Agua le echan por el rostro
para facerlo acordado,
y vuelto que fuera en sí,
todos le han preguntado
qué cosa fuera la causa
de verlo asi tan parado.
_Rom. del Cid._
A la mañana siguiente brillaban con fuego estraordinario los ojos
de Fernan Perez. Leíase en su semblante la alegría que inundaba su
corazon. Efectivamente la orden de caballería era en aquel tiempo la
mas alta dignidad á que pudiese aspirar un hombre de armas tomar.
Su virtuoso orígen y sus fines, aun mas virtuosos, le daban tal
prestigio, que los reyes se honraban con tan honorífico dictado, y un
caballero solo con serlo tenia derecho á comer en su mesa, honor que
no disfrutaban ya ni sus mismos hijos, hermanos ó sobrinos, mientras
no entraban en aquella noble cofradía. Era preciso ser hidalgo por
parte de padre y madre, y con la antigüedad por lo menos de tres
generaciones: era preciso haber dado pruebas de valor, y gozar de
una reputacion pura é inmaculada. A muchos les costaba ademas pasar
por el largo noviciado de page y escudero progresivamente. Los que
habian entrado al servicio y á hacer prueba de su persona con un rey
ó un príncipe de alta categoría, en calidad de pages, se llamaban
donceles. Macías se habia hallado con Enrique III en este caso, y si
se le llamaba todavia públicamente el doncel, era porque habiéndole
tomado Enrique III, con quien se habia criado, mas afecto que á otro
alguno, habíale conservado aquel nombre por modo de cariño, aun
despues de haber recibido la orden de caballería. En el mismo caso
se habia hallado con don Enrique de Villena el hidalgo Fernan Perez:
habíale entrado á servir primero en calidad de page ó doncel, y habia
pasado á ser su escudero. El cargo de escudero en estos tiempos, y
hasta ese nombre, parecen sonar mal á los oidos delicados. Podemos
asegurarles, sin embargo, que no solo no tenia en aquel tiempo nada
de denigrante, sino que antes era tan honorífico, que muchísimos
grandes, señores y príncipes que habian llegado á ser caballeros
por el orden regular de los grados requeridos para ello en tiempos
de paz, no se habian desdeñado de ejercerlo. En la recepcion de
escudero, los padrinos ó madrinas del page prometian en su nombre
religion, fidelidad y amor, con la misma formalidad é importancia
que en la recepcion de un caballero. Reducíase la obligacion del
escudero á seguir por todas partes á su señor ó al caballero con
quien hacia veces de tal, llevándole su lanza, su yelmo ó su espada;
llevaba del diestro sus caballos, en los duelos y batallas proveíale
de armas, levantábale si caía, dábale caballo de refresco, reparaba
los golpes que iban dirigidos contra él; pero solo en grandes
peligros le era lícito tomar armas por sí en las pendencias y
encuentros á que asistia. Sus deberes domésticos se ceñian á trinchar
y presentar las viandas en la mesa, y aun á ofrecer el aguamanil
á los convidados antes y despues de comer. Pero estos cargos se
desempeñaban con tanta mas dignidad cuanto que los platos los recibia
de mano del maestre-sala, que ya era por sí una dignidad, aunque mas
subalterna, y el agua de mano de los pages, que la tomaban ellos ya
de los domésticos inferiores. En público, y en los banquetes en que
reinaba toda etiqueta y ceremonia, no podia sentarse el escudero
á la mesa de su señor. Para probar que ni el oficio de doncel ni
el de escudero eran sino muy honoríficos, concluirémos diciendo,
que en las historias francesas del siglo XIII, hallamos designados
estos donceles y escuderos con el nombre de _Valets_, mas humillante
aun en el dia que los de _Daoiseau_ y _Ecuyer_, que corresponden
á aquellos en la lengua francesa. Diremos que Villehardouin en su
historia hablando del príncipe Alexis, hijo de Isaác, emperador de
los griegos, le llama en repetidas ocasiones el Valet (ó escudero) de
Constantinopla, porque aquel príncipe, aunque heredero del imperio de
Oriente, no habia recibido todavia la orden de caballería. Por igual
causa son calificados con la misma designacion por los historiadores
sus contemporáneos Luis, rey de Navarra, Felipe, conde de Poitou,
Cárlos, conde de la Marcha, hijo de Felipe, y otros infinitos. Entre
nosotros fue page y doncel el famoso y nobilísimo don Pero Niño,
conde de Buelna, y el mismo don Alvaro de Luna, tan célebre por su
prodigioso favor como por su ruidosa desgracia.
