañado, que el corazon de una
mujer, cuando se trata de sus hijos. Basta que cualquier hombre mal
intencionado aparente amor á su hija, para que la madre se embobe y lo
eche todo á pique. Cree que va á labrar la felicidad de aquella criatura
que tanto ama, y labra su desdicha con un afan que raya en frenesí. La
madre tiene amor, no tiene juicio; tiene abnegacion, no tiene reserva;
sabe criar á sus hijos en sus pechos, no sabe criarlos para el mundo;
tiene el don divino de darles el sér; no tiene el don humano de darles
la felicidad; SON MADRES, NO SON AYAS.
Figúrese el lector qué sucederá á la pobre muchacha de Batiñoles, con la
manía que tiene embargada la cabeza de su madre. Tiene que casarse á los
treinta años, á los treinta años cumplidos, y si falta un dia, la madre
no quiere. ¿Cuántas luchas, cuántos sinsabores, cuántas amarguras no
esperan á esa pobre hija? ¡Treinta años! Ahora tiene quince ó diez y
seis. Y ¿si ama ya? Y ¿si hoy tiene ya una pasion? ¿Ha de esperar trece
ó catorce años, para satisfacer el sentimiento más querido de su alma,
la necesidad más irresistible de su corazon, la fantasía más grande con
que la ha embellecido la Providencia? Y si despechada, al ver que
contrarian el más profundo instinto de su existencia, huye de la casa
que la vió nacer, y se pone en brazos de un hombre pérfido, como Luisa
se puso en brazos del estudiante de Rodhese ¿la volverá su madre la
honra y la dicha que ha perdido? ¡Madre insensata! ¿qué es lo que crees?
¿Crees que eres madre de tu hija, para sacrificarla á los caprichos de
su madre y de su abuela? ¿Crees que tu hija ha de vivir con la vida
especial de su abuela ó de su madre? ¿Crees que eres madre de tu hija,
para encerrar en el canutero de tus agujas el sentimiento más grande y
poderoso de la existencia, el encanto de todos los vivientes, el secreto
de todas las familias, la lumbre que calienta todos los hogares, el
ángel del mundo que arrulla el sueño, de todas las almas? ¿Crees que
eres madre para poner ó para arrancar ese sentimiento del alma de tu
hija, como quitas ó pones un garbanzo en tu olla, como clavas ó dejas de
clavar tu aguja de coser en una costura? ¿Crees que el cielo te ha dado
la dicha inmensa y el inmenso deber de ser madre, para disponer á tu
antojo de la ventura de ese sér que criaste en tu seno, de quien has de
dar cuenta á la familia, al mundo y á Dios? ¡No, madre indiscreta!
Dios no da privilegios para lo absurdo y lo ridículo. Dios no te ha dado
la alteza, la soberana alteza de ser madre para que le pagues con la
ruindad de hacer infeliz á tu hija.
Suplico á las hijas que se hagan cargo que no hablo con ellas; figúrense
que no han leido nada; fórmense la ilusion de que estas páginas están en
blanco. No hablo con las hijas, sino con las madres.
Voy á dar un consejo á los padres, porque á los padres toca el gobierno
de los grandes intereses de su casa; por consecuencia, el gobierno de
sus hijos, puesto que un hijo es el interés capital de la familia.
Cuando tu hija ame y sea amada, no mediando peligro en el casamiento, no
te opongas á que se case. Sobre todo, no te opongas, alegando por causa
los pocos años de la novia. Semejante causa no es verdadera, ni
legítima. Semejante causa es muchas veces la preocupacion vulgar de que
se vale tu egoismo, porque amas á tu hija, y no tienes bastante
abnegacion para sacrificar tu amor á su felicidad. La mujer, tu hija, es
capaz de casarse, desde luego que es capaz de amar á quien ha de ser su
marido, y un padre sensato no debe pretender legislar esto de otro modo.
La naturaleza, Dios, te ha ahorrado este trabajo, porque legislar estas
cosas tocaba á Dios, y un padre sensato debe calcular que la Providencia
sabe más que él. Y léjos de evitar que tu hija se case jóven, debes
procurar con mucho cuidado que no se case vieja. ¿Por qué? Por cuatro
razones capitales.
1.ª Casándose tu hija jóven, es más apta para la generacion, en lo cual
gana la sociedad, y tiene que correr muchos menos peligros al ser madre,
en lo cual gana ella. De las veinte mujeres que se casan á cierta edad,
las once sucumben cuando dan á luz la primera criatura.
2.ª Casándose jóven tu hija, aun cuando muera á una edad mediana, dejará
educados á sus hijos; cuando menos, á los mayores, que podrán encargarse
de la educacion y del porvenir de los pequeños, pudiendo morir con la
indecible satisfaccion de que deja en el mundo una familia. Por el
contrario, las que se casan tarde, no pueden vivir lo preciso para dejar
á un hijo establecido y colocado, de donde resulta frecuentemente que
los huérfanos tienen que ser presa de los hospicios, de los hospitales;
de la miseria, de la ignorancia y del vandalismo. Si pudiéramos ver la
historia secreta de todos los hechos sociales ¡cuántas lecciones
hallaríamos! ¡Cuántos escarmientos vendrian á castigar nuestras
imprudencias! ¡Cuántos desgraciados habrán subido las gradas del
patíbulo, por las extravagancias de sus madres, madres como esa madre de
Batiñoles!
3.ª Casándose jóven tu hija, satisfaciendo á tiempo la necesidad más
imperiosa y más sagrada de su corazon, no puede ser víctima, como lo son
tantas mujeres, de una pasion contrariada, de un amor combatido y
tiranizado. Pero aunque su virtud se conserve pura, aunque no halle su
perdicion y su deshonra en un mar de lágrimas y de desdichas; aunque
tenga el necesario desprendimiento de sí misma para sacrificarse, ¿por
qué razon ha de sacrificarse esa criatura? ¿Por qué razon ha de ser su
padre quien la sacrifique? ¿Por qué ese martirio sin gloria? Tu hija ama
á los diez y seis años, y tú te empeñas en que ha de casarse á los
treinta cumplidos. ¿Quién llena ese vacío de catorce años? ¿Quién premia
esa lucha? ¿Quién compensa ese sacrificio y esa agonía? ¿Y si tu hija
enferma, quién la volverá su salud? ¿Y si se muere, quién la arrancará
de su sepulcro?
4.ª Casándose jóven tu hija, se atempera con mucha menos dificultad al
carácter y á las costumbres de su marido; y con mucha menos dificultad
puede recibir esta segunda educacion, infinitamente más peligrosa, más
difícil y más importante que la primera. ¿Crees tú, padre de tu hija,
que tú sólo la educas? Estás en un error gravísimo. Tú la educas para la
sociedad, para la familia, para todo el mundo. Su marido tiene que
educarla luego para él. Tú haces con tu hija, lo que hace el sastre que
confecciona un traje para el primer parroquiano que salga. Luego que el
parroquiano se presenta, se pone el traje, y va designando al maestro en
dónde le está estrecho, en dónde le está ancho, en dónde le hace
arrugas, porque no quiere un traje que le haga arrugas, ni que le esté
ancho, ni que le esté estrecho. Tú, padre de tu hija, haces un traje sin
tomar la medida de tu yerno; tu yerno ha de ajustárselo despues, y esta
segunda hechura es una medida que tiene más peligros, porque el nuevo
sastre no cuenta con toda la tela, sino con la tela que tiene el vestido
que le dan, con la tela que tú le has dado. Y ¿qué cristiano educa á una
mujer, endurecida en sus costumbres, en sus hábitos, en sus vicios y
preocupaciones? ¿Qué cristiano educa á una mujer de treinta años, como
la abuela de la muchacha de Batiñoles? Más fácil es enderezar á un roble
de cien años, que á una mujer de quince. ¿Quién será tan necio que eche
sobre sí el andar á pleitos con una de treinta? ¡Ay! Aún siendo jóven,
aún sin tener conciencia cabal de sí propia, en el período inocente de
la generosidad y del amor, aún en la aurora de la vida, entre los
alegres albores del amanecer, pasa lo que Dios sabe: ¿qué no pasará,
cuando la mujer se ha explicado á su modo el mundo en que vive; cuando
está celosa y enamorada dé sus ideas, de sus opiniones y de sus hábitos,
como de su pelo, de sus ojos ó de su vestido?
En favor de la teoría contraria no hay ninguna verdadera razon. En abono
de la teoría que defiendo, existen, sin esforzar mucho el asunto, las
cuatro razones que acabo de exponer. Encargo á los padres que mediten
despacio sobre este consejo, dado á la ligera; pero que es fruto de una
contínua y madura observacion, no desmentida nunca por la geometría
infalible de la vida, por la experiencia.
Voy á terminar este dia con algunas curiosidades.
Primera curiosidad. Un amigo nos ha referido lo que oyó en Sevilla, á un
hombre y á una mujer del pueblo. Es el caso que una mujer, jóven y
hermosa, pasaba por cierto lugar. Un hombre se aproxima á ella, y la
dice: oiga usted, cuando ese cuarto se desalquile, puede avisarme,
porque yo lo quiero habitar.
--Sí, señor, contestó con mucho reposo la mujer. Cuando usted guste,
puede pasarse por mi casa, que mi marido le entregará la llave.
¿Qué retórico, por sábio que fuera, escribiria una alegoría más
vigorosa, más bien expresada, más significativa, sin dejar de ser
decorosa y honesta?
Segunda curiosidad. Un periódico literario de Paris hace tres preguntas,
á fin de que los suscritores curiosos se las contesten.
Primera. ¿Qué es lo más temible de este mundo?
Yo creo que un tonto.
Segunda. ¿Qué debe hacer el hombre para evitar los inconvenientes del
casamiento?
Yo creo que lo mejor es no casarse.
Tercera. ¿Cuál es la tendencia favorita de las mujeres?
Voy á contestar con dos redondillas castellanas.
El dominio, este es su afan;
Y tan de antiguo lo quiso,
Que dominó el Paraíso
Aún siendo soltero Adán.
Con lo que queda expresado
Que he dicho bastante infiero;
Si lo enredó de soltero
¿Qué hubiera sido casado?
Mañana nos espera el Louvre. El brigadier Rotalde no habla de otra cosa
que de la Asuncion. Por lo que á mí toca, Dios sabe cuánto deseo verla.
¡Animo, mis queridos y benévolos lectores! Hasta mañana.
=Dia trigésimo tercero=.
La enferma.--Museo del Louvre.--La Asuncion.--Apoteosis de Rubens.--Otra
pintura de Murillo.--Una respuesta.--Noticia á mis lectoras.--Curiosidades.
¡Virtud increible la de la sangre! ¡Cariño santo el de la familia! La
hermana de Luisa ha llegado con su esposo; Luisa está buena; y no sólo
está buena, sino que es feliz, todo lo feliz que puede ser una criatura
que ha perdido la grande ilusion, la grande esperanza y el grande
secreto de su existencia. La honra es en nuestra alma, lo que es el
aroma en las flores: una esencia de aquella vida.
Un abrazo de la mujer con quien se ha criado en la casa paterna, un solo
abrazo de su hermana, ha curado casi las llagas de su corazon. ¿Qué
sentirian aquellas dos mujeres cuando se vieron? ¿Qué sentiria Luisa, al
oir la voz de su segunda madre? ¿Qué hay en él mundo comparable á las
lágrimas, que aquellas dos criaturas derramaron? ¿Qué poder, qué
riqueza, qué fausto, qué ciencia, qué genio, qué gloria, tiene el arcano
arrebatador qué da la Providencia á esas lágrimas ignoradas y mudas?
¡Ah! Este amor innato de la familia, esta preciosa herencia que las
madres dejan á sus hijos, esta lumbre apacible que calienta á todos los
que viven en una casa, es lo que más nos reconcilia con la humanidad;
más que el talento, más que el heroismo, más que la virtud. Al ver á un
mendigo, á un criminal, á un traidor, á un leproso, no puedo menos de
exclamar: á ese hombre le ama su madre, le ama su esposa, le ama su
hijo; y en aquel hombre miserable, en aquella criatura abyecta, en aquel
andrajo de la vida, si así puede decirse, encuentro algo digno de
respetarse. Sí, yo respeto en aquel hombre el amor augusto de la
familia; respeto y adoro esa sacratísima poesía, cuyo poeta no mora en
este mundo. Aquella criatura envilecida lleva consigo un profundo
misterio que Dios le ha dado, y ante ese misterio que Dios nos da, debia
el hombre estudiar en silencio y con la cabeza destocada.
Volviendo á Luisa, Madama Fonteral vino á enterarnos de lo ocurrido, y
el alborozo ahogaba su voz. La buena mujer no sabia por dónde empezar, y
exclamaba-muy á menudo: ¡_estoy loca, estoy loca_! Por fin, nos
participó la noticia, y mi mujer y yo sentimos lo que sentiriamos,
cuando encontráramos á una hermana que se nos hubiera perdido. Mi mujer
miraba á todos lados de la estancia; diciendo: _me parece que somos
más_. En efecto, todos creiamos que nuestra familia se habia aumentado.
La hermana de Luisa era tambien hermana nuestra, hermana por la
compasion y por la caridad.
Madama Fonteral cogió la escalera, balbuceando palabras que no
comprendimos, y mi Ana y yo nos dirigimos una ojeada, como si nos
quisiéramos decir: ¡qué excelente mujer!
Desde este dia, miramos á Madama Fonteral con un verdadero y entrañable
cariño. Tal vez esa pobre lechera es la persona á quien más queremos en
Paris.
Mi mujer y yo, con los ojos iluminados por la alegría, nos asomamos al
balcon; Luisa estaba en el de enfrente, con la vista clavada en el
nuestro. Indudablemente esperaba á que nosotros nos asomásemos, para
saludamos. Así fué. Nos miró con un aire indecible de regocijo, nos hizo
diferentes saludos con las manos y con la cabeza, pronunció palabras que
no pudimos entender, y se metió dentro como un relámpago, dejando en
nuestro balcon, no á dos criaturas, sino dos estátuas. Al darnos de cara
con Luisa, al recibir el saludo de su ademan y de sus ojos, aquel tierno
saludo de un alma buena y generosa; al vernos casi enfrente de aquella
mujer que poco antes se moria, de aquel cadáver resucitado, se nos
oprimió el corazon, y quedamos allí como dos figuras de piedra. ¡Pobre
Luisa! ¡Alma tierna! Aquel saludo que nos hizo, fué un consuelo que
quiso darnos, que realmente nos dió. Hay jóvenes (yo conozco algunas),
que tienen como el sentimiento del vicio, sin embargo de que viven en la
virtud. Hay otras que tienen la conciencia de la virtud, sin embargo de
vivir en el vicio. A estas últimas pertenece Luisa. Ha pasado por la
deshonra, y no ha perdido totalmente el encanto de la inocencia. Es más
inocente por su alma, que muchas jóvenes lo son por su edad.
Mudemos de decoracion. Es la una de la tarde; el brigadier Rotalde, otro
amigo y yo, paseamos nuestros ávidos ojos por una gran sala del Louvre,
denominada el _salon de los Estados_. La gran sala del palacio de
Versalles, y la que ahora examinamos, son las dos piezas más espaciosas
y magníficas que he visto. Tiene próximamente dos pisos de altura, sobre
ochenta pasos de longitud, y veintiocho ó treinta de latitud. El famoso
salon de embajadores del Palacio Real de Madrid, es mucho más pequeño;
sin embargo, me parece que es más majestuoso, porque es más sencillo. El
único defecto que noto en esta regia estancia, consiste en que la
profusion en el ornato, la quita esplendidez en el conjunto. Con menos
lujo, habria más grandeza, porque resaltaria más la grandeza de los
techos, de las paredes, del espacio; la grandeza de la extension. A
pesar de todo, es una pieza deslumbradora. Entre las infinitas cosas
notables que hemos visto en la sala de que hablo, no voy á hacer mencion
más que de una. Casi al fin del lienzo de la derecha, como en el comedio
de la pared, divisamos un cuadro. Nos aproximamos cuanto pudimos, y
echamos de ver que era el retrato de su pintor. Uno de los curiosos que
visitaban el Museo en aquel dia, contemplaba el retrato con cierta
entusiasta curiosidad, casi con maravilla. Esto nos llamó la atencion á
nosotros, que no veiamos en aquella pintura un motivo tan grande de
admiracion y de entusiasmo. Nos fijamos con más insistencia en el cuadro
que teniamos delante; volvimos los ojos al espectador, y notamos de
nuevo que no dejaba de hacer muecas y contorsiones, como encareciendo la
excelencia de la pintura. En esto nos miró, y nosotros le miramos
tambien, en señal de decirle: «¿que ves tú en ese cuadro? ¿Qué prodigio
es ese?»
