VII

Algo se asustaba Tristana, sin llegar a sentir terror, ni a creer al

pie de la letra en las fieras amenazas de su dueño, cuyos alardes

de olfato y adivinación estimaba como ardid para dominarla. La

tranquilidad de su conciencia dábale valor contra el tirano, y ni

aun se cuidaba de obedecerle en sus infinitas prohibiciones. Aunque

le había ordenado no salir de paseo con Saturna, se escabullía casi

todas las tardes: pero no iban a Madrid, sino hacia Cuatro Caminos, al

Partidor, al Canalillo o hacia las alturas que dominan el Hipódromo:

paseo de campo, con merienda las más veces, y esparcimiento saludable.

Eran los únicos ratos de su vida en que la pobre esclava podía

dar de lado a su tristeza, y gozaba de ellos con abandono pueril,

permitiéndose correr y saltar, y jugar a las cuatro esquinas con la

chica del tabernero, que solía acompañarla, o alguna otra amiguita

del vecindario. Los domingos, el paseo era de muy distinto carácter.

Saturna tenía a su hijo en el Hospicio, y según costumbre de todas las

madres que se hallan en igual caso, salía a encontrarle en el paseo.

Comúnmente, al llegar la caterva de chiquillos a un lugar convenido

en las calles nuevas de Chamberí, les dan el rompan-filas, y se ponen

a jugar. Allí les aguardan ya las madres, abuelas o tías (del que las

tiene), con el pañuelito de naranjas, cacahuetes, avellanas, bollos

o mendrugos de pan. Algunos corretean y brincan jugando a la _toña_;

otros se pegan a los grupos de mujeres. Los hay que piden cuartos al

transeúnte, y casi todos rodean a las vendedoras de caramelos largos,

avellanas y piñones. Mucho gustaban a Tristana tales escenas, y ningún

domingo, como hiciera buen tiempo, dejaba de compartir con su sirviente

la grata ocupación de obsequiar al hospicianillo, el cual se llamaba

Saturno, como su madre, y era rechoncho, patizambo, con unos mofletes

encendidos y carnosos que venían a ser como certificación viva del buen

régimen del Establecimiento provincial. La ropa de paño burdo no le

consentía ser muy elegante en sus movimientos, y la gorra con galón no

ajustaba bien a su cabezota, de cabello duro y cerdoso como los pelos

de un cepillo. Su madre y Tristana le encontraban muy salado; pero hay

que confesar que de salado no tenía ni pizca; era, sí, dócil, noblote y

aplicadillo, con aficiones a la tauromaquia callejera. La señorita le

obsequiaba siempre con alguna naranja, y le llevaba además una perra

chica para que comprase cualquier chuchería de su agrado; y por más que

su madre le incitaba al ahorro, sugiriéndole la idea de ir guardando

todo el numerario que obtuviera, jamás pudo conseguir poner diques a su

despilfarro, y cuarto adquirido era cuarto lanzado a la circulación.

Así prosperaba el comercio de molinitos de papel, de banderillas para

torear, y de torrados y bellotas.

Tras importunas lluvias, trajo el año aquel una apacible quincena de

octubre, con sol picón, cielo despejado, aire quieto; y aunque por

las mañanas amanecía Madrid enfundado de nieblas, y por las noches

la radiación enfriaba considerablemente el suelo, las tardes, de dos

a cinco, eran deliciosas. Los domingos no quedaba bicho viviente en

casa, y todas las vías de Chamberí, los altos de Maudes, las avenidas

del Hipódromo y los cerros de Amaniel, hormigueaban de gente. Por

la carretera no cesaba el presuroso desfile hacia los merenderos de

Tetuán. Un domingo de aquel hermoso octubre, Saturna y Tristana fueron

a esperar a los hospicianos en la calle de Ríos Rosas, que enlaza los

altos de Santa Engracia con la Castellana, y en aquella hermosa vía,

bien asoleada, ancha y recta, que domina un alegre y extenso campo,

fue soltada la doble cuerda de presos. Unos se pegaron a las madres,

que les habían venido siguiendo desde lejos; otros armaron al instante

la indispensable corrida de novillos de puntas, con presidencia,

chiqueros, apartado, callejones, barrera, música del Hospicio, y demás

perfiles. A la sazón pasaron por allí, viniendo de la Castellana,

los sordomudos, en grupos de mudo y ciego, con sus gabanes azules y

galonada gorra. En cada pareja, los ojos del mudo valían al ciego

para poder andar sin tropezones; se entendían por el tacto con tan

endiabladas garatusas, que causaba maravilla verles hablar. Gracias a

la precisión de aquel lenguaje, enteráronse pronto los ciegos de que

allí estaban los hospicianos, mientras los muditos, todos ojos, se

deshacían por echar un par de _verónicas_. ¡Como que para esto maldita

falta les hacía el don de la palabra! En alguna pareja de sordos,

las garatusas eran un movimiento o vibración rapidísima, tan ágil y

flexible como la humana voz. Contrastaban las caras picarescas de los

mudos, en cuyos ojos resplandecía todo el verbo humano, con las caras

aburridas, muertas, de los ciegos, picoteadas atrozmente de viruelas,

vacíos los ojos y cerrados entre cerdosas pestañas, o abiertos, aunque

insensibles a la luz, con pupila de cuajado vidrio.

