—Ya sé —dijo después el prócer a la guapa moza, plegando los ojos para
verla mejor— que, al fin, te has casado con Baldomero. No ha sido poca
suerte para ese bruto. ¡Vaya una hembra que se lleva!
—Sí, señor... ¿Pero usía no sabe que es alférez?
—¡Qué me dices!... ¡Alférez! ¡Hola, hola!... ¡Todo un oficial del
ejército! Siempre fue arrojadísimo, con una cabeza más dura que el
mármol, y un corazón insensible al miedo... Vaya: ¿y está aquí, en la
columna que ha llegado del norte?
—¡Y que no se alegrará poco de ver a vuecencia! No tardará en venir.
A uno de los mozos de Urdaneta, que en otra mesa comían, ordenó Saloma
que saliese a buscar a Galán por las calles del pueblo, y a darle
conocimiento de la presencia de su antiguo amo. Nacido en Fuenmayor y
recriado en Cintruénigo, Baldomero había servido a don Beltrán antes
de entrar en el militar servicio. Seis años comió el pan de Idiáquez
y Urdaneta, ya en el empleo de ayuda de cámara, ya en el ejercicio de
montería, o en otros menesteres de la casa. Bien quisto de sus amos,
dejó en la familia memoria de leal y honrado, aunque muy duro de
mollera. Andando el tiempo, ya soldado distinguido, sargento después,
siempre que su batallón pasaba por Cintruénigo, visitaba a los señores.
Allí conoció a Saloma, que, rodando de aquí para allá con borrascosa
y turbada vida, después del fusilamiento de su padre en Miranda de
Arga, fue a parar a casa de una tía materna, que tenía en arrendamiento
tierras de Idiáquez y vivía en una torre próxima al palacio señorial.
Toda esta parte de la historia de Galán y Saloma es algo oscura, y
no ofrece bastante interés para que se emprendan, por esclarecerla,
investigaciones muy minuciosas.
Volviendo al relato, se dirá que don Beltrán manifestó a su amiga que
no iba, no, a la ventura por aquellos derroteros, pues le guiaba un
fin concerniente a sus intereses y al remedio inmediato de su actual
posición lastimosa.
—Ya te lo explicaré cuando esté más sosegado —agregó recobrando algo
de su animación—, pues supongo que iremos juntos largo trecho. Por
de pronto, solo te digo que salí de Cintruénigo con recursos muy
inferiores a lo que exige mi categoría, que tendré que resignarme a
ciertas privaciones... Mi principal inquietud es que me corten el paso
las tropas de Cabrera o las partidas que sueltas y desmandadas infestan
toda la tierra de Teruel. Otro temor me quita el sueño, y es que los
dos únicos chicos que he podido traerme, Tomé, el de _la Chata_, y
Francisquillo Maestre, no puedan seguir en mi compañía más allá de
Híjar, por el peligro de que les coja la facción. Tú les conoces: dos
chicarrones de diecinueve años, que no manejarían mal el chopo, y de
uno de ellos sospecho que lo cogería de buena gana, por dar gusto al
dedo. En fin, si les pierdo, ya sea por medrosos, ya por atrevidos,
tendré que ir solo, encomendándome a Dios y a la Virgen, pues no puedo
abandonar mi empresa, única solución decorosa para los pocos días que
me restan de vida.
En esto entró Baldomero, que derechamente, morrión en mano, se fue a
besar la de don Beltrán, y poco le faltó para hincar una rodilla en
tierra. Sincero, nacido del corazón era su acatamiento, pues amaba al
anciano; y cuando este abrió sus brazos para expresarle con un buen
apretón su enhorabuena y el regocijo de verle oficial, Galán hizo
pucheros, y algunas lágrimas bajaron a humedecer su bigote de moco,
imitación del de Espartero.
—Bien, hijo, bien, adelante... Capitán, será ya como tenerlo en la
mano. Date prisa a ganar empleos, porque antes de morirme quisiera ver
a Saloma hecha una señora coronela.
Era Baldomero Galán un mocetón en quien la estampa no desmerecía del
apellido, alto, garboso, mejor formado de cuerpo que de facciones,
pues su nariz excedía un tanto de la medida proporcional, y sus ojos,
hermosos y grandes, bizcaban un poco, resultando una desmedida fiereza
de expresión. Indomable en la guerra, fiel a sus deberes cual ninguno,
pronto a dar la vida cien veces por el honor de su bandera, en la vida
doméstica era un angelón, y su esposa no tenía que hacer el menor
esfuerzo para dominarle. Hízole sentar don Beltrán a su izquierda:
le sirvió vino, después de obsequiarle con un puro. Fumando los dos,
el pobre viejo, gozoso de tener a quien contar sus infortunios, hizo
segunda edición de lo que ya había referido a Saloma, recargando
amargura en las acusaciones contra su nieto y nuera. Suspiraba Galán al
compás de los suspiros de su antiguo señor; y no acertando con la mejor
fórmula de consuelo, se ofreció a prestarle en su viaje toda la ayuda
que el servicio le permitiera.
