Día vigésimo segundo

Banco de Francia.--Consideraciones.--Comida,--Ocurrencia graciosa de un

menestral.--Flor marchita.

Pues como ayer decía, el Banco de Francia era un mar da oro. En mi vida

he visto tanta moneda junta. Bien que tratándose de tal cúmulo de metal,

más fácil que verlo es soñarlo. Estaban haciendo la recaudacion de

quinientos millones de francos para el establecimiento de Bancos

agrícolas, segun me han dicho. Ignoro si allí habia los dos mil millones

de reales á que subia la recaudacion; ignoro si en aquellas piras de oro

se habian vertido seis mil doscientos cincuenta talegas de onzas; pero

si no habia este número, habia tantas, que bastaban para asombrar al

cristiano de más espíritu. Un hombre avariento pasaría allí el tormento

de Tántalo; yo no pasé tormento alguno, sin embargo de que ... la

verdad, algunos deseillos me andaban escociendo por dentro. Siempre que

vinieran por buen camino, de buena gana daría un pellizco á esos

provocativos montones. Y eso que aborrezco, ó me hago la ilusion de

aborrecer el _precioso metal_. Y me sucede que cuanto menos tengo, más

le odio; de manera que lo odio sin duda ... porque no lo tengo. Lo que

odio es no tener. ¡En cuántas cosas nos sucede lo mismo! Esto es capaz

de una ampliacion tan extensa, que casi viene á ser un sistema social.

Sí, lector mio, estúdiate á tí propio, sondea tu conciencia y tu

corazón, y verás cuántas veces odiamos una cosa, porque no la tenemos.

Luego que la tenemos, la amamos.

Yo cobré mi billete, los mil francos me parecian una bicoca en presencia

de tanto metal, y me quedé estático mirando al coloso. El dinero es el

coloso de nuestro siglo. Huyó la casta, y vino el billete. ¡Misterio

terrible! decia yo para mí. Ese promontorio de metal amarillo no es la

gloria, ni la heroicidad, ni el talento, ni la ciencia, ni el arte, ni

la fe, ni la honra, ni la virtud, ni el vestido, ni el alimento, y con

él se compra el alimento, el vestido, la virtud, la honra, el arte, la

ciencia, el talento, hasta la heroicidad, hasta la gloria. Con ese metal

que no piensa, que no siente, que no quiere, que no obra, con esa

inteligencia idiota, con ese brazo inerte y tullido, con esos montones

de oro se allanan montes, se ciegan golfos, se toman ciudades, se

destronan reyes, se conquistan naciones, se queman imperios, se

trastorna el mundo. ¡Cuántas transformaciones no podrian operarse, en el

órden físico y moral, con esa pirámide de monedas, con ese metal sordo,

mudo, ciego, inanimado; con ese espantoso misterio, amontonado ahí!

¡Oh Dios mio! ¡Qué bien has hecho en morar arriba; ahí donde no llega la

mirada del telescopio; ahí donde no puede entrar ni la ciencia del

sabio; ahí donde únicamente tienen entrada la virtud y la fe! De otro

modo, Dios mio; si la mirada del telescopio pudiera penetrar en tu

morada augusta, ese promontorio que tengo delante pondria andamios á

través de la atmósfera, escalaria el cielo, y querria sentarse en tu

trono inmortal. Pero no puede ser; tú eres más poderoso y más grande,

infinita y santamente más grande y poderoso que el dinero, y tu eterna

mano le marca un límite, como ha puesto una playa al mar.

Mucho puedes, promontorio terrible; mucho podeis, montones de oro que

deslumbrais mi vista; yo mismo conozco cuán fascinador es vuestro poder;

pero el orbe no os pertenece, la creacion no es vuestra, la armonía del

universo, la verdad del hombre, el dogma incontrastable de la vida, el

misterio de todo, el vuestro tambien, no está encerrado ahí. Sobre

vosotros corre una catarata que todo lo inunda; á vosotros tambien.

