CANTO XIX

AQUILES RENUNCIA Á LA CÓLERA

1 La Aurora, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del

Océano para llevar la luz á los dioses y á los hombres, cuando Tetis

llegó á las naves con la armadura que Vulcano le entregara. Halló

al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, llorando

ruidosamente y en torno suyo á muchos amigos que derramaban lágrimas.

La divina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles, y

hablóle de este modo:

8 «¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que ese yazga, ya

que sucumbió por la voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura

fabricada por Vulcano, tan excelente y bella como jamás varón alguno la

haya llevado para proteger sus hombros.»

12 La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo delante de

Aquiles las labradas armas, y éstas resonaron. Á todos los mirmidones

les sobrevino temblor; y sin atreverse á mirarlas de frente, huyeron

espantados. Mas Aquiles, así que las vió, sintió que se le recrudecía

la cólera; los ojos le centellearon terriblemente, como una llama,

debajo de los párpados; y el héroe se gozaba teniendo en las manos

el espléndido presente de la deidad. Y cuando hubo deleitado su ánimo

con la contemplación de la labrada armadura, dirigió á su madre estas

aladas palabras:

21 «¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas como es natural que sean

las obras de los inmortales y como ningún hombre mortal las hiciera.

Ahora me armaré, pero temo que en el entretanto penetren las moscas por

las heridas que el bronce causó al esforzado hijo de Menetio, engendren

gusanos, desfiguren el cuerpo--pues le falta la vida--y corrompan todo

el cadáver.»

28 Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies: «Hijo, no te

preocupe el ánimo tal pensamiento. Yo procuraré apartar los importunos

enjambres de moscas, que se ceban en la carne de los varones muertos

en la guerra. Y aunque estuviera tendido un año entero, su cuerpo se

conservaría igual ó más fresco que ahora. Tú convoca á junta á los

héroes aqueos, renuncia á la cólera contra Agamenón, pastor de pueblos,

ármate en seguida para el combate y revístete de valor.»

37 Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó unas gotas de

ambrosía y rojo néctar en la nariz de Patroclo, para que el cuerpo se

hiciera incorruptible.

40 El divino Aquiles se encaminó á la orilla del mar, y dando horribles

voces, convocó á los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el

recinto de las naves, y hasta los pilotos que las gobernaban y como

despenseros distribuían los víveres, fueron entonces á la junta; porque

Aquiles se presentaba, después de haberse abstenido de combatir durante

mucho tiempo. El intrépido Tidida y el divino Ulises, ministros de

Marte, acudieron cojeando, apoyándose en el arrimo de la lanza--aún no

tenían curadas las graves heridas,--y se sentaron delante de todos.

Agamenón, rey de hombres, llegó el último y también estaba herido, pues

Coón Antenórida habíale clavado su broncínea pica. Cuando todos los

aqueos se hubieron congregado, levantándose entre ellos, dijo Aquiles,

el de los pies ligeros:

56 «¡Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos continuar unidos que

sostener, con el corazón angustiado, roedora disputa por una muchacha.

Así la hubiese muerto Diana en las naves con una de sus flechas, el

mismo día que la cautivé al tomar á Lirneso; y no habrían mordido el

anchuroso suelo tantos aquivos como sucumbieron á manos del enemigo

mientras duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos fué el beneficio,

y me figuro que los aqueos se acordarán largo tiempo de nuestra

altercación. Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligidos,

puesto que es preciso refrenar el furor del pecho. Desde ahora depongo

la cólera, que no sería razonable estar siempre irritado. Mas, ea,

incita á los aqueos, de larga cabellera, á que peleen; y veré, saliendo

al encuentro de los troyanos, si querrán pasar la noche junto á los

bajeles. Creo que con gusto se entregará al descanso el que logre

escapar del feral combate, puesto en fuga por mi lanza.»

