CAPITULO XXV.

Agua le echan por el rostro

para facerlo acordado,

y vuelto que fuera en sí,

todos le han preguntado

qué cosa fuera la causa

de verlo asi tan parado.

_Rom. del Cid._

A la mañana siguiente brillaban con fuego estraordinario los ojos

de Fernan Perez. Leíase en su semblante la alegría que inundaba su

corazon. Efectivamente la orden de caballería era en aquel tiempo la

mas alta dignidad á que pudiese aspirar un hombre de armas tomar.

Su virtuoso orígen y sus fines, aun mas virtuosos, le daban tal

prestigio, que los reyes se honraban con tan honorífico dictado, y un

caballero solo con serlo tenia derecho á comer en su mesa, honor que

no disfrutaban ya ni sus mismos hijos, hermanos ó sobrinos, mientras

no entraban en aquella noble cofradía. Era preciso ser hidalgo por

parte de padre y madre, y con la antigüedad por lo menos de tres

generaciones: era preciso haber dado pruebas de valor, y gozar de

una reputacion pura é inmaculada. A muchos les costaba ademas pasar

por el largo noviciado de page y escudero progresivamente. Los que

habian entrado al servicio y á hacer prueba de su persona con un rey

ó un príncipe de alta categoría, en calidad de pages, se llamaban

donceles. Macías se habia hallado con Enrique III en este caso, y si

se le llamaba todavia públicamente el doncel, era porque habiéndole

tomado Enrique III, con quien se habia criado, mas afecto que á otro

alguno, habíale conservado aquel nombre por modo de cariño, aun

despues de haber recibido la orden de caballería. En el mismo caso

se habia hallado con don Enrique de Villena el hidalgo Fernan Perez:

habíale entrado á servir primero en calidad de page ó doncel, y habia

pasado á ser su escudero. El cargo de escudero en estos tiempos, y

hasta ese nombre, parecen sonar mal á los oidos delicados. Podemos

asegurarles, sin embargo, que no solo no tenia en aquel tiempo nada

de denigrante, sino que antes era tan honorífico, que muchísimos

grandes, señores y príncipes que habian llegado á ser caballeros

por el orden regular de los grados requeridos para ello en tiempos

de paz, no se habian desdeñado de ejercerlo. En la recepcion de

escudero, los padrinos ó madrinas del page prometian en su nombre

religion, fidelidad y amor, con la misma formalidad é importancia

que en la recepcion de un caballero. Reducíase la obligacion del

escudero á seguir por todas partes á su señor ó al caballero con

quien hacia veces de tal, llevándole su lanza, su yelmo ó su espada;

