La Nela estuvo vagando sola todo el día, y por la noche rondó la casa de
Aldeacorba, acercándose a ella todo lo que le era posible sin peligro de
ser descubierta. Cuando sentía rumor de pasos alejábase prontamente como
un ladrón. Bajó a la hondonada de la Terrible, cuyo pavoroso aspecto de
cráter le agradaba en aquella ocasión, y después de discurrir por el
fondo contemplando los gigantes de piedra que en su recinto se elevaban
como personajes congregados en un circo, trepó a uno de ellos para
descubrir las luces de Aldeacorba. Allí estaban, brillando en el borde
de la mina, sobre la oscuridad del cielo y de la tierra. Después de
mirarlas como si nunca en su vida hubiera visto luces, salió de la
Terrible y subió hacia la Trascava. Antes de llegar a ella sintió pasos,
detúvose, y al poco rato vio que por el sendero adelante venía con
resuelto andar el señor de Celipín. Traía un pequeño lío pendiente de un
palo puesto al hombro, y su marcha como su ademán demostraban firme
resolución de no parar hasta medir con sus piernas toda la anchura de la
tierra.
--Celipe... ¿a dónde vas?--le preguntó la Nela, deteniéndole.
--Nela... ¿tú por estos barrios?... Creíamos que estabas en casa de la
señorita Florentina, comiendo jamones, pavos y perdices a todas horas y
bebiendo limonada con azucarillos. ¿Qué haces aquí?
--¿Y tú, a dónde vas?
--¿Ahora salimos con eso? ¿Para qué me lo preguntas si lo
sabes?--replicó el chico, requiriendo el palo y el lío--. Bien sabes que
voy a aprender mucho y a ganar dinero.... ¿No te dije que esta noche?...
pues aquí me tienes, más contento que unas Pascuas, aunque algo triste,
cuando pienso lo que padre y madre van a llorar.... Mira, Nela, la
Virgen Santísima nos ha favorecido esta noche, porque padre y madre
empezaron a roncar más pronto que otras veces, y yo, que ya tenía hecho
el lío, me subí al ventanillo, y por el ventanillo me eché fuera...
¿Vienes tú o no vienes?
--Yo también voy--dijo la Nela con un movimiento repentino, asiendo el
brazo del intrépido viajero.
--Tomaremos el tren, y en el tren iremos hasta donde podamos--dijo
Celipín con generoso entusiasmo--. Y después pediremos limosna hasta
llegar a los Madriles del Rey de España; y una vez que estemos en los
Madriles del Rey de España, tú te pondrás a servir en una casa de
marqueses y condeses y yo en otra, y así mientras yo estudie tú podrás
aprender muchas finuras. ¡Córcholis!, de todo lo que yo vaya aprendiendo
te iré enseñando a ti un poquillo, un poquillo nada más, porque las
mujeres no necesitan tantas sabidurías como nosotros los señores
médicos.
Antes de que Celipín acabara de hablar, los dos se habían puesto en
camino, andando tan a prisa cual si estuvieran viendo ya las torres de
los Madriles del Rey de España.
--Salgámonos del sendero--dijo Celipín, dando pruebas en aquella ocasión
de un gran talento práctico--porque si nos ven nos echarán mano y nos
darán un buen pie de paliza.
Pero la Nela soltó la mano de su compañero de aventuras, y sentándose en
una piedra, murmuró tristemente:
--Yo no voy.
--Nela... ¡qué tonta eres! Tú no tienes como yo un corazón del tamaño de
esas peñas de la _Terrible_--dijo Celipín con fanfarronería--.
¡Recórcholis!, ¿a qué tienes miedo? ¿Por qué no vienes?
--Yo... ¿para qué?
--¿No sabes que dijo D. Teodoro que los que nos criamos aquí nos
volvemos piedras?... Yo no quiero ser una piedra, yo no.
--Yo... ¿para qué voy?--dijo la Nela con amargo desconsuelo--. Para ti
es tiempo, para mí es tarde.
La Nela dejó caer la cabeza sobre su pecho y por largo rato permaneció
insensible a la seductora verbosidad del futuro Hipócrates. Al ver que
iba a franquear el lindero de aquella tierra donde había vivido y donde
dormía su madre el eterno sueño, se sintió arrancada de su suelo
natural. La hermosura del país, con cuyos accidentes se sentía unida por
una especie de parentesco, la escasa felicidad que había gustado en él,
la miseria misma, el recuerdo de su amito y de las gratas horas de paseo
por el bosque y hacia la fuente de Saldeoro, los sentimientos de
admiración o de simpatía, de amor o de gratitud que habían florecido en
su alma en presencia de aquellas mismas flores, de aquellas mismas
nubes, de aquellos árboles frondosos, de aquellas peñas rojas, y como
asociados a la belleza, al desarrollo, a la marcha y a la constancia de
aquellas mismas partes de la Naturaleza, eran otras tantas raíces
morales, cuya violenta tirantez, al ser arrancadas, producíala vivísimo
dolor.
--Yo no me voy--repitió.
Y Celipín hablaba, hablaba, cual si ya, subiendo milagrosamente hasta el
pináculo de su carrera, perteneciese a todas las Academias creadas y por
crear.
--¿Entonces vuelves a casa?--preguntole al ver que su elocuencia era tan
inútil como la de aquellos centros oficiales del saber.