—Tanto Saloma como yo, señor don Beltrán, estamos a la disposición de
usía para lo que guste mandarnos, y le cuidaremos y asistiremos como a
un padre.
Urdaneta le apeó el tratamiento, pues del chicarrón que tuvo a su
servicio al señor alférez que delante veía, había distancia social muy
grande: agradeciendo al matrimonio sus ofrecimientos, manifestó que
deseaba recogerse.
—Véase —dijo a Galán, mientras corría Saloma en busca de las mantas—
cómo Dios no abandona a los buenos. Solo y triste venía yo por esos
caminos, agobiado del peso de mis desdichas, afligido al propio tiempo
por mi ceguera que crece de día en día, y cuando menos lo esperaba,
me salen al encuentro dos amigos cariñosos, dos almas caritativas que
me consuelan, que me alientan... ¡Que hermoso es encontrar en nuestro
camino la gratitud! Tú y tu mujer me debéis algunos beneficios; también
los prodigué yo al buen Adrián Ulibarri, padre de Saloma, y ahora me
veo recompensado por vosotros... ¡Ah!, si me pierdo, que me busquen
entre los humildes, que son siempre los agradecidos y generosos.
Irguiéndose, como si al restaurar las fuerzas de su cuerpo recobrase
también vigor y esperanza su espíritu, emprendió, asido del brazo de
Galán, el camino de la cuadra. Parándose a cada instante, decía:
—No, no: Urdaneta no puede ni debe terminar sus días en la humillación.
Oye, _Mero_: ¿será fácil penetrar en tierra de Teruel hasta Mora de
Rubielos, siquiera hasta los montes de Gúdar?
—Señor, _las hordas de Cabrera_ son dueñas de casi todo el país
—replicó Galán, que hablando de guerra solía emplear las fórmulas
usuales de la prensa patriótica, de las proclamas y órdenes generales
en campaña—; y mientras no consigamos limpiar de _enemigos fratricidas_
todo el territorio de esta Comandancia general, no le aconsejo a nadie
que penetre, señor... a menos que lleve un salvoconducto en regla,
expedido por el _obcecado Pretendiente_.
—Ya, ya lo pensaremos, pues entre los cabecillas facciosos no me faltan
amigos.
En esto, Saloma escogía el rincón más abrigado de la cuadra, el mejor
defendido contra las corrientes de aire y las patadas de los mulos,
para armar en él un mullido nidal donde descansase el noble viejo.
Fue robando puñaditos de paja en este y el otro montón; apartó toda
la basura; hizo mudar de sitio a un gallo con varias gallinas, y la
obra quedó terminada pronto a satisfacción del que debía disfrutarla.
Todas las mantas que tenía las aplicó a la comodidad de don Beltrán,
unas debajo, otras encima de su cuerpo. Mientras _Mero_ le quitaba las
botas, envolviéndole los pies en la manta de Tomé, Saloma le liaba a
la cabeza un ancho pañuelo de seda, despojándole antes de su levitón
y dejándole en mangas de camisa. Ofrecía el aristócrata una extraña
figura, de la que él mismo se reía, cuando se tendió de largo a largo
sobre la paja. Con refajos y ropa suya improvisó Saloma una almohada,
y no pareciéndole bastante, propuso que ella se acomodaría sentada
junto a la pared, formando como cabecera del improvisado lecho, y sobre
sus rodillas se apoyaría la almohada, sosteniéndola en alto de modo
que no se hundiese la cabeza de don Beltrán. Para completar la obra,
se convino en que Galán pasaría la noche a los pies del señor, para
contener el frío por aquella parte, mientras por la otra sostenía la
calor el gentil cuerpo de Saloma. Hallábase Urdaneta algo acatarrado,
y estornudaba constantemente; mas no sintiendo otra molestia real que
el frío, procuraba agazaparse bien, y en medio de las mantas recobró
su buen temple y jovialidad, dando por excelente tal situación y
creyéndola un especialísimo favor de Dios en aquellos tristes días.
—Paréceme, hijos míos, que no debo quejarme —les dijo risueño—, ¿pues
qué más puedo ambicionar que este tranquilo reposo, este abrigo que
me habéis dado, y, sobre todo, el calor de vuestra compañía cariñosa?
Os veo como a dos ángeles que Dios me envía para asistirme. Y es como
si con vuestra presencia me dijera: «Ya ves, Beltrán mío, que no te
abandono». En verdad os aseguro, que no cambiaría este lecho por el del
Papa o el Emperador de Rusia. Aquí se está muy bien, con un guardián
y calentador por la cabeza y otro por los pies..., y esta sencillez,
y esta libertad... Vamos, que estoy contentísimo, y ahora me permito
despreciar todos los cuartos de fonda, con sus camas frías y sucias, y
su soledad triste... Bien, bien: _Mero_ y Saloma, mis buenos amigos,
sed caritativos hasta el fin; y pues el sueño se ha declarado mi
enemigo, contadme alguna cosita para engañar el tiempo.
Reclinado a los pies del señor, Galán habló largamente de la campaña
del Centro, a la cual se daría gran impulso para exterminar de golpe
a _los satélites del oscurantismo_. No lejos de ellos había otros
grupos; y a medida que avanzaba la noche, fueron entrando en la
cuadra más huéspedes, y se formaron entre paja y dornajos montones de
humanidad que producían extraños ruidos: aquí conversaciones y disputas
vehementes, allá un roncar estruendoso.
—_Mero_, hijo mío —dijo al alférez don Beltrán, de cuya persona no
asomaba entre las mantas más que la nariz—, por alguna palabra que
llega a mis oídos de lo que hablan esos tres hombres que están a tus
pies, entiendo que son de Rubielos. Acércate y pregúntales si conocen a
Juan Luco, rico propietario en término de Mora, alcalde que era de esta
villa hace dos años.
Poco después se aproximó un hombre, de estatura más que alta,
gigantesca, vestido a estilo aragonés neto, con su pañizuelo en la
cabeza, faja morada y muy caída, mal envuelto en una manta, como herido
o enfermo, un brazo en cabestrillo, la faz atezada, ruda, huraña. De
su andar no debía decirse que era cojo, sino que cojeaba, y uno de
sus pies, envuelto en un lío de trapos, abultaba como la pata de un
elefante. Sus primeras palabras, al acercarse al grupo, fueron torpes,
balbucientes:
—El señor alférez me manda... que le diga... Gran señor, yo no veo
dónde está Su Ilustrísima, ni sé quién dimonios es... ¡Otra!... Ya le
veo como enterrao en el panizo...
—Siéntate... tú eres de Teruel: no puedes negarlo —dijo don Beltrán sin
moverse, no enseñando de su persona más que los ojos sin vista y la
nariz sin olfato—. Descansa, que por las trazas, bien lo necesitas.
Con lentitud y ayes de dolor fue doblando su corpachón el aragonés
hasta hundir la paja con sus asentaderas, no lejos del puesto de Galán,
y cuando halló postura cómoda, dijo que de Teruel mismamente no era,
sino de Cuatro Dineros, barrio de Montalbán, y que conocía todo el país
entre Ademuz y Puerto de Beceite como la palma de su mano.
—¡Ah —exclamó Saloma prontamente—, si ya te conocemos! Yo bien decía:
conozco a este bruto. Tú eres Joreas, el que hace dos años trajinaba
con mulas desde Vinaroz a Tudela... Y después te fuiste a la facción, y
de la facción vienes ahora, puerco.
—Con perdón de la señá tinienta y de la compañía, digo que lo de puerco
no es razón, y sí lo es que me llamo Tanasio Joreas. Como hombre
honrado y cabal, no niego haber estuvido en la faición a las órdenes
del _Serrador_ primero, del _Royo de Nogueruelas_ dispués, porque
sentía de mi natural que debíamos ensalzar los divinos derechos del
rey don Carlos... Pero aquí me tienen harto de desengaños, con más
balazos en mi cuerpo que pelos en la cabeza, muerto de hambre, con
mi casa y familia perdidas, porque una de mis masadas la arrasó el
liberal, otra el legítimo... mis hijos muertos, todo hecho cenizas, y
yo poco menos que cadavérico. Lo que no me ha quitado el neto, me lo ha
quitado la usurpadora; y al fin, cansado de pelear, y de sufrir, y de
ver espantos, y de pisar tripas de cristianos, dije: «No más derechos
legítimos ni no legítimos, no más, no más», y me escapé, y huyendo de
la tremolina vengo por trochas y atajos en busca de un terreno donde
haiga paz, donde los hombres sean cristianos, no carniceros... Yo he
sido malo; yo he sido, como tantos, lo que dice la señora, faicioso
y peleador y verdugo de mi natural; pero ya le he tomado asco al
matadero. Me llamo _Joreas el escarmentado_, y voy a Zaragoza en busca
de un pedazo de pan que yo pueda meter en la boca sin que, al mascarlo,
me parezca que lo han amasado con sangre.
Callaban todos los oyentes, entristecidos por las lúgubres palabras del
escarmentado, y al fin rompió el silencio don Beltrán, diciendo:
—Pobre Joreas, tu arrepentimiento es de celebrar, y ojalá se
convencieran todos como tú y siguieran tu camino... Pero vamos a lo que
me importa. Conocerás a Juan Luco.
—De los mejores hombres de Aragón..., sí, señor..., gran presona...
Y con muchas talegas. Suyas eran las dos masadas de Rubielos, y en
Mosqueruela y Forniche Bajo tenía más de mil cabezas..., hombre cabal,
buen amigo y padre del pobre...
—Hablas como si Luco no existiera. Explícate: ¿ha muerto?
—Señor, no se enfade conmigo, que yo no he sido más que destrumento.
A la vuelta de Manzanera nos salió con catorce hombres armados de
escopetas... Le cogió la partida de Peinado, donde yo iba, y no tuvimos
más remedio que afusilarle... Señor, puede creérmelo: como Dios es
mi padre le digo que le digo la verdad... Fue que cuando me mandaron
tirarle y le tiré, las lágrimas me corrían... Yo decía para mí:
perdóneme, don Juan, que no soy más que destrumento...