I
En la derecha margen del Ebro y a cinco leguas de la por tantos títulos
esclarecida Zaragoza, existe la villa de _Julióbriga_, fundación de
romanos, según dicen libros y rezan lápidas desenterradas, la cual,
en tiempos remotos, mudó aquel nombre sonoro por el de _Fuentes de
Ebro_, con que la designaron cien generaciones aragonesas. No por los
hechos históricos que ilustran esta villa (pues en lo antiguo dicen
que fue _lugar de moros_, y algún chinazo le tocó en la guerra de la
Independencia y en los dos inmortales _sitios_); no por la fertilidad
de su término, regado por el Canal Imperial; no por las estameñas que
fabrican sus tejedores, ni por las excelentes lechugas que crían sus
huertas, ni tampoco por su gótica iglesia parroquial, donde yacen, en
desmoronados sepulcros, multitud de Condes de Fuentes que rabiaron
o hicieron rabiar al pueblo, aparece este en la primera página de
la presente relación, sino por la fama del _parador de Viscarrués_,
situado en la plaza junto a la llamada _casa del rey_, el cual
gozaba de gran crédito y favor entre los arrieros y trajinantes que
comunicaban a Zaragoza con el reino de Valencia. Asimismo confluían
allí los trayectos peoniles y carromateros de la parte de Alcañiz, del
Maestrazgo y Vinaroz, de la tierra baja de Teruel, Híjar y la cuenca
del río Martín. Los barqueros del Canal Imperial, así como todo el
personal de fontanería, eran también fieles parroquianos de Viscarrués,
el cual daba excelente trato a las caballerías primero, a las personas
después, y poseía un amplio local con cuadras extensas, donde podían
acomodarse, entre animales y arrieros, como unos treinta pares. En
el piso alto no faltaban aposentos _para señores_, algunos hasta con
camas, otros bien acondicionados de mullidos jergones. Era la cocina
monumental, con el hogar guarnecido de poyos, y por uno y otro lado
mesas largas, donde podían tomar el pienso hasta veinte parroquianos.
Servía Viscarrués un Cariñena superior, sin competencia en cuatro
leguas a la redonda, y para todo pasto un tintillo de Contamina que en
lo de alegrar corazones y cabezas parecía hermano de la jota. Uno y
otra procedían de la misma cepa.
Los más de los días Viscarrués y su familia no tenían manos para
servir a la mucha y diversa gente que en el parador se juntaba. Uno de
los criados, llamado _Guasa_ (verdadero apellido, no apodo), natural
de Jaca, y más vivo que el azogue, hacía milagros de ubicuidad y
diligencia. Pero llegó un día; mejor dicho, llegaron tres días, en
que ni el ventero con sus hijas y su mujer, ni Guasa con toda su
agilidad ratonil, pudieron atender al golpe de personas y acémilas
que se metieron por aquellas puertas con hambre y sed, pidiendo vino,
cebada, carne y un montón de paja para dormir. Furioso Viscarrués por
no disponer de cuádruple local, se tiraba de los pelos, y su mujer
del moño; Guasa andaba de coronilla; la _parroquia_ se impacientaba;
todos pedían a un tiempo su remedio. Con gran trabajo y a puñados les
iban acomodando aquí y allí, metiendo ocho en cada cuarto de arriba,
estibando a otros en las cuadras, por grupos, por series, por manadas:
y para dar de comer se ponían los platos en el suelo, por no haber
ya mesas, los jarros de vino pasaban de boca en boca, sin vasos; los
guisados iban a la rueda en grandes fuentes, chorreando salsa, y no se
oían más que voces airadas del que pedía su parte, del que, no contento
con la primera ración, pedía la segunda. Aquí esgrimían cucharas,
allá repicaban en los vasos con toque de cuchillos. El vino abundante
suplía las escaseces del comer, y si en una parte echaban maldiciones
a Viscarrués, en otra le vitoreaban como al primer posadero del mundo.
«Hay que dispensar en días como este», decía él, rascándose la cabeza,
luego los brazos, levantándose después la faja que se le caía. A Guasa
colmábanle de injurias, que le excitaban a un enojo risueño; y era tal
su sofocación, que regaba con honrado sudor los manjares que servía.
Fue causa de tan desmedida aglomeración la coincidencia de dos
caravanas de pasajeros, la una que venía de oriente huyendo de la
guerra, la otra de occidente que hacia la guerra iba. Componían la
primera familias neutrales o que querían serlo, algunos lisiados y
enfermos; la segunda constaba, principalmente, de la oficialidad y
clases de una columna enviada del norte para incorporarse a la brigada
de Borso di Carminati. La guerra mata y resucita; destruye y crea. La
sangre que no se derrama en los combates, circula con más vigor, y
nutre partes desmedradas del organismo social, mientras otras perecen.
Viscarrués, que se estableció sin un cuarto en 1830, se retiró el 46
con el riñón bien cubierto. Sus hijos siguieron carrera en Zaragoza.
Traspasado el parador a Guasa, este se hizo también rico, y en 1860
poseía casas en la Almunia, un café en Cariñena, y suyos eran los
coches de la estación de Calatayud, y los que hacían el servicio a
Paracuellos de Jiloca. Volviendo a lo que se refiere, debe decirse
que aquel tumulto del parador de Fuentes de Ebro pertenece a las
cronologías del año 37, que hasta en los mesones había de ser año de
confusión y trapisondas: el mes era _febrerillo loco_. Un solo dato
pudo arrancar el historiógrafo a la empedernida memoria de Mateo Guasa:
era que aquel día fue el primero del año en que se agregaron al cocido
las habas verdes.
Y que estaban muy buenas, como declararon todos, con excepción de una
señora, ribereña de Navarra, que sostuvo la superioridad de las habas
de tierra de Cintruénigo... A esto observó uno, después de empinar
el codo, que mejor que las habas le sabían a él las hembras de la
Ribera, y buena muestra del género era _lo presente_, cuya gentileza
y hermosura a todos cautivaban... Replicó ella con donaire que no era
ensalada más que para un solo y único dueño, el cual no admitía bromas.
Pronto se corrió entre los individuos de aquel jovial grupo que la
tal moza era casada, y que iba a la guerra con su marido, sargento
recientemente ascendido a alférez, el cual se alojaba también allí,
y había salido a ocupaciones del servicio. Entrando en conversación
la hermosa mujer, en quien habrá reconocido el lector a Salomé
Ulibarri, les dio cuenta, con abundosa y pintoresca verbosidad, de
los prodigios de Luchana y Banderas, y de las proezas que allí había
realizado Baldomero Galán, su esposo, secundando las disposiciones
del otro Baldomero. El empleo de alférez era recompensa mezquina para
servicios tan eminentes... Despertada en el auditorio la curiosidad, se
prolongó el relato de lo de Bilbao bastante tiempo, tan gustosos ellos
de oír a la historiadora, como esta de pregonar tan lucidas hazañas.
Emprendieron después los otros historia fresca de lo del Maestrazgo,
que habían visto; pero a lo mejor de ella, solicitada de otra parte
la atención de Saloma, se apartó de la mesa. Mirando casualmente
hacia la escