Banco de Francia.--Consideraciones.--Comida,--Ocurrencia graciosa de un
menestral.--Flor marchita.
Pues como ayer decía, el Banco de Francia era un mar da oro. En mi vida
he visto tanta moneda junta. Bien que tratándose de tal cúmulo de metal,
más fácil que verlo es soñarlo. Estaban haciendo la recaudacion de
quinientos millones de francos para el establecimiento de Bancos
agrícolas, segun me han dicho. Ignoro si allí habia los dos mil millones
de reales á que subia la recaudacion; ignoro si en aquellas piras de oro
se habian vertido seis mil doscientos cincuenta talegas de onzas; pero
si no habia este número, habia tantas, que bastaban para asombrar al
cristiano de más espíritu. Un hombre avariento pasaría allí el tormento
de Tántalo; yo no pasé tormento alguno, sin embargo de que ... la
verdad, algunos deseillos me andaban escociendo por dentro. Siempre que
vinieran por buen camino, de buena gana daría un pellizco á esos
provocativos montones. Y eso que aborrezco, ó me hago la ilusion de
aborrecer el _precioso metal_. Y me sucede que cuanto menos tengo, más
le odio; de manera que lo odio sin duda ... porque no lo tengo. Lo que
odio es no tener. ¡En cuántas cosas nos sucede lo mismo! Esto es capaz
de una ampliacion tan extensa, que casi viene á ser un sistema social.
Sí, lector mio, estúdiate á tí propio, sondea tu conciencia y tu
corazón, y verás cuántas veces odiamos una cosa, porque no la tenemos.
Luego que la tenemos, la amamos.
Yo cobré mi billete, los mil francos me parecian una bicoca en presencia
de tanto metal, y me quedé estático mirando al coloso. El dinero es el
coloso de nuestro siglo. Huyó la casta, y vino el billete. ¡Misterio
terrible! decia yo para mí. Ese promontorio de metal amarillo no es la
gloria, ni la heroicidad, ni el talento, ni la ciencia, ni el arte, ni
la fe, ni la honra, ni la virtud, ni el vestido, ni el alimento, y con
él se compra el alimento, el vestido, la virtud, la honra, el arte, la
ciencia, el talento, hasta la heroicidad, hasta la gloria. Con ese metal
que no piensa, que no siente, que no quiere, que no obra, con esa
inteligencia idiota, con ese brazo inerte y tullido, con esos montones
de oro se allanan montes, se ciegan golfos, se toman ciudades, se
destronan reyes, se conquistan naciones, se queman imperios, se
trastorna el mundo. ¡Cuántas transformaciones no podrian operarse, en el
órden físico y moral, con esa pirámide de monedas, con ese metal sordo,
mudo, ciego, inanimado; con ese espantoso misterio, amontonado ahí!
¡Oh Dios mio! ¡Qué bien has hecho en morar arriba; ahí donde no llega la
mirada del telescopio; ahí donde no puede entrar ni la ciencia del
sabio; ahí donde únicamente tienen entrada la virtud y la fe! De otro
modo, Dios mio; si la mirada del telescopio pudiera penetrar en tu
morada augusta, ese promontorio que tengo delante pondria andamios á
través de la atmósfera, escalaria el cielo, y querria sentarse en tu
trono inmortal. Pero no puede ser; tú eres más poderoso y más grande,
infinita y santamente más grande y poderoso que el dinero, y tu eterna
mano le marca un límite, como ha puesto una playa al mar.
Mucho puedes, promontorio terrible; mucho podeis, montones de oro que
deslumbrais mi vista; yo mismo conozco cuán fascinador es vuestro poder;
pero el orbe no os pertenece, la creacion no es vuestra, la armonía del
universo, la verdad del hombre, el dogma incontrastable de la vida, el
misterio de todo, el vuestro tambien, no está encerrado ahí. Sobre
vosotros corre una catarata que todo lo inunda; á vosotros tambien.
