En esto llegaban al término de la extensísima olmeda, de donde a
los ojos se ofrecía un hermoso espectáculo: la cascada que forma el
río Alto al precipitarse en el Guadalope. Cerros enhiestos formaban
el marco de tan bello paisaje, que don Beltrán pudo gozar, porque
despejada la niebla, daba el sol relieve y colorido a todos los objetos.
—Si es este el lugar que esa sierva de Dios ha elegido para sus
penitencias —dijo el anciano—, a fe mía que ha tenido buen gusto.
—En aquella casucha que ve usted junto a dos peñas muy grandes,
sombreada por una encina que parece partida por un rayo, moraba estos
días la que llamaré ermitaña trashumante.
Aunque no estaba seguro don Beltrán de ver lo que su amigo le indicaba,
allá se encaminó a buen paso; y antes de llegar al sitio designado,
vieron que hacia ellos venían dos vejetes con trazas de pastores, por
sus vestiduras de pieles más parecidos a osos que a personas, uno de
los cuales, al llegar a donde pudo ser oído, les dijo:
—Si van en busca de la maestra, vuélvanse, que no la encontrarán.
—¿Pues dónde ha ido mi señora y capellana? —preguntole Estercuel,
sospechando que no le decía la verdad.
—¡Por vida de...! —exclamó Urdaneta, golpeando airado el suelo con su
bastón—. No creí que la buena estrella que me guía en este viaje se
eclipsara tan pronto. ¿Sabéis, buenos amigos, si ha ido muy lejos?
Porque si supiera que no estaba distante, iría en su busca, que con mis
setenta y tantos años, no me arredran un par de leguas.
—Ayer de mañana —dijo el viejo— fue a la Ginebrosa con mi sobrino, y
nos mandó que por hoy al mediodía la esperáramos en Castelserás, para
ir juntos a donde ella disponga.
—Entre paréntesis: ¿sabéis si vive y dónde está Francisquín Luco,
hermano de Marcela?
—Vive, gracias a Dios..., pero del paradero no le diré, señor —replicó
el anciano receloso, después de pensar lo que decía—. No sé...
—Sí sabes, tunante; pero no quieres decirlo. ¿No estaba gravemente
enfermo? ¿No le asistía su hermana?
—Así parece, señor...
—Está bien... Por ventura, ¿no tendríais en vuestra covacha algo de
comer? Porque con el fresco de la mañana y el paseo me siento un tanto
desfallecido.
—Cuando les vimos venir estábamos cortando el pan para hacer unas
pobres migas. Si los señores quieren participar de esta humildad, el
gusto será nuestro, y la penitencia de los señores.
—Discreto eres... Ea, preparad esas migas con prontitud, y allá va con
vosotros mi criado para que nos avise cuándo podemos ir a matar el
hambre.
Al quedarse solos don Beltrán y Estercuel, sentaditos en una piedra,
dijo el militar al prócer:
—Se me había olvidado informar a usted de lo que en el país se cuenta
de las idas y venidas de la monja suelta, y de la prontitud, al modo
teatral, con que aparece y se oculta, sin que nadie pueda saber de
dónde viene ni por dónde se escabulle. Es una conseja, y a título de
tal se lo cuento, advirtiéndole que esta guerra ha resucitado en el
país la Edad Media, tan bien acomodada a su naturaleza bravía, a la
rudeza de sus habitantes y a la muchedumbre de castillos, monasterios y
santuarios que por todas partes se ven.
—Ya había pensado yo eso de que por ensalmo nos encontramos en siglo de
feudalismo. Cuente, cuente pronto esa leyendita, que quizás no lo sea.
—Pues se dice, y hay quien lo jura, que el padre de esta señora
ermitaña o peregrina era hombre muy rico.
—¿Y a eso llama usted conseja? Puedo dar fe de las propiedades que
poseía Juan Luco, las cuales fueron mías...
—Y a más de la propiedad, dicen que poseía grandes cantidades de dinero
metálico...
—Naturalmente: era hombre que apenas gastaba el tercio de sus rentas...
¿Y qué más?
—Que antes de lanzarse a pelear por Isabel, Juan Luco puso en un lugar
seguro una olla de onzas...
—Precaución muy acertada...
—Y en otro lugar seguro, a bastantes leguas del primer sitio, otra olla
de onzas.
—Tenía propiedades en Rubielos...
—Y en Valderrobres, y en Calanda, y en Morella... sus hijos hicieron lo
propio. El primogénito sepultaba ollas en este monte, y el segundo en
aquel barranco... De modo, señor mío, que por todas estas tierras y por
parte de las del Maestrazgo, están esparcidas las riquezas de Luco.
