XXI

«¡Ay, Dios mío --decía Tristana para sí, cruzando las manos y mirando

fijamente a su viejo--, cuánto sabe este maldito! Él es un pillastre

redomado, sin conciencia; pero como saber... ¡vaya si sabe...!»

--¿Estás conforme con lo que te digo, pichona? --le preguntó D.

_Lepe_, besando sus manos, sin disimular la alegría que le causaba el

sentimiento íntimo de su victoria.

--Te diré... sí... Yo creo que no sirvo para lo doméstico; vamos,

que no puedo entender... Pero no sé, no sé si las cosas que sueño se

realizarán...

--¡Ay, yo lo veo tan claro como esta es luz! --replicó Garrido, con

el acento de honrada convicción que sabía tomar en sus fórmulas de

perjurio--. Créeme a mí... Un padre no engaña, y yo, arrepentido del

daño que te hice, quiero ser padre para ti, y nada más que padre.

Siguieron hablando de lo mismo, y D. Lope, con suma habilidad

estratégica, evolucionó para ganarle al enemigo sus posiciones, y allí

fue el ridiculizar la vida boba, la unión eterna con un ser vulgar y

las prosas de la intimidad matrimoñesca.

Al propio tiempo que estas ideas lisonjeaban a la señorita, servíanle

de lenitivo en su grave dolencia. Se sintió mejor aquella tarde, y al

quedarse sola con Saturna, antes de que esta la acostara, tuvo momentos

de ideal alborozo, con las ambiciones más despiertas que nunca, y

gozándose en la idea de verlas realizadas.

--Sí, sí, ¿por qué no he de ser actriz? Si no, seré lo que quiera...

Viviré con holgura decorosa, sin ligarme eternamente a nadie, ni al

hombre que amo y amaré siempre. Le querré más cuanto más libre sea.

Ayudada de Saturna, se acostó, después que esta le hubo curado con

esmero exquisito la rodilla enferma, renovándole los vendajes.

Intranquila pasó la noche; pero se consolaba con los efluvios de

su imaginación ardorosa, y con la idea de pronto restablecimiento.

Aguardaba con ansia el día para escribir a Horacio, y al amanecer,

antes de que se levantara D. Lope, enjaretó una larga y nerviosa

epístola.

«Amor mío, paletito mío, _mio diletto_, sigo mal; pero estoy contenta.

Mira tú qué cosa tan rara... ¡Ay, quién me entenderá a mí, si yo misma

no me entiendo! Estoy alegre, sí, y llena de esperanzas, que se me

cuelan en el alma cuando menos las llamo. Dios es bueno y me manda

estas alegrías, sin duda porque me las merezco. Se me antoja que me

curaré, aunque no mejore; pero se me antoja, y basta. Me da por pensar

que se cumplirán mis deseos, que seré actriz del género trágico,

que podré adorarte desde el castillo de mi independencia comiquil.

Nos querremos de castillo a castillo, dueños absolutos de nuestras

respectivas voluntades, tú libre, libre yo, y tan señora como la que

más, con dominios propios, y sin vida común, ni sagrado vínculo, ni

sopas de ajo, ni nada de eso.

»No me hables a mí del altarito, porque te me empequeñeces tanto que

no te veo de tan chiquitín como te vuelves. Esto será un delirio; pero

nací para delirante crónica, y soy... como la carne de oveja: se me

toma o se me deja. No, dejarme no: te retengo, te amarro, pues mis

locuras necesitan de tu amor para convertirse en razón. Sin ti, me

volvería tonta, que es lo peor que me podría pasar.

»Y yo no quiero ser tonta, ni que lo seas tú. Yo te engrandezco con

mi imaginación cuando quieres achicarte, y te vuelvo bonito cuando

te empeñas en ponerte feo, abandonando tu arte sublime para cultivar

rábanos y calabazas. No te opongas a mi deseo, no desvanezcas mi

ilusión; te quiero grande hombre, y me saldré con la mía. Lo siento,

lo veo... no puede ser de otra manera. Mi voz interior se entretiene

describiéndome las perfecciones de tu ser... No me niegues que eres

como te sueño. Déjame a mí que te fabrique... no, no es esa la palabra;

que te componga... tampoco... que te reconstruya... tampoco... Déjame

que te piense conforme a mi real gana. Soy feliz así; déjame, déjame.»

Siguieron a esta carta otras, en que la imaginación de la pobre enferma

se lanzaba sin freno a los espacios de lo ideal, recorriéndolos como

corcel desbocado, buscando el imposible fin de lo infinito, sin sentir

fatiga en su loca y gallarda carrera.

Véase el género:

«Mi señor, ¿cómo eres? Mientras más te adoro, más olvido tu

fisonomía; pero te invento otra a mi gusto, según mis ideas, según

las perfecciones de que quiero ver adornada tu sublime persona.

¿Quieres que te hable un poquito de mí? ¡Ay, padezco mucho! Creí que

mejoraba; pero no, no quiere Dios. Él sabrá por qué. Tu bello ideal,

tu Tristanita podrá ser, andando el tiempo, una celebridad; pero yo

te aseguro que no será bailarina... ¡Lo que es eso...! Mi piernecita

se opondría. Y también voy creyendo que no será actriz, por la misma

razón. Estoy furiosa... cada día peor, con sufrimientos horribles.

¡Qué médicos estos! No entienden una palabra del arte de curar...

Nunca creí que en el destino de las personas influyera tanto cosa tan

insignificante como es una pierna, una triste pierna, que solo sirve

para andar. El cerebro, el corazón, creí yo que mandarían siempre;

pero ahora, una estúpida rodilla se ha erigido en tirana, y aquellos

nobles órganos la obedecen... Quiero decir, no la obedecen, ni le

hacen maldito caso; pero sufren un absurdo despotismo, que confío será

pasajero. Es como si se sublevara la soldadesca... Al fin, al fin, la

canalla tendrá que someterse.

»Y tú, mi rey querido, ¿qué dices? Si no fuera porque tu amor me

sostiene, ya habría yo sucumbido ante la sedición de esta pata que se

me quiere subir a la cabeza. Pero no, no me acobardo, y pienso las

cosas atrevidas que he pensado siempre... no, que pienso más, mucho

más, y subo, subo siempre. Mis aspiraciones son ahora más acentuadas

que nunca; mi ambición, si así quieres llamarla, se desata y brinca

como una loca. Créelo, tú y yo hemos de hacer algo grande en el mundo.

¿No aciertas cómo? Pues yo no puedo explicártelo; pero lo sé. Me

lo dice mi corazón, que todo lo sabe, que no me ha engañado nunca,

ni puede engañarme. Tú mismo no te formas una idea clara de lo que

eres y de lo que vales. ¿Será preciso que yo te descubra a ti mismo?

Mírate en mí, que soy tu espejo, y te verás en el supremo Tabor de la

glorificación artística. Estoy segura de que no te ríes de lo que digo,

como segura estoy de que eres tal y como te pienso, la suma perfección

moral y física. En ti no hay defectos, ni puede haberlos, aunque los

ojos del vulgo los vean. Conócete; haz caso de mí; entrégate sin recelo

a quien te conoce mejor que tú mismo... No puedo seguir... Me duele

horriblemente... ¡Que un hueso, un miserable hueso nos...!»

Jueves.

«¡Qué día ayer, y qué noche! Pero no me acobardo. El espíritu se me

crece con los sufrimientos. ¿Creerás una cosa? Anoche, cuando el pícaro

dolor me daba algunos ratitos de descanso, me volvía todo el saber

que leyendo adquirí, y que se me había como desvanecido y evaporado.

Entraban las ideas una tras otra, atropellándose, y la memoria, una

vez que las cogía dentro, ¡zas! cerraba la puerta para no dejarlas

salir. No te asombres; no solo sé todo lo que sabía, si no que sé

más, muchísimo más. Con las ideas de casa, han entrado otras nuevas,

desconocidas. Debo yo de tener un _ideón_, palomo ladrón, que al salir

por esos aires, seduce cuantas ideítas encuentra, y me las trae. Sé

más, mucho más que antes. Lo sé todo... no; esto es mucho decir... Hoy

me he sentido muy aliviada, y me dedico a pensar en ti. ¡Qué bueno

eres! Tu inteligencia no conoce igual; para tu genio artístico no hay

dificultades. Te quiero con más alma que nunca, porque respetas mi

libertad, porque no me amarras a la pata de una silla ni a la pata de

una mesa con el cordel del matrimonio. Mi pasión reclama libertad. Sin

ese campo no podría vivir. Necesito comerme libremente la hierba, que

crecerá más arrancada del suelo por mis dientes. No se hizo para mí el

establo. Necesito la pradera sin término.»

