Y la del jóven: _¡si supiera la juventud!_ (Si jeunesse savait!)

Es una moralidad picaresca, punzante, pero oportuna, graciosa,

habilísima: la moralidad del pueblo francés; _el golpe mágico del

palaustre_.

A su tiempo hablaré á mis lectores de una fábrica de tapicerías,

titulada de los Gibelinos, la primera que existe en el mundo.

La fábrica de Sevres es en porcelana lo que los Gibelinos en tapices. El

Japon es muy superior por lo precioso de la materia; pero no por lo

hábil del trabajo.

Bien, se dirá por alguno: ¿qué significa esa fábrica de Sevres? ¿Qué es?

Un horno que funde jarrones, flores y vajillas para los reyes, para los

grandes, para los ricos, una fábrica de preseas.

No, amigos mios, no: si así fuese, bien sabe Dios que no hallaria aquí

gran cosa que admirar. Los hechos no pueden mirarse de ese modo, de un

modo egoista. La fábrica de Sevres, como la manufactura de los

Gibelinos, tiene un sentido mucho más alto, otra clase de elocuencia

social.

Estas dos fábricas son dos monumentos que un pueblo entusiasta y creador

erige á la industria elevada, inteligente, liberal; esa industria, que

arrancando sus obras de la miseria de su precio, de su venalidad, de su

tarifa, las hace infinitas como el genio representado por una estátua, y

trasmite su última plenitud, su personalismo más trascendente á las

tareas del espíritu humano.

Esta industria es el arte, llamado ayer oficio: es el hombre, llamado

ayer siervo: es la fantasía y el sentimiento haciéndose amos de la

materia, despojándola de sus girones asquerosos, purgándola de la nota

de vil que ayer la afeaba.

Pero no sólo es esto. Aquí se comprende de un modo irresistible, aunque

no queramos, que luego que las formas nos hieren con la emocion de la

belleza, todas son igualmente artísticas. Se comprende de un modo

irresistible que no hay más que un arte, porque no hay más que una

naturaleza que nos ofrece el original de lo bello, porque no hay más que

un corazon para leer aquel original. Sí; aquí se comprende, yo estoy

orgulloso de sentirlo, que el arte se desdobla en la palabra, y se llama

poesía ó elocuencia; que se desdobla en la voz y en el gesto, y se llama

declamacion; que se desdobla en el ademan y toma el nombre de

pantomima; que se desdobla en la armonía del sonido y es música; que se

desdobla en el dibujo y en el color, y se llama pintura; como se

desdobla en un mármol, y se llama escultura; como se desdobla en los

movimientos del hombre, y se llama baile; como se desdobla en los

tapices y en la porcelana, denominándose fábrica de los Gibelinos y

fábrica de Sevres.

Yo tenia la nocion del arte universal; pero aquella nocion es ahora más

exacta y más profunda; más universal, más extensa tambien; porque la

toco prácticamente, y la práctica da á las cosas su última extension.

Tomamos el ómnibus que va á Versalles, y apenas trascurrió hora y media,

cuando ya pisábamos el suelo de esta antigua isla de Chipre.

El carruaje hace alto, y al bajar nos vimos enfrente del suntuoso

alcázar.

¡Luis XIV, Richelieu, Colbert, salud!

No hablo á vosotras, piedras amontonadas, testigos mudos, á quienes no

quiero interrogar, porque antes de veros os habia interrogado en mi

corazon. No te hablo á tí, Versalles de otros siglos, eden donde han

llorado tantos ojos: no te hablo á tí, gran fantasma de mármol, en que

yo leo con ojos inflamados lamentos y amonestaciones de la historia.

Hablo á tres hombres que crearon á Versalles, sacrificando para ello á

la Francia, y que son superiores á otros hombres que sacrificaron la

Francia y que no crearon á Versalles.

¡Luis XIV, Richelieu, Colbert, salud! Ignoro si vuestras cenizas me

oyen; pero unos pobres extranjeros os saludan.

¿Qué podré decir de los museos que encierra este suntuoso palacio?

No sabria por dónde empezar, tendria que trascribir los tres volúmenes

que he comprado.

Conténtese el lector con saber que aquí está toda la Francia histórica

en lienzo y piedra. No perdiéndose este palacio, no puede perderse la

historia del pueblo francés.

Escaleras magníficas, salones espaciosos, retretes adornados con una

riqueza y una profusion que sorprenden; una sala que no tiene igual en

el mundo, si se exceptúa la gran sala del palacio del Louvre: en una

palabra, Versalles fué la grande galantería de uno de los reyes más

galantes qué ha existido, y este palacio es la galantería maestra de

Versalles.

Pero pasemos á estudiar una cosa más bella, más fecunda, más

predestinada: la escuela de Vernet, del gran Vernet.

Este pintor se dedicó casi exclusivamente al género de las batallas;

pero no de las batallas antiguas que eran como una especie de

divinizacion de la guerra, el sacrificio de la caridad que nos debemos

todos, hecho en aras de un señor opulento ó de un tirano. Los cuadros de

Vernet son la escuela social, la escuela del exámen llevada al género

que cultivó. Vernet es un grande obrero del alma, que conduce una piedra

colosal al edificio en que trabaja toda la historia de cinco siglos.

La pintura, que habia adulado sucesivamente al guerrero, al monarca, al

noble, al fraile: la pintura, que durante el trascurso de tantos siglos,

habia sido sierva y mendiga, en los pabellones de campaña, en el

palacio, en el castillo, en la iglesia, en el claustro, levanta un dia

la frente empolvada, mira en torno suyo, comprende la verdad, la escribe

en un lienzo, y viene á ser el culto de una nueva razon, de una razon

cristiana; viene á ser la voz que abandona el desierto y que clama en el

mundo, una imprenta semejante á la de Guttemberg, el espíritu práctico y

real de los modernos. Esto hizo Vernet. ¡Cuánto hizo! ¡Cuán superior es

su inspiracion! ¡Cuán superior es su filosofía! Sobre todo, ¡cuán

superior es su moral!

La Francia será con él desagradecida si no le levanta una estátua, dice

un ingeniero amigo mio. Yo no lo creo así, el genio no tiene precision

de ninguna especie de idolatría, de ninguna especie de símbolos

transitorios.

El genio no tiene precision de un pedazo de piedra, que se rompe, que se

cae, que se pulveriza, como se marchita una planta, ó como una hoja es

arrebatada por el aire. El genio es la santidad de la conciencia, la

historia de Dios. Quede el mármol para la historia de los que tienen

vanidad, de los que no tienen bastante con su alma.

¿Qué estátua mejor que esa escuela admirable?

Penetramos en la primer sala de las pinturas de Vernet.

El cuadro en que me fijo representa á un combatiente moribundo. Está

pálido, horriblemente pálido; tiene el labio inferior caido, dejando ver

una encía amoratada, y cualquiera diria que sus párpados van á cubrir

unos ojos turbios. Un amigo lo asiste de rodillas, llevándose una mano á

la frente, en señal de desesperacion.

En el cuadro que miro, campea, hasta en los menores detalles, la verdad

llena, franca y vigorosa que sólo comprenden los grandes maestros.

El segundo cuadro que miro representa á un guerrero jóven y entusiasta,

el cual enarbola un estandarte en actitud de incitar á la venganza y á

la guerra.

Cerca de él, una madre coge á su hijo, le sujeta frenéticamente con el

brazo izquierdo, como si pretendiese unirlo á su corazon; y con los ojos

ardiendo de ira, con la pupila dilatada y profunda por el dolor y por el

espanto, con la cabellera descompuesta, con labio cárdeno, seco y

convulsivo, hundiendo la nuca y alzando la frente, como el náufrago que

saca la cabeza para que el oleaje no le confunda; la madre, la mujer de

la Providencia, amenaza al guerrero con un ademan que trae á nuestra

memoria las palabras de Agripa á Octavio: _¡levántate, verdugo!_ La

madre no le dice _levántate_; le dice _¡calla!_

Este cuadro es de una elocuencia arrebatadora; de una intencion sentida,

concienzuda y fuerte. No hay espacio alguno entre la vista y la emocion.

El sentimiento arrolla al juicio, lo absorbe, lo anonada: el juicio cae

de rodillas y adora.

Este cuadro nos impresiona instantáneamente; nos impresiona de un modo

profundo, sin que nos dé tiempo de deliberar acerca de si debe

impresionarnos ó no, como el esquife que se pone sobre un torrente, no

deja tiempo al marinero de echar el áncora.

Esto nos impresiona como el fuego nos quema: sin saberlo nosotros, aún

contra nuestra propia voluntad. Ese es el arte; ese es el genio, ese es

Vernet. Mientras que yo admiraba los pormenores más minuciosos de este

cuadro maestro, mi mujer volvió los ojos al otro lienzo de pared,

decorado por una pintura que representa á un hombre muerto, abandonado

en un campo de batalla. ¡Qué solemnidad! ¡Qué grandeza! ¡Qué poesía!

¡Qué espíritu!

Aquel monton de carne está allí entre los pliegues de su vestido, como

un trapo que se tira al suelo, y que contrae los dobleces á que le

obliga su gravedad. Realmente, aquel muerto parece un giron lanzado á la

tierra; un giron perdido entre sus mismos pliegues. Allá un árbol seco,

allá una piedra negra; el hombre está en medio, está muerto y solo.

¡Qué conocimiento tan profundo, y qué sentido tan delicado! ¡Con qué

seguridad se comprende aquí que no hay arte sin ciencia, que no hay

imágen sin pensamiento! ¡Con qué evidencia se comprende aquí que no hay

poeta sin que sea poeta y filósofo! Al ver aquel cuadro, al ver á un

hombre muerto en aquel páramo, no podemos menos de hablar bajo como si

estuviésemos en una iglesia.

Se supone que el guerrero del cuadro que examino murió hace algun

tiempo, la sangre ha debido descomponerse por el rocío de la noche y la

humedad natural de la tierra, y está amoratado, incomparablemente

amoratado.

Me parece que si llevo la mano al semblante del muerto, aquel semblante

se deshará como si fuera de salvado ó serrin.

Tiene la oreja empedernida y algo vidriosa; este viso cárdeno es mayor

por detrás de la misma oreja, y se va extendiendo, aunque más apagado,

por entre un cabello claro y flojo, como si aquella carne que se

desorganiza no tuviese vigor para sujetar la cabellera.

Mi mujer se cubrió los ojos, y exclamó aterrada: _no quiero ver más, no

puedo estar aquí_, y salió precipitadamente de la galería. Yo no pude

dejarla sola, exponiéndola á que se extraviara entre la multitud que

inunda estos salones, y no me ví con tiempo sino para clavar una mirada

y distinguir lo que he descrito.

¡Desdichado de mí! He venido especialmente á Versalles para tener

noticias de este nuevo género de pintura, y no he visto más que tres

cuadros. Pero ¡qué tres cuadros! ¡Qué tres cantos tan grandes añadidos

al inmenso poema del hombre! ¡Qué tres palmas más bellas coronando la

frente ensangrentada del ilustre mártir!

Lo repito; el arte que en el trascurso de tantos siglos habia adulado al

fuerte, al noble, al rico, al poderoso, vuelve hoy los ojos á un pobre

soldado, á un hombre insepulto, á un giron de carne, destinado á servir

de alimento á los buitres, y le levanta en esos lienzos un magnífico

panteon. ¿Qué mausoleo de ningun magnate de la tierra vale tanto como

esa pintura? Cuando vivia aquel pobre soldado, no tenia tal vez en el

mundo ni casa, ni abrigo, ni familia; muerto y abandonado en aquel campo

de batalla, Horacio Vernet le ha dado un palacio. De un hombre

desgraciado ha hecho un héroe; de un infortunio, de una desventura, de

un dolor, de aquella lágrima derramada allí, ha hecho Horacio Vernet una

solemnidad, una magnificencia, una gloria. ¡Dios le dará toda la que

merece por el bien que hizo al mundo, por el consuelo que da á mi

corazon! El pintor deja el mundo, se va por el campo, halla un hombre

muerto en un erial, lo coge y lo entierra. El pintor da tierra sagrada

al infeliz cristiano que no encontraba una sepultura. Ese cuadro que

miro y que venero, ese cuadro imponente y terrible, esa elocuencia

fervorosa, esa poesía adorable, esa pintura inmóvil y solemne, esa

íntima voz del alma que hace latir mi pecho, es un entierro, una

limosna, una caridad, unas exequias. El pintor llora sobre aquel rostro

mústio, sobre aquella carne amoratada, sobre aquel corazon helado.

Horacio Vernet llora, escribe sus lágrimas en aquel lienzo, y el pobre

soldado resucita, el muerto vive, el muerto es una creacion inmortal. ¡Y

hay quien dice que el arte no influye en los destinos de la vida! ¡Y hay

quien dice que el arte de Vernet es un arte gentil, protestante,

revolucionario! ¡Pobre gente! Horacio Vernet llora por aquel hombre

desamparado; Horacio Vernet le da sepultura, le da tierra sagrada; le

hace esa última y suprema piedad; Horacio Vernet da al mundo una lágrima

para que la vierta sobre esa tumba, esa tumba que él ha construido en

ese cuadro, por que ese cuadro es una sepultura cristiana, la violeta

que nace al pié de una cruz, el ciprés que se eleva en medio de una

soledad: ¿y á eso llamais gentilidad, protestantismo, revolucion?

¿Enterrar á un cristiano insepulto es revolucion, protestantismo,

gentilidad? Llorar por él, y resucitarlo con aquella lágrima de salud,

¿eso es gentil, revolucionario, protestante?

El arte de Horacio Vernet es el arte del infortunio, del dolor; el arte

de la Vírgen María que llora por su hijo al pié de la cruz. En una

palabra; la pintura de Horacio Vernet, es un arte que llora junto á un

muerto; es un arte que llora, y el arte que llora no es el arte gentil,

ni protestante, ni revolucionario.

El arte gentil rie. El arte protestante disputa. El arte revolucionario

quema. Si algun arte llora en el mundo, desde la creacion hasta nuestros

dias, ese arte es el espíritu del monte Calvario, el arte de un espíritu

que redime al hombre á precio de martirio, á precio de llanto.