—Pues, amigo mío —dijo don Beltrán grandemente excitado, levantándose
y haciendo rápidos molinetes con su bastón—, no veo la conseja..., no
veo más que un caso muy natural, la pura lógica, señor mío, el puro
sentido común.
—Ollas en los montes de Gúdar, ollas en el desfiladero de Vallivana,
ollas en Mosqueruela, ollas en Beceite, ollas en Calanda, en
Peñagolosa..., y quién sabe si aquí mismo, bajo nuestros pies, habrá un
puñadito de oro...
—Hijo, podrán ser más, podrán ser menos —dijo don Beltrán con grande
animación, iluminado el rostro, brillantes los ojos, revelando una
credulidad infantil—. El número de ollas no lo sé..., pero que las
hay..., ¡ah!, lo creo y lo creo, como si las hubiera enterrado yo
mismo... Y no me contradiga usted, porque cuando afirmo verdades como
esta, no es prudente contradecirme...
—No, si no me parece absurdo... Pero falta lo mejor de la conseja.
Dice el pueblo, y cuando el pueblo lo dice es porque lo cree como el
evangelio, que esta señora monja ha tomado ese empaque ermitañesco y
peregrino para recorrer y vigilar los lugares donde yacen escondidas
las preciosas tinajas... Sin duda conoce los sitios por inspiración del
cielo, o por topografías milagrosas que le ha comunicado el Espíritu
Santo...
—No se burle usted, amigo mío, que estas cosas no son para tratadas con
genio maleante... Y le advierto que me desagrada oír chanzas aplicadas
a cosas y objetos de la mayor seriedad.
—Serio, profundamente serio es cuanto digo, si aceptamos la ficción de
hallarnos en plena Edad Media. Prepárese usted, si persiste en penetrar
en el país, a ver milagros y hazañas, casos inauditos de santidad o
sortilegio, brujas, duendes, apariciones; subterráneos que empiezan
en un castillo y acaban en un monasterio a siete leguas de distancia;
verá usted hombres feroces, hombres heroicos, mujeres endemoniadas
o angelicadas; verá usted, en fin, a la hermosa y andante Marcela,
con aliento guerrero y olorcillo de santidad, corriendo por montes
y barrancos para tomar nota de las mil y quinientas ollas de Luco,
y trasladar a lugar seguro y profundísimo las que fueron escondidas
a flor de tierra en parajes muy transitados; prepárese usted a ver
todo esto, y si algo descubriese contante y sonante, avise, señor don
Beltrán, que no ha de faltarle un buen amigo que, armado de pala y
azadón, le preste ayuda.
—¡Tunante! —dijo el anciano, que gozoso se lanzaba a la confianza
paternal—, si tuviera usted la suerte de encontrar uno de esos nidos,
ya sé que le faltaría tiempo para ponerlo a un maldito caballo, o a
un as indecente... No quiero dejar pasar esta ocasión sin echarle un
réspice..., mi ancianidad me da derecho a ello... Yo le vi a usted
anoche encenagado en el feo vicio. Paréceme que era usted el que
tallaba...
—Sí, señor, por mi desgracia. No sé si advertiría usted que me
desplumaron.
—Tanto como eso no reparé... Y ¿qué tal? ¿Eran atrevidos aquellos
puntos? ¿Se traían alguna martingala?... Sea lo que quiera, un joven
de sus méritos no debe dejarse dominar por la pasión del azar... Todo
el dinero que caiga en sus manos guárdelo usted, hijo, guárdelo para
sus necesidades de mañana. Piense en la vejez, que si en todo caso
es triste y desabrida, sin dinero es suplicio grande. Pero, si no me
engaño, oigo la voz de Tomé que nos llama, señal de que esas benditas
migas nos esperan.
No tardaron en llegar a la choza; y tan grande apetito se le había
despertado al buen señor por causa de la frescura matinal, del paseíto,
o quizás por la risueña visión de las ollas auríferas, que empezó a
tragar migas, todavía calientes, a riesgo de abrasarse el gaznate; y
comiendo decía:
—Pues de tal modo me interesa avistarme hoy mismo con la venerable
madre Marcela, para tratar con ella de un grave punto de religión,
que si estos señores van en su busca, les acompaño... No, no puedo
detenerme... No trate usted de disuadirme, amigo Estercuel. Ni a mí
ni a mi criado nos arredran ladrones ni carlistas. Si usted los teme,
vuélvase tranquilo a Alcañiz.
—No por miedo, señor don Beltrán, sino porque mis deberes militares al
pueblo me llaman, me veo precisado a dejarle partir solo.
