--¿Pues en qué quieres que piense, en cosas alegres? Dime dónde están,
dímelo pronto.
Para amenizar la conversación, Saturna echaba mano prontamente de
cualquier asunto jovial, sacando a relucir anécdotas y chismes de la
gárrula sociedad que las rodeaba. Algunas noches se entretenían en
poner en solfa a D. Lope, el cual, al verse en tan gran decadencia,
desmintió los hábitos espléndidos de toda su vida, volviéndose algo
roñoso. Apremiado por la creciente penuria, regateaba los míseros
gastos de la casa, educándose, ¡a buenas horas!, en la administración
doméstica, tan disconforme con su caballería. Minucioso y cominero,
intervenía en cosas que antes estimaba impropias de su decoro señoril,
y gastaba un genio y unos refunfuños que le desfiguraban más que
los hondos surcos de la cara y el blanquear del cabello. Pues de
estas miserias, de estas prosas trasnochadas de la vida del D. Juan
caído, sacaban las dos hembras materia para reírse y pasar el rato.
Lo gracioso del caso era que, como D. Lope ignoraba en absoluto la
economía doméstica, mientras más se las echaba de financiero y de buen
mayordomo, más fácilmente le engañaba Saturna, consumada maestra en
sisas y otras artimañas de cocinera y compradora.
Con Tristana fue siempre el caballero todo lo generoso que su pobreza
cada vez mayor le permitía. Iniciada con tristísimos caracteres la
escasez, en el costoso renglón de ropa fue donde primero se sintió el
doloroso recorte de las economías; pero D. Lope sacrificó su presunción
a la de su esclava, sacrificio no flojo en hombre tan devoto admirador
de sí mismo. Llegó día en que la escasez mostró toda la fealdad seca
de su cara de muerte, y ambos quedaron iguales en lo anticuado y
traído de la ropa. La pobre niña se quemaba las cejas, haciendo con
sus trapitos, ayudada de Saturna, mil refundiciones que eran un primor
de habilidad y paciencia. En los fugaces tiempos, que bien podríamos
llamar felices o dorados, Garrido la llevaba al teatro alguna vez;
mas la necesidad, con su cara de hereje, decretó al fin la absoluta
supresión de todo espectáculo público. Los horizontes de la vida se
cerraban y ennegrecían cada día más delante de la señorita de Reluz,
y aquel hogar desapacible, frío de afectos, pobre, vacío en absoluto
de ocupaciones gratas, le abrumaba el espíritu. Porque la casa, en la
cual lucían restos de instalaciones que fueron lujosas, se iba poniendo
de lo más feo y triste que es posible imaginar: todo anunciaba
penuria y decaimiento: nada de lo roto o deteriorado se componía ni
se reparaba. En la salita desconcertada y glacial solo quedaba, entre
trastos feísimos, un bargueño estropeado por las mudanzas, en el cual
tenía D. Lope su archivo galante. En las paredes veíanse los clavos de
donde pendieron las panoplias. En el gabinete observábase hacinamiento
de cosas que debieron de tener hueco en local más grande, y en el
comedor no había más mueble que la mesa y unas sillas cojas con el
cuero desgarrado y sucio. La cama de D. Lope, de madera con columnas
y pabellón airoso, imponía por su corpulencia monumental; pero las
cortinas de damasco azul no podían ya con más desgarrones. El cuarto de
Tristana, inmediato al de su dueño, era lo menos marcado por el sello
del desastre, gracias al exquisito esmero con que ella defendía su
ajuar de la descomposición y de la miseria.
Y si la casa declaraba, con el expresivo lenguaje de las cosas, la
irremediable decadencia de la caballería sedentaria, la persona del
galán iba siendo rápidamente imagen lastimosa de lo fugaz y vano de
las glorias humanas. El desaliento, la tristeza de su ruina, debían
de influir no poco en el _bajón_ del menesteroso caballero, ahondando
las arrugas de sus sienes más que los años, y más que el ajetreo que
desde los veinte se traía. Su cabello, que a los cuarenta empezó a
blanquear, se había conservado espeso y fuerte; pero ya se le caían
mechones, que él habría repuesto en su sitio si hubiera alguna alquimia
que lo consintiese. La dentadura se le conservaba bien en la parte
más visible; pero sus hasta entonces admirables muelas empezaban a
insubordinarse, negándose a masticar bien, o rompiéndosele en pedazos,
cual si unas a otras se mordieran. El rostro de soldado de Flandes
iba perdiendo sus líneas severas, y el cuerpo no podía conservar su
esbeltez de antaño sin el auxilio de una férrea voluntad. Dentro de
casa la voluntad se rendía, reservando sus esfuerzos para la calle,
paseos y casino.
Comúnmente, si al entrar de noche encontraba despiertas a las dos
mujeres, echaba un parrafito con ellas, corto con Saturna, a quien
mandaba que se acostara, largo con Tristana. Pero llegó un tiempo en
que casi siempre entraba silencioso y de mal talante, y se metía en su
cuarto, donde la cautiva infeliz tenía que oír y soportar sus clamores
por la tos persistente, por el dolor reumático, o la sofocación del
pecho. Renegaba D. Lope y ponía el grito en el cielo, cual si creyese
que la Naturaleza no tenía ningún derecho a hacerle padecer, o si se
considerara mortal predilecto, relevado de las miserias que afligen
a la humanidad. Y para colmo de desdichas, veíase precisado a dormir
con la cabeza envuelta en un feo pañuelo, y su alcoba apestaba de los
menjurjes que usar solía para el reuma o el romadizo.
Pero estas menudencias, que herían a D. Lope en lo más vivo de su
presunción, no afectaban a Tristana tanto como las fastidiosas mañas
que iba sacando el pobre señor, pues al derrumbarse tan lastimosamente
en lo físico y en lo moral dio en la flor de tener celos. El que jamás
concedió a ningún nacido los honores de la rivalidad, al sentir en
sí la vejez del león se llenaba de inquietudes, y veía salteadores y
enemigos en su propia sombra. Reconociéndose caduco, el egoísmo le
devoraba, como una lepra senil, y la idea de que la pobre joven le
comparase, aunque solo mentalmente, con soñados ejemplares de belleza
y juventud, le acibaraba la vida. Su buen juicio, la verdad sea dicha,
no le abandonaba enteramente, y en sus ratos lúcidos, que por lo común
eran por la mañana, reconocía toda la importunidad y sinrazón de su
proceder, y procuraba adormecer a la cautiva con palabras de cariño y
confianza.
Poco duraban estas paces, porque al llegar la noche, cuando el viejo y
la niña se quedaban solos, recobraba el primero su egoísmo semítico,
sometiéndola a interrogatorios humillantes, y una vez, exaltado por
aquel suplicio en que le ponía la desproporción alarmante entre su
flacidez enfermiza y la lozanía de Tristana, llegó a decirle:
--Si te sorprendo en algún mal paso, te mato, cree que te mato.
Prefiero terminar trágicamente a ser ridículo en mi decadencia.
Encomiéndate a Dios antes de faltarme. Porque yo lo sé, lo sé; para
mí no hay secretos; poseo un saber infinito de estas cosas, y una
experiencia y un olfato... que no es posible pegármela, no, no es
posible.