AQUILES RENUNCIA Á LA CÓLERA
1 La Aurora, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del
Océano para llevar la luz á los dioses y á los hombres, cuando Tetis
llegó á las naves con la armadura que Vulcano le entregara. Halló
al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, llorando
ruidosamente y en torno suyo á muchos amigos que derramaban lágrimas.
La divina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles, y
hablóle de este modo:
8 «¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que ese yazga, ya
que sucumbió por la voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura
fabricada por Vulcano, tan excelente y bella como jamás varón alguno la
haya llevado para proteger sus hombros.»
12 La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo delante de
Aquiles las labradas armas, y éstas resonaron. Á todos los mirmidones
les sobrevino temblor; y sin atreverse á mirarlas de frente, huyeron
espantados. Mas Aquiles, así que las vió, sintió que se le recrudecía
la cólera; los ojos le centellearon terriblemente, como una llama,
debajo de los párpados; y el héroe se gozaba teniendo en las manos
el espléndido presente de la deidad. Y cuando hubo deleitado su ánimo
con la contemplación de la labrada armadura, dirigió á su madre estas
aladas palabras:
21 «¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas como es natural que sean
las obras de los inmortales y como ningún hombre mortal las hiciera.
Ahora me armaré, pero temo que en el entretanto penetren las moscas por
las heridas que el bronce causó al esforzado hijo de Menetio, engendren
gusanos, desfiguren el cuerpo--pues le falta la vida--y corrompan todo
el cadáver.»
28 Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies: «Hijo, no te
preocupe el ánimo tal pensamiento. Yo procuraré apartar los importunos
enjambres de moscas, que se ceban en la carne de los varones muertos
en la guerra. Y aunque estuviera tendido un año entero, su cuerpo se
conservaría igual ó más fresco que ahora. Tú convoca á junta á los
héroes aqueos, renuncia á la cólera contra Agamenón, pastor de pueblos,
ármate en seguida para el combate y revístete de valor.»
37 Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó unas gotas de
ambrosía y rojo néctar en la nariz de Patroclo, para que el cuerpo se
hiciera incorruptible.
40 El divino Aquiles se encaminó á la orilla del mar, y dando horribles
voces, convocó á los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el
recinto de las naves, y hasta los pilotos que las gobernaban y como
despenseros distribuían los víveres, fueron entonces á la junta; porque
Aquiles se presentaba, después de haberse abstenido de combatir durante
mucho tiempo. El intrépido Tidida y el divino Ulises, ministros de
Marte, acudieron cojeando, apoyándose en el arrimo de la lanza--aún no
tenían curadas las graves heridas,--y se sentaron delante de todos.
Agamenón, rey de hombres, llegó el último y también estaba herido, pues
Coón Antenórida habíale clavado su broncínea pica. Cuando todos los
aqueos se hubieron congregado, levantándose entre ellos, dijo Aquiles,
el de los pies ligeros:
56 «¡Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos continuar unidos que
sostener, con el corazón angustiado, roedora disputa por una muchacha.
Así la hubiese muerto Diana en las naves con una de sus flechas, el
mismo día que la cautivé al tomar á Lirneso; y no habrían mordido el
anchuroso suelo tantos aquivos como sucumbieron á manos del enemigo
mientras duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos fué el beneficio,
y me figuro que los aqueos se acordarán largo tiempo de nuestra
altercación. Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligidos,
puesto que es preciso refrenar el furor del pecho. Desde ahora depongo
la cólera, que no sería razonable estar siempre irritado. Mas, ea,
incita á los aqueos, de larga cabellera, á que peleen; y veré, saliendo
al encuentro de los troyanos, si querrán pasar la noche junto á los
bajeles. Creo que con gusto se entregará al descanso el que logre
escapar del feral combate, puesto en fuga por mi lanza.»
