La cerveza ha producido al Estado. 650

La moneda acuñada sube á. 447 millones de reales.

Los metales y minerales extraidos y fundidos en 1855, presentan la

siguiente curiosa estadística:

El carbon representa un valor de. 1.472 millones.

El hierro. 1.064

Otros metales y minerales. 1.264

--------

3.800

--------

Se emplearon en operaciones metalúrgicas doscientos noventa y cinco mil

hombres, y cerca de nueve mil mujeres.

La Inglaterra ha extraido de la Australia, desde 1851 á 1855, ó sea en

el trascurso de cuatro años, cuarenta y un millones de libras

esterlinas, que vienen á representar próximamente una cifra de cuatro

mil millones.

Para que se conciba una idea de su fabuloso comercio, baste

saber que ha enviado á los Estados-Unidos mercancías por

valor de. 2.200 millones.

A la India. 1.048

A las ciudades libres de Alemania. 1.012

A la Australia. 982

A Francia. 640

La Compañía de Indias, ese coloso comercial, ese portento de la

asociacion mercantil, en Inglaterra, esa maravilla del mundo moderno, ha

vendido en 1856 cerca de seis millones de libras de ópio de Patua y

Benarés, percibiendo una suma de más de trescientos cincuenta millones

de reales.

El valor de los billetes del Banco de Lóndres, puestos en circulacion en

dicho año, fué el siguiente:

Billetes de quinientos reales. 610 millones.

De mil. 390

De dos mil á diez mil. 570

De veinte á cien mil. 430

-------

2.000

-------

El movimiento de todos los Bancos ingleses, en la época indicada,

representa una cifra de muy cerca de treinta y nueve millones de libras

esterlinas, ó sea tres mil novecientos millones de reales, repartida del

modo siguiente:

Banco de Lóndres. 20.062.041 libras esterlinas.

De Irlanda. 7.425.740

De Escocia. 4.444.702

Bancos particulares. 3.355.971

Por acciones. 8.113.886

-------------

Total. 39.9022.340

-------------

Basta de guarismos. La aritmética, no crea el lector que la desdeño;

pero no es lo que está más en armonía con mis aficiones, y siento que mi

alma se anega entra el oleaje contínuo de tanto millon. No obstante, me

he detenido en la anterior reseña más de lo que pensaba, atendida la

índole de estos apuntes, porque la estadística tiene en nuestro siglo

una influencia incalculable. Esta influencia es mucho mayor de lo que

nosotros creemos, sin embargo de ser nosotros los que la atribuimos y la

damos el influjo que ejerce. En esto, así como en otras muchas cosas,

nos acontece lo que á aquel que se entrega al sueño. El es el que se

duerme, y él es quien menos sabe que se duerme en efecto. La estadística

hoy no es solamente un ramo de ciencia, una simple materia de

administracion, un punto de historia, una especie de erudicion social,

sino una regla de gobierno, un consejo de Estado, un código, una

constitucion. Observemos de dónde proceden casi todas las revoluciones,

casi todas las turbulencias, la mayor parte de los conflictos en las

sociedades modernas, y en todas esas complicaciones y tumultos

hallarémos algun orígen económico, algo administrativo, algo que dice

relacion al Tesoro público, á la Hacienda, al Erario; hallarémos algo

estadístico. ¿Cuántas caidas de gabinetes no han sido producidas por un

empréstito? ¿Cuántos tumultos no han tenido por causa una contribucion?

¿A cuántas crísis gubernamentales no han dado lugar los presupuestos?

¿Cuántos gobiernos no han perdido, y pierden el poder todos los dias,

bajo el peso de una bancarota? En fin, baste decir que una mera crísis

monetaria, la crísis ocurrida no ha mucho, produjo la modificacion de

importantísimos gabinetes europeos. La estadística entró en los consejos

constitucionales, fué llamada y oida como un personaje de la nacion,

como un gran poder del Estado; la estadística, la aritmética social, el

nuevo magnate, expulsó á unos hombres, y llamó á otros para que ocuparan

las sillas del gobierno. Esto es asombroso; esto no se cree antes de

pensar y de ver con cuidado lo que sucede; pero sucede realmente; es una

verdad; una verdad que anda por todo el mundo; una verdad que

reconstruye, por decirlo así, el sistema de todos los pueblos, aun el de

aquellos pueblos que muestran más tenacidad en hacer del tiempo presente

un centinela del tiempo pasado. ¿No veis movimiento en la India, en el

mismo Japon, aun en el propio imperio Chino? ¿No veis que ese Japon abre

sus puertos á las naves de ciertas naciones, profanando el misterio

tradicional que la religion atribuye al legado de Sinto, á su oculto y

divino _Diari_? ¿No veis agitarse la atmósfera en la China, en ese

vastísimo imperio, en ese inmenso hogar de centenares de millones de

criaturas? ¿No advertís como cierto vaiven, cierta oleada, en el

ambiente de ese pueblo, convertido, hace miles y miles de años, en un

guardian que contempla con ojos desencajados la urna veneranda de sus

tradiciones? ¿No hallais algo extraño, sumamente extraño, en esa China,

en esa segunda humanidad, en esos hombres cubiertos de polvo; el polvo

que ha debido dejar detrás de sí la pisada autómata de tantos siglos?

Sí, lector, allí hay un espíritu nuevo, una nueva palanca, un viento de

otros climas. Pues el espíritu que agita á ese imperio fabuloso, esa

palanca que lo remueve, ese huracan que lo airea y lo empuja, el

arquitecto milagroso que echa por tierra su enorme muralla, el mago

invisible que lo hechiza, ¿lo oyes lector mio? ese formidable poder que

aturde á los chinos; ese huésped irresistible que les obliga á tolerar

otras religiones; que les obliga á conceder la libertad de cultos,

aunque al oirlo se estremezca la tumba de su sagrado Fé; eso que allí se

mueve, que por allí anda, eso que allí reina, es la estadística; la

Economía política; la administracion, las matemáticas sociales; el

gobierno de nuestros dias. Quitad á Luis Napoleon los siete mil millones

de presupuesto nacional. ¿Qué seria? Nada. ¿Qué haria? Nada. ¿Estaria en

el trono? No. ¿Caeria de ese trono, como cae el rayo de las nubes? Sí.

Quitad á la Inglaterra su organizacion administrativa; su particular

régimen económico; su espíritu estadístico, si así puede decirse;

quitadla eso, y la quitareis su importancia, su genio, su poder; la

quitareis el ser Inglaterra. Ni trono, ni Cámaras, ni Parlamento, ni

meetings; nada bastará. India, Australia, California, todo será inútil.

Quitadla su ley y su Banco; su libro y su oro, su ciencia y sus metales,

y rezad un Padre nuestro por su alma.

La Economía política, el libro estadístico, hace hoy lo que hacian en

otro tiempo la fuerza, la conquista, la tradicion, la herencia y la

casta. La estadística es la nueva _casta social_, la nueva sangre de la

política, la nueva sangre de los gobiernos. Hoy reina el número, como

antes imperaban la guerra, la teología y el pergamino.

La historia del gobierno humano debe dividirse actualmente de otra

manera que se ha hecho hasta aquí. Aquella division debe hoy hacerse del

siguiente modo, ó de un modo análogo.

Primero: gobiernos conquistadores; la fuerza.

Segundo: gobiernos teologales; la religion.

Tercero: gobiernos tradicionales; la casta.

Cuarto: gobiernos históricos; la herencia.

Quinto: gobiernos sociales; la estadística.

Pitt en Inglaterra, Sully y Colbert en Francia, Campomanes, Florida

Blanca, Jovellanos y Florez Estrada en nuestro país, son dignísimos

representantes de la nueva historia social.

Y este es el lugar de decir que, desde fines del siglo pasado, se han

verificado dos grandes movimientos en la marcha del mundo; han tenido

lugar dos nuevos y trascendentales juicios en el espíritu de los fastos

humanos, en ese espíritu que gobernaria la vida del hombre, aunque

aquellos fastos no estuvieran escritos en papel; aquel espíritu anterior

y providencial, ley eterna de todos los tiempos, eterna moral de todos

los pueblos y de todas las razas, del cual el libro histórico no es más

que un signo, como el cuerpo no es otra cosa que un signo del alma;

aquel espíritu que se reviste de la forma de la literatura, de la

imprenta, como nuestro ánimo se reviste de ojos y de frente, por

ejemplo: es un ángel vestido de bruto.

Digo que en ese espíritu que domina al hombre, que gobierna la vida,

como si fuese el interminable reinado de la historia, están germinando

dos ideas profundas y poderosas, desde fines del siglo pasado hasta

nuestros dias. Aquellas dos ideas se enseñorean hoy de todas las formas,

de todos los poderes, de todos los entendimientos, en una palabra, se

enseñorean de todas las revoluciones que se operan en la razon del

mundo.

Las dos ideas de que hablo son: la estadística y la fisiología: la

estadística, explicando la sociedad; la fisiología explicando al hombre.

¡Quién habia de decir á nuestros antiguos filósofos que la fisiología es

espiritualista á su manera!

Véase con cuidado lo que pasa en el mundo de hoy, y se hallará tal vez

que la grande lucha, el gran trabajo de nuestro siglo, no es más que el

resultado del natural antagonismo que existe entre las ciencias

tradicionales y ese genio de la historia, ese nuevo espíritu que se ha

despertado en el alma del hombre; más claro, entre las ciencias

escolásticas por una parte, y las matemáticas y la física por otra.

Digo, matemáticas, porque la estadística no es otra cosa que las

matemáticas aplicadas al régimen social.

Esas dos ciencias, esas dos geometrías, la interna y la externa, la

humana y la social: esas dos creaciones casi fabulosas que llenan el

globo desde fines del siglo pasado, marcan hoy la medida de la

civilizacion de los pueblos; son la manecilla de metal que mide las

horas del mundo en ese reloj oculto y misterioso. La fisiología y la

estadística son actualmente lo que eran antes la astronomía, la teología

y aún la mágia. Hoy no es más civilizada la nacion que más sabe y que

más disputa, sino la que más analiza y más demuestra. Casi puede decirse

que la física de hoy, equivale á la metafísica de ayer.

Pasó el tiempo de la palabra.

Estamos en el tiempo de la prueba.

Pasó el tiempo de la opinion.

Estamos en el tiempo del experimento.

Pasó el tiempo del puro raciocinio, del criterio teórico; pasó el tiempo

medio caballeresco y medio fantástico, en que la ciencia convencia al

mundo y lo gobernaba ocultamente, empeñando _palabras de honor_.

Estamos en el tiempo del criterio práctico, del criterio de aplicacion,

del análisis geométrico de la prueba real, casi física; en un tiempo en

que el compás explica la idea; en que un pedazo de materia explica un

pensamiento, como el alambre explica la electricidad, como el plomo

explica la imprenta, como la brújula marca el polo Norte; en un tiempo

que no cree en las _palabras de honor que da la ciencia_.

Pasaron los tiempos de Platon y Aristóteles.

Estamos en los tiempos de Colon, Guttemberg, de Bichat, de Vaucauson,

de Montgolfier y de Fulton. Pasó la dialéctica, pasó el silogismo, y

vino el instrumento, vino la máquina.

Este gran fenómeno, el más peregrino y trascendental que se ha realizado

en la historia, tiene una razon profunda, una profunda psicología. Toda

la civilizacion asiática, como la judía, como la griega, como la romana,

como la feudal, pretendian explicar el cuerpo por el alma, la materia

por el espíritu, la criatura por el criador. Y pasan siglos y más

siglos, pasan espectros y más espectros, sombras y más sombras, y por

honrar al Criador se ahorcaba en un cadalso á la criatura; y por redimir

al espíritu se ponia en un tormento la materia; y por salvar el alma se

encendian hogueras al cuerpo. El hombre era quemado, como quien tributa

un culto á Dios. Así servian y adoraban á Dios las castas antiguas, las

antiguas civilizaciones, ese algo histórico que ha venido reinando en el

mundo hasta el siglo XIV de la era cristiana; ese algo no definido

todavía; esa casta revuelta y confusa, que se ha denominado de muchos

modos, pero que en realidad no es otra cosa que la ley de la

contradiccion, la ley de la Persia, un mundo de luz, representado por

_Ormuzd_, y un mundo de tinieblas representado por _Ahriman_: decir, una

gloria, explicando un infierno; un Dios explicando á un diablo. El alma

era Dios, era el ídolo, y se le quemaban perfumes; el cuerpo era el

diablo, y se le apedreaba, cuando no se le achicharraba vivo.

Estudiado con imparcialidad y reposo este intrincado asunto, hallarémos

que el mundo antiguo, la humanidad hasta el siglo XIV, no es más ni

menos que un órden de cosas creado por la ley de la contradiccion, por

la ley de las castas, la ley de arriba declarando pária á la ley de

abajo; la ley de un espíritu y de una materia, considerados como poderes

antagonistas; como fuerzas radicales contrarias; la ley terrible que

convertia al hombre en enemigo del hombre y de Dios. Que este enemigo se

llamara sudra en la India, hebreo en Egipto, hierodul en Capadocia,

esclavo en Grecia y Roma, ilota en Esparta, siervo ó hereje en la edad

media, poco importa: la filosofía de la historia es la misma. Es una

idea que se ha revelado bajo distintas formas; es un vidrio que ha

reflejado la luz de varios modos, como un libro tiene varias páginas,

como una tormenta tiene varias nubes, como la escama de las serpientes

tiene varias pintas. Repito que el mundo, hasta el siglo XIV de nuestra

era, venia del Asia; y que el Asia venia de la ley de la contradiccion;

esa ley abolida por el Evangelio; ese mónstruo ahogado por la sangre

vertida en la cruz; esa fosa de la humanidad cegada por el mártir del

monte Calvario. ¡Mundo pagano, mundo gentil, no luches, basta! Si algo

te queda dentro del valladar que Dios ha puesto al hombre, si alguna

gloria te está reservada por el pensamiento de la Providencia, no

hallarás esa gloria, ese dia luminoso no brillará en el cielo para tí,

sino volviendo tu inteligencia y tu corazon al monte Calvario. No

luches, no huyas, no leas, no esperes, no mires atrás ni adelante; ponte

de rodillas ante un crucifijo. Muda de fe, y adora. Más claro, ten fe,

porque lo que tú tienes ahora no es fe; lo que tú haces ahora no es

creer, es soñar. Ten fe, repito, y te salvarás, como se ha salvado la

humanidad cristiana.