Detuviéronse allí, y por un momento reinó la fraternidad entre unos y

otros. Gestos, muecas, cucamonas mil. Los ciegos, no pudiendo tomar

parte en ningún juego, se apartaban desconsolados. Algunos se permitían

sonreír como si vieran, llegando al conocimiento de las cosas por el

velocísimo teclear de los dedos. Tal compasión inspiraban a Tristana

aquellos infelices, que casi casi le hacía daño mirarles. ¡Cuidado

que no ver! No acababan de ser personas: faltábales la facultad de

enterarse, y ¡qué trabajo tener que enterarse de todo pensándolo!

Apartose Saturno de su mamá para unirse a una partida que, apostada

en sitio conveniente, desvalijaba a los transeúntes, no de dinero,

sino de cerillas. «El fósforo o la vida» era la consigna, y con tal

saqueo reunían los muchachos materia bastante para sus ejercicios

pirotécnicos, o para encender las hogueras de la Inquisición. Fue

Tristana en su busca; antes de aproximarse a los incendiarios, vio a

un hombre que hablaba con el profesor de los sordomudos, y al cruzarse

su mirada con la de aquel sujeto, pues en ambos el verse y el mirarse

fueron una acción sola, sintió una sacudida interna, como suspensión

instantánea del correr de la sangre.

¿Qué hombre era aquel? Habíale visto antes, sin duda; no recordaba

cuándo ni dónde, allí, o en otra parte; pero aquella fue la primera vez

que al verle sintió sorpresa hondísima, mezclada de turbación, alegría

y miedo. Volviéndole la espalda, habló con Saturno para convencerle

del peligro de jugar con fuego, y oía la voz del desconocido hablando

con picante viveza de cosas que ella no pudo entender. Al mirarle de

nuevo, encontró los ojos de él que la buscaban. Sintió vergüenza, y se

apartó de allí, no sin determinarse a lanzar desde lejos otra miradita,

deseando examinar con ojos de mujer al hombre que tan sin motivo

absorbía su atención, ver si era rubio o moreno, si vestía con gracia,

si tenía aires de persona principal, pues de nada de esto se había

enterado aún. El tal se alejaba: era joven, de buena estatura, vestía

como persona elegante que no está de humor de vestirse, en la cabeza

un livianillo, chafado sin afectación, arrastrando, mal cogido con la

mano derecha, un gabán de verano de mucho uso. Lo llevaba como quien

no estima en nada las prendas de vestir. El traje era gris, la corbata

de lazada hecha a mano con descuido. Todo esto lo observó en un decir

Jesús, y, la verdad, el caballero aquel, o lo que fuese, _le resultaba_

simpático... muy moreno, con barba corta... Creyó al pronto que llevaba

quevedos... pero no; nada de ojos sobrepuestos; solo los naturales,

que... Tristana no pudo, por la mucha distancia, apreciar cómo eran.

Desapareció el individuo, persistiendo su imagen en el pensamiento de

la esclava de don Lope, y al día siguiente, esta, de paseo con Saturna,

le volvió a ver. Iba con el mismo traje; pero llevaba puesto el gabán,

y al cuello un pañuelo blanco, porque soplaba un fresco picante. Mirole

con descaro inocente, regocijada de verle, y él la miraba también,

parándose a discreta distancia. «Parece que quiere hablarme --pensaba

la joven--. Y verdaderamente, no sé por qué no me dice lo que tiene

que decirme.» Reíase Saturna de aquel flecheo insípido, y la señorita,

poniéndose colorada, hacía como que se burlaba también. Por la noche

no tuvo sosiego, y sin atreverse a comunicar a Saturna lo que sentía,

se declaraba a sí propia las cosas más graves. «¡Cómo me gusta ese

hombre! No sé qué daría porque se atreviera... No sé quién es, y pienso

en él noche y día. ¿Qué es esto? ¿Estoy yo loca? ¿Significa esto la

desesperación de la prisionera que descubre un agujerito por donde

escaparse? Yo no sé lo que es esto; solo sé que necesito que me hable,

aunque sea por telégrafos, como los sordomudos, o que me escriba. No

me espanta la idea de escribirle yo, o de decirle que sí, antes que él

me pregunte... ¡Qué desvarío! ¿Pero quién será? Podría ser un pillo,

un... No, bien se ve que es una persona que no se parece a las demás

personas. Es solo, único... bien claro está. No hay otro. ¡Y encontrar

yo el único, y ver que este único tiene más miedo que yo, y no se

atreve a decirme que soy su única! No, no, yo le hablo, le hablo...

me acerco, le pregunto qué hora es, cualquier cosa... o le digo, como

los hospicianos, que me haga el favor de una cerillita... ¡Vaya un

disparate! ¡Qué pensaría de mí! Tendríame por una mujer casquivana. No,

no, él es el que debe romper...»