Sobre vosotros hay un espíritu que os llama idiotas cuando sois
injustos, á vosotros, montones de oro, que ofuscais mi vista, á
vosotros, que me teneis estático, como si contemplara un prodigio. Tú,
metal terrible, compras la sublime Concepcion de Murillo, pero no la
pintas; compras el Quijote, pero no lo escribes; compras el pensamiento
de Santa Teresa, pero no lo creas, ni lo juzgas. Compras la chispa
eléctrica, pero no sientes su calor divino; compras la flor sencilla y
perfumada; pero no sientes su divino aroma. ¡Gime, tirano de mi siglo,
gime! Sobre tí está Dios, Dios te aprisiona, como aprisiona las
tempestades del Océano. Dios te ha puesto por barrera un espíritu, como
ha puesto al Océano una playa.
Salimos del Banco, y notamos que el restaurant Vefour no ha dejado
nuestros estómagos muy satisfechos.
Caminando al azar, como para sentir esa emocion vaga con que nos
sorprende una ciudad que no se conoce, llegamos á la calle de los
Pequeños Campos, y en una de sus travesías vimos un figon, que aquí
tiene el nombre de _rotisserie_. En estos bodegones suele comer gente de
poco pelo; pero la comida es de sustancia. Ya porque queriamos comer un
buen asado, _(roti)_, ya tambien porque queriamos experimentar el
contraste á que da lugar este figon, comparado al vaporoso restaurant
Vefour, resolvimos entrar, y entramos en efecto. La presencia de una
señora con sombrero y vestido de seda, y la de un varon con sombrero de
jipijapa, frac y guante, no dejó de causar cierta sensacion en las
gentes que allí comian; pero al poco tiempo cada cual atendió á su
plato, y nosotros quedamos libres de miradas y gestos.
Las mesas están mondas y lirondas; pero son de piedra roqueña, y no
ofrecen nada que pueda repugnar. Las banquetas que sirven de sillas, no
tienen más inconveniente que el ser más duras que el pié de Perico. En
fin, nos sentamos....
--¿Qué gritos son esos? me dice mi mujer. Efectivamente, los mozos del
establecimiento gritaban como unos energúmenos; pero un gritar rabioso,
descompasado, que lastimaba las orejas. Aquella gritería descomunal era
el resultado de una costumbre del establecimiento. En el momento en que
el mozo oia lo que cada comensal le encargaba, lo anunciaba gritando
desaforadamente como era necesario para que le oyese el cocinero, á una
distancia de cuarenta ó cincuenta pasos. De modo que si pedian á un
tiempo de comer varios comensales, los respectivos mozos gritaban á la
vez; aquellos gritos se confundian y formaban un guirigay y un clamoreo
que nos atolondraba.
Un mozo se llegó á nuestra mesa. Pedí dos chuletas de carnero.
--_¡Deux côtelettes de mouton!_ gritó el mozo con una bizarría de voz
tal, que mi mujer estuvo á pique de dar un respingo. A poco estaban allí
las dos chuletas, una racion de pan y una botella de vino Macon.
Luego pedí una racion de vaca á la moda, y el mozo grita como antes:
_¡un beuf à la mode!_ Una racion de vaca al natural, y el mozo
proseguia: _¡un beuf nature!_ Y una racion de habichuelas para mi mujer;
y el bendito mozo continuaba con voz metálica y _desquebrajada: ¡des
haricots verts!_
Al propio tiempo, semejante al centinela casi contínuo que se oye en una
muralla ó en un campamento, se oia por todo aquel local el rumor
múltiple y confuso de diez ó doce mozos que gritaban simultáneamente lo
que los comensales pedian: _¡Un roti! ¡Des prunes! ¡Un bouillon! ¡Des
alberges! ¡Du gibier! ¡Des abricots! ¡Des pommes de terres!_ etc. _Un
asado, ciruelas, un caldo, melocotones, caza, albaricoques, patatas_, y
así otras varias cosas; pero todo esto mezclado y como en tropel.