El mundo moderno mudó enteramente de pensamiento y de conducta. En vez

de explicar la criatura por el criador, la materia por el espíritu, el

cuerpo por el alma, el hombre por la sociedad, tiende á explicar la

sociedad por el hombre, el alma por el cuerpo, el espíritu por la

materia, el criador por la criatura, arrojando del mundo una metafísica

simbólica, poética, oriental; una especie de augurio pagano, una

adivinacion, egipcia que, ó no explica nada, ó explica todos los

absurdos y monstruosidades que la mente de un loco puede concebir; todos

esos absurdos y monstruosidades que han venido reinando en la historia

de la humanidad.

Antes sucedia que por el misterio del geroglífico, querian explicar las

figuras del mismo geroglífico, de donde resultaba que no conocian ni las

figuras, ni el misterio, ni modo ni esencia, ni cuerpo ni alma, ni

criatura ni criador. Partian de lo que ignoraban, para llegar á lo que

no sabian. Eran dos ignorancias obstinadas y supersticiosas, creando

todo un mundo; el mundo en que debia vivir el hombre, el sér que piensa

y siente, el sér que raciocina y ama, el sér que crea tambien, la

hechura más noble, la concepcion más sábia de la suma sabiduría, el

poder más grande que dió á luz el Todopoderoso; el único poder creado,

capaz de conciencia, capaz de convencerse, capaz de arrepentirse, capaz

de bajar la cabeza y suspirar; el hombre, la criatura que llora y que

espera. Y luego hay cristianos, hoy, en nuestro siglo, pasados mil

ochocientos sesenta y tres años de la Cruz; hay cristianos, repito

(¡parece mentira!) que profesan la ley de la contradiccion, la ley de un

alma divinizada y de un cuerpo quemado; la ley de los tormentos y de las

hogueras; la ley de la horca y del cuchillo; la ley de Tiberio que llenó

de gemidos las tinieblas sagradas de las catacumbas; la ley de Pilatos,

que hizo caer á Jesucristo bajo la carga de un madero. Y al hablar de

cristianos que profesan hoy aquella ley bárbara, no me refiero á hombres

vulgares, sino á personas ilustradas y fervorosas. Yo no puedo expresar

cuánto me amarga esa inconcebible y lastimosa contradiccion. No se

comprende cómo esos hombres viven en el mundo, ni cómo han leido la

historia.

El espíritu moderno, el mundo cristiano, hizo lo contrario de lo que

hacia el mundo venido del Asia. Para adivinar el misterio del

geroglífico, partió de las figuras: para adivinar el geroglífico, que

estaba dentro, partió del geroglífico que estaba fuera; para adivinar lo

que no veia, partió de un hecho que estaba viendo; y de esta manera

consiguió que si no veia lo de dentro, veia al menos lo de fuera; algo

veia. Acaso no logre conocer el espíritu, pero conoce la materia; tal

vez no conozca á su criador, pero conoce la criatura; tal vez no logre

explicarse la sociedad humana, pero se explica al hombre. Ya que no la

esencia, conocerá el modo; ya que no logre adivinar ese algo infuso, esa

cifra divina, esa última duda, esa duda suprema y venerable de que

parece circuirse el espíritu providencial, logrará siquiera conocer lo

que se ha revelado, lo que obra en la naturaleza, lo que Dios ha

escrito en esa segunda teología, lo que Dios promete en esa segunda

religion. Antes no se veia lo visible; no se realizaba lo realizable.

Hoy, sí. Este es el gran carácter del cristianismo sobre la civilizacion

gentil y pagana. El hombre cristiano se cree autorizado, se cree con

poderes, se cree hasta con fuero, para ver lo que puede verse; dejó de

quemar al que manifestaba que veia lo que no se habia visto antes; dejó

de fabricar tormentos, de aparejar cadalsos y de encender hogueras al

altísimo y venerando ministerio de la razon humana; al ministerio de

pensar y de decir lo que se habia pensado; al ministerio de medir, y de

hacer patente lo que se habia medido, y esto, esto solo explica la

incalculable superioridad del mundo moderno sobre el mundo antiguo, la

incalculable superioridad del hombre cristiano sobre el hombre de las

regiones gentiles y paganas. _La ley de la humanidad_, puesta en lugar

de la ley de la contradiccion; la ley de Dios y la del hombre, puesta en

lugar de la ley del diablo y de la del hereje, esto lo explica todo. Sin

este dato, sin esta observacion, sin hallar en las fastos humanos ese

fin adorable, esa providencia que triunfa, sin que nadie vea los

laureles del triunfo; sin que las cosas se miren así por la razon y por

la fe, unidas y hermanadas, no es posible encontrar la filosofía de la

historia. La historia será un acaso horrible, un fatalismo ciego y

cruel, un _pandemonium_, como la denominan los escépticos, los ateos del

hombre y de Dios. Dicen bien esos desdichados. La historia es un

_pandemonium_ para los que no creen en la providencia y en la humanidad,

como la razon es un delirio para el loco, como la ciencia es una

algarabia para el ignorante, como la luz es una tiniebla para el ciego.

Más digo y opine lo que quiera esa pobre gente, la historia ha sido, es

y será siempre la Biblia social, una segunda revelacion, una infalible

geometría del progreso humano.

He dicho antes que hoy no se considera más civilizada la nacion que más

sabe y que más disputa, sino la que más analiza y más demuestra. Esta

verdad no admite duda en mi juicio. La Italia, por ejemplo, es más

teóloga, más metafísica, más ontológicamente sábia que la Inglaterra;

sin embargo, la Inglaterra es hoy un pueblo más civilizado, inmensamente

más civilizado que la Italia. Esto quiere decir que ha analizado más en

estudios estadísticos y fisiológicos, que es más sábia en la ciencia del

hombre, y en la ciencia de la sociedad, porque hoy se llama ciencia lo

que antes se llamaba herejía, y se llama fárrago lo que antes se llamaba

ciencia.

Cada escuela podrá traducir este hecho á su modo, dejándose llevar de

sus recuerdos, de sus aficiones ó de sus intereses; pero la existencia

de aquel hecho, tan capitalmente trascendental, es indisputable.

Voy á decir ahora dos palabras sobre los monumentos citados en el

sumario de este dia, dando principio por _el palacio de la Bolsa_.

Nada tengo que oponer acerca de la magnificencia del edificio. Es un

verdadero palacio. Tiene efectivamente ese aspecto grave y majestuoso,

esa gallardía reposada, casi circunspecta, de aquel género de

arquitectura. Su historia, considerado como edificio, esto es, su

historia de piedra, es muy breve. Considerado como una institucion

social, como _juego público_, aquella historia es algo más larga y más

difícil.

La Bolsa de hoy ocupa el espacio que ocupó en otro tiempo el convento de

las hijas de Santo Tomás. ¡Qué cambios tan curiosos y tan elocuentes!

Principió este palacio el primer imperio, y lo terminó Cárlos X.

Presenta un paralelógramo de setenta y un metros de longitud, sobre

cuarenta y dos de latitud, si no mienten los informes que nos dan,

informes que considero exactos. Al menos no desmienten la impresion que

aquí se recibe. Circuye al suntuoso edificio una gran galería de setenta

columnas de un metro de espesor y diez de altura, sostenidas por un

basamento de tres metros de elevacion. Un sólido cornisamento y un

elegante ático coronan las setenta columnas, de órden corintio, las

cuales nos hacen sentir la doble emocion de la majestad y de la fuerza.

Quisimos penetrar, pero los guardas del edificio, herederos históricos

de la gravedad monacal, nos prohibieron la entrada con cara de priores,

enviándonos al estanco de la Hacienda pública, en donde debiamos

proveernos de una especie de credencial, mediante la _limosna_ de dos

francos, uno por cabeza. He dicho limosna, porque esta rara

contribucion, esta curiosa prevision del Erario francés, me huele al

saco del convento. Yo me volví á mi mujer, y la dije en nuestro idioma:

aquí se ha verificado una trasmigracion casi portentosa. El franco que

nos piden, se escapó sigilosamente del convento de las hijas de Santo

Tomás, y se escondió en el palacio de la Bolsa.

--¿Qué franco nos piden? Preguntó mi mujer con picante curiosidad. (Para

las mujeres es picante todo lo que tire á dar dinero.)

--Ese bedel, conserje ó lo que sea, contesté á mi compañera, me dice que

vayamos al estanco, en donde nos darán un billete, cuya presentacion es

indispensable para visitar el edificio. El billete en cuestion nos

costará un franco á cada uno.

Mi mujer agrió el gesto de un modo visible.

Esta conversacion pasaba en presencia del conserje, que nos miraba con

estrañeza, y que permanecia de pié, custodiando imperiosamente la

entrada, como si se tratase de guardar las manzanas de oro en el jardin

de las Hespérides.

Mi mujer y yo nos dirigimos á un estanco, que hay á pocos pasos del

edificio. Al bajar la magnífica escalinata de la _Bolsa_, mi mujer me

tira del brazo, en señal de llamarme la atencion, y me dice:

--Llévame á la fonda; yo me quedaré allí, mientras que tú vienes á

visitar ese palacio. Me remorderia la conciencia, continuó mi compañera

con más animacion, si los franceses me cogieran un franco por visitar la

_Bolsa_.

--Ese franco que piden, contesté yo, no tiene nada de particular; al

contrario, es una gabela natural, y lógica. Se trata de la _Bolsa_, y

por simpatía, atacan la bolsa de los curiosos.

--Te lo voy á decir francamente, repuso mi mujer, y apretó el paso,

como si lo que me iba á decir la espolease. «Yo creí que Paris era un

pueblo de suma caballerosidad, y de sumo idealismo. Yo creia en España

que en Paris se hacian muchas cosas por galanura, por etiqueta, por

urbanidad, por espíritu de civilidad y de hidalguía. Pero, amigo mio,

estoy viendo que me engañaba de una manera lastimosa. Esto es mucho peor

que Madrid. Aquí no podemos llevarnos las manos á la cabeza, aquí no se

puede decir el Padre nuestro, aquí no se puede ni rezar, sin tener que

hacer frente al dichoso franco. Odio esta palabra, ¡Qué sujeto tan

descortés! ¡Qué persona tan atribulada y tan agresiva! Franco le llaman,

y en verdad que le han dado con el nombre, pues tan franco es, que se

mete por todas partes como trasquilado por iglesia. ¿Quieres que te diga

la verdad? Segun voy viendo, esto es una batalla contínua, en que los

combatientes no abrigan otra idea que apoderarse del botin de los

enemigos; una guerra que se hace, una lucha que se traba, únicamente por

coger el botin. Ni más ni menos, ni menos ni más. Los combatientes son

los hijos de este país. Los enemigos son los extranjeros. En España, en

el mismo Madrid, el dinero es una gran necesidad. En Paris es una gran

plaga, una gran peste; en fin, es una guerra, con todos los peligros,

con todos los sustos, con todas las calamidades y las desdichas de una

guerra. Mira, añadió resueltamente mi mujer; déjame en la fonda; no

quiero dar un franco por ver ese edificio; por una peseta está cavando

un español todo el dia en el campo....»

Sin embargo dé estos sermones de mi compañera, yo me dirigí al estanco,

con el fin de comprar el documento que el conserje me reclamaba. Mi

mujer lo notó, y se detuvo á despecho mio.

--No te empeñes, porque no voy. No quiero pagar el derecho de ser

extranjera. Aguantaré que me traten como enemiga, en lo que yo no puedo

evitar; pero á sabiendas, no.

--Bien, la contesté yo; tú dices que no quieres dar un franco por esa

visita. Enhorabuena, no lo des; pero yo quiero darlo; no es cosa tuya,

sino mia, y no debes tener remordimiento alguno. Iba á replicar; pero

la llevé hácia adelante con el brazo, y esto la persuadió mucho más que

si la hubiera predicado un sermon. No sé el por qué, mas tengo por cosa

evidente que á las mujeres las convence más un ademan que veinte

palabras.

Por santa obediencia se resignó á entrar en el estanco, y no pude menos

de soltar la risa, cuando observé la cara de vinagre que mi mujer puso

al ver los dos francos en el mostrador.

--¡Lástima de dinero! dijo furtivamente, y nos dirigimos á la Bolsa.

Buena escalera, excelentes pasillos, galerías espaciosas, hermosas

balaustradas, salas magníficas.... Repito que nada tengo que tachar á la

arquitectura del edificio, aunque desde luego se echa de ver que no fué

construido para que sirviera de palacio. Volviendo ahora los ojos á su

oficio social, si así puede decirse, principio por no estar conforme con

el nombre de _Bolsa_, aplicado al cambio oficial, cambio importado en

Francia por el hacendista escocés Law, á fines del siglo XVII.

La palabra _Bolsa_, no sólo es impropia, sino escasa, ruin, grosera,

hasta ridícula, para darnos la idea de un lugar en que se verifican

operaciones mercantiles de cierta monta. No comprendo cómo los

negociantes que se dedican á aquel juego público, llevan en paciencia

que se les designe con el apellido de _Bolsistas_. Me parece que en este

nombre hay algo que se rie de la persona que lo lleva, como si dijéramos

_bolsillistas_, _faldriqueristas_, _taleguistas_, ó palabras por este

jaez. Yo deploro (en este sentido ¡tengo tanto que deplorar!) deploro,

decia, que los españoles, dominados por un espíritu de imitacion

incalificable, desnaturalizando una de las lenguas más bellas y más

ricas del mundo, malversando el depósito que muchos siglos y muchas

glorias les han confiado, hayan mendigado de los franceses la plabra

_Bolsa_, condenando tan irreflexiva como injustamente los nombres

castizos de _lonja_ y casa de contratacion. En lugar de _Bolsa_, que

nada significa, ó significa una ridiculez, porque ridículo es todo

despropósito ¿qué razon hay para que no pudiera decirse _lonja del

cambio_? Pero ahora caigo en que esto no bastaba; era indispensable

ponerse á la moda; era indispensable llamar la atencion con una cuquería

de nuestros vecinos; era indispensable engalanarse con una palabra

parisiense, como los payasos se visten de siete colores, para que les

sigan los chiquillos, ó como se enjaeza un caballo, para venderlo bien

en la feria. Era indispensable el relumbron, el palaustre, y atravesó

los Pirineos la palabra _Bolsa_. No sólo hay servilismo en política; hay

servilismo tambien en conducta, y esas limosnas que el pueblo español

recibe de Francia; esas caridades que le implora, cuando tantas podria

hacer, cuando tantas ha hecho á esa misma nacion que nos manda hoy con

sus monerías; esas limosnas vergonzantes que á Francia pide, es un

servilismo de nuestra época; y no solamente es un servilismo, sino una

sandez. ¿Qué se diria del que fuese á buscar falsas doraduras á país

extraño, olvidando el oro, el oro fino, que tiene en su país? Pues eso

es cabalmente lo que debe decirse de los españoles, que van á Francia

para traerse la grotesca palabra _Bolsa_, arrinconando, para que crie

moho, la palabra lonja; término propio, lógico, natural, en relacion

perfecta con las tradiciones de nuestro idioma; con su pensamiento y con

su melodía; es decir, en perfecta relacion con su etimología, con su

filosofía y con su esthética.