llevaba del diestro sus caballos, en los duelos y batallas proveíale

de armas, levantábale si caía, dábale caballo de refresco, reparaba

los golpes que iban dirigidos contra él; pero solo en grandes

peligros le era lícito tomar armas por sí en las pendencias y

encuentros á que asistia. Sus deberes domésticos se ceñian á trinchar

y presentar las viandas en la mesa, y aun á ofrecer el aguamanil

á los convidados antes y despues de comer. Pero estos cargos se

desempeñaban con tanta mas dignidad cuanto que los platos los recibia

de mano del maestre-sala, que ya era por sí una dignidad, aunque mas

subalterna, y el agua de mano de los pages, que la tomaban ellos ya

de los domésticos inferiores. En público, y en los banquetes en que

reinaba toda etiqueta y ceremonia, no podia sentarse el escudero

á la mesa de su señor. Para probar que ni el oficio de doncel ni

el de escudero eran sino muy honoríficos, concluirémos diciendo,

que en las historias francesas del siglo XIII, hallamos designados

estos donceles y escuderos con el nombre de _Valets_, mas humillante

aun en el dia que los de _Daoiseau_ y _Ecuyer_, que corresponden

á aquellos en la lengua francesa. Diremos que Villehardouin en su

historia hablando del príncipe Alexis, hijo de Isaác, emperador de

los griegos, le llama en repetidas ocasiones el Valet (ó escudero) de

Constantinopla, porque aquel príncipe, aunque heredero del imperio de

Oriente, no habia recibido todavia la orden de caballería. Por igual

causa son calificados con la misma designacion por los historiadores

sus contemporáneos Luis, rey de Navarra, Felipe, conde de Poitou,

Cárlos, conde de la Marcha, hijo de Felipe, y otros infinitos. Entre

nosotros fue page y doncel el famoso y nobilísimo don Pero Niño,

conde de Buelna, y el mismo don Alvaro de Luna, tan célebre por su

prodigioso favor como por su ruidosa desgracia.

En tiempos de guerra, y en los principios de la orden de caballería,

se conferia esta con menos pompa y formalidad: el rey ó el general

creaba caballeros antes y mas comunmente despues del combate: en

esos casos reducíanse todas las ceremonias á dar la pescozada ó

espaldarazo dos ó tres veces en el hombro del candidato con el plano

de la espada, diciéndole en alta voz: _Os hago caballero en nombre

del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo_. Solia ser otras veces

el teatro honroso donde se conferia la orden de los valientes,

leales y esforzados, un torneo, un campo de batalla, el foso de un

castillo sitiado ó asaltado, la brecha abierta ya de una torre,

ó una fortaleza feudal. En medio de la confusion y tumulto de la

refriega, arrodillábase el escudero á las plantas del rey, del

general, ó de un caballero cualquiera acreditado ya por sus altos

hechos de armas. Cuando el famoso Bayardo, caballero sin tacha y

sin reproche, confirió de esa suerte la orden de caballería al rey

Francisco II, “O espada mia, esclamó, mil y mil veces venturosa por

haber dado hoy la orden de caballería á un rey tan grande y tan

poderoso, yo te conservaré como preciosa reliquia, y te preferiré

siempre á cualquiera otra.” Despues, añade el historiador que nos ha

conservado este rasgo singular, dió dos saltos y envainó su espada.

En tiempos de paz, y cuando posteriormente hubo llegado esta famosa

institucion á su mas alto grado de esplendor y á su verdadero apogeo,

se solia aprovechar, para conferirla á los escuderos que se habian

hecho de ella merecedores, alguna solemnidad. Un dia grande de la

iglesia, el aniversario de una famosa victoria, la boda ó nacimiento

de un príncipe ó una coronacion, eran las coyunturas mas comunmente

escogidas, y en tales casos hacíase la promocion con otra pompa y

con mas minuciosas formalidades; las cuales se complicaron mas y mas

sobre todo desde el siglo XI, en que pareció tomar aquella orden un

carácter nuevo con la mezcla de ceremonias religiosas y profanas, que

para la admision de los señores en esta vasta cofradía se exigieron.

Fernan Perez de Vadillo no podia menos de dar á su nueva dignidad

la importancia que en aquellos siglos tenia. Todo aquel dia empleó

en los preparativos de la ceremonia solemne que se preparaba para

él. El condestable Ruy Lopez Dávalos quiso ser su padrino, y obtuvo

que fuese madrina la noble esposa de don Juan de Velasco, camarero

mayor de su alteza. El conde de Cangas y Tineo era un personage

bastante calificado para que la dignidad que iba á conferir á su

escudero llamase la atencion de la corte. Su posicion ventajosa, en

aquel momento mas que en otro alguno de su vida, le granjearon la

asistencia á aquel acto, y la cooperacion de las primeras personas

de Castilla. Don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, se brindó á

