Resignada en absoluto no, porque más de una vez, en aquel año que
precedió a lo que se va a referir, la linda figurilla de papel sacaba
los pies del plato, queriendo mostrar carácter y conciencia de persona
libre. Ejercía sobre ella su dueño un despotismo que podremos llamar
seductor, imponiéndole su voluntad con firmeza endulzada, a veces
con mimos o carantoñas, y destruyendo en ella toda iniciativa que no
fuera de cosas accesorias y sin importancia. Veintiún años contaba la
joven cuando los anhelos de independencia despertaron en ella con las
reflexiones que embargaban su mente acerca de la extrañísima situación
social en que vivía. Aún conservaba procederes y hábitos de chiquilla
cuando tal situación comenzó; sus ojos no sabían mirar al porvenir,
y si lo miraban, no veían nada. Pero un día se fijó en la sombra que
el presente proyectaba hacia los espacios futuros, y aquella imagen
suya estirada por la distancia, con tan disforme y quebrada silueta,
entretuvo largo tiempo su atención, sugiriéndole pensamientos mil que
la mortificaban y confundían.
Para la fácil inteligencia de estas inquietudes de Tristana, conviene
hacer toda la luz posible en torno del D. Lope, para que no se le
tenga por mejor ni por más malo de lo que era realmente. Presumía este
sujeto de practicar en toda su pureza dogmática la caballerosidad, o
caballería, que bien podemos llamar sedentaria en contraposición a la
idea de andante o correntona; mas interpretaba las leyes de aquella
religión con criterio excesivamente libre, y de todo ello resultaba
una moral compleja, que no por ser suya dejaba de ser común, fruto
abundante del tiempo en que vivimos; moral que, aunque parecía de su
cosecha, era en rigor concreción en su mente de las ideas flotantes
en la atmósfera metafísica de su época, cual las invisibles bacterias
en la atmósfera física. La caballerosidad de D. Lope, como fenómeno
externo, bien a la vista estaba de todo el mundo: jamás tomó nada que
no fuera suyo, y en cuestiones de intereses llevaba su delicadeza a
extremos quijotescos. Sorteaba su penuria con gallardía, y la encubría
con dignidad, dando pruebas frecuentes de abnegación, y condenando el
apetito de cosas materiales, con acentos de entereza estoica. Para él,
en ningún caso dejaba de ser vil el metal acuñado, ni la alegría que el
cobrarlo produce le redime del desprecio de toda persona bien nacida.
La facilidad con que de sus manos salía, indicaba el tal desprecio
mejor que las retóricas con que vituperaba lo que a su juicio era
motivo de corrupción, y causa de que en la sociedad presente fueran
cada día más escasas las cosechas de caballeros. Respecto a decoro
personal, era tan nimio y de tan quebradiza susceptibilidad, que no
toleraba el agravio más insignificante, ni ambigüedades de palabra que
pudieran llevar en sí sombra de desconsideración. Lances mil tuvo en su
vida, y de tal modo mantenía los fueros de la dignidad, que llegó a ser
código viviente para querellas de honor, y, ya se sabía, en todos los
casos dudosos del intrincado fuero duelístico era consultado el gran
D. Lope, que opinaba y sentenciaba con énfasis sacerdotal, como si se
tratara de un punto teológico o filosófico de la mayor transcendencia.
El punto de honor era, pues, para Garrido, la cifra y compendio de toda
la ciencia del vivir, y esta se completaba con diferentes negaciones.
Si su desinterés podía considerarse como virtud, no lo era ciertamente
su desprecio del Estado y de la Justicia, como organismos humanos. La
curia le repugnaba; los ínfimos empleados del Fisco, interpuestos entre
las instituciones y el contribuyente con la mano extendida, teníalos
por chusma digna de remar en galeras. Deploraba que en nuestra edad
de más papel que hierro y de tantas fórmulas hueras, no llevasen los
caballeros espada para dar cuenta de tanto gandul impertinente. La
sociedad, a su parecer, había creado diversos mecanismos con el solo
objeto de mantener holgazanes, y de perseguir y desvalijar a la gente
hidalga y bien nacida.
Con tales ideas, a D. Lope le resultaban muy simpáticos los
contrabandistas y matuteros, y si hubiera podido, habría salido a
su defensa en un aprieto grave. Detestaba la policía encubierta o
uniformada, y cubría de baldón a los carabineros y vigilantes de
consumos, así como a los pasmarotes que llaman de Orden público, y que,
a su parecer, jamás protegen al débil contra el fuerte. Transigía con
la Guardia civil, aunque él, ¡qué demonio! la hubiera organizado de
otra manera, con facultades procesales y ejecutivas, como verdadera
religión de caballería justiciera en caminos y despoblados. Sobre el
Ejército, las ideas de D. Lope picaban en extravagancia. Tal como lo
conocía, no era más que un instrumento político, costoso y tonto por
añadidura, y él opinaba que se le diera una organización religiosa y
militar, como las antiguas órdenes de caballería, con base popular,
servicio obligatorio, jefes hereditarios, vinculación del generalato,
y en fin, un sistema tan complejo y enrevesado que ni él mismo lo
entendía. Respecto a la Iglesia, teníala por una broma pesada, que
los pasados siglos vienen dando a los presentes, y que estos aguantan
por timidez y cortedad de genio. Y no se crea que era irreligioso: al
contrario, su fe superaba a la de muchos que hociquean ante los altares
y andan siempre entre curas. A estos no les podía ver ni escritos el
ingenioso D. Lope, porque no encontraba sitio para ellos en el sistema
pseudo-caballeresco que su desocupado magín se había forjado, y solía
decir: «Los verdaderos sacerdotes somos nosotros, los que regulamos el
honor y la moral, los que combatimos en pro del inocente, los enemigos
de la maldad, de la hipocresía, de la injusticia... y del vil metal.»