Nuestra nacion no sufriria que el pueblo francés pusiera el pié en un

palmo de nuestro territorio, y consiente á las mil maravillas una

invasion completa en otro sentido; una invasion más peligrosa, porque

nos conquista ocultamente, por dentro, en el interior de nuestras casas,

en el interior de nuestras viviendas, en lo más íntimo, en lo más

profundo que tiene el hombre: en la palabra. La palabra es lo último que

pierden los pueblos, porque esa palabra es á un mismo tiempo su ciencia,

su poesía, su amor: la palabra es el espíritu que sobrevive á la

libertad, á los usos, á las costumbres, á las leyes. Se quema un código,

mil códigos: no se quema la lengua en que están escritos. La palabra y

la historia son los dos genios que van al frente en todas las exequias,

son los manes eternos que velan sin cesar sobre la tumba de las

generaciones. Pasó el Lacio, pasó el pueblo latino; pero queda una

sombra de aquello; queda una huella que no se borra, un alma que no

muere, una ceniza que no se enfria, un sepulcro que no se cierra; queda

un cadáver que no se consume; sobre el polvo, sobre las ruinas, sobre la

soledad y el silencio de los cadáveres que se extinguieron, queda un

cadáver que no se extingue, que no se extinguirá, mientras que la tierra

sienta el calor de las plantas del hombre: pasó el pueblo latino; pero

nos queda la latinidad. Pasó el pueblo; no pasó la palabra. Pasó el

cometa, no pasó su rastro. Pasó la tormenta, no pasó el celaje.

Los españoles no sufririan que nos conquistaran un solo palmo de

territorio; que nos invadiesen un grano de arena, y van á Francia para

que nos conquisten en el idioma, para que nos invadan en nuestro

espíritu, en la tierra de Dios, porque es la tierra del pensamiento.

Hablar es pensar, y el que trastorna lo que hablo, trastorna

necesariamente lo que pienso. Sí á mí me dijeran: ¿qué es lo que quieres

para apoderarte de una nacion, para mandarla, para ser su amo? yo

contestaria: quiero ante todo apoderarme de su lengua, mandar en su

palabra, ser amo de ese libro en que están escritos los nombres de Dios,

padre, madre, hijo, hermano, amigo, patria, luz, amor, espacio. Más,

mucho más que de su territorio, desearia apoderarme de lo que está

dentro del territorio, de lo que está dentro de las ciudades, de lo que

está dentro de las casas, dentro de la familia, dentro del individuo; de

esa sombra que le acompaña, de ese centinela invisible que le custodia,

de ese misterioso y terrible poder que le defiende; la palabra, la

inteligencia. Mandando en la lengua, mando en el alma; mandando en la

boca, mando en la frente, y este es el gran terreno que hay que invadir,

esta es la gran conquista que hay que hacer, este es el gran pueblo que

hay que conquistar. Sin saberlo nosotros, sin apercibirnos siquiera, sin

soñarlo, los franceses nos están invadiendo; los franceses nos

ametrallan, en una guerra en que se lucha sin disparar tiros. Los

soldados de esa campaña particularísima, son las palabras; la palabra

_Bolsa_ es uno de los tantos y tantos combatientes de ese ejército

numeroso, de ese ejército irresistible, de ese ejército que acabaria por

conquistarnos, si no llegase un dia en que el pueblo español, aplicando,

no el oído de fuera, sino el oído de dentro, no aplicando la oreja, sino

la mente, oyese ruido en el interior de su casa, oyese disparos en el

territorio de su inteligencia. Ese dia llegará. España comprenderá al

cabo que el pensamiento tiene sus estados tambien; comprenderá que su

idioma es su pensamiento, y defenderá las fronteras de su inteligencia,

como defenderia las fronteras de su territorio.

Entre tanto, yo expulso de mi casa la palabra _Bolsa_, como rechazaria á

todo el que quisiera arrojarme de mi país. Llegará una hora en que

España se vuelva á España; yo me he vuelto ya hace algunos dias, aún

permaneciendo en Paris.

Pero no es la palabra _Bolsa_ el solo punto en que no estoy conforme, al

estudiar el edificio de que se trata. Tampoco estoy conforme, con que la

_Bolsa_ tenga un palacio, conque haya un palacio que se llame el palacio

de la _Bolsa_. Esto me parece tan indiscreto, tan extravagante, tan

ridículo, como el que hubiese un palacio que se denominara _el palacio

del bolsillo, el palacio de la faldriquera ó del talego_. Entre bolsa y

palacio no hay relacion posible, en el órden lógico, por más que nos

echemos á soñar relaciones. No sólo no hay analogía entre aquellas

palabras; no sólo carecen del más lejano parentesco, sino que se nos

entra por los ojos su discrepancia, su evidente contradiccion, y no

pueden unirse objetos y atributos que se repugnan, que se contradicen,

que se zahieren. Si esto valiera, podriamos decir: _el palacio del

hambre, el alcázar de la mendicidad_, y admitida esta nueva manera de

discurrir, deberia mandarse construir una gran jaula para encerrar al

mundo. No estoy conforme con el palacio de la Bolsa, como no lo estoy

con el palacio de la Industria, ni con otros muchos palacios que por

aquí bullen, despertando en mi alma recuerdos penosísimos, tristes y

lamentables contradicciones. ¡Palacio de la Industria! ¡Y el industrial

no tiene dónde vivir! ¡Y el obrero tiene que ir á buscar una vivienda

más allá del recinto de la ciudad, á Batiñoles! Es un magnate que tiene

un alcázar, y ha de andar buscando un asilo de zoca en molondra. Es un

mendigo á quien se ha levantado un palacio; pero que no ha dejado de ser

mendigo, ¡Vanos alardes! ¡Estéril pompa! ¡Pobre magnificencia! Aquí se

hacen muchas cosas por el solo gusto de hacer; se dicen muchas cosas por

el solo gusto de decir: hay ostentacion, aparato; no hay intencion, no

hay propósito, no hay ese íntimo y fervoroso trabajo de la conciencia,

que precede á todo deseo, á toda aspiracion, sobre todo cuando es una

aspiracion madura y sensata. Aquí hay muchos principios sin fines. No

encuentro en Francia ese pensamiento anterior, circunspecto, convencido,

inflexible, que hallo en los trabajos de los alemanes; ese bellísimo

sentimiento, esa fantasía aromática, esa seductora inspiracion de los

italianos; ese cálculo fijo, inflexible, tenaz, callado, sigiloso, tal

vez traidor, pero lógico, convencido, sábio, de los ingleses; esa

rusticidad hospitalaria, generosa y fiel; esa barbarie honrada,

creyente, leal y valerosa; esa liga de lo salvaje y de lo hidalgo; esa

mistura indefinible del soldado, del poeta, del pastor y del caballero;

ese algo latino, scita y árabe; ese carácter en que han entrado Régulo,

Attila y Saladino; esa especialidad, única en el mundo (como la palabra

hidalguía) que distingue á los españoles. No digo que sea buena, ni que

sea mala; digo que es única, y admito el reto que para probar lo

contrario se me haga. No hallo eso aquí. Me parece hallar prisa,

aturdimiento, indeliberacion, exterioridad, lujo, boato: púrpura por

fuera; por dentro es otra cosa. Es una gran botella que se destapa.

Mucho ruido, mucho hervidero, mucha espuma; á poco pasa todo aquel

estrépito, y la botella queda medio vacía. No parece sino que esta

ciudad siente que la vida se le va de las manos, y corre detrás

frenéticamente, como para cogerla por los cabellos.

En cualquiera otra parte del globo, un palacio es un edificio que sirve

de morada á los reyes, á los pontífices, á los magnates, á los

poderosos, á las grandes corporaciones del Estado, como un Congreso ó

una Asamblea. Aquí, no. Aquí es un palacio el depósito de la Industria,

la casa de cambio, el banco, la casa de moneda; sin embargo de que ni la

casa de moneda, ni el banco, ni la industria, son altos cuerpos del

Estado, ni poderosos, ni magnates, ni reyes, ni pontífices. Aquí toma el

nombre fastuoso de palacio, lo que en otros países se llama simplemente

casa, lonja, depósito, alhóndiga, almudin, ó cosa semejante. Y aquel

nombre fastuoso, esa régia estirpe con que se decora á la arquitectura

(¡ni las piedras están á salvo del genio francés!) viene de la tendencia

general que ha creado tantas y tantas formas en esta Babilonia del

Occidente; formas colosales algunas de ellas; que ha creado tantos y

tantos intereses, respetables no pocos, porque no hay delirio que no

tenga algo sublime, y el delirio de los franceses ha sido afortunado:

aquel prurito de idealizarlo todo, de hacerlo todo régio, como si

hubiese dejado de ser belleza la eterna belleza de la sencillez; la

inagotable, la majestuosa, la imponente, la sin igual belleza de la

verdad; la belleza de una ligera nube que atraviesa el cielo solitaria:

aquella pasion, vuelvo á decir, viene de ese espíritu mitológico,

fantástico, visionario casi, que tiene ciegos á los franceses, con que

los franceses quieren cegar á todo el mundo. No es lo doloroso que ellos

lo quieran, porque cada cual realiza su genio como puede: lo doloroso es

que lo quieran y lo consigan. Dejarán de conseguirlo mañana, porque la

doradura no brilla siempre como el oro, porque el hervidero de la

cerveza no dura siempre: pero hoy lo consiguen, porque las doraduras

deslumbran, porque el ruido de la botella de cerveza aturde. Hoy lo

consiguen; esta es la verdad.

Y penetrando más en el asunto de la Bolsa, con la cabeza destocada y

pidiendo perdon á las personas á quienes pueda lastimar, sin que en ello

pueda tener parte mi deseo, porque mi deseo más deliberado es no herir á

nadie, digo que no estoy tampoco conforme con ese cambio, con ese

negocio, con ese juego que se llama Bolsa, tal como hoy se encuentra

establecido y organizado. Acepto todo juego lícito, como distraccion;

como oficio social, como carrera, como profesion, como jornal de todos

los dias, no lo acepto. Harto se me alcanza que esta opinion

escandalizará á no pocos lectores; adivino que se me llamará

extravagante; enhorabuena; digo y repito en alta voz que no lo acepto.

Jugar para pasar honestamente el rato, sí. Jugar para vivir jugando;

para dar á un juego nuestra vida; para desplumarnos dándonos las manos y

sonriéndonos; para hacer en un dia una fortuna injustificada, á costa

del prójimo insensato; jugar para que tantos comerciantes dignos y

honrados se quemen el cerebro con una pistola, eso no. Podrán

contestarme lo que quieran; yo no llevo la contra á nadie; á nadie

desmiento; pero digo que no.

Y el que quiera tener ideas de la _Bolsa_; el que quiera saber lo que es

ese juego, ese juego que hace muy poco se llamaba _agiotaje_, que venga

á las dos de la tarde, y sea testigo de lo que pasa en el interior de

este local. Voy á decir lo que yo propio he visto, lo que yo por mí

mismo he presenciado, lo que acabo de ver y de presenciar, y ¡ojalá que

no lo hubiera visto ni presenciado!

Suena la hora de la cotizacion de fondos, y muchas gentes llegan, se

apiñan, se hostilizan, se estrujan. Todos se ponen de puntillas, los

cuellos se estiran, las barbas asoman, los rostros se encienden, los

ojos se inflaman.... ¡Madre de Dios! Eso no es un pregon, ni una

gritería; es un ahullido interminable, un galimatías infernal. Eso no es

un cambio, un negocio, un comercio; eso es un frenesí, un rapto, una

calentura. Reconozco la existencia de la calentura y del frenesí como

enfermedad; no la reconozco como negociacion.

La Francia gana una batalla en Cochinchina, y los fondos suben. La misma

Francia sufre un descalabro en Sebastopol, y los fondos bajan. Y el

francés, el hombre que ha nacido en este pueblo, el hijo de esta madre,

ve á su madre caida, y si la _Bolsa_ lo requiere, vuelve la espalda y la

vende por tres ochavos. El caido se levanta luego, gana una victoria en

los campos de Italia, suena el cañon que anuncia el triunfo de

Solferino, y el francés que hace poco vendió á la Francia por tres

ochavos, se vuelve ahora y la ofrece un talego lleno de oro. No se lo

da á la Francia, sino á su juego, á su albur, á su egoismo. Ese es un

juego que negocia con la fortuna y con la desgracia de su país; con el

honor y con las glorias de su patria. No admito que se jueguen las

lágrimas de una nacion; no puedo admitir que se juegue con los

conflictos de los hombres. No puedo admitir que se juegue con el

espíritu que busca un amparo bajo una corona de laurel, una corona

empapada tal vez en sangre, una sangre vertida quizá por un hermano del

que juega con aquella corona. ¡Tambien ha de ser un oficio del hombre el

jugar la palma del mártir! ¿Qué dejan al mundo, qué dejan á la vida, si

no le dejan esa palma! ¡Comercien en buenhora con la materia; comercien

con todo lo del mundo; pero que dejen al alma del hombre la metafísica

poética de un laurel, la metafísica poética de una gloria!

