La viuda de Reluz había sido linda antes de los disgustos y trapisondas
de los últimos tiempos. Pero su envejecer no fue tan rápido y patente
que le quitara a D. Lope las ganas de cortejarla, pues si el código
caballeresco de este le prohibía galantear a la mujer de un amigo
vivo, la muerte del amigo le dejaba en franquía para cumplir a su
antojo la ley de amar. Estaba de Dios, no obstante, que por aquella vez
no le saliera bien la cuenta, pues a las primeras chinitas que a la
inconsolable tiró, hubo de observar que no contestaba con buen acuerdo
a nada de lo que se le decía, que aquel cerebro no funcionaba como Dios
manda, y en suma, que a la pobre Josefina Solís le faltaban casi todas
las clavijas que regulan el pensar discreto y el obrar acertado. Dos
manías, entre otras mil, principalmente la trastornaban: la manía de
mudarse de casa y la del aseo. Cada semana, o cada mes por lo menos,
avisaba los carros de mudanzas, que aquel año hicieron buen agosto
paseándole los trastos por cuantas calles y rondas hay en Madrid.
Todas las casas eran magníficas el día de la mudanza, y detestables,
inhospitalarias, horribles ocho días después. En esta se helaba de
frío, en aquella se achicharraba; en una había vecinas escandalosas,
en otra ratones desvergonzados, en todas nostalgia de otra vivienda,
del carro de mudanza, ansia infinita de lo desconocido.
Quiso D. Lope poner mano en este costoso delirio; pero pronto se
convenció de que era imposible. El tiempo corto que mediaba entre
mudanza y mudanza, empleábalo Josefina en lavar y fregotear cuanto
cogía por delante, movida de escrúpulos nerviosos y de ascos
hondísimos, más potentes que una fuerte impulsión instintiva. No daba
la mano a nadie, temerosa de que le pegasen herpetismo o pústulas
repugnantes. No comía más que huevos, después de lavarles el cascarón,
y recelosa siempre de que la gallina que los puso hubiera picoteado en
cosas impuras. Una mosca la ponía fuera de sí. Despedía las criadas
cada lunes y cada martes por cualquier inocente contravención de sus
extravagantes métodos de limpieza. No le bastaba con deslucir los
muebles a fuerza de agua y estropajo; lavaba también las alfombras,
los colchones de muelles, y hasta el piano, por dentro y por fuera.
Rodeábase de desinfectantes y antisépticos, y hasta en la comida se
advertían tufos de alcanfor. Con decir que lavaba los relojes está
dicho todo. A su hija la zambullía en el baño tres veces al día, y el
gato huyó bufando de la casa, por no hallarse con fuerzas para soportar
los chapuzones que su ama le imponía.
Con toda el alma lamentaba D. Lope la liquidación cerebral de su amiga,
y echaba de menos a la simpática Josefina de otros tiempos, dama de
trato muy agradable, bastante instruida, y hasta con ciertas puntas y
ribetes de literata de buena ley. A cencerros tapados compuso algunos
versitos, que solo mostraba a los amigos de confianza, y juzgaba
con buen criterio de toda la literatura y literatos contemporáneos.
Por temperamento, por educación y por atavismo, pues tuvo dos tíos
académicos, y otro que fue emigrado en Londres con el duque de Rivas y
Alcalá Galiano, detestaba las modernas tendencias realistas; adoraba el
ideal y la frase noble y decorosa. Creía firmemente que en el gusto hay
aristocracia y pueblo, y no vacilaba en asignarse un lugar de los más
oscuros entre los próceres de las letras. Adoraba el teatro antiguo,
y se sabía de memoria largos parlamentos de _D. Gil de las calzas
verdes_, de _La verdad sospechosa_ y de _El mágico prodigioso_. Tuvo
un hijo, muerto a los doce años, a quien puso el nombre de Lisardo,
como si fuera de la casta de Tirso o Moreto. Su niña debía el nombre de
Tristana a la pasión por aquel arte caballeresco y noble, que creó una
sociedad ideal para servir constantemente de norma o ejemplo a nuestras
realidades groseras y vulgares.