El extranjero (era aleman) nos comprendió, y al pasar cerca de nosotros,
balbuceó en mal francés: ese retrato que ustedes ven, esa pintura que
está ahí colgada, no es una pintura, no es un cuadro al óleo: es un
tapiz, y saludándonos con un ademan, partió.
Los tres nos quedamos asombrados, y permanecimos mucho tiempo
contemplando aquella maravilla. No sabiendo que aquella pintura es un
tapiz de la fábrica de Gobelinos, parece imposible que haya una persona
que distinga el tapiz de una pintura al óleo, y de una pintura de buena
escuela. El tejido ha hecho tanto como el pincel; la lana es allí rival
de los colores. Sombras, medias tintas, confusion de matices, hasta
vaguedad en el colorido, hasta esa mezcla indefinible, infinitamente
varia y distinta, que sólo puede hacerse en la paleta de un pintor, todo
está allí. Los Gobelinos son tan pintores como tapiceros, ó tan
tapiceros como pintores. Creo que ese retrato que acabamos de ver y
admirar, es una de las más grandes curiosidades que posee el arte
humano.
Entramos en el Museo de pinturas. Despues de atravesar algunas galerías,
en donde hay más riqueza de arquitectura, en donde el edificio es mucho
más notable que el Museo, penetramos en la _sala de preferencia_. En
esta rica sala se custodian todas las obras más estimadas que el Louvre
posee de los grandes maestros. En medio del ángulo de la derecha, entre
pinturas de Rafael de Urbino, de Rubens, de Ticiano y Poussin, vimos un
cuadro que parecia presidir aquella especie de banquete histórico; un
banquete á que asisten silenciosamente tantos genios.
El brigadier Rotalde se destoca, y con una valentía de sentimiento, que
no fué dueño de reprimir, exclamó: _¡viva Bartolomé Estéban de Murillo!_
Esta exclamacion improvisada tenia cierto fluido eléctrico.
Nuestra curiosidad está satisfecha. La pintura que vemos es la ASUNCION.
¿Puede explicarse el mérito de ese inmenso cuadro? Creo que no. En esto
sucede lo que con el color y con el sonido. En vano explicaremos el
color al ciego, y el sonido al sordo. El que no reciba estas nociones de
la creacion natural, bajará al sepulcro sin ellas. El que no tenga
entendimiento, fantasía y corazon para comprender y sentir la gran
belleza que el genio de un hombre esculpió en ese lienzo; el que no oiga
dentro de su alma, muy dentro, lo que le dice ese silencio arrebatador,
esa elocuencia que no habla con la boca, esa elocuencia muda, y que por
lo mismo es más sublime; quien no tenga el talento del entusiasmo, como
tuvo Murillo el talento del arte, apenas podrá entender una palabra de
esa lengua divina. Cuando más se le explique, menos comprenderá. Sin
embargo, daré cuenta al lector de mis impresiones. No tome el lector á
soberbia, lo que voy á decir por ingenuidad. No veo el mérito de la
ASUNCION, en donde otros lo ven. Lo veo, grande, muy grande,
maravillosamente inspirado y feliz, en donde no se ve generalmente. Creo
que el mérito maestro de ese cuadro no consiste, sino en que teniendo
todas las formas de mujer, no nos hace experimentar la emocion del sexo;
en que tiene esa indecision misteriosa del pensamiento, de la
conciencia, de la esperanza; es decir, de la Vírgen, porque la esperanza
es toda la vida y toda la belleza de la virginidad. Es una mujer en su
cuerpo, y una idealidad en su alma; y la idealidad es tan poderosa, que
la impresion del cuerpo desaparece, y triunfa el espíritu. Esa ASUNCION
es una escuela en que el arte se pone de rodillas ante la fe. No veo á
Murillo; no veo á España; no veo á Sevilla; no veo á nadie; no veo más
que á la ASUNCION. La obra es tan grande, que mata la idea del obrero.
¿En dónde principia esa Vírgen? No se sabe. Un ropaje magnífico oculta
sus piés.
¿En dónde acaba? No se sabe. El dedo índice de su mano derecha señala á
lo alto, y el cielo es un espacio que no tiene confines. Parece que se
va, que se sale del cuadro, que se echa á volar sin alas; parece que
aquella figura tiene su complemento en otro mundo; parece que Murillo
quiso concluirla en el arcano de una esperanza, en la sombra de un
vaticinio, en el pensamiento de Dios. La ASUNCION es un cuadro á que no
falta nada, como creacion artística, y que considerado como creacion
religiosa, no tiene principio ni fin. El espectador no sabe, no ve, de
dónde arranca, ni en dónde concluye.
En esa ignorancia misteriosa y trascendental, en esa ignorancia sublime
con que la ASUNCION se apodera de nosotros, consiste el gran mérito de
la pintura, á juzgar por lo que yo siento delante de ella.
Voy á dar noticia de algunos detalles, procurando apartar la vista de
otras muchas bellezas, porque cualquiera pincelada de ese lienzo vale un
buen cuadro.
Yo sé que los ojos de la figura que contemplo son bellísimos, y sin
embargo, ¡portento que asombra! no sabria decir qué color tienen. Y ¿en
qué consiste esto? dirá algun lector. Consiste en que Murillo quiso que
los espectadores no viesen los ojos de la ASUNCION, sino que mirasen al
cielo, á donde mira la inspirada imágen.
Otra cosa me llama mucho la atencion, y es la profunda filosofía que me
revela el pensamiento de ocultar los piés á la Vírgen. Realmente, á una
vírgen no se le deben ver los piés. Todo lo que una vírgen pierde en
sombra, pierde en misterio; y todo lo que pierde de misterio, pierde de
vírgen. Pero ¡qué pliegue para indicar el muslo! ¡Qué contorno para
insinuar la cintura! ¡Qué manto para ocultar los piés! ¡Qué ondulaciones
en el traje! ¡Qué suavidad de colorido! ¡Qué dulzura de sentimiento!
¡Qué expresion de actitud! ¡Qué pureza y qué fervor de alma! No hablo de
la maestría del pincel. El alma, un alma muy llena de grandes afectos y
de grandes verdades, es el pincel que pinta cuadros como el que miro.
Vuelvo los ojos á otro lado, porque no quiero decir más. Sólo añadiré
dos palabras acerca de su historia.
Cierto convento de Sevilla encargó esta ASUNCION á Murillo. El pintor da
cabo á su tarea, coge su cuadro, lo lleva al convento, se enteran los
frailes, y se reune la comunidad. Murillo les presenta su pintura; los
críticos se acercan, examinan, miran con más cuidado, se contemplan unos
á otros frunciendo el entrecejo, y dicen al pintor: «vuestra merced
perdone; no es eso lo que hemos encargado; vuestra ASUNCION no hace al
convento.»
--Permitan vuestras reverencias, contestó Murillo, que coloque el cuadro
en donde debe estar, y si entonces no agrada á vuestras reverencias, me
lo llevaré, porque, gracias á Dios, esta vírgen no come pan en casa de
su amo.
--Poco ó nada ganarán en ello pintor y pintura, porque el convento
vuelve á deciros que ese cuadro no sirve. Se conoce, señor Bartolomé,
que vuestra merced ha manejado muy aprisa los pinceles.
--Los habré manejado tan aprisa como plazca á vuestras reverencias, pero
déjenme con mil santos colocar la pintura, y diciendo y haciendo, la
ASUNCION principió á subir. Los frailes, que la habian mirado de cerca,
no habian visto otra cosa que pinceladas de almazarron, pegones de
albayalde, y casi todos habian vuelto la espalda al gran maestro. Pero
el cuadro subia, y á medida que iba subiendo, se transformaba de una
manera portentosa. La pintura se sitúa en su lugar, la Vírgen aparece,
el lienzo brilla, la ASUNCION llena todo el convento.
--Si no desagrada á vuestra merced, señor Bartolomé, ese cuadro puede
quedar ahí, porque, ó la vista nos engaña, ó casi decimos á vuestra
merced que vuestra vírgen hace al convento.
--No quedará ahí, con permiso de vuestras reverencias, contestó el
pintor. Antes se vea azotado por mano del verdugo Bartolomé Estéban
Murillo, que vuelva ese lienzo á pisar los umbrales de la comunidad, si
vuestras reverencias no han de tomarlo á enojo. No valieron ruegos, ni
súplicas. Á los pocos instantes Murillo salia del convento con su grande
obra.
