Algo se asustaba Tristana, sin llegar a sentir terror, ni a creer al
pie de la letra en las fieras amenazas de su dueño, cuyos alardes
de olfato y adivinación estimaba como ardid para dominarla. La
tranquilidad de su conciencia dábale valor contra el tirano, y ni
aun se cuidaba de obedecerle en sus infinitas prohibiciones. Aunque
le había ordenado no salir de paseo con Saturna, se escabullía casi
todas las tardes: pero no iban a Madrid, sino hacia Cuatro Caminos, al
Partidor, al Canalillo o hacia las alturas que dominan el Hipódromo:
paseo de campo, con merienda las más veces, y esparcimiento saludable.
Eran los únicos ratos de su vida en que la pobre esclava podía
dar de lado a su tristeza, y gozaba de ellos con abandono pueril,
permitiéndose correr y saltar, y jugar a las cuatro esquinas con la
chica del tabernero, que solía acompañarla, o alguna otra amiguita
del vecindario. Los domingos, el paseo era de muy distinto carácter.
Saturna tenía a su hijo en el Hospicio, y según costumbre de todas las
madres que se hallan en igual caso, salía a encontrarle en el paseo.
Comúnmente, al llegar la caterva de chiquillos a un lugar convenido
en las calles nuevas de Chamberí, les dan el rompan-filas, y se ponen
a jugar. Allí les aguardan ya las madres, abuelas o tías (del que las
tiene), con el pañuelito de naranjas, cacahuetes, avellanas, bollos
o mendrugos de pan. Algunos corretean y brincan jugando a la _toña_;
otros se pegan a los grupos de mujeres. Los hay que piden cuartos al
transeúnte, y casi todos rodean a las vendedoras de caramelos largos,
avellanas y piñones. Mucho gustaban a Tristana tales escenas, y ningún
domingo, como hiciera buen tiempo, dejaba de compartir con su sirviente
la grata ocupación de obsequiar al hospicianillo, el cual se llamaba
Saturno, como su madre, y era rechoncho, patizambo, con unos mofletes
encendidos y carnosos que venían a ser como certificación viva del buen
régimen del Establecimiento provincial. La ropa de paño burdo no le
consentía ser muy elegante en sus movimientos, y la gorra con galón no
ajustaba bien a su cabezota, de cabello duro y cerdoso como los pelos
de un cepillo. Su madre y Tristana le encontraban muy salado; pero hay
que confesar que de salado no tenía ni pizca; era, sí, dócil, noblote y
aplicadillo, con aficiones a la tauromaquia callejera. La señorita le
obsequiaba siempre con alguna naranja, y le llevaba además una perra
chica para que comprase cualquier chuchería de su agrado; y por más que
su madre le incitaba al ahorro, sugiriéndole la idea de ir guardando
todo el numerario que obtuviera, jamás pudo conseguir poner diques a su
despilfarro, y cuarto adquirido era cuarto lanzado a la circulación.
Así prosperaba el comercio de molinitos de papel, de banderillas para
torear, y de torrados y bellotas.
Tras importunas lluvias, trajo el año aquel una apacible quincena de
octubre, con sol picón, cielo despejado, aire quieto; y aunque por
las mañanas amanecía Madrid enfundado de nieblas, y por las noches
la radiación enfriaba considerablemente el suelo, las tardes, de dos
a cinco, eran deliciosas. Los domingos no quedaba bicho viviente en
casa, y todas las vías de Chamberí, los altos de Maudes, las avenidas
del Hipódromo y los cerros de Amaniel, hormigueaban de gente. Por
la carretera no cesaba el presuroso desfile hacia los merenderos de
Tetuán. Un domingo de aquel hermoso octubre, Saturna y Tristana fueron
a esperar a los hospicianos en la calle de Ríos Rosas, que enlaza los
altos de Santa Engracia con la Castellana, y en aquella hermosa vía,
bien asoleada, ancha y recta, que domina un alegre y extenso campo,
fue soltada la doble cuerda de presos. Unos se pegaron a las madres,
que les habían venido siguiendo desde lejos; otros armaron al instante
la indispensable corrida de novillos de puntas, con presidencia,
chiqueros, apartado, callejones, barrera, música del Hospicio, y demás
perfiles. A la sazón pasaron por allí, viniendo de la Castellana,
los sordomudos, en grupos de mudo y ciego, con sus gabanes azules y
galonada gorra. En cada pareja, los ojos del mudo valían al ciego
para poder andar sin tropezones; se entendían por el tacto con tan
endiabladas garatusas, que causaba maravilla verles hablar. Gracias a
la precisión de aquel lenguaje, enteráronse pronto los ciegos de que
allí estaban los hospicianos, mientras los muditos, todos ojos, se
deshacían por echar un par de _verónicas_. ¡Como que para esto maldita
falta les hacía el don de la palabra! En alguna pareja de sordos,
las garatusas eran un movimiento o vibración rapidísima, tan ágil y
flexible como la humana voz. Contrastaban las caras picarescas de los
mudos, en cuyos ojos resplandecía todo el verbo humano, con las caras
aburridas, muertas, de los ciegos, picoteadas atrozmente de viruelas,
vacíos los ojos y cerrados entre cerdosas pestañas, o abiertos, aunque
insensibles a la luz, con pupila de cuajado vidrio.