En sus últimas cartas, ya Tristana olvidaba el vocabulario de que

solían ambos hacer alarde ingenioso en sus íntimas expansiones

habladas o escritas. Ya no volvió a usar el _señó Juan_ ni la _Paca

de Rímini_, ni los terminachos y licencias gramaticales que eran la

sal de su picante estilo. Todo ello se borró de su memoria, como se

fue desvaneciendo la persona misma de Horacio, sustituida por un ser

ideal, obra temeraria de su pensamiento, ser en quien se cifraban

todas las bellezas visibles e invisibles. Su corazón se inflamó en

un cariñazo que bien podría llamarse místico, por lo incorpóreo y

puramente soñado del ser que tales afectos movía. El Horacio nuevo e

intangible parecíase un poco al verdadero, pero nada más que un poco.

De aquel bonito fantasma iba haciendo Tristana la verdad elemental

de su existencia, pues solo vivía para él, sin caer en la cuenta de

que tributaba culto a un Dios de su propia cosecha. Y este culto se

expresaba en cartas centellantes, trazadas con trémula mano, entre

las alternadas excitaciones del insomnio y la fiebre, y que solo por

mecánica costumbre eran dirigidas a Villajoyosa, pues en realidad

debían expedirse por la estafeta del ensueño hacia la estación de los

espacios imaginarios.

Miércoles.

«Maestro y señor, mis dolores me llevan a ti, como me llevarían mis

alegrías si algunas tuviera. Dolor y gozo son un mismo impulso para

volar... cuando se tienen alas. En medio de las desgracias con que

me aflige, Dios me hace el inmenso bien de concederme tu amor. ¿Qué

importa el dolor físico? Nada. Lo soportaré con resignación, siempre

que... tú no me duelas. ¡Y no me digan que estás lejos! Yo te traigo

a mi lado, te siento junto a mí y te veo y te toco; tengo bastante

poder de imaginación para suprimir la distancia, y contraer el tiempo

conforme se me antoja.»

Jueves.

«Aunque no me lo digas, sé que eres como debes ser. Lo siento en mí.

Tu inteligencia sin par, tu genio artístico, lanzan sus chispazos

dentro de mi propio cerebro. Tu sentimiento elevadísimo del bien, en

mi propio corazón parece que ha hecho su nido... ¡Ay, para que veas la

virtud del espíritu! Cuando pienso mucho en ti, se me quita el dolor.

Eres mi medicina, o al menos un anestésico que mi doctor no entiende.

¡Si vieras...! Miquis se pasma de mi serenidad. Sabe que te adoro;

pero no conoce lo que vales, ni que eres el pedacito más selecto de

la divinidad. Si lo supiera, sería parco en recetar calmantes, menos

activos que la idea de ti... He metido en un puño el dolor porque

necesitaba reposo para escribirte. Con mi fuerza de voluntad, que

es enorme, y con el poder del pensamiento, consigo algunas treguas.

Llévese el Demonio la pierna. Que me la corten. Para nada la necesito.

Tan espiritualmente te amaré con una pierna como con dos..., como sin

ninguna.»

Viernes.

«No me hace falta ver los primores de tu arte maravilloso. Me los

figuro como si delante de mis ojos los tuviera. La Naturaleza no

tiene secretos para ti. Más que tu maestra es tu amiga. De sopetón

se introduce en tus obras, sin que tú lo solicites, y tus miradas la

clavan en el lienzo antes que los pinceles. Cuando yo me ponga buena,

haré lo mismo. Me rebulle aquí dentro la seguridad de que lo he de

hacer. Trabajaremos juntos, porque ya no podré ser actriz; voy viendo

que es imposible... ¡Pero lo que es pintora...! No hay quien me lo

quite de la cabeza. Tres o cuatro lecciones tuyas me bastarán para

seguir tus huellas, siempre a distancia, se entiende... ¿Me enseñarás?

Sí, porque tu grandeza de alma corre parejas con tu entendimiento, y

eres el sumo bien, la absoluta bondad, como eres... aunque no quieras

confesarlo, la suprema belleza.»

Tristana · 第 23 / 32 题