Ignoro qué hizo de ella. Lo que consta es que el mariscal Soult se
apoderó del cuadro, que se lo llevó á Paris, y que lo conservó hasta su
muerte, entre las pinturas de familia. Muerto el mariscal, el Museo del
Louvre hizo proposiciones á los herederos, los cuales vendieron la
pintura por la mitad próximamente de su valor, en obsequio del
establecimiento nacional á que se destinaba. El Louvre dió por ella
ciento sesenta mil napoleones, ó sean ochocientos mil francos. Desde
entonces está situada, en donde ahora la admiran los viajeros de todo el
globo. ¡Quién habia de decir á los buenos frailes de Sevilla, que
aquella ASUNCION que no _hacia á su convento_, habia de ser vendida al
Museo del Louvre en ciento sesenta talegas de napoleones, y que debia
presidir la gran sala de aquel suntuoso Museo, entre pinturas de
Poussin, de Rubens, del Ticiano y de Urbino!
Despues de dirigir la última mirada al cuadro español, con cierto
orgullo nacional, pasamos á una galería, y luego á un salon, en donde no
hay otras pinturas que la apoteosis de Catalina de Médicis, por Rubens,
por el gran Rubens. Hasta que se ve esta apoteosis gigantesca, no se
tiene una idea exacta del pintor, conde y diplomático á la vez; pero en
quien el pintor vale más, mucho más que el diplomático y que el conde.
Los cuadros enormísimos de aquella divinizacion artística, llenan las
paredes de toda la sala. Hay descuidos, hay prisa en aquel inmenso
trabajo; pero se echa de ver tal fecundidad, tal concepcion, tal
valentía en las actitudes y musculaturas, una profusion tan admirable de
figuras y tipos mitológicos, que el ánimo se pasma de que un solo
hombre haya pintado aquellos lienzos colosales. Aquella apoteosis no es
la de Catalina de Médicis; es la de Rubens. En esta sala, el arte ha
podido más que la dinastia.
Despues de visitar todo el Museo, en una de las salas contiguas á la de
preferencia, hemos encontrado otra pintura de Murillo. Es un lienzo de
media vara en cuadro, poco más ó menos. Representa un muchacho de corta
edad, pobre, mendigo, sentado en el suelo, y que tiene una pierna
colocada sobre la otra. Con la mano izquierda vuelve un pié, y con la
derecha pretende sacarse una espina. Los tres compañeros nos clavamos
delante de aquel mendigo, y no sabiamos cómo desasirnos de sus miradas.
¡Qué pintura más grande! Si yo fuese rico, daria por estos dos palmos de
lienzo, tanto como dió el Louvre por la ASUNCION. Este pequeño cuadro
vale más que la apoteosis de Rubens, no menos que la Vírgen que hemos
visto hace poco. Apenas se concibe que pueda presentarse un pasaje tan
trivial de la vida humana, de un modo tan encantador, tan elevado, tan
filosófico, tan perfecto. Cabello enredado y mugriento, frente oprimida,
ojos dilatados y tristes, mano tostada y sucia, uñas ennegrecidas, cara
chupada, pómulos salientes, tez arrugosa, fisonomía mústia, todo está
allí con una ingenuidad que sorprende. Es un chiquillo que nunca ha
conocido á su madre, que desde que nació pide limosna. El hijo que
conoce á la que le dió el ser, tiene alguna alegría en su semblante, una
alegría que deja algo allí hasta que la criatura se muere. En ese
muchacho no ha dejado aquella alegría ningun vislumbre. Positivamente,
esa criatura no ha visto jamás á su madre. Si estuviese vivo, nos lo
llevariamos á España. Viendo su estampa inanimada en ese pedazo de
lienzo, nos da gana de echar mano al bolsillo, y de dejarle una limosna.
¡Con qué verdad, con qué candor, con qué inocencia, abre los ojos
lánguidos y marchitos, frunce los labios, y alarga dos dedos estirados,
para sacarse la espina del pié! Lo repito; esa media vara de lienzo; ese
huérfano solo, abandonado y triste; ese desecho del orgullo del hombre,
ese olvido del mundo, ese andrajo de nuestras culpas, vale tanto como
la Vírgen.
Y díganme ustedes, señores franceses: ¿cómo ese cuadro inestimable, esa
preciosísima pintura, esa tiernísima creacion cristiana, esa bellísima
apoteosis del espíritu del Evangelio: cómo ese mendigo no ocupa un lugar
en la sala de preferencia? ¿Creen ustedes que de cien cuadros que se
custodien en aquella sala, hay noventa y nueve que valgan más que ese
muchacho que está pintado ahí? ¿Creen ustedes que hay un solo cuadro en
la sala de preferencia, uno solo, que pertenezca á un arte más extenso y
más elevado, á una escuela más bella, más fecunda, más sábia y más
grande? ¿Por qué ese huérfano casi divino está oculto aquí? ¿Es pequeño
el tamaño de la pintura? ¿Costó poco quizá?
Al atravesar el salon de preferencia, hemos notado una novedad. Una
jóven lindísima, condesa italiana, está subida al caballete, copiando la
ASUNCION. Si vale juzgar por los pocos detalles que hemos visto, es un
pincel maestro. Ignoro la vida de esa mujer; ignoro los secretos de su
alma; pero si tiene un alma pura, si tiene un corazon vírgen y bueno, la
copia que saca de la ASUNCION debe ser admirable. ¿Cómo es posible que
no se entiendan bien dos vírgenes tan bellas? algo hemos dicho de esto
al descuido; pero un descuido tal que ella pudiera oir, y la noble y
hermosa pintora se ha sonreido deliciosamente. ¡Ah! ¡quién sabe lo que
habrá debajo de esa risa! Muchas veces vemos que la flor más brillante,
es la que oculta con sus frescos tallos á la serpiente más venenosa.
Si su conciencia es como su cintura, casi me atrevo á presagiar que verá
el reino de los cielos; aunque se ven frecuentemente cinturas muy
estrechas con conciencias muy anchas.
=Dia trigésimo cuarto=.
La columna de Vendome.--El balcon de la fonda.--Dicho del general
Welington.--La Saboyana del Bosque de Bolonia.--Una Colegiala.
--Cuestion atrasada.--Curiosidades.--A última hora.
Es el último dia que el brigadier Rotalde piensa permanecer en Paris, y
estoy en el caso de hacerle los honores que son debidos al que se va.
Poco despues de las diez de la mañana, estamos en la Plaza de Vendome,
en cuyo centro se levanta una enorme y gallarda columna. El guardian nos
dice que en la fábrica de este monumento, que es de bronce, se han
empleado doce mil cañones, apresados por Bonaparte á los enemigos de
Francia.
Los cimientos de esta gigantesca pirámide, imitacion de la columna de
Trajano, en Roma, tienen una profundidad de doce varas; su diámetro no
baja de cinco, y de cincuenta la elevacion. Se llega á la cima por una
escalera de ciento setenta y seis tramos. Corona la columna una estátua
de Napoleon, vestido de _gran Capitan_. Aguilas, guirnaldas de encina y
de laurel, y otros varios trofeos alegóricos, ornan este monumento de
triunfo.
Encima de la puerta de entrada, se lee una inscripcion latina que dice:
«con el bronce del enemigo, levantó el Emperador Napoleon este monumento
á la gloria del gran ejército, que, bajo sus órdenes, venció en cinco
meses á toda la Alemania.»
Con motivo de la columna de Vendome, se cuentan dos anécdotas muy
curiosas. De la una es héroe el actual emperador de los franceses; de la
otra, el general Welington.
La de Napoleon III es la siguiente. Cuando, ocurrido el movimiento de
1848, vino á Paris el actual emperador, se hospedó en una fonda que hay
en la Plaza de Vendome. Sus amigos y adectos le aconsejaron que debia
enviar gente á provincias, para preparar la opinion pública, y conseguir
que le nombrasen diputado.
--No es preciso enviar á nadie, contestó el emigrado de Lóndres.
--¿Por qué? preguntaron con extrañeza sus amigos.
--Porque no necesito de los electores.
--Pero ¿cómo se explica que quien quiere ser elegido, no necesite de los
electores?
--Porque tengo bastante con aquel ELECTOR. Y diciendo esto se levanta,
abre los cristales de un balcon que daba á la plaza, y les muestra la
estátua de Bonaparte, que corona (como ya dije) la columna triunfal.
El antiguo emigrado de Lóndres tenia razon. El elector de bronce,
aquella grande historia, lo nombró diputado primero, presidente de la
república despues, emperador más tarde. No niego lo que este emperador
haya podido hacer; pero creo que el otro emperador, el ELECTOR de la
columna de Vendome, ha hecho mucho más.