Casos había en la vida de este sujeto que le enaltecían en sumo grado,
y si algún ocioso escribiera su historia, aquellos resplandores de
generosidad y abnegación harían olvidar, hasta cierto punto, las
oscuridades de su carácter y su conducta. De ellos debe hablarse, como
antecedentes o causas que son de lo que luego se referirá. Siempre
fue D. Lope muy amigo de sus amigos, y hombre que se despepitaba por
auxiliar a las personas queridas que se veían en algún compromiso
grave. Servicial hasta el heroísmo, no ponía límites a sus generosos
arranques. Su caballería llegaba en esto hasta la vanidad; y como toda
vanidad se paga, como el lujo de los buenos sentimientos es el más
dispendioso que se conoce, Garrido sufrió considerables quebrantos en
su fortuna. Su muletilla familiar de _dar la camisa por un amigo_ no
era una simple afectación retórica. Si no la camisa, varias veces dio
la mitad de la capa, como San Martín; y últimamente, la prenda de ropa
más útil, como más próxima a la carne, había llegado a correr peligro.
Un amigo de la infancia, a quien amaba entrañablemente, de nombre D.
Antonio Reluz, compinche de caballerías más o menos correctas, puso
a prueba el furor altruista, que no otra cosa era, del buen D. Lope.
Reluz, al casarse por amor con una joven distinguidísima, apartose
de las ideas y prácticas caballerescas de su amigo, calculando que
no constituían oficio ni daban de comer, y se dedicó a manejar en
buenos negocios el capitalito de su esposa. No le fue mal en los
primeros años. Metiose en la compra y venta de cebada, en contratas
de abastecimientos militares, y otros honrados tráficos, que Garrido
miraba con altivo desprecio. Hacia 1880, cuando ambos habían pasado la
línea de los cincuenta, la estrella de Reluz se eclipsó de súbito, y no
puso la mano en negocio que no resultara de perros. Un socio de mala
fe, un amigo pérfido acabaron de perderle, y el batacazo fue de los
más gordos, hallándose de la noche a la mañana sin blanca, deshonrado y
por añadidura preso...
--¿Lo ves? --le decía su amigote--, ¿te convences ahora de que ni tú
ni yo servimos para mercachifles? Te lo advertí cuando empezaste, y
no quisiste hacerme caso. No pertenecemos a nuestra época, querido
Antonio; somos demasiado decentes para andar en estos enjuagues, que
allá se quedan para la patulea del siglo.
Como consuelo, no era de los más eficaces. Reluz le oía sin pestañear,
ni responderle nada, discurriendo cómo y cuándo se pegaría el tirito
con que pensaba poner fin a su horrible sufrimiento.
Pero Garrido no se hizo esperar, y al punto salió con el supremo
recurso de la camisa.
--Por salvar tu honra soy yo capaz de dar la... En fin, ya sabes que es
obligación, no favor, pues somos amigos de veras, y lo que yo hago por
ti, lo harías tú por mí.
Aunque los descubiertos que ponían por los suelos el nombre comercial
de Reluz no eran el oro y el moro, pesaban lo bastante para
resquebrajar el edificio no muy seguro de la fortunilla de D. Lope; el
cual, encastillado en su dogma altruista, hizo la hombrada gorda, y
después de liquidar una casita que conservaba en Toledo, se desprendió
de su colección de cuadros antiguos, si no de primera, bastante
apreciable por los afanes y placeres sin cuento que representaba.
--No te apures --decía a su triste amigo--. Pecho a la desgracia, y no
des a esto el valor de un acto extraordinariamente meritorio. En estos
tiempos putrefactos se estima como virtud lo que es deber de los más
elementales. Lo que se tiene, se tiene, fíjate bien, en tanto que otro
no lo necesita. Esta es la ley de las relaciones entre los humanos, y
lo demás es fruto del egoísmo y de la metalización de las costumbres.
El dinero no deja de ser vil sino cuando se ofrece a quien tiene la
desgracia de necesitarlo. Yo no tengo hijos. Toma lo que poseo; que un
pedazo de pan no ha de faltarnos.»
Que Reluz oía estas cosas con emoción profunda, no hay para qué
decirlo. Cierto que no se pegó el tiro ni había para qué; mas lo mismo
fue salir de la cárcel y meterse en su casa, que pillar una calentura
maligna que lo despachó en siete días. Debió de ser de la fuerza del
agradecimiento, y de las emociones terribles de aquella temporada. Dejó
una viudita inconsolable, que por más que se empeñó en seguirle a la
tumba _por muerte natural_, no pudo lograrlo, y una hija de diecinueve
abriles, llamada Tristana.