¡Bien haya el rey que amontonó estas piedras, para que vinieran á servir

de alcázar á nuevos reyes! Sí; Luis XIV no es el gran rey de ese

palacio; su gran rey es Vernet. Un pintor se ha convertido en un

monarca; un pobre soldado insepulto, un pobre cadáver, se ha tornado en

héroe. ¿Y creeis que eso ha podido hacerlo la gentilidad? ¡No! Hacer de

una desdicha una esperanza, hacer de un dolor una magnificencia, hacer

de una lágrima un poder y una gloria, corred el mundo de cabo á cabo,

cavad la tierra de polo á polo, rebuscad la historia página por página,

escudriñadlo todo, desde el abismo á las estrellas; yo os digo que si

hallais en la creacion quien haga eso, será el cristianismo, el arte de

la cruz, la lágrima de la Vírgen María, como he dicho antes, y no me

canso nunca de repetir.

La lágrima fecunda y divina de la Vírgen cristiana, ese es aquel soldado

muerto, esa es aquella sublime pintura, ese es el arte del Evangelio,

ese es el arte del cristianismo.

Hemos almorzado en una fonda de la Plaza por trece francos, visitamos

las fuentes, las más ricas del mundo en juegos de aguas, oimos la música

militar cerca del estanque que está en último término, nos sentamos

haciendo parte de la sociedad elegantísima que inunda esta esplanada;

Vernet me llama y me reconcilia con ella; volvimos luego, tomamos el

ómnibus, ya divisamos las torres de Paris: á las seis de la tarde nos

apeamos enfrente del palacio de la Industria.

Al bajar del ómnibus, mi mujer y yo nos cruzamos algunas palabras: una

de las señoras que esperaban sin duda algun amigo ó algun pariente, se

acercó á nosotros y nos preguntó con el mayor afecto si eramos

españoles.

Es de Zaragoza, hace cuarenta años que vive en Francia, se llama doña

Antonia, está casada con M. Houzé y vive en Passy, calle Mayor, núm. 38.

Estamos convidados para ir á comer mañana en su jardin.

No puedo más por hoy. ¡Adios, Vernet! ¡Adios, Versalles!

Dia décimo octavo.

Visita de un ingeniero, excursiones históricas, epigramas.

Estamos quietos y tranquilos en nuestra habitacion. La idea de Versalles

nos preocupa absolutamente, como si no dejara espacio alguno en nuestras

imaginaciones para otra idea ni otro recuerdo. ¡Qué alcázar! ¡Qué museo!

¡Qué salones! ¡Qué lujo! ¡Qué riqueza! nos decimos continuamente mi

mujer y yo. Luis XIV no tenia necesidad de otro monumento que Versalles,

para que la fama le festejara con el epíteto de uno de los reyes más

galantes que conoce la historia.

En este momento sentimos que llaman á la puerta de nuestro cuarto; abro

y me doy de cara con un ingeniero español, á quien vi ayer en una de las

salas de Horacio Vernet. Sobre la escuela de este gran pintor, dije

cuatro palabras en presencia suya; noté que me miraba con cierta

sorpresa y maravilla; nos despedimos, ofreciéndonos mútuamente nuestras

habitaciones en Paris, y seguramente no esperaba yo tener hoy el gusto

de verme agasajado por su visita.

Le recibí con la franqueza alegre y cariñosa de paisano, porque paisanos

son los compatriotas cuando se ven en país extranjero; le supliqué que

se sentara; se sentó, y hubo un instante de silencio, ese instante en

que cada cual piensa lo que ha de decir, ó sobre qué ha de hablar.

--Usted extrañará, dijo sonriéndose el ingeniero, que haya usado tan

pronto del ofrecimiento que tuvo usted la bondad de hacerme de su

amistad y de su casa....

--No, señor, contesté interrumpiéndole; tengo bastante con la

satisfaccion de ver á usted en nuestra compañía.

Mi hombre inclinó cortesmente la cabeza, en señal de agradecer aquel

cumplido mio, y me miró con el encogimiento inevitable del que viene á

pedir alguna cosa. Yo le contemplaba de hito en hito, como para

comprender sus intenciones, y ver en qué actitud debia esperarle. Hable

usted con entera confianza, le dije, y á despecho suyo le cogí el

sombrero que tenia en la mano, y se lo coloqué en una silla. Despues

aproximé mi asiento al suyo, y le exhorté con una mirada de interés y de

afecto.

--Es el caso, dijo animándose nuestro interlocutor, que tengo una viva

curiosidad porque usted me explique lo que me dijo ayer en Versalles,

sobre la pintura de Horacio Vernet. Yo soy ingeniero; entiendo algo de

líneas rectas y de líneas curvas; pero no he estudiado hasta el presente

la erudicion del arte, y no alcanzo bien el sentido de ciertas escuelas.

Voy á confesárselo á usted ingénuamente. Todo lo que usted me dijo ayer

sobre los cuadros de batallas, me pareció extraño y peregrino, hasta

maravilloso, porque en aquellos cuadros veia yo una pintura

desembarazada y atrevida, nada más. Horacio Vernet era en mi juicio un

maestro de buenos arranques, de osada concepcion, de detalles felices,

un poeta social, no un arte nuevo, no una nueva escuela, no una grande

trasformacion, no un grande genio, como usted le llama. Esta poca

importancia que yo atribuia á Horacio Vernet y á sus cuadros, debe

provenir de que yo ignoro las revoluciones por que el arte ha pasado en

la historia; debe provenir de que yo ignoro lo que ha sucedido en el

mundo, y deseo vivamente que se tome usted la molestia de explicarme el

asunto.

--Pues, amigo mio, dije al ingeniero; echando á un lado la humildad

soberbia del hipócrita, contesto á usted que ha dicho muy bien. El arte

tiene sus antigüedades, su arqueología particular, unida al espíritu de

la historia, y es muy natural que no comprenda la importancia de Horacio

Vernet, no comprendiendo la profunda significacion histórica de su

escuela. Yo he estudiado algo acerca de esto, he aprendido un poco, nada

más que un poco, y voy á decírselo á usted sin reserva ni ambajes, con

la mayor ingenuidad del mundo, segun mi leal saber y entender, como

decian tan admirablemente los antiguos.

El mundo, este prodigioso y múltiple espectáculo que nos rodea por todas

partes, ha pasado por varios períodos, ha sufrido diferentes cambios; y

á cada una de esas mudanzas, á cada una de esas renovaciones, por

decirlo así, se ha dado el nombre de civilizacion; de modo, que podrémos

decir que ha pasado por varias civilizaciones. Para el objeto que nos

ocupa, bastará enumerar los períodos siguientes: período ó civilizacion

del Asia; tiempos de Grecia y Roma; tiempos de Esparta; tiempos

cristianos; tiempos feudales; renacimiento; edad moderna.

El Asia idolatró la materia de dos modos: la materia ruda, el monte, el

volcan, la serpiente, el cocodrilo; y la materia elemental: la tierra,

el aire, el agua y el fuego. La adoracion de la materia ruda es la que

se llama fetiquismo, el cual comprende toda la historia de Siria y de

Caldea; la adoracion de la materia elemental es lo que se llama

sabeismo, el cual comprende la tan famosa civilizacion egipcia.

Los griegos idolatraron la materia tambien, pero de otro modo. La

materia de los griegos no era la materia natural, la que encontraron en

la creacion, la sustancia visible del universo; era una materia que

ellos modelaron, era una materia artística. Propiamente hablando, los

griegos no idolatraron la materia como los asiáticos, sino la forma, el

contorno, la arquitectura. Aténas idolatró el arte, un arte bello en

apariencia, feo en realidad; gracioso y seductor en la superficie,

deforme y repugnante en el fondo; lleno por fuera, vacío por dentro. El

arte de Grecia es un cuerpo hermoso que no tiene alma, como hay mujeres

sumamente bellas que no tienen entendimiento ni corazon. Es un magnífico

pedestal, pero sin estátua; un sábio geroglífico, pero sin pirámide; un

arcano que no tiene misterios, ó bien un misterio que no tiene arcanos.

El arte de Aténas es materialista, grosero, impuro. No importa que Vénus

sea disoluta; el secreto está en que sea hermosa. No importa que el

demasiado aroma emponzoñe el aire; el secreto está en que se queme

aroma.

Esparta idolatró tambien; pero de otra manera, con otra intencion: es

decir, con otra especie de idolatría. El ídolo espartano es la patria, y

como el guardian de la patria era la guerra, el ídolo espartano es

tambien la guerra. No hay individuo, no hay familia, no hay hogar, no

hay casa; no hay más que nacion. El hombre se ha sacrificado al país; el

fraile se ha sacrificado al convento; el creador se ha sacrificado á la

criatura.

El Asia vivia en la fascinacion, Grecia y Roma en la fantasía; Esparta

en el comunismo guerrero.

El Asia coge la religion, la ciencia, la moral, la política, el arte,

todo, y lo quema en nombre del volcan ó del astro.

La Grecia echa por tierra el ara de aquellos sacrificios, remueve las

arenas y las momias del Asia, cierne las cenizas del fuego pasado,

coloca en la urna de su genio el polvo del arte, lo amasa á su modo, lo

compone, lo crea, y quema todo lo demás en nombre de su hermoso y

brillante ídolo.

La Esparta acude, ve que todo arde, que todo se sacrifica allí, alarga

una mano atrevida, valerosa, pujante, y aparta sólo la política de aquel

gran holocausto.

Materia, forma, patria, hé aquí los tres símbolos de esas tres edades,

de esas tres civilizaciones, de esos tres grandes y célebres reinados

históricos.

Nace despues en un cielo muy claro, muy limpio, muy sereno, muy

apacible; nace, repito, el sol venturoso que alumbra un establo de la

humilde Belém; nace el astro puro que vivificó todo el ambiente y toda

la tierra; nace el astro que alumbró la venida de Jesus, y el hombre,

sin conocerlo ni sentirlo, va penetrando en su raciocinio, en su

conciencia, en su voluntad, en su imaginacion, en su sentimiento, en su

creencia, en su trabajo; sin comprenderlo, sin adivinarlo, sin

presumirlo, por virtud de un espíritu que está en la mente de la

Providencia, como está el aire en los espacios de la atmósfera, el

hombre comenzó á penetrar en todo él, á comunicarse con él mismo en

todas sus fuerzas y relaciones; comenzó á conocerse, á conocer al

hombre, á conocer la naturaleza, á conocer á Dios. El hombre cristiano

vivió para la ciencia, para la moral, para el dogma, para la política,

para el arte, para la industria, para el comercio, para el oficio, para

todo lo que encontró en el universo; porque ese universo, todo ese

cúmulo de poder, de grandeza y de gloria, era la alta ciudadanía que

daba Dios al nuevo ciudadano. ¡Mudanza portentosa! ¡Trasformacion

inconcebible y adorable! ¡Catástrofe divina! El mundo piensa, cree,

elige, discute, imagina, siente, trabaja; calla la sinagoga judía;

callan los agüeros paganos; callan los oráculos gentiles; callan los

dioses mitológicos; callan los geroglíficos egipcios; los ídolos callan,

callan para siempre; muchas sepulturas se abren, muchos muertos

asoman.... Otro mundo principia, otro rey manda, otro Dios gobierna.

El Asia, Grecia, Esparta y Roma, dieron al hombre lo que ellas crearon

para él.

El cristianismo ha dado al hombre lo que para él ha creado el cielo.

El mundo se creó sustancialmente en el génesis de Moisés.

El mundo se creó espiritualmente en el génesis de Jesus.

El cristianismo es la renovacion moral de la vida; la reconstruccion de

la primitiva casa del hombre. Para el espíritu de la moral cristiana, el

ciego ve, el sordo oye, corre el tullido, sana el enfermo, el pobre es

rico, el pequeño es grande, el ignorante es sábio, el extranjero es

nuestro hermano.... ¿No le parece á usted todo esto inmensamente grande?

¿No le parece á usted inmensa y providencialmente grande, inmensa y

santamente providencial, providencial é inmensamente santo?

--Sí, señor, contestó el ingeniero.

--Pues bien, repuse yo, ahí está Horacio Vernet; ahí están los cuadros

de Versalles; ahí están aquellas preciosas batallas.

Cada una de las renovaciones que ha operado en el mundo la ley

cristiana, tiene sus artífices, sus personajes, sus creadores, sus

artistas históricos, si así puede decirse. Uno de esos grandes artistas,

de esos creadores, de esos personajes de la historia; uno de esos

grandes obreros del gran taller, del taller cristiano, es el modesto, el

retirado, el humilde, el glorioso Horacio Vernet. Horacio Vernet es en

pintura, lo que San Bernardo en religion, lo que San Agustin en moral,

lo que Descartes en filosofía, lo que Bichat en ciencia, lo que Federico

de Prusia en política, lo que Guttemberg y Colon en el invento, lo que

el Dante en la poesía épica, lo que Petrarca en la poesía lírica, lo que

Shakspeare en la dramática, lo que Cervantes en el romance y en la

novela, lo que Bellini é Hyden en música, lo que Montgolfier, Vaucauson

y Fulton en industria y comercio. Un gran renovador de la humanidad, un

poderoso artista de la historia, eso es lo que vimos ayer en Versalles;

ese es Horacio Vernet.

Para el pintor del Asia, la pintura era un ídolo.

Para el pintor de Grecia, una Vénus, un héroe, unas bodas.

Para el pintor de Esparta, un guerrero.

Para el pintor feudal, un señor ó un fraile.

Para el pintor del renacimiento, un rey ó un santo.

Para Horacio Vernet es el hombre; el hombre muerto en aquel campo de

batalla; aquel hombre puesto boca abajo, solo, abandonado de todo el

mundo, sin más testigos que una piedra, una mata y el cielo; aquel

hombre muerto para la materia, lleno de vida y de verdad para el arte,

para la moral y para el dogma; aquel hombre tan lleno de vida y de

belleza, que aún estando difunto, que aún siendo cadáver, parece ser el

habitador de aquel desierto, el genio imponente de aquella soledad. Se

dice que el arte de Vernet es una escuela puramente social, profana,

protestante: ¡No! ¡Mil veces no! Eso sólo puede decirlo la ignorancia, ó

el odio, ó la calumnia. La pintura de Horacio Vernet no sólo es un arte

atrevido, fecundo, armonioso, patético, ardiente, sino un arte maduro,

pensador, ferviente, religioso, religiosísimo. Es el arte sublime de la

madre que llora por su hijo, que se va á la guerra; el hijo, que es tal

vez aquel hombre muerto en un escampado. La pintura que vimos ayer en

Versalles, es el arte de la lágrima cristiana, como he dicho en estos

apuntes más de una vez.

--Mas ¿por qué, preguntó el ingeniero, cuenta usted á Colon entre los

genios inventores?

--Porque en Colon, respondí yo, lo mismo se halla la ciencia austera y

convencida que nos demuestra una verdad, como la afortunada inspiracion

del que inventa, como la idealidad poética del que adivina, como la

hábil diligencia del que ejecuta, como la valentía del que pelea, como

el instinto del que organiza. Colon presiente un nuevo mundo, del mismo

modo que mueve el timon de una nave, del mismo modo que desnuda la

espada, ó que mira la brújula, ó que conquista un territorio, ó que

enarbola el estandarte de la redencion. Colon es tan sábio como poeta,

tan poeta como marinero, tan marinero como inventor, tan inventor como

soldado, tan soldado como caudillo; en una palabra, servia tanto para

menestral como para príncipe, ó para príncipe como para menestral.

Despues de la esperanza que el hombre tiene en Dios, lo más grande del

mundo es el genio, y Colon es uno de los genios más grandes de que puede

gloriarse el mundo.

--¿Quién cree usted que es más grande, Colon ó Napoleon I?

--Colon, incomparablemente más.

--¿Y entre Colon y Hernan Cortés?

-Colon.

--¿Y entre Colon y Washington?

--Colon.

--¿Y entre Colon y Horacio Vernet?

--Ambos: ambos trabajaron, no para un pueblo, no para su gloria, sino

para todos; para el pensamiento cristiano. Conquistaron un mundo, y se

lo dieron á la humanidad sin orgullo y sin pompa.

--¿Y qué artífices tiene nuestro país en la renovacion cristiana? ¿Será

cosa que España no tenga á nadie en esa segunda humanidad?

--Sí tiene; tiene á San Isidoro de Sevilla, en erudicion; á D. Alonso el

Sábio, en leyes; á Santa Teresa de Jesus, en disciplina y en ejemplo; á

Juan de Mena, el marqués de Santillana, Garcilaso, Fray Luis de Leon,

los Argensolas, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Rioja y Herrera, en

poesía lírica; á Calderon, en poesía dramática; al soldado Alonso de

Ercilla, en poesía épica; al autor del _Quijote_, en el romance; á

Blasco de Garay, en el invento; al Padre Mariana, en historia; al Padre

Isla, en sátira; al Padre Feijóo, en crítica; á Vives, en literatura

filosófica; á Campomanes, en organizacion social; á Jovellanos, en

economía; á Florez Estrada, en hacienda; y así otros muchos que no

recuerdo en este instante.

--¿Comprende usted ahora, pregunté al ingeniero, la importancia de la

pintura de Horacio Vernet? ¿Comprende usted ahora la importancia, el

carácter profundo y el profundo sentido histórico de ese gran pintor?

--Sí señor, ahora lo comprendo.

A renglon seguido me preguntó cuándo nos veriamos; le ofrecí visitarle;

se despidió con un hidalgo y fervoroso apreton de manos, y mi mujer y yo

quedamos solos. Mi compañera se vistió en un santi-amen; cátanos en la

calle, mi querido lector, á los pocos minutos.

Apenas salimos del portal de la fonda, cuando veo pasar á una jóven muy

alambicada, con mucho adobo, mucho menjuge y alguna sobra de eso que

llaman colorete, la cual volvia el rostro con mucha frecuencia. Á mí se

me ocurrió la siguiente quintilla, sin embargo de no pertenecer _al

gremio de los trovadores_.

Vuelves el rostro bruñido;

¿Qué se te perdió, doncella?

Y contestó un atrevido:

«No, nada se la ha perdido,

Es que se ha perdido ella.»

Seguimos hasta la calle de Richelieu, y al doblar á mano derecha, como

quien va al boulevart de los Italianos, vemos dos señoras que se apean

de un coche. La una es de cierta edad, y va vestida como conviene; la

otra es jóven, vivaracha como una ardilla, debe hablar como una cotorra,

y lleva un aderezo encarnado con lazos rabiosos, hojuelas doradas y

relumbrones. Al ver tanto arrumaco, y tanto perifollo, y tanto

ringorrango, y tantos peregiles, como decimos por allá, se me ocurrió

otro verso.

Tan compuesta ayer te ví

Que loco me enamoré;

Mas la verdad, hoy no sé

Si fué del traje ó de tí.

Esto debe decirse de todas las jóvenes que, llevadas de la pasion

funesta de que las adoren por el vestido, suponen al traje un encanto

que es el secreto de la modestia, del recato, de la sencillez y de la

virtud. ¿No conocen las jóvenes que una tela no puede inspirarnos amor?

¡Quieren ser ídolos muy ataviados, muy bonitos por fuera! ¡Ay! Ese ídolo

es adorado un dia, luego se ve que es barro; el idólatra se avergüenza;

se retira á escondidas del falso culto, y el dios fingido cae del altar.

Esos lazos color de sangre, esas hojuelas relucientes, esos reflejos y

esos prismas, son teas engañosas que alumbran en la calle, en la

tertulia, en el festin; el interior de la casa, el interior de la

familia, el corazon del hombre está á oscuras.

Limpieza, recato, virtud y una flor, una flor sencilla, una flor del

campo, una flor pura y olorosa: hé aquí el traje más rico de una jóven;

hé aquí la gala más preciosa, la de más efecto, la que más enamora á los

hombres sensatos, á los hombres que son capaces de hacer feliz á una

mujer. Si el cielo me hubiera concedido una hija, no me cansaria de

repetírselo dia y noche. El lujo, el excesivo ornato, el loco deseo de

dar al artificio lo que debe ser obra de la naturaleza; más claro, el

extravagante y loco deseo de encantar al hombre, presentándose á sus

ojos con el ridículo atavío de una muñeca, cuando Dios no ha dado aquel

encanto á la muñeca, sino á la mujer, es positivamente lo que ha causado

más desgracias en este mundo, y desgracias las más irremediables y

lastimosas. Aquella pasion funestísima, aquel prurito inconcebible, ha

hecho más víctimas que las pestes, las plagas, las hambres y las

guerras. Es un cólera morbo que no se va nunca, que siempre está

diezmando la poblacion. Es el vómito negro, ó la fiebre amarilla de las

mujeres; la más peligrosa y pestilente de las enfermedades endémicas.

Jóven, en cuyas manos caiga por casualidad este libro, cree lo que te

dice un hombre que tiene ya canas, que comprende algo de los achaques de

la vida, algo de los achaques de la mujer, y que sin conocerte, desea

verdaderamente tu felicidad, como desea la felicidad de todo el mundo:

no te dejes llevar de reflejos que lucen por fuera; no ahogues tu alma,

no ahogues tu corazon, no ahogues un deseo que te ha dado el que creó el

sol y las estrellas; no ahogues el encanto que te ha dado Dios, el

encanto que está en tí misma, que va contigo; no ahogues esa virtud

divina dentro de una hojuela dorada, de un lazo encarnado, de un prisma

azul ó verde. No sacrifiques el brillante que se cria en el cielo y en

tu alma, al otro diamante que se cria en el monte, y que puede ser el

pago infame que da el vicio á la mujer que pone en olvido sus deberes.

Yendo muy compuesta, puede suceder que te mires un dia al espejo, y que

palidezcas y te sonrojes. Yendo aseada y limpia, limpia de alma y

cuerpo, mírate al espejo sin cuidado; mírate cuando quieras; la mirada

ingénua de la que obra bien llenará tu pecho de alegría. No lo olvides

por Dios, jóven que leas estos pobres apuntes: limpieza, recato,

sencillez, virtud y una flor; deja lo demás al cuidado del cielo; un

hombre te amará, te amará de veras, como tú deseas ser amada, y serás

venturosa hasta en tus hijos.

Es casi seguro que mis lectores se cansarán de estos sermones

indigestos; pero me atrevo á suplicarles indulgencia, en gracia al menos

de la buena intencion con que lo hago. ¡Quién sabe si alguna mujer, al

ver estas líneas, sale del abismo de la perdicion, del abismo del lujo,

de la idolatría de los aderezos, de las joyas y de las galas! ¡Quién

sabe si mis fervorosos consejos pueden hacer algun bien en el mundo! El

verdadero escritor, el escritor de buena fe y de buen deseo, es tambien

un ministro de la moral, un sacerdote de la religion. Mi querido lector,

perdóname. Imploro tu indulgencia por mis predicaciones, y vuelvo á

predicar cuando quiero excusarme de haber predicado. Hago lo que aquel

que se arrepentia de arrepentirse de haberse arrepentido.

Salimos al alegre y hermoso boulevar de los Italianos. ¡Greñas de

Sanson! Las fotografías inundan este pueblo, como la langosta inunda los

campos. Retratos para medallones, para sortijas, para guardapelos, para

tarjetas, para cartas, para todo. Creo que llegará tiempo en que un

zapatero ponga su retrato fotografiado en la suela de cada zapato que

hace, y en que los aguadores peguen tambien su estampa con engrudo, en

el _frontispicio_ de la cuba, como medio de identificar la persona.

Creo, y lo digo formal, que dentro de poco serán inútiles las cédulas de

vecindad, llevando cada cual su fotografía en el bolsillo, ó pegada al

pecho á guisa de medalla ó de cruz. El fotógrafo sucederá al agente de

policía. Á mí se me ocurre otro verso:

Retrátate, sí, Torcuato;

Basta de hablar: ¡pronto! ¡pronto!

Hoy no se puede ser tonto....

Si no lo dice el retrato.

En una de las esquinas de la calle de Lepelletier, hemos visto un marco

con el retrato de un señor muy gordo, cuyo señor, segun se dice, cuenta

con probabilidades de salir presidente del congreso de diputados. Este

buen señor se llama _Monsieur Chou_, que es como si dijéramos en

castellano _el señor Col_. Con este motivo (¡maldicion!) se me ocurre

otro verso. Estoy escandalizado de mí mismo. Nunca me he dado á la

poesía, y en cuanto hoy miro veo redondillas castellanas. Vamos al

presunto presidente.

Monsieur Col, el hombre grueso,

De presidente saldrá,

Y de este modo tendrá

Verdura todo el Congreso.

A los veinte pasos del retrato del _señor Col_, vimos venir como una

procesion de hombres, en el momento de desembocar de la calle de

Provenza. Nos emparejamos con la procesion (tal nos parecia á nosotros),

pregunté á un tendero que se habia asomado á la puerta, atraido por la

novedad, y este hombre me dice que es una sociedad de judíos, la cual

celebra no sé qué fiesta religiosa, en solemnidad de la apertura de un

ferro-carril, canal, ó cosa semejante. Prosiguiendo yo en mi manía de

ver versos en todo, hasta en la fiesta de los judíos, me acordé de un

epigrama de D. Narciso Serra, que mis lectores no podrán comprender, sin

cuatro palabras que expliquen el caso. Habia en Madrid una empresa ó

sociedad dramática, que tocaba su ruina con la mano, sino con la mano

con el bolsillo, (¡cosa tan de moda en las empresas teatrales de

Madrid!) y en las boqueadas de la agonía, resuelve celebrar el

aniversario de Lope de Vega. Y para que este aniversario causara más

rumor en el ánimo público, y acudiera gente al teatro, se anunció en

algunos periódicos que se diria una misa por el alma de aquel ilustre

ingenio, á cuya misa fuéron invitados varios actores y literatos

distinguidos, entre ellos D. Narciso Serra, que dijo á los socios, antes

de principiar la ceremonia:

En esta misa de pega,

Presumo que cada socio

Rezará por su negocio

Más que por Lope de Vega.

Esto digo yo de la sociedad de judíos. Más que del espíritu de Jehová,

se acordarán indudablemente del tanto por ciento que se prometen del

canal ó del ferro-carril.

Entramos en el célebre restaurant de la Sílfide, nos sentamos, se llega

un garçon ... pero basta por hoy, mis queridos lectores. Para mañana

tengo un plan oculto. Pienso levantarme muy temprano, y sin que lo sepa

mi mujer, me iré al Luxemburgo, visitaré el palacio, pasearé por las

alamedas, luego tomaré el ómnibus que va á San Cloud, partiendo del

palacio Real y haciendo escala en el arco del Triunfo, y me alargaré

hasta el famoso bosque de Bolonia.

=Dia décimo nono=.

Omnibus.--El Paris de acá y el Paris de allá.--Palacio de

Luxemburgo.--Sus estátuas, sus paseos.--Mujeres del pueblo que hacen

labores manuales en las glorietas.--Bosque de Bolonia.

--Catelan.--fisonomías diferentes de los garçones de mi

hotel.--Pesares.

Antes de las siete de la mañana estoy situado en una esquina de la calle

de Richelieu, dando cara al magnífico bulevar de los Italianos. Espero

el ómnibus que va al palacio de Luxemburgo.

Durante once minutos que he permanecido cerca de la esquina, han

atravesado el bulevar de los Italianos cuarenta y nueve ómnibus con

veinte personas cada uno, diez en el interior y otras diez en el

imperial. Suponiendo que en el trascurso de toda la carrera se renueven

tres veces los pasajeros, los cuarenta y nueve ómnibus operarian un

trasporte de cuatro mil personas próximamente.

Este cálculo no debe parecer exagerado á los lectores, cuando he visto

ayer en un periódico semi-oficial, que existen en circulacion

cuatrocientos sesenta y tres ómnibus, trescientos sesenta y nueve para

las varias carreras de Paris, y noventa y cuatro para los puntos

circunvecinos.

Los cuatrocientos sesenta y tres ómnibus de que hablo, han andado por

dia ocho mil trescientas diez y seis leguas, ó sea al año tres millones,

treinta y tres mil setecientas cuarenta.

Los viajaros trasportados en todas las líneas han subido á más de

cuarenta y nueve millones y medio (49.590.421) en 1856, y á más de

sesenta millones en 1857 (60.067.147), resultando un exceso de más de

diez millones de transeuntes á favor de la última época.

El producto de los ómnibus destinados al servicio especial de Paris,

montó en 1857 á treinta y seis millones y medio de reales.

Al fin pasó el ómnibus que va á Luxemburgo por las Tullerías y el Puente

Nuevo, y subí al imperial. Me parece que voy sentado sobre la azotea de

una pequeña casa ambulante.

A los veinte minutos estábamos en nuestro destino, despues de haber

atravesado varias calles estrechas que no se parecen en nada á las

anchas y bulliciosas del otro Paris. Note el lector que en Paris hay dos

poblaciones distintas, distincion marcada por el curso del rio. Cada

orilla es una frontera de aquellos dos países, representantes de dos

grandes períodos históricos, de dos grandes razas sociales, si así puede

decirse. Hay el Paris de la tradicion, y el Paris de las creaciones

modernas: en el primero habitan con predileccion los nobles y los ricos

que buscan silencio, despues de haber buscado una buena renta entre el

bullicio y la algazara. En el segundo habitan los comerciantes, los

banqueros, los cambistas, las gentes de moda, de actualidad, gentes que

quieren producir efectos cómicos ó trágicos, y los miles y miles de

curiosos y de negociantes extranjeros que este gran centro llama.

