CAPITULO XXVI.

Mucho os ruego de mi parte

me lo querais otorgar,

pues que de nigromancía

es vuestro saber y alcanzar,

que me digais una cosa,

que yo os quiero demandar.

La mas linda muger del mundo

¿dónde la podria hallar?

_Rom. de Roldan y Reinaldos._

La situacion de los principales personages de nuestra historia era

bien precaria. No hablemos de la infeliz condesa de Cangas, á quien

no pudimos menos de abandonar á su triste suerte. Aun entre los que

en el dia ocupan nuestra atencion, habia mas de uno que no tenia

motivos para estar contento con su estrella. Elvira en primer lugar

llevaba continuamente clavado en el corazon el dardo que se ahondaba

mas mientras mas esfuerzos hacia por arrancarle, y tenia no pocos

motivos de inquietud y melancolía. La falta de la condesa, á quien

echaba menos entonces mas que nunca, le recordaba sin cesar que

tenia pendiente una acusacion, en el éxito de la cual se hallaba

comprometida no solo la vida del hombre á quien no podia menos de

amar, sino la suya propia, pues era condicion de tales juicios que

habia de morir el acusado ó el acusador, si no en el combate, despues

de él. Elvira se hallaba libre en su cámara, pero lo debia á la buena

opinion que habia merecido siempre en la corte. Luego que se habia

dado á conocer á Abenzarsal, y éste habia espuesto á su alteza sus

circunstancias y las causas particulares que la obligaban á guardar

secreto, se la habia dejado en libertad bajo su palabra, con la única

condicion de haberse de presentar en el juicio, como acusadora, el

dia que su alteza tuviese á bien señalar, dia que se retardaba ya

demasiado, segun lo que solia en tales casos practicarse. El vulgo de

las gentes sobre todo, que no habia podido dar esplicacion ninguna á

la acusacion y circunstancias de la tapada, no sabia á qué achacar

semejante tardanza, sino era á las brujerías de don Enrique de

Villena. Mientras tanto no era menos cierto que Elvira debia estar en

la mas cruel espectativa. La conducta de su esposo era incomprensible

al mismo tiempo para ella: nunca le habia dicho una palabra del

encuentro en la cámara del astrólogo: semejante reserva, agregada á

aquella tristeza misteriosa que le habia dominado hasta el dia en que

habia recibido la orden de caballería, manifestaba que tenia oculto

algun proyecto, idea que no podia menos de hacerla temblar.

Hernan por su parte, á quien saben nuestros lectores ocupado

únicamente en llevar á cabo su venganza contra el doncel, no era mas

feliz. Habia llegado á creer fijamente que Macías estaba prendado de

su esposa: la pequeña escena que habia pasado entre los dos en la

capilla del alcázar no le podia dejar duda acerca de este particular:

asi, pues, esperaba con impaciencia el momento de llegar á las manos

entonces, que ya tenia permiso de su señor para defender su parte en

el juicio de Dios. Con respecto á su esposa, debia estar seguro ya de

que era la acusadora de don Enrique; pero justamente resentido de ese

paso, tampoco la habia hablado de este asunto, y como tan complicado

con el otro que en un mismo dia habia él de morir, ó castigar al

atrevido y al objeto de su osadía, cuidábase ya poco de esto. No

estaba seguro de que su esposa participase de la culpable pasion de

Macías; pero eran tan vehementes sus sospechas, que esta era la

única razon porque no habia temblado al considerar que ó habia de

morir en el combate, ó habia de morir su esposa si él vencia. Triste

alternativa por cierto para otro á quien no hubieran tenido tan ciego

los zelos como al hidalgo. Entre tanto trataba con la mayor dulzura

á su esposa, porque creía que este era, si habia alguno, el medio de

asegurar mas la aclaracion de sus sospechas. No viendo ella en él

ninguna señal alarmante, se abandonaria mas facilmente y caeria en el

lazo que le tenia astutamente tendido.