oficiar en la ceremonia, y el mismo rey don Enrique, al señalar para

ella la capilla de su regio alcázar, quiso presenciarla tambien

desde una tribuna á pesar de sus dolencias. El candidato ayunó aquel

dia, conformándose con los usos establecidos: revestido de una larga

túnica cenicienta, verdadero trage de su clase de escudero, asistió á

la comida que dió don Enrique de Villena á los que debian presenciar

la ceremonia. El candidato, colocado aparte en una mesa pequeña

mientras los demas comian en la principal, permaneció en ella servido

por donceles del conde su señor; pero este, escrupuloso observador

de la etiqueta, le intimó al sentarse que no podria hablar ni reir

durante la comida, ni aun llegar bocado á los labios. Concluida esta

ceremoniosa comida, fue llevado el candidato por sus padrinos,

acompañado de los demas concurrentes, y seguidos de gran número de

juglares y ministriles, que tañian gran variedad de instrumentos y

cantaban baladas alusivas al acto que se preparaba, á la capilla

del alcázar. Esperábale ya, custodiada por dos hombres de armas de

Villena, una hermosa armadura blanca sin mote ni divisa, de que le

hacia merced su señor. Separóse de él alli la concurrencia, y quedó

Fernan Perez de Vadillo velando sus armas y en oracion la noche

entera, despues de haberse despojado de la túnica escuderil, y haber

vestido una cota, embrazado la adarga y empuñado la lanza. Llegada

la mañana, confesó devotamente con fray Juan Enriquez, confesor

de su alteza. No sabremos decir si vuelto su corazon á Dios hizo

sacrificio ante el altar augusto de la penitencia del rencor y de

los sanguinarios proyectos de venganza que le habian determinado á

armarse caballero. Presumimos que asi lo haria, y creemos que si

luego mas adelante la historia nos ha conservado algunos rasgos que

podrian oponerse á aquella concesion cristiana, debe achacarse mas

bien esta inconsecuencia á la flaqueza del corazon humano, ó á la

mezcla estraordinaria de pasiones y religion que reinaba en aquella

época, que á la falta de verdadera contricion del noble hidalgo.

Hecha su confesion, y veladas ya las armas, retiróse el candidato por

el mismo orden que habia venido, y llegado á su habitacion vistió

el trage de caballero, mas rico y adornado que el de escudero,

que acababa de dejar para siempre. Alli recibió las visitas y

felicitaciones de sus deudos y amigos; y varios señores allegados

á don Enrique de Villena vistiéronle sobre la cota de menuda malla

una ancha loriga guarnecida de piel, adorno reservado solo en aquel

tiempo á personas de categoría, y pusiéronle sobre los hombros un

gran manto, cortado á manera de manto real. En esta forma, y llevando

colgada del cuello la espada, llegó seguido de los padrinos, de

los convidados y de sus amigos, á la real capilla, donde esperaban

el momento de dar principio á la augusta ceremonia su alteza en su

tribuna rodeado de varios dignatarios; el arzobispo, que habia salido

al altar al verle llegar, y gran número de damas. Distinguíase entre

ellas la madrina del novel caballero, ricamente ataviada, y á la

derecha del buen condestable, arrodillados los dos al lado de la

epístola en ricos reclinatorios de terciopelo carmesí, en que se veía

recamado en oro el escudo de sus armas respectivas, y de que pendian

largos borlones de aquel precioso metal. Algo detras, y entre otras

damas principales, se veía á Elvira, esposa del hidalgo, cubierta con

un velo, al través del cual se traslucia sin embargo su hermosura,

como suele verse al través de ligeras nubecillas el resplandor

del sol. A la otra parte se colocó el poderoso conde de Cangas,

acompañado de algunos caballeros principales y seguido de dos de sus

pages, con su yelmo el uno y el otro con las espuelas y demas piezas

de la armadura que debian revestirle á Vadillo en acto tan solemne.