74 Así habló; y los aqueos, de hermosas grebas, holgáronse de que el

magnánimo Pelida renunciara á la cólera. Y el rey de hombres Agamenón

les dijo desde su asiento, sin levantarse en medio del concurso:

78 «¡Oh amigos, héroes dánaos, ministros de Marte! Bueno será que

escuchéis sin interrumpirme, pues lo contrario molesta aun al que está

ejercitado en el hablar. ¿Cómo se podría oir ó decir algo en medio del

tumulto producido por muchos hombres? Hasta un orador elocuente se

turbaría. Yo me dirigiré al Pelida; pero vosotros, los demás argivos,

prestadme atención y cada uno comprenda bien mis palabras. Muchas veces

los aqueos me han increpado por lo ocurrido, y yo no soy el culpable,

sino Júpiter, el Hado y la Furia que vaga en las tinieblas; los cuales

hicieron padecer á mi alma, durante la junta, cruel ofuscación el día

en que le arrebaté á Aquiles la recompensa. Mas, ¿qué podía hacer?

La divinidad es quien lo dispone todo. Hija veneranda de Júpiter es

la perniciosa Ate, á todos tan funesta: sus pies son delicados y no

los acerca al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los hombres,

á quienes causa daño, y se apodera de uno, por lo menos, de los que

contienden. En otro tiempo fué aciaga para el mismo Júpiter, que es

tenido por el más poderoso de los hombres y de los dioses; pues Juno,

no obstante ser hembra, le engañó cuando Alcmena había de parir al

fornido Hércules en Tebas, ceñida de hermosas murallas. El dios,

gloriándose, dijo así ante todas las deidades:

101 «Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en

el pecho mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside los partos,

sacará á luz un varón que, perteneciendo á la familia de los hombres

engendrados de mi sangre, reinará sobre todos sus vecinos.»

106 »Respondióle con astucia la venerable Juno: «Mientes, y no

cumplirás lo que dices. Y si no, ea, Júpiter Olímpico, jura

solemnemente que reinará sobre todos sus vecinos el niño que,

perteneciendo á la familia de los hombres engendrados de tu sangre,

caiga hoy á los pies de una mujer.»

112 »Tal dijo; Júpiter, no sospechando el dolo, prestó el gran

juramento que tan funesto le había de ser. Juno dejó en raudo vuelo la

cima del Olimpo, y pronto llegó á Argos de Acaya, donde vivía la esposa

ilustre de Esténelo Perseida. Y como ésta se hallara encinta de siete

meses cumplidos, la diosa sacó á luz el niño, aunque era prematuro, y

retardó el parto de Alcmena, deteniendo á las Ilitias. Y en seguida

participóselo á Jove Saturnio, diciendo:

121 »¡Padre Júpiter, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació

el noble varón que reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de

Esténelo Perseida, descendiente tuyo. No es indigno de reinar sobre

aquéllos.»

125 »Tales fueron sus palabras, y un agudo dolor penetró el alma del

dios que, irritado en su corazón, cogió á Ate por los nítidos cabellos

y prestó solemne juramento de que Ate, tan funesta á todos, jamás

volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteándola con la mano, la

arrojó del cielo. En seguida llegó Ate á los campos cultivados por los

hombres. Y Júpiter gemía por causa de ella, siempre que contemplaba á

su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le impusiera.

134 »Por esto, cuando el gran Héctor, de tremolante casco, mataba á los

argivos junto á las popas de las naves, yo no podía olvidarme de Ate,

cuyo funesto influjo había experimentado. Pero ya que falté y Júpiter

me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y hacerte muchos regalos, y

tú marcha al combate y anima á los demás guerreros. Voy á darte cuanto

ayer te ofreció en tu tienda el divino Ulises. Y si quieres, aguarda,

aunque estés impaciente por combatir, y mis servidores traerán de la

nave los presentes para que veas si son capaces de apaciguar tu ánimo

los que te brindo.»

145 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Atrida gloriosísimo,

rey de hombres Agamenón! Luego podrás regalarme estas cosas, como es

justo, ó retenerlas. Ahora pensemos solamente en la batalla. Preciso

es que no perdamos el tiempo hablando, ni difiramos la acción--la

gran empresa está aún por acabar,--para que vean nuevamente á Aquiles

entre los combatientes delanteros, aniquilando con su broncínea lanza

las falanges teucras. Y vosotros pensad también en combatir con los

enemigos.»

154 Contestó el ingenioso Ulises: «Aunque seas valiente, deiforme

Aquiles, no exhortes á los aqueos á que peleen en ayunas con los

teucros, cerca de Ilión; que no durará poco tiempo la batalla cuando

las falanges vengan á las manos y la divinidad excite el valor de

ambos ejércitos. Ordénales, por el contrario, que en las veleras naves

se sacien de manjares y vino, pues esto da fuerza y valor. Estando en

ayunas no puede el varón combatir todo el día, hasta la puesta del

sol, con el enemigo: aunque su corazón lo desee, los miembros se le

entorpecen, le rinden el hambre y la sed, y las rodillas se le doblan

al andar. Pero el que pelea todo el día con los enemigos, saciado de

vino y de manjares, tiene en el pecho un corazón audaz y sus miembros

no se cansan antes que todos se hayan retirado de la lid. Ea, despide

las tropas y manda que preparen el desayuno; el rey de hombres Agamenón

traiga los regalos en medio de la junta para que los vean todos los

aqueos con sus propios ojos y te regocijes en el corazón; jure el

Atrida, de pie entre los argivos, que nunca subió al lecho de Briseida

ni yació con la misma, como es costumbre, oh rey, entre hombres y

mujeres; y tú, Aquiles, procura tener en el pecho un ánimo benigno.

Que luego se te ofrezca en el campamento un espléndido banquete de

reconciliación, para que nada falte de lo que se te debe. Y el Atrida

sea en adelante más justo con todos; pues no se puede reprender que se

apacigüe á un rey, á quien primero se injuriara.»

184 Dijo entonces el rey de hombres Agamenón: «Con agrado escuché tus

palabras, Laertíada, pues en todo lo que narraste y expusiste has sido

oportuno. Quiero hacer el juramento: mi ánimo me lo aconseja, y no

será para un perjurio mi invocación á la divinidad. Aquiles aguarde,

aunque esté impaciente por combatir, y los demás continuad reunidos

aquí hasta que traigan de mi tienda los presentes y consagremos con un

sacrificio nuestra fiel amistad. Á ti mismo te lo encargo y ordeno:

escoge entre los jóvenes aqueos los más principales; y encaminándoos á

mi nave, traed cuanto ayer ofrecimos á Aquiles, sin dejar las mujeres.

Y Taltibio, atravesando el anchuroso campamento aquivo, vaya á buscar y

prepare un jabalí para inmolarlo á Júpiter y al Sol.»

198 Replicó Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Atrida gloriosísimo, rey

de hombres Agamenón! Todo esto debierais hacerlo cuando se suspenda

el combate y no sea tan grande el ardor que inflama mi pecho. ¡Yacen

insepultos los que hizo sucumbir Héctor Priámida cuando Júpiter le

dió gloria, y vosotros nos aconsejáis que comamos! Yo mandaría á los

aqueos que combatieran en ayunas, sin tomar nada; y que á la puesta

del sol, después de vengar la afrenta, celebraran un gran banquete.

Hasta entonces no han de entrar en mi garganta ni manjares ni bebidas;

porque mi compañero yace en la tienda, atravesado por el agudo bronce,

con los pies hacia el vestíbulo y rodeado de amigos que le lloran. Por

esto, ni regalos ni banquetes interesan á mi espíritu, sino tan sólo la

matanza, la sangre y el triste gemir de los guerreros.»

215 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el

más valiente de todos los aquivos! Eres más fuerte que yo y me superas

no poco en el manejo de la lanza; pero te aventajo mucho en el pensar,

porque nací antes y mi experiencia es mayor. Acceda, pues, tu corazón

á lo que voy á decir. Pronto se cansan los hombres de pelear, si,

haciendo caer el bronce muchas espigas al suelo, la mies es escasa

porque Júpiter, el árbitro de la guerra humana, inclina al otro lado la

balanza. No es justo que los aqueos lloren al muerto con el vientre,

pues siendo tantos los que sucumben unos en pos de otros todos los

días, ¿cuándo podríamos respirar sin pena? Se debe enterrar con ánimo

firme al que muere y llorarle un día, y luego cuantos hayan escapado

del combate funesto piensen en comer y beber para vestir otra vez el

indomable bronce y pelear continuamente y con más tesón aún contra los

enemigos. Ningún guerrero deje de salir aguardando otra exhortación,

que para su daño la esperará quien se quede junto á las naves argivas.

Vayamos todos juntos y excitemos al cruel Marte contra los teucros,

domadores de caballos.»

238 Dijo; mandó que le siguiesen los hijos de Néstor, Meges Filida,

Toante, Meriones, Licomedes Creontíada y Melanipo, y encaminóse con

ellos á la tienda de Agamenón Atrida. Y apenas hecha la proposición,

ya estaba cumplida. Lleváronse de la tienda los siete trípodes que el

Atrida había ofrecido, veinte calderas relucientes y doce caballos;

é hicieron salir siete mujeres, diestras en primorosas labores, y

á Briseida, la de hermosas mejillas, que fué la octava. Al volver,

Ulises iba delante con los diez talentos de oro que él mismo había

pesado, y le seguían los jóvenes aqueos con los presentes. Pusiéronlo

todo en medio de la junta, y alzóse Agamenón, teniendo á su lado á

Taltibio, cuya voz parecía la de una deidad, sujetando con la mano á

un jabalí. El Atrida sacó el cuchillo que llevaba colgado junto á la

gran vaina de la espada, cortó por primicias algunas cerdas del jabalí

y oró, levantando las manos á Júpiter; y todos los argivos, sentados

en silencio y en buen orden, escuchaban las palabras del rey. Éste,

alzando los ojos al anchuroso cielo, hizo esta plegaria:

258 «Sean testigos Júpiter, el más excelso y poderoso de los dioses, y

luego la Tierra, el Sol y las Furias que debajo de la tierra castigan

á los muertos que fueron perjuros, de que jamás he puesto la mano sobre

la moza Briseida para yacer con ella ni para otra cosa alguna; sino que

en mi tienda ha permanecido intacta. Y si en algo perjurare, envíenme

los dioses los muchísimos males con que castigan al que, jurando,

contra ellos peca.»

266 Dijo; y con el cruel bronce degolló el jabalí que Taltibio arrojó,

haciéndole dar vueltas, al gran abismo del espumoso mar para pasto de

los peces. Y Aquiles, levantándose entre los belicosos argivos, habló

en estos términos:

270 «¡Padre Júpiter! Grandes son los infortunios que mandas á los

hombres. Jamás el Atrida me hubiera suscitado el enojo en el pecho, ni

hubiese tenido poder para arrebatarme la moza contra mi voluntad; pero

sin duda quería Júpiter que muriesen muchos aqueos. Ahora id á comer

para que luego trabemos el combate.»

276 Así se expresó; y al momento disolvió la junta. Cada uno volvió á

su respectiva nave. Los magnánimos mirmidones se hicieron cargo de los

presentes, y llevándolos hacia el bajel del divino Aquiles, dejáronlos

en la tienda, dieron sillas á las mujeres, y servidores ilustres

guiaron á los caballos al sitio en que los demás estaban.

282 Briseida, que á la dorada Venus se asemejaba, cuando vió á Patroclo

atravesado por el agudo bronce, se echó sobre el mismo y prorrumpió

en fuertes sollozos, mientras con las manos se golpeaba el pecho, el

delicado cuello y el lindo rostro. Y llorando aquella mujer semejante á

una diosa, así decía:

287 «¡Oh Patroclo, amigo carísimo al corazón de esta desventurada! Vivo

te dejé al partir de la tienda, y te encuentro difunto al volver, oh

príncipe de hombres. ¡Cómo me persigue una desgracia tras otra! Vi al

hombre á quien me entregaron mi padre y mi venerable madre, atravesado

por el agudo bronce al pie de los muros de la ciudad; y los tres

hermanos queridos que mi padre me diera, murieron también. Pero tú,

cuando el ligero Aquiles mató á mi esposo y tomó la ciudad del divino

Mines, no me dejabas llorar, diciendo que lograrías que yo fuera la

mujer legítima del divino Aquiles, que éste me llevaría en su nave

á Ptía y que allí, entre los mirmidones, celebraríamos el banquete

nupcial. Y ahora que has muerto, no me cansaré de llorar por ti, que

siempre has sido afable.»

301 Así dijo llorando, y las mujeres sollozaron, aparentemente por

Patroclo, y en realidad por sus propios males. Los caudillos aqueos se

reunieron en torno de Aquiles y le suplicaron que comiera; pero él se

negó, dando suspiros:

305 «Yo os ruego, si es que alguno de mis compañeros quiere obedecerme

aún, que no me invitéis á saciar el deseo de comer ó de beber; porque

un grave dolor se apodera de mí. Aguardaré hasta la puesta del sol y

soportaré la fatiga.»

309 Cuando esto hubo dicho, despidió á los reyes, y sólo se quedaron

los dos Atridas, el divino Ulises, Néstor, Idomeneo y el anciano Fénix

para distraer á Aquiles, que estaba profundamente afligido. Pero nada

podía alegrar el corazón del héroe, mientras no entrara en sangriento

combate. Y acordándose de Patroclo, daba hondos y frecuentes suspiros,

y así decía:

315 «En otro tiempo, tú, infeliz, el más amado de los compañeros, me

servías en esta tienda, diligente y solícito, el agradable desayuno

cuando los aqueos se daban prisa por trabar el luctuoso combate con

los teucros, domadores de caballos. Y ahora yaces, atravesado por el

bronce, y yo estoy ayuno de comida y de bebida, á pesar de no faltarme,

por la soledad que de ti siento. Nada peor me puede ocurrir; ni que

supiera que ha muerto mi padre, el cual quizás llora allá en Ptía por

no tener á su lado un hijo como yo, mientras peleo con los teucros en

país extranjero á causa de la odiosa Helena; ni que falleciera mi hijo

amado que se cría en Esciros, si el deiforme Neoptólemo vive todavía.

Antes el corazón abrigaba en mi pecho la esperanza de que solo yo

perecería en Troya, y de que tú, volviendo á Ptía, irías en una veloz

nave negra á Esciros, recogerías á mi hijo y le mostrarías todos mis

bienes: las posesiones, los esclavos y el palacio de elevado techo.

Porque me figuro que Peleo ya no existe; y si le queda un poco de vida,

estará afligido, se verá abrumado por la odiosa vejez y temerá siempre

recibir la triste noticia de mi muerte.»

338 Así dijo, llorando, y los caudillos gimieron, porque cada uno se

acordaba de aquellos á quienes había dejado en su respectivo palacio.

El Saturnio, al verlos sollozar, se compadeció de ellos, y al instante

dirigió á Minerva estas aladas palabras:

342 «¡Hija mía! Desamparas de todo en todo á ese eximio varón. ¿Acaso

tu espíritu ya no se cuida de Aquiles? Hállase junto á las naves de

altas popas, llorando á su compañero amado; los demás se fueron á

comer, y él sigue en ayunas y sin probar bocado. Ea, ve y derrama en su

pecho un poco de néctar y ambrosía para que el hambre no le atormente.»

[Ilustración: ¡JANTO Y BALIO! ¡CUIDAD DE TRAER SALVO AL CAMPAMENTO AL

QUE HOY OS GUÍA Y NO LE DEJÉIS MUERTO EN LA LIZA COMO Á PATROCLO!