Detuviéronse allí, y por un momento reinó la fraternidad entre unos y
otros. Gestos, muecas, cucamonas mil. Los ciegos, no pudiendo tomar
parte en ningún juego, se apartaban desconsolados. Algunos se permitían
sonreír como si vieran, llegando al conocimiento de las cosas por el
velocísimo teclear de los dedos. Tal compasión inspiraban a Tristana
aquellos infelices, que casi casi le hacía daño mirarles. ¡Cuidado
que no ver! No acababan de ser personas: faltábales la facultad de
enterarse, y ¡qué trabajo tener que enterarse de todo pensándolo!
Apartose Saturno de su mamá para unirse a una partida que, apostada
en sitio conveniente, desvalijaba a los transeúntes, no de dinero,
sino de cerillas. «El fósforo o la vida» era la consigna, y con tal
saqueo reunían los muchachos materia bastante para sus ejercicios
pirotécnicos, o para encender las hogueras de la Inquisición. Fue
Tristana en su busca; antes de aproximarse a los incendiarios, vio a
un hombre que hablaba con el profesor de los sordomudos, y al cruzarse
su mirada con la de aquel sujeto, pues en ambos el verse y el mirarse
fueron una acción sola, sintió una sacudida interna, como suspensión
instantánea del correr de la sangre.
¿Qué hombre era aquel? Habíale visto antes, sin duda; no recordaba
cuándo ni dónde, allí, o en otra parte; pero aquella fue la primera vez
que al verle sintió sorpresa hondísima, mezclada de turbación, alegría
y miedo. Volviéndole la espalda, habló con Saturno para convencerle
del peligro de jugar con fuego, y oía la voz del desconocido hablando
con picante viveza de cosas que ella no pudo entender. Al mirarle de
nuevo, encontró los ojos de él que la buscaban. Sintió vergüenza, y se
apartó de allí, no sin determinarse a lanzar desde lejos otra miradita,
deseando examinar con ojos de mujer al hombre que tan sin motivo
absorbía su atención, ver si era rubio o moreno, si vestía con gracia,
si tenía aires de persona principal, pues de nada de esto se había
enterado aún. El tal se alejaba: era joven, de buena estatura, vestía
como persona elegante que no está de humor de vestirse, en la cabeza
un livianillo, chafado sin afectación, arrastrando, mal cogido con la
mano derecha, un gabán de verano de mucho uso. Lo llevaba como quien
no estima en nada las prendas de vestir. El traje era gris, la corbata
de lazada hecha a mano con descuido. Todo esto lo observó en un decir
Jesús, y, la verdad, el caballero aquel, o lo que fuese, _le resultaba_
simpático... muy moreno, con barba corta... Creyó al pronto que llevaba
quevedos... pero no; nada de ojos sobrepuestos; solo los naturales,
que... Tristana no pudo, por la mucha distancia, apreciar cómo eran.
Desapareció el individuo, persistiendo su imagen en el pensamiento de
la esclava de don Lope, y al día siguiente, esta, de paseo con Saturna,
le volvió a ver. Iba con el mismo traje; pero llevaba puesto el gabán,
y al cuello un pañuelo blanco, porque soplaba un fresco picante. Mirole
con descaro inocente, regocijada de verle, y él la miraba también,
parándose a discreta distancia. «Parece que quiere hablarme --pensaba
la joven--. Y verdaderamente, no sé por qué no me dice lo que tiene
que decirme.» Reíase Saturna de aquel flecheo insípido, y la señorita,
poniéndose colorada, hacía como que se burlaba también. Por la noche
no tuvo sosiego, y sin atreverse a comunicar a Saturna lo que sentía,
se declaraba a sí propia las cosas más graves. «¡Cómo me gusta ese
hombre! No sé qué daría porque se atreviera... No sé quién es, y pienso
en él noche y día. ¿Qué es esto? ¿Estoy yo loca? ¿Significa esto la
desesperación de la prisionera que descubre un agujerito por donde
escaparse? Yo no sé lo que es esto; solo sé que necesito que me hable,
aunque sea por telégrafos, como los sordomudos, o que me escriba. No
me espanta la idea de escribirle yo, o de decirle que sí, antes que él
me pregunte... ¡Qué desvarío! ¿Pero quién será? Podría ser un pillo,
un... No, bien se ve que es una persona que no se parece a las demás
personas. Es solo, único... bien claro está. No hay otro. ¡Y encontrar
yo el único, y ver que este único tiene más miedo que yo, y no se
atreve a decirme que soy su única! No, no, yo le hablo, le hablo...
me acerco, le pregunto qué hora es, cualquier cosa... o le digo, como
los hospicianos, que me haga el favor de una cerillita... ¡Vaya un
disparate! ¡Qué pensaría de mí! Tendríame por una mujer casquivana. No,
no, él es el que debe romper...»