Dije y vuelvo á decir que eso no es comercio; esa no es la inteligencia

que une á las naciones, que funde las razas, que establece la unidad del

globo, la unidad del hombre, la unidad de la naturaleza, la inmutable y

santa unidad de Dios. Eso no es el comercio, el conquistador universal,

el universal revolucionario, encargado por la Providencia de llevar,

entre sus mercancías, el espíritu de tolerancia y civilizacion á todos

los países. Jugar no es comerciar; comerciar, no jugar, debe ser el

oficio del comerciante. Si su nuevo oficio consiste en un juego, lo

natural es que deje el nombre de comerciante, y tome el nombre de

_jugador_. Si aceptan el nombre, si se avienen á recibir el nuevo

bautismo, _con su pan se lo coman_. Un hijo mio no tomaria seguramente

tal profesion, al menos si mi hijo oyera la voz de su padre.

Ni estoy conforme con la palabra _Bolsa_, ni con que la Bolsa tenga un

palacio, ni con el juego que en el palacio se verifica.

En este momento entra en mi habitacion D. Francisco Javier de Mendoza,

que ha llegado hace poco de Venezuela, y á quien conocí en casa de D.

José Segundo Florez. El lector me permitirá que dedique dos líneas á

estos dos nuevos personajes, que honrarán las páginas de mis

humildísimos apuntes.

Florea es un hombre metódico, reposado, silencioso, observador,

profundo: es un hombre de estudio, un hombre de letras, como si

dijéramos un sábio antiguo; pero con la ciencia de los modernos.

Javier de Mendoza habla con soltura, con elegancia, con pasion. Se

apasiona de todo lo que reputa bueno, y está apasionado de la palabra:

habla mucho y bien, discurre más que habla; imagina más que discurre;

calcula y proyecta más que imagina. El solo digiere mucho más con su

pensamiento, que veinte personas con el estómago. Llega al punto á donde

se dirige antes de partir. Tal es la fuerza con que su alma mide el

espacio que le separa del objeto que busca. Aquel espacio desaparece, lo

devora, y antes de marchar hácia su pensamiento, se encuentra á su lado.

Este hombre es uno de los caractéres más extensos que yo conozco. Hay en

él cierta mezcla de galan y de literato, de soldado y de artista, de

diplomático y de banquero. Es un gran taller, una gran oficina, en que

cada uno de esos personajes trabaja, sin que los obreros se incomoden.

Hablando de opiniones políticas, dice que él quiere la igualdad de la

riqueza y de los goces, no de la miseria y del martirio. Es demócrata,

pero quiere ir en coche. Tiene la democracia del sentimiento, y la

aristocracia del carruaje.

Si aspirara á que lo empleasen, su primer empleo seria una cartera de

ministro, ó una embajada de primer órden.

Si tuviese el don del colorido, si sintiese mejor la forma artística,

seria un genio; aún sin esas dotes, es un buen talento.

Pues he leido á mi amigo Javier de Mendoza lo referente al palacio de la

_Bolsa_, y al juego público denominado así, y ha convenido en la

impropiedad de aquella palabra, y en la impropiedad del nombre de

_palacio_, aplicado á dicho edificio. Por lo que hace al juego, ha

convenido conmigo tambien; pero me ha hecho notar que mis opiniones

acerca de este punto causarán escándalo entre ciertas gentes, pudiendo

hacer daño á la publicación de mi obra.

Pues aunque mi obra se hunda, y á mí me quemen, contesté, digo y repito

que no estoy conforme sino con las cosas cristianas, y me parece que

aquel juego no es cristiano. En medio de mis desventuras (que han sido

infinitas) debo al cielo la dicha suma de tener valor para decir á todo

el mundo la verdad de un modo decoroso, y la digo siempre, aunque me

costara subir al cadalso.

Departiendo despues amigablemente sobre el carácter de esta maravillosa

ciudad, hemos convenido en que no extrañariamos que el mejor dia se

levantara aquí un edificio suntuoso, con el título de PALACIO DEL

MERCADO. Tal es la comezon que tienen los franceses por _relucir_, que

no nos causaria sorpresa ciertamente que dieran un palacio á los conejos

y á las perdices; á la manteca y á los huevos; á las coles, á las

patatas y á los rábanos.

Se dirá que decimos esto con intencion de satirizar á este país. No seré

yo el que niegue que haya en nosotros algo de esa malicia picaresca, con

que se zahiere una cosa ridícula; algo tal vez de ese sabor áspero que

siente el español, cuando cata un manjar de nuestros vecinos; puede que

haya eso en nosotros, sin que nosotros lo sepamos, como sin saberlo

nosotros nos pican los mosquitos durante el sueño; pero esto no quita

que en lo que decimos haya un gran fondo de verdad.

Vayamos ahora al Palacio Real, cuya historia es más breve y galante.

Sepa el lector que durante el trascurso de algunos siglos, ese palacio

fué el centro espléndido de la coquetería parisiense. En ese jardin que

estoy viendo, la astuta cortesana se ofrecia á los espectadores con el

traje muy escotado, luciendo la espalda y el pecho, como si quisiese

hacer gala de la riqueza de sus incentivos, tambien de la riqueza su

pudor. Digo riqueza de pudor, porque si el que da mucho debe ser rico,

aquellas cortesanas debian ser muy ricas de decoro. Pero siendo el

Palacio Real uno de los grandes prodigios de la monarquía absoluta,

claro es que al pasar aquel régimen, debió perder no poco de su antiguo

esplendor. En espacio es en lo que menos ha perdido, y tres calles se

han hecho á expensas de sus encantadores jardines; las calles de Valois,

de Beaujolais y de Montpensier.

Nada quiero decir de la arquitectura del Palacio, porque los grabados

que acompañarán á la obra, darán una idea más exacta que todas las

descripciones que yo pudiera hacer, y paso á su reseña histórica.

Richelieu, el cardenal más galanteador que la historia conoce; el brazo

derecho de uno de los reyes más galanteadores que la historia conoce

tambien; el gran ministro del gran Luis XIV; aquel cardenal más grande

que aquel rey; Richelieu, el prelado poeta, el poeta hacendista, el

hacendista político, el político filósofo, el filósofo magnate, levantó

de pié el Palacio Real. Despues, hubo de acudirle la memoria de los

grandes tesoros de que era deudor al pródigo cariño de sus reyes;

aquellos tesoros debieron hurgarle en la conciencia, se sintió herido;

en una palabra, tuvo remordimiento, y dejó el palacio á Luis XIII, que

no pudo tomar posesion.

¡Cuántos secretos debe encerrar ese monton de piedras! ¡Qué historia tan

curiosa se pudiera escribir, si la mente del hombre fuera capaz de

arrancar al olvido aquellos secretos! Pero no digo bien; muchas de las

cosas que han presenciado esas paredes y esos pavimentos, no podrian

escribirse, porque hay en este mundo muchos arcanos que no pueden

contarse.

Ese palacio fué el local más célebre, la casa favorita de la

aristocracia del siglo XVII y XVIII; el monumento de los festines, de la

galantería, del amor; una especie de templo ateniense, uno de aquellos

templos griegos que se consagraban á la hermosura, un trono en donde se

sentaba como reina la diosa Vénus.

En ese palacio habia un teatro, el más brillante de toda la Francia, en

el cual cabian holgadamente tres mil personas; habia una capilla, cuyos

ornamentos eran de oro macizo; una biblioteca magnífica; ricas

colecciones de pinturas, é infinitos retratos de hombres ilustres, de

tal manera que aquellos salones parecian más bien un campo santo

histórico. El palacio del Cardenal representaba el consorcio extraño de

la cortesanía, de la religion, de la ciencia y del arte: alcázar,

iglesia, teatro, pinturas y libros.

Ana de Austria, reina de Francia y regente del reino, habitó el palacio

de Richelieu con sus dos hijos, á mediados del siglo XVII en 1643, y en

el mismo palacio tuvieron lugar las espléndidas bodas de su hija con el

duque de Orleans, hermano de Luis XIV, cuyo monarca lo cedió despues á

su hermano el duque, á título de infantazgo.

Ese mismo palacio sirvió de morada al regente, hijo del duque de

Orleans, y el alcázar fué menos alcázar que tálamo. Los libros y los

retratos de hombres ilustres, la ciencia y el arte, dieron lugar á los

brindis y á las orgias. Richelieu abrió paso á un príncipe, tristemente

famoso.

Vino Luis Felipe, vinieron las libertades modernas, y tendiendo á

nivelarlo todo, el Palacio Real tuvo que caer, porque el Palacio Real

no era otra cosa que un gran desnivel de las antiguas aristocracias.

Hoy, una gran parte del fastuoso alcázar del siglo XVII, se ha

convertido en un bazar inmenso. Esta inesperada y maravillosa

trasformacion, presenta el espectáculo interesantísimo de una casta que

conquista á otra casta, de un fausto que sucede á otro fausto, de una

pompa que se pone en lugar de otra pompa. Ese gran bazar es el

comerciante, puesto en lugar del cortesano.

El que viva en el Palacio Real, no tiene precision de salir de allí para

proveerse de todas las cosas de la vida, desde el panecillo que cuesta

un sueldo, hasta la sortija que vale diez mil duros. Aquello no es un

edificio; es una gran exposicion; una ciudad; un pueblo.

Tres personajes que llenan la historia de la humanidad, han pisado en un

mismo siglo las escaleras de ese alcázar: Richelieu, Luis XIV y Pedro el

Grande.

El Palacio Real ha tenido sucesivamente los nombres que voy á anotar.

Presten atencion mis lectores.

En sus primeros tiempos, se llamó:

Palacio de Richelieu y Palacio del Cardenal.

Bajo Ana de Austria, Palacio Real.

Bajo la revolucion, Palacio de la Igualdad.

Despues de la revolucion de Febrero, Palacio Nacional.

Ultimamente, Palacio Real.

Ha servido de alcázar, de tribunado, de Bolsa, de tribunal de comercio,

y actualmente de Palacio y bazar.

Vamos al Luxemburgo, cuya historia es más breve todavía, aunque no menos

curiosa y picante. Digo picante, porque en todas las creaciones de esta

sociedad, hay algo que sorprende, que asombra; pero que asombra y que

sorprende, con una sorpresa y con un asombro que tienen un no sé qué que

provoca á la risa. Los franceses tienen un patético particular: es mitad

patético y mitad ironía: una criatura que llora y rie á un mismo tiempo.

En todos los países del mundo, las instituciones, los sistemas, las

leyes, asisten al entierro de generaciones y generaciones. Aquí una

generacion asiste al entierro de muchas leyes, de muchos sistemas, de

muchas y encontradas instituciones. Esta veleidad infatigable está

reflejada en casi todos los edificios públicos, en el Luxemburgo

tambien, y por esto dije que tiene una historia curiosa y picante.

Roberto Harlay de Sancy construyó un edificio, en el terreno que hoy se

llama Jardin de Luxemburgo, hácia el año de 1550, y probablemente

aquella fábrica se denominaria Hotel de Harlay.

Trascurridos treinta y tres años, en 1583, Piney de Luxemburgo, duque

opulento de aquella edad, compró y ensanchó el Hotel de Harlay,

conociéndose desde entonces con el nombre de Palacio de Luxemburgo.

Trascurren veintinueve años, María de Médicis lo compra al Duque por

veinte mil libras, levanta un edificio suntuoso, el que ha llegado á

nuestros dias, llamándose en aquella fecha Palacio de Médicis.

La reina María hizo donacion del Palacio al duque de Orleans, su segundo

hijo, y entonces se llamó Palacio de Orleans.

Despues lo compra la duquesa de Montpensier, Ana María Luisa, la heroina

de la Fronda, por quinientas mil libras.

Luego pasa á manos de la duquesa de Guisa y de Alençon, en 1672.

Más tarde, á fines del mismo siglo XVII, en 1694, fué propiedad de Luis

XIV.

Posteriormente Luis XVI se lo regaló al conde de Provenza, que reinó

despues con el nombre de Luis XVIII.

Por último, vinieron los tiempos revolucionarios, y el antiguo palacio

de Luxemburgo, el heredero de tantos reyes, de tantas intrigas, de

tantos misterios y de tantos conflictos, pasó á ser una finca nacional.

Bajo la Convencion, se convirtió en prision de Estado, á la cual fuéron

conducidos Hebert, Danton, y otros célebres personajes, incluso

Robespierre.

Bajo el Directorio, el gobierno habitó el palacio de Luxemburgo, y á las

tinieblas de la cárcel sucede el brillo de un alcázar deslumbrador, en

donde Barrás, el aristócrata republicano Barrás, hizo alarde de todo el

fausto y de todas las dilapidaciones de la regencia. Entonces el palacio

de María de Médicis, tomó el nombre de Palacio Directorial.

Viene el 18 de Brumario, y el Palacio Directorial se convierte en

Palacio de los Cónsules, habitándole Napoleon, hasta que fijó su morada

en las Tullerías. Entonces tomó la nueva denominacion de Palacio del

Consulado.

Bajo el imperio, el Palacio de los Cónsules se torna en palacio de los

Senadores, y á la sazon se denomina Palacio del Senado.

Despues de la revolucion de Febrero, que echó por tierra á Luis Felipe,

el Palacio de Luxemburgo abrió sus puertas á Luis Blanc, que explicó

allí el socialismo á los obreros.

De modo que ha sido alternativamente Palacio de la Monarquía, del

Directorio, del Consulado, del Senado, cárcel y cátedra socialista.

Visitemos ahora el cuartel de Inválidos.

No lo debo ocultar. Al coger la pluma para describir este grande osario

de la guerra, experimento cierta emocion de religiosidad, cierta

intencion solemne, cierta uncion histórica, si así puede decirse.

El actual cuartel de los Inválidos fué obra del gran rey. Así llama

Francia á Luis XIV.

Las ciento treinta y tres ventanas que decoran su fachada principal, dan

al edificio un aspecto grave, reposado, claustral, respetuoso. Así debia

ser la fachada del palacio de la Caridad.

El conjunto del edificio comprende un espacio de treinta y cinco á

cuarenta mil varas. Tiene tres pabellones, uno central y dos laterales,

y cuatro pisos de elevacion. Puede alojar á cinco mil hombres.

La puerta principal da á un buen vestíbulo, circuido de columnas

jónicas, que sostienen un grande arco, orlado de trofeos militares. Este

vestíbulo conduce al patio que se llama _de honor_, cuya longitud no

bajará de ciento cuarenta á ciento cincuenta varas, sobre setenta de

latitud. Es un patio régio, verdaderamente aristocrático; pero de una

aristocracia tranquila, desnuda, humilde; la aristocracia de la

extension y de la sencillez; casi una aristocracia del cristianismo. El

grupo de caballos que exorna cada uno de los cuatro ángulos, da al patio

en cuestion no poca fuerza y majestad.

