El efecto que estas deshilvanadas y sutiles razones hacían en Horacio
fácilmente se comprenderá. Viose convertido en ser ideal, y a cada
carta que recibía, entrábanle dudas acerca de su propia personalidad,
llegando al extremo increíble de preguntarse si era él como era, o
como le pintaba con su indómita pluma la visionaria niña de D. _Lepe_.
Pero su inquietud y confusión no le impidieron ver el peligro tras
ellas oculto, y empezó a creer que _Paquita de Rímini_ más padecía de
la cabeza que de las extremidades. Asaltado de ideas pesimistas, y
lleno de zozobra y cavilaciones, resolvió marchar a Madrid, y ya tenía
dispuesto todo para el viaje, a últimos de febrero, cuando un repentino
ataque de hemoptisis de doña Trinidad le encadenó a Villajoyosa en tan
mala ocasión.
En los mismos días de esta ocurrencia, pasaban en Madrid y en casa de
D. Lope cosas de extraordinaria gravedad, que deben ser puntualmente
referidas. Tristana empeoró tanto, que nada pudo su fuerza de voluntad
contra el dolor intensísimo, acompañado de fiebre, vómitos y malestar
general. Desesperado y aturdido, sin la presencia de ánimo que requería
el caso, D. Lope creía conjurar el peligro clamando al Cielo, ya con
acento de piedad, ya con amenazas y blasfemias. Su irreflexivo temor
le hacía ver la salvación de la enferma en los cambios de tratamiento:
despedido Miquis, hubo que llamarle otra vez, porque su sucesor era
de los que todo lo curan con sanguijuelas, y esta medicación, si al
principio determinó algún alivio, luego aniquiló las cortas fuerzas de
la paciente.
Alegrose Tristana de la vuelta de Miquis, porque le inspiraba simpatía
y confianza, levantándole el espíritu con el poder terapéutico de su
afabilidad. Los calmantes enérgicos le devolvieron por algunas horas
cada día la virtud preciosa de consolarse con su propia imaginación,
de olvidar el peligro, pensando en bienes imaginarios y en glorias
remotísimas. Aprovechó los momentos de sedación para escribir algunas
cartas breves, compendiosas, que el mismo D. Lope, sin hacer ya
misterio de su indulgencia, se encargaba de echar al correo.
--Basta de tapujos, niña mía --le dijo con alardes de confianza
paterna--. Para mí no hay secretos. Y si tus cartitas te consuelan,
yo no te riño, ni me opongo a que las escribas. Nadie te comprende
como yo, y el mismo que tiene la dicha de leer tus garabatos no
está a la altura de ellos, ni merece tanto honor. En fin, ya te
irás convenciendo... Entretanto, muñeca de mi vida, escribe todo lo
que quieras, y si algún día no tuvieras ganas de manejar la pluma,
díctame, y seré tu secretario. Ya ves la importancia que doy a ese
juego infantil... ¡Cosas de chiquillos, que comprendo perfectamente,
porque yo también he tenido veinte años, yo también he sido tonto, y
a cuanta niña me caía por delante la llamaba _mi bello ideal_, y le
ofrecía mi blanquísima mano...
Terminaba estas bromas con una risita no muy sincera, que inútilmente
quería comunicar a Tristana, y al fin él solo reía sus propios chistes,
disimulando la terrible procesión que por dentro le andaba.
Augusto Miquis iba tres veces al día, y aún no estaba contento D. Lope,
decidido a emplear todos los recursos de la ciencia médica para sanar
a su muñeca infeliz. En aquel caso no se contentaba con dar la camisa,
pues la piel misma le hubiera parecido corto sacrificio para objeto tan
grande.
--Si mis recursos se acaban por completo --decía--, lo que no es
imposible al paso que vamos, haré lo que siempre me repugnó, y me
repugna, daré sablazos, me rebajaré a pedir auxilio a mis parientes de
Jaén, que es para mí el colmo de la humillación y de la vergüenza. Mi
dignidad no vale un pito ante la tremenda desgracia que me desgarra
el corazón, este corazón que era de bronce y ahora es pura manteca.