Sobre vosotros hay un espíritu que os llama idiotas cuando sois

injustos, á vosotros, montones de oro, que ofuscais mi vista, á

vosotros, que me teneis estático, como si contemplara un prodigio. Tú,

metal terrible, compras la sublime Concepcion de Murillo, pero no la

pintas; compras el Quijote, pero no lo escribes; compras el pensamiento

de Santa Teresa, pero no lo creas, ni lo juzgas. Compras la chispa

eléctrica, pero no sientes su calor divino; compras la flor sencilla y

perfumada; pero no sientes su divino aroma. ¡Gime, tirano de mi siglo,

gime! Sobre tí está Dios, Dios te aprisiona, como aprisiona las

tempestades del Océano. Dios te ha puesto por barrera un espíritu, como

ha puesto al Océano una playa.

Salimos del Banco, y notamos que el restaurant Vefour no ha dejado

nuestros estómagos muy satisfechos.

Caminando al azar, como para sentir esa emocion vaga con que nos

sorprende una ciudad que no se conoce, llegamos á la calle de los

Pequeños Campos, y en una de sus travesías vimos un figon, que aquí

tiene el nombre de _rotisserie_. En estos bodegones suele comer gente de

poco pelo; pero la comida es de sustancia. Ya porque queriamos comer un

buen asado, _(roti)_, ya tambien porque queriamos experimentar el

contraste á que da lugar este figon, comparado al vaporoso restaurant

Vefour, resolvimos entrar, y entramos en efecto. La presencia de una

señora con sombrero y vestido de seda, y la de un varon con sombrero de

jipijapa, frac y guante, no dejó de causar cierta sensacion en las

gentes que allí comian; pero al poco tiempo cada cual atendió á su

plato, y nosotros quedamos libres de miradas y gestos.

Las mesas están mondas y lirondas; pero son de piedra roqueña, y no

ofrecen nada que pueda repugnar. Las banquetas que sirven de sillas, no

tienen más inconveniente que el ser más duras que el pié de Perico. En

fin, nos sentamos....

--¿Qué gritos son esos? me dice mi mujer. Efectivamente, los mozos del

establecimiento gritaban como unos energúmenos; pero un gritar rabioso,

descompasado, que lastimaba las orejas. Aquella gritería descomunal era

el resultado de una costumbre del establecimiento. En el momento en que

el mozo oia lo que cada comensal le encargaba, lo anunciaba gritando

desaforadamente como era necesario para que le oyese el cocinero, á una

distancia de cuarenta ó cincuenta pasos. De modo que si pedian á un

tiempo de comer varios comensales, los respectivos mozos gritaban á la

vez; aquellos gritos se confundian y formaban un guirigay y un clamoreo

que nos atolondraba.

Un mozo se llegó á nuestra mesa. Pedí dos chuletas de carnero.

--_¡Deux côtelettes de mouton!_ gritó el mozo con una bizarría de voz

tal, que mi mujer estuvo á pique de dar un respingo. A poco estaban allí

las dos chuletas, una racion de pan y una botella de vino Macon.

Luego pedí una racion de vaca á la moda, y el mozo grita como antes:

_¡un beuf à la mode!_ Una racion de vaca al natural, y el mozo

proseguia: _¡un beuf nature!_ Y una racion de habichuelas para mi mujer;

y el bendito mozo continuaba con voz metálica y _desquebrajada: ¡des

haricots verts!_

Al propio tiempo, semejante al centinela casi contínuo que se oye en una

muralla ó en un campamento, se oia por todo aquel local el rumor

múltiple y confuso de diez ó doce mozos que gritaban simultáneamente lo

que los comensales pedian: _¡Un roti! ¡Des prunes! ¡Un bouillon! ¡Des

alberges! ¡Du gibier! ¡Des abricots! ¡Des pommes de terres!_ etc. _Un

asado, ciruelas, un caldo, melocotones, caza, albaricoques, patatas_, y

así otras varias cosas; pero todo esto mezclado y como en tropel.