74 Así habló; y los aqueos, de hermosas grebas, holgáronse de que el
magnánimo Pelida renunciara á la cólera. Y el rey de hombres Agamenón
les dijo desde su asiento, sin levantarse en medio del concurso:
78 «¡Oh amigos, héroes dánaos, ministros de Marte! Bueno será que
escuchéis sin interrumpirme, pues lo contrario molesta aun al que está
ejercitado en el hablar. ¿Cómo se podría oir ó decir algo en medio del
tumulto producido por muchos hombres? Hasta un orador elocuente se
turbaría. Yo me dirigiré al Pelida; pero vosotros, los demás argivos,
prestadme atención y cada uno comprenda bien mis palabras. Muchas veces
los aqueos me han increpado por lo ocurrido, y yo no soy el culpable,
sino Júpiter, el Hado y la Furia que vaga en las tinieblas; los cuales
hicieron padecer á mi alma, durante la junta, cruel ofuscación el día
en que le arrebaté á Aquiles la recompensa. Mas, ¿qué podía hacer?
La divinidad es quien lo dispone todo. Hija veneranda de Júpiter es
la perniciosa Ate, á todos tan funesta: sus pies son delicados y no
los acerca al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los hombres,
á quienes causa daño, y se apodera de uno, por lo menos, de los que
contienden. En otro tiempo fué aciaga para el mismo Júpiter, que es
tenido por el más poderoso de los hombres y de los dioses; pues Juno,
no obstante ser hembra, le engañó cuando Alcmena había de parir al
fornido Hércules en Tebas, ceñida de hermosas murallas. El dios,
gloriándose, dijo así ante todas las deidades:
101 «Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en
el pecho mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside los partos,
sacará á luz un varón que, perteneciendo á la familia de los hombres
engendrados de mi sangre, reinará sobre todos sus vecinos.»
106 »Respondióle con astucia la venerable Juno: «Mientes, y no
cumplirás lo que dices. Y si no, ea, Júpiter Olímpico, jura
solemnemente que reinará sobre todos sus vecinos el niño que,
perteneciendo á la familia de los hombres engendrados de tu sangre,
caiga hoy á los pies de una mujer.»
112 »Tal dijo; Júpiter, no sospechando el dolo, prestó el gran
juramento que tan funesto le había de ser. Juno dejó en raudo vuelo la
cima del Olimpo, y pronto llegó á Argos de Acaya, donde vivía la esposa
ilustre de Esténelo Perseida. Y como ésta se hallara encinta de siete
meses cumplidos, la diosa sacó á luz el niño, aunque era prematuro, y
retardó el parto de Alcmena, deteniendo á las Ilitias. Y en seguida
participóselo á Jove Saturnio, diciendo:
121 »¡Padre Júpiter, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació
el noble varón que reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de
Esténelo Perseida, descendiente tuyo. No es indigno de reinar sobre
aquéllos.»
125 »Tales fueron sus palabras, y un agudo dolor penetró el alma del
dios que, irritado en su corazón, cogió á Ate por los nítidos cabellos
y prestó solemne juramento de que Ate, tan funesta á todos, jamás
volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteándola con la mano, la
arrojó del cielo. En seguida llegó Ate á los campos cultivados por los
hombres. Y Júpiter gemía por causa de ella, siempre que contemplaba á
su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le impusiera.
134 »Por esto, cuando el gran Héctor, de tremolante casco, mataba á los
argivos junto á las popas de las naves, yo no podía olvidarme de Ate,
cuyo funesto influjo había experimentado. Pero ya que falté y Júpiter
me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y hacerte muchos regalos, y
tú marcha al combate y anima á los demás guerreros. Voy á darte cuanto
ayer te ofreció en tu tienda el divino Ulises. Y si quieres, aguarda,
aunque estés impaciente por combatir, y mis servidores traerán de la
nave los presentes para que veas si son capaces de apaciguar tu ánimo
los que te brindo.»
145 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Atrida gloriosísimo,
rey de hombres Agamenón! Luego podrás regalarme estas cosas, como es
justo, ó retenerlas. Ahora pensemos solamente en la batalla. Preciso
es que no perdamos el tiempo hablando, ni difiramos la acción--la
gran empresa está aún por acabar,--para que vean nuevamente á Aquiles
entre los combatientes delanteros, aniquilando con su broncínea lanza
las falanges teucras. Y vosotros pensad también en combatir con los
enemigos.»
154 Contestó el ingenioso Ulises: «Aunque seas valiente, deiforme
Aquiles, no exhortes á los aqueos á que peleen en ayunas con los
teucros, cerca de Ilión; que no durará poco tiempo la batalla cuando
las falanges vengan á las manos y la divinidad excite el valor de
ambos ejércitos. Ordénales, por el contrario, que en las veleras naves
se sacien de manjares y vino, pues esto da fuerza y valor. Estando en
ayunas no puede el varón combatir todo el día, hasta la puesta del
sol, con el enemigo: aunque su corazón lo desee, los miembros se le
entorpecen, le rinden el hambre y la sed, y las rodillas se le doblan
al andar. Pero el que pelea todo el día con los enemigos, saciado de
vino y de manjares, tiene en el pecho un corazón audaz y sus miembros
no se cansan antes que todos se hayan retirado de la lid. Ea, despide
las tropas y manda que preparen el desayuno; el rey de hombres Agamenón
traiga los regalos en medio de la junta para que los vean todos los
aqueos con sus propios ojos y te regocijes en el corazón; jure el
Atrida, de pie entre los argivos, que nunca subió al lecho de Briseida
ni yació con la misma, como es costumbre, oh rey, entre hombres y
mujeres; y tú, Aquiles, procura tener en el pecho un ánimo benigno.
Que luego se te ofrezca en el campamento un espléndido banquete de
reconciliación, para que nada falte de lo que se te debe. Y el Atrida
sea en adelante más justo con todos; pues no se puede reprender que se
apacigüe á un rey, á quien primero se injuriara.»
184 Dijo entonces el rey de hombres Agamenón: «Con agrado escuché tus
palabras, Laertíada, pues en todo lo que narraste y expusiste has sido
oportuno. Quiero hacer el juramento: mi ánimo me lo aconseja, y no
será para un perjurio mi invocación á la divinidad. Aquiles aguarde,
aunque esté impaciente por combatir, y los demás continuad reunidos
aquí hasta que traigan de mi tienda los presentes y consagremos con un
sacrificio nuestra fiel amistad. Á ti mismo te lo encargo y ordeno:
escoge entre los jóvenes aqueos los más principales; y encaminándoos á
mi nave, traed cuanto ayer ofrecimos á Aquiles, sin dejar las mujeres.
Y Taltibio, atravesando el anchuroso campamento aquivo, vaya á buscar y
prepare un jabalí para inmolarlo á Júpiter y al Sol.»
198 Replicó Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Atrida gloriosísimo, rey
de hombres Agamenón! Todo esto debierais hacerlo cuando se suspenda
el combate y no sea tan grande el ardor que inflama mi pecho. ¡Yacen
insepultos los que hizo sucumbir Héctor Priámida cuando Júpiter le
dió gloria, y vosotros nos aconsejáis que comamos! Yo mandaría á los
aqueos que combatieran en ayunas, sin tomar nada; y que á la puesta
del sol, después de vengar la afrenta, celebraran un gran banquete.
Hasta entonces no han de entrar en mi garganta ni manjares ni bebidas;
porque mi compañero yace en la tienda, atravesado por el agudo bronce,
con los pies hacia el vestíbulo y rodeado de amigos que le lloran. Por
esto, ni regalos ni banquetes interesan á mi espíritu, sino tan sólo la
matanza, la sangre y el triste gemir de los guerreros.»
215 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el
más valiente de todos los aquivos! Eres más fuerte que yo y me superas
no poco en el manejo de la lanza; pero te aventajo mucho en el pensar,
porque nací antes y mi experiencia es mayor. Acceda, pues, tu corazón
á lo que voy á decir. Pronto se cansan los hombres de pelear, si,
haciendo caer el bronce muchas espigas al suelo, la mies es escasa
porque Júpiter, el árbitro de la guerra humana, inclina al otro lado la
balanza. No es justo que los aqueos lloren al muerto con el vientre,
pues siendo tantos los que sucumben unos en pos de otros todos los
días, ¿cuándo podríamos respirar sin pena? Se debe enterrar con ánimo
firme al que muere y llorarle un día, y luego cuantos hayan escapado
del combate funesto piensen en comer y beber para vestir otra vez el
indomable bronce y pelear continuamente y con más tesón aún contra los
enemigos. Ningún guerrero deje de salir aguardando otra exhortación,
que para su daño la esperará quien se quede junto á las naves argivas.
Vayamos todos juntos y excitemos al cruel Marte contra los teucros,
domadores de caballos.»
238 Dijo; mandó que le siguiesen los hijos de Néstor, Meges Filida,
Toante, Meriones, Licomedes Creontíada y Melanipo, y encaminóse con
ellos á la tienda de Agamenón Atrida. Y apenas hecha la proposición,
ya estaba cumplida. Lleváronse de la tienda los siete trípodes que el
Atrida había ofrecido, veinte calderas relucientes y doce caballos;
é hicieron salir siete mujeres, diestras en primorosas labores, y
á Briseida, la de hermosas mejillas, que fué la octava. Al volver,
Ulises iba delante con los diez talentos de oro que él mismo había
pesado, y le seguían los jóvenes aqueos con los presentes. Pusiéronlo
todo en medio de la junta, y alzóse Agamenón, teniendo á su lado á
Taltibio, cuya voz parecía la de una deidad, sujetando con la mano á
un jabalí. El Atrida sacó el cuchillo que llevaba colgado junto á la
gran vaina de la espada, cortó por primicias algunas cerdas del jabalí
y oró, levantando las manos á Júpiter; y todos los argivos, sentados
en silencio y en buen orden, escuchaban las palabras del rey. Éste,
alzando los ojos al anchuroso cielo, hizo esta plegaria:
258 «Sean testigos Júpiter, el más excelso y poderoso de los dioses, y
luego la Tierra, el Sol y las Furias que debajo de la tierra castigan
á los muertos que fueron perjuros, de que jamás he puesto la mano sobre
la moza Briseida para yacer con ella ni para otra cosa alguna; sino que
en mi tienda ha permanecido intacta. Y si en algo perjurare, envíenme
los dioses los muchísimos males con que castigan al que, jurando,
contra ellos peca.»
266 Dijo; y con el cruel bronce degolló el jabalí que Taltibio arrojó,
haciéndole dar vueltas, al gran abismo del espumoso mar para pasto de
los peces. Y Aquiles, levantándose entre los belicosos argivos, habló
en estos términos:
270 «¡Padre Júpiter! Grandes son los infortunios que mandas á los
hombres. Jamás el Atrida me hubiera suscitado el enojo en el pecho, ni
hubiese tenido poder para arrebatarme la moza contra mi voluntad; pero
sin duda quería Júpiter que muriesen muchos aqueos. Ahora id á comer
para que luego trabemos el combate.»
276 Así se expresó; y al momento disolvió la junta. Cada uno volvió á
su respectiva nave. Los magnánimos mirmidones se hicieron cargo de los
presentes, y llevándolos hacia el bajel del divino Aquiles, dejáronlos
en la tienda, dieron sillas á las mujeres, y servidores ilustres
guiaron á los caballos al sitio en que los demás estaban.
282 Briseida, que á la dorada Venus se asemejaba, cuando vió á Patroclo
atravesado por el agudo bronce, se echó sobre el mismo y prorrumpió
en fuertes sollozos, mientras con las manos se golpeaba el pecho, el
delicado cuello y el lindo rostro. Y llorando aquella mujer semejante á
una diosa, así decía:
287 «¡Oh Patroclo, amigo carísimo al corazón de esta desventurada! Vivo
te dejé al partir de la tienda, y te encuentro difunto al volver, oh
príncipe de hombres. ¡Cómo me persigue una desgracia tras otra! Vi al
hombre á quien me entregaron mi padre y mi venerable madre, atravesado
por el agudo bronce al pie de los muros de la ciudad; y los tres
hermanos queridos que mi padre me diera, murieron también. Pero tú,
cuando el ligero Aquiles mató á mi esposo y tomó la ciudad del divino
Mines, no me dejabas llorar, diciendo que lograrías que yo fuera la
mujer legítima del divino Aquiles, que éste me llevaría en su nave
á Ptía y que allí, entre los mirmidones, celebraríamos el banquete
nupcial. Y ahora que has muerto, no me cansaré de llorar por ti, que
siempre has sido afable.»