¡Quién me lo había de decir! Nada me afectaba, y los sentimientos de
toda la humanidad me importaban un ardite... Pues ahora, la piernecita
de esta pobre mujer me parece a mí que nos va a traer el desequilibrio
del Universo. Creo que hasta el momento presente no he conocido cuánto
la quiero, ¡pobrecilla! Es el amor de mi vida, y no consiento perderla
por nada de este mundo. A Dios mismo, a la muerte se la disputaré.
Reconozco en mí un egoísmo capaz de mover las montañas, un egoísmo que
no vacilo en llamar santo, porque me lleva a la reforma de mi carácter
y de todo mi ser. Por él abomino de mis aventuras, de mis escándalos;
por él me consagraré, si Dios me concede lo que le pido, al bien y
a la dicha de esta sin par mujer, que no es mujer, sino un ángel de
sabiduría y de gracia. ¡Y yo la tuve en mis manos y no supe entenderla!
Confiesa y declara, Lope amigo, que eres un zote, que solo la vida
instruye, y que la ciencia verdadera no crece sino en los eriales de la
vejez...
En su trastorno insano, tan pronto volvía los ojos a la medicina como
al charlatanismo. Una mañana le llevó Saturna el cuento de que cierta
curandera, establecida en Tetuán, y cuya fama y prestigio llegaban
por acá hasta Cuatro Caminos y por allá hasta los mismos muros de
Fuencarral, curaba los tumores blancos con la aplicación de las
llamadas _hierbas calleras_. Oírlo D. Lope y mandar que viniera la
que tales prodigios hacía, fue todo uno, y poco le importaba que D.
Augusto pusiese mala cara. Descolgose la comadre con un pronóstico
muy risueño, y aseguró que aquello era cosa de días. Revivió en D.
_Lepe_ la esperanza; hízose cuanto la vieja dispuso; enterose Miquis
aquella misma tarde y no se enojó, dando a entender que el emplasto
de la profesora libre de Tetuán no produciría daño ni provecho a
la enferma. Maldijo D. Lope a todas las charlatanas habidas y por
haber, mandándolas que se fueran con cien mil pares de demonios, y se
restablecieron los planes y estilos de la ciencia.
Pasó Tristana una noche infernal, con violentos accesos de fiebre,
entrecortados de intensísimo frío en la espalda. Garrido, a quien se
podía ahorcar con un cabello, no tuvo más que ver la cara del doctor,
en su visita matutina, para comprender que el mal entraba en un período
de gravedad crítica, pues aunque el bueno de Augusto sabía disfrazar
ante los enfermos su impresión diagnóstica, aquel día pudo más la
pena que el disimulo. La misma Tristana se le adelantó, diciendo con
aparente serenidad:
--Comprendido, doctor... Esta... no la cuento. No me importa. La muerte
me gusta; se me está haciendo simpática. Tanto padecer va consumiendo
las ganas de vivir... Hasta anoche, figurábaseme que el vivir es algo
bonito... a veces... Pero ya me encariño con la idea de que lo más
gracioso es morirse..., no sentir dolor... ¡Qué delicia, qué gusto!...
Echose a llorar, y el bravo D. _Lepe_ necesitó evocar todo su coraje
para no hacer pucheros.
Después de consolar a la enferma con cuatro mentiras muy bien tramadas,
encerrose Miquis con D. Lope en el cuarto de este, dejándose en la
puerta sus bromas y la máscara de amabilidad caritativa, y le habló con
la solemnidad propia del caso.
--Amigo D. Lope --dijo, poniendo sus dos manos sobre los hombros del
caballero, que parecía más muerto que vivo--, hemos llegado a lo que
yo me temía. Tristanita muy grave. A un hombre como usted, valiente
y de espíritu sereno, capaz de atemperarse a las circunstancias más
angustiosas de la vida, se le debe hablar con claridad.