Vamos á la anécdota del general Welington. La primera estátua de
Bonaparte, que servia de remate á la columna, se bajó en 1815, y su
bronce sirvió para fundir la estátua de Enrique IV, que decora hoy el
puente Nuevo. Pues dicen que, al ver el general Welington aquella
estátua de Napoleon I, concibió la idea de mandar hacer otra estátua de
aquel personaje. Efectivamente, la estátua se hizo, y el general inglés
la colocó en el primer rellano de la escalera de su casa. Varios amigos
del general, sorprendidos de que dejase la estátua en la escalera,
pretendieron hacerle ver que aquello no era decoroso, porque podria
entenderse que queria desairar la memoria del héroe.
--La estátua está en donde debe estar, contestó Welington, y bajó la
cabeza.
--¿Pero cree usted, argüian los otros, que la estátua de Bonaparte debe
servir de adorno en la escalera de Welington?
--La estátua está en donde debe estar, repetia el viejo general; no
puede estar más que en la escalera, y volvia á bajar la frente.
--Pero ¿por qué no puede estar en otra parte que en la escalera?
--Porque no cabe por las puertas de mi casa.
Esta buena expresion de Welington hubo de inspirar á uno de nuestros
compañeros de expedicion, el cual dijo: esa columna es un digno pedestal
de aquella estátua. Realmente, Napoleon no necesitaba menor cimiento.
Subimos á nuestro carruaje, y á los veinticinco ó treinta minutos
estábamos en el bosque de Bolonia. Al fin de una de las calles de
árboles, en sitio bastante lejano, nos encontramos á una jóven rubia,
muy rubia, y de un cútis tan blanco y tan terso, que más que cútis
parecia alabastro. Una mujer en la soledad, y especialmente entre
árboles y flores, tiene un prestigio fascinador. Estaba al pié de un
arbusto, y con una rama se daba golpes en la punta del zapato derecho,
teniendo clavada allí la vista de un modo maquinal. Alguna idea
agujereaba el cerebro de aquella mujer; algun pensamiento diabólico
volcanizaba aquella cabeza. Sobre esto dijimos algunas palabras á media
voz; pero la jóven no levantó los ojos para mirarnos. No parecia sino
que tenia los ojos atados á la punta del pié derecho, en donde
continuaba dando golpes con la rama.
Al pasar casi tocando con sus piés, el brigadier dijo, _esta está
maquinando contra algun infeliz_, y al oir esto, todos nos reimos con
cierta algazara. La saboyana (tal parecia por su color y por sus
facciones) no levantó tampoco la vista. Dimos un paseo bastante largo, y
á la vuelta la encontramos en el mismo sitio, conservando la misma
actitud, y sin dejar la extraña ocupacion de dar golpes á la punta del
zapato derecho.
¿Qué pensará? ¿Qué sucederá á esa mujer? Esto murmuramos entre nosotros,
y casi tuvimos tentacion de hablarla. Seguramente lo hubiéramos hecho,
si aquella mujer hubiera levantado la vista hácia nosotros, pero en
balde. Al pasar esta vez por su orilla, esforzamos la voz, procuramos
hacer ruido; nada: aquellos ojos estaban cosidos al zapato. Nosotros
pasamos por fin, nos alejamos volviendo la cara, hasta que la perdimos
de vista. La saboyana quedó allí. ¿Hemos hecho bien en no hablarla?
Creo que no; presiento que hemos cometido una falta de caridad, porque
presiento que aquella mujer oculta un plan diabólico, debajo de aquel
movimiento maquinal, casi idiota. La memoria de aquella desgraciada
(estoy seguro de que aquella mujer no es dichosa) nos ha preocupado todo
el dia.
Cerca del arco de la Estrella, hemos encontrado á una familia americana,
que ha venido á Paris con el fin de llevarse á una niña, que tenia en un
colegio de esta ciudad. La colegiala, jóven de diez y siete á diez y
ocho años, iba con sus padres y dos hermanitos. La niña en cuestion
parecia una lela revoltosa. La educacion de los colegios es quizá el
inconveniente más grave de la civilizacion de nuestros dias. La mujer
que en ellos se educa, contrae mil hábitos extravagantes y caprichosos,
pierde una gran parte del cariño que debe á los suyos, no sirve para la
vida de la casa, puesto que no se ha criado en familia, ni para la vida
civil, puesto que no se ha criado en sociedad. Tiene la ignorancia del
que no experimenta la realidad de la vida humana, el deseo aturdido y
desordenado del que desea experimentar, y la malicia peligrosísima del
que anhela una dicha que ignora. Al salir del colegio se figura la
colegiala que viene al mundo, se figura que acaba de nacer; y aún á
despecho suyo, tiene la volubilidad, los antojos y el ánsia de un niño.
En un dia, en una hora, quiere disfrutar lo que no ha disfrutado en diez
años de encierro, y nunca está contenta, nunca está tranquila; siempre
mira impaciente, siempre murmura, siempre anhela más. Querer verlo todo,
sentirlo todo, devorarlo todo á la vez, esta es la educacion, esta es la
cultura, esta es la moral que la jóven saca del colegio.
Padres que leais este libro, antes que á un colegio, antes que á esas
escuelas, en donde pagais tanto dinero para que os desnaturalicen
vuestras hijas, enviadlas á una aldea. En una aldea serán ignorantes: en
el colegio son ignorantes, impacientes, mal habituadas y locas.
Si yo tuviese un hijo y me preguntara: ¿qué cualidad es la primera que
debo buscar en la mujer, que haya de ser mi esposa?
--Que no sea de colegio, contestaria yo.
¿Quiero decir con esto que no pueda haber colegialas virtuosas y cultas?
No; la virtud está en todas partes; en todas partes hay mujeres educadas
y virtuosas; yo no hablo aquí de la bondad de la mujer, sino de los
peligros, de los graves peligros, de un colegio.
Todavía hablábamos con la familia americana, cuando, delante de
nosotros, se para un coche, abre el lacayo la portezuela, y asoma una
mujer de hermosa figura. Pone el pié en el estribo, se suspende el
traje, habla con el lacayo, y así se estuvo un par de minutos, como para
que nosotros admirásemos el bello contorno de su pierna. Parece
imposible que haya mujeres tan insensatas; parece imposible que de tal
manera malversen el caudal que deben al cielo. Quieren darse interés
menospreciándose; quieren ataviarse y deslumbrarnos, cubriéndose de
harapos y de girones.
A esa pobre mujer (una mujer puede ser pobre con muchas alhajas y muchas
riquezas) seria necesario enseñarla la copla que dice:
En el amoroso imperio
Busca el hombre lo que ignora:
No es la mujer lo que adora,
Lo que adora es su misterio.
¡Cuánto más valdrian las mujeres, cuán diferente seria el mundo, si se
comprendiera y se practicara la moral de esas cuatro líneas!
Ya lo he dicho en otro lugar, y voy á decirlo aquí otra vez. El que crea
que no necesita leerlo dos veces, que lo pase por alto; pero casi me
atrevo á decir que aunque lo leyera todos los dias, no perderia el
tiempo.
Una virtud moral que se llama _recato_.
Una virtud física que se llama _aseo_.
Una virtud social y religiosa que se llama _caridad_.
Dos virtudes domésticas que se llaman _laboriosidad y economía_: hé
aquí el verdadero dote, el dote más grande, que un padre puede dar á su
hija. Con ese dote, la pobre es rica; y la fea es hermosa. Sin ese dote,
la hermosa es fea, y la rica es pobre.
¡Cuántos pechos exhalarán un profundo suspiro, al leer estos desaliñados
renglones!
La francesa partió con el lacayo. Dios la dé lo que la hace falta, que
es una buena dósis de juicio.
Hemos tenido un gran placer. Visitamos el _Instituto_, y vimos las
estátuas de Bossuet, de Descartes, de Fenelon y de Tully. Vimos tambien
con gran satisfaccion los bustos de otros hombres célebres, entre ellos
el de Molière, sin embargo de que este gran poeta no perteneció á la
_Academia de su siglo_. Pertenecia á otra Academia mucho más grande: á
la de la historia, á la del tiempo. El busto tiene esta noble y discreta
inscripcion:
_Rien ne manque à sa gloire, il manquait à la nôtre. Nada falta á su
gloria; pero á nuestra gloria faltaba el tenerle aquí_.
