TERCETOS.

_G._

Cuando más miro más estoy mirando,

Si podré ver en vuestros lindos ojos

Lo que de vos, señora, voy buscando.

_D._

Tú buscas, amador, muchos enojos,

Que yo no puedo dar sino tristeza;

Quien busca mal, coger quiere abrojos.

_G._

No puede ser de vuestra gran belleza

Puedan coger sino gran alegría,

Que no puede mentir naturaleza.

_D._

Mentir suelen señales cadal dia,

Que muchas veces corre gran fortuna

Quien de la mar bonanza se confia.

_G._

Bien sé que no hallarán firmeza alguna,

Por más que vuestra mar muestre bonanza,

Que no tiene mujer amor ninguna.

No tengo yo, señora, confianza

Que s’ha de ver en puerto mi navío,

Qu’el aire me es contrario de esperanza.

Si veis alguna vez que yo me rio,

Doyme á entender que no soy desdichado,

Pues me tienen por vuestro más que mio.

Con mal me tengo por muy bien pagado,

Yo me pagué de lo que me enamora,

Verme de tal señora enamorado.

Un loco fué d’amor de su señora,

Gracioso, que la amor muda natura,

Que á velle iban muchos de hora en hora.

Por ver y oir locuras de cordura,

Decia, ved amor en qué nos trae,

Que haga parescer bien la locura.

_Fin._

Dixo una dama: No he oido mejores tercetos, por decir en poco mucho,

y ser tan mesurados, que si tales fuesen los que se desmesuran en

festejos, no dixera la señora doña Juana Pallas lo que quiso decir de

los que se desigualan en servir donde no debrian. Decidnos, ¿qué mesura

se debe usar al que no iguala, que allegue á festejar?

_C._ Al que se desmesura hacelle poca mesura, y esto se ha de entender

por los festejos hormigueros, que son como las hormigas, que yendo por

tierra van más seguras, y en hallarse con alas quieren volar para en

mal parar.

Dixo el Duque: No creo que mejor se haya tratado de condiciones que

agora; pues se trata del adobo que pueden tomar los que se querrán

adobar: decíme, ¿qué os parece de la condicion miserable?

Dixo mastre Zapater: Señor, el avaro para la verdadera gloria es

mísero, y para la vana es liberal, que no hay mal que no haga quien

con el bien no la hace; que cierto está que hará muchos males quien no

puede hacer bien con los bienes temporales; pues el cativo del oro es

peor que del moro, porque éste trabaja de salir de cativerio, y el otro

cuanto más va más lo quiere ser, por lo que dice el poeta: _Crescit

amor numi quantum ipsa pecunia crescit_. Él no tiene el amor que á

todos debe: pues no da de lo que Dios dado lo há, para poder remediar

aquel mal de la pobreza, que la dió para probar la paciencia, que sana

cualquier dolencia causada del pecador; que médico es el Criador, que

en la piscina se vió la llaga y medicina.

Dixo el Duque: Lo que se pierde, de mastre Zapater no se cobrará por

ningun bachiller, aunque fuese Molina.

Respondió mastre Zapater:

Nunca vi mejor Molina,

Que tan bueno es su salvado,

Que se salva por harina.

Dixo el Bachiller:

Vos y Juvenal

Con el bien decis del mal.

El Duque atajó este satírico palacio, y dixo: Decíme, ¿qué os parece de

una condicion perezosa, que se descuida de lo que deberia tener cuidado

para no verse juzgado; y decid los dos primero, el Zapater y Molina:

pues dará tan buena harina, que el Zapater avisado no la terná por

salvado.

Respondió Molina: Dixo Aníbal cuando Quinto Fabio Máximo Romano se

honró dél con sus mañas: _Et romani suum Anibalem habent_. Esto se

puede decir por vuestra excelencia d’esta manera: _Et Valentini suum

Juvenalem habent_.

_D._ Vaja fora lo llatí, que mon marit noy entra aci, qu’es tan verbos

que si no parla está rabios, que yol sent ja rosegant lo llatí que

estant parlant.

