II

—Ya sé —dijo después el prócer a la guapa moza, plegando los ojos para

verla mejor— que, al fin, te has casado con Baldomero. No ha sido poca

suerte para ese bruto. ¡Vaya una hembra que se lleva!

—Sí, señor... ¿Pero usía no sabe que es alférez?

—¡Qué me dices!... ¡Alférez! ¡Hola, hola!... ¡Todo un oficial del

ejército! Siempre fue arrojadísimo, con una cabeza más dura que el

mármol, y un corazón insensible al miedo... Vaya: ¿y está aquí, en la

columna que ha llegado del norte?

—¡Y que no se alegrará poco de ver a vuecencia! No tardará en venir.

A uno de los mozos de Urdaneta, que en otra mesa comían, ordenó Saloma

que saliese a buscar a Galán por las calles del pueblo, y a darle

conocimiento de la presencia de su antiguo amo. Nacido en Fuenmayor y

recriado en Cintruénigo, Baldomero había servido a don Beltrán antes

de entrar en el militar servicio. Seis años comió el pan de Idiáquez

y Urdaneta, ya en el empleo de ayuda de cámara, ya en el ejercicio de

montería, o en otros menesteres de la casa. Bien quisto de sus amos,

dejó en la familia memoria de leal y honrado, aunque muy duro de

mollera. Andando el tiempo, ya soldado distinguido, sargento después,

siempre que su batallón pasaba por Cintruénigo, visitaba a los señores.

Allí conoció a Saloma, que, rodando de aquí para allá con borrascosa

y turbada vida, después del fusilamiento de su padre en Miranda de

Arga, fue a parar a casa de una tía materna, que tenía en arrendamiento

tierras de Idiáquez y vivía en una torre próxima al palacio señorial.

Toda esta parte de la historia de Galán y Saloma es algo oscura, y

no ofrece bastante interés para que se emprendan, por esclarecerla,

investigaciones muy minuciosas.

Volviendo al relato, se dirá que don Beltrán manifestó a su amiga que

no iba, no, a la ventura por aquellos derroteros, pues le guiaba un

fin concerniente a sus intereses y al remedio inmediato de su actual

posición lastimosa.

—Ya te lo explicaré cuando esté más sosegado —agregó recobrando algo

de su animación—, pues supongo que iremos juntos largo trecho. Por

de pronto, solo te digo que salí de Cintruénigo con recursos muy

inferiores a lo que exige mi categoría, que tendré que resignarme a

ciertas privaciones... Mi principal inquietud es que me corten el paso

las tropas de Cabrera o las partidas que sueltas y desmandadas infestan

toda la tierra de Teruel. Otro temor me quita el sueño, y es que los

dos únicos chicos que he podido traerme, Tomé, el de _la Chata_, y

Francisquillo Maestre, no puedan seguir en mi compañía más allá de

Híjar, por el peligro de que les coja la facción. Tú les conoces: dos

chicarrones de diecinueve años, que no manejarían mal el chopo, y de

uno de ellos sospecho que lo cogería de buena gana, por dar gusto al

dedo. En fin, si les pierdo, ya sea por medrosos, ya por atrevidos,

tendré que ir solo, encomendándome a Dios y a la Virgen, pues no puedo

abandonar mi empresa, única solución decorosa para los pocos días que

me restan de vida.

En esto entró Baldomero, que derechamente, morrión en mano, se fue a

besar la de don Beltrán, y poco le faltó para hincar una rodilla en

tierra. Sincero, nacido del corazón era su acatamiento, pues amaba al

anciano; y cuando este abrió sus brazos para expresarle con un buen

apretón su enhorabuena y el regocijo de verle oficial, Galán hizo

pucheros, y algunas lágrimas bajaron a humedecer su bigote de moco,

imitación del de Espartero.

—Bien, hijo, bien, adelante... Capitán, será ya como tenerlo en la

mano. Date prisa a ganar empleos, porque antes de morirme quisiera ver

a Saloma hecha una señora coronela.

Era Baldomero Galán un mocetón en quien la estampa no desmerecía del

apellido, alto, garboso, mejor formado de cuerpo que de facciones,

pues su nariz excedía un tanto de la medida proporcional, y sus ojos,

hermosos y grandes, bizcaban un poco, resultando una desmedida fiereza

de expresión. Indomable en la guerra, fiel a sus deberes cual ninguno,

pronto a dar la vida cien veces por el honor de su bandera, en la vida

doméstica era un angelón, y su esposa no tenía que hacer el menor

esfuerzo para dominarle. Hízole sentar don Beltrán a su izquierda:

le sirvió vino, después de obsequiarle con un puro. Fumando los dos,

el pobre viejo, gozoso de tener a quien contar sus infortunios, hizo

segunda edición de lo que ya había referido a Saloma, recargando

amargura en las acusaciones contra su nieto y nuera. Suspiraba Galán al

compás de los suspiros de su antiguo señor; y no acertando con la mejor

fórmula de consuelo, se ofreció a prestarle en su viaje toda la ayuda

que el servicio le permitiera.