Estas palabras son un digno y generoso epitafio. ¡Ilustre Molière! Ya
que un siglo dejó tu cadáver insepulto; ya que un siglo negó á tus
cenizas el palmo de tierra, que no se niega á tantos idiotas y á tantos
malvados, otro siglo te llama, te hace entrar y te tiene guardado aquí.
¡Qué arcanos tan raros envuelven el destino de la vida! El genio salva
al mundo, y el mundo lo trata casi siempre como herege. O lo quema, ó lo
ahorca, ó lo reduce á morir de hambre, ó lo deja insepulto. Pero Dios
que está arriba, tan arriba, Dios que ve tanto, que tanto vela, que tan
justo es, entierra luego á los que no tuvieron sepultura, y da pan á los
que se murieron de hambre, y quita la argolla á los que perecieron en
los cadalsos, y junta los miembros, y resucita el polvo de los que
sirvieron de pábulo á bárbaras hogueras. Ahí estan esas estátuas y esos
bustos. ¡Gloria á ellos, gloria al siglo cristiano que los fabrica, y
gloria al espíritu que los ha mandado fabricar!
Vamos á las curiosidades de este dia. Ha caido en mis manos, por una
venturosa casualidad, un memorial antiguo, y en él encuentro noticias,
que no dejan de llamarme la atencion.
_Primera_. En tiempo de San Luis, se dió el nombre de _Universidad_ á la
reunion de todas las escuelas parisienses, y la universidad se llamaba
entonces LA TRES-HUMBLE ET TRES-DEVOTE FILLE DU ROY: LA MUY HUMILDE y
MUY DEVOTA HIJA DEL REY. ¡Quién habia de decir á San Luis que _la muy
humilde y muy devota hija del rey_, habia de poner pleito á los mismos
reyes!
_Segunda_. La vara toesa de mampostería, que hoy no costará menos de
quince ó diez y seis reales, costaba en Francia ocho sueldos, ó sean
doce cuartos españoles, á mediados del siglo XIII.
_Tercera_. En el mes de Febrero de 1377, el Emperador Cárlos V recibió
en Paris al Emperador Cárlos IV. Entre los multiplicados presentes que
el Preboste y los Síndicos de la ciudad hicieron al recien venido, se
veia un barquichuelo, que pesaba ciento noventa marcos de plata, _neuf
vingt et dix marcs d'argent_, lo que equivale á unas cuatro arrobas de
Castilla.
Si los demás presentes eran por el estilo, bien necesitaba el Emperador
una acémila para cada presente.
A la segunda comida que el rey de Francia dió á su huésped, asistieron
el Delfin, el duque de Sajonia, las duques de Berry, de Borbon, de
Brabante, de Borgoña, de Bar, el conde de Eu, y cerca de mil caballeros
y barones, así extranjeros como franceses. Durante la comida, se
representaron dos _entremeses_, uno de los cuales tenia por asunto _la
toma de Jerusalem_, por Godofredo de Bullon. Una de las decoraciones
figuraba la gran torre, desde donde los musulmanes proclaman su ley. Un
actor, vestido de sarraceno con la más minuciosa propiedad, pregonaba la
ley desde la torre en lengua arábiga.
A juzgar por las muestras, debe suponerse que el convite duró todo el
dia. Los dos entremeses no dejarian de durar dos ó tres horas; de modo,
que cuando tomaran los postres, las entradas debian estar ya en los
talones. ¡Con qué reposo lo tomaba aquella buena gente!
_Cuarta_. El Memorial cuenta la historia de un compadre que no se anda
en chiquitas. Estéban Marcel, de quien ya he hablado en estos apuntes,
era Preboste de Paris á mediados del siglo XIV. Un dia tuvo la idea (¡en
mala hora la tuvo!) de vender la ciudad á los ingleses. Era el 1.º de
Agosto de 1358, y por más señas que habia nubes. Así lo dice el
Memorial. Para el Preboste de Paris estuvo realmente bien nublado. Pues
nuestro buen Estéban Marcel se hace amo de las llaves de la ciudad, y á
la media noche, toma el camino de la Bastilla de San Antonio. El
Preboste creia que iba solo; pero se engañaba. Dos hombres le seguian.
Estos dos hombres silenciosos, que avanzaban como dos sombras, eran los
hermanos Juan y Simon Maillard.
--Estéban, ¿qué se hace por aquí á estas horas?
--Juan, ¿qué importa á nadie lo que yo hago? Atiendo á mi oficio de
Preboste de la ciudad.
--¡Voto á brios! exclamó Juan Maillard, que era su compadre; el diablo
cargue conmigo, si estais aquí para nada que huela á bueno. Ved, añadió
luego á varios hombres que se habian reunido; intenta vender la ciudad,
y por eso tiene las llaves en la mano.
--¡Compadre Juan, miente usted!
--¡Usted es el que miente, compadre Estéban! Y si no, ahora lo verá
usted; y acercándose al Preboste, levanta el hacha y le separa la cabeza
del cuerpo. ¡Y eso que era compadre! ¿Qué hubiera hecho, á no mediar el
compadrazgo?
_Quinta_. (Para el Sr. Alejandro Dumas.) El Memorial refiere que en el
siglo XI, estaba Paris lleno de clérigos y de estudiantes, cuyos
clérigos y estudiantes, en su mayoría, «vivian menos en el santuario de
las artes y de las ciencias, que en medio de las riñas y de las
bacanales de la calle de Fouare. Saqueaban las tabernas, violentaban á
las mujeres, apaleaban á sus maridos con _bastones ofensivos_, y
preferian la belleza de las muchachas á las bellezas de Ciceron.»
Sepa el Sr. Alejandro Dumas que los clérigos y los estudiantes de Paris,
en el siglo XI, saqueaban las tabernas, violentaban á las mujeres, y
apaleaban á sus maridos con _bastones ofensivos_. Sepa el Sr. Alejandro
Dumas que Paris, en el siglo XI y bastante despues, era una horda,
porque solamente en una horda pueden consentirse tamañas tropelías. Más
valiera que el Sr. Dumas tuviese presente la historia de su pueblo,
antes de hacer befa de una nacion leal y generosa, á quien paga con
despropósitos, con calumnias y ridiculeces.
_Sexta_. (Para el mismo Sr. Dumas.) Bajo el reinado de San Luis, el jefe
de los mercaderes tomó el célebre nombre de Preboste, y á contar de esta
fecha, el Prebostazgo dejó de venderse á pública subasta, como acontecia
en los tiempos anteriores. «De aquí resultaba, dice el Memorial, que los
pobres no hallaban amparo contra los ricos, á causa de los muchos
presentes que los ricos hacian á los Prebostes. El bajo pueblo no se
atrevia á morar en las tierras del rey, y se iba en busca de otras
prebostias y otros señoríos, por lo cual las tierras del rey estaban tan
desiertas, que cuando el Preboste daba audiencia, no asistian á ellas
arriba de diez ó de doce personas; pero en cambio, habia tantos
malhechores y rateros dentro y fuera de la ciudad, que toda la comarca
estaba llena.»
Y para que el Sr. Alejandro Dumas no crea que pretendo burlarme,
siguiendo su costumbre, copio á continuacion el texto en francés
antiguo.
«Le menu peuple n'osoit demourer en la terre du roy, et alloit demourer
en d'autres prévostés et aultres seigneuries, et la terre du roy etoit
si déserte que, quand le prébost tenoit ses plaids, il n'y avoit pas
plus de dix personnes ou de douze; mais il y avoit tant de malfaicteurs
et larrons à Paris et dehors, que tout le pays en estoit plein.»
Sepa tambien el Sr. Dumas que, hasta el reinado de San Luis, Paris y sus
alrededores estaban plagados de malhechores y de rateros, y que los
vasallos de la corona tenian que ir á buscar otros señoríos, porque no
podian parar en las tierras del rey. ¿Y cómo llama usted á eso, Sr.
Dumas? ¿Es eso cultura y civilizacion? ¿Eso no es Africa? ¿Para eso no
hay Pirineos?
Basta de _Memorial_. Vamos á curiosidades de otro género. Segun un
inventario hecho en 1774, los diamantes de la corona francesa excedian
de ocho mil, de los cuales eran los mejores, y lo son todavía, los
denominados el Regente y el Sancy.
El Regente, que ocupaba el tercero ó cuarto lugar entre los primeros
diamantes conocidos, fué comprado por el duque de Orleans por
cuatrocientos mil napoleones, en 1717.