Don Enrique de Villena no dejaba de estar inquieto tampoco. Cuando

la fortuna se le presentaba tan favorable, cuando habia conseguido

romper los funestos cuanto incómodos vínculos que le unian á su

esposa, cuando tenia asido ya el apetecido maestrazgo, un doncel

aventurero y una dama estravagantemente heróica se habian atravesado

en el camino de sus planes: si él hubiera tenido maldad suficiente,

nada mas facil que haber quitado de enmedio á toda costa tan

importunos obstáculos, como continuamente le aconsejaba el judío;

pero ya hemos visto que el indeciso conde creía tener ya harta carga

sobre su conciencia con la desaparicion de doña María de Albornoz.

El juicio de Dios le hacia temblar, no precisamente porque él

estuviese convencido de que si el cielo tomaba cartas en el juego no

podia estar nunca de su parte, sino porque creyendo mas, como creía,

en el valor de los combatientes para semejantes trances que en la

participacion de la justicia divina, no podia menos de asustarle

la idea de que el contrario era Macías, que pasaba con razon entre

las gentes por caballero mucho mas perfecto y cumplido que Hernan

Perez. Este debia ser víctima probablemente de su temerario y

generoso arrojo; y en este caso don Enrique, vencido en la persona

de su campeon, tendria que recurrir á medios muy violentos, y que le

repugnaban sobremanera, para conservar no solo el maestrazgo, sino

tambien la vida. Hasta entonces habia tenido la fortuna de retardar

el señalamiento del dia, pero esto no podia durar porque la otra

parte instaria, y porque la acusacion habia sido demasiado pública

y la sentencia demasiado terminante para que pudiese sobreseerse

en el asunto. ¿Habria algun medio de evitar que la parte contraria

compareciese el dia aplazado? Esto era lo que formaba el objeto por

entonces de las maquinaciones de don Enrique de Villena, de su

juglar confidente Ferrus y del astrólogo judiciario. En ese caso,

tanto Elvira como Macías serian declarados infames, y reputados

culpables de calumnia, y acreedores por consiguiente al castigo que

habian reclamado en nombre de la ley contra el conde.

Macías era de todos el menos inquieto, y sin embargo el mas

desgraciado. Él debia pelear por su amada; pero el que pendiese la

vida de aquella del esfuerzo de su brazo, era para él una gloria,

una fortuna inapreciable antes que un motivo de inquietud, fuese

Villena, fuese otro mas valiente su contrario: y si Elvira no hubiera

huido constantemente de sus miradas, si no le hubiese quitado todas

las ocasiones de verla y hablarla, ¿quién como él? Pero desde la

mañana en que habia sido armado caballero Fernan Perez, mañana en

que habia bebido tan copiosamente el veneno del amor, Macías estaba

en un estado continuo de delirio y de fiebre, que no le daba lugar

á reflexionar que desde el punto en que el hidalgo habia llegado

á concebir la mas leve sospecha, solo su estremada circunspeccion

podia escusar á la desdichada Elvira mortales sinsabores. El mísero

no veía al hidalgo, no veía el mundo que le rodeaba. Ansioso de

saber del astrólogo lo que le habia querido decir la mañana de su

presentacion en la corte, despues de su llegada de Calatrava, con sus

misteriosas palabras, y no habiendo podido verificarlo por el funesto

encuentro que en la cámara del judío tuviera, habia vuelto á visitar

á este despues de su curacion. Abenzarsal, siguiendo el plan de

enredar á los amantes en el laberinto de su pasion, aun á pesar del

ciego temor del conde, pues trataba de salvar á este mal su grado, no

dudó en echar leña al mortecino fuego de su esperanza.

—Decidme, padre mio, decidme, comenzó Macías, ¿cuál es el sentido

de vuestras fatídicas palabras? Esa corte, que me habeis anunciado

siempre como un...

—Sí, le contestó Abenzarsal, la primera vez que os ví conocí que la

corte debia seros funesta.