--No.
--¿Vas a la casa de Aldeacorba?
--Tampoco.
--Entonces ¿te vas al pueblo de la señorita Florentina?
--No, tampoco.
--Pues entonces ¡córcholis, recórcholis!, ¿a dónde vas?
La Nela no contestó nada: seguía mirando con espanto al suelo, como si
en él estuvieran los pedazos de la cosa más bella y más rica del mundo,
que se acababa de caer y romperse.
--Pues entonces, Nela--dijo Celipín, fatigado de sus largos
discursos--yo te dejo y me voy, porque pueden descubrirme.... ¿Quieres
que te dé una peseta, por si se te ofrece algo esta noche?
--No, Celipín, no quiero nada.... Vete, tú serás hombre de provecho....
Pórtate bien y no te olvides de Socartes, ni de tus padres.
El viajero sintió una cosa impropia de varón tan formal y respetable,
sintió que le venían ganas de llorar; mas sofocando aquella emoción
importuna, dijo:
--¿Cómo me he de olvidar a Socartes?... Pues no faltaba más.... No me
olvidaré de mis padres ni de ti, que me has ayudado a esto.... Adiós,
Nelilla.... Siento pasos.
Celipín enarboló su palo con una decisión que probaba cuán templada
estaba su alma para afrontar los peligros del mundo; pero su intrepidez
no tuvo objeto, porque era un perro el que venía.
--Es Choto--dijo Nela temblando.
--Agur--murmuró Celipín, poniéndose en marcha.
Desapareció entre las sombras de la noche.
La geología había perdido una piedra y la sociedad había ganado un
hombre.
La Nela sintió escalofríos al verse acariciada por Choto. El generoso
animal, después de saltar alrededor de ella, gruñendo con tanta
expresión que faltaba muy poco para que sus gruñidos fuesen palabras,
echó a correr con velocidad suma hacia Aldeacorba. Creeríase que corría
tras una pieza de caza; pero al contrario de ciertos oradores, el buen
Choto ladrando hablaba.
A la misma hora Teodoro Golfín salía de la casa de Penáguilas. Llegose a
él Choto y le dijo atropelladamente no sabemos qué. Era como una brusca
interpelación pronunciada entre los bufidos del cansancio y los ahogos
del sentimiento. Golfín, que sabía muchas lenguas, era poco fuerte en la
canina, y no hizo caso. Pero Choto dio unas cuarenta vueltas en torno de
él, soltando de su espumante boca, unos al modo de insultos que después
parecían voces cariñosas y después amenazas. Teodoro se detuvo entonces
prestando atención al cuadrúpedo. Viendo Choto que se había hecho
entender un poco, echó a correr en dirección contraria a la que llevaba
Golfin. Este le siguió murmurando:--Pues vamos allá.
Choto regresó corriendo como para cerciorarse de que era seguido, y
después volvió a alejarse. Como a cien metros de Aldeacorba Golfín creyó
sentir una voz humana, que dijo:
--¿Qué quieres, Choto?
Al punto sospechó que era la Nela quien hablaba. Detuvo el paso, prestó
atención colocándose a la sombra de una haya, y no tardó en descubrir
una figura que, apartándose de la pared de piedra, andaba despacio. La
sombra de las zarzas no permitía descubrirla bien. Despacito siguiola a
bastante distancia, apartándose de la senda y andando sobre el césped
para no hacer ruido. Indudablemente era ella. Conociola perfectamente
cuando entró en terreno claro, donde no oscurecían el suelo árboles ni
zarzas.
La Nela avanzó después más rápidamente. Al fin corría. Golfín corrió
también. Después de un rato de esta desigual marcha, la Nela se sentó en
una piedra. A sus pies se abría el cóncavo hueco de la Trascava, sombrío
y espantoso en la oscuridad de la noche. Golfín esperó y con paso muy
quedo acercose más. Choto estaba frente a la Nela, echado sobre los
cuartos traseros, derechas las patas delanteras, y mirándola como una
esfinge. La Nela miraba hacia abajo.... De pronto empezó a descender
rápidamente, más bien resbalando que corriendo. Como un león se abalanzó
Teodoro a la sima, gritando con voz de gigante:
--¡Nela! ¡Nela!
Miró y no vio nada en la negra boca. Oía, sí, los gruñidos de Choto que
corría por la vertiente en derredor, describiendo espirales, cual si le
arrastrara un líquido tragado por la espantosa sima. Trató de bajar
Teodoro y dio algunos pasos cautelosamente. Volvió a gritar, y una voz
le contestó desde abajo:--Señor....
--Sube al momento.
No recibió contestación.
--¡Que subas!
Al poco rato dibujose la figura de la vagabunda en lo más hondo que se
podía ver del horrible embudo. Choto, después de husmear el tragadero de
la Trascava, subía describiendo las mismas espirales. La Nela subía
también, pero muy despacio. Detúvose, y entonces se oyó su voz que decía
débilmente:--¿Señor?...
--Que subas te digo.... ¿Qué haces ahí?
La Nela subió otro poco.
--Sube pronto... tengo que decirte una cosa.
--¿Una cosa?...
--Una cosa, sí; una cosa tengo que decirte.
La Nela subió y Teodoro no se creyó triunfante hasta que pudo asir
fuertemente su mano para llevarla consigo.
-XIX-