Metieron a don Beltrán en una casona llamada _Corte_ que hace esquina
con el Ayuntamiento, gótica, de ojivales porches al exterior,
interiormente muy capaz, con ventanas pequeñas, las puertas no muy
holgadas. Allí se alojaban oficiales de distintas graduaciones. Al
pasar por un gran aposento abovedado, donde había gran chimenea
encendida con troncos de encina, a cuyo calorcillo se arrimaban
ateridos todos los que entraban de la calle, vio don Beltrán, agrupados
en torno a una mesa, a varios oficiales y urbanos de tropa que se
engolfaban en el juego, atentos con alma y vida a las manos del
banquero y a las cartas que lentamente pasaba. Fuéronsele a Urdaneta
los ojos hacia la timba, y subió con ánimo de volver luego, pues vio
también que cubrían de manteles las mesas, como si aquella pieza fuese
comedor. El cuarto en que le pusieron, juntamente con las militaras, no
tenía camas; cada cual se arreglaría con las mantas, alforjas o sacos
que llevase. Seis personas debían repartirse el suelo, que venía como
a la medida, sin que sobrase ni una cuarta.
El cenar fue más difícil operación; y si no se plantan Saloma y la
capitana en la cocina, no les tocara nada de las judías y gachas, que
era lo único que había, con pan moreno y algunas raciones de cecina.
Pero al fin aplacaron su hambre las afligidas damas; don Beltrán,
gozoso y dicharachero, tratando de alegrarlas con sus galanterías y
con enfáticos elogios de las miserables viandas que comieron. Observó
Saloma que al viejo aristócrata se le iban los ojos a la mesa de los
jugadores, y como ya tomaba confianza con él, se permitió decirle:
—Señor don Beltrán, noto que mira vuecencia para el vicio, como si más
en él que en nosotros y nuestra conversación tuviera toda el alma. Pues
yo le digo que sería muy feo que con sus años y su respetabilidad diera
el mal ejemplo de ponerse a tallar o apuntar entre aquellos perdidos.
Si así lo hiciera y se dejara vencer de la tentación del juego, que ha
sido la causa de su ruina, sepa que me enfado, y no le quiero, ni le
cuido, ni le mimo, ni nada.
Dicho esto a hurtadillas, sin que los demás se enterasen, contestó
Urdaneta en la misma forma, reconociendo el buen juicio que tal
advertencia revelaba, y ofreció no discrepar ni un punto de lo que
su decoro y años le imponían. Si miraba era por observar las caras y
ver quién perdía y ganaba. Antes de levantarse de las flacas mesas
hizo conocimiento, por mediación de Galán, con dos oficiales muy
simpáticos, uno de los cuales se había separado poco antes de la
mesa de juego con los bolsillos totalmente vacíos. Informados de
que el señor deseaba ver y tratar a la monja Marcela, brindáronse a
llevarle hasta su presencia, en el cerro de Santa Lucía, donde a la
sazón moraba; ambos la conocían y habían tenido más de una entrevista
con tan extraña mujer, platicando de cosas de guerra, filosofía y
religión, permitiéndose bromear con ella y echarle requiebros; que
Marcela, en la multiplicidad pasmosa de su disposición y en la riqueza
de su entendimiento, para todo tenía una palabra feliz y oportuna.
No se le cocía el pan a Urdaneta hasta que no llegase la hora de la
mañana que los oficiales fijaron para la visita, y pensando en ella se
pasó la noche de claro en claro. Un poquito durmió el viejo después
de amanecer, levantándose con los huesos doloridos de la dureza de
aquellas mal cubiertas tablas. Saloma le preparó un aceptable desayuno,
con huevos y chorizo que afanó como pudo en la cocina, y a las nueve ya
estaba mi hombre junto a la chimenea esperando a sus flamantes amigos.
Solo uno se presentó, por tener el otro servicio extraordinario en el
castillo, y sin más espera condujo al anciano hacia la puerta de la
ciudad que da al río Guadalope y al grandioso puente. Fría estaba la
mañana, los campos escarchados, el aire empañado por una niebla que
borraba toda visión a regular distancia. Iba don Beltrán asido al
brazo de su criado, necesaria precaución por la cortedad de su vista,
que con la niebla era casi ceguera total. Pasado el puente, avanzaron
buen trecho por una alameda interminable; y como levantara la bruma,
el teniente hizo notar la gallardía de los desnudos álamos del paseo,
y mirando hacia atrás, la hermosa vista de la ciudad, coronada por el
castillo y ceñida por el Guadalope. Sin enterarse bien, manifestó don
Beltrán su admiración, pues no gustaba de dar a entender que veía poco.
—¿Conque es usted aragonés?... Repítame su apellido, pues ya no me
acuerdo.
—Estercuel.
—¡Hombre, Estercuel!... ¿Es usted de Ayerbe?
—Sí, señor. Mi padre, don Celestino Estercuel, administraba los estados
de Ayerbe y de Boltaña; mi tío, don Bernardino Estercuel, canónigo de
Jaca...
—Ya, ya... ¿Y usted por dónde me conoce a mí?
—No hay en todo Aragón persona más nombrada y famosa que don Beltrán de
Urdaneta, a quien pobres y ricos señalan como el tipo de la grandeza,
de la caballerosidad... Era yo muy niño y oía contar casos muy
singulares de esplendidez...
—A ver, a ver..., ¿qué casos? —dijo don Beltrán risueño y malicioso,
deteniéndose.
—Pues que usted, poseedor de una riqueza incalculable, había mandado
traer de París seis perros de caza, los cuales vinieron cuidados y
asistidos por cuatro monteros y un mayordomo... Y un día, siendo yo
muchacho, vi pasar unos trenes magníficos que iban para Canfranc. ¡Qué
sillas de postas, qué caballos, qué galera con provisiones de cama y
boca!... Pues mi tío, que entonces era capellán en la casa de Ayerbe,
dijo: «Ahí va don Beltrán el Grande con los duques de tal y de cuál...».
—¡Ay, hijo mío! —exclamó Urdaneta melancólico, acelerando el paso—.
Aquellos eran otros tiempos. ¡Lo que va de ayer a hoy!...
—Y decía mi padre que solo en Mora de Rubielos y en la sierra de
Mosqueruela poseía usted más de diez mil cabezas.
—Sí, sí: muchas cabezas tenía entonces, y ahora creo que ninguna,
ni aun la mía propia. Pues en Mora de Rubielos me resta algo, y aun
algos, que intento recobrar... Pero hablar de mí es mirar a lo pasado,
visión triste: alegremos nuestro espíritu hablando de lo presente, de
la juventud, de usted... ¿Qué tal, vamos adelantando en la carrera
militar? ¿Siente usted ambición de gloria?...
—No mucha, señor... Un año llevo en esta vida, y le aseguro a usted que
deseo la paz, aunque me quede en el grado que tengo. Y esta campaña del
Centro no es para despertar verdaderas aficiones a la milicia regular.
Aquí todo es cuestión de picardía, astucia y agilidad; todo cuestión
de geografía... andada, ciencia de los pies. Además, el carácter de
cacería feroz que va tomando esta guerra no es para mi genio. He sido
poco afortunado, pues desde que salí a campaña no he visto más que
horrores, y desgracias de nuestras armas. Para tener mala pata en todo,
me estrené con un acto militar que ha dejado en mi espíritu una sombra
lúgubre, algo como una mancha que no puedo borrar: el fusilamiento de
la madre de Cabrera.
—¡Qué dolor!... ¡Barbarie inútil, impolítica!
—Empecé mi carrera destinado al regimiento de Bailén, 5.º de Ligeros,
que daba guarnición en Tortosa, y mandé el piquete que dio muerte a la
infeliz mujer. Cuando al amanecer del 16 de febrero del año pasado se
nos dijo que a las diez íbamos a fusilar a María Griñó, no lo creíamos.
Los nacionales negábanse a cumplir la sentencia. Nosotros no podíamos
menos de obedecer; pero aún esperábamos que tal atrocidad se aplazara
indefinidamente, y aplazarla era como un indulto disimulado. Entre
nosotros se decía que el alcalde de Tortosa, don Miguel de Córdova,
protestaba de tal iniquidad, y que quiso inducir al gobernador, general
don Gaspar Blanco, a no dar cumplimiento a la bárbara orden. Ello era
cosa de Nogueras, que ofició al general Mina, y de los allegados de
este... Reconocía el gobernador que disponer tal muerte no era propio
de caballeros, y que si en algún caso procedía la desobediencia, había
llegado la hora de poner en el oficio la fórmula: _se acata, pero no
se cumple_. Mas el hombre no se atrevió, y su desmayada voluntad y su
corazón vacilante nos dieron aquel terrible ultraje de la justicia.
Dicen que al resistirse a los ruegos del alcalde y de otras personas
calificadas de la población, se echó a llorar... Sus lágrimas fueron
de esas que no producen ningún bien ni evitan los males... Ello es que
metimos a doña María en el calabozo, y la cargamos de grillos, y le
llevamos al cura don José María Trench, hombre bueno y compasivo, que
también, llorando a moco y baba, fue a interceder con el gobernador,
sin conseguir ablandarle. Confesada, mas no comulgada, pues para esto
no le dimos tiempo, la llevamos a la barbacana. Por el camino, al
paso de la pobre víctima, se agolpaba poca gente, pues la mayoría de
los vecinos no se había enterado todavía; de los que vio, se despedía
con palabras sencillas y cariñosas, como si para un viaje saliera. No
puedo olvidar su figura modesta ni su traje, el mismo que tenía en la
prisión: saya de cotolina azul, ya muy usada, jubón de pana verde.
Llevaba al cuello un pañuelo oscuro con fleco, y a la cabeza otro,
blanco, sin atar las puntas. Era delgada, de mediana estatura, rostro
moreno y curtido con arrugas en la frente, el mirar dulce, expresión
candorosa. En sus manos atadas llevaba una cruz. Su resignación, la
paz de su alma, su tranquilidad sin artificio, nos maravillaban; el
no pronunciar palabra ofensiva para nadie, nos colmaba de pena,
oprimiéndonos el corazón. La fortaleza con que afrontaba el suplicio
hacía más vergonzosa la innoble cobardía con que nosotros, con tanto
aparato de fuerza, destruíamos aquella vida que no había hecho daño a
nadie. «¿Qué resulta contra ella?», nos preguntábamos, o lo pensábamos,
por no atrevernos a decirlo. No resultaba más sino que había dado el
ser a Cabrera... Llegados a la barbacana, la hicimos avanzar como
a veinte pasos del baluarte... El cura que la asistía, don Joaquín
Curto, no se separaba de su lado tan pronto como convenía. La mirada
que nos echó María Griñó al entrar en el cuadro no se me olvidará si
mil años vivo. ¿Fue de menosprecio, de compasión? De cólera no era, ni
tampoco suplicante..., no nos pedía que la perdonásemos. Tal vez quiso
decirnos que ansiaba terminar pronto, concordando en esto fatalmente
con las órdenes que habíamos recibido. Se le vendaron los ojos. Fue
preciso, para abreviar, tirarle suavemente del manteo al cura para que
se retirara. El pobre señor estaba turbadísimo: le dijo de cerca que
rezara el Credo, y luego en voz más alta, alejándose, le anunció que
iba a gozar de Dios... Yo tenía que dar la orden de fuego agitando un
pañuelo. Me pasó por la mente la idea de no darla, sublevándome en
nombre de Cristo. Pero la fuerza de la disciplina, de que no nos damos
cuenta, se impuso. Ello es que sonaron los tiros, y cayó la mujer al
suelo, de golpe, sin ruido ni contorsiones, como un vestido, como un
colgajo de trapos que cae de una percha...