(_Canto XIX, versos 400 á 403._)]

349 Con tales palabras instigóle á hacer lo que ella misma deseaba.

Minerva emprendió el vuelo, cual si fuese un halcón de anchas alas y

aguda voz, desde el cielo á través del éter. Ya los aquivos se armaban

en el ejército, cuando la diosa derramó en el pecho de Aquiles un

poco de néctar y de ambrosía deliciosa, para que el hambre molesta

no hiciera flaquear las rodillas del héroe, regresando en seguida al

sólido palacio del prepotente padre. Los guerreros afluyeron á un lugar

algo distante de las veleras naves. Cuan numerosos caen los copos de

nieve que envía Júpiter y vuelan helados al impulso del Bóreas, nacido

en el éter; en tan gran número veíanse salir del recinto de las naves

los refulgentes cascos, los abollonados escudos, las fuertes corazas y

las lanzas de fresno. El brillo llegaba hasta el cielo; toda la tierra

se mostraba risueña por los rayos que el bronce despedía, y un gran

ruido se levantaba de los pies de los guerreros. Armábase entre éstos

el divino Aquiles: rechinándole los dientes, con los ojos centelleantes

como encendida llama y el corazón traspasado por insoportable dolor,

lleno de ira contra los teucros, vestía el héroe la armadura regalo del

dios Vulcano, que la había fabricado. Púsose en las piernas elegantes

grebas ajustadas con broches de plata; protegió su pecho con la

coraza; colgó del hombro una espada de bronce guarnecida con argénteos

clavos, y embrazó el grande y fuerte escudo cuyo resplandor semejaba

desde lejos al de la luna. Como aparece el fuego encendido en sitio

solitario de la cumbre de un monte á los navegantes que vagan por el

mar, abundante en peces, porque las tempestades los alejaron de sus

amigos; de la misma manera, el resplandor del hermoso y labrado escudo

de Aquiles llegaba al éter. Cubrió después la cabeza con el fornido

yelmo que brillaba como un astro; y á su alrededor ondearon las áureas

y espesas crines que Vulcano había colocado en la cimera. El divino

Aquiles probó si la armadura se le ajustaba, y si, llevándola puesta,

movía con facilidad los miembros; y las armas vinieron á ser como alas

que levantaban al pastor de hombres. Sacó del estuche la lanza paterna,

ponderosa, grande y robusta, que entre todos los aqueos, solamente

él podía manejar: había sido cortada de un fresno de la cumbre del

Pelión y regalada por Quirón al padre de Aquiles para que con ella

matara héroes. En tanto, Automedonte y Álcimo se ocupaban en uncir los

caballos: sujetáronlos con hermosas correas, les pusieron el freno en

la boca y tendieron las riendas hacia atrás, atándolas á la fuerte

silla. Sin dilación cogió Automedonte el magnífico látigo y saltó

al carro. Aquiles, cuya armadura relucía como el fúlgido Sol, subió

también y exhortó con horribles voces á los caballos de su padre:

400 «¡Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo

al campamento de los dánaos al que hoy os guía; y no le dejéis muerto

en la liza como á Patroclo.»

404 Y Janto, el corcel de ligeros pies, bajó la cabeza--sus crines

cayendo en torno de la extremidad del yugo llegaban al suelo,--y

habiéndole dotado de voz Juno, la diosa de los níveos brazos, respondió

de esta manera:

408 «Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquiles; pero está cercano el

día de tu muerte, y los culpables no seremos nosotros, sino un dios

poderoso y el hado cruel. No fué por nuestra lentitud ni por nuestra

pereza por lo que los teucros quitaron la armadura de los hombros

de Patroclo; sino que el dios fortísimo, á quien parió Latona, la

de hermosa cabellera, matóle entre los combatientes delanteros y

dió gloria á Héctor. Nosotros correríamos tan veloces como el soplo

del Céfiro, que es tenido por el más rápido. Pero también tú estás

destinado á sucumbir á manos de un dios y de un mortal.»

418 Dichas estas palabras, las Furias le cortaron la voz. Y muy

indignado, Aquiles, el de los pies ligeros, así le habló:

420 «¡Janto! ¿Por qué me vaticinas la muerte? Ninguna necesidad tienes

de hacerlo. Ya sé que mi destino es perecer aquí, lejos de mi padre y

de mi madre; mas con todo eso, no he de descansar hasta que harte de

combate á los teucros.»

424 Dijo; y dando voces, dirigió los solípedos caballos por las

primeras filas.

[Ilustración: Júpiter permite que los dioses del Olimpo intervengan en

el combate de aquivos y teucros]

La Ilíada · 第 18 / 24 章