Estas dos varias sociedades que se disputan el señorío de Paris, el

giron de un mundo que ha caducado ya, y el otro giron de un mundo que no

se ha organizado todavía, están simbolizados en dos edificios:

_Luxemburgo y la Bolsa_.

Luxemburgo es el monumento del privilegio y de la renta.

La Bolsa es el templo del movimiento, de la creacion y del cambio.

Las Tullerías están situadas entre estos dos mundos antagonistas, como

si quisieran participar del recuerdo del uno y de la fuerza del otro,

presentándose como un tratado de paz entre ambos.

El Luxemburgo es un palacio inmenso, grave, solitario, majestuoso. Su

fábrica se halla en muy buen estado, y no obstante, despierta en nuestro

ánimo esos recuerdos señoriales que parecen dormir entre las ruinas

negruzcas de un antiguo castillo.

Tiene una espaciosa glorieta, con surtidores, grupos y estátuas, además

de un hermoso y bien asistido paseo.

Al examinar las muchas estátuas que siembran estos silenciosos lugares,

he notado que la demasiada asistencia, el demasiado esmero y el excesivo

aliño de que aquí son objeto todas las cosas, quitan á las concepciones

artísticas el encanto del arte, el aura indefinible y deliciosa que lo

rodea en otros países. Aquí todo parece lo mismo, porque el cuidado que

está en todas partes lo nivela todo, despojando á la obra del hombre de

esas variedades de siglo y de lugar que constituyen el gusto maestro de

la naturaleza.

Un poco de limo verdoso en una estátua la comunica la sancion venerable

del tiempo, el sentimiento inexplicable de la historia; y este espíritu

vago y armonioso á la vez, este espíritu que viene á denotarnos el

contraste que resulta entre lo transitorio de la piedra humedecida por

un poco de limo, y lo eterno de la moral que aquella piedra simboliza;

esta vaguedad espontánea, sencilla, verdadera, invisible, que va y viene

entre lo que se toca y lo que se adivina, entre el limo y el genio, es

precisamente la pincelada que da al arte su sentido más ideal, más bello

y más profundo, porque es el sentido más conforme á la poesía de la

creacion, es decir, á la poesía inimitable de la verdad.

No hay naturalidad en estas creaciones; la naturalidad con que la yerba

es verde, con que el cielo es azul, con que la estrella nos envia sus

luces plateadas. Noto cierto entumecimiento en este arte; es creador,

infatigable, jóven; pero parece un jóven tullido; un tullido que no

puede moverse sin que la paralísis le arranque un dolor y una queja. No

sé si me equivoco; pero esto es lo que me dicta mi sentimiento, ageno á

toda preocupacion de envidia, de odio ó de historia. Es un arte

magnífico, colosal; pero le falta un no sé qué de arte.

Despues de examinar las estátuas, me interné en el paseo, y vi con mucho

gusto á varias familias artesanas haciendo labores manuales, bajo los

árboles de las glorietas. Esta costumbre es verdaderamente pintoresca,

infantil, encantadora, patriarcal. No he visto en mi vida á esas

mujeres, no las he mirado á la cara, y las tengo cariño, porque tengo

cariño á las yerbas que tocan, á esta vida que llevan, á este aire que

respiran.

Me interné más en los jardines, y me ví solo; no tenia más compañeros

que las flores y el rumor indeciso de una leve brisa de verano, y me

parecia que distaba de Paris muchas leguas.

¡Cuánto preferiria una gruta aquí al hotel de la calle Feydeau! ¡Cuánto

más grata me seria esa casita que estoy viendo, cerca de la estátua del

pintor Lessueur!

Ahora me siento enfrente de la estátua. Unos ramos de madreselva se

agitan suavemente sobre mi sombrero. ¡Qué bien me encuentro aquí! Me

parece que soy mejor, y que me amo más á mí propio. Á un tiempo oigo el

acompasado y casi imperceptible susurro del viento entre las hojas de

los árboles, el ruido lejano de agua corriente, el acento festivo de

unos niños que juegan, y el clamoreo confuso que nos anuncia la

proximidad de una gran poblacion, como el sordo rumor del oleaje nos

anuncia la cercanía del Océano.

Me acordé que tenia que volver á Paris, y sentí dos cosas: repugnancia y

temor, casi miedo.

Soledad, encanto del triste, encanto de mi corazon, vírgen de mis

pesares, vírgen de mi alma; si amas, si esperas algo en este mundo, dame

tus amores y tus esperanzas. Si tienes dolores, si tienes misterios,

dame tus misterios y tus dolores.

Al poco tiempo subia en un ómnibus que me llevó al Palacio Real, y luego

en otro que tenia la carrera de San Club, haciendo escala en el arco de

la Estrella. Allí me apeé y seguí hasta el bosque de Bolonia.

El bosque de Bolonia no es un paseo, propiamente hablando: es una selva

que tiene leguas de extension: es el desahogo de las gentes de carruaje

que van allí, como se va á tomar aires al campo. Se encuentra cascada,

lago, isleta en medio con puentes rústicos, de un aspecto gracioso;

chinescos, barquillas, circo y muchos espectáculos de varios géneros.

Yo me interné hasta donde logré quedarme solo, sin oir otra cosa que el

ruido confuso de los coches y el crugido del látigo.

Me senté un instante sobre la yerba, y me vi halagado por una expansion

y un bienestar que no experimentaba desde nuestra llegada á Paris. Me

parecia que en aquel momento recobraba la libertad, y sentia por la luz

esa especie de religiosa gratitud que siente el cautivo. Miraba hácia

bajo, y veia musgo verde; miraba en torno mio, y veia árboles; miraba á

lo alto, y veia cielo. Sentado en una piedra solitaria, á despecho mio,

me acude la idea de Andalucía, la idea del país en donde he nacido y me

he criado. Hace veintidos años que dejé la casa paterna; volví á los

nueve con el deseo de abrazar á mi madre; pero no pude verla; no estaba

en el mundo; habia muerto. Á la hora de morir, cinco hijos rodeaban su

lecho, uno faltaba. Mi madre diria en su corazon: «¡bien se lo dije! ¡El

tiene la culpa; me muero sin verle!» ¡Tenga Dios misericordia de mí!

Mi madre no vivia; pero la Providencia ha dado lágrimas al hombre para

lavar con ellas sus pecados, sus olvidos, sus yerros; y lágrimas

ardientes y fervorosas humedecieron el sepulcro de la que me dió el sér.

¡Gloria! ¡Sueño terrible! ¡Angel cruel, cuánto has comido de mi alma y

de mi cuerpo! ¡Quién lo hubiera sabido! ¡Quién hubiera podido

adivinarlo! Los campos en donde pasé mi niñez no me hubieran visto

desertar; el Océano no hubiera dejado de oir mi pobre voz; yo hubiera

visto morir á mi madre y á mis hermanos. Una humilde choza por vivienda;

un saco de paja por lecho; un haz de enea por almohada; una honrada

esteva por oficio; pan, agua y salud por alimento; un ramo de tomillo

por corona; los bosques, los mares y los cielos por poesía; el Dios que

llena al mundo por esperanza; ¿qué más podia apetecer? Tú tenias razon,

madre de mi alma; tú me decias bien, madre de mi vida. Te desobedecí,

fuí ingrato á tu amor, fuí sordo á tu llanto, y el cielo me castiga por

aquella culpa. Pero tú que fuiste tan buena, tan paciente, tan generosa;

tú que tanto sufriste, que tanto lloraste, madre de mi vida, madre de mi

alma, tú perdonarás á tu hijo.

Apenas me desembarace de ciertos asuntos que me tienen amarrado en

Madrid; más claro, apenas logre reunir algun dinero, me iré á Sevilla,

mandaré hacer una losa, pasaré á la raya de Portugal, y yo mismo la

colocaré en una sepultura, en nombre de todos mis hermanos. Ya tengo

hecho el epitafio, el cual pertenece tambien á mis lectores; hélo aquí.

«FILOMENA, JOAQUINA, NICOLÁS, AMPARO, HERMENEGILDA Y ROQUE,

Á SU ADORADA MADRE.»

«Tras estos mármoles fijos

Verá nuestra amante fe,

Que una madre siempre ve

Las lágrimas de sus hijos.»

Lector mio, cuando esta obra se publique, no te parezca cara. No tengo

otro sueldo, ni otro patrimonio que mi trabajo personal, mi trabajo de

sol á sol como humilde obrero de la inteligencia, y de esta obra he de

sacar más de mil duros que habré tenido que gastar para escribirla, y si

pudiera ser, para comprar la lápida de mi madre.

Medio enternecido y medio lloroso me levanté de aquella piedra, y empecé

á dar vueltas por allí. Miré á todos lados, no habia nadie ¡qué

felicidad! Hay ciertos instantes en que los hombres me inspiran miedo;

ciertos instantes en que el silencio es mi más dulce compañía.

Caminando despues al acaso, encontré una pequeña columna. La piedra es

historia tambien, y me vino en deseo conocer la historia de aquella

piedra. Héla aquí tal como ha llegado á mis oídos.

Hubo un francés apellidado _Catelan_, el cual vivia santamente en

Provincias. Á este Catelan se ocurrió la idea (cualquiera otra le

hubiera salido mejor) de trillar el camino de Paris, con el objeto de

conducir varios presentes al rey de entonces. No me acuerdo en este

momento qué rey era; pero desde luego debe suponerse que un rey de

antaño debia ser, porque al morirse aquel Catelan, comenzaron á morirse

los Catelanes que trillan caminos para hacer presentes.

Púsose en marcha aquel bendito hombre, despues de haberse confesado,

porque tambien hubo un tiempo en Francia en que el cristiano tenia que

proveerse de la confesion, como del primer artículo del viaje.

Noticioso el monarca de la venida del buen Catelan, ó de los presentes

que Catelan traia, ora fuese por Catelan, ora por los presentes, porque

la tradicion no aclara este punto, envió un piquete de soldados bajo el

mando de un capitan, cuyo piquete tenia por fin el guardar al espléndido

provinciano de los bandoleros y asesinos que infestaban á la sazon el

bosque de Bolonia. Sépalo el brillante Alejandro Dumas. Hubo tiempo en

que los vasallos se confesaban para caminar; tiempo en que los

bandoleros y asesinos empedraban el bosque de Bolonia, si el gran

novelista me permite la palabra empedrar.

El capitan que mandaba la escolta se situó en los puntos convenientes,

el buen viajero se vió libre de los huéspedes habituales del bosque,

pero ¡cosa imprevista! no se vió libre del capitan. El capitan de los

soldados se puso en lugar de los bandidos, y el pobre Catelan fué robado

y muerto.

Mucho tiempo despues tuvo lugar un baile en palacio, y una señora de las

asistentes llevaba un objeto de que constaba ser portador el asesinado

en el bosque de Bolonia. Dieron principio las sospechas, luego las

pesquisas, por fin se adquirió la evidencia del crímen, el capitan fué

ahorcado, y el célebre bosque vió alzarse una piedra en obsequio y honra

del fiel vasallo Catelan.

Esto es, punto más, punto menos, lo que acerca de esta columna cuenta la

tradicion, y no deja en verdad de ser un consejo provechoso.

Parece imposible que este bosque tan concurrido, tan guardado, el paseo

de la alta sociedad de Paris, el refugio y el embeleso de las gentes de

coche y librea, haya sido un tiempo guarida de asesinos y de ladrones.

Sin embargo, hoy se invoca aún por cierta escuela la moralidad de

aquellos tiempos. Cierta escuela grita aterrada que tocamos ya un

período disolvente, que nos precipitamos por instantes en un abismo de

perdicion. La escuela á que me refiero dice bien: corremos por instantes

á la disolucion.... de dicha escuela.

A las once en punto entraba en el patio del hotel de Feydeau. Los

garçones me hicieron un saludo apenas perceptible. Esto quiere decir que

no iba bien vestido. En efecto, mi mujer y yo hemos notado repetidas

veces, que los saludos son más ó menos afectuosos, más ó menos

cumplidos, á proporcion del traje que llevamos. Esto es un motivo

curioso de estudio, porque el lector comprenderá sin duda las infinitas

gradaciones que deben mediar, desde balbucear los buenos dias á un

mendigo, hasta doblar ambas rodillas ante un emperador.

¡Ay! ¡Cuándo y dónde, encontraré un pueblo en la tierra, en que no se me

mire al pecho y á los piés, como para ver si llevo cadena y bota de

charol; para ver si pueden esperar de mí una _propina_; sino que se me

mire á la frente y á los ojos, para ver si tengo talento y bondad con

que hacer un bien á este mundo!

¡Cuánta fe necesita el hombre para que su alma no se cáuterice, al tocar

la hiel corrosiva de estas nauseabundas experiencias!

No siento odio; acaso no siento desprecio tampoco, pero siento una

profunda lástima, y sobre todo un profundo dolor.

Este es quizá un malvado, un holgazan, un idiota.

--¿Lleva cadena?

-Sí.

--¿Lleva brillantes?

-Sí.

--¿Va en coche?

--Sí.

--¿Se inclinan ante él sus lacayos?

-Sí.

--¿Quién es?

--Un semi-Dios.

Este otro es honrado, caritativo, afectuoso, creador, valiente.

--¿Lleva los bigotes untados con resina á izquierda y derecha, como si

fuese pregonando la guerra al gran turco?

--No.

--¿Lleva cadena?

--No.

--¿Lleva brillantes?

-No.

--¿Va en coche?

--No.

--¿Tiene una librea que le idolatre?

-No.

--¿Quién es?

--Nada; un pobre diablo.

Si esto fuese verdad; si esta fuese la ley moral del mundo, si esta hiel

que devora fuese el espíritu de la creacion ¡qué horrible seria la

Omnipotencia del que hizo al hombre! ¡Qué horrible seria la Omnipotencia

del que nos creó, para corroer nuestras entrañas con aquella ponzoña!

Afortunadamente no es así; entre aparentes contradicciones, Dios triunfa

siempre; entre huracanes y nublados, el sol siempre brilla.

Mi mujer me esperaba con impaciencia; almorzamos en el restaurant de la

calle del Banco, y empleé la tarde en escribir para _La América_, el

primer artículo sobre la Europa. De este modo dió fin el dia vigésimo.

=Dia vigésimo=.

Historias.

¡Pobre Luisa! Así se llama la mujer vestida de negro. Cuando volvimos de

almorzar, estuvimos hablando con la lechera, la cual nos reveló secretos

que nos afligen profundamente. La jóven que habita uno de los cuartos

principales del hotel de enfrente, no es francesa; es de Pisa, una de

las más célebres ciudades de Toscana, una de las más bellas ciudades del

mundo. A Pisa fué, con el objeto de convalecer de una enfermedad, cierto

estudiante del partido de Rodhese, departamento de Lyon; el tal

estudiante vió á Luisa, se enamoró de ella, hubo de decírselo, y á ella

hubo de parecerla bien: si no bien, no debió parecerla mal, por lo que

luego verán mis lectores. Luisa se enamoró tambien, y esto era necesario

para que se cumpliese la verdad constante de que las jóvenes se enamoran

siempre, casi siempre, de lo que ha de hacerlas desgraciadas. Es un

arcano incomprensible de la edad, una sombra que lleva consigo la

inocencia. El amante descubre á su familia y á la de la novia, la

intencion que abriga de unirse á Luisa, y ambas familias se opusieron

abiertamente, en atencion á la poca edad de los novios, puesto que él no

tenia veinte años, y ella acababa de cumplir diez y siete. Los novios

insistieron en sus propósitos, y no sólo insistieron, sino que se amaron

con más ahinco, se amaron con el frenesí de la prohibicion; más claro,

se divinizaron en su fantasía, creyéndose héroes de novela, mártires del

amor. La generalidad de los padres ignora cuánto influye esto, y con

cuánto cuidado se debe evitar. Creen que esas imaginaciones son

poesía.... ¡Ah! ellos no saben que la poesía es una de las cosas que más

arrastran á la humanidad, uno de los poderes más formidables de la vida,

especialmente cuando todavía hemos vivido poco, cuando la hiel de los

desengaños no ha acibarado nuestro corazon, cuando nos encontramos en la

poesía del que sueña, porque todavía no comprende. Sí; entiéndanlo los

padres; la fantasía, la emocion poética, es lo que más seduce á una

jóven; eso que ellos creen que es un puro romance de ciegos, es la

tentacion más fascinadora y más irresistible. El sueño del alma es lo

que más puede en el hombre y en la mujer, cuando el alma de las mujeres

y de los hombres se encuentra en la edad de soñar. El estudiante y esa

pobre mujer de enfrente se _poetizaron_, se creyeron víctimas

sacrificadas á la violencia, á la tiranía, y no hay poder humano que

tenga fuerza contra esa apoteosis de la imaginacion. Y cuanto más se

sufre, cuanto más se padece, cuanto más se llora, tanto más se ama

aquella desventura, aquella pasion, aquella poesía. Cuantos más dolores

pasa el mártir, tanto más ama la palma del martirio. Luisa y su amante

se habian enamorado con un doble afecto: se habian enamorado de sus

personas y de su infortunio; se amaban por lo que se amaban y por lo que

sufrian; por lo que sentian y por lo que lloraban; es decir, se amaban

como amantes y como héroes. Algunos padres continuarán creyendo que

estas verdades son cuentos de bruja, coplas de Calaino; pero los

resultados tienen una elocuencia que no miente.

La familia del estudiante le mandó que volviera á Rodhese; pero el

estudiante no volvia. Los padres de la novia la prohibieron que se

asomara á los balcones con el fin de ver á su amante; pero la novia se

asomaba. ¡Poesías! ¡Pura poesía! Bien, contesto yo; serán poesías ó lo

que ustedes quieran; pero el hecho es que los padres mandaban á la novia

que no se asomase, y sin embargo la novia se asomaba; el hecho es que la

familia del estudiante le mandaba que se volviese al departamento de

Lyon, y sin embargo el estudiante no volvia.

Vista la resistencia del muchacho, sus padres acudieron á la política, á

que siempre acuden los padres que no tienen talento, ó que no conocen el

corazon humano. El modo, dicen estos padres, de que el pájaro vuelva á

la jaula, es hacer de modo que no halle alpiste fuera, y discurriendo

así, les parece que se han salvado con un golpe supremo de sabiduría.

¡Qué ignorancia! ¡Qué error! En efecto, el pájaro vuelve á la jaula,

cuando fuera de ella no encuentra alpiste; vuelve á la jaula para no

morirse de hambre; pero no vuelve él; vuelve la necesidad que le obliga;

vuelve el hambre que siente; no vuelve el hijo; vuelve el hambre. ¿Y

qué? ¿Los padres son padres de esa hambre ó de ese hijo? El pájaro

vuelve á la jaula, y en ella permanece encerrado, mientras que no rompe

con el pico algun alambre de la prision. Luego que puede huir, huye.

Luego que puede tender el vuelo al aire libre, á los rayos del sol, lo

hace. Pero ¿hace bien ó mal? No lo sé; no quiero saberlo, ni

averiguarlo, ni aun oirlo. Sé que el prisionero ama la libertad; sé que

quien está á oscuras ama la luz; sé que quien vive emparedado, desea

estirar sus miembros, desea moverse, agitarse, respirar; sé que lo desea

fanáticamente, con un ánsia frenética, con un instinto providencial. Los

padres que opinan de otro modo están engañados, y mil desgracias que

ocurran cada dia, vienen real y positivamente, menos de la liviandad de

los hijos, que de aquel engaño de los padres. _¡Quitarles el alpiste,

para que vivan encerrados en la jaula!_ No; eso no es tener hijos; eso

es tener cautivos ó esclavos; eso no es ser padres; eso es ser

carceleros. Y ¿qué amor quiere un padre que el hijo le tenga, qué

respeto quiere que el hijo le profese, cómo solicita que el hijo le

venere y le ame, cuando no se presenta á él como padre, sino como

cómitre, como tirano, como carcelero?

Yo suplico á los padres que piensan así, que oigan y que contesten; no

que me contesten de palabra, no que me contesten tampoco por escrito;

sino que se respondan á sí propios en su conciencia y en su corazon.

Su hijo es un hombre; un hombre que nace para amar, como para amar nació

su padre. Ese hijo ama en virtud de un instinto superior á su voluntad,

á sus ideas, á su poder; superior al poder, á las ideas y á la voluntad

de todo el mundo. ¿Qué intentan los padres contra ese instinto? No

pueden quitar ese instinto del alma de sus hijos, como no pueden remover

los montes, ó secarlos mares; ¿qué intentan contra el mar y contra los

montes?

El amor viene como vienen las plagas, las tormentas, los huracanes;

como la luz cae de los astros; como el aire corre por la atmósfera. ¿Qué

intentan los padres contra ese misterio de la vida? ¿Qué quieren hacer

para que el ambiente no corra, y el huracan no sople, y la luz no

descienda, y el contagio no infeste, y el trueno no estalle? ¿Qué

pretenden contra el huracan, contra el contagio, contra el ambiente y

contra la luz?

Su hijo ama por un derecho providencial; por un derecho de orígen

divino. Dios se lo ha dado, él lo tiene porque Dios se lo da: ¿qué

intenta el padre contra lo que da Dios? ¿Qué planes concibe contra la

Providencia que gobierna á todos, á él tambien? Vengan aquí los padres

que así opinan, y que respondan.

Nada más absurdo, más bárbaro, más repugnante, que disputar á un padre

el santo derecho del consejo, de la persuasion, de las lágrimas, hasta

el enojo, porque muchas veces nos enojamos por lo que queremos, por el

bien que ansiamos para los objetos de nuestro amor; pero de ningun modo

puede darse á un padre la facultad de que haga un derecho de la

violencia, de un abuso, de un atentado. No hay derecho para hacer lo que

no se debe, por la razon de que no hay abusos legítimos, crímenes

morales. Una traicion, una verdadera traicion, no es nunca leal. Nada de

violencia, especialmente la violencia que se ejerce sobre una pasion de

nuestra alma, una pasion grande, inmensa, divina; sobre todo, en una

época de nuestra vida en que la pasion entra por tanto, en que la pasion

es casi todo, porque la juventud no es otra cosa que una pasion.

Aconsejo á los hijos humildad, respeto, obediencia; más que obediencia;

veneracion, una veneracion profunda y religiosa. Á los padres no se les

debe únicamente obedecer, sino venerar; aconsejo á los hijos la

veneracion; pero no aconsejo á los padres la violencia. El hijo debe

obedecer; el padre debe aconsejar y persuadir. ¿No alcanzan el consejo,

la persuasion, la súplica, el llanto, el enojo? Pues hagamos alto;

encima de la tierra está el cielo; sobre el hombre está Dios. A Dios

toca lo que el hombre no puede arreglar, y un hombre es el padre.

Hay tres cosas en este mundo, sobre las cuales no puede ponerse una

mano airada; tres cosas que todos debemos reverenciar, porque son un

depósito de la Providencia: una idea, una lágrima y un amor. La idea es

el ángel del pasado; la lágrima es el ángel del presente, el amor es el

ángel del porvenir; sí, del porvenir, porque la esperanza y la fe son

los primeros de nuestros amores. Cuando el hombre quiera encender fuego

para quemar el mundo, quémelo todo; pero que no arrime la tea á esos

tres ángeles.

Pues volviendo á la historia de Pisa, los padres del novio retiraron al

hijo el dinero; esto es, quitaron el alpiste al pájaro para que volviera

á la jaula. El estudiante encontró manera de hacer que su novia supiese

lo ocurrido, porque no hay manera que no encuentren los que se aman; la

novia se turba, se turba el novio, ambos se creen perdidos en sus

ilusiones, se ven, se miran.... ¡Ah! No hay alpiste que valga contra

estas cosas. Llega un dia en que, al amanecer, se abren las puertas de

una casa, y una jóven baja la escalera, con un envoltorio en la mano,

despeinada, trémula, azarosa, paladeando sin cesar, porque la saliva

pegaba sus labios; esa jóven atraviesa furtivamente algunas calles, mira

hácia atrás y vuelve á correr, hasta que llega á un punto en donde un

hombre la esperaba. Cerca de ellos estaba un coche, la portezuela se

abre, ambos suben, el carruaje empieza su marcha.... Todo está perdido;

ya no hay remedio. Al dia siguiente estaban en Livorno; al otro dia en

Génova; al tercero en Marsella, al cuarto en Paris. Se hospedan en uno

de los muchos hoteles de la calle de Buenavista, de la calle en que

estamos nosotros, casi enfrente de nuestro hotel. Nuestros lectores

habrán supuesto seguramente que los viajeros de que hablo son Luisa y el

estudiante de Rodhese. Con el dinero que ella sacó de la casa paterna,

vivieron un mes, al cabo del cual el estudiante la manifestó que iba á

su casa, con el fin de reconciliarse con su familia, y volver á Paris,

ya para unirse á ella, ya para proseguir sus estudios. Ella lo creyó

como era natural, y le dió hasta el último maravedí para el viaje. El

amante partió; llegó á Rodhese, se avino con sus padres, y se determinó

que fuera á seguir su carrera á Estrasburgo, en donde se halla

actualmente. Luisa no ha visto de él una sola letra, y tuvo estas

noticias por medio del amo del hotel, que escribió al país para

averiguar lo ocurrido. Ella se encuentra sola, en tierra extraña, sin

honor, sin medios, sin amigos, sin ayuda, sin esperanza, sin saber qué

hacer, ni qué pensar, ni qué discurrir. Dice que no quiere vivir de ese

modo, que anhela morirse, que quiere matarse; no duerme, no come, grita

como una loca, y todo anuncia un mal desenlace. Entre tanto el novio

estudia en Estrasburgo, y acaso hace la córte á otra desgraciada. ¡Qué

corazones hay en el mundo! ¿Qué hace esa mujer? Nos preguntaba la

lechera. ¿Cómo vuelve á la casa que ella abandonó? ¿Cómo vuelve al

pueblo que ella escandalizó con su locura? ¿Cómo escribe á sus padres, á

quienes ha causado tanta afrenta y tanto dolor? Y si va á su casa, y si

la familia le hace la caridad de abrirla sus brazos, ¿cómo resiste esa

pobre jóven la mirada terrible de su madre? ¿Qué ha de responder á su

madre, cuando las dos se queden solas?

¡Ay! ¡cuántos males causa en este mundo la falta de prudencia! Si la

familia, en vez de repudiarla y de extrañarla de su cariño; si en vez de

reprenderla y de afrentarla por aquellos amores; si en vez de acercarla

al amante, porque al amante se acercaba todo lo que se desviaba de su

familia; si en vez de esto, la hubiera atraido con paciencia, la hubiera

exhortado con consejos, con cariño, con persuasion, con lágrimas, con

súplicas, si era menester; si un hombre prudente hubiera dado un plazo á

sus esperanzas; la hubiera alentado, la hubiera tocado el corazon,

¿estaria ahora esa jóven en Paris llamando á la muerte, desamparada,

sola, perdida? No; yo juro por mi alma que no. Perdóneme el lector este

arranque ... no sé de qué: quizá es orgullo, quizá es vanidad, acaso es

una ridícula jactancia; pero me parece que si yo hubiera sido el padre,

el tio, el hermano, el amigo siquiera, de esa infeliz mujer, esa mujer

estaria en su casa. Tal vez suspiraria por su amante; tal vez lloraria;

pero estaria en su casa; estaria al lado de sus padres, tendria

tranquila su conciencia, limpia su honra, y entero un corazon que ahora

está desgarrado. Tal vez llorara en Pisa; pero ¡qué diferencia entre

aquellas lágrimas, y las que ahora vierte en Paris! Mas el golpe está

dado, y un momento basta para emponzoñar la existencia de una mujer.

En este momento se asoma al balcon, mi compañera la ve y me llama. Es

muy blanca y tiene el cabello casi rubio. Hay en su fisonomía esa mezcla

de expresion ardiente y melancólica, triste y apasionada, que es la gran

belleza del tipo italiano. Mira con cierto frenesí á uno y otro lado de

la calle, como si esperase á alguna persona. ¡Pobre Luisa! El estudiante

está en Estrasburgo; es inútil que mires; no viene. ¡Cuánta amargura

debe hervir en el alma de esa mujer! Parece que cruza y confunde sus

miradas, como si una idea agujerease su cerebro, y se pasa la mano por

la frente con mucha frecuencia. Es bien seguro que está sudando de

congoja; es seguro que algun vértigo la amenaza.