301 Así dijo llorando, y las mujeres sollozaron, aparentemente por
Patroclo, y en realidad por sus propios males. Los caudillos aqueos se
reunieron en torno de Aquiles y le suplicaron que comiera; pero él se
negó, dando suspiros:
305 «Yo os ruego, si es que alguno de mis compañeros quiere obedecerme
aún, que no me invitéis á saciar el deseo de comer ó de beber; porque
un grave dolor se apodera de mí. Aguardaré hasta la puesta del sol y
soportaré la fatiga.»
309 Cuando esto hubo dicho, despidió á los reyes, y sólo se quedaron
los dos Atridas, el divino Ulises, Néstor, Idomeneo y el anciano Fénix
para distraer á Aquiles, que estaba profundamente afligido. Pero nada
podía alegrar el corazón del héroe, mientras no entrara en sangriento
combate. Y acordándose de Patroclo, daba hondos y frecuentes suspiros,
y así decía:
315 «En otro tiempo, tú, infeliz, el más amado de los compañeros, me
servías en esta tienda, diligente y solícito, el agradable desayuno
cuando los aqueos se daban prisa por trabar el luctuoso combate con
los teucros, domadores de caballos. Y ahora yaces, atravesado por el
bronce, y yo estoy ayuno de comida y de bebida, á pesar de no faltarme,
por la soledad que de ti siento. Nada peor me puede ocurrir; ni que
supiera que ha muerto mi padre, el cual quizás llora allá en Ptía por
no tener á su lado un hijo como yo, mientras peleo con los teucros en
país extranjero á causa de la odiosa Helena; ni que falleciera mi hijo
amado que se cría en Esciros, si el deiforme Neoptólemo vive todavía.
Antes el corazón abrigaba en mi pecho la esperanza de que solo yo
perecería en Troya, y de que tú, volviendo á Ptía, irías en una veloz
nave negra á Esciros, recogerías á mi hijo y le mostrarías todos mis
bienes: las posesiones, los esclavos y el palacio de elevado techo.
Porque me figuro que Peleo ya no existe; y si le queda un poco de vida,
estará afligido, se verá abrumado por la odiosa vejez y temerá siempre
recibir la triste noticia de mi muerte.»
338 Así dijo, llorando, y los caudillos gimieron, porque cada uno se
acordaba de aquellos á quienes había dejado en su respectivo palacio.
El Saturnio, al verlos sollozar, se compadeció de ellos, y al instante
dirigió á Minerva estas aladas palabras:
342 «¡Hija mía! Desamparas de todo en todo á ese eximio varón. ¿Acaso
tu espíritu ya no se cuida de Aquiles? Hállase junto á las naves de
altas popas, llorando á su compañero amado; los demás se fueron á
comer, y él sigue en ayunas y sin probar bocado. Ea, ve y derrama en su
pecho un poco de néctar y ambrosía para que el hambre no le atormente.»
[Ilustración: ¡JANTO Y BALIO! ¡CUIDAD DE TRAER SALVO AL CAMPAMENTO AL
QUE HOY OS GUÍA Y NO LE DEJÉIS MUERTO EN LA LIZA COMO Á PATROCLO!