A la tarde siguiente, ya casi de noche, viniendo señorita y criada en

el tranvía descubierto, ¡él también! Le vieron subir en la Glorieta de

Quevedo: pero como había bastante gente, tuvo que quedarse en pie en

la plataforma delantera. Tristana sentía tal sofocación en su pecho,

que a ratos érale forzoso ponerse en pie para respirar. Un peso enorme

gravitaba sobre sus pulmones, y la idea de que, al bajar del coche, el

desconocido se decidiría a romper el silencio, la llenaba de turbación

y ansiedad. ¿Y qué le iba a contestar ella? Pues señor, no tenía

más remedio que manifestarse muy sorprendida, rechazar, alarmarse,

ofenderse y decir que no y qué sé yo... Esto era lo bonito y decente.

Bajaron, y el caballero incógnito las siguió a honestísima distancia.

No se atrevía la esclava de D. Lope a volver la cabeza, pero Saturna se

encargaba de mirar por las dos. Deteníanse con pretextos rebuscados;

retrocedían como para ver el escaparate de una tienda... y nada. El

galán... mudo como un cartujo. Las dos mujeres, en su desordenado

andar, tropezaron con unos chicos que jugaban en la acera, y uno de

ellos cayó al suelo chillando, mientras los otros corrían hacia las

puertas de las casas alborotando como demonios. Confusión, tumulto

infantil, madres que acuden airadas... Tantas manos quisieron levantar

al muchacho caído, que se cayó otro, y el barullo aumentó.

Como en esto observara Saturna que su señorita y el galán desconocido

no distaban un palmo el uno del otro, se apartó solapadamente. «Gracias

a Dios --pensó atisbándoles de lejos--; ya pica: hablando están.» ¿Qué

dijo a Tristana el sujeto aquel? No se sabe. Solo consta que Tristana

le contestó a todo que sí, ¡sí, sí!, cada vez más alto, como persona

que, avasallada por un sentimiento más fuerte que su voluntad, pierde

en absoluto el sentido de las conveniencias. Fue su situación semejante

a la del que se está ahogando y ve un madero y a él se agarra, creyendo

encontrar en él su salvación. Es absurdo pedir al náufrago que adopte

posturas decorosas al asirse a la tabla. Voces hondas del instinto de

salvación eran las breves y categóricas respuestas de la niña de D.

Lope, aquel sí pronunciado tres veces con creciente intensidad de

tono, grito de socorro de un alma desesperada... Corta y de provecho

fue la escenita. Cuando Tristana volvió al lado de Saturna, se llevó

una mano a la sien, y temblando le dijo:

--¡Pero si estoy loca!... Ahora comprendo mi desvarío. No he tenido

tacto, ni malicia, ni dignidad. Me he vendido, Saturna... ¡Qué pensará

de mí! Sin saber lo que hacía..., arrastrada por un vértigo..., a

todo cuanto me dijo le contesté que sí..., ¡pero cómo...!, ¡ay!, no

sabes..., vaciando mi alma por los ojos. Los suyos me quemaban. ¡Y yo

que creía saber algo de estas hipocresías que tanto convienen a una

mujer! Si me creerá tonta..., si pensará que no tengo vergüenza... Es

que yo no podía disimular, ni hacer papeles de señorita tímida. La

verdad se me sale a los labios, y el sentimiento se me desborda...,

quiero ahogarlo, y me ahoga. ¿Es esto estar enamorada? Solo sé que

le quiero con toda mi alma, y así se lo he dado a entender, ¡qué

afrenta!, le quiero sin conocerle, sin saber ni quién es ni cómo se

llama. Yo entiendo que los amores no deben empezar así..., al menos

no es lo corriente, sino que vayan por grados, entre _síes_ y _noes_

muy habilidosos, con cuquería... Pero yo no puedo ser así, y entrego

el alma cuando ella me dice que quiere entregarse... Saturna, ¿qué

crees? ¿Me tendrá por mujer mala? Aconséjame, dirígeme. Yo no sé de

estas cosas... Espera, escucha: mañana, cuando vuelvas de la compra, le

encontrarás en esa esquina donde nos hablamos, y te dará una cartita

para mí. Por lo que más quieras, por la salud de tu hijo querido,

Saturna, no te niegues a hacerme este favor, que te agradecerá toda mi

vida. Tráeme, por Dios, el papelito, tráemelo, si no quieres que me

muera mañana.

Tristana · 第 10 / 32 题