En tiempos de guerra, y en los principios de la orden de caballería,
se conferia esta con menos pompa y formalidad: el rey ó el general
creaba caballeros antes y mas comunmente despues del combate: en
esos casos reducíanse todas las ceremonias á dar la pescozada ó
espaldarazo dos ó tres veces en el hombro del candidato con el plano
de la espada, diciéndole en alta voz: _Os hago caballero en nombre
del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo_. Solia ser otras veces
el teatro honroso donde se conferia la orden de los valientes,
leales y esforzados, un torneo, un campo de batalla, el foso de un
castillo sitiado ó asaltado, la brecha abierta ya de una torre,
ó una fortaleza feudal. En medio de la confusion y tumulto de la
refriega, arrodillábase el escudero á las plantas del rey, del
general, ó de un caballero cualquiera acreditado ya por sus altos
hechos de armas. Cuando el famoso Bayardo, caballero sin tacha y
sin reproche, confirió de esa suerte la orden de caballería al rey
Francisco II, “O espada mia, esclamó, mil y mil veces venturosa por
haber dado hoy la orden de caballería á un rey tan grande y tan
poderoso, yo te conservaré como preciosa reliquia, y te preferiré
siempre á cualquiera otra.” Despues, añade el historiador que nos ha
conservado este rasgo singular, dió dos saltos y envainó su espada.
En tiempos de paz, y cuando posteriormente hubo llegado esta famosa
institucion á su mas alto grado de esplendor y á su verdadero apogeo,
se solia aprovechar, para conferirla á los escuderos que se habian
hecho de ella merecedores, alguna solemnidad. Un dia grande de la
iglesia, el aniversario de una famosa victoria, la boda ó nacimiento
de un príncipe ó una coronacion, eran las coyunturas mas comunmente
escogidas, y en tales casos hacíase la promocion con otra pompa y
con mas minuciosas formalidades; las cuales se complicaron mas y mas
sobre todo desde el siglo XI, en que pareció tomar aquella orden un
carácter nuevo con la mezcla de ceremonias religiosas y profanas, que
para la admision de los señores en esta vasta cofradía se exigieron.
Fernan Perez de Vadillo no podia menos de dar á su nueva dignidad
la importancia que en aquellos siglos tenia. Todo aquel dia empleó
en los preparativos de la ceremonia solemne que se preparaba para
él. El condestable Ruy Lopez Dávalos quiso ser su padrino, y obtuvo
que fuese madrina la noble esposa de don Juan de Velasco, camarero
mayor de su alteza. El conde de Cangas y Tineo era un personage
bastante calificado para que la dignidad que iba á conferir á su
escudero llamase la atencion de la corte. Su posicion ventajosa, en
aquel momento mas que en otro alguno de su vida, le granjearon la
asistencia á aquel acto, y la cooperacion de las primeras personas
de Castilla. Don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, se brindó á
oficiar en la ceremonia, y el mismo rey don Enrique, al señalar para
ella la capilla de su regio alcázar, quiso presenciarla tambien
desde una tribuna á pesar de sus dolencias. El candidato ayunó aquel
dia, conformándose con los usos establecidos: revestido de una larga
túnica cenicienta, verdadero trage de su clase de escudero, asistió á
la comida que dió don Enrique de Villena á los que debian presenciar
la ceremonia. El candidato, colocado aparte en una mesa pequeña
mientras los demas comian en la principal, permaneció en ella servido
por donceles del conde su señor; pero este, escrupuloso observador
de la etiqueta, le intimó al sentarse que no podria hablar ni reir
durante la comida, ni aun llegar bocado á los labios. Concluida esta
ceremoniosa comida, fue llevado el candidato por sus padrinos,
acompañado de los demas concurrentes, y seguidos de gran número de
juglares y ministriles, que tañian gran variedad de instrumentos y
cantaban baladas alusivas al acto que se preparaba, á la capilla
del alcázar. Esperábale ya, custodiada por dos hombres de armas de
Villena, una hermosa armadura blanca sin mote ni divisa, de que le
hacia merced su señor. Separóse de él alli la concurrencia, y quedó
Fernan Perez de Vadillo velando sus armas y en oracion la noche
entera, despues de haberse despojado de la túnica escuderil, y haber
vestido una cota, embrazado la adarga y empuñado la lanza. Llegada
la mañana, confesó devotamente con fray Juan Enriquez, confesor
de su alteza. No sabremos decir si vuelto su corazon á Dios hizo
sacrificio ante el altar augusto de la penitencia del rencor y de
los sanguinarios proyectos de venganza que le habian determinado á
armarse caballero. Presumimos que asi lo haria, y creemos que si
luego mas adelante la historia nos ha conservado algunos rasgos que
podrian oponerse á aquella concesion cristiana, debe achacarse mas
bien esta inconsecuencia á la flaqueza del corazon humano, ó á la
mezcla estraordinaria de pasiones y religion que reinaba en aquella
época, que á la falta de verdadera contricion del noble hidalgo.
Hecha su confesion, y veladas ya las armas, retiróse el candidato por
el mismo orden que habia venido, y llegado á su habitacion vistió
el trage de caballero, mas rico y adornado que el de escudero,
que acababa de dejar para siempre. Alli recibió las visitas y
felicitaciones de sus deudos y amigos; y varios señores allegados
á don Enrique de Villena vistiéronle sobre la cota de menuda malla
una ancha loriga guarnecida de piel, adorno reservado solo en aquel
tiempo á personas de categoría, y pusiéronle sobre los hombros un
gran manto, cortado á manera de manto real. En esta forma, y llevando
colgada del cuello la espada, llegó seguido de los padrinos, de
los convidados y de sus amigos, á la real capilla, donde esperaban
el momento de dar principio á la augusta ceremonia su alteza en su
tribuna rodeado de varios dignatarios; el arzobispo, que habia salido
al altar al verle llegar, y gran número de damas. Distinguíase entre
ellas la madrina del novel caballero, ricamente ataviada, y á la
derecha del buen condestable, arrodillados los dos al lado de la
epístola en ricos reclinatorios de terciopelo carmesí, en que se veía
recamado en oro el escudo de sus armas respectivas, y de que pendian
largos borlones de aquel precioso metal. Algo detras, y entre otras
damas principales, se veía á Elvira, esposa del hidalgo, cubierta con
un velo, al través del cual se traslucia sin embargo su hermosura,
como suele verse al través de ligeras nubecillas el resplandor
del sol. A la otra parte se colocó el poderoso conde de Cangas,
acompañado de algunos caballeros principales y seguido de dos de sus
pages, con su yelmo el uno y el otro con las espuelas y demas piezas
de la armadura que debian revestirle á Vadillo en acto tan solemne.
