Mi querido primo: Para distraer mis penas egoístas al considerarme tan
viejo y tan quebrantado de salud, y mis penas patrióticas al considerar
a España tan abatida, he soltado el freno a la imaginación, que no le
tuvo nunca muy firme, y la he echado a volar por esos mundos de Dios,
para escribir la novela que te dedico.
Tomando por lo serio algunos preceptos irónicos de don Leandro Fernández
de Moratín, en su _Lección poética_, he puesto en mi libro cuanto se ha
presentado a mi memoria de lo que he oído o leído en alabanza de una
época muy distinta de la presente, cuando era España la primera nación
de Europa. Así he procurado consolarme de que hoy no lo sea, si bien
escribiendo la más _antimoratinesca_ de mis composiciones literarias.
Bien puedo asegurar que hay en ella
Cuanto puede hacinar la fantasía,
en concebir delirios eminente:
magia, blasón, alquimia, teosofía,
náutica, bellas artes, oratoria,
brahmánica y gentil mitología,
sacra, profana, universal historia
Y otras mil curiosidades.
Si a pesar de tanta riqueza de ingredientes el pasto espiritual que doy
al público resulta desabrido o empalagoso, no te negaré que he de
afligirme, pero me servirá de consuelo lo inocente de mi trabajo. Nada
más inocente que componer un libro de entretenimiento aunque no
entretenga. Con no leerle evitará toda persona discreta el mal que
involuntariamente pudiera yo causarle. Yo no trato de enseñar nada ni de
probar nada. Si alguien deduce consecuencias o moralejas de la lectura
de este libro, él, y no yo, será responsable de ellas. Yo sólo pretendo
divertir un rato a quien me lea, dejando a los sabios enseñar y
adoctrinar a sus semejantes, y dejando a nuestros hombres políticos la
difícil tarea de regenerarnos y de sacarnos del atolladero en que nos
hemos metido.
He de confesarte, sin embargo, que a veces tengo yo pensamientos algo
presuntuosos, porque creo que el mejor modo de obtener la regeneración
de que tanto se habla, es entretenerse en los ratos de ocio contando
cuentos, aunque sean poco divertidos, y no pensar en barcos nuevos, ni
en fortificaciones, ni en tener sino muy pocos soldados, hasta que
seamos ricos, indispensable condición en el día para ser fuertes. Ser
fuertes en el día es cuestión de lujo. Seamos pues débiles e inermes
mientras que no podemos ser lujosos. Imitemos a Don Quijote, cuando
quiso hacerse pastor después de vencido por el Caballero de la Blanca
Luna. Mientras que unos esquilan las ovejas y mientras que otros recogen
la leche en colodras y hacen requesones y quesos, aumentando así la
riqueza individual, y por consiguiente, la colectiva, nosotros, o al
menos yo, incapacitados por la vejez para tan útiles operaciones,
empleémonos en tocar la churumbela, el violón u otro instrumento
pastoril para que se recreen las ovejas.