VII

Metieron a don Beltrán en una casona llamada _Corte_ que hace esquina

con el Ayuntamiento, gótica, de ojivales porches al exterior,

interiormente muy capaz, con ventanas pequeñas, las puertas no muy

holgadas. Allí se alojaban oficiales de distintas graduaciones. Al

pasar por un gran aposento abovedado, donde había gran chimenea

encendida con troncos de encina, a cuyo calorcillo se arrimaban

ateridos todos los que entraban de la calle, vio don Beltrán, agrupados

en torno a una mesa, a varios oficiales y urbanos de tropa que se

engolfaban en el juego, atentos con alma y vida a las manos del

banquero y a las cartas que lentamente pasaba. Fuéronsele a Urdaneta

los ojos hacia la timba, y subió con ánimo de volver luego, pues vio

también que cubrían de manteles las mesas, como si aquella pieza fuese

comedor. El cuarto en que le pusieron, juntamente con las militaras, no

tenía camas; cada cual se arreglaría con las mantas, alforjas o sacos

que llevase. Seis personas debían repartirse el suelo, que venía como

a la medida, sin que sobrase ni una cuarta.

El cenar fue más difícil operación; y si no se plantan Saloma y la

capitana en la cocina, no les tocara nada de las judías y gachas, que

era lo único que había, con pan moreno y algunas raciones de cecina.

Pero al fin aplacaron su hambre las afligidas damas; don Beltrán,

gozoso y dicharachero, tratando de alegrarlas con sus galanterías y

con enfáticos elogios de las miserables viandas que comieron. Observó

Saloma que al viejo aristócrata se le iban los ojos a la mesa de los

jugadores, y como ya tomaba confianza con él, se permitió decirle:

—Señor don Beltrán, noto que mira vuecencia para el vicio, como si más

en él que en nosotros y nuestra conversación tuviera toda el alma. Pues

yo le digo que sería muy feo que con sus años y su respetabilidad diera

el mal ejemplo de ponerse a tallar o apuntar entre aquellos perdidos.

Si así lo hiciera y se dejara vencer de la tentación del juego, que ha

sido la causa de su ruina, sepa que me enfado, y no le quiero, ni le

cuido, ni le mimo, ni nada.

Dicho esto a hurtadillas, sin que los demás se enterasen, contestó

Urdaneta en la misma forma, reconociendo el buen juicio que tal

advertencia revelaba, y ofreció no discrepar ni un punto de lo que

su decoro y años le imponían. Si miraba era por observar las caras y

ver quién perdía y ganaba. Antes de levantarse de las flacas mesas

hizo conocimiento, por mediación de Galán, con dos oficiales muy

simpáticos, uno de los cuales se había separado poco antes de la

mesa de juego con los bolsillos totalmente vacíos. Informados de

que el señor deseaba ver y tratar a la monja Marcela, brindáronse a

llevarle hasta su presencia, en el cerro de Santa Lucía, donde a la

sazón moraba; ambos la conocían y habían tenido más de una entrevista

con tan extraña mujer, platicando de cosas de guerra, filosofía y

religión, permitiéndose bromear con ella y echarle requiebros; que

Marcela, en la multiplicidad pasmosa de su disposición y en la riqueza

de su entendimiento, para todo tenía una palabra feliz y oportuna.

No se le cocía el pan a Urdaneta hasta que no llegase la hora de la

mañana que los oficiales fijaron para la visita, y pensando en ella se

pasó la noche de claro en claro. Un poquito durmió el viejo después

de amanecer, levantándose con los huesos doloridos de la dureza de

aquellas mal cubiertas tablas. Saloma le preparó un aceptable desayuno,

con huevos y chorizo que afanó como pudo en la cocina, y a las nueve ya

estaba mi hombre junto a la chimenea esperando a sus flamantes amigos.

Solo uno se presentó, por tener el otro servicio extraordinario en el

castillo, y sin más espera condujo al anciano hacia la puerta de la

ciudad que da al río Guadalope y al grandioso puente. Fría estaba la

mañana, los campos escarchados, el aire empañado por una niebla que

borraba toda visión a regular distancia. Iba don Beltrán asido al

brazo de su criado, necesaria precaución por la cortedad de su vista,

que con la niebla era casi ceguera total. Pasado el puente, avanzaron

buen trecho por una alameda interminable; y como levantara la bruma,

el teniente hizo notar la gallardía de los desnudos álamos del paseo,

y mirando hacia atrás, la hermosa vista de la ciudad, coronada por el

castillo y ceñida por el Guadalope. Sin enterarse bien, manifestó don

Beltrán su admiración, pues no gustaba de dar a entender que veía poco.

—¿Conque es usted aragonés?... Repítame su apellido, pues ya no me

acuerdo.

—Estercuel.

—¡Hombre, Estercuel!... ¿Es usted de Ayerbe?

—Sí, señor. Mi padre, don Celestino Estercuel, administraba los estados

de Ayerbe y de Boltaña; mi tío, don Bernardino Estercuel, canónigo de

Jaca...

—Ya, ya... ¿Y usted por dónde me conoce a mí?

—No hay en todo Aragón persona más nombrada y famosa que don Beltrán de

Urdaneta, a quien pobres y ricos señalan como el tipo de la grandeza,

de la caballerosidad... Era yo muy niño y oía contar casos muy

singulares de esplendidez...

—A ver, a ver..., ¿qué casos? —dijo don Beltrán risueño y malicioso,

deteniéndose.

—Pues que usted, poseedor de una riqueza incalculable, había mandado

traer de París seis perros de caza, los cuales vinieron cuidados y

asistidos por cuatro monteros y un mayordomo... Y un día, siendo yo

muchacho, vi pasar unos trenes magníficos que iban para Canfranc. ¡Qué

sillas de postas, qué caballos, qué galera con provisiones de cama y

boca!... Pues mi tío, que entonces era capellán en la casa de Ayerbe,

dijo: «Ahí va don Beltrán el Grande con los duques de tal y de cuál...».

—¡Ay, hijo mío! —exclamó Urdaneta melancólico, acelerando el paso—.

Aquellos eran otros tiempos. ¡Lo que va de ayer a hoy!...

—Y decía mi padre que solo en Mora de Rubielos y en la sierra de

Mosqueruela poseía usted más de diez mil cabezas.

—Sí, sí: muchas cabezas tenía entonces, y ahora creo que ninguna,

ni aun la mía propia. Pues en Mora de Rubielos me resta algo, y aun

algos, que intento recobrar... Pero hablar de mí es mirar a lo pasado,

visión triste: alegremos nuestro espíritu hablando de lo presente, de

la juventud, de usted... ¿Qué tal, vamos adelantando en la carrera

militar? ¿Siente usted ambición de gloria?...

—No mucha, señor... Un año llevo en esta vida, y le aseguro a usted que

deseo la paz, aunque me quede en el grado que tengo. Y esta campaña del

Centro no es para despertar verdaderas aficiones a la milicia regular.

Aquí todo es cuestión de picardía, astucia y agilidad; todo cuestión

de geografía... andada, ciencia de los pies. Además, el carácter de

cacería feroz que va tomando esta guerra no es para mi genio. He sido

poco afortunado, pues desde que salí a campaña no he visto más que

horrores, y desgracias de nuestras armas. Para tener mala pata en todo,

me estrené con un acto militar que ha dejado en mi espíritu una sombra

lúgubre, algo como una mancha que no puedo borrar: el fusilamiento de

la madre de Cabrera.

—¡Qué dolor!... ¡Barbarie inútil, impolítica!

—Empecé mi carrera destinado al regimiento de Bailén, 5.º de Ligeros,

que daba guarnición en Tortosa, y mandé el piquete que dio muerte a la

infeliz mujer. Cuando al amanecer del 16 de febrero del año pasado se

nos dijo que a las diez íbamos a fusilar a María Griñó, no lo creíamos.

Los nacionales negábanse a cumplir la sentencia. Nosotros no podíamos

menos de obedecer; pero aún esperábamos que tal atrocidad se aplazara

indefinidamente, y aplazarla era como un indulto disimulado. Entre

nosotros se decía que el alcalde de Tortosa, don Miguel de Córdova,

protestaba de tal iniquidad, y que quiso inducir al gobernador, general

don Gaspar Blanco, a no dar cumplimiento a la bárbara orden. Ello era

cosa de Nogueras, que ofició al general Mina, y de los allegados de

este... Reconocía el gobernador que disponer tal muerte no era propio

de caballeros, y que si en algún caso procedía la desobediencia, había

llegado la hora de poner en el oficio la fórmula: _se acata, pero no

se cumple_. Mas el hombre no se atrevió, y su desmayada voluntad y su

corazón vacilante nos dieron aquel terrible ultraje de la justicia.

Dicen que al resistirse a los ruegos del alcalde y de otras personas

calificadas de la población, se echó a llorar... Sus lágrimas fueron

de esas que no producen ningún bien ni evitan los males... Ello es que

metimos a doña María en el calabozo, y la cargamos de grillos, y le

llevamos al cura don José María Trench, hombre bueno y compasivo, que

también, llorando a moco y baba, fue a interceder con el gobernador,

sin conseguir ablandarle. Confesada, mas no comulgada, pues para esto

no le dimos tiempo, la llevamos a la barbacana. Por el camino, al

paso de la pobre víctima, se agolpaba poca gente, pues la mayoría de

los vecinos no se había enterado todavía; de los que vio, se despedía

con palabras sencillas y cariñosas, como si para un viaje saliera. No

puedo olvidar su figura modesta ni su traje, el mismo que tenía en la

prisión: saya de cotolina azul, ya muy usada, jubón de pana verde.

Llevaba al cuello un pañuelo oscuro con fleco, y a la cabeza otro,

blanco, sin atar las puntas. Era delgada, de mediana estatura, rostro

moreno y curtido con arrugas en la frente, el mirar dulce, expresión

candorosa. En sus manos atadas llevaba una cruz. Su resignación, la

paz de su alma, su tranquilidad sin artificio, nos maravillaban; el

no pronunciar palabra ofensiva para nadie, nos colmaba de pena,

oprimiéndonos el corazón. La fortaleza con que afrontaba el suplicio

hacía más vergonzosa la innoble cobardía con que nosotros, con tanto

aparato de fuerza, destruíamos aquella vida que no había hecho daño a

nadie. «¿Qué resulta contra ella?», nos preguntábamos, o lo pensábamos,

por no atrevernos a decirlo. No resultaba más sino que había dado el

ser a Cabrera... Llegados a la barbacana, la hicimos avanzar como

a veinte pasos del baluarte... El cura que la asistía, don Joaquín

Curto, no se separaba de su lado tan pronto como convenía. La mirada

que nos echó María Griñó al entrar en el cuadro no se me olvidará si

mil años vivo. ¿Fue de menosprecio, de compasión? De cólera no era, ni

tampoco suplicante..., no nos pedía que la perdonásemos. Tal vez quiso

decirnos que ansiaba terminar pronto, concordando en esto fatalmente

con las órdenes que habíamos recibido. Se le vendaron los ojos. Fue

preciso, para abreviar, tirarle suavemente del manteo al cura para que

se retirara. El pobre señor estaba turbadísimo: le dijo de cerca que

rezara el Credo, y luego en voz más alta, alejándose, le anunció que

iba a gozar de Dios... Yo tenía que dar la orden de fuego agitando un

pañuelo. Me pasó por la mente la idea de no darla, sublevándome en

nombre de Cristo. Pero la fuerza de la disciplina, de que no nos damos

cuenta, se impuso. Ello es que sonaron los tiros, y cayó la mujer al

suelo, de golpe, sin ruido ni contorsiones, como un vestido, como un

colgajo de trapos que cae de una percha...