El resto de la capilla estaba ocupado por la numerosa concurrencia
que la calidad de las personas habia traido, y por bandas de
ministriles que habian seguido la comitiva, tañendo dulcemente sus
instrumentos. Era gran gusto oir la desacorde confusion que producian
tocadas á un tiempo la cítola sonora, la guitarra morisca, _de
las voces aguda é de los puntos arisca_, el corpudo laúd, el rabé
gritador, el orabin, el salterio, la adedura albardana, la dulcema,
é axabeba y el hinchado albogon, la cinfonia, el odrecillo francés y
la reciancha mandurria, cuyos ecos distintos se unian al sonsonete de
las sonajas de azofar, y al estruendo de los atambores y atambales,
de las trompas y añafiles; instrumentos todos con que se verian tan
apurados nuestros músicos del dia para organizar una sola tocata
medianamente agradable, si se los trocaran de pronto con los que la
civilizacion música les ha perfeccionado, como se verán nuestros
lectores para formar una exacta idea de su figura y armónica melodía
sin mas datos que esta breve enumeracion, por mas fidedigna que la
constituya la autoridad del trovador arcipreste á quien la robamos.
Establecido ya el silencio, arrodillóse el hidalgo ante la reverenda
persona del arzobispo, quien le quitó del cuello la espada que
traía suspendida, y la colocó en el altar en que iba á oficiar.
Comulgó en seguida el candidato con edificante fervor. Despues de
un momento de oracion y recogimiento, principió el arzobispo los
oficios, acabados los cuales se levantó el candidato, é hincándose
de hinojos ante la persona de su señor feudal el poderoso conde
de Cangas y Tineo, pidióle reverentemente que le hiciese merced
de conferirle la orden de caballería. Juró en seguida en manos
del ilustre maestre de Calatrava no escusar su vida ni sus bienes
en defensa de la santa religion católica, apostólica, romana, y
guerrear hasta morir en toda coyuntura y ocasion que se presentase
contra los infieles de aquende y allende el mar; fórmula en que se
comprendian no solo los moros que mantenian guerra todavia con los
reyes de Castilla, sino tambien los sarracenos que poseian á la sazon
el santo sepulcro, y contra los cuales se dirigian de todos los
puntos de Europa continuamente innumerables cruzados. Juró amparar
y defender las viudas y huérfanos que hubiesen recibido tuerto, y
los desvalidos que á su fuerte brazo recurriesen para deshacer sus
agravios, no pudiendo de otra manera los enderezar. Prestado este
noble juramento, leyéronsele los evangelios, sobre los cuales le
repitió nuevamente. Hecho lo cual, el arzobispo, cogiendo la espada
que habia estado sobre el altar durante el oficio divino, la bendijo
y se la ciñó. Llegándose á él sus padrinos, calzóle la una espuela
el buen condestable don Ruy Lopez Dávalos, y la otra la esposa del
noble don Juan de Velasco, á quienes el novel caballero dirigió las
mas espresivas gracias por la merced singular que le dispensaban. Uno
de los principales señores que acompañaban á don Enrique de Villena
le ciñó la coraza antigua, compuesta del peto y espaldar, dándole
paz despues. Don Enrique de Villena, adelantándose en seguida, le
dió tres espaldarazos con el plano de la espada, armándolo caballero
en nombre de Dios, de san Miguel y de Santiago. Recibióle despues en
sus brazos, y en seguida hicieron con él igual ceremonia todos los
demas asistentes, como para darle á entender que se gozaban mucho de
tener admitido en su gremio caballero que tan completo prometia ser
como el noble hidalgo. Alzóse entonces alegre estruendo de todos los
instrumentos proclamando al nuevo caballero. Entre los que debian
dar paz al recien admitido hallábase uno armado de pies á cabeza,
que se habia mantenido constantemente inmóvil al lado del evangelio,
y enfrente del sitio destinado á las damas principales de la corte.