Pues todos aquellos refinados gustos, que la embellecían añadiendo
encantos mil a sus gracias naturales, desaparecieron sin dejar rastro
en ella. Con la insana manía de las mudanzas y del aseo, Josefina
olvidó toda su edad pasada. Su memoria, como espejo que ha perdido el
azogue, no conservaba ni una idea, ni un nombre, ni una frase de todo
aquel mundo ficticio que tanto amó. Un día quiso D. Lope despertar
los recuerdos de la infeliz señora, y vio la estupidez pintada en su
rostro, como si le hablaran de una existencia anterior a la presente.
No comprendía nada, no se acordaba de cosa alguna, ignoraba quién
podría ser D. Pedro Calderón, y al pronto creyó que era algún casero,
o el dueño de los carros de mudanza. Otro día la sorprendió lavando
las zapatillas, y a su lado tenía, puestos a secar, los álbumes de
retratos. Tristana contemplaba, conteniendo sus lágrimas, aquel cuadro
de desolación, y con expresivos ojos suplicaba al amigo de la casa que
no contrariase a la pobre enferma. Lo peor era que el buen caballero
soportaba con resignación los gastos de aquella familia sin ventura,
los cuales, con el sin fin de mudanzas, el frecuente romper de loza
y deterioro de muebles, iban subiendo hasta las nubes. Aquel diluvio
con jabón les ahogaba a todos. Por fortuna, en uno de los cambios
de domicilio, ya fuese por haber caído en casa nueva, cuyas paredes
chorreaban de humedad, ya porque Josefina usó zapatos recién sometidos
a su sistema de saneamiento, llegó la hora de rendir a Dios el alma.
Una fiebre reumática que la entró a saco, espada en mano, acabó sus
tristes días. Pero la más negra fue que, para pagar médico, botica y
entierro, amén de las cuentas de perfumería y comestibles, tuvo D.
Lope que dar otro tiento a su esquilmado caudal, sacrificando aquella
parte de sus bienes que más amaba, su colección de armas antiguas y
modernas, reunida con tantísimo afán, y con íntimos goces de rebuscador
inteligente. Mosquetes raros y arcabuces roñosos, pistolas, alabardas,
espingardas de moros y rifles de cristianos, espadas de cazoleta y
también petos y espaldares que adornaban la sala del caballero entre
mil vistosos arreos de guerra y caza, formando el conjunto más noble
y austero que imaginarse puede, pasaron a precio vil a manos de
mercachifles. Cuando D. Lope vio salir su precioso arsenal, quedose
atribulado y suspenso, aunque su grande ánimo supo aherrojar la congoja
que del fondo del pecho le brotaba, y poner en su rostro la máscara de
una estoica y digna serenidad. Ya no le quedaba más que su colección de
retratos de hembras hermosas, en los cuales había desde la miniatura
delicada hasta la fotografía moderna en que la verdad suple el arte,
museo que era para su historia de amorosas lides, como los de cañones
y banderas que en otro orden pregonan las grandezas de un reinado
glorioso. Ya no le restaba más que esto, algunas imágenes elocuentes
aunque mudas, que significaban mucho como trofeo, bien poco, ¡ay!, como
especie representativa de vil metal.
En la hora del morir, Josefina recobró, como suele suceder, parte del
seso que había perdido, y con el seso le revivió momentáneamente su ser
pasado, reconociendo, cual D. Quijote moribundo, los disparates de la
época de su viudez, y abominando de ellos. Volvió sus ojos a Dios, y
aún tuvo tiempo de volverlos también a D. Lope, que presente estaba, y
le encomendó a su hija huérfana, poniéndola bajo su amparo, y el noble
caballero aceptó el encargo con efusión, prometiendo lo que en tan
solemnes casos es de rúbrica. Total: que la viuda de Reluz cerró la
pestaña, mejorando con su pase a mejor vida la de las personas que acá
gemían bajo el despotismo de sus mudanzas y lavatorios; que Tristana
se fue a vivir con D. Lope, y que este... (hay que decirlo, por duro y
lastimoso que sea) a los dos meses de llevársela, aumentó con ella la
lista ya larguísima de sus batallas ganadas a la inocencia.