—¡Horrible... y estúpido! —exclamó don Beltrán—. Si tiene usted más
hazañas de estas en su hoja de servicios, no me las cuente. Mi pobre
corazón viejo no resiste esas emociones ni aun contadas.
—Tres días estuve enfermo, sin poder apartar de mí la mirada de
María Griñó, ni aquel modo de caer al suelo, como un vestido que se
desprende de un clavo... El vecindario de Tortosa quiso alborotarse,
y tuvimos que contenerle. Los nacionales trinaban y creían que se
habían deshonrado por formar en el cuadro media compañía. Aseguraban
que si se les hubiera mandado formar el piquete del fuego, no habrían
obedecido... Desde aquel día es para mí esta guerra una nube de plomo
posada sobre mis ojos, como un telón a medio echar. Ni sube, ni
baja..., ni veo bien la guerra, ni veo la paz... No habrá ya paz en
la tierra de España. ¿Sabe usted lo que dijo Cabrera cuando supo la
muerte de su madre? Mirando a las cumbres que cercan a Valderrobres,
dijo que la sangre subiría hasta las cimas más altas. Y va subiendo, va
subiendo... Para no cansar a usted, señor don Beltrán, le diré que mis
campañas desde entonces no han sido más que una cacería infatigable.
En multitud de encuentros me he visto, todos encarnizados: estuve en
las acciones de La Jana y de Toga, al mando de Buil; allí tuvimos la
suerte de derrotar al _Serrador_. En Ulldecona, cuando Iriarte dio una
tremenda paliza al _Organista_ y a Llangostera, también tuve la honra
de encontrarme. Marchas penosas, hambres y trabajos mil he pasado;
peleando sin cesar, no veo que el aspecto de la guerra cambie. Siempre
es lo mismo: las ventajas de hoy son el descalabro de mañana. Si una
columna vence aquí, otra sucumbe dos leguas más allá. Se les echa de
un valle, y aparecen en otro. Creyérase que salen de debajo de las
piedras, y que la sangre de tantas víctimas, caliente y rabiosa, aun
después de derramada, engendra facciosos en los bosques, en los charcos
de los barrancos, en los escombros de las masadas destruidas. Esto
no es guerra, digo yo: es un duelo feroz, nunca suspendido. Nogueras
conoce el terreno, pero le falta cabeza. Borso tiene intención, pero
no domina el suelo. Sin darse de ello cuenta, conduce sus tropas por
el camino más largo. No encuentra nunca al cabecilla que busca, sino a
otro que le sale inesperadamente por retaguardia, cuando no le salen
dos. Así no acabamos nunca. Si no traen un ejército muy grande para
ocupar todas las posiciones y pueblos de importancia, a la defensiva,
tapándoles los boquetes y pasadizos para sus correrías, matándoles
de hambre y provocándoles a que se enzarcen unos con otros, tenemos
guerra para un siglo. Yo me doy a pensar en esto, y digo: «¿Por qué
combatimos?». Ahondando en el asunto, encuentro que no hay razón para
esta carnicería. ¡La libertad, la religión!... ¡Si de una y otra
tenemos dosis sobrada! ¿No le parece a usted?... ¡Los derechos de la
reina, los de don Carlos! Cuando me pongo a desentrañar la filosofía
de esta guerra, no puedo menos de echarme a reír..., y riéndome y
pensando, acabo por convencerme de que todos estamos locos. ¿Cree usted
que a Cabrera le importan algo los derechos de Su Majestad varón? ¿Y a
los de acá los derechos de Su Majestad hembra?... Creo que se lucha por
la dominación, y nada más, por el mando, por el mangoneo, por ver quién
reparte el pedazo de pan, el puñado de garbanzos y el medio vaso de
vino que corresponden a cada español... ¿No opina usted lo mismo?
—Lo mismo, querido Estercuel, lo mismo. Es usted un sabio. ¡Tan joven,
y ya profundiza!