Aquello era á la vez comida y concierto vocal, sólo que la música

hubiera podido suprimirse, sin profanar el polvo de Bellini.

El almuerzo nos ha costado lo siguiente: doce sueldos las dos chuletas;

diez la racion de vaca á la moda, y la otra racion al natural; doce la

botella de vino, dos el pan, cuatro las habichuelas, y cuatro de

propina: total, cuarenta y cuatro sueldos, ó sea ocho reales y pico.

¡Qué diferencia entre este figon negro y ruin, y el espléndido

restaurant de Vefour! Sin embargo, hemos comido mucho mejor por la

sétima parte de dinero, sin contar el canto.

Durante nuestra expedicion de este dia, nos acordamos varias veces de la

jóven vestida de negro, y apretamos el paso hácia nuestro hotel, ya con

el fin de ver si podiamos lograr algunas noticias, ya tambien porque el

dia declinaba y el frio comenzaba á molestamos.

Llegado que hubimos á nuestra calle, nuestra primera diligencia fué

mirar al balcon de la incógnita; pero notamos con sentimiento que no

habia nadie. Entramos luego en la lechería ... todo nuestro gozo se cayó

en un pozo. La patrona habia ido á San Club, y no venia hasta el dia

siguiente por la tarde. Era necesario esperar veinticuatro horas.

Al salir de la casa volvimos á mirar al balcon; nada; ni un ruido, ni un

movimiento. Aquello parecia un sepulcro. Sólo vimos una maceta con una

flor marchita. ¡Agüero fatal! Las mujeres dichosas riegan las flores, y

las flores están verdes y frescas. Aquella flor mústia del balcon es el

vestido negro de aquella mujer, ó el vestido negro de la mujer es la

flor mústia del balcon. El infortunio es lo que tiene en este mundo

concordancias más peregrinas, y algo de verdad debe haber en la

correspondencia que encuentro entre el luto del traje y el luto de la

flor. Subimos á nuestra habitacion y abrimos las maderas de uno de los

balcones, como para expiar los movimientos de nuestra misteriosa

desconocida. Repetidas veces nos asomamos; pero fué inútil; nadie

parecia en el balcon, ni nada tampoco se descubria á través de los

vidrios. Así estuvimos más de hora y media. Entrada ya la noche,

divisamos en la habitacion de la mujer vestida de negro el fulgor de una

luz, que pasaba de una estancia á otra. Entonces cerramos las maderas, y

mi mujer y yo exclamamos casi al mismo tiempo: hasta mañana.

No faltará lector que extrañe una curiosidad tan pertinaz y tan

impaciente; pero debo decir en nuestro abono, que la curiosidad es aquí

todo nuestro oficio, amen de que media una mujer, una mujer jóven,

vestida de luto, sola, triste: una mujer que tiene flores mústias en su

balcon; una mujer cerca de la cual debe caminar alguna sombra; una mujer

que ha de ser desgraciada. ¡Ojalá que pudiéramos nosotros evitar su

desgracia! ¡Ojalá que pudiéramos hacer su dicha! ¡Ojalá que pudiéramos

hacer que estuviese verde y lozana la flor marchita de ese solitario

balcon!

No tengais cuidado, mis queridos lectores. Mi curiosidad, mi impaciencia

por esa pobre desconocida, es una impaciencia afectuosa y cristiana.

Mi mujer leyó un rato, y se acostó. Yo escribo hasta las tres de la

mañana, aunque no quiero terminar, con perdon de mis párpados que se

cierran, sin dar cuenta al lector de un chiste agudísimo que oí en el

figon, á uno de los menestrales que allí comian.