—Tanto Saloma como yo, señor don Beltrán, estamos a la disposición de

usía para lo que guste mandarnos, y le cuidaremos y asistiremos como a

un padre.

Urdaneta le apeó el tratamiento, pues del chicarrón que tuvo a su

servicio al señor alférez que delante veía, había distancia social muy

grande: agradeciendo al matrimonio sus ofrecimientos, manifestó que

deseaba recogerse.

—Véase —dijo a Galán, mientras corría Saloma en busca de las mantas—

cómo Dios no abandona a los buenos. Solo y triste venía yo por esos

caminos, agobiado del peso de mis desdichas, afligido al propio tiempo

por mi ceguera que crece de día en día, y cuando menos lo esperaba,

me salen al encuentro dos amigos cariñosos, dos almas caritativas que

me consuelan, que me alientan... ¡Que hermoso es encontrar en nuestro

camino la gratitud! Tú y tu mujer me debéis algunos beneficios; también

los prodigué yo al buen Adrián Ulibarri, padre de Saloma, y ahora me

veo recompensado por vosotros... ¡Ah!, si me pierdo, que me busquen

entre los humildes, que son siempre los agradecidos y generosos.

Irguiéndose, como si al restaurar las fuerzas de su cuerpo recobrase

también vigor y esperanza su espíritu, emprendió, asido del brazo de

Galán, el camino de la cuadra. Parándose a cada instante, decía:

—No, no: Urdaneta no puede ni debe terminar sus días en la humillación.

Oye, _Mero_: ¿será fácil penetrar en tierra de Teruel hasta Mora de

Rubielos, siquiera hasta los montes de Gúdar?

—Señor, _las hordas de Cabrera_ son dueñas de casi todo el país

—replicó Galán, que hablando de guerra solía emplear las fórmulas

usuales de la prensa patriótica, de las proclamas y órdenes generales

en campaña—; y mientras no consigamos limpiar de _enemigos fratricidas_

todo el territorio de esta Comandancia general, no le aconsejo a nadie

que penetre, señor... a menos que lleve un salvoconducto en regla,

expedido por el _obcecado Pretendiente_.

—Ya, ya lo pensaremos, pues entre los cabecillas facciosos no me faltan

amigos.

En esto, Saloma escogía el rincón más abrigado de la cuadra, el mejor

defendido contra las corrientes de aire y las patadas de los mulos,

para armar en él un mullido nidal donde descansase el noble viejo.

Fue robando puñaditos de paja en este y el otro montón; apartó toda

la basura; hizo mudar de sitio a un gallo con varias gallinas, y la

obra quedó terminada pronto a satisfacción del que debía disfrutarla.

Todas las mantas que tenía las aplicó a la comodidad de don Beltrán,

unas debajo, otras encima de su cuerpo. Mientras _Mero_ le quitaba las

botas, envolviéndole los pies en la manta de Tomé, Saloma le liaba a

la cabeza un ancho pañuelo de seda, despojándole antes de su levitón

y dejándole en mangas de camisa. Ofrecía el aristócrata una extraña

figura, de la que él mismo se reía, cuando se tendió de largo a largo

sobre la paja. Con refajos y ropa suya improvisó Saloma una almohada,

y no pareciéndole bastante, propuso que ella se acomodaría sentada

junto a la pared, formando como cabecera del improvisado lecho, y sobre

sus rodillas se apoyaría la almohada, sosteniéndola en alto de modo

que no se hundiese la cabeza de don Beltrán. Para completar la obra,

se convino en que Galán pasaría la noche a los pies del señor, para

contener el frío por aquella parte, mientras por la otra sostenía la

calor el gentil cuerpo de Saloma. Hallábase Urdaneta algo acatarrado,

y estornudaba constantemente; mas no sintiendo otra molestia real que

el frío, procuraba agazaparse bien, y en medio de las mantas recobró

su buen temple y jovialidad, dando por excelente tal situación y

creyéndola un especialísimo favor de Dios en aquellos tristes días.

—Paréceme, hijos míos, que no debo quejarme —les dijo risueño—, ¿pues

qué más puedo ambicionar que este tranquilo reposo, este abrigo que

me habéis dado, y, sobre todo, el calor de vuestra compañía cariñosa?

Os veo como a dos ángeles que Dios me envía para asistirme. Y es como

si con vuestra presencia me dijera: «Ya ves, Beltrán mío, que no te

abandono». En verdad os aseguro, que no cambiaría este lecho por el del

Papa o el Emperador de Rusia. Aquí se está muy bien, con un guardián

y calentador por la cabeza y otro por los pies..., y esta sencillez,

y esta libertad... Vamos, que estoy contentísimo, y ahora me permito

despreciar todos los cuartos de fonda, con sus camas frías y sucias, y

su soledad triste... Bien, bien: _Mero_ y Saloma, mis buenos amigos,

sed caritativos hasta el fin; y pues el sueño se ha declarado mi

enemigo, contadme alguna cosita para engañar el tiempo.