La historia de Sancy es más antigua y novelesca. En el siglo XV, un
suizo poseia este gran diamante, no se sabe cómo, y lo vendió por un
_escudo_ á Cárlos el Temerario. El tal hombre ignoraba seguramente que
aquel pedacito de piedra encerraba una gran fortuna. De Cárlos el
Temerario pasó á Nicolás de Harlay de Sancy, que lo empeñó á D. Antonio,
rey de Portugal, en doscientos mil francos. El mismo Sancy lo desempeñó
luego, mediante una suma de quinientos mil, ó sean dos millones de
reales. ¿Qué diria á esto el buen Suizo, que lo vendió por un escudo?
Ultima curiosidad. En la calle de los Pequeños Campos, hemos encontrado
á una señora que caminaba con el aire de una heroina, mientras que la
seguia un corderito, que llevaba sobre el lomo un manojo de parras. La
señora volvia la cara de cuando en cuando, de lo cual inferimos nosotros
que alguna persona interesada quedaba atrás, y así era efectivamente,
segun luego vimos. En estos dares y tomares, atraviesa la acera un
caballero jóven, y ambos se saludan con más afecto del que conviene
manifestar en público, sobre todo cuando la mujer es casada, y muy
especialmente, cuando detrás viene un carnero. El recienvenido la
pregunta por su esposo, y ella, con cierto desden, con cierta saciedad
(es muy prosáico en el poético Paris el amar á un marido) contesta á
media voz: ahí detrás viene. El otro miró, y no vió otra cosa que el
borreguillo que traia las parras. Nosotros presenciábamos la escena,
situados delante de un escaparate, á diez ó doce pasos de distancia. Mi
mujer me miraba, porque no comprendia el tremendo chiste de la
situacion, hasta que yo me eché á reir, sin ser dueño de contenerme.
Entonces mi mujer me preguntó por qué me reia, y yo la conté el lance,
que la hizo reir tambien.
No comprendo por qué; pero ello sucede que, las cosas más graves son las
que nos causan más risa.
Yo no pude menos de poner en verso esta peregrina aventura, aunque en
Paris no tiene nada de peregrina, ni de extraordinaria.
Va una dama con gran fuero,
Y gran pompa y grande brillo,
Siguiéndola un carnerillo
Que es animal muy casero.
Con su manojo de parras
Iba el animal ufano,
Cuando llega un Don Fulano
Que es amigote de marras,
--¿Y su esposo? dice luego.
--Detrás viene, dice ella ...
¡Oh prodigio de la estrella!
Detrás marchaba un borrego.
A lo léjos, muy á lo léjos, apareció una víctima. Era el marido.
_A última hora_. Son las once de la noche. En el momento de ponerme á
escribir el noveno artículo para _La América_, nos traen una noticia. No
sé cómo anunciarla á mis lectores. Temo lastimar su corazon, como lo
está el de mi mujer y el mio. Luisa ha muerto. Sin duda la sorpresa que
la produjo el ver á su hermana, la causó un derrame cerebral, que devoró
su vida en pocos instantes. ¡Pobre mujer! Hé aquí lo que deben esperar
las jóvenes que no saben luchar consigo mismas, que no saben ser lo que
Dios ha querido que sean, y los padres que ponen en olvido que la
paternidad no es una tiranía, sino una mision, un sacramento, un
sacerdocio.
¡Desgraciada Luisa, adios! ¡El cielo tenga más misericordia de tí, que
lástima te tuvo ese hombre infame de Rodhese! Si tuviéramos valor para
ello, averiguariamos en dónde te entierran, y antes de volver á nuestro
país, iriamos á despedirnos de tus cenizas. Mi mujer llora, y yo tengo
el pecho oprimido.
Juro que no he de partir de esta ciudad, sin escribir al estudiante de
Estrasburgo, noticiándole la desgracia de una mujer que él no merecia.
Sí, lo sabrá al menos, para que esa sombra vaya sobre su corazon, y no
engañe á otra desdichada.
=Dia trigésimo quinto=.
Disputa del _restaurant_ de las Columnas.--Manuela Bernaola.--Una mujer
de Batiñoles y de Lamartine.--Un caballero vestido de hombre, y un
hombre vestido de caballero.--Un conflicto.--Llanto de mi
mujer.--Cartas--Visitas.--Las cinco y media de la tarde.--Un puente.--El
Napoleon y el guardia civil.
Prometi dar cuenta de una disputa que presencié el otro dia en el
_restaurant_ de las Columnas. Era la siguiente. Dos caballeros discutian
en alta voz, acerca de la prenda que constituia el carácter más grande
del hombre. Uno opinaba que era la generosidad, la abnegacion. El otro
decia que era el valor ó la firmeza. Yo creo que es la _resolucion_ para
emprender, y _la constancia_ para proseguir y terminar. Despues del
genio y de la honradez, me parece que aquellas dos virtudes son las más
elevadas y trascendentales del mundo. Con resolucion hay casi todo.
Obran en mi poder los datos relativos al asesinato de Manuela Bernaola é
Ignacio Cabezudo; pero no puedo publicarlos aquí, porque un escritor de
Madrid me participa que prepara una historia de aquel atentado, y no
debo perjudicar á mi compañero de letras, anticipando datos curiosos que
quitarian interés á su obra. Dicho escritor me pide un prólogo para la
historia que piensa publicar, y me despido del asunto hasta entonces.
Me han contado hoy cierta aventura muy notable de una mujer de
Batiñoles. Esta mujer, que es una verdulera, supo que se habia abierto
una suscricion á favor del célebre poeta de Lamartine, con el fin de
que pudiera rescatar un castillo feudal, que tenia empezado. Con este ó
semejante motivo, se han abierto ya dos suscriciones, que no habrán
importado menos de trescientos mil duros. ¡Un republicano acude á la
caridad europea, para desempeñar un castillo feudal! ¡A la suscricion de
un republicano francés, contribuyen en primer lugar los lores ingleses!
Esto seria extraño, muy extraño, en cualquier país de la tierra; en
Paris, no. En Paris no tienen absolutamente nada de extraño las cosas
más extrañas.
Pues la buena mujer de Batiñoles supo la suscricion á que me refiero,
supuso que el poeta se hallaba en grandes conflictos, y repetia
frecuentemente: ¡pobre señor Alfonso de Lamartine! ¡Qué apurado estará!
Y hoy guardaba un franco, otro franco mañana, y así fué reuniendo hasta
cuatro napoleones. Toma nota del número de la casa, se aliña lo mejor
que puede, y llena de gozo, como quien sabe que va á practicar una buena
obra, coge el camino de Paris, y al cabo de una hora de buen andar, se
para en la puerta del gran escritor. El corazon saltaba del pecho á la
pobre mujer, imaginándose que iba á encontrar, afligido y pobre, al
eminente autor de las _Melodías_. Pasa el umbral.... No, no es aquí,
dijo en sus adentros la verdulera. En este patio hay coches, veo
lacayos, escudos de armas ... no, no es esta la casa de mi pobre señor
Alfonso de Lamartine. Pregunta á los vecinos, y todos la aseguran que
aquella es la casa del poeta. Pasa segunda vez el umbral, se detiene,
mira, da unos cuantos pasos con recelo.... La vecindad me engaña sin
duda, decia para sí la aturdida mujer. Por fin, medio balbuceando,
entera á uno de los criados del objeto que la llevaba, y la hacen entrar
en un gabinete. Alfombras, cortinajes, dorados, tremoles.... ¿Que es
esto? exclamaba la verdulera. Sale del gabinete, atraviesa el patio,
cruza el umbral, camina á marchas dobles por la calle, y como alma que
lleva el diablo, entra en Batiñoles. Inmediatamente que se vió en su
casa, se sienta, deshace el nudo que tenia la esquina de un pañuelo,
saca cuatro napoleones que habia envueltos allí, y se los mete en el
bolsillo exclamando: mucha más falta me hacen á mí que al señor Alfonso
de Lamartine. Con estos veinte francos, haré un vestido nuevo á mi hijo
Vicente. El niño asoma en este momento, da un grito de alegría, y corre
hácia su madre, que le abre los brazos.
Esta aventura, que no tiene nada de particular para otros, tiene para mí
una grandísima importancia, porque tiene una grandísima moralidad. La
accion de la mujer de Batiñoles vale infinitamente más que el castillo,
y que mil castillos del poeta de Lamartine.