--Esa mujer va á cometer un disparate, exclamó vivamente mi compañera, y

yo no esperé más. Bajo en el acto, me voy á casa de la lechera de la

vecindad, la llamo la atencion sobre el estado de Luisa, y la buena

Madama Fonteral deja inmediatamente su quehacer, me mira de un modo

cariñoso y benévolo:

--_¿Que voulez-vous que je fasse? (¿Qué quiere usted que haga?)_

--Quiero, la contesté, que se pase usted al hotel de enfrente ahora

mismo, que entregue usted estos veinte francos al amo de la fonda, en

pago de los quince dias de alquiler que Luisa le debe, que dé usted

estos otros cuatro napoleones á Luisa para que atienda á sus

necesidades, que averigüe el nombre y domicilio de los padres del

estudiante de Estrasburgo, y que procure saber de la jóven si tiene

algun tio, algun hermano, alguna persona de respeto á quien acudir,

trayéndome la nota de los nombres y del punto de residencia. Haga usted

de modo que ella ignore quién la suministra este insignificante recurso,

y quién la hace estas preguntas, á fin de que tenga algo que la

distraiga del pensamiento que la domina, y que acabará por volverla

loca. Dígala usted que no se desespere, que no se apure, que no se

aflija. Dígala usted que el arrepentimiento y el dolor hacen con las

heridas de nuestra alma, lo que el bálsamo con las heridas de nuestro

cuerpo.

Madama Fonteral, moviendo afirmativamente la cabeza en señal de contento

y de aprobacion, echó á escape, mientras que yo me volvia á mi cuarto.

Cuando llegué, Luisa no estaba en el balcón, y mi mujer me dijo que

temía una desgracia. Eran más de las once, y tuvimos precision de salir

para almorzar. Almorzamos en un restaurant del boulevar de la Buena

Nueva, á los cincuenta pasos de nuestra fonda, y nos volvimos para ver

qué noticias nos daba Madama Ponteral. Esta pobre mujer habia subido a

nuestra habitacion, y habiendo sabido que habiamos salido con el objeto

de almorzar, nos estaba esperando en la puerta de su casa. Así que nos

vió, entró en el portal de nuestra fonda, y subimos juntos.

--¿Qué hay, mi buena señora Fonteral? la pregunté.

--Tome usted dos notas. En esta va el nombre del padre del estudiante, y

el pueblo de Rodhese, en donde vive. En esta otra hallará usted el

nombre y apellido de una hermana de Luisa; casada en la misma ciudad en

que está su familia, y á quien sus padres aman en extremo. La he dado el

dinero que usted me entregó, la he dicho que están pagados los quince

dias de alquiler, la he exhortado á que se arrepienta, á que olvide ese

amor funesto, y á que espere en la misericordia de Dios.

--¿Y cómo está? la preguntó con impaciencia mi mujer.

--Quedó más tranquila, mucho más tranquila, y diciendo esto desapareció,

dejándome las notas.

No quise perder tiempo. Aunque en mal francés, escribí una carta al

padre del muchacho, y aunque en mal italiano tambien, escribí otra carta

á la hermana de Luisa, pintando en ambas el abandono, la desesperacion y

el peligro en que se veía esta desgraciada.

Se las traduje á mi mujer, que las creyó del caso, las cierro, pongo el

sobre respectivo, y á los pocos minutos atravesábamos la calle de

Buenavista, con el fin de echarlas al correo. Llegamos á la Plaza de la

Bolsa, y las echamos en una estafeta que hay allí. Mi mujer echó la que

iba dirigida á la hermana, y yo la que iba dirigida al padre del chico,

como si creyéramos que podia ejercer alguna influencia la electricidad

particular de cada sexo. Al arrojar las cartas por el buzon, mi mujer y

yo exclamamos al mismo tiempo:

--_¡Dios las lleve por buen, camino!_ Ignoro lo que sucederá; pero algo

debe valer el buen deseo con que obramos, para conseguir la ayuda del

cielo.

A diez pasos de la estafeta tomamos un coche, y al cuarto de hora nos

encontrábamos en San Sulpicio. Este es uno de los seis ó siete edificios

que han despertado en mí la emocion poética, sin embargo de que entran

por centenares los monumentos suntuosos que tiene Paris. Al ver esta

iglesia, me parece que estoy en el campo; creo como oler romero ó

tomillo. Penetramos, y bajo estas bóvedas encuentro lo que no encontré

en la Magdalena; lo que no hallé tampoco en el Panteon, espléndida

creacion ateniense. Reina aquí cierto espíritu vago y silencioso, que

nos reconcilia con la idea de Dios. Aquí nos acordamos naturalmente de

la piedad, y parece que oramos, aún cuando no digamos ninguna oracion.

Voy á decirlo, sin temor de que muchos se escandalicen: este San

Sulpicio, con sus ventanas, sus columnas, sus torreones y sus veletas,

que parecen aspas de un molino de viento; este San Sulpicio, con su gran

pórtico; su nave extensa, desnuda, callada, sombría; su coro aislado; su

majestuoso altar mayor; su oculta capilla de la Vírgen, iluminada por

una luz confusa, indecisa, misteriosa, y sus enormes conchas venecianas

que sirven de pilas; este San Sulpicio, vuelvo á decir, es más iglesia,

más templo cristiano, que la Magdalena y el Panteon.

Esto nos demuestra que el arte religioso, tanto en arquitectura como en

escultura, como en poesía, como en música, como en canto, en todo, tiene

un carácter que no es posible equivocar ni confundir. El hombre no

comprende la esencia de Dios, porque no comprende ninguna esencia.

Presiente algo, adivina algo; pero no lo puede explicar; sobre todo, no

puede reflejar su pensamiento en una imágen; es decir, no puede darnos

la nocion artística de aquel pensamiento, porque no hay nocion artística

sin figura, sin símil, y no hay figuras que nos representen lo que no se

toca, lo que no se oye, lo que no se ve. Donde no hay imágenes no hay

arte, porque no hay fantasía, y el hombre no halla imágenes para

representarnos la inmensidad, por lo mismo que el hombre vive en el

espacio, el cual no es inmenso. El arte, pues, es nulo para

representarnos netamente la idea de Dios; ese Dios es más grande que

toda figura, que todo símil, que toda poesía, que toda creacion humana.

El arte no tiene otro recurso que llegarse á la ciencia, que pedirla sus

pensamientos, sus conjeturas, sus arcanos; no tiene otro recurso que

llegarse á la fe, para que le inspire con sus creencias y sus

esperanzas, y copiar en el libro, en el edificio y en la estátua, las

esperanzas de aquella fe, y los arcanos de aquella ciencia.

Esperanza y misterio, hé aquí el carácter esencial, el sentido íntimo,

el alma del arte religioso.

No sé matemáticamente lo que espero, pero sé que espero. Fuera de aquí,

fuera de este horizonte indefinible, no hay epopeya para el arte de la

religion.

Viene el arte griego, y lo llena todo de luz, lo hace todo brillante,

espléndido, provocador, casi lascivo. No; eso es el altar de una Vénus,

el festin de unas bodas, una romería, un teatro. Ahí todo se toca, todo

se ve, todo se concibe, todo se adivina. Esa no es la casa de Dios,

porque ese Dios es la sombra augusta del universo, el augusto arcano de

la vida, el portento que ninguna mente puede explicar, el abismo que

ninguna sonda puede medir, y aquel festín griego, aquellas bodas,

aquella alegría, no trae á mi imaginacion la idea del abismo, del

portento, del arcano, de la sombra, de aquellas tinieblas sublimes; no

trae á mi pensamiento la idea de Dios, el rumor vago, indefinible,

poético y armonioso del espíritu universal. Ese arte, tan excelente para

las formas, es absolutamente nulo, no sirve, para la metafísica

religiosa del espíritu.

Y no tenemos más que concentrarnos por un instante, para comprender

lucidamente la verdad de esta teoría.

Cuando nuestra vista no alcanza un objeto, ve sombra; es decir, no ve,

porque el no ver consiste en no ver luz, y el no ver luz no es otra cosa

que ver tinieblas.

Esto mismo sucede á nuestra alma, cuando no comprende un pensamiento. El

pensamiento que no comprende, se la presenta oscuro, vacilante, sombrío,

tenebroso. El horizonte de la sombra comienza en donde termina el

horizonte de la luz, como sucede á nuestros ojos.

Nuestra alma no comprende, no se demuestra, no se explica

matemáticamente la esencia de Dios, se encuentra sin la luz del dia en

esa atmósfera inconmensurable, y viene la sombra de la noche; huye la

evidencia y se da de cara con el misterio. Y este misterio y aquella

sombra vienen á explicarle, lo que no han podido explicarle aquella luz

y aquella evidencia. De modo, que en el arte de la religion, hace la

sombra lo que hace la luz en el arte gentil; en el arte del espíritu,

hace el misterio lo que en el arte de la forma hace la evidencia. Lo que

allí es alegría, es aquí tristeza. Lo que allí es dolor, es aquí placer.

Allí se rie cuando aquí se llora, y allí se llora cuando aquí se rie.

Por esto sucede que no me gusta oir en una iglesia la música de

Donizzeti, ni de Bellini, ni de Verdi. Á una iglesia no vamos á buscar

el sentimiento de lo apasionado, de lo marcial, de lo atrevido, de lo

voluptuoso, sino el sentimiento de lo solemne, de lo majestuoso, de lo

augusto; más claro, el sentimiento de lo sublime, la emocion del

patético, porque la idea de una suprema causa es el patético por

excelencia. En una iglesia no quiero encontrarme al amante, al poeta, al

caudillo, sino á mi creador. No me gusta encontrar allí mi genealogía

humana; para eso iria al teatro; quiero encontrar mi genealogía divina,

porque para eso voy á la iglesia. Y ahora me explico por qué me gusta

más, cuando estoy en un templo, la música del Norte, la música germana.

Y me explico tambien, por qué dos versos de la poesía inglesa, de la

poesía sajona, de la poesía scita, esto es, de la poesía del

Septentrion, me gustan más, muchísimo más, que todo lo que ha dicho la

poesía italiana, inclusa la majestuosa poesía del Dante, acerca de un

principio supremo.

Al describir la formacion del mundo, pinta un poeta inglés al supremo

Hacedor ocupado en aquella portentosa tarea, y dice que da fin á la

creacion, _poniendo alrededor de su trono la majestad de la sombra._

Y pone alrededor del trono excelso

La augusta majestad de las tinieblas.

Esto es poesía religiosa; estos dos versos valen más, en este sentido,

que toda la divina comedia del Dante. Eso no es hablar ni del mundo, ni

del hombre; eso es hablar de Dios, de un Dios grande, inmenso,

prodigioso, guardado por un velo, recatado por una nube, porque se habla

de un Dios incomprensible por su grandeza, por su excelsitud, por su

gloria, por su maravilla, por su poder; un Dios que no es tan Dios por

lo que de él se sabe, como por todo lo que se ignora; un Dios que es

menos Dios por su magnificencia que por sus arcanos; menos por la luz

que hierve en la esfera del astro, que por la sombra que pone el poeta

alrededor de su trono, aquella sombra que es el arte infinito de la

eternidad.

La fábula es magnífica, porque es brillante.

Nuestro Dios es magnífico, porque es sombrío; es brillante, porque tiene

alrededor de su trono la majestad de las tinieblas. No brilla para

nuestros ojos, sino para otros ojos que hay más adentro, mucho más

adentro; unos ojos que ven más allá, y que siempre ven, porque cuando no

ven una luz, ven una sombra: cuando no ven, adivinan, creen y esperan.

En fin, ahora comprendo con seguridad, por qué este San Sulpicio me

gusta más que el Panteon y la Magdalena, como arquitectura religiosa,

como arte cristiano, como teología, como espíritu. Aquí hallo ese

horizonte vago, indefinible, oscuro, patético, solemne, augusto, que

está en armonía con el pensamiento de Dios, con aquella creacion

austera, imponente y sublime, con aquellas tinieblas majestuosas de que

rodea el poeta al excelso trono.

Hemos comido en el restaurant de Santa Teresa, en donde despedimos al

cochero; luego hemos paseado por el jardin del palacio Real, nos

sentamos durante hora y media, haciendo tertulia al venerable Lesperut,

y volvemos á casa despues de las once.

--¿Qué hará Luisa? dijo mi compañera, al entrar en la calle de

Buenavista.

--Acordarse del estudiante de Estrasburgo, contesté yo.

--Es verdad, repuso mi mujer; pero la lechera nos aseguró que estaba más

tranquila.

--¡Ah! El volcan no aparece cuando no arroja lava; pero cuando no la

vomita, la lava arde dentro. ¿Cómo quieres que olvide en una hora, el

recuerdo más poderoso de su vida, la emocion más profunda de su

existencia? Si el estudiante se presentase á ella, jurándola amor y

fidelidad, Pisa, Paris, Francia, Italia, el universo entero,

desapareceria ante los ojos de esa desdichada.

Pero, en fin, como dijo uno de nuestros antiguos trovadores:

El dolor hay que sufrir,

Pues plugo á Dios decretar

Que cause pena llorar

Para que agrade reir.

Para mañana tenemos un plan nuevo.

=Dia vigésimo primero=.

Noticias de España.--Recogida _del Cristianismo y el

Progreso_,--Reflexiones.--La mujer vestida de negro.--Restaurant de

Vefour.--Mr. Guizot.--Un ataque imprevisto.--Banco de Francia.

Mi querido lector, aquí nos tienes con el moco caido á mi mujer y á mí.

Hemos recibido cartas de España, y con ellas la infausta nueva de que el

gobierno ha mandado recoger una obra mia, una obra de mi particular

cariño, en la cual fundaba por ahora todas mis esperanzas de

subsistencia, porque en ella habia invertido todos mis recursos. En un

dia, en una hora, he perdido diez años de estudio (diez años que me

cuestan el sacrificio de mi salud) sin contar dos mil duros en que

consistian mis penosísimos ahorros, y sobre quince mil reales con que me

ayudaron algunos excelentes amigos. ¡Vuelta á empezar! ¡Cómo ha de ser!

La obra de que hablo es el CRISTIANISMO Y EL PROGRESO.