Antes de hablar de las cosas grandes que hay dentro, diré dos palabras

de una cosa muy bella que hay fuera, en lo alto del edificio, recibiendo

la luz del sol y de las estrellas. Aludo á la media naranja de los

Inválidos. Esta media naranja con sus tres cúpulas, una de las cuales,

la de los Bienaventurados, tiene un diámetro de veinte á veinte y cinco

varas; con su pórtico, con sus estátuas, con su columnata circular, con

sus doce ángulos dorados, con sus trofeos brillantes, con su rica

veleta, es una de las creaciones artísticas más acabadas que yo he

visto. Al ver la cúpula de los Inválidos, experimento lo que experimenté

cuando ví por primera vez la sublime Concepcion de Murillo. Parece que

hay algo que está nadando sobre nosotros, que nos coge por los cabellos

y nos lleva hácia arriba. Esa arquitectura, como aquel cuadro, tiene un

espíritu que nos enaltece, que nos eleva, y esto me convence de que no

hay arte en donde no hay esa belleza íntima, impalpable, invisible,

espiritual; esa exhalacion, esa chispa, esa esencia, ese poco de aroma

sutilísimo que se quema en el interior de nuestra alma. No; no hay

belleza sin metafísica; no hay arte sin espíritu; no hay flor aromática

sin aroma. El arte, el arte verdadero, el arte profundo y caritativo de

aquella Concepcion y de esa cúpula, es un Dios que habla al mundo por

boca del hombre. Cuando se hallan creaciones semejantes, el arte se

convierte en una especie de revelacion, y se le adora. Sí; yo adoro esa

cúpula; yo adoro la pintura que se custodia en un palacio que veo desde

aquí. Puesto delante de la Concepcion, yo adoro á Murillo. Puesto

delante de la cúpula de los Inválidos, adoro á Mansard, sea ó no sea

francés. Si Mansard fuese la Francia entera, yo adoraria toda la

Francia.

Mansard fué el arquitecto de Versalles, uno de los mayores héroes que

contribuyeron á la grandeza y á la gloria de Luis XIV. Sin embargo, creo

que más que el alcázar de Versalles, vale la cúpula de los Inválidos.

Creo que Mansard es más grande, mucho más grande, en esa cúpula que en

aquel alcázar.

Cuando aparto los ojos de esa media naranja, siento pesar. Es esbelta,

atrevida, grandiosa. Parece que es capaz de fe y de esperanza; parece

que cree en Dios. Esto hará reir á mis lectores, pero es la expresion

genuina de lo que siento. ¡Salud, Mansard!

Indicado lo bello que hay fuera, vamos á lo grande que hay dentro.

Ya nos tiene el lector recorriendo este grande cementerio de muertos que

andan. Á pesar de tantos trofeos y de tanto esplendor, aquí se respira

la idea de la muerte. Por eso el cuartel de los Inválidos es el edificio

más imponente, más grande de Paris. No es el más grande por el conjunto

de la piedra, por el arte de la arquitectura, sino por el sentido del

establecimiento, por la índole de la institucion. Este cuartel es la

casa cristiana de lo que unos llaman heroicidad, de lo que otros llaman

barbarie; pero de todos modos, es casa cristiana, porque la caridad es

tan vecina de todos los países, que lo mismo puede ejercerse con los

héroes que con los bárbaros. Además, hay otra circunstancia que favorece

más la idea de que visitamos un cementerio, de que asistimos á un

cortejo fúnebre. Al ver tantos cañones, tantos grupos de naciones

vencidas, tantas banderas, tantos trofeos, parece que vemos pasar

delante de nosotros una procesion de esqueletos ensangrentados. Pero, en

fin, el hombre que ahí duerme; el hombre enterrado en esa tumba que

vamos á ver; ese hombre que queria trastornar el siglo XVIII y el siglo

XIX; que los trastornó hasta cierto punto, como una tempestad trastorna

la atmósfera; el cautivo de Santa Elena, que habló tantas veces por boca

de esas culebrinas, habló tambien más de una vez por boca de la

inteligencia; estos cañones anunciaron un pensamiento, y el pensamiento

es un conquistador de tan alta estirpe, que hay que perdonarle muchas

faltas. Más valen los errores de la inteligencia que los aciertos de la

ignorancia, porque detrás de la primera siempre queda un rastro

luminoso, como detrás de un astro queda su disco, mientras que detrás de

la segunda queda algo oscuro, como detrás de una tormenta queda siempre

un celaje.

Penetremos ahora en la capilla de San Gerónimo. No hay nadie. Un

silencio profundo reina en la iglesia, que fué el sepulcro provisional

de Napoleon, cuando trageron sus cenizas de Santa Elena, en 15 de

Diciembre de 1840, entre la salva del _agradecido_ cañon de Inválidos, y

una pompa, y un regocijo, de que apenas se encontrarán ejemplos en la

historia del mundo. Acerca, de ese regocijo y de esa pompa, algo se

pudiera decir. ¡Qué calamidad la del pueblo francés! Adorar hoy para

quemar mañana; quemar ayer para adorar hoy. Pero estamos en la capilla

de San Gerónimo, en lo que fué tumba de un cautivo, un cautivo que ese

pueblo adora, y ante la sagrada veneracion que un pueblo profesa á un

gran cadáver, debo callar.

A través del sarcófago provisional, en que se depositaron los restos de

Bonaparte, se puso la espada que el muerto habia legado al general

Bertran, y el sombrero que llevaba en Eylau, dado por el mismo al baron

Gros.

Seguimos hácia el fondo. Detrás del altar mayor, hay una escalera de

mármol, que conduce á una cripta, ó bóveda subterránea, en donde se

custodia una sepultura. Bajamos por aquella escalera, hasta llegar á la

puerta de la cripta. Esta puerta es de bronce, y está como guardada por

dos figuras colosales, que representan el poder civil y el poder

militar. Aquellas estátuas inmóviles y silenciosas, parecen dos testigos

del otro mundo. En la parte superior de la puerta de bronce, se leen

estas palabras:

«Deseo que mi polvo repose cerca de los bordes del Sena, en medio de ese

pueblo francés, que yo he amado tanto.» Estas palabras son del mismo

Napoleon.

La puerta se abre, y penetramos en un vestíbulo que encierra los

sepulcros de Bertrand y Duroc. Luego pasamos á la sepultura de

Bonaparte.

Napoleon, en el arco del Triunfo, es un canto.

En la capilla de San Gerónimo, es una plegaria.

En esta sepultura es una sombra.

Doce figuras colosales rodean las cenizas del Emperador. Este enorme

grupo parece ser como un jurado de la historia. La tumba es de granito y

pórfido, sin ornamento alguno. Este es el mejor ornamento. Aquella

desnudez es grande, solemne, religiosa. El espíritu que nos domina al

mirar la cúpula, el espíritu que hay allí, ha bajado á este panteon, y

ha enterrado ahí un poco de polvo, sin otro ornato ni otra esplendidez

que el polvo mismo.

¿Qué ornamento mayor puede darse á un sepulcro que la ceniza que

contiene? ¿Qué mayor monumento puede darse al mar, que el inmenso

líquido que inunda sus playas?

Esto me parece muy bien. Salgo complacidísimo. Esta bóveda, este

subterráneo, esta sepultura escondida, no olvidada, es un digno sepulcro

de Napoleon. Es la caridad noble, sencilla, humilde y fervorosa que debe

tributarse al genio. Si alguna pompa, si algun fausto, si alguna

esplendidez debe haber aquí, está ahí dentro, entre las cenizas de ese

hombre, entre los arcanos de esa memoria. La historia, no la piedra, es

el panteon de los grandes hombres.

Pasamos luego á una especie de cueva, que está enfrente de la puerta de

entrada. Una sola lámpara alumbra este recinto. Entre una atmósfera

indecisa de luz y de sombra, distingo un objeto, tendido á lo largo. Es

una espada de Bonaparte: la espada de Austerlitz.

Dije que Napoleon, en el arco del Triunfo, era un canto; en la capilla

de San Gerónimo, una plegaria; en la cripta, una sombra. En esta cueva,

en esta cueva casi sublime, es una vision. ¡Qué elocuencia tan

irresistible tienen las sombras! ¡Qué patético tan elevado tiene la

oscuridad!

Al ver aquella espada, alumbrada á medias por aquella lámpara fija, cuya

luz no tiene otra oscilacion que la que la produce nuestro aliento; al

ver aquel testigo mudo de tanto estruendo, de tantas luchas, de tanto

heroismo, de tanto entusiasmo; de tanta crueldad y de tanta gloria, el

corazon se oprime, y apenas podemos respirar.

Al ver esa lámpara, á la luz de ese fuego sombrío, parece que vemos á

Napoleon, sentado en la arena de su destierro, con el codo apoyado sobre

una roca, con la frente puesta sobre una mano, contemplando la

inmensidad del mar, que lo separaba de aquel mundo que él habia

concebido, de la otra inmensidad que él habia soñado. Si la Inglaterra

entera hubiese podido caber en el corazon de aquel hombre, la Inglaterra

entera se hubiese quemado. Del fuego que ardia en aquel corazon, brotó

una chispa, y esa chispa quemó una página de la historia del pueblo

inglés. Napoleon es una página quemada de aquella historia.

Al juzgar el pasado en los libros, la conducta de la Gran Bretaña se nos

presenta como una crueldad; juzgando aquí, aquella conducta es un

remordimiento; un remordimiento para esa nacion, que no se puede

definir; misionera hoy, pirata mañana, siempre temible, formidable

siempre.

Visto Napoleon en esta pobre cueva, puede decirse que es más grande

muerto que vivo.

Al salir, di al inválido que me acompañaba una moneda de veinte francos.

No la quiso. Le insté; no la quiso. Volví á instarle, casi le supliqué;

no la quiso. Esto no se encomia con palabras. Aquel viejo soldado

(¡cuántas veces habrá llorado por su Emperador!) tiene conciencia de la

morada en que vive; tiene conciencia de lo que vale la tumba que guarda.

El creerá que el Napoleon que allí tiene, vale mucho más que los cuatro

napoleones que yo le daba, y cree muy bien. ¡Salud al viejo, al noble,

al digno veterano!

Durante la revolucion, el cuartel de los Inválidos tomó el nombre de

Templo de la Humanidad.

Bajo el imperio, se denominó Templo de Marte.

Ir de la humanidad á Marte, es como ir de la Vírgen á las Sibilas, ó del

Evangelio á la fábula. Aquí el monte Olimpo se puso sobre el monte

Calvario, el alfanje sobre la cruz. De este modo la veleidad febril de

los franceses ha estampado su huella, hasta en ese gran monumento, que

basta y sobra para la honra de una nacion, y de una nacion grande. He

aguardado á decir esto en la calle, léjos de la tumba de Napoleon, léjos

de la capilla de San Gerónimo.

Pero, mi querido lector, ahora me acuerdo que, al hablar del palacio de

Luxemburgo, he omitido un detalle que pertenece á estos apuntes.

Cerca de aquel palacio, se ve un edificio algo sombrío, casi oscuro; una

casa que parece un castillo feudal, cuyo nombre le cuadra perfectamente,

no tanto por lo negruzco de sus piedras, como por lo que tiene de

misterioso, de galante y de aventurero. Lo mandó edificar el poderoso

cardenal de Richelieu, que fijó en él su residencia, hasta que

terminaron el Palacio Real. Posteriormente, esas paredes silenciosas

dieron alojamiento á un huésped más ilustre aún. Bonaparte, elevado á

primer Cónsul, habitó ese palacio durante seis meses. Fué su morada el

entresuelo de la derecha, entrando por la calle de Vaugirard. En aquel

entresuelo habia una puerta secreta, la cual daba paso á una escalera

misteriosa. Por aquella escalera se subia al piso principal, en cuyo

piso vivia una mujer hermosa, muy hermosa y muy desgraciada, porque el

llanto es el aura que la mujer respira en los alcázares, como si Dios

quisiese castigar el vicio del fausto. Á dicha mujer podian aplicarse

los versos siguientes de un célebre poeta italiano:

Una cautiva que nombrarte temo,

Cautiva con el nombre de señora;

Una mujer bellísima en extremo

Porque es muy bella la mujer que llora.

Habia resuelto no nombrarla, para no profanar un sepulcro lleno de

misterios y de dolores; pero no quiero dejar á los lectores con esa

intranquila curiosidad. Aquella mujer era Josefina.

La visita de los Inválidos me deja sin aliento para emprender la

descripcion de Santa Genoveva. Esta descripcion será la tarea de otro

dia, porque no debo ser mezquino con un monumento tan espléndido. La

historia de su orígen es una página bellísima de la historia del hombre,

y necesito reposarme un poco. Cuando el objeto que tiene que mirarse

está muy alto, hay que pararse para levantar la cabeza. Permítame el

lector que yo alce la frente procurando dominar con los ojos del alma la

cúpula grandiosa de ese magnífico panteon, y luego le diré lo que mi

pobre pensamiento ha podido ver y adivinar.

Hoy terminaré con algunas curiosidades. He leido en un periódico, que

una casa noble de Madrid ha dado un banquete, cuyos manjares y aderezos

han sido encargados á esta ciudad. El convite se da en la corte de

España, y la corte de Francia envia los platos. ¿Cómo se llama esto?

¿Qué nombre debe dársele? He pensado durante más de cinco minutos sobre

el particular, y no se me ocurre cómo bautizar al recien nacido, ¿Es

antojo, rareza, extravagancia, ridiculez, lujo, pompa, locura,

dilapidacion? No; no es nada de eso separadamente; lo es todo junto, con

más otra cosa que no se puede definir, que acaso no se puede imaginar.