A la tarde siguiente, ya casi de noche, viniendo señorita y criada en
el tranvía descubierto, ¡él también! Le vieron subir en la Glorieta de
Quevedo: pero como había bastante gente, tuvo que quedarse en pie en
la plataforma delantera. Tristana sentía tal sofocación en su pecho,
que a ratos érale forzoso ponerse en pie para respirar. Un peso enorme
gravitaba sobre sus pulmones, y la idea de que, al bajar del coche, el
desconocido se decidiría a romper el silencio, la llenaba de turbación
y ansiedad. ¿Y qué le iba a contestar ella? Pues señor, no tenía
más remedio que manifestarse muy sorprendida, rechazar, alarmarse,
ofenderse y decir que no y qué sé yo... Esto era lo bonito y decente.
Bajaron, y el caballero incógnito las siguió a honestísima distancia.
No se atrevía la esclava de D. Lope a volver la cabeza, pero Saturna se
encargaba de mirar por las dos. Deteníanse con pretextos rebuscados;
retrocedían como para ver el escaparate de una tienda... y nada. El
galán... mudo como un cartujo. Las dos mujeres, en su desordenado
andar, tropezaron con unos chicos que jugaban en la acera, y uno de
ellos cayó al suelo chillando, mientras los otros corrían hacia las
puertas de las casas alborotando como demonios. Confusión, tumulto
infantil, madres que acuden airadas... Tantas manos quisieron levantar
al muchacho caído, que se cayó otro, y el barullo aumentó.
Como en esto observara Saturna que su señorita y el galán desconocido
no distaban un palmo el uno del otro, se apartó solapadamente. «Gracias
a Dios --pensó atisbándoles de lejos--; ya pica: hablando están.» ¿Qué
dijo a Tristana el sujeto aquel? No se sabe. Solo consta que Tristana
le contestó a todo que sí, ¡sí, sí!, cada vez más alto, como persona
que, avasallada por un sentimiento más fuerte que su voluntad, pierde
en absoluto el sentido de las conveniencias. Fue su situación semejante
a la del que se está ahogando y ve un madero y a él se agarra, creyendo
encontrar en él su salvación. Es absurdo pedir al náufrago que adopte
posturas decorosas al asirse a la tabla. Voces hondas del instinto de
salvación eran las breves y categóricas respuestas de la niña de D.
Lope, aquel sí pronunciado tres veces con creciente intensidad de
tono, grito de socorro de un alma desesperada... Corta y de provecho
fue la escenita. Cuando Tristana volvió al lado de Saturna, se llevó
una mano a la sien, y temblando le dijo:
--¡Pero si estoy loca!... Ahora comprendo mi desvarío. No he tenido
tacto, ni malicia, ni dignidad. Me he vendido, Saturna... ¡Qué pensará
de mí! Sin saber lo que hacía..., arrastrada por un vértigo..., a
todo cuanto me dijo le contesté que sí..., ¡pero cómo...!, ¡ay!, no
sabes..., vaciando mi alma por los ojos. Los suyos me quemaban. ¡Y yo
que creía saber algo de estas hipocresías que tanto convienen a una
mujer! Si me creerá tonta..., si pensará que no tengo vergüenza... Es
que yo no podía disimular, ni hacer papeles de señorita tímida. La
verdad se me sale a los labios, y el sentimiento se me desborda...,
quiero ahogarlo, y me ahoga. ¿Es esto estar enamorada? Solo sé que
le quiero con toda mi alma, y así se lo he dado a entender, ¡qué
afrenta!, le quiero sin conocerle, sin saber ni quién es ni cómo se
llama. Yo entiendo que los amores no deben empezar así..., al menos
no es lo corriente, sino que vayan por grados, entre _síes_ y _noes_
muy habilidosos, con cuquería... Pero yo no puedo ser así, y entrego
el alma cuando ella me dice que quiere entregarse... Saturna, ¿qué
crees? ¿Me tendrá por mujer mala? Aconséjame, dirígeme. Yo no sé de
estas cosas... Espera, escucha: mañana, cuando vuelvas de la compra, le
encontrarás en esa esquina donde nos hablamos, y te dará una cartita
para mí. Por lo que más quieras, por la salud de tu hijo querido,
Saturna, no te niegues a hacerme este favor, que te agradecerá toda mi
vida. Tráeme, por Dios, el papelito, tráemelo, si no quieres que me
muera mañana.