A nuestra izquierda, habia una mesa rodeada de obreros, que sin duda

acababan de comer. Ya de sobremesa, pasaban el rato en acertar charadas

ó adivinaciones. Uno preguntó: ¿cuál es la cosa que más se pega? Este

decia que era la resina; aquel que el alquitran; el uno que la cola; el

otro que el aceite, el de más allá, que la trementina; el que le sigue,

que la pez, y así cada cual decia su cosa. No, gritó uno con mucha

fuerza; con resuelta seguridad; casi, casi con inspiracion. Nadie ha

acertado, y diciendo esto, daba fuertes golpes sobre la mesa. Todos los

comensales que nos pudimos enterar del juego, teniamos la cara vuelta, y

esperábamos, con creciente curiosidad, ver en qué paraba el acertijo.

--Señores, dijo solemnemente el obrero que tenia la palabra, lo que más

se pega en este mundo es el dinero.

Una carcajada espontánea y unánime, una general aclamacion de risas y de

bravos, contestó á la ocurrencia del menestral. En efecto, es un chiste

verdaderamente ingenioso, salado, de buena ley.

=Dia vigésimo tercero al trigésimo=.

Versos.--Asesinato de la calle del Duque de Alba.--Mataderos públicos.

--Monte-Pio.--Hospicios y hospitales.--Locos del Sena.--Movimiento de la

poblacion.--Casamientos.--Caja de ahorros.--Caja de descuentos.

--Presupuesto de Paris.--Consumos.--Aduana.--Sociedades mercantiles.

--Ferro-carriles.--Correos.--Presupuesto general.--Comercio.--Deuda

pública.--Estadística de Inglaterra.--Palacio Real.--Bolsa.

--Tullerías.--Louvre.--Luxemburgo.--Inválidos.--Panteon.--Luisa.

Han pasado ocho dias, y tengo tantas cosas que decir, que no sé por

donde comenzar. Mi ida á Sevilla, en un término más ó menos próximo, es

cosa resuelta, y por una elaboracion de la fantasía, independiente de la

voluntad, he compuesto á mi tierra natal unos malos versos.

Sé muy bien, sé y conozco perfectamente que no debo al cielo el don de

poeta; sé que no se agita en mi alma ese divino espíritu, esa especie de

delirio sagrado. Al insertar en estos apuntes aquellos versos, no los

ofrezco como una gala de imaginacion, ni como una muestra de poesía,

(¡Dios me libre de tan necio orgullo!) sino como un testimonio de mi

cariño á la hermosa ciudad, en donde me cupo la ventura de nacer. Además

de los versos á Sevilla, he escrito un entremés casero para el album de

una amiga nuestra de Madrid, la cual ha escrito á mi compañera,

exigiéndola el cumplimiento de la palabra que mi mujer la dió, hace más

de un año. Mi compañera me puso asedio, y los lectores que sean casados,

comprenderán que quiero decir: ha sido necesario ceder.

En estos ocho dias hemos recibido cartas de España, en que se nos habla

de un asesinato cometido en la persona de un prestamista, que vivia en

la calle del Duque de Alba, esquina á la de los Estudios. Los asesinos

son una mujer, llamada Manuela Bernaola, y tres hombres, llamados

Ignacio Cabezudo, el Feo y el Pequeño. Con este motivo, he leido los

periódicos de Madrid, y he encontrado noticias tan extrañas sobre aquel

crimen horroroso, que no he podido menos de escribir á un amigo, con el

fin de que adquiera los más datos posibles y me los remita. Presumo que

la historia oculta de dicho atentado no debe carecer de cierto interés,

tengo una fundada confianza en la capacidad y diligencia del amigo, á

quien pido informes sobre el hecho, y casi ofrezco á mis lectores

algunos detalles curiosos.