_C._ Mujer, _quid mihi aut tibi_? Eso que decis de mí debeis vos hacer

aquí, que roeis de rabiosa toda cosa.

_D._ Señor marit, ¿de cuán enzá parlau llatí? don Anton lous fa parlar,

qu’es lo vostre familiar.

Dixo mastre Zapater al Duque: Señor, en la condicion perezosa que

vuestra excelencia manda que yo hable, nadi se debe enojar de lo qu’es

de aprovechar. En los príncipes hallo yo que la condicion perezosa es

muy dañosa, y para bien gobernar á sus pueblos debrian mandar tener

siempre en su córte un embajador por parte de su república, y un Juez

de residencia contínuo dél en ella, para que del embajador supiese

mejor lo que ha menester su tierra si está mal gobernada, y del juez de

residencia fuese remediada, informando á su príncipe para que diese la

pena condigna á quien la meresce, porque no se la den á él de perezoso

en el otro mundo, que Jesucristo nuestro redentor no rehusó cualquier

trabajo para redimirnos.

Dixo el Duque: No he oido mejor licion para bien gobernarse los

príncipes, que si esto se hiciese como debe, muchos se salvarian que se

pierden: decíme, ¿qué os parece de la condicion parlera?

Dixo don Luis Milan: Señor, la condicion parlera se dice ventera, por

ser llena de viento, que la verbosidad es enemiga del buen hablar, y

para ser uno bien hablado, si á vuestra excelencia le paresce, debe

tener estas partes: Estar siempre en su pensamiento para pensar ántes

que hable si es bueno ó malo lo que quiere hablar, que despues de mal

hablado, si se ha de remediar, se verá ser remendado, y para guardarse

de errar, sólo en lo que sabe debe hablar, sopena de ser tenido por

nescio ó loco ó atrevido.

Tambien debe considerar cada uno para lo que es bueno en la

conversacion, porque hay unos que son buenos sólo para recitar, y quien

no fuese para más, recite lo que habrá oido ó visto ó leido, por no ser

tenido en ménos si habla más de lo debido. Otros hay que saben inventar

razones, y quien tal gracia tuviere no lo deben atajar, pues desobliga

á quien lo oyera de hablar. En ningun tiempo ni lugar deben estorbar

á la persona que habla si es para dejarle hablar, que es una licencia

que descubre muy licenciado á quien se la toma, que la mala crianza es

gasta buenos, y la buena adoba malos. Dícese una razon de don Hernando

de Abajos, marqués de Pescara, que fué tan excelente cortesano como

guerrero, pues tanto venció con avisadas palabras como por armas. Fué

tenido por tan sabio y valeroso, que con su fama venció el gran Antonio

de Leiva al rey de Francia una jornada que los franceses le tenian

banderas dentro Pavía, y valióse con una estafeta que hizo entrar

corriendo por Pavía diciendo: Victoria, victoria, que el Marqués de

Pescara ha vencido á Lanzon, y viene en vuestro socorro; que puso tanto

temor en los enemigos como esfuerzo en los españoles, pues vencieron

á los franceses. Solia decir este invencible capitan cortesano que la

obligacion de hablar es una pesada carga, y cuando alguno hablando bien

desobligaba de hablar, no sólo debrian callar y escucharle, mas hacerle

gracias, como hizo un portugués á un castellano competidor suyo, que

no le daba lugar que hablase delante la dama que servian, y dixo:

Portugués, ¿por qué no hablais? y él le respondió: Castelau, heu vos

faço gracias que falais por los dos, e vos agradesceime que amo por mí

e por vos.

_D._ Mejor estoy con el portugués, que el callado amor muy mejor es.

_C._ Y si algo quieren demandar, ¿han de callar?

_D._ A quien pide lo qu’es malo, dalle del palo.

_C._ Y si meresce del pan, ¿qué le darán?

_D._ Si ha de ser para casar, d’este pan le pueden dar.

_C._ ¿Y si no es casamentero?

_D._ Ame, sirva y sospire, que un amor muy verdadero, un no, suele

volver sí, que diciéndoles de no, á muchos casados ví que la ventura

los casó.

_C._ Señora, nombrarse debria doña Esperanza, pues que la da.

_D._ Y vos don desesperado, de mal hablado.

_C._ ¿De no dar nada estais enojada?

_D._ Jugador de pasa pasa debeis ser.

_C._ Eso mismo soy, señora, pues me decis pasa pasa en mal hora.

_D._ A Dalmau me semejais, que figura por punto mostrais.

_C._ Mas ántes he mostrado el punto, pues en tal punto he venido, que

la tengo retratada en mi posada.

_D._ ¿Quién os ha dado licencia de retratarme?

_C._ El que á vos os dió poder para matarme, qu’es vuestra gran

hermosura, que en vella vi su pintura en mí pintada por idea

aposentada.

_D._ Hablad alto, que n’os oigo lo que hablais.

_C._ Alto hablo, pues no es bajo sino lo que me abajais.

_D._ Altibajo debeis ser, y no brocado, pues andais desvariado.

_C._ Alto es todo el amador cuando no es bajo su amor.

_D._ Callad un poco, que dirán si hablar os oyen que sois loco, que por

no dar á entender que os atreveis, disimulo lo que haceis, que un buen

disimular vale más que mal hablar.

Dixo el Duque: Mal estoy con la parlería inconsiderada, que bestia es

desenfrenada. Nasce desta mala madre una peor hija nombrada Verbosidad,

y los que la tienen para no ser enojosos de verbosos debrian tener en

su memoria una recámara de muchas diversidades de razones, tomadas de

lo mejor que leen y oyen y ven, que sin leer, oir ni ver no se puede

bien saber; y haciéndose avisados desta manera la lengua verbosa se

convertiria ensabrosa, y será muy bien oida hablando como sabida; pues

sea la conclusion, que la parlería inconsiderada no debe ser creida ni

escuchada si con arte no se hiciere avisada, que tanto cansa un verboso

alocado como descansa un hablador avisado.

_D._ Mala estoy de unos requiebros largos, que ribetes viejos son.

_C._ Serán de mi competidor, que viejo muestra ser su amor.

_D._ Guardad que no sean vuestros, que á ropavejeros han apodado

vuestros amores, que de viejos amadores tomais cuentos, pues de largos

paran siempre en descontentos.

Dixo el bachiller Molina: Señor Duque, á jaraves apodo á los malos

amores, que mueven malos humores, si se dicen fuera tiempo y lugar que

á veces suelen matar de frialdad, purgallos luégo es sanidad, y la

purga debria ser despedilles con este cantar:

No me sirvais, caballeros,

Ios con Dios,

Que purgada estoy por vos.

_C._ Señor Bachiller, á vos habemos menester; sarnoso sois en amores,

que rascando sacais sangre con humores. Mejor sería que preicásedes las

leyes que se han hecho en la Salacorte para que no se pierda el amor,

que no haceros purgador con tales purgas y jaraves, que sea despedido

el amador de su amada. Guardaos de aquel refran que dice: El que hace

cudolete le meresce en su posada.

Dixo el Duque: Don Luis Milan, ¿en qué punto teneis el Cortesano que

las damas os mandaron hacer?

_C._ Señor, ya está hecho y heme visto en una gran batalla por

defendelle de quien vuestra excelencia oirá: La noche pasada, ántes

del dia, salí al campo para ver en el curso de las estrellas si ternía

contrarios mi libro, y buscando mi estrella, que es el planeta Març, vi

que muchos cometas estaban encarados contra él con unas colas de fuego,

y él echaba tan gran resplandor que en un cuarto de hora desaparecieron

sus contrarios por tener dominio sobre las batallas. Este curso

señalaba que los cometas eran invidiosos, que siempre señalan mal, y

si no se ha de seguir en la persona que ha nascido debaxo el planeta

Març, él se oposa delante d’ellos y queda vencedor. Este planeta,

por ser mi estrella, señaló ser mi libro, que será vencedor de sus

envidiosos, pues señala el cielo quien bien ó mal terná en el suelo. Y

trasportado todo en este curso, vine á parar en unos campos solitarios

al pié de un monte tan alto que parescia que llegaba al cielo, arbolado

de maravillosos y odoríferos árboles, donde vi una hermosa ninfa

extrañamente vestida, con una ropa de color de cielo, y por guarnicion

al entorno traia el arco Iri con unas letras de oro por toda ella

que decian: El arco Iri y la verdad salen por seguridad. Admirado de

ver tan extraña belleza, la saludé y dixe: Señora, pues fuí venturoso

para veros, séalo para conoceros, que ya lo querria, pues asegurais

de tristura, como hace el arco Iri, que asegura. Respondióme: Yo soy

hija de la Razon, la ninfa de la verdad, y somos del alto Dios, á quien

servimos las dos; sígueme, que para tu bien he venido. Tomóme de la

mano y subimos á lo más alto de este monte, donde vi una muy hermosa

plaza con una cerca torreada de extraña y muy fuerte fina piedra,

grabadas unas letras por ella, que decian: _In ratione fortitudo, in

fortitudine ratio_.

En medio d’esta plaza estaba una casa-fuerza real, toda labrada de la

misma piedra de la cerca. Las cubiertas eran de oro de martillo, y los

suelos de plata, labrado todo de maravillosos esmaltes y figuras de

notables varones que en este mundo tuvieron gran verdad y fe. Tenian

debaxo sus piés muchos envidiosos en figura de perros, que son los

animales que más envidia tienen. El nombre d’esta maravillosa casa

estaba en la puerta del entrada intitulado con este letrero: _Domus

rationis, ubi residentiadatur_.

La ninfa de la verdad me entró en una sala donde la Razon estaba sobre

un trono real, que por estar donde reinaba, tenía debajo sus piés á

la Voluntad, su enemiga, en figura de una cortesana mundanal, vestida

de tornasol, con este letrero en sus manos, que decia: _Sine ratione

voluntas sub pedibus ejus_.

En vella me arrodillé á sus piés y pedíle la mano para que me la diese

de correction, si mi Cortesano la merescia en la residencia que tomar

me queria, que la Ninfa me dixo haberlo procurado contra envidia y su

pasion, porque en mí no se perdiese, si la tengo, la razon. Y esta

Reina que la representaba me dixo estas palabras: Yo te hice venir para

tomarte la residencia que te conviene dar, porque no te la tome quien

no la puede tomar, que de razon sólo juzga la Razon. Mucho holgaré que

me digas la intincion y obra de tu Cortesano, pues sé la de los que

te van á la mano, que son el Invidioso y el Ignorante y el Loco, que

ya entran á contradecirte, que es el oficio d’ellos; ten paciencia y

reposo, que mejor es envidiado que envidioso. El primero que entró fué

el Invidioso en figura de un viejo muy arrugado, de color de alacran,

mirando de cola de ojo como á traidor, con una ropa toda de lenguas

de fuego, y unas letras al entorno por guarnicion, que decian: _Ponam

solium meum super astra c[oe]li, et similis ero altissimo_.

Luégo despues entró el Ignorante en figura de un sordo que no gusta de

lo que no siente, con una ropa de muy grosero paño, y un mote en un

sombrero, que decia: _Nescio vos_.

El postrero que entró fué el Loco en figura de un hombre desnudo

desvergonzado, con un letrero en sus manos, diciendo: _Quod habeo vobis

do_.

Mandóme la Razon que yo hablase primero, y dixe: Envidioso, dime, ¿qué

ha de tener un libro para ser cual debe? Respondióme: Ser bueno. Yo le

dixe: Más pensé que ser malo; tanto se dixeran el Nescio y el Loco, tus

hermanos. Respondieron: ¿De qué te maravillas? ¿de haberte dicho la

verdad nuestro hermano? y levantaron una gran risa, que bien parescia

de quién era; y díxeles: Y’os respondo con lo que dixo un filósofo á

un amigo suyo, que le decia que entrasen en una casa; respondióle el

filósofo: Yo no entro en casa que se sienten las risas del cabo de la

calle. Y volviendo á tí las razones, Envidioso, sabrás que para bien

juzgar ha de saber el que juzga las partes que debe tener lo juzgado

para ser bueno, y si tú las supieras, respondieras á mi pregunta, que

cuatro cosas habia menester un libro para ser bueno. La primera que ha

de tener, ser útil, porque todo lo que hay en el libro pueda aprovechar

para lo que es hecho, como hallarán en este tu envidiado, que tiene

muchas sentencias de filosofía y muchas jocosidades y cuentos para

aprobacion de razones; tiene estilos para saber hablar y escribir á

modo de córte, á quien yo he querido tanto imitar, que por la brevedad

de palabras y la verbosidad que no tiene, será menester leerle á

espacio y con atencion para mejor gustar lo que no se gusta sin pensar.

La segunda que debe tener, ser delectable, prosiguiendo de bien en

mejor todo lo que tratáre, porque no enfade y ponga gana de leerle

muchas veces, para que mejor quede lo bueno d’él en la memoria del

lector; y por esto he tratado con diversos lenguajes que á tí,

Envidioso, te han hecho deslenguado, no mirando que muchos autores

extranjeros lo han hecho, que no dices mal sino por decille de tu

natural.

La tercera que ha de tener, ser inventivo, para que no sea aborrescido

por ladron si le hallan con el hurto en las manos, porque las tuyas no

le azoten como á verdugo, que por el mal uso no tiene piedad, y ésta

es gran desvergüenza del que hace con obras ajenas libro suyo; que por

huir de tus envidiosos azotes me guardé de ser ladron de la primera

hasta la postrera letra d’este libro, qu’está libre, si no de tu

envidia, que no le hallará la razon ni la verdad, fuera de la historia,

que no es hurto, para que tú le puedas ahorcar.

La cuarta que ha de tener es arte, servando las partes de la retórica:

tratar cada cosa en su lugar, principio, medio y fin, con sus

preparaciones y colores retóricos para autorizar lo que propone y

acaba, poniendo gran fuerza en las palabras atractivas para traer los

ánimos á lo que el autor quiere. Esto es lo que ha de tener un buen

libro y un buen orador en el hablar y escribir, que si tú la tuvieses,

no ternias de qué tener envidia, que el envidioso muéstrase defectuoso,

y á su envidiado hace más aventajado.

La intincion mia en este Cortesano ha sido representar todo lo que en

córtes de príncipes se trata: diversidad de lenguas, por las diversas

naciones que suele tener; uso de todos los estilos, usando del altiloco

en las cosas altas, que son consejos y pareceres para gobernar nuestra

vida y estados; sirviéndome del mediocre para las conversaciones

jocosas de graves cortesanos, exercitando el ínfimo para las pláticas

risueñas de donosos y truhanes, que por secretos y públicos lugares de

señores, alivian de las pesadumbres de los negocios y gravedades. Yo

pido de merced á quien leyere este libro, que mire la intincion de cada

cosa para lo que fué hecha, que no hay bajedad mal dicha si está como

debe, ó para alegrar y divertir d’aquello que turando mucho enfada,

ó para hacer preparaciones, que de las burlas se saquen provechosas

véras; y si no saben juzgar, pidan lo que ignoran á quien lo entiende,

porque les pueda aprovechar para no dexar de leer y más saber.

Mandó la Razon al Envidioso que hablase, y él queria y no sabía, que

contra razon no podia ni acertaba, que era señal que hablaba contra

verdad; _quia fortior est veritas_. Y visto la Razon el efecto que hace

la Verdad, que turba los sentidos á sus contrarios delante d’ella,

hizo parte por sí misma para que la Razon juzgase quién la tenía, que

tratando della, la Verdad está agraviada si van contra la Razon, que

madre y hija entrambas son. Y el juicio que la Razon hizo, fué avisar á

todos que aprovechasen con estos presentes versos:

Libro intitulado El cortesano. Libro de motes de damas y caballeros · 第 125 / 130 题