Mi mujer calla; pero me mira con un aire que quiere decir: ¿no te lo

dije? ¿Quién te obliga á meterte á redentor, cuando no eres el Mesías

prometido? Yo callaba, pero miraba á mi compañera con una expresion que

equivalia á la siguiente: mujer, no hables de lo que no comprendes; no

hables de un asunto que es tan superior á tu inteligencia y á tu

sentimiento. Hay muchas cosas que parecen errores de nuestra conducta, y

que son verdades de conciencia, inspiraciones inevitables de un deseo

virtuoso, sobre las cuales debe correrse un velo de misterio y de

veneracion. Si los hombres no salieran del círculo en que obran como

hijos, como padres y como esposos; si no salieran de la familia; si no

pisaran los umbrales del mundo; si no les agitara ese algo grande,

inmenso, providencial, con que nos llama el pensamiento de la ciencia,

del arte, de la moral, de la religion; si ese espíritu heróico no

moviera al hombre; si esa especie de fiebre sagrada no diera calor á

nuestra sangre; en fin, si ese algo celeste é incomprensible no nos

gobernara á despecho nuestro ¿qué seria de la vida humana? ¿Qué seria

del mundo? Arrancad del alma del hombre aquel pensamiento, y la historia

será un cadáver, y la tierra será un erial; más que un erial, más que un

desierto, más que un páramo: será una sepultura; la sepultura de aquel

difunto. Arrancad del alma del hombre ese llamamiento indefinible, esa

última y suprema expresion de la vida, esa prodigiosísima escala de

Jacob que une la tierra al cielo; esa escala por donde subimos á la

cúspide de todo lo creado; esa cúspide desde la cual comprendemos y

miramos á Dios; arrancad eso de la humanidad, y Babilonia no tendrá su

Semíramis, ni el pueblo Israelita su Moisés, ni la India su Budda, ni la

China su gran Confucio, ni la Persia su venerable Zoroastro; quitad eso,

y Leonidas no acude á las Termópilas, ni corre Temístocles á Salamina,

ni el noble y virtuoso Arístides se hace eterno en Platea, ni el humilde

poeta Simónides, solo, con la frente caida y los ojos húmedos, escribe

en el campo, sobre una piedra tosca, las siguientes palabras que oyó

temblando toda la tierra: _caminante, ve á decir á Esparta, que hemos

muerto aquí por obedecer sus santas leyes_: quitad eso, expulsad ese

huésped del mundo, y la Italia latina no tendrá un Scébola en la tienda

de Pórcena, ni un Scipion en Africa, ni un Ciceron en la tribuna, ni un

Régulo en el Senado, ni un Julio César en todas partes. Haced que se

apague esa voz con que nos llama el mundo, á nombre de la Providencia, y

la Suiza no adorará el polvo de su Guillermo Tell, ni la Inglaterra nos

hablará de Cromwel, ni la Francia pronunciará respetuosa el nombre

querido de su Juana de Arcos, ni la libre y valiente España saludará

entusiasta los manes sangrientos de un Padilla; los manes sangrientos

tambien de una mujer que me estremece el alma; una mujer tan valerosa,

tan cristiana, tan tierna y tan ferviente; una mujer tan noble y tan

hermosa; una mujer que vale tanto como una nacion; Mariana Pineda.

Arrancad del hombre la fe invisible que palpita en el corazon de esa

mujer inmensa, de ese dia de gloria y de infortunio para nuestro país, y

Galileo no dirá al mundo escandalizado que _él siente que la tierra se

mueve bajo sus piés_; ni la ardiente mirada de Copérnico, surcando el

éter, como el águila surca el espacio, volará á la esfera celeste y

robará á los astros su ciencia y sus prodigios: ni un hombre colosal,

fabulosamente colosal, colosalmente grande y atrevido, medirá la

extension de los mares y de la tierra con el infalible compás de su

genio, ni su milagrosa voluntad domará las olas del Océano desde una

frágil caravela; ni un poeta sencillo; ni un romancero oscuro, ni un

pobre manco, pondrá la mano sobre el papel, entre las sombras de una

cárcel, para admirar al universo con el primer libro que han escrito

los hombres: Miguel de Cervantes Saavedra no hubiera escrito su

ingenioso Hidalgo. En fin, quitad eso, arrancad al mundo la sublime

corona del mártir, y un monte de Judea no presenciará, en un dia nublado

y misterioso, la redencion de la humanidad á costa de pasion, de

suspiros y de agonía; á costa de un madero empapado en sangre; á costa

del primer sacrificio de la tierra. Quitad eso, y el monte Calvario no

verá al Nazareno pendiente de una cruz, y á la Vírgen María pendiente de

los clavos del Nazareno. Arrancad esa sangre y esas lágrimas

sacratísimas del alma del hombre, y le arrancareis casi toda su alma.

Verdad, verdad santa, pobre diosa destinada á sufrir y llorar por todos

nosotros; destinada á sacrificarse por todos los hombres, y á recibir en

cambio la burla y el insulto de los mismos que tú redimes con tus

dolores; tú que has sido quemada en tantas hogueras; tú, que con la

cabellera tendida por la espalda, vestida de luto y con los ojos húmedos

y encendidos, subiste tantas veces la escalera infame de tantos

cadalsos; tú, envenenada en Sócrates; crucificada en Jesucristo;

ajusticiada en la doncella de Orleans; cargada de hierros en Colon;

muerta de miseria en Cervantes; pobre diosa, vive y llora, llora y

triunfa, porque tú triunfas aún cuando lloras! Te envenenan en Sócrates,

pero te haces inmortal en su filosofía; te crucifican en Jesus, pero

trescientos millones de hombres caen de rodillas ante el Evangelio; te

ajustician en Juana de Arcos, ó en Mariana de Pineda, pero la fe de esas

dos víctimas ilustres te da una corona; te matan de miseria en

Cervantes, pero llenas el mundo con su Quijote; te cargan de cadenas en

Colon, pero los oleajes y las brisas del Océano aturdido, nos traen

vagamente el rumor y el saludo de cien millones de criaturas. Te

escarnecieron en Colon; pero ahí tienes esas Américas. Te escarnecieron

en el poeta, pero ahí tienes su inmensa poesía. ¡Verdad! ¡oh verdad

adorable! ¡vive y llora! ¡llora y triunfa! ¿Qué importa que un hombre

tan pequeño como yo, sea un poco de aloe quemado en tu altar? ¿Qué

importa que un hombre tan pequeño se sacrifique por una creacion tan

grande? ¿Qué importa que un pedazo de piedra se deshaga, bajo el peso de

una fábrica tan colosal? ¡Adelante! Un gobierno me quita el CRISTIANISMO

Y EL PROGRESO; Dios, que es más providente, más justo, más caritativo y

más grande que todos los gobiernos reunidos, me abrirá camino por otro

lado.

Esta duda desola á mi mujer.

--¿Qué harémos? me dice.

--No te aflijas, le contesto yo. El gobierno no me puede quitar ser

escritor público, ni puede impedir que haya muchos hombres que sepan

leer en el continente y en las Américas. No te apures. Vístete y vamos.

En último término, nadie puede evitar que yo acabe como Licurgo.

--¿Qué sucedió á Licurgo? pregunta mi mujer.

--Se murió de hambre.

Mientras que mi mujer se disponía para salir, abrí las maderas de uno de

los balcones de nuestra habitacion, y me asomé, como si quisiera

distraerme de la amarga memoria de la recogida del CRISTIANISMO Y EL

PROGRESO, porque ha de saber el lector que el valor de la obra no bajaba

un maravedí de seis mil duros. ¡Cuántas vigilias, cuántos trabajos y

cuántos dolores de cabeza, no van envueltos en esa suma, una suma casi

fabulosa para un escritor español! Paciencia y barajar, como se dice en

nuestro país. Estoy asomado al balcon, y al inclinar la vista un poco

hácia la izquierda, casi frente por frente, á través de los vidrios de

un balcon principal, veo una mujer vestida de luto, jóven, muy blanca,

más blanca de lo que realmente es, porque va vestida de negro. El

corazon tiene indudablemente su fluido eléctrico, y sólo así se explica

el que yo me sintiese atraido, invenciblemente atraido, por una

corriente magnética. Esto de la corriente magnética es un cálculo mio;

pero algo ha de ser, y yo echo las cargas al magnetismo. Me fijé más, y

aquella mujer me pareció de un aire distinguido: es decir, me pareció lo

que se llama generalmente una señorita. Me fijé más aún, me fijé con el

tenaz ahinco de una curiosidad entre novelesca y compasiva, entre

parisiense y cristiana, y llegué á distinguir que aquella mujer tenia

apoyado el codo derecho sobre uno de los quicios de las maderas,

mientras que dejaba caer el rostro hácia adelante con un descuido tal,

que su aliento empañaba los cristales. Miraba fijamente hácia un punto,

miraba sin pestañear, como miran las momias ó los esqueletos. Esto

quiere decir que no miraba á ninguna parte, lo cual quiere decir tambien

que una idea poderosa tenia embargada su imaginacion. Hay ciertas

pasiones que, sin quitarnos el movimiento, nos ponen enteramente

paralíticos. Estirando mucho la retórica, tal vez podria decirse que son

parálisis del corazon. Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que

aquella mujer está preocupada, está triste, muy triste. Algo llora, ó

algo espera. Yo, adelantando el discurso, como sucede en tales casos,

creí leer en aquel bulto negro una historia de amores y de penas, aunque

historia de penas debe ser siendo historia de amores. El amor es sin

duda alguna lo que cuesta más penas en este mundo. Yo llamé á mi mujer,

que se ponia ya el sombrero, y la dije lo que habia observado. Mi mujer

miró; pero no es ningun lince en materia de vista, y no distinguió á la

jóven que estaba detrás de los cristales. Ambos convinimos en que

preguntariamos á la mujer que nos traia la leche por la mañana, á fin de

adquirir las noticias posibles sobre esta aventura. ¡Gracias á Dios!

¡Gracias á Dios, lectores mios, que algo nos llama, que algo nos liga,

que algo nos atrae y nos interesa, en esta ciudad en donde somos dos

postizos! Indudablemente, ¡cosa extraordinaria! sin embargo de ser Paris

una ciudad tan iluminada, tan brillante, tan prodigiosamente espléndida,

sin embargo de ser un _coquetismo_ tan fastuoso y deslumbrador, no nos

inspira poéticamente, como nos inspira cualquier ciudad de España, de

Italia, de Suiza, de Grecia, de Oriente; como nos inspiran tambien los

caseríos del Norte, dejándonos ver entre rocas y nieves sus chozas

húmedas, cubiertas de limo verdoso, que como si fueran peñascos negros,

parecen estar incrustadas en las laderas de un monte sombrío, ó quizá en

los bordes de un abismo insondable. Digo que Paris (perdóneme el

brillante novelista Dumas) no nos inspira esas bellas quimeras, con que

la fantasía nos arrebata en otros países, y esto deberá proceder de que

en donde todo es artístico, no tiene inspiracion el arte. En donde todo

es mágia, no tiene oficio el mago. Por esto tal vez me siento como

despegado de esta preciosísima ciudad, de este preciosísimo dige. Ando

por deseo y por necesidad de saber; no por la esperanza poética de

sentir. Se mueve mi cabeza, están parados mi fantasía y mi corazon. Todo

lo que veo por aquí, me lo voy explicando á mi manera, y el hombre no

adora lo que es capaz de explicar y de comprender. El hombre no adora

sino misterios, y si misterios hallo por estas tierras, no son misterios

muy adorables. Así sucede que mi curiosidad por ver las cosas de Paris

se va resfriando, á medida que me convenzo de que esto es un teatro en

que todos se proponen engañar culta y graciosamente. Lo digo sin rebozo;

seré un africano bravío, un hombre montaraz; pero casi, casi me va

fastidiando este enorme bazar de sonrisas, de genuflexiones, de

perdones, de gracias: esta exposicion universal de exageraciones y de

bicocas. Pero no digo bien; me fastidiaba antes; ahora no. La pena que

creo ver escondida en aquel bulto negro, la lágrima que me parece

adivinar á través de aquellas vidrieras, me reconcilia con toda esta

magnífica farsa.

--Vamos, me dijo mi mujer.

--Vamos, contesté yo, y nos dimos á bajar la escalera. La mujer que

vende la leche, está tres puertas más abajo de nuestro hotel. Luego que

nos vimos en la calle, miré hácia el balcon de nuestra incógnita. El

bulto negro, aquel bulto que parecia un sudario puesto de pié, estaba

allí inmoble. ¡Pobre mujer! ¿Qué la sucederá? Esto exclamaba yo

interiormente, cuando llegamos á la puerta de la lechería, y ambos

entramos sin decirnos palabra, como llevados por un sentimiento comun.

Yo hice á la patrona de la casa varias preguntas sobre la jóven, con

todo el sigilo y refinamiento que me acudió; pero ¡triste de mi! no me

valió aquella diplomacia.

--¡Qué curiosos sois los extranjeros! dijo sonriéndose madama Fonteral,

que así se llamaba la lechera. Luego añadió, dando á la aventura la

importancia de un cuento: hace cosa de dos meses y medio que esa jóven

vino á ocupar uno de los pisos principales de ese hotel, en compañía de

un mancebo muy guapo (d'un brave garçon) que parecia ser su marido ó su

hermano. Pero desde algunas semanas á esta parte, la veo siempre sola;

el hermano ó el marido no parece nunca por el hotel, y la pobre señorita

(mademoiselle) está muy triste.

--No tengais cuidado, añadió vivamente frotándose las manos, y como

anticipándose á mis intenciones; yo hablaré con mi vecina la dueña del

hotel, y todo lo sabrémos.

Agradecí lo mejor que supe su benévola oferta á la buena madama

Fonteral, y emprendimos nuestro camino hácia el restaurant que nos

acomodara. Estos detalles anteriores son necesarios para que sepan los

lectores todo lo ocurrido en la aventura de Luisa. Estábamos cerca del

Palacio Real, y aún no nos habiamos decidido. Entonces hice alto, y

detuve á mi preocupada compañera; preocupada, no tanto por la jóven

vestida de negro, como por la recogida del CRISTIANISMO.

--Mira, la dije, nosotros somos españoles, y es necesario que no

olvidemos los usos y costumbres de nuestra tierra. El gobierno nos ha

recogido la obra; nos ha secuestrado seis mil duros. Pues á donde va el

mar, que vayan las arenas. Hoy almorzarémos en el célebre restaurant

_Vefour_, que pasa por ser el primero de Paris, y de este modo tomamos

revancha de la cicatería del gobierno.

--Cuando más apurados, más gala, contestó mi mujer entre amostazada y

risueña, y me impulsó con su brazo hácia adelante.

A los tres minutos nos hallábamos á la puerta del famoso restaurant

Vefour, que ocupa casi el centro de la fachada Norte del Palacio Real,

al lado de los _Hermanos Provenzales_, que tienen tambien un restaurant

de primera tijera. Sin embargo, Vefour pasa, como si dijéramos, por el

príncipe de los fondistas de Paris. Es aquí lo que es en Madrid la fonda

del Cisne ó la casa de Lhardy. Subimos con el posible coquetismo la

anchurosa y elegante escalera del célebre fondista, del héroe Vefour (la

fama es en Paris una verdadera heroicidad) y cátanos á poco en el primer

piso. Entramos.... ¡Dios nos asista! Si no hubiera sabido que me

encontraba en una fonda, es seguro que me hubiera quitado el sombrero.