—¡Ah! La obligación es antes que la devoción. El buen militar no se
pertenece... Pues iré con Tomé y estos ancianitos. ¿Qué distancia me
ha dicho? ¿Legua y media? A pie mejor que a caballo. Me conviene un
poco de ejercicio..., sí... Aún tengo bríos para andar largo trecho. Si
he de decir la verdad, me siento... así como rejuvenecido... Sin duda
es el aire de esta tierra, no sé qué gozo del ánimo... Hasta parece
que veo mejor... Sí, sí..., distingo perfectamente las pieles de estos
hombres, la sartén, todo... No hay duda, no hay duda: veo mejor, amigo
Estercuel... Y apostaría que después de un paseo de dos leguas, se me
aclarará la vista notablemente... ¿Y qué tal? ¿Se conserva bien la
hermana Marcela? No la he visto desde que era muy niña...
Atacado de una locuacidad que no podía contener, enjaretaba cláusulas
sin el debido enlace entre unas y otras. Como los ancianos no decían
una palabra ni comían, pidioles cuenta don Beltrán así de su silencio
como de su falta de apetito, y el uno de ellos respondió que delante de
tan gran señor no era decente que ellos, infelices mendigos, hablasen
ni comiesen. Replicó a esto el afable aristócrata que ante Dios, padre
común del género humano, todos los hombres eran iguales, y que, pues
allí les reunía el acaso, no se acordasen de vanas categorías. Si ellos
eran pastores, ¿qué oficio y estado superaba en nobleza y antigüedad
al de conducir rebaños? Pastores fueron los patriarcas en aquel pueblo
que Dios llamó suyo; pastores fueron los primeros que adoraron y
reconocieron al Redentor del mundo en Belén, y este había representado
su misión debajo del simbolismo de un pastor del gran rebaño de la
humanidad. A esto replicaron los vejetes que no eran ellos pastores, y
que usaban aquellos pellejos, y los peales y zurrón por ser el traje
más adecuado a la frialdad del tiempo y a la fragosidad del país.
—¿Pues qué sois? —dijo el prócer, suspenso, preparándose a probar de un
queso que le ofrecían.
—Nuestro oficio es el de sepultureros; solo que ya hemos dejado aquel
empleo tan humilde por acompañar y seguir a la divina Marcela.
—¡Hombre, hombre..., sepultureros, enterradores! —exclamó Urdaneta con
asombro—. Pues también es ocupación noble, antiquísima como el mundo,
pues desde que hubo vida, hubo muerte. Y oficio santo además, que en
él se cifra una de las obras de misericordia. Muy bien, muy bien,
pobrecitos. Me agrada vuestra compañía. Enterrar los muertos es noble
misión. Dios manda que después de recoger Él el alma, se dé a la tierra
lo que le pertenece. ¿Y quién sabe si revivirá algo de lo que habéis
soterrado? No todo lo que entra en la tumba es muerte. La fosa recoge
también la vida, para sustraerla a la codicia y al latrocinio... Y
difuntos aparentes habréis sepultado, que volverán a la vida y... Pero
de estas filosofías no entendéis vosotros... Y dime otra cosa: desde
que os encontré, tú solo hablas. ¿Por qué no hemos oído la palabra de
tu compañero?
—Porque se le traba la lengua, y no quiere que le oigan...
—Es tartamudo..., mudo quizás. Ya sabe Marcela lo que hace, rodeándose
de hombres callados, silenciosos, y cuando no, discretos como tú...
Pero no perdamos más tiempo y pongámonos en camino.
Levantose ágil, sin esfuerzo, con sorpresa de todos, y emprendiendo la
bajada al camino, al llegar a este se despidió del amable militar que,
deseándole un regreso pronto y feliz, le dijo:
—Ya ve el señor don Beltrán cómo va resultando lo que anunció. Edad
Media, pura Edad Media... Supongo que le veremos esta noche por
Alcañiz, y ya nos contará, ya nos contará... Quiera Dios que no tenga
un mal encuentro... Es posible que pueda ir y volver felizmente, porque
no hay noticias de que ahora anden por aquí partidas. Abur. A sor
Marcela le da usted expresiones de mi parte, y que se deje ver... De
buena gana me ajustaría yo en su cuadrilla de sepultureros, si supiera
que tocaban a desenterrar... lo que usted sabe. Adiós.
Internándose a buen paso en la olmeda que conduce a la ciudad, decía
para su sayo el bueno de Estercuel:
—El pobre señor, reverdecido en la niñez, está ya en su elemento: la
conseja.