En la semana transcurrida, en esos ocho dias de huelga, hemos empleado

las vacaciones en visitar el palacio Real, la Bolsa, las Tullerías y el

Louvre, el palacio de Luxemburgo, los Inválidos, el Panteon; hemos visto

tambien, no sin un grande asombro, los mataderos públicos; el Monte-Pio,

algunos hospicios y hospitales, el establecimiento de los locos del

Sena; hemos adquirido noticias sobre el movimiento de la poblacion;

sobre los casamientos que han tenido lugar en este año; sobre el estado

y operaciones de la Caja de ahorros y de la de descuentos, y sobre el

fabuloso presupuesto de esta ciudad; sobre sus increibles consumos;

sobre el movimiento de su aduana; sobre las sociedades mercantiles

existentes en todo el imperio; sobre ferro-carriles, renta de correos,

presupuesto general del Estado, comercio, deuda pública y otros

detalles estadísticos. Á fin de poder apreciar la importancia de este

órden de cosas, he tenido que adquirir algunas noticias sobre la

Estadística de Inglaterra, y me parece que mis lectores no llevarán á

mal el tener idea de estos verdaderos prodigios europeos. Por fin, en

todo el tiempo transcurrido desde mi última revista, la pobre Luisa no

ha dejado de vivir en nuestra memoria y en nuestro corazon; lo cual

quiere decir que no ha dejado de vivir con nosotros, como si fuese

nuestra hermana, ó nuestra amiga de la niñez. ¡Qué poco se figurará esa

pobre mujer, que dos extranjeros piensan en ella, como si se tratara de

un individuo de su propia familia! Pero mi mujer y yo nos preguntamos

muy á menudo: ¿no sabrá Luisa el vivo interés que nos inspira su

desgracia? ¿No la habrá dicho nada madama Fonteral? No puedo persuadirme

de semejante cosa. Dejaria madama Fonteral de ser mujer. Acaso no

hubiera dicho nada, ó al menos hubiera dicho poco, si no la hubiésemos

encargado sigilo; pero no hablar sobre el asunto, cuando la encarecimos

el secreto; no decir nada del secreto que se la fia; no revelar aquel

misterio de que ella se enamora; no llevarse el dedo á la boca,

imponiendo silencio á Luisa; no cogerla del brazo; no llevarla aparte;

no mirar con aire aturdido á uno y otro lado como para ver si es oida de

alguno; no cuchichear al oído de aquella pobre jóven; no descubrirla

todo lo que nosotros la habiamos suplicado que ocultara; renunciar al

placer supremo de esa _patética pantomima_, decididamente, lectores

mios, eso no lo ha hecho madama Fonteral; eso no lo hace ninguna mujer;

eso seria un milagro, y el milagro no es el genio de nuestro siglo,

sobre todo, no es la gracia especial de las mujeres de Paris.

Al hablarnos madama Fonteral de la entrevista que con Luisa tuvo, nos

aseguró, poniéndose el dedo índice á través de los labios, que nada la

habia revelado acerca de nosotros. Yo dije para mí: esto significa que

se lo ha dicho todo, desde la a hasta la z.

Al dia siguiente, Luisa se asoma al balcon. ¿Qué hace? Mira con

ansiedad. ¿A dónde mira? Á uno de los balcones de nuestro hotel, á uno

de los balcones de nuestra estancia; nos mira á nosotros. ¡Cuitada

madama Fonteral! ¡Cuitado de mí! Recibo la mirada tímida y vacilante de

la pobre Luisa, y aquella timidez recatada, aquella medrosa vacilacion,

me imponen casi miedo. No sé qué hay en aquellos ojos, en aquella

mirada, en aquella terrible confesion de sus dolores, en aquel llanto

mudo de su conciencia, no sé qué hay allí; pero lo cierto es que yo no

puedo resistir aquella mirada indecisa y ansiosa. Luisa mira desde su

balcon, y mi mujer y yo nos retiramos, porque á mi mujer le sucede lo

propio que á mí: no tiene valor para sufrir con calma aquel triste

saludo de un corazon despedazado, no tiene valor para contestar á Luisa

con una mirada de compasion y de inteligencia, que querria decir: ¡pobre

mujer! ya sé tu desgracia, tu martirio, tu culpa, tu deshonra.

Para comunicar á mis lectores el gran cúmulo de noticias que en estos

ocho dias he adquirido, seguiré el órden del sumario.

Empezarémos por los versos: dice el adagio que el mal camino conviene

andarlo pronto.

Un paseo por Paris, retratos al natural · 第 22 / 46 题