La sala principal es una pieza régia, y podria servir perfectamente para

salon de embajadores. Dicho sea en honor de la verdad; la primera

impresion es fascinadora. En mi vida he visto un comedor que se le

parezca. Pero pasada la primera impresion, herido una vez el sentimiento

de lo maravilloso, que tanto puede y que tanto influye en la imaginacion

del hombre, sucede con esto lo que con los aromas. Un poco de perfume

embalsama el aire, parece que nos suaviza el pulmon, que refrigera

nuestra sangre y que da aliento á nuestro espíritu. Pero luego que el

perfume es demasiado, luego que carga ya el ambiente, ahoga. Un poco de

magnificencia, un fausto con cierta sencillez y elegancia, gusta; pero

inmediatamente que se prodiga; inmediatamente que la cosa es más

magnífica, más opulenta, más fastuosa de lo oportuno, parece que se

agobia la fantasía; parece que sentimos un peso sobre la cabeza; cierto

peso que nos oprime y que nos obliga á suspirar. El salon en que estamos

ocupa todo el cuerpo del edificio, de Norte á Sur. Tiene balcones á la

calle y al patio del Palacio Real, un patio que es todo un lindísimo

paseo, con árboles, glorietas y fuentes, y cuya extension excede acaso á

la de la Plaza Mayor de Madrid. El pavimento de la sala es casi

trasparente; las paredes están tapizadas de un rico papel de terciopelo,

con cenefas doradas; en el techo, altísimo, abovedado, majestuoso,

campean alegremente cien brillantes figuras pintadas al fresco.

Volví una mirada furtiva al ajuar de la fonda, y la ilusion era

perfecta. Sillas de tapicería de terciopelo encarnado, como el papel,

mesas lustrosas, manteles blanquísimos, platos de china, vajilla de

plata, _garçones_ de corbata blanca y frac negro.... _¡Champeaux!

¡Champeaux!_ Esta fué la terrible palabra que acudió á mi magín,

haciéndome temblar. Mi mujer me oprimia del brazo, como si quisiera

decirme que nos fuéramos, y viendo que yo me resistia, me dice en voz

muy baja:

--Esto va á ser la segunda parte de Champeaux, más lastimosa y trágica

todavía.

Yo la apreté su brazo con el mio, queriéndola significar que ya sabia

que me hallaba en una maroma, y que procuraria equilibrarme para no

caerme. Nos sentamos en el ángulo de la izquierda, casi tocando la

ventana que da vistas al paseo del Palacio Real. Dirigimos una mirada

diplomática á los paseantes, á las glorietas, á las flores, á las

fuentes, y en aquel momento nos creiamos duques ó grandes de España.

¡Sólo que el bolsillo estaba asustado!

Un emperegilado garçon que, desde nuestra entrada nos habia seguido la

pista á la conveniente distancia de respeto, se aproxima por fin á

nuestra mesa.

--_¿Qu'est-ce que vous voulez, monsieur?_ (¿Qué manda usted, señor?)

--_Attendez, s'il vous plaît_. (Sírvase usted esperar un poco) le

contesté yo en tono distraido y ceremonial. Aquello era una especie de

banquete de Estado, y era preciso no echarlo á perder. Me saco los

guantes con mucha pausa, digo unas palabras á mi mujer sobre la gravedad

y circunspeccion que debe guardar en estas alturas, mi mujer se quita el

sombrero con el mayor aplomo.... El garçon esperaba muy complacido.

Nuestra prosopopeya le impresionó perfectamente, y no podia suceder de

otro modo. Nuestra estudiada coquetería es un _género_ de este país, un

afeite de este tocador; era otra especie de restaurant Vefour, en una

palabra, era un relumbron, y por fuerza tenia que gustar en el pueblo de

los relumbrones.

--Decididamente, exclamaria el mozo para su sayo: este es algun

embajador de la república de la _Plata_, ó cosa así.

Mi mujer, sin volver la cabeza (estaba de espaldas al criado), le alargó

el sombrero; yo le dí el mio y el baston, y mientras que el mozo iba á

colocar dichos objetos, mi mujer y yo nos miramos y nos sonreimos.

¡Ancha es Castilla! ¡Hoy nos tocó! ¡Hoy somos marqueses!

--Escucha, dije muy aprisa á mi mujer, de manera que el mozo, que ya

volvia, no pudiese oirme. No muestres maravilla delante del garçon, por

nada de lo que aquí veas, aunque sea un elefante vestido de mona. Si él

conoce que esto nos asombra, se lo dirá al amo, y el amo nos planta en

la cuenta diez ó doce francos por el asombro. Aquí se paga todo objeto

de fantasía; la admiracion tambien. ¡Gravedad y palabras entrecortadas y

confusas, de tal modo que nosotros mismos no nos entendamos!

Mi mujer soltó una carcajada española de más y mejor, y el mozo que

estaba inclinado hácia nosotros, se puso derecho como un huso.

--¡Garçon!

--¡Monsieur!

--_Portez-nous deux couverts de six francs chaque, s'il vous

plaît.--Sírvase usted traernos dos cubiertos de á seis francos cada

uno_. Esto se lo dije ahuecando mucho la voz, casi balbuceando las

palabras, y mirando distraida y desdeñosamente hácia el paseo del

Palacio Real. El garçon hizo un movimiento de cabeza, y desapareció como

un rehilete.

--¡Por Dios, no te rias! dije á mi mujer que ya empezaba á fruncir los

labios.

A poco vuelve el mozo con los preparativos, seguido de otro mozo que

traia los entremeses, y de un tercer mozo que traia tambien no sé qué

cosa. Me dirigieron varias preguntas, me invadieron de varios modos, me

hablaron de diferentes frutas, vinos y licores; pero yo me parapeté

acérrimamente, y no habia santos del cielo que me sacasen de mis

aspilleras. _¡Merci! ¡Merci!_ contestaba yo á diestro y siniestro á todo

lo que me proponian.

--_¿Voulez-vous Champagne?_ ¿Quiere usted vino de Champagne?

--¡Merci!

--_¿Rhin?_

--_¡Merci!_

--_¿Château-amer?_

--¡Merci!

--_¿Voulez-vous?..._

--¡Merci!

Mucha pulcritud, mucho hacer que hacemos, platos muy bonitos, mucha

salsa, mucho adobo, muchos requilorios; pero ... hemos almorzado muy

medianamente. Á todo este almuerzo, hubiéramos preferido á no dudar un

plato de callos de los ventorrillos de Madrid. ¡Lógica portentosa del

temperamento y del carácter! _El lavar la cara, el disfrazarlo todo, el

dar á todo un contorno exterior que agrade á los sentidos, la mogiganga

parisiense, el inexorable palaustre_, ha entrado aquí hasta en la

cocina, como dije en otro lugar.

Engañar con bellas apariencias; engañar de modo que el engañado se vaya

contento; organizar _ese_ engaño agradable, hasta el punto de

convertirlo en arte, en ciencia, en moral, en historia, en industria, en

comercio, en oficio, en costumbre, en trato social, en todo, absoluta y

estrictamente en todo, hasta en política, hasta en religion: hacer de

ese engaño ingenioso todo un poder, un poder grande, dominador,

universal; hacer de un engaño casi un genio, un genio que se pasea en

triunfo por todo el globo; hé aquí el maravilloso secreto de esta

curiosa é indescriptible sociedad.

A pesar de mi resistencia á todos los asaltos del mozo, me cogió un par

de francos con una chuchería, más uno de propina por las reverencias que

nos hizo. El almuerzo nos cuesta cerca de tres duros, y si me hago de

miel, no baja un ochavo de tres onzas.

Ya de pié, preguntó al garçon, que podria ser hombre de cuarenta y cinco

á cincuenta años, si recordaba algun convite célebre, dado en aquel

establecimiento.

--He conocido varios, me contestó; pero el más lujoso fué el que dió, á

poco de abrirse el restaurant, un embajador ruso á todo el cuerpo

diplomático extranjero. Cada cubierto salió por más de mil francos

(doscientos napoleones), y pasaban de ochenta los convidados. Entre los

diferentes vinos que se sirvieron era uno de ellos de una casa de

Alemania, única en el mundo que lo tiene, cuya botella valia quinientos

francos.

--¡Sopla! exclamé yo, mirando á mi mujer. Pues si ha tenido algunos

convites como ese, bien puede el tal Vefour tener el riñon, bien

cubierto.

--_Au revoir, garçon_. Hasta la vista, mozo.

--_Au revoir, monsieur et madame_. Hasta la vista, caballero y señora.

Y mi mujer me decia en voz baja:

--Sí, como tenga que esperarnos, bien tendrá tiempo de echarse en

remojo.

Bajamos sonriéndonos la brillante escalera, y hénos otra vez en la

calle, camino del paseo del Palacio Real. Al incorporarnos á un obrero

que venia hácia nosotros con su mujer, oigo que aquel hombre la dice:

--_¡Parbleu! Si tu savais qui est celui-lá. ¡Voto al chápiro! Si tú

supieras quién es aquel_.

Me volví como un rayo para ver á quién señalaba, y en efecto vi que

miraba á un caballero que iba por la acera de enfrente. Cuando yo me

volví, el caballero pasaba ya, de modo que no pude verle sino de

espaldas. Era más bien bajo, algo grueso, casi rechoncho, de patillas

negras muy largas. Digo muy largas, porque le sobresalian á uno y otro

lado, de tal modo, que alcancé á vérselas, aunque me cogia de espaldas,

como he dicho. Me quedé parado, observándole, calculé, y por instinto

resolví que debía ser M. Guizot. Me llego al menestral, contra el deseo

de mi mujer que me tiraba fuertemente del brazo, y le suplico que tenga

la bondad de decirme quién era el sujeto en cuestion. El menestral me

dió las noticias que deseaba con la mayor amabilidad.

M. Guizot me perdone. ¡Pobre M. Guizot! El personaje de que se trataba

era un prestidigitador, que tenia un teatro ó cosa parecida, en los

alrededores del Odeon. ¡Confundí á M. Guizot con un titiritero! Si lo

supiera M. Thiers, y fuera ahora ministro, apostaria una oreja á que me

regalaba el gran cordon de la Legion de Honor, y veinte cordones que

tuviera á mano.

Dimos una vuelta por el paseo del Palacio Real, alargándonos hasta las

Tullerías. Recorrimos la parte del Louvre en donde soliamos sentarnos

con Lesperut, creyendo hallarle allí; pero no le vemos por ninguna

parte. Hace pocos dias nos dijo que tenia un aneurisma en el corazon,

que sentia morirse por instantes, y el no encontrarle aquí nos da

escozores sobre su suerte. Creemos que si estuviera capaz de salir á la

calle, no dejaria de asistir á la cita diaria. Recordamos que vive en la

calle de _Gît-le-coeur_; pero no se nos ocurre el número. Nos volvemos

desconsolados, y cuando hablaba todavía con mi mujer acerca de lo que

podria suceder á nuestro buen amigo, me doy de cara con una persona muy

allegada al Viejo Lesperut. El sujeto en cuestion nos dió noticias de

él, y convinimos en que esta noche nos veriamos en el paseo del Palacio

Real, cerca de una glorieta donde soliamos sentarnos. La conversacion

entre los dos (entre la persona muy allegada á Lesperut y yo), tomó

luego un sesgo entera y desgraciadamente distinto. Aquel sujeto no era

digno del venerable anciano, cuyo nombre ofendia en aquel momento. Voy á

decirlo con pesar; pero el lector debe saber cuanto me sucede punto por

punto. Si algun encanto encuentra el lector cuando lea estos apuntes,

sepa que ese encanto consiste en la ingenuidad casi infantil con que

cuento lo que me ocurre.

La persona á quien nos encontramos, el sujeto muy allegado al noble y

bondadoso Lesperut, acaba de abusar de nuestra amistad y de nuestro

cariño. Si el honrado viejo lo supiera, sufriria un disgusto de muerte;

pero, de seguro, no lo sabrá. Mi atribulado y afligido bolsillo lleva

otro asalto algo mayor que el de Vefour; algo mayor tambien que el otro

asalto del inolvidable Champeaux. Con estos asaltos, y con la recogida

del CRISTIANISMO Y DEL PROGRESO, vive Dios que no dejaré de echar luz.

La persona allegada á Lesperut partió, y nosotros seguimos por la calle

de Rívoli, á coger la Plaza de Vendome.

--¿Cuánto te ha pedido? me pregunta con grande y justa sorpresa mi

mujer.

--Nada, contestó inmediatamente. No me hables sobre el particular.

Figúrate que ha sido una nube de verano; ya pasó.

Ahora nos dirigimos al Banco, con el fin de cobrar un billete de mil

francos, y es el tercero que va de marcha. He hecho mentalmente el

balance de mis fondos, y resulta que en el trascurso de dos meses, algo

menos, he gastado sobre dos mil reales con que llegué á Paris, más dos

billetes de á mil francos, sin contar cerca de cien duros que nos costó

el viaje. De modo que desde nuestra salida de Madrid, hemos gastado,

sobre seiscientos duros, la mitad exacta del capital que destinamos á la

expedicion. Luego que gastemos diez mil reales, tendrémos que acudir al

refrán castellano de _á tu casa, grulla, aunque sea con un pié_. He

dicho diez mil reales, porque los dos que quedan, deben servir para el

viaje. ¡Ay de mí, si por una casualidad nos robaran, ó perdiéramos el

dinero! ¡Ay de mí, si mi mujer se viese sin dinero para volver á España,

á su querida, á su adorada España! Si el nombre de España fuese

masculino, casi, casi debería yo tener celos. Mi mujer ama su nacion con

un fervor que raya en fanatismo. Probablemente lo diré en más de un

pasaje de estos apuntes, porque es una pasion tan grande que no puede

menos de causarme extrañeza.

Llegamos al Banco, atravesamos unos pasillos, penetramos en el salon

donde se paga ... ¡Santísimo Sacramento! ¡Esto no es un Banco; esto es un

mar de oro. Pero perdóname, lector: me es imposible terminar hoy la

larga reseña de este día. Encomendándome á tu indulgencia, te envio á

mañana.

Un paseo por Paris, retratos al natural · 第 21 / 46 题