Cada cual se gasta el dinero como quiere, se dirá por algunos

moralistas á la violeta. Yo contesto que cuando cualquiera gasta su

dinero de una manera loca, tiene que avenirse á sufrir la nota de

locura, como cuando lo gasta en vestirse de un modo ridículo, tiene que

sufrir que se burlen de su ridiculez. Yo contesto que nadie es dueño de

su dinero, ni de un grano de arena, ni de la hoja seca de un árbol, ni

del aliento de su boca, para hacer despropósitos y sandeces; nadie es

dueño de nada para abusar, porque nadie tiene el poder de cometer

absurdos. Nadie, absolutamente nadie, ni ricos, ni reyes, ni pontífices,

ni emperadores, ni sultanes, son dueños de una cosa para contradecir el

dogma de la moral y de la razon, para usurpar á la Providencia el

sublime misterio con que gobierna el mundo. Ante la idea del deber no

hay más que una alcurnia; la alcurnia de lo bueno, de lo discreto, de lo

justo, y ante esa alcurnia de la conciencia universal, nadie es

personaje para dar banquetes extravagantes y risibles, haciendo gala de

un orgullo tonto. _¡Gasta su dinero! ¡Su dinero es suyo!_ Esto responden

siempre los adoradores del señorío feudal. ¡Argumentacion peregrina!

Segun esa filosofía, tambien el que abusa de la fuerza podria decir: ¡es

mi fuerza! Y el que abusa de su entendimiento, podria decir: ¡es mi

entendimiento! Y el que abusa con su avaricia, podria decir: ¡es mi

avaricia! Y el asesino que abusa de un puñal, podria decir del mismo

modo: ¡es mi puñal! ¡No, mil veces no! Los ricos no son dueños de su

dinero, el dinero no es suyo, para dilapidarlo, como nadie es dueño de

un cuchillo para asesinar, ni del entendimiento para argumentar

falsamente, ni de la fuerza para oprimir al débil, ni de la avaricia

para dejar secas las entrañas del pobre.

¡_Es mio_! Eso no significa nada, cuando se obra contra la ley sagrada

del deber. Tambien la hipocresía es del hipócrita, y la maldad es del

malvado, y el adulterio es del adúltero, y las traiciones son del

traidor.

¡_Es mio_! No, no es tuyo, para levantarte contra Dios, contra la

creacion y contra el hombre. Para eso no tenemos nada; para eso todos

somos mendigos.

¡Qué desocupada tendrá la cabeza esa familia noble de Madrid, que da un

convite, y encarga á Paris los aderezos y los manjares! ¡Qué poco tendrá

en que pensar! ¡Pobre gente! Esa familia creeria que iba á dar una

campanada de buen tono en el mundo, que iba á inmortalizarse con un

escándalo de alta escuela, y no sabe que un escritor oscuro y

desgraciado le tiene lástima. ¡Cuánto más valdria que los miles de duros

dilapidados en ese festin, se hubieran empleado en enjugar las lágrimas

que circundarán aquella fastuosa vivienda, lágrimas que habrán visto

aquel convite con espanto!

Paso á otra curiosidad. Cuando de regreso á la fonda, cruzábamos la

esquina de nuestra calle, nos dimos de cara con Luisa. Como que la

mirada de los tres fué un relámpago, no pude adivinar la emocion que la

habia causado nuestra presencia. No me atrevo á decir que adivino

aquella emocion, porque los secretos del alma son muy difíciles de

adivinar. Distábamos ya de la esquina quince ó veinte pasos, y aunque

estábamos segurísimos de que no podiamos verla, volvimos el rostro. Otro

tanto habrá hecho Luisa.

Al pasar tocando con nosotros, su vestido rozó instantáneamente por mi

pantalon, y sentí un estremecimiento convulsivo. Si yo fuese jóven y

soltero, llegaria á enamorarme frenéticamente de esa mujer; esa mujer

podria tiranizarme. Siendo viejo y casado, cuando apenas me queda otro

resto de vida que la esencia divina de la voluntad, amando como amo á mi

mujer, casi me siento apasionado de nuestra vecina, menos por su belleza

que por su infortunio. Á medida que vivo y que observo, me voy

convenciendo de que la poesía más irresistible es la del dolor.

Paso á la tercera curiosidad. En la calle de Lepelletier vive un ruso,

el cual tira todos los dias á la calle media talega de napoleones. El

buen señor pasa media hora arrojando puñados á los transeuntes;

muchachos, menestrales y mujeres del pueblo se agolpan á coger las

monedas; al verlos reunidos en un punto, arroja un puñado en otra

direccion; todos corren, se chocan, se apiñan, gritan, riñen, pelean,

exclaman, se insultan, se agarran, y el ruso se divierte. Yo ignoraba

que en Rusia se divertian de este modo.

Algun lector tendrá deseo de preguntarme: y ¿qué te parece más risible,

la costumbre de ese hijo del polo, ó el convite francés de la familia de

Madrid? Creo que el convite de la familia de Madrid es una dilapidacion

imbécil, una plétora de vanidad y de tontería. Creo que la costumbre de

tirar diariamente á la calle media talega, es una diversion no vista, un

entretenimiento díscolo, una limosna bárbara, rusa, vecina del Cáucaso;

pero al fin y al cabo es una limosna, y muchos infelices comen con

aquella manía. Triste es, muy triste, que un hombre medio loco socorra á

semejantes suyos, divirtiéndose á costa de la miseria de su prójimo;

pero es muy triste todavía que se despilfarren miles y miles de onzas de

oro, encargando manjares y bicocas á Paris, cuando España es la tierra

de los manjares.

Lo del ruso es más extraordinario.

Lo de la familia de Madrid es más necio.

El ruso se divierte á sí mismo.

La familia de Madrid divierte á todo el mundo.

El ruso nos prueba que tiene mucho oro.

La familia de Madrid hace ver que tiene muchos humos en la cabeza.

Si todo el mundo estuviese compuesto de rusos, como el de la calle de

Lepelletier, y de familias, como la del convite de Madrid, la humanidad

ofreceria seguramente un espectáculo muy curioso.

Vamos á la última novedad. Los periódicos anuncian la llegada á Paris de

un banquero español muy célebre; el más célebre de nuestro país, quizá

el más célebre de todo el mundo: D. José Salamanca. Un amigo me dice que

debo hacer un paralelo entre Salamanca y el judío Rothschild, y me ha

parecido muy bien la idea.

El dia de mañana comprenderá la visita de Santa Genoveva, y la

comparacion entre aquellos dos grandes ídolos de nuestros tiempos.

=Dia trigésimo primero=.

Santa Genoveva.--Rothschild.--Salamanca.--Invitacion.--Nuevas

curiosidades.

La historia del Panteon nos espera. Estamos en el siglo quinto de la era

cristiana. El célebre Pelagio difunde por toda Inglaterra su herejía, la

cual amenaza turbar las verdades fundamentales de la Iglesia católica.

San German de Augerre y San Loujo de Troyes parten en el acto para la

Gran Bretaña, con el pensamiento de combatir el famoso cisma, pasando

por Nauterre, pequeña ciudad que se halla á pocas leguas de Paris. A la

llegada de los dos santos, toda la ciudad se reunió en la plaza, como

para oir y admirar la palabra de aquellos virtuosos varones. San German

habla á la multitud, y en medio del profundo silencio y de la profunda

veneracion con que le escuchaban, se oyen sollozos.

San German calla, las gentes se miran, se interrogan, buscan.... La que

lloraba era una muchacha de Nauterre.

El santo se abre paso á través de la multitud, se aproxima á la jóven,

que aún no podia contener las lágrimas, y la pregunta:

--¿Por qué lloras?

La pobre muchacha que se ve cerca de aquel gran santo, que oye su

pregunta, temblaba y lloraba al mismo tiempo, y con mucha prisa, tal vez

con vergüenza, se enjugaba las lágrimas; pero sin poder dejar de llorar.

--¿Qué tienes, hija mía? volvió á decirla el piadoso viajero, dando más

dulzura á su palabra y á su ademan. La muchacha, con el rostro

encendido, llorando todavía á despecho suyo, balbuceó:

--Quiero ser monja.

--¿Sabes, repuso San German, los sacrificios, las virtudes, el olvido y

la fe que te reclama el estado á que aspiras?

--Yo no sé nada, contestó la muchacha, turbada aún. No sé más, sino que

deseo vivir para mi Salvador. Y diciendo esto, se puso de rodillas, y

besó la mano á San German.

El santo le dió su bendicion, y una medalla de metal, en que estaba

esculpida la efigie de Cristo.

Los misioneros parten, Nanterre los saluda con gritos de fervor, y la

muchacha quedó allí. Es probable que allí viviera oscuramente durante

algun tiempo; pero no estaba sola. La fe es una grande y poderosa

compañera. Por fin, la muchacha en cuestion deja su pueblo, su casa y su

familia, buscando una familia, una casa y un pueblo más grande. Inútil

es decir que los halló: el genio lo halla todo.

Pasan algunos años. El rey de los Hunos, el azote de Dios, el formidable

Atila, se dirige á Paris. Aterrorizada la ciudad, al tener noticia de

que llegaba el Neron del Norte, todo el mundo se disponia á salir,

dejando sus casas en manos del saqueo, de la profanacion y de la

barbarie. He dicho todo el mundo, y esto no es exacto. Una mujer, una

mujer sola, débil, desconocida, pobre, descalza, con un cordon á la

cintura, con los cabellos sueltos por la espalda, con los ojos

inflamados, con la mano derecha suspendida, mostrando una medalla de

cobre, recorria las calles de Paris, apostrofando á unos, consolando á

otros, exhortando y animando á todos.

--_¡No temais, no temais! El cielo vela por la ciudad._

Esto gritaba aquella mujer, y luego corria, y volvia á gritar, y corria

nuevamente, y en todas partes se encontraba.

No hay medio posible: ó es una santa, ó una loca.

Paris se detiene, cobra fe, prepara la defensa, espera al salvaje

conquistador. Atila no tomó la ciudad.

Despues de Atila viene Meroveo, y pone á Paris estrecho sitio. El hambre

diezmaba á los sitiados que se contemplaban unos á otros

silenciosamente, y en sus rostros escuálidos se veia escrita la terrible

sentencia: ó entregarse ó morir.

Una mujer recorre las murallas.

--Que me sigan doce guerreros de vosotros, grita, y doce guerreros la

siguen.

Aquella mujer encuentra víveres en las ciudades de Arsi y de Troyes, y

Meroveo no tomó á Paris.

Pasan cuatro siglos. Los normandos asedian la ciudad. En el momento en

que el enemigo daba el asalto, el ataud que contenia el polvo de una

mujer, recorre en procesion las murallas. Al mirar entre ellos aquel

ataud, los parisienses gritan de entusiasmo y de júbilo, como si viesen

venir en su auxilio á un ejército numeroso y triunfante. Los normandos

no tomaron tampoco á Paris.

La mujer que salvó á los parisienses de Atila y Meroveo con su palabra y

con su fe; la que los salvó de los normandos con su ataud; aquella mujer

que salvó á un pueblo con un puñado de cenizas, cuyo polvo fué más

poderoso y más valiente que la pica de los guerreros, era una muchacha

llamada Genoveva; la misma muchacha que rompió á llorar, oyendo la voz

de San German de Augerre; la misma á quien dió el santo la medalla de

cobre con la efigie del Salvador; una muchacha á quien Nauterre llama

hija, á quien la Iglesia llama santa, á quien Paris llama Patrona, á

quien yo llamo un nobilísimo carácter histórico.

De la reseña que acabo de hacer, viene ese monumento que visitamos.

El rey Clovis, cediendo á las instancias de Santa Genoveva y de la reina

Clotilde, levantó una iglesia, dedicada á San Pedro y San Pablo, en el

monte llamado Lucotitius, que dominaba al antiguo Paris.

En aquella iglesia fuéron sepultados los restos de la Santa, á quien

Paris debió tres veces su salvacion, y la fe y la gratitud que inspiraba

aquel nombre, hizo olvidar la primitiva advocacion de los santos

apóstoles. La veneracion pública dió al templo de Clovis el nombre de

Santa Genoveva. Vienen los normandos en el año 887, y la iglesia de

Santa Genoveva fué presa de las llamas. En el siglo XII se reconstruyó;

pero en el XIV amenazaba ya ruina, y hasta el XVIII no vió Paris alzarse

ese magnífico monumento. Lo principió Luis XV, y hago mérito de esta

circunstancia, porque quien da su nombre á un monumento de tal tamaño,

tiene positivamente derecho á que la posteridad no lo olvide.

Cuando se desemboca á la plaza del Panteon, la fachada de aquel

gigantesco edificio viene á cautivar deliciosamente el ánimo del que lo

contempla. Un monumento como el que tengo delante, se contempla, no se

mira. Compónese aquella preciosa fachada de una galería y de un gran

pórtico, imitacion del Panteon romano. Tiene veintidos columnas

estriadas de órden corintio, de veinte metros de elevacion, y dos de

diámetro, sosteniendo un fronton triangular de una longitud de treinta y

tres metros, sobre una latitud de siete si son exactos, como creo, los

informes que aquí nos dan. El arte ateniense tiene el genio de hacer que

el mármol sea casi aéreo, casi vaporoso, y eso se nota aquí. Parece que

esas columnas y ese enorme fronton se mueven, parece que se disponen á

partir, á dejar la tierra, como cuando un pájaro levanta la cabeza y

agita las alas, en actitud de querer volar.

El plan general de ese atrevido monumento, de esa altísima concepcion,

representa una cruz latina. La componen cuatro naves, poderosamente

dominadas por una sola cúpula, que se alza en el centro. Todo el

edificio comprende un espacio de ciento trece metros de longitud,

ochenta y cinco de latitud, y ochenta y tres de altura.

La linterna circular, rodeada de doce columnas, que corona elegantemente

todo el edificio, estará a una altura de ciento cuarenta á ciento

cincuenta metros.

Para ir desde la planta baja á lo alto de la cúpula, hay que subir

cuatrocientos setenta y cinco escalones.

Cuando llegamos á una gran baranda de hierro que circuye lo alto de la

cúpula, el ingeniero que me acompañaba (ya mis lectores le conocen), se

empeñó en que yo tenia que asomarme, echando fuera una buena parte del

cuerpo, á fin de dominar el enorme cóncavo de la media naranja, y las

lejanas naves y paredes del monumento. Yo experimentaba que mi cabeza se

deprimia por instantes; sentia que una mano de bronce me aplastaba la

frente; ya me creia rodando por aquellas extensas y horribles bóvedas;

horribles me parecian á mí, pues miraba en ellas el vacío lóbrego y

misterioso de una sepultura. En fin, á despecho mio, arrostrando con

cierta vergüenza la nota de cobarde, con que queria picarme el

compañero, eché á huir hácia la escalera, casi dando chillidos y con los

cabellos erizados. En mi vida me he creido más fuera del mundo. Me

parecia que era propiedad de un mago, de un duende, de una bruja.