Aquello era á la vez comida y concierto vocal, sólo que la música
hubiera podido suprimirse, sin profanar el polvo de Bellini.
El almuerzo nos ha costado lo siguiente: doce sueldos las dos chuletas;
diez la racion de vaca á la moda, y la otra racion al natural; doce la
botella de vino, dos el pan, cuatro las habichuelas, y cuatro de
propina: total, cuarenta y cuatro sueldos, ó sea ocho reales y pico.
¡Qué diferencia entre este figon negro y ruin, y el espléndido
restaurant de Vefour! Sin embargo, hemos comido mucho mejor por la
sétima parte de dinero, sin contar el canto.
Durante nuestra expedicion de este dia, nos acordamos varias veces de la
jóven vestida de negro, y apretamos el paso hácia nuestro hotel, ya con
el fin de ver si podiamos lograr algunas noticias, ya tambien porque el
dia declinaba y el frio comenzaba á molestamos.
Llegado que hubimos á nuestra calle, nuestra primera diligencia fué
mirar al balcon de la incógnita; pero notamos con sentimiento que no
habia nadie. Entramos luego en la lechería ... todo nuestro gozo se cayó
en un pozo. La patrona habia ido á San Club, y no venia hasta el dia
siguiente por la tarde. Era necesario esperar veinticuatro horas.
Al salir de la casa volvimos á mirar al balcon; nada; ni un ruido, ni un
movimiento. Aquello parecia un sepulcro. Sólo vimos una maceta con una
flor marchita. ¡Agüero fatal! Las mujeres dichosas riegan las flores, y
las flores están verdes y frescas. Aquella flor mústia del balcon es el
vestido negro de aquella mujer, ó el vestido negro de la mujer es la
flor mústia del balcon. El infortunio es lo que tiene en este mundo
concordancias más peregrinas, y algo de verdad debe haber en la
correspondencia que encuentro entre el luto del traje y el luto de la
flor. Subimos á nuestra habitacion y abrimos las maderas de uno de los
balcones, como para expiar los movimientos de nuestra misteriosa
desconocida. Repetidas veces nos asomamos; pero fué inútil; nadie
parecia en el balcon, ni nada tampoco se descubria á través de los
vidrios. Así estuvimos más de hora y media. Entrada ya la noche,
divisamos en la habitacion de la mujer vestida de negro el fulgor de una
luz, que pasaba de una estancia á otra. Entonces cerramos las maderas, y
mi mujer y yo exclamamos casi al mismo tiempo: hasta mañana.
No faltará lector que extrañe una curiosidad tan pertinaz y tan
impaciente; pero debo decir en nuestro abono, que la curiosidad es aquí
todo nuestro oficio, amen de que media una mujer, una mujer jóven,
vestida de luto, sola, triste: una mujer que tiene flores mústias en su
balcon; una mujer cerca de la cual debe caminar alguna sombra; una mujer
que ha de ser desgraciada. ¡Ojalá que pudiéramos nosotros evitar su
desgracia! ¡Ojalá que pudiéramos hacer su dicha! ¡Ojalá que pudiéramos
hacer que estuviese verde y lozana la flor marchita de ese solitario
balcon!
No tengais cuidado, mis queridos lectores. Mi curiosidad, mi impaciencia
por esa pobre desconocida, es una impaciencia afectuosa y cristiana.
Mi mujer leyó un rato, y se acostó. Yo escribo hasta las tres de la
mañana, aunque no quiero terminar, con perdon de mis párpados que se
cierran, sin dar cuenta al lector de un chiste agudísimo que oí en el
figon, á uno de los menestrales que allí comian.