El resto de la capilla estaba ocupado por la numerosa concurrencia

que la calidad de las personas habia traido, y por bandas de

ministriles que habian seguido la comitiva, tañendo dulcemente sus

instrumentos. Era gran gusto oir la desacorde confusion que producian

tocadas á un tiempo la cítola sonora, la guitarra morisca, _de

las voces aguda é de los puntos arisca_, el corpudo laúd, el rabé

gritador, el orabin, el salterio, la adedura albardana, la dulcema,

é axabeba y el hinchado albogon, la cinfonia, el odrecillo francés y

la reciancha mandurria, cuyos ecos distintos se unian al sonsonete de

las sonajas de azofar, y al estruendo de los atambores y atambales,

de las trompas y añafiles; instrumentos todos con que se verian tan

apurados nuestros músicos del dia para organizar una sola tocata

medianamente agradable, si se los trocaran de pronto con los que la

civilizacion música les ha perfeccionado, como se verán nuestros

lectores para formar una exacta idea de su figura y armónica melodía

sin mas datos que esta breve enumeracion, por mas fidedigna que la

constituya la autoridad del trovador arcipreste á quien la robamos.

Establecido ya el silencio, arrodillóse el hidalgo ante la reverenda

persona del arzobispo, quien le quitó del cuello la espada que

traía suspendida, y la colocó en el altar en que iba á oficiar.

Comulgó en seguida el candidato con edificante fervor. Despues de

un momento de oracion y recogimiento, principió el arzobispo los

oficios, acabados los cuales se levantó el candidato, é hincándose

de hinojos ante la persona de su señor feudal el poderoso conde

de Cangas y Tineo, pidióle reverentemente que le hiciese merced

de conferirle la orden de caballería. Juró en seguida en manos

del ilustre maestre de Calatrava no escusar su vida ni sus bienes

en defensa de la santa religion católica, apostólica, romana, y

guerrear hasta morir en toda coyuntura y ocasion que se presentase

contra los infieles de aquende y allende el mar; fórmula en que se

comprendian no solo los moros que mantenian guerra todavia con los

reyes de Castilla, sino tambien los sarracenos que poseian á la sazon

el santo sepulcro, y contra los cuales se dirigian de todos los

puntos de Europa continuamente innumerables cruzados. Juró amparar

y defender las viudas y huérfanos que hubiesen recibido tuerto, y

los desvalidos que á su fuerte brazo recurriesen para deshacer sus

agravios, no pudiendo de otra manera los enderezar. Prestado este

noble juramento, leyéronsele los evangelios, sobre los cuales le

repitió nuevamente. Hecho lo cual, el arzobispo, cogiendo la espada

que habia estado sobre el altar durante el oficio divino, la bendijo

y se la ciñó. Llegándose á él sus padrinos, calzóle la una espuela

el buen condestable don Ruy Lopez Dávalos, y la otra la esposa del

noble don Juan de Velasco, á quienes el novel caballero dirigió las

mas espresivas gracias por la merced singular que le dispensaban. Uno

de los principales señores que acompañaban á don Enrique de Villena

le ciñó la coraza antigua, compuesta del peto y espaldar, dándole

paz despues. Don Enrique de Villena, adelantándose en seguida, le

dió tres espaldarazos con el plano de la espada, armándolo caballero

en nombre de Dios, de san Miguel y de Santiago. Recibióle despues en

sus brazos, y en seguida hicieron con él igual ceremonia todos los

demas asistentes, como para darle á entender que se gozaban mucho de

tener admitido en su gremio caballero que tan completo prometia ser

como el noble hidalgo. Alzóse entonces alegre estruendo de todos los

instrumentos proclamando al nuevo caballero. Entre los que debian

dar paz al recien admitido hallábase uno armado de pies á cabeza,

que se habia mantenido constantemente inmóvil al lado del evangelio,

y enfrente del sitio destinado á las damas principales de la corte.

Ni el oficio divino, ni la larga ceremonia habian sido parte para

sacarle de su asombrosa distraccion. Parecia la estátua del fundador

de la capilla, como en aquellos tiempos solian verse algunas en

las mas de las iglesias. Pero si se llegaba á presumir que era una

persona y no una estátua, para comprender su perfecta inmovilidad,

y la fijacion de sus ojos, era preciso creer que un maleficio

particular ejercía sobre él una influencia funesta, y le obligaba á

mirar á aquella parte con la misma irresistible fuerza con que un

instinto fatídico obliga á la incauta mariposa á girar en torno de la

vacilante llama que la ha de acabar, y con que una atraccion física

llama hácia la serpiente cascabel al mísero pajarillo para hacerle

víctima de su irresistible voracidad. Causaba aquel embeleso una dama

que no habia podido menos de notarla, y que en valde habia pensado

ponerle término interponiendo su velo entre las atrevidas miradas

del caballero y su aciaga hermosura. Esta medida habia producido un

efecto enteramente contrario al que esperaba. Si las miradas habian

sido antes continuadas, pero naturales, tomaron despues un carácter

de investigacion muy parecido al que tienen las de aquel que trata

de leer durante el crepúsculo, ó á la opaca luz de la luna. Apenas

quedaba concluido el acto, cuando deseosa la dama de esconderse á tan

imprudentes miradas, se habia confundido y desaparecido entre la

multitud: los ojos sin embargo del caballero, acostumbrados á ver en

aquel punto su contorno, le seguian viendo gran rato despues de haber

desaparecido, como le sucede al que se atrevió á mirar fijamente por

largo espacio al luminar del dia. Horas enteras conserva su retina

la impresion indestructible, y por mas que haya desviado ya los

ojos de su deslumbrante luz, por mas que los cierre, en fin, ve el

sol todavia donde no le hay. Al llegar Vadillo al caballero acababa

de levantarse la dama. Tendió el hidalgo los brazos naturalmente á

recibir de él como de los demas el beso de ceremonia, é hizo la misma

figura que el que fuese á abrazar un árbol ó una columna. No pudo

menos de levantar la cabeza, y de reparar en la especie de estátua

que delante de sí tenia. Conociólo, y su primera accion fue volverse

con la rapidez del rayo á seguir la visual del caballero, y ver en

qué objeto se paraba: si alcanzó á ver algo todavia, ó si el punto

á que las miradas se dirigian bastó á contestar á su muda pregunta,

eso es lo que no sabemos. Diremos solo que su rostro se tiñó de

carmin, y que vertiendo fuego por los ojos y los poros todos de su

encendido semblante, sacudió con una mano al distraido diciendo por

lo bajo, pero con reconcentrada cólera: “_Ya puede haber pactos entre

nosotros, que ya no soy escudero._” A esta sacudida inesperada volvió

en sí el caballero como quien dispierta de un largo sueño. Reconoció

su imprudencia al reconocer al que le hablaba, y no ocurriéndole nada

que responder de pronto á su rara interpelacion, bajó los ojos y

quiso enmendar su pasada distraccion tendiendo entonces los brazos al

hidalgo. Este, empero, poniendo entrambas sus manos en ellos: “Dejad,

le dijo, el abrazo para ocasion en que esteis menos ocupado, que yo

quisiera que el que nos diésemos fuese mas estrecho y mas largo.”

“Como gusteis, hidalgo, repuso el caballero con arrogancia, como

gusteis.”

No habia podido menos de notarse por la concurrencia esta pequeña

escena episódica lanzada en medio de aquel acto solemne: nadie oyó

lo que se dijeron, pero los mas tuvieron algo que decirse al oido

acerca de aquella rara singularidad. Nosotros diremos como fieles

historiadores, que la dama cuando se creyó fuera ya del alcance de

las miradas del importuno, volvió la cabeza y alcanzó aun á ver

algo, que fue lo bastante para despertar en ella ideas de inquietud,

á que hacia ya algun tiempo que no habia dado lugar en su corazon.

Acabada la ceremonia, retiróse cada cual, y el novel caballero,

acompañado de sus padrinos y de sus deudos, se trasladó á la

habitacion del señor de Cangas y Tineo, donde esperaban ya á la

comitiva varias damas y convidados, y donde un magnífico banquete,

dado por el ilustre maestre, terminó con toda la pompa digna de tal

solemnidad un dia tan señalado en la vida de nuestro celoso hidalgo.

[Ilustración]

El doncel de don Enrique el doliente, Tomo III (de 4) Historia caballeresca del siglo quince · 第 9 / 18 题