El ingeniero que me vió huir, echa detrás de mí como un rayo y me coge

por los hombros, cuando yo no habia ganado todavía la escalera. Aquí

fuéron mis grandes apuros; sudaba como un pollo; balbuceaba palabras

interrumpidas, porque no podia hablar, y Dios sabe el esfuerzo que tuve

que hacer sobre mi convulsion nerviosa, para no gritar pidiendo auxilio,

como si me viera rodeado de asesinos ó de ladrones. ¡Qué sábia ha sido

mi mujer! decia yo para mí. ¡Cuándo me veré en donde está ella! Mi mujer

no quiso subir, y esperaba abajo. El ingeniero me coge por los hombros,

tira hácia atrás, casi me arrastra, y como quien maneja un cadáver, me

lleva á la baranda, me inclina el cuerpo, me baja la cabeza y me obliga

á mirar, mientras que mis manos estaban asidas fuertemente á los

hierros. ¡Es un espectáculo maravilloso! exclamaba con cierto frenesí de

artista, un frenesí que le hacia muchísimo favor, que le honraba en

extremo; pero que yo no podia comprender, mucho menos que comprender,

venerar; y mucho menos que venerar, aplaudir. Yo dejé caer la cabeza

sobre la baranda como un muerto, cerraba los ojos como para no

desvanecerme; pero era inútil. Todo rodaba; todo me circuia dando

vueltas en una confusion diabólica. No sé si porque ví algo al cerrar

los ojos, ó por una adivinacion incomprensible del fluido eléctrico que

me volvia loco: más claro, no sé si porque ví algo con mis ojos ó con mi

gran miedo, me parecia estar mirando aquella formidable concavidad, al

mismo tiempo que me imaginaba dando vuelcos por aquella region, muy

maravillosa, muy sorprendente; pero muy vacía. ¡Dios le pague al buen

ingeniero la excelente intencion con que obraba; pero se acabó el ir con

él á la visita de ningun monumento que tenga más de un piso! Yo no

puedo significar lo que padecí, las crueles angustias que pasé, las

extravagantes y monstruosas visiones que se apoderaron de mi

imaginacion. El ingeniero, que arrebatado del entusiasmo de su noble

oficio, no veia que yo estaba medio difunto, me preguntó con aire

orgulloso qué me parecia. Yo me apresuré á manifestarle que me habia

parecido asombroso, que estaba lleno de admiracion y de regocijo, que no

lo olvidaria en mi vida (era la verdad), y diciendo esto, y estudiando

sus ademanes, me dirigia á la escalera. Luego que bajé el primer tramo,

dí un suspiro, y saltaba los escalones de dos en dos, temeroso sin duda

de que el ingeniero viniera á cogerme segunda vez. ¡Oiga usted! ¡Venga

usted aca! me gritaba desde arriba. ¡Verá usted un grupo magnífico! Yo

saltaba antes los escalones de dos en dos; ahora los saltaba de tres en

tres, contestándole al mismo tiempo: sí, señor, un grupo muy magnífico,

allá voy, espéreme usted, y miraba hácia bajo, para ver si faltaba mucha

escalera. Creí no llegar; hasta sospeché que habia equivocado el camino

y que marchaba hácia las nubes. Por fin llegué, por fin pisé tierra, por

fin ví á mi mujer que ya estaba impaciente, y que me pareció sumamente

hermosa. Me figuré que veia una divinidad.

El ingeniero estuvo por allá una media hora. Entre tanto, en union de mi

compañera, visité el interior espléndido de esto que no sé cómo

denominar: si necrópolo ó templo, si protesta ó fe, si reliquia ó

profanacion, si monte Calvario ó Roca Tarpeya.

Frescos brillantes, fastuosos, casi lascivos; apoteosis de Bonaparte,

hombres ilustres de la república y del imperio; Fenelon, Malesherbes,

Mirabeau, Voltaire, Rousseau, Lafayette, Carnot, Manuel, Monge, Laplace,

David, Bichat, Lagrange: es decir, allí está todo lo que debe estar en

un arco de triunfo, en una academia, en un teatro, en un cementerio, en

un museo, en un alcázar: no hay nada de lo que debe haber en una

iglesia: victorias, apoteosis griegas, pinturas romanas, la libertad, el

genio, el valor, la ciencia, la historia; guerreros, teólogos,

protestantes, cismáticos, realistas, republicanos, poetas, cirujanos,

matemáticos, críticos, filósofos, inventores; todo eso he visto allí: no

he visto un santo. Sin embargo, esto que visitamos, esto que vemos, este

resplandor que nos ofusca, que nos fascina, es un templo católico. En un

templo católico están Voltaire, Rousseau, Diderot y otros compañeros de

la Enciclopedia: no están Bossuet, Bourdaloue, Flechier, Masillon. Ya lo

he dicho en otro lugar de estos apuntes, pero hay cosas tan raras y

originales, que no basta decirlas una vez.

Este edificio, como la Magdalena, es una cosa santa sin santidad: es una

santidad á la fuerza, mandada guardar y cumplir como ley de Estado, á la

manera del Jehovah hebreo. Todo es Dios en esta irreverente iglesia,

menos Dios: todo es iglesia, menos la iglesia. Los franceses deben estar

muy satisfechos de esto, porque, realmente, esto es muy francés.

Muchos franceses creen (yo lo he oído) que el Panteon parisiense es de

un mérito superior á la Basílica Romana. Me parece que esta opinion es

una lisonja con que se adula el espíritu nacional. Al comparar estas dos

grandes páginas de la historia del arte, no debemos remontarnos á la

poesía de los templos, porque el Panteon no lo es. Hablarémos de los

edificios; es decir, de la piedra.

Santa Genoveva, obra de un solo hombre, realizacion de un solo

pensamiento, tiene más unidad, más simetría, más órden.

El Vaticano, en donde cada siglo pone muchas estátuas, tiene

infinitamente más fecundidad, más grandeza, más galanura, más

esplendidez.

En el Panteon hallamos más escuela, más regularidad: si se quiere, más

sabiduría.

En el Vaticano admiramos más arte, más creacion, más genio.

Si el Panteon es un edificio, el Vaticano es un monumento.

Si el Panteon es un monumento, el Vaticano es una maravilla.

En Santa Genoveva reina Soufflot: el puritanismo aleman.

En la Basílica de San Pedro, reina Miguel Angel: la magnificencia

italiana.

En Santa Genoveva se admira al hombre.

En el Vaticano se admira á Dios.

En la catedral de Sevilla y de Toledo, se le adora.

Childerico dió a la primera iglesia la denominacion de San Pedro y San

Pablo.

La veneracion pública borró el nombre de San Pedro y San Pablo, para

llamar al nuevo edificio Santa Genoveva.

La Asamblea constituyente borró el nombre de Santa Genoveva, para

denominarlo el Panteon, despojándolo del culto católico.

Napoleon I no le volvió el nombre de la santa; pero le devolvió su

culto.

La restauracion borra el nombre de Panteon, para llamarlo nuevamente

Santa Genoveva.

La revolucion de Luis Felipe vuelve á borrar el nombre de Santa

Genoveva, para darle el de Panteon.

Napoleon III, en 1852, vuelve á borrar la advocacion revolucionaria de

Panteon, para darle el nombre religioso de Santa Genoveva.

Mañana ú otro dia volverá á llamársele Panteon, para volverle á llamar

luego Santa Genoveva, Panteon despues, y Santa Genoveva más tarde, hasta

que por fin venga al suelo, quedando para siempre la memoria confusa y

revuelta de Santa Genoveva y de Panteon.

Si se pudieran averiguar todas las veces que el pueblo francés ha dicho

hoy ¡muera! á lo mismo que ayer dijo ¡viva!, es seguro que se formaria

la historia más curiosa del universo. No debe negarse que en todos los

países suceden mil extravagancias; pero lo que es extravagancia en otras

partes, es aquí consecuencia. El prurito, el frenesí, casi la locura de

_variar_, es lo único que en Francia no _varia_: lo único estable es lo

voluble. Un ¡viva! equivale aquí á una escalera que conduce

irremisiblemente al patíbulo. No tengo la ambicion de ser victoreado en

ningun pueblo de la tierra; menos que en ningun otro, en este devorador

Paris. No estoy tan mal con mi pescuezo.

Otro dia bajaré al subterráneo, en donde se custodian las cenizas de

Voltaire, Rousseau, Diderot, y algunos otros personajes célebres. No

bajo hoy, ya porque los novecientos cincuenta escalones que he bajado y

subido, han quitado á mis piernas el gusto de subir y bajar; ya tambien

porque llevo un compañero sospechoso. El ingeniero que me acompaña tiene

una frenética aficion á todas las cosas de la antigüedad; es un

arqueólogo furibundo, y estoy cierto que si bajo con él al Panteon, me

obligará á meter la cabeza por todo nicho, sepultura, grieta, rendija,

escondrijo y recobeco que vaya encontrando. Si hubiese un abismo por

allí, es seguró, tambien que me obligaria á meter las narices en el

abismo, como me obligó á mirar la cúpula desde la baranda de hierro, á

la altura de un décimo piso. La verdad, dicho sea sin ofender á nadie,

no tengo ninguna comezon por ser héroe ni en las profundidades, ni en

las alturas.

Salimos del templo, atravesamos la plaza, cruzamos luego por San

Sulpicio, y á los cuatro minutos nos vemos en el muelle de Voltaire.

Pasamos uno de los puentes, y véanos el lector en la otra orilla del

Sena, en el momento en que uno de los vapores que van á Versalles se

dispone para partir.

La orilla del río presenta un espectáculo animado, extraño, pintoresco,

delicioso. Unos salen, otros entran, todos corren; se agolpan; se

apiñan; las marras del buque se sueltan; el humo asoma; las ruedas se

mueven; el agua salta convertida en espuma; el vapor parte. Al clamoreo

festivo de la despedida, sucede un silencio general. El tiuque se

desliza sobre aquella corriente azulosa, como una culebra sobre el musgo

de un prado verde. No bien habia partido, cuando llega una pobre señora

con dos criaturas. Tiene los labios entreabiertos, la boca seca; los

ojos dilatados; la frente sudosa é hinchadas las narices, efecto de

cansancio. La infeliz madre, al mirar que el vapor se alejaba, se quedó

inmóvil, con un niño en los brazos y el otro cogido de la mano, sin

saber lo que la pasaba. Es seguro que tenia el aliento suspendido.

Luego exclamó: _¡que je suis malheureuse! ¡J'arrive tard toujours!_

(¡Qué desgraciada soy! Siempre llego tarde.)

Despues de estar en la misma actitud dos ó tres minutos, hizo un ademan

de forzosa resignacion, y se volvió con sus dos niños.

Nosotros permanecimos en el muelle, hasta que el buque desapareció. Ver

un vapor en medio de una ciudad populosísima, como si nos hallásemos en

las márgenes del Océano, es un panorama que me tiene encantado.

Luego que ya no divisamos el buque, nos dirigimos á la plaza de la

Concordia, con ánimo de tomar el ómnibus que viene del arco de la

Estrella. Á los pocos pasos que dimos, nos encontramos con un hombre que

estaba sentado sobre el muelle, inmediato á una cuerda que iba á

sumergirse en el rio. Al ingeniero le faltó tiempo para preguntarle qué

significaba aquella cuerda. El hombre contestó que era una máquina,

dentro de la cual se bajaba al fondo del rio, pudiendo ir sentado con la

mayor comodidad, y llevar los ojos abiertos. Desde la, máquina en

cuestion se veia el fondo del Sena, la diafanidad de las aguas, los

barquichuelos que pasaban por encima, y otras curiosidades á este tenor.

Nuestro ingeniero hizo una exclamacion de alegría. Se conoce que habia

ido á Paris en busca de lances estupendos, y la cuerda realizaba una de

sus soñadas maravillas. Inmediatamente me coge por los hombros, y se

empeña en que habia de bajar con él al fondo del rio, á una profundidad

de diez ó doce varas. Yo me quedó mirándole entre amostazado y risueño:

por fin le dije: pero, hombre, ¿usted se ha formado el propósito de que

yo no salga entero de Paris? ¿Cómo quiere usted que vaya á rastrear el

fondo del Sena, incrustrado en una máquina de vidrio? ¿Y si casualmente

se rompe un cristal, y la máquina se llena de agua y me ahogo? Espere

usted que me haya convertido en cangreo, y entonces bajarémos juntos.

--No, señor; no, señor; exclamaba con mucha prisa, como si la ocasion

se le escapara de las manos, y sin soltar mis hombros. Es necesario

probar la máquina. ¿Qué se diria de nosotros en Madrid, cuando se

supiera que no habiamos bajado por miedo?

--Déjeme usted por el amor de Dios, le contestaba yo sonriendo. Madrid

puede decir lo que tenga por conveniente; pero yo no estoy en el caso de

hacer el buzo, para dar un buen rato á las tertulias de Madrid....

--Nada, nada, repetia, y apretándome más fuertemente, previno al hombre

que subiera la máquina.

Al notar mi mujer que el hombre tiraba de la cuerda, me cogió del brazo

con resolucion, diciendo al ingeniero.

--Usted puede bajar, si gusta; lo que es mi marido no se mete ahí, y

tiró de mí valerosamente hácia la plaza de la Concordia. Mi hombre no se

atrevió á habérselas con una señora, y tuvo que capitular, bien á pesar

suyo. Si mi mujer no se convierte en casa de asilo, me coge y me

empaqueta en la máquina de cristal, como me llevó casi en vilo á

colocarme sobre la baranda del Panteon.

--Noto, le dije, al par que caminábamos hácia la Concordia, que la

arqueología de usted tiene instintos atroces. Seria menester, amigo mio,

que diese usted más humanidad á sus caballerescos antojos.

--No son antojos caballerescos; son quimeras artísticas.

--Pues seria menester que tuviese usted quimeras artísticas más amables.

En esto llegamos á la Plaza, cerca de cuyo muelle hay una fragata, surta

en el rio, como ya he dicho en otro lugar de, estos apuntes.

