Un hijo sé que nasce de ignorancia,
Y es tal que siempre va enojando á todos,
Y nómbrase por nombre Error de modos,
Que nunca de enojar salió ganancia.
De vos, señora, á él hay gran distancia;
Mas yo osaré decir en mis apodos
Que en crueldad sois un rey de los godos,
Que conquistais Italia, España y Francia.
Italia, en mí de vos muy sojuzgada,
Es donde estais, que es mi memoria vuestra,
Y España es mi razon por vos nombrada.
Que más reinais en ella que se muestra,
Y es Francia en mí de vos muy guerreada,
Mi voluntad que nunca os fué siniestra.
_El Duque._ Pues tal hijo nos ha engendrado este soneto tan natural,
adevinemos en quién le hallarémos á él y á su madre; y comience mastre
Zapater, y no se excuse, que me enojará.
_Mastre Zapater._ Señor, no hay cosa que hacer se deba que yo no la
haga por no enojar á vuestra excelencia, aunque más querria deservir-le
callando que enojarle hablando.
_El Duque._ Haciendo vuestro oficio nunca me enojaré; pues tan bien
sabeis hablar como callar lo que se debe.
_Mastre Zapater._ Usando de mi oficio, que es decir las verdades, y
vuestra excelencia del suyo, que es ser amigo de ellas, digo: Que este
hijo nombrado Error de modos, que este soneto, tan acertadamente, dice
que su madre es la ignorancia, en ningunas personas lo hallo yo mejor
que en los privados que mandan para mal hacer á los príncipes, porque
si ellos me dicen que no pueden tener Error de modos, los que no pueden
ser privados sino con avisados modos. A esto respondo: Que aunque la
privanza sea para bien hacer, no debe ser para mandar al príncipe,
sino para ser mandado de él, como dice este dicho: Mal hay en aquel
bien que mal del bien se sigue. Pues la potestad Real que Dios da,
tal se ha de conservar como de quien viene; mostrando que no proceden
las esecuciones sino de quien tiene el poder, que es el Rey, y no de
quien lo quiere tener, que es el privado; y esto porque no se siga ser
malquisto el príncipe mandado; pues el bien no debe dar por su criado,
y así, bien considerado, no puede tener sabios modos el que los tiene
tan errados, que quiera mandar á uno para ser aborrecido de muchos;
pues al fin es ignorancia el saber que con él se han de perder.
_Molina._ Señor mastre Zapater, ya sé por quién preguntais; vos habeis
calzado, como á buen zapatero, á un pié que sabeis de qué coxquea;
y oya un cuento de un muy notable príncipe que jamas se dejó mandar
de manera que pareciese ser mandado. Julio César, como nació para
príncipe, siempre lo fué, y rogándole los senadores y cónsules de Roma
muy mucho que cobrase á su mujer, que él habia repudiado, diciéndole
que le hacia gran sinrazon por no parescer en ella causa alguna para
ser repudiada y dejada d’él. Respondió Julio César: Quien no calza el
zapato no sabe dónde le duele, yo que lo calzo sé dónde me toca.
_Gilot._ Trompetes y clarins sent, la máscara deu venir, yo vull anar á
la finestra per veure si venen. Senyor Duch, cert es la máscara espant
posa de veurela; tots venen armats, y son tan grans, que par que fien
pagans.
_El Duque._ Calla, Gilot, que más dices de lo que piensas, y estemos
atentos y gocemos de las invinciones y motes, y del combatir, que será
cosa de ver.
_Malfarás._ Porque vuestra excellencia mejor goce de ver las
invinciones que traen los de la máscara, está ordenado que al pasar
cada uno d’ellos l’estará delante hasta que señale que pase; yo voy
á guiallos, que cerca están. Señor, este que delante está vuestra
excellencia es el rey Priamo de Troya. Mire qué lindas armas doradas
trae, con el juego del ajedres de diamantes y rubis, que por invincion
sobre ellas lleva, y el mote en la celada que dice: Yo di el jaque, y
fortuna me dió el mate.
Pues mire vuestra excelencia este otro que viene, que ya delante tiene.