Ni el oficio divino, ni la larga ceremonia habian sido parte para
sacarle de su asombrosa distraccion. Parecia la estátua del fundador
de la capilla, como en aquellos tiempos solian verse algunas en
las mas de las iglesias. Pero si se llegaba á presumir que era una
persona y no una estátua, para comprender su perfecta inmovilidad,
y la fijacion de sus ojos, era preciso creer que un maleficio
particular ejercía sobre él una influencia funesta, y le obligaba á
mirar á aquella parte con la misma irresistible fuerza con que un
instinto fatídico obliga á la incauta mariposa á girar en torno de la
vacilante llama que la ha de acabar, y con que una atraccion física
llama hácia la serpiente cascabel al mísero pajarillo para hacerle
víctima de su irresistible voracidad. Causaba aquel embeleso una dama
que no habia podido menos de notarla, y que en valde habia pensado
ponerle término interponiendo su velo entre las atrevidas miradas
del caballero y su aciaga hermosura. Esta medida habia producido un
efecto enteramente contrario al que esperaba. Si las miradas habian
sido antes continuadas, pero naturales, tomaron despues un carácter
de investigacion muy parecido al que tienen las de aquel que trata
de leer durante el crepúsculo, ó á la opaca luz de la luna. Apenas
quedaba concluido el acto, cuando deseosa la dama de esconderse á tan
imprudentes miradas, se habia confundido y desaparecido entre la
multitud: los ojos sin embargo del caballero, acostumbrados á ver en
aquel punto su contorno, le seguian viendo gran rato despues de haber
desaparecido, como le sucede al que se atrevió á mirar fijamente por
largo espacio al luminar del dia. Horas enteras conserva su retina
la impresion indestructible, y por mas que haya desviado ya los
ojos de su deslumbrante luz, por mas que los cierre, en fin, ve el
sol todavia donde no le hay. Al llegar Vadillo al caballero acababa
de levantarse la dama. Tendió el hidalgo los brazos naturalmente á
recibir de él como de los demas el beso de ceremonia, é hizo la misma
figura que el que fuese á abrazar un árbol ó una columna. No pudo
menos de levantar la cabeza, y de reparar en la especie de estátua
que delante de sí tenia. Conociólo, y su primera accion fue volverse
con la rapidez del rayo á seguir la visual del caballero, y ver en
qué objeto se paraba: si alcanzó á ver algo todavia, ó si el punto
á que las miradas se dirigian bastó á contestar á su muda pregunta,
eso es lo que no sabemos. Diremos solo que su rostro se tiñó de
carmin, y que vertiendo fuego por los ojos y los poros todos de su
encendido semblante, sacudió con una mano al distraido diciendo por
lo bajo, pero con reconcentrada cólera: “_Ya puede haber pactos entre
nosotros, que ya no soy escudero._” A esta sacudida inesperada volvió
en sí el caballero como quien dispierta de un largo sueño. Reconoció
su imprudencia al reconocer al que le hablaba, y no ocurriéndole nada
que responder de pronto á su rara interpelacion, bajó los ojos y
quiso enmendar su pasada distraccion tendiendo entonces los brazos al
hidalgo. Este, empero, poniendo entrambas sus manos en ellos: “Dejad,
le dijo, el abrazo para ocasion en que esteis menos ocupado, que yo
quisiera que el que nos diésemos fuese mas estrecho y mas largo.”
“Como gusteis, hidalgo, repuso el caballero con arrogancia, como
gusteis.”
No habia podido menos de notarse por la concurrencia esta pequeña
escena episódica lanzada en medio de aquel acto solemne: nadie oyó
lo que se dijeron, pero los mas tuvieron algo que decirse al oido
acerca de aquella rara singularidad. Nosotros diremos como fieles
historiadores, que la dama cuando se creyó fuera ya del alcance de
las miradas del importuno, volvió la cabeza y alcanzó aun á ver
algo, que fue lo bastante para despertar en ella ideas de inquietud,
á que hacia ya algun tiempo que no habia dado lugar en su corazon.
Acabada la ceremonia, retiróse cada cual, y el novel caballero,
acompañado de sus padrinos y de sus deudos, se trasladó á la
habitacion del señor de Cangas y Tineo, donde esperaban ya á la
comitiva varias damas y convidados, y donde un magnífico banquete,
dado por el ilustre maestre, terminó con toda la pompa digna de tal
solemnidad un dia tan señalado en la vida de nuestro celoso hidalgo.
[Ilustración]