—¿Funesta, Abenzarsal? ¿Pero qué llamais funesta vosotros? ¿Quereis

decir que podrá acarrear mi muerte...? porque eso, Abenzarsal,

no seria lo peor que pudiera sucederme. ¿Qué causa os conduce á

pensar... qué secreto mio...? Mucho temo que esa ciencia de que os

jactais sea vana y...

—Escuchadme, jóven temerario, interrumpió Abenzarsal. Antes de soltar

vuestra inesperta lengua, aprended á respetar lo que no entendeis.

¿Pensais que puedo vivir ignorante de vuestras acciones, de vuestros

deseos, de vuestros mas secretos pensamientos? Decid: ¿os acordais

del dia en que os dije que al anochecer encontraríais en mi cámara la

satisfaccion de vuestras dudas?

—Sí, sí: ¿cómo pudiera no acordarme? sin el concurso de

circunstancias que impidieron entonces una entrevista entre nosotros,

esta seria acaso escusada.

—Y bien, ¿y qué encontrásteis en mi cámara?

—¡Cielos! ¿qué encontré? ¿seria...?

—Jóven incrédulo, ¿no encontrásteis el verdadero astrólogo que

buscábais? ¿quién os podia dar razon mas satisfactoria de lo que

intentábais preguntarme?

—Lo sabe todo, lo sabe todo, dijo para si Macías. ¡Ah! tu ciencia es

cierta. Yo nunca dije á nadie una palabra, Abenzarsal, tomad ese oro;

es cuanto traigo: satisfaced ahora á mis preguntas. ¿Me ama, adivino,

me ama? ¡Callais, santo Dios! ¡Oh! ¡bien me lo temia!

—¿Y qué hicísteis que no se lo preguntásteis? ¿A qué preguntarme á mí

lo que ella debe saber mejor que yo?

—Viejo artificioso, ¿os burlais de mi dolor? ¿no habeis conocido

nunca una muger? ¿encontrásteis una jamas que haya respondido _sí_,

_no_, á vuestras inconsideradas preguntas? ¿no sabeis que la ficcion

y el silencio son el arte de las mugeres?

—Harto lo sé: estas canas de que veis cubierta mi cabeza no nacen

impunemente.

—Y bien, si tanto sabeis, respondedme: ¿me ama, ó me desprecia?

¿son sus miradas las peligrosas redes que las mugeres desvanecidas

suelen tender á mil amantes que tal vez aborrecen, ó son las de una

hermosa incapaz de engaño y de artificio? ¿son sus ojos solos, ó es

su corazon tambien el que me mira? ¿es buena, ó es mala? ¿quién pudo

conocer jamas á una muger? ¿soy su juguete por ventura, soy solo su

trofeo, ó soy, Abenzarsal, su vencedor? ¡Ah! cuanto poseo es vuestro.

¡Si me ama, decídmelo! Entonces la corte no puede serme nunca

funesta, porque aun muriendo, si muero amado seré dichoso. Si no me

ama, callad. Yo he oido decir que conoceis los hechiceros mil medios

que inspiran el amor. Enloquecedla, Abenzarsal, haced vos lo que

debiera mi mérito haber hecho: ámeme ella, y sea como quiera. ¿Qué

condiciones son precisas? ¿cuál es el premio de vuestro trabajo...?

¡Oh! Elvira, Elvira, ¡cuánto me cuestas! ¿Necesitais mi cuerpo, mi

sangre? hé aqui, herid y consultad mis venas... ¿necesitais mi alma?

¡maldicion, maldicion! haced que me adore, Abenzarsal, y tomadla

tambien. ¡Que me ame! ¡que me adore! y todo lo demas despues.

—Moderaos, jóven arrebatado. ¿Qué motivos teneis para tanta

desesperacion? ¿no arde siquiera en vuestro corazon una chispa de

esperanza?

—¿Y cuándo muere la esperanza en el corazon del hombre? Yo la he

visto mil veces: sus ojos me miraban, y se detenian sobre los mios,

como se detienen los de un amante sobre los de su querido. Cuando

se encuentran nuestros ojos, no hay fuerza que los desvíe. Nuestras

almas se cruzan por ellos, se hablan, se entienden, se refunden

una en otra. Pero ¡ah! Abenzarsal, que huyen á veces, y su rostro

airado...

—¿Airado habeis dicho? ¿y qué mas fortuna pedís? Cuando huyen sus

ojos de los vuestros, entonces es cuando mas os ama; entonces,

doncel, os teme.

—¿Qué decís?

—No huye la indiferencia, ni se enoja. ¿Y nunca la habeis hablado?

—¡Ah! por mi desgracia una vez...

—¡Por vuestra desgracia! ¿Le dijísteis...?

—Menos de lo que siento, pero le dije...

—¿Y respondió?

—¡Mas cómo respondió!!

—¿Os respondió que no, que la ofendíais... que huyéseis... que...?

—¡Abenzarsal!

—¿De qué, pues, os quejais? ¿queríais, mozo inesperto y precipitado,

que una muger virtuosa, una muger que debe á su esposo...?

—¡Abenzarsal! gritó furioso Macías.

—¿Y bien? ¿quereis que me ria en vuestra cara de esa locura? ¿no os

enojais ahora porque...? yo creí que teníais muy sabido...

—Sí, sabido, sí; ¡pero ay del que se complazca en repetírmelo!

—En buen hora. ¿Queríais que esa muger, cuyas perfecciones adorais...?

—Entiendo, entiendo.

—Sed mas confiado, señor, y menos impaciente. Vos mismo la hubiérais

apreciado en menos, y eso las mugeres lo saben. Quieren ser premio de

la victoria, pero de una victoria reñida, porque cuando son vencidas,

doncel, ellas mismas hallan disculpa á su flaqueza, disculpa que

no encontrarian si no se defendiesen. Las menos virtuosas, Macías,

quieren parecerlo hasta á sus propios ojos. ¿Qué será, pues, las que

realmente lo son?

—Sí, pero no confundais á Elvira con...

—En buen hora, doncel. Si os habeis prendado de un ángel, id á

consultar ángeles: yo solo conozco el corazon humano.

—Judío, ¿y qué me aconsejais?

—¿Necesitais consejos despues de lo que os he dicho?

—¿Es posible? Ah, padre mio, no me hagais entrever la felicidad

para arrancármela despues mas amargamente de entre las manos. Si mi

constelacion...

—Las constelaciones, doncel, mandan que tengamos frio en el invierno,

y sin embargo, si os sumergís en un baño de agua caliente en el

corazon de enero, ¿no habreis de sudar?

—¡Cierto!

—Andad, pues, y venced, si podeis vuestra constelacion. Ella se os

anunció funesta. Hacedla vos venturosa.

—Esplicaos mas claro, padre mio... ved que...

—Doncel, os he dado cuantas esplicaciones puedo daros. Recapitulad

mis palabras, y partid. Solo os añadiré, y ved que no os hablo mas en

el asunto, que para vencer es fuerza pelear, por mas que muchos que

peleen no venzan. Vuestra constelacion es funesta; en vuestra mano

está, sin embargo, vencerla. Confianza y audacia. A Dios.

—¡Confianza y audacia! salió diciendo Macías. ¡Santo Dios! ¿será mia?

¿será mia alguna vez? Dos lágrimas, hijas de la terrible emocion y de

la alegría que henchía su corazon, surcaron sus encendidas mejillas.

Desde entonces el audaz mancebo revolvió en su cabeza cuantos medios

podian ocurrírsele para tener una entrevista con Elvira; desde

entonces no vió mas que á Elvira en el mundo; y desde entonces

pudiera haber conocido quien hubiera leido en su corazon que Elvira ó

la muerte era la única alternativa que á tan frenética pasion quedaba.

[Ilustración]

El doncel de don Enrique el doliente, Tomo III (de 4) Historia caballeresca del siglo quince · 第 10 / 18 题