Reclinado a los pies del señor, Galán habló largamente de la campaña

del Centro, a la cual se daría gran impulso para exterminar de golpe

a _los satélites del oscurantismo_. No lejos de ellos había otros

grupos; y a medida que avanzaba la noche, fueron entrando en la

cuadra más huéspedes, y se formaron entre paja y dornajos montones de

humanidad que producían extraños ruidos: aquí conversaciones y disputas

vehementes, allá un roncar estruendoso.

—_Mero_, hijo mío —dijo al alférez don Beltrán, de cuya persona no

asomaba entre las mantas más que la nariz—, por alguna palabra que

llega a mis oídos de lo que hablan esos tres hombres que están a tus

pies, entiendo que son de Rubielos. Acércate y pregúntales si conocen a

Juan Luco, rico propietario en término de Mora, alcalde que era de esta

villa hace dos años.

Poco después se aproximó un hombre, de estatura más que alta,

gigantesca, vestido a estilo aragonés neto, con su pañizuelo en la

cabeza, faja morada y muy caída, mal envuelto en una manta, como herido

o enfermo, un brazo en cabestrillo, la faz atezada, ruda, huraña. De

su andar no debía decirse que era cojo, sino que cojeaba, y uno de

sus pies, envuelto en un lío de trapos, abultaba como la pata de un

elefante. Sus primeras palabras, al acercarse al grupo, fueron torpes,

balbucientes:

—El señor alférez me manda... que le diga... Gran señor, yo no veo

dónde está Su Ilustrísima, ni sé quién dimonios es... ¡Otra!... Ya le

veo como enterrao en el panizo...

—Siéntate... tú eres de Teruel: no puedes negarlo —dijo don Beltrán sin

moverse, no enseñando de su persona más que los ojos sin vista y la

nariz sin olfato—. Descansa, que por las trazas, bien lo necesitas.

Con lentitud y ayes de dolor fue doblando su corpachón el aragonés

hasta hundir la paja con sus asentaderas, no lejos del puesto de Galán,

y cuando halló postura cómoda, dijo que de Teruel mismamente no era,

sino de Cuatro Dineros, barrio de Montalbán, y que conocía todo el país

entre Ademuz y Puerto de Beceite como la palma de su mano.

—¡Ah —exclamó Saloma prontamente—, si ya te conocemos! Yo bien decía:

conozco a este bruto. Tú eres Joreas, el que hace dos años trajinaba

con mulas desde Vinaroz a Tudela... Y después te fuiste a la facción, y

de la facción vienes ahora, puerco.

—Con perdón de la señá tinienta y de la compañía, digo que lo de puerco

no es razón, y sí lo es que me llamo Tanasio Joreas. Como hombre

honrado y cabal, no niego haber estuvido en la faición a las órdenes

del _Serrador_ primero, del _Royo de Nogueruelas_ dispués, porque

sentía de mi natural que debíamos ensalzar los divinos derechos del

rey don Carlos... Pero aquí me tienen harto de desengaños, con más

balazos en mi cuerpo que pelos en la cabeza, muerto de hambre, con

mi casa y familia perdidas, porque una de mis masadas la arrasó el

liberal, otra el legítimo... mis hijos muertos, todo hecho cenizas, y

yo poco menos que cadavérico. Lo que no me ha quitado el neto, me lo ha

quitado la usurpadora; y al fin, cansado de pelear, y de sufrir, y de

ver espantos, y de pisar tripas de cristianos, dije: «No más derechos

legítimos ni no legítimos, no más, no más», y me escapé, y huyendo de

la tremolina vengo por trochas y atajos en busca de un terreno donde

haiga paz, donde los hombres sean cristianos, no carniceros... Yo he

sido malo; yo he sido, como tantos, lo que dice la señora, faicioso

y peleador y verdugo de mi natural; pero ya le he tomado asco al

matadero. Me llamo _Joreas el escarmentado_, y voy a Zaragoza en busca

de un pedazo de pan que yo pueda meter en la boca sin que, al mascarlo,

me parezca que lo han amasado con sangre.

Callaban todos los oyentes, entristecidos por las lúgubres palabras del

escarmentado, y al fin rompió el silencio don Beltrán, diciendo:

—Pobre Joreas, tu arrepentimiento es de celebrar, y ojalá se

convencieran todos como tú y siguieran tu camino... Pero vamos a lo que

me importa. Conocerás a Juan Luco.

—De los mejores hombres de Aragón..., sí, señor..., gran presona...

Y con muchas talegas. Suyas eran las dos masadas de Rubielos, y en

Mosqueruela y Forniche Bajo tenía más de mil cabezas..., hombre cabal,

buen amigo y padre del pobre...

—Hablas como si Luco no existiera. Explícate: ¿ha muerto?

—Señor, no se enfade conmigo, que yo no he sido más que destrumento.

A la vuelta de Manzanera nos salió con catorce hombres armados de

escopetas... Le cogió la partida de Peinado, donde yo iba, y no tuvimos

más remedio que afusilarle... Señor, puede creérmelo: como Dios es

mi padre le digo que le digo la verdad... Fue que cuando me mandaron

tirarle y le tiré, las lágrimas me corrían... Yo decía para mí:

perdóneme, don Juan, que no soy más que destrumento...

La campaña del Maestrazgo · 第 6 / 34 题