Otro incidente no ha dejado de impresionarme. En el pasaje de Jouffroi
hemos encontrado á un vizcaino, que viene de la Habana, y que se ha
hecho rico con la trata de negros. Lleva una gran cadena de oro, sortija
de brillantes, alfiler de lo mismo; casi al propio tiempo, pasa por
nuestro lado un hombre modesto y humilde. Era M. Littré, el hombre más
sábio quizá de todo el Instituto de Francia. Yo dije para mí: aquel es
un hombre disfrazado de caballero, y señalé al vizcaino: aquel otro es
un caballero vestido de hombre, y señalé al sábio y modesto publicista.
Otro incidente me ha impresionado más. Un amigo llega esta mañana, me
mira, calla, y despues de un minuto de silencio, me dice: ¿usted me oye?
--Sí, señor, le oigo.
--Si usted no me ayuda, dentro de tres horas estoy en la cárcel.
--¡Cómo! ¿Por qué?
--Porque debo ochocientos cincuenta francos.
Vi el conflicto pintado en el semblante de aquel hombre; aquel hombre no
me engañaba; era un amigo mio; sobre todo, era un hombre honrado, la
vergüenza quemaba sus mejillas, y no me fué dado vacilar. No quise, ni
pude. Un hombre que tiene corazon, no vacila nunca en tales momentos. Mi
mujer no se habia levantado aún. Sin decirla nada, sin saber lo que
hacia, tanto ó más aturdido que mi amigo, abro mi cofre, y le doy los
ciento setenta napoleones que necesita. Aquel hombre coge el dinero, me
aprieta la mano sin decir palabra, y con los ojos humedecidos, sale
precipitadamente de mi habitacion.
Si él no me paga, exclamé para mí, Dios me lo pagará. No sabemos cómo,
acaso no lo conocemos, tal vez nos quejamos, porque no vemos el interior
de esta enorme máquina que se llama mundo; pero tenga el lector por
cierto que Dios paga siempre estas cosas. Tal vez nos lo paga con
monedas que nosotros no sabemos apreciar; pero nos lo paga. Esta verdad
es la más evidente y la más necesaria de la vida.
Pero otra cosa me ha producido todavía mayor sensacion. Luego que el
amigo partió con su dinero, conté lo que me quedaba, y despues de pagar
la fonda, no me resta lo necesario para volver á nuestro país.
¡Desdichado de mí un millon de veces! ¿Cómo se lo digo á mi mujer? ¿Qué
hago? ¿A qué apelo?
Pero otra novedad debia impresionarme más aún. Á la vuelta del
_restaurant_ de las Columnas, entrados ya en nuestra calle, hube de
decir algo á mi compañera sobre la aventura del amigo; mi mujer se para
repentinamente, me echa una ojeada terrible, suelta su brazo del mio, se
cubre la cara con ambas manos, y arranca á llorar; pero un llorar que no
podia contener, un llorar sin consuelo. Yo me quedé inmóvil, estático;
crucé los brazos, y la miraba sin saber qué hacer, ni qué decir. Debia
estar pálido como un cadáver. Hice que se cogiera de nuevo á mi brazo,
entramos en la fonda, la señora acudió para saber qué la sucedia, yo la
dije que habiamos recibido la noticia de que mi suegro estaba enfermo de
gravedad, la patrona nos manifestó su deseo de que se aliviara, y
subimos. Al entrar en nuestra habitacion, vi algunas cartas sobre la
chimenea. Abro la primera que cogí, y con la carta abierta en la mano,
digo á mi compañera:
--¿Por quién dirás que podemos volver á España cuando queramos?
Mi mujer me miraba con mucha atencion, y con un aire indefinible de
sorpresa y de regocijo.
--¿Por quién? me preguntó.
--Por la ciudad de Reus.
--¡Bendita sea! exclamó mi mujer.
--¡Bendita sea! exclamaron tambien otros labios.
Mis amigos de Reus, presumiendo que podia verme en algun apuro, y
deseosos de que no me quedara en Francia, me mandaban cien duros á
Paris, y otros ciento á Madrid, con el objeto de que me encontrase con
recursos á mi llegada. Hay demostraciones tan generosas, tan delicadas y
tan nobles, que no se pueden olvidar nunca, aún supuesta la ingratitud,
aún supuesto ese negro vicio, el más negro de todos. Y ya que trato del
capítulo de la gratitud, voy á trasladar al papel algunas páginas de mi
corazon, por si sucede que estos apuntes sean el último ensayo que doy
al público, como pudiera suceder, si la terrible dolencia que me aflige
avanza algo más. Estoy seguro de que mis lectores no llevarán á mal este
desahogo de un alma agradecida y lacerada, porque ¿quién no tiene en el
mundo algo que agradecer? ¿Quién no tiene deudas sagradas que pagar?
Cuando la prohibicion de siete obras consecutivas (prohibiciones
sistemáticas las más de ellas) consumieron todos mis recursos, puesto
que las obras prohibidas no valian menos de cuatrocientos mil reales:
cuando me he visto sin medios humanos de vivir, despues de veinticinco
años de estudios constantes, de constantes vigilias; un artesano, un
menestral, un hombre que no me conocia; un hombre que habia aprendido á
leer en un libro mio, se redujo á comer un pedazo de pan, y me enviaba,
contra mi voluntad, todo el preciosísimo capital de sus economías: este
artesano, esta alma grande, es José Mallol, natural de Gandía, provincia
de Valencia. Pongo este ejemplo en primer lugar, porque José Mallol no
me daba lo que él tenia, sino lo que arrancaba de su existencia.
Si algo he hecho y puedo hacer por mi patria; si alguna huella dejo en
el mundo; si la Providencia ha querido favorecerme con esta altísima
merced, á que seguramente no me considero acreedor, España deberia
agradecerlo al marido de mi hermana Filomena, D. Antonio Miravent y
Bogarin, á su hermano D. Francisco, y al marido de mi hermana Amparo,
D. Juan María de Zarandieta, naturales todos de la isla Cristina,
provincia de Huelva. Tambien son dignos de mi gratitud, por su conducta
liberal y caballerosa, D. Miguel Roselló, de las Baleares; D. Cayetano
del Portillo, D. Rafael Molero de la Borbolla, D. José Bulnes y Solera,
y mi hermano político, D. Salvador de Cantos, de Sevilla; D. Ramon Sans,
de Huesca; el Marqués de Premio Real, y D. José Bartorelo y Quintana, de
Cádiz; D. Cárlos Cervera y D. Félix Gallac, de Valencia; D. Alejo
Tresario Echevarría, de Bilbao; D. Serafin Martinez y D. Gregorio
Garcerán, de la Habana; D. Lúcas Cuesta, de Oviedo; D. Juan de Torres y
Gil, de Casariche; D. Antonio Gonzalez y Ciezar, de Ayamonte; D. Vicente
Ramirez Cruzado, de Villarrasa; D. Juan Bautista Revuelta, de Carlet; D.
Policarpo Villalobos, de Dénia, y otros muchos, cuyos nombres no me son
conocidos. Casi, casi puede un hombre ser desgraciado, por tener el
consuelo de verse rodeado de tantas almas buenas. Reciban todos mi
saludo y mi agradecimiento; si me muero, como en señal de despedida; si
vivo, como en señal de testimonio. Á la lista de mis amigos y
favorecedores debo añadir tres nombres queridos: D. Juan de la Puerta
Canseco, de Santa Cruz de Tenerife; D. Amaranto Martinez Escobar, de
Palmas de Canarias; y D. Fernando García, de Gerona.
Cobramos la letra de Reus, pagamos la fonda, hacemos tres visitas,
compramos algunas frioleras, y nos proveemos de dos billetes. Llegan las
cinco y media, subimos á un coche que nos conduce á una estacion de
ferro-carril; nos acomodamos en nuestros puestos, y el tren arranca.
Pasan algunas horas, y á los rayos de una luna llena, distinguimos los
árboles corpulentos de Orleans, luego las llanuras de Burdeos, despues
las torres de Angulema, de Bayona y de Irun. Irun está delante de
nosotros. Pasamos un puente, á cuya izquierda hay un guardia civil: mi
mujer se baja del carruaje, besa la tierra, y da un napoleon al guardia,
que no quiere tomarlo. Estamos en España. Al oir mi mujer que _estamos
en España_, las órbitas la saltan de los ojos, y tartamudeaba de
alegría. Entre estos regocijos, se vuelve hácia el territorio francés, y
hace una cruz, diciendo; _cruz y raya: una y no más, Santo Tomás_. Entre
tanto, yo murmuraba: ¡Paris, palacio por fuera, sepulcro por dentro;
fábula del mundo, fábula de tí propio, adiós! ¡Luisa, pobre Luisa,
adiós!