--¿Una fragata? exclamó el ingeniero. Pues vamos allá.

Creo que si le muestran en Paris el purgatorio, se mete dentro con

medias y ligas.

Fué preciso ceder. Vimos la fragata, y tomamos encima de cubierta,

debajo de un elegante toldo, varios refrescos que pedimos. Esto es otra

cosa que la máquina de vidrio, y que la baranda de Santa Genoveva.

Salimos de allí, cruzamos la Plaza, llega el ómnibus, montamos en él, y

á los veinte minutos nos hallábamos en la puerta de nuestra fonda. El

ingeniero no quiso subir, porque tenia que continuar sus excursiones.

¡Todavía no estaba satisfecho, cuando yo tendré que hacer cama por la

batahola del Panteon! Al separarse de nosotros, exclamé para mi coleto:

ese hombre ha equivocado el oficio; ha nacido para hacer piruetas en la

maroma.

Vamos á la comparacion entre Rothschild y Salamanca. No voy á hacer una

pintura, sino un boceto, al mismo tiempo concebido y ejecutado. No debo

ocultar que lo escribo con miedo; pero la buena fe me salva.

La Europa presenció, no ha mucho, un congreso de soberanos. En ese

congreso entra Rothschild, y todos los reyes se levantan y se destocan,

menos el de Holanda, que era el único que no le debía. Despues de esto,

acaso no seria temerario decir que aquellos reyes se destocaron ante su

rey, lo cual significa que el dinero es el rey de los reyes de nuestro

siglo, porque claro es que aquellos soberanos no acataban en Rothschild

otra teología, otra heroicidad, otra ciencia, otro arte, que el dinero.

Ese es Rothschild; una especie de rey universal, un gran monarca de

nuestros tiempos, ante quien los monarcas dinásticos se destocan.

Hay un rico, muy rico, inmensamente rico, que ha sabido enriquecerse

más. Hay un hombre, una familia, que hereda un gran tesoro, que sabe

ponerlo á buenas ganancias, que sabe acrecentarlo, hasta reunir la suma

fabulosa de miles de millones de reales, asombrando al mundo con un

prodigio de que no hay ejemplo en la historia de la humanidad: ese es el

judío Rothschild.

Salamanca hizo con su fortuna lo que Dios con el universo: la sacó de la

nada.

Muy entrado el presente siglo, hay en Granada un estudiante que va al

café, y habla de onzas de oro; va al billar, y habla de onzas de oro; y

habla de onzas de oro á su patrona, á sus compañeros, átodo el mundo.

Sin embargo, el estudiante es pobre. ¡Cuántas veces se veria en aprieto

para pagar su modesto pupilaje! ¡Cuántas veces esquivaría atravesar la

puerta del sastre! ¡Cuántas veces huiria de la calle del zapatero! El

buen escolar de Granada no tenia las onzas de oro en su bolsillo; las

tenia en su imaginacion; no las tiene, las ve; quizá no las ve; las

adivina. De cualquier modo, las onzas, de oro están allí; ya saldrán

cuando llegue la hora. En el alma de aquel estudiante hay una geometría

oculta, una química incomprensible, una especió de mágia. Cuando la

sazon llegue, asomará el geómetra, saldrá el químico, aparecerá el mago.

El estudiante se licencia en leyes; nuestro licenciado se casa; el

casado se hace juez; el juez no tiene lo que necesita para vivir; pero

no recibe de nadie un maravedí por sus legítimos derechos; abandona el

juzgado; el cesante, viene á Madrid; se hace banquero, el banquero se

hace diputado, el diputado se hace ministro. Cae el ministro, cae con

estrépito, más que con estrépito, con escándalo (un hombre del

desarrollo de Salamanca no admite medias tintas); cae _furiosamente_,

como suele decirse, todo el mundo le vuelve la espalda, su nombre

atemoriza, su firma se rechaza, sus letras se protestan, y tiene que

huir. Está arruinado, desacreditado, y proscrito: tres ruinas pesan á un

mismo tiempo sobre el comerciante. La ruina del dinero, la ruina del

nombre, y la ruina de la libertad. ¡Está perdido! decía todo el mundo. Y

él contestaba en su interior: ¡no, no estoy perdido! ¡Ya no vuelve á

España! volvian á decir, aún las personas que le tocaban más de cerca. Y

él contestaba en sus adentros: ¡sí vuelvo á España!

Efectivamente volvió. Antes disponia de quinientos millones: ahora, de

mil. ¿Cómo lo hizo? Á esta pregunta contesto yo con otra pregunta: ¿cómo

hizo Galileo para hallar modo de pesar el aire? Pues como Galileo pesaba

el ambiente atmosférico, pesa D. José Salamanca los negocios: Como

Galileo arreglaba su ciencia, arregla D. José Salamanca la suya.

Estalla una revolucion; los revolucionarios invaden la casa del

banquero, y la queman. El banquero huye; el banquero emigra. Á poco

vuelve de la emigracion. ¿De qué manera vuelve? Antes disponia de mil

millones; ahora dispone de dos mil. Infinitas líneas de ferro-carriles

en España, todas las de Italia, todas las del vecino Portugal; banquero

en Madrid, banquero en Paris, banquero en Lisboa, banquero en Roma,

banquero en Lóndres, banquero en todas partes. Pierde en Italia treinta

y cinco millones, gasta quince ó veinte millones todos los años en sus

atenciones particulares, mil y mil compromisos enormes pesan sobre su

caja, y cuando todo el mundo lo cree más apurado, compra terrenos y

levanta planos para hacer un barrio magnífico, el más magnífico de

Madrid, por la espalda de su palacio, cuya obra no debe costarle menos

de mil trescientos á mil cuatrocientos millones. Cuando todo el mundo lo

cree embarazado por aquella pérdida, una pérdida tan enorme, dice á

Manzanedo que él llevará la Puerta del Sol á lo que es hoy Plaza de

Toros; y si vive, es bien seguro que la llevará. Y es casi seguro que no

dejará de vivir, porque hombres de semejante estrella no mueren hasta

que dejan acabados sus planes. Sí; llegará un dia, en que el terreno que

se llama hoy Plaza de Toros, será un centro mas rico, más brillante, de

una vista más deslumbradora que la actual Puerta del Sol. Llegará un dia

en que los coches de la nobleza inundarán el nuevo barrio, para hacer

sus compras en los iluminados bazares y en los inmensos almacenes del

nuevo Madrid. _Vivir por ver._

Estudiante, abogado, juez, diputado, ministro, tribuno, empresario,

capitalista, caballero, galan, magnate, casi pintor sin saber pintar;

casi poeta sin saber hacer versos; siempre privado, aún habiendo perdido

la privanza; siempre en pié, aún, cuando esté caido: ese es D. José

Salamanca.

Al judío Rothschild se le pregunta: ¿cuánto tienes? Y él contesta: tanto

millones.

A Salamanca se le pregunta: ¿cuánto tienes? Mira en torno suyo, hojea

sus libros; y acaso responde: _no tengo nada._ Luego se concentra,

registra su interior, busca en su fantasía, la encuentra sembrada de

minas preciosas, halla riquezas inagotables, y responde: _lo tengo

todo_. Es un hombre que lo tiene todo, no teniendo nada. Sin un

maravedí, es un banquero como Rothschild.

Imaginar en Salamanca equivale á fundir barras de oro. Idear es hacer

dinero. No tiene entendimiento como los demás. Su entendimiento es una

fábrica de moneda, de billetes y talones de Banco. Salamanca camina por

donde camina todo el mundo; nadie oye nada; él oye ruido bajo sus piés;

se baja; escarba con el dedo, y halla un tesoro. Adivina donde hay

tesoros, como Colon adivinó la América. No sé si es espíritu lo que en

él obra tales maravillas; no sé si es magnetismo, sonambulismo,

electricidad ó cosa parecida; pero lo cierto es que hay en aquel hombre

un instinto maravilloso, unas matemáticas que nadie le ha enseñado; unas

matemáticas que vienen de Dios. Si pudiera reunirse todo lo que ha

gastado y perdido, me atrevo á decir que se formaria un depósito mayor

que el que tiene en sus cavas el Banco de Lóndres. Yo conozco una lonja

en Madrid, cuyo dueño se ha enriquecido con los licores que ha

despachado para la casa de Salamanca. Lo que ha consumido en tabaco,

bastaria para dotar líberalmente á cien familias necesitadas. Diez mil

duros da anualmente á su señora, para que pueda satisfacer sus

caritativas inclinaciones. Pero ¿es él quien da esos diez mil duros á

los menesterosos? No, no es él. Esto importa mucho para describir

religiosamente el carácter propio del personaje que nos ocupa. No es él.

El no los da á los pobres, sino á su señora, para que su señora tenga la

piadosa satisfaccion de darlos á los pobres; Cada cual se entiende, y D.

José Salamanca es un hombre que se entiende siempre á las mil

maravillas.

Sentados los ligeros datos anteriores, preguntarémos: ¿quién es más

grande, Rothschild ó Salamanca?

La cuestion está reducida á lo siguiente: ¿qué tiene más mérito, reunir

mil no teniendo nada, ó juntar un millon teniendo mil?

Me parece que para partir de los mil y llegar al millon, no se necesita

otra cosa que comerciar.

Creo que para partir de la nada y llegar á mil, es indispensable crear.

El primero cambia.

El segundo elabora.

El uno tiene capital, cálculo, diligencia y fortuna.

El otro tiene genio.

Al primero todo se lo da el hombre.

Al segundo, se lo da Dios.

La compañía de Rothschild es un centro inmenso de accion.

Salamanca es su accion misma.

Rothschild es una casa, una sociedad.

Salamanca es él.

Rothschild envia á las Californias buques llenos de plata, y se los

traen llenos de oro.

Salamanca no tiene que salir de su escritorio, para explotar las minas

de las Californias; para Salamanca son Californias todos los países; las

Californias van consigo.

Salamanca seria el carácter más extenso, uno de los genios más grandes

del siglo xix, que es el siglo más grande que registra la historia del

mundo, si no le faltasen dos cosas.

--¿Le faltan dos cosas? preguntará el lector.

--Sí; á ese carácter prodigioso faltan dos cualidades capitalísimas.

--¿Cuáles son?

--Las siguientes; y cuidado que cuando yo censuro, tengo derecho á que

se me crea, porque al tachar un vicio, siento dolor. La censura que cae

de mi humilde pluma, es una flor mústia que mi alma deposita en la urna

sagrada de la verdad. Olga D. José Salamanca la verdad; esa verdad que

se le ha escondido en las biografías que se le han dedicado; oiga la

verdad de unos apuntes, que no van dedicados á Salamanca, sino á la

opinion de mi país, á la probidad de mi conciencia, y si pudiera ser, al

espíritu de la historia. Oiga la verdad que imprime en estas líneas un

oscuro y pobre escritor, que no tiene en el mundo otro caudal, ni otra

esperanza, ni otro consuelo, que la religion de su penoso y elevado

oficio; oficio que él estima tanto como D. José Salamanca su fausto y

sus millones. Oiga una vez la leccion severa de la moral, quien ha

recibido tantas veces las caricias aduladoras de la fortuna.

D. José Salamanca tiene el sentimiento de la naturaleza; lo tiene

realmente, y esto no puede menos de suceder, cuando tiene, en alto

grado, el sentimiento de la forma. D. José Salamanca es artista sin

saberlo. Por eso ama la luz, los campos, los árboles, las flores, los

perfumes, los rios: por eso sus quintas son las más poéticas que hay en

España. Esto no procede únicamente de que disponga de muchos millones;

de más millones disponia Cárlos III, y en las obras de Cárlos III no hay

el orientalismo que en las creaciones de Salamanca. Es cuestion de

dinero y de gusto; es cuestion de oro y de fantasía. D. José Salamanca

tiene fantasía, tiene gusto; pero es una fantasía exterior, sensual; es

un gusto que apenas pasa de la sensacion, que no halla pasto suficiente

en las emociones más elevadas del sentimiento. D. José Salamanca es un

idealista que no se contenta con la idealidad; es un artista que no se

contenta con el arte; es un poeta que no tiene bastante con la alta y

verdadera poesía.

En una palabra, ama la naturaleza, porque la naturaleza convida á sus

sentidos con un placer más: placer de los sentidos; este es el

sentimiento particular de Salamanca. Si la naturaleza no fuera un gran

goce, un gran disfrute, el primero y más rico de los festines, la

primera y más seductora de las beldades, D. José Salamanca no la amaria.

Pero ¿en que consiste este raro fenómeno? No es raro. Consiste en que D.

José Salamanca no sabe amar con el amor de la imaginacion, con el amor

del pensamiento, con el amor purísimo de la fe; don José Salamanca no

puede amar con ese rescoldo suave que siente el alma, cuando

contemplamos un cuadro sublime, como cuando vemos en un cielo azul, casi

mojadas por la lluvia de la tempestad, las franjas encendidas del arco

íris. Consiste en que D. José Salamanca ama especialmente con los

sentidos, de una manera casi voluptuosa.

Tiene tambien el sentimiento de la vida; por eso se rodea de una

opulencia y de unos placeres que los demás ricos no saben adquirir; tal

vez los codician; pero ni los sabrian tener; por eso idealiza cuanto le

circuye, con una pompa y una imaginacion que deslumbran. En las cosas de

Salamanca, hay lo que antes se llama galanura, hidalguía, gentileza. Es

como si dijeramos el fabuloso Montecristo de nuestra edad. Sí, tiene el

sentimiento de la vida; pero no lo tiene en relacion con Dios y con el

hombre, sino en relacion con sus deleites. Su voluntad, lo que él desea,

lo que él quiere, no es servir al hombre ni á Dios, sino para lograr que

Dios y el hombre le sirvan á él. Sirve á Dios y á la humanidad ¿quién lo

duda? sin anhelarlo en el fondo de su conciencia, sin cifrar en ello una

grande ilusion de su vida, aun cuando lo hiciera sin comprenderlo, D.

José Salamanca seria de todos modos un aventajadísimo obrero de la

civilizacion de un siglo, un laboriosísimo menestral de la historia:

sirve á la humanidad y á Dios, todo genio sirve, dejaria de ser genio si

no sirviera; pero su primera intencion no es servir, sino ser servido.

Hace con la vida lo que hace con la naturaleza.

Un paseo por Paris, retratos al natural · 第 36 / 46 题