—¡Horrible... y estúpido! —exclamó don Beltrán—. Si tiene usted más

hazañas de estas en su hoja de servicios, no me las cuente. Mi pobre

corazón viejo no resiste esas emociones ni aun contadas.

—Tres días estuve enfermo, sin poder apartar de mí la mirada de

María Griñó, ni aquel modo de caer al suelo, como un vestido que se

desprende de un clavo... El vecindario de Tortosa quiso alborotarse,

y tuvimos que contenerle. Los nacionales trinaban y creían que se

habían deshonrado por formar en el cuadro media compañía. Aseguraban

que si se les hubiera mandado formar el piquete del fuego, no habrían

obedecido... Desde aquel día es para mí esta guerra una nube de plomo

posada sobre mis ojos, como un telón a medio echar. Ni sube, ni

baja..., ni veo bien la guerra, ni veo la paz... No habrá ya paz en

la tierra de España. ¿Sabe usted lo que dijo Cabrera cuando supo la

muerte de su madre? Mirando a las cumbres que cercan a Valderrobres,

dijo que la sangre subiría hasta las cimas más altas. Y va subiendo, va

subiendo... Para no cansar a usted, señor don Beltrán, le diré que mis

campañas desde entonces no han sido más que una cacería infatigable.

En multitud de encuentros me he visto, todos encarnizados: estuve en

las acciones de La Jana y de Toga, al mando de Buil; allí tuvimos la

suerte de derrotar al _Serrador_. En Ulldecona, cuando Iriarte dio una

tremenda paliza al _Organista_ y a Llangostera, también tuve la honra

de encontrarme. Marchas penosas, hambres y trabajos mil he pasado;

peleando sin cesar, no veo que el aspecto de la guerra cambie. Siempre

es lo mismo: las ventajas de hoy son el descalabro de mañana. Si una

columna vence aquí, otra sucumbe dos leguas más allá. Se les echa de

un valle, y aparecen en otro. Creyérase que salen de debajo de las

piedras, y que la sangre de tantas víctimas, caliente y rabiosa, aun

después de derramada, engendra facciosos en los bosques, en los charcos

de los barrancos, en los escombros de las masadas destruidas. Esto

no es guerra, digo yo: es un duelo feroz, nunca suspendido. Nogueras

conoce el terreno, pero le falta cabeza. Borso tiene intención, pero

no domina el suelo. Sin darse de ello cuenta, conduce sus tropas por

el camino más largo. No encuentra nunca al cabecilla que busca, sino a

otro que le sale inesperadamente por retaguardia, cuando no le salen

dos. Así no acabamos nunca. Si no traen un ejército muy grande para

ocupar todas las posiciones y pueblos de importancia, a la defensiva,

tapándoles los boquetes y pasadizos para sus correrías, matándoles

de hambre y provocándoles a que se enzarcen unos con otros, tenemos

guerra para un siglo. Yo me doy a pensar en esto, y digo: «¿Por qué

combatimos?». Ahondando en el asunto, encuentro que no hay razón para

esta carnicería. ¡La libertad, la religión!... ¡Si de una y otra

tenemos dosis sobrada! ¿No le parece a usted?... ¡Los derechos de la

reina, los de don Carlos! Cuando me pongo a desentrañar la filosofía

de esta guerra, no puedo menos de echarme a reír..., y riéndome y

pensando, acabo por convencerme de que todos estamos locos. ¿Cree usted

que a Cabrera le importan algo los derechos de Su Majestad varón? ¿Y a

los de acá los derechos de Su Majestad hembra?... Creo que se lucha por

la dominación, y nada más, por el mando, por el mangoneo, por ver quién

reparte el pedazo de pan, el puñado de garbanzos y el medio vaso de

vino que corresponden a cada español... ¿No opina usted lo mismo?

—Lo mismo, querido Estercuel, lo mismo. Es usted un sabio. ¡Tan joven,

y ya profundiza!

La campaña del Maestrazgo · 第 10 / 34 题