--Sí --murmuró el caballero, haciéndose el valiente, y creyendo que el
cielo se le venía encima, por lo cual, con movimiento instintivo, alzó
las manos como para sostenerlo.
--Pues sí... La fiebre altísima, el frío en la médula, ¿sabe usted lo
que es? Pues el síntoma infalible de la reabsorción...
--Ya, ya comprendo...
--La reabsorción... el envenenamiento de la sangre... la...
--Sí... y...
--Nada, amigo mío. Ánimo. No hay más remedio que operar...
--¡Operar! --exclamó Garrido, en el colmo del aturdimiento--. Cortar...
¿no es eso? ¿Y usted cree...?
--Puede salvarse, aunque no lo aseguro.
--¿Y cuándo...?
--Hoy mismo. No hay que perder tiempo... Una hora que perdamos nos
haría llegar tarde.
Don Lope fue asaltado de una especie de demencia al oír esto, y dando
saltos como fiera herida, tropezando con los muebles, y golpeándose el
cráneo, pronunció estas incongruentes y desatentadas expresiones:
--¡Pobre niña...! cortarle la... ¡Oh! mutilarla horriblemente... ¡Y qué
pierna, doctor...! una obra maestra de la Naturaleza... Fidias mismo
la querría para modelar sus estatuas inmortales... ¿Pero qué ciencia
es esa, que no sabe curar sino cortando? ¡Ah! no saben ustedes de la
misa la media... D. Augusto, por la salvación de su alma, invente
usted algún otro recurso. ¡Quitarle una pierna! Si eso se arreglara
cortándome a mi las dos... ahora mismo, aquí están... Ea, empiece
usted... y sin cloroformo.
Los gritos del buen caballero debieron de oírse en el cuarto de
Tristana, porque entró Saturna, asustadísima, a ver qué demonches le
pasaba a su amo.
--Vete de aquí, bribona... tú tienes la culpa. Digo, no... ¡Cómo está
mi cabeza!... Vete, Saturna, y dile a la niña que no consentiré se
le corte ni tanto así de pierna, ni de nada. Primero me corto yo la
cabeza... No, no se lo digas... Cállate... Que no se entere... Pero
habrá que decírselo... Yo me encargo... Saturna, mucho cuidado con lo
que hablas... Lárgate, déjanos...
Y volviéndose al médico, le dijo:
--Dispénseme, querido Augusto, no sé lo que pienso. Estoy loco... Se
hará todo, todo lo que la facultad disponga... ¿Qué dice usted? ¿Que
hoy mismo...?
--Sí, cuanto más pronto mejor. Vendrá mi amigo el doctor Ruiz Alonso,
cirujano de punta, y... Veremos. Creo que practicada con felicidad la
amputación, la señorita podrá salvarse.
--¡Podrá salvarse! De modo que ni aun así es seguro... ¡Ay, doctor,
no me vitupere usted por mi cobardía! No sirvo para estas cosas... Me
vuelvo un chiquillo de diez años. ¡Quién lo había de decir! ¡Yo que he
sabido afrontar sin un fruncimiento de cejas los mayores peligros...!
--Sr. D. Lope --dijo Miquis con triste acento--, en estas ocasiones
de prueba se ven los puntos que calza nuestra capacidad para el
infortunio. Muchos que se tienen por cobardes resultan animosos, y
otros que se creen gallos salen gallinitas. Usted sabrá ponerse a la
altura de la situación.
--Y será forzoso prepararla... ¡Dios mío, qué trance! Yo me muero... yo
no sirvo, D. Augusto...
--¡Pobrecilla! No se lo diremos claramente. La engañaremos.
--¡Engañarla! No se ha enterado usted todavía de su penetración.
--En fin, vamos allá, que en estas cosas, señor mío, hay que contar
siempre con alguna circunstancia inesperada y favorable. Es fácil que
ella, si tanta agudeza tiene, lo haya comprendido, y no necesitemos...
El enfermo suele ver muy claro.