(_Canto XIX, versos 400 á 403._)]
349 Con tales palabras instigóle á hacer lo que ella misma deseaba.
Minerva emprendió el vuelo, cual si fuese un halcón de anchas alas y
aguda voz, desde el cielo á través del éter. Ya los aquivos se armaban
en el ejército, cuando la diosa derramó en el pecho de Aquiles un
poco de néctar y de ambrosía deliciosa, para que el hambre molesta
no hiciera flaquear las rodillas del héroe, regresando en seguida al
sólido palacio del prepotente padre. Los guerreros afluyeron á un lugar
algo distante de las veleras naves. Cuan numerosos caen los copos de
nieve que envía Júpiter y vuelan helados al impulso del Bóreas, nacido
en el éter; en tan gran número veíanse salir del recinto de las naves
los refulgentes cascos, los abollonados escudos, las fuertes corazas y
las lanzas de fresno. El brillo llegaba hasta el cielo; toda la tierra
se mostraba risueña por los rayos que el bronce despedía, y un gran
ruido se levantaba de los pies de los guerreros. Armábase entre éstos
el divino Aquiles: rechinándole los dientes, con los ojos centelleantes
como encendida llama y el corazón traspasado por insoportable dolor,
lleno de ira contra los teucros, vestía el héroe la armadura regalo del
dios Vulcano, que la había fabricado. Púsose en las piernas elegantes
grebas ajustadas con broches de plata; protegió su pecho con la
coraza; colgó del hombro una espada de bronce guarnecida con argénteos
clavos, y embrazó el grande y fuerte escudo cuyo resplandor semejaba
desde lejos al de la luna. Como aparece el fuego encendido en sitio
solitario de la cumbre de un monte á los navegantes que vagan por el
mar, abundante en peces, porque las tempestades los alejaron de sus
amigos; de la misma manera, el resplandor del hermoso y labrado escudo
de Aquiles llegaba al éter. Cubrió después la cabeza con el fornido
yelmo que brillaba como un astro; y á su alrededor ondearon las áureas
y espesas crines que Vulcano había colocado en la cimera. El divino
Aquiles probó si la armadura se le ajustaba, y si, llevándola puesta,
movía con facilidad los miembros; y las armas vinieron á ser como alas
que levantaban al pastor de hombres. Sacó del estuche la lanza paterna,
ponderosa, grande y robusta, que entre todos los aqueos, solamente
él podía manejar: había sido cortada de un fresno de la cumbre del
Pelión y regalada por Quirón al padre de Aquiles para que con ella
matara héroes. En tanto, Automedonte y Álcimo se ocupaban en uncir los
caballos: sujetáronlos con hermosas correas, les pusieron el freno en
la boca y tendieron las riendas hacia atrás, atándolas á la fuerte
silla. Sin dilación cogió Automedonte el magnífico látigo y saltó
al carro. Aquiles, cuya armadura relucía como el fúlgido Sol, subió
también y exhortó con horribles voces á los caballos de su padre:
400 «¡Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo
al campamento de los dánaos al que hoy os guía; y no le dejéis muerto
en la liza como á Patroclo.»
404 Y Janto, el corcel de ligeros pies, bajó la cabeza--sus crines
cayendo en torno de la extremidad del yugo llegaban al suelo,--y
habiéndole dotado de voz Juno, la diosa de los níveos brazos, respondió
de esta manera:
408 «Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquiles; pero está cercano el
día de tu muerte, y los culpables no seremos nosotros, sino un dios
poderoso y el hado cruel. No fué por nuestra lentitud ni por nuestra
pereza por lo que los teucros quitaron la armadura de los hombros
de Patroclo; sino que el dios fortísimo, á quien parió Latona, la
de hermosa cabellera, matóle entre los combatientes delanteros y
dió gloria á Héctor. Nosotros correríamos tan veloces como el soplo
del Céfiro, que es tenido por el más rápido. Pero también tú estás
destinado á sucumbir á manos de un dios y de un mortal.»
418 Dichas estas palabras, las Furias le cortaron la voz. Y muy
indignado, Aquiles, el de los pies ligeros, así le habló:
420 «¡Janto! ¿Por qué me vaticinas la muerte? Ninguna necesidad tienes
de hacerlo. Ya sé que mi destino es perecer aquí, lejos de mi padre y
de mi madre; mas con todo eso, no he de descansar hasta que harte de
combate á los teucros.»
424 Dijo; y dando voces, dirigió los solípedos caballos por las
primeras filas.
[Ilustración: Júpiter permite que los dioses del Olimpo intervengan en
el combate de aquivos y teucros]