A nuestra izquierda, habia una mesa rodeada de obreros, que sin duda
acababan de comer. Ya de sobremesa, pasaban el rato en acertar charadas
ó adivinaciones. Uno preguntó: ¿cuál es la cosa que más se pega? Este
decia que era la resina; aquel que el alquitran; el uno que la cola; el
otro que el aceite, el de más allá, que la trementina; el que le sigue,
que la pez, y así cada cual decia su cosa. No, gritó uno con mucha
fuerza; con resuelta seguridad; casi, casi con inspiracion. Nadie ha
acertado, y diciendo esto, daba fuertes golpes sobre la mesa. Todos los
comensales que nos pudimos enterar del juego, teniamos la cara vuelta, y
esperábamos, con creciente curiosidad, ver en qué paraba el acertijo.
--Señores, dijo solemnemente el obrero que tenia la palabra, lo que más
se pega en este mundo es el dinero.
Una carcajada espontánea y unánime, una general aclamacion de risas y de
bravos, contestó á la ocurrencia del menestral. En efecto, es un chiste
verdaderamente ingenioso, salado, de buena ley.
=Dia vigésimo tercero al trigésimo=.
Versos.--Asesinato de la calle del Duque de Alba.--Mataderos públicos.
--Monte-Pio.--Hospicios y hospitales.--Locos del Sena.--Movimiento de la
poblacion.--Casamientos.--Caja de ahorros.--Caja de descuentos.
--Presupuesto de Paris.--Consumos.--Aduana.--Sociedades mercantiles.
--Ferro-carriles.--Correos.--Presupuesto general.--Comercio.--Deuda
pública.--Estadística de Inglaterra.--Palacio Real.--Bolsa.
--Tullerías.--Louvre.--Luxemburgo.--Inválidos.--Panteon.--Luisa.
Han pasado ocho dias, y tengo tantas cosas que decir, que no sé por
donde comenzar. Mi ida á Sevilla, en un término más ó menos próximo, es
cosa resuelta, y por una elaboracion de la fantasía, independiente de la
voluntad, he compuesto á mi tierra natal unos malos versos.
Sé muy bien, sé y conozco perfectamente que no debo al cielo el don de
poeta; sé que no se agita en mi alma ese divino espíritu, esa especie de
delirio sagrado. Al insertar en estos apuntes aquellos versos, no los
ofrezco como una gala de imaginacion, ni como una muestra de poesía,
(¡Dios me libre de tan necio orgullo!) sino como un testimonio de mi
cariño á la hermosa ciudad, en donde me cupo la ventura de nacer. Además
de los versos á Sevilla, he escrito un entremés casero para el album de
una amiga nuestra de Madrid, la cual ha escrito á mi compañera,
exigiéndola el cumplimiento de la palabra que mi mujer la dió, hace más
de un año. Mi compañera me puso asedio, y los lectores que sean casados,
comprenderán que quiero decir: ha sido necesario ceder.
En estos ocho dias hemos recibido cartas de España, en que se nos habla
de un asesinato cometido en la persona de un prestamista, que vivia en
la calle del Duque de Alba, esquina á la de los Estudios. Los asesinos
son una mujer, llamada Manuela Bernaola, y tres hombres, llamados
Ignacio Cabezudo, el Feo y el Pequeño. Con este motivo, he leido los
periódicos de Madrid, y he encontrado noticias tan extrañas sobre aquel
crimen horroroso, que no he podido menos de escribir á un amigo, con el
fin de que adquiera los más datos posibles y me los remita. Presumo que
la historia oculta de dicho atentado no debe carecer de cierto interés,
tengo una fundada confianza en la capacidad y diligencia del amigo, á
quien pido informes sobre el hecho, y casi ofrezco á mis lectores
algunos detalles curiosos.
En la semana transcurrida, en esos ocho dias de huelga, hemos empleado
las vacaciones en visitar el palacio Real, la Bolsa, las Tullerías y el
Louvre, el palacio de Luxemburgo, los Inválidos, el Panteon; hemos visto
tambien, no sin un grande asombro, los mataderos públicos; el Monte-Pio,
algunos hospicios y hospitales, el establecimiento de los locos del
Sena; hemos adquirido noticias sobre el movimiento de la poblacion;
sobre los casamientos que han tenido lugar en este año; sobre el estado
y operaciones de la Caja de ahorros y de la de descuentos, y sobre el
fabuloso presupuesto de esta ciudad; sobre sus increibles consumos;
sobre el movimiento de su aduana; sobre las sociedades mercantiles
existentes en todo el imperio; sobre ferro-carriles, renta de correos,
presupuesto general del Estado, comercio, deuda pública y otros
detalles estadísticos. Á fin de poder apreciar la importancia de este
órden de cosas, he tenido que adquirir algunas noticias sobre la
Estadística de Inglaterra, y me parece que mis lectores no llevarán á
mal el tener idea de estos verdaderos prodigios europeos. Por fin, en
todo el tiempo transcurrido desde mi última revista, la pobre Luisa no
ha dejado de vivir en nuestra memoria y en nuestro corazon; lo cual
quiere decir que no ha dejado de vivir con nosotros, como si fuese
nuestra hermana, ó nuestra amiga de la niñez. ¡Qué poco se figurará esa
pobre mujer, que dos extranjeros piensan en ella, como si se tratara de
un individuo de su propia familia! Pero mi mujer y yo nos preguntamos
muy á menudo: ¿no sabrá Luisa el vivo interés que nos inspira su
desgracia? ¿No la habrá dicho nada madama Fonteral? No puedo persuadirme
de semejante cosa. Dejaria madama Fonteral de ser mujer. Acaso no
hubiera dicho nada, ó al menos hubiera dicho poco, si no la hubiésemos
encargado sigilo; pero no hablar sobre el asunto, cuando la encarecimos
el secreto; no decir nada del secreto que se la fia; no revelar aquel
misterio de que ella se enamora; no llevarse el dedo á la boca,
imponiendo silencio á Luisa; no cogerla del brazo; no llevarla aparte;
no mirar con aire aturdido á uno y otro lado como para ver si es oida de
alguno; no cuchichear al oído de aquella pobre jóven; no descubrirla
todo lo que nosotros la habiamos suplicado que ocultara; renunciar al
placer supremo de esa _patética pantomima_, decididamente, lectores
mios, eso no lo ha hecho madama Fonteral; eso no lo hace ninguna mujer;
eso seria un milagro, y el milagro no es el genio de nuestro siglo,
sobre todo, no es la gracia especial de las mujeres de Paris.
Al hablarnos madama Fonteral de la entrevista que con Luisa tuvo, nos
aseguró, poniéndose el dedo índice á través de los labios, que nada la
habia revelado acerca de nosotros. Yo dije para mí: esto significa que
se lo ha dicho todo, desde la a hasta la z.
Al dia siguiente, Luisa se asoma al balcon. ¿Qué hace? Mira con
ansiedad. ¿A dónde mira? Á uno de los balcones de nuestro hotel, á uno
de los balcones de nuestra estancia; nos mira á nosotros. ¡Cuitada
madama Fonteral! ¡Cuitado de mí! Recibo la mirada tímida y vacilante de
la pobre Luisa, y aquella timidez recatada, aquella medrosa vacilacion,
me imponen casi miedo. No sé qué hay en aquellos ojos, en aquella
mirada, en aquella terrible confesion de sus dolores, en aquel llanto
mudo de su conciencia, no sé qué hay allí; pero lo cierto es que yo no
puedo resistir aquella mirada indecisa y ansiosa. Luisa mira desde su
balcon, y mi mujer y yo nos retiramos, porque á mi mujer le sucede lo
propio que á mí: no tiene valor para sufrir con calma aquel triste
saludo de un corazon despedazado, no tiene valor para contestar á Luisa
con una mirada de compasion y de inteligencia, que querria decir: ¡pobre
mujer! ya sé tu desgracia, tu martirio, tu culpa, tu deshonra.
Para comunicar á mis lectores el gran cúmulo de noticias que en estos
ocho dias he adquirido, seguiré el órden del sumario.
Empezarémos por los versos: dice el adagio que el mal camino conviene
andarlo pronto.