El muy valeroso y nombrado Héctor troyano, que lindas armas verdes que
trae, cubiertas de hiedra de esmeraldas, qu’es es el árbol que más
tura, y jamas pierde la hoja si no le roe gusano. Y el mote dice: Mi
hiedra no morirá, que en su muerte vivirá.
Y este que agora viene, que ya delante su excelencia está, si le
viese desarmado diria por su hermosura lo que yo diré: Este es Páris
Alexandre el troyano, que juzgó las res deesas y robó á la reina
Elena, y porque él fué más robado de su gran hermosura, mire cómo
la trae retratada sobre sus armas, que tan hermosas son por ella
como desdichadas por él. Y el mote decia: Retrato de la hermosura y
desventura.
Y este otro que delante tiene, es el fuerte Trohilo, troyano, hermano
del gran Héctor, á quien él paresció tanto en las armas, que por esto
las ha sacado verdes como las d’él, con muchas manos de oro de martillo
sobre ellas. Y el mote dice: Poco valen muchas manos contra casos
inhumanos.
Y este postrero del puesto de los troyanos, que aquí está, es Enéas,
troyano, sobrino del rey Priamo. Mire cuán bien proporcionado y grande
era, y qué bien invincionadas armas que trae, llenas de medallas de
emperadores romanos que representan los que d’él vinieron. Y el mote
dice: Al que guia la ventura en peligros asegura.
Tras estos verná el puesto de los griegos, ya entran. Mire vuestra
excelencia este primero que viene, que ya delante tiene, cómo muestra
su presencia que es Agamenon, griego, rey de Micena, capitan de todo
el exército de los griegos contra los troyanos, en la guerra de Troya.
¡Oh, cuán espantosas armas trae! de color de fuego y sangre son. Y el
mote dice: Do no es bien que valga ruego, á sangre y fuego.
Este otro que viene es Menalao, griego, rey de Lacedemonia, marido de
Helena, la que robó Páris, troyano, hermano de Héctor, en recompensa
del robo de Hesiona, hermana de Priamo, rey de Troya, que Hércules
Griego robó á los troyanos. Qué bien invincionadas y ricas armas
que trae, con relieves de oro de martillo, que hacen unos corazones
abrasados sobre brasas de fuego de esmalte de ruchicler. Y el mote
dice: Corazones abrasados arden hasta ser vengados.
Agora entra el muy fuerte Achílles, griego, hijo de Peleo, rey de
Tesalia, que mató á Héctor y Trohilo en la guerra de Troya; envidiado
de Alexandro Magno por la pluma de Homero, que muy altamente de sus
hazañas escribió. Mire las más fuertes y ricas armas que se han hecho
fabricadas de Vulcano. Y el mote dice: Las mejores que se halláran si á
Policena armáran.
Este que agora viene es Ajaz Telamon, griego, hijo de Hesiona,
hermana del rey Priamo, y la que Hércules Griego robó de Troya. Fué
tan fortísimo en armas, que puso espanto á Héctor cuando los dos
combatieron y se vinieron á conocer por primos hermanos; de quien
Héctor, siguiendo el costumbre antiguo, tomó el Baltheo, que es el
militar, y él le dió un cuchillo que Ajaz se mató con él, porque los
griegos, demandando Ulíxes y él las armas de Achíles, despues de
muerto, las dieron al tímido Ulíxes y las negaron al muy temido Ajaz.
No sin gran propósito debe traer sobre las armas aquellos animales
que la hembra mata al macho al engendrar, y los hijos matan la madre
al nacer, que son víboras. Oya el letrero lo que dice: Víbora es mal
parescer; lo que muere al engendrar, mata al nascer.
Diomedes, el muy valeroso y sabio griego, hijo de Thideo es este que
ve, que despues de muerto Achíles y Ajaz era el más valiente y osado
de los griegos. Mire qué ricas y bien invincionadas armas que trae,
con muchos ojos cerrados por todas ellas. Y el mote que dice: A ojos
cerrados se han de mirar cuidados.
Ya que todos fueron entrados, estando donde hablan de combatir, hecha
que fué la señal, vinieron con muy gran saña uno para el otro, el rey
Priamo, troyano, y el rey Agamenon, griego, y en haber rompido sus
picas pusieron mano á las espadas, que gran espanto ponian los golpes
que se daban, y el Duque mandó señalar al trompeta porque las damas
habian perdido la color de sus caras de la ferocidad dellos, y cesaron
de combatir.
Luégo tras éstos vino al palenque el invincible Héctor, troyano, con
muy gran braveza contra el ferocísimo Achíles, griego, y diéronse tan
grandes encuentros de picas, que la tierra que pisaban temblaba; y
poniendo mano á sus espadas, salian tan grandes centellas de fuego
de los espantosos golpes que se daban, que las damas, de temor de
ser abrasadas, señalaron al Duque, y el trompeta señaló y cesaron de
combatir.
Vino como un bravísimo toro agalochado al palenque el rey Menalao,
griego, marido de Helena, contra el muy fuerte Páris, troyano, que
lo esperó con más ferocidad que ira, por tenerle su mujer, que el
agraviador debe ser defendedor. Rompió Menalao las tres picas, que bien
mostró estar picado, y daba tan fuertes golpes, que Páris se desapiadó;
y viniendo á las espadas, hicieron tales cosas, que si el uno mostró
ser hermano de Héctor, el otro peleó como Achíles; pues la mayor parte
de las lumbres se mataron del aire que movian los grandes golpes que se
daban. Señaló el trompeta, y el combate dellos cesó.
Vinieron dos tan furiosos al palenque, que bien mostró la honra no
tener respeto á parentesco, y era Trohilo, troyano, y Ajaz Telamon,
griego; diéronse tan grandes golpes de pica, que Gilot, de gran miedo,
se echó á los piés del Duque, y dixo: Señor, llansau diables de vostra
casa, que axó no son homes. Y el canónigo Ester se puso en las espaldas
de la señora doña Hierónima, y díxole: Señora, nos troba al cor sino
aun lo te l’amor; y viniendo á las espadas, tan grandes fueron los
golpes que se dieron, que Héctor dixo: No pelean como primos aunque son
primos hermanos; y el trompeta señaló y dejaron de combatir.
Los postreros fueron Enéas, troyano, y Diómedes, griego, que del golpe
de la primera pica dió con la rodilla en el suelo, y á la segunda que
rompieron, Enéas perdió un paso de tierra, y á la tercera pensaron
caer. Pusieron mano á las espadas, y los golpes fueron tales, que de
temblar todo aquello, algunas gorras, que damas traian en las cabezas,
cayeron. El Duque mandó señalar al trompeta y dejaron de combatir uno
á uno, y arremetieron cinco á cinco, unos contra otros al palenque, y
de la gran furia dieron con él en tierra, que temblando estaban las
hojas de los árboles. El grande aire que levantaron del combatir, la
mayor parte de las lumbres mataron; las damas se pusieron detras sus
caballeros; el Real pensaron que cayera del terremoto que sintieron,
que paresce que el mundo se hundia de la cruel batalla y grandes
golpes que se daban, que jamas sintieron el trompeta que señalaba que
cesasen; y estando en esto se pararon como encantados, porque entró
Apolo tañendo con su cítara, que compuso para representar á la dulce
armonía que los siete cielos de las planetas hacen. Este fué un gran
sabio de Grecia, y el primero que halló el arte de la medicina; tuvo
un hijo que se decia Astrolapio, que amplió mucho esta ciencia; murió
herido de rayo celestial, y la gente bárbara quemó todos sus libros,
y de allí adelante no quisieron más medicinarse, creyendo que Dios le
habia muerto porque daba veneno mezclado con la medicina, y por esto
no la usaron por tiempo de cien años, hasta que Athanases, rey de
Persia, que fué docto en ella, la resucitó. Este Apolo fué aplicado al
cuarto planeta, qu’es el sol, despues de muerto Entró en esta fiesta
con la ninfa nombrada Syringa, que tan dulcemente cantaba, como él
con la cítara tañia. Fué de tan gran suavidad esta música por lo que
representaba y los efectos que hace, que hizo cesar la gran batalla de
los troyanos y griegos. Representaron á Syringa y Apolo muy al natural
dos grandes músicos, que cantaron los romances que oiréis, y el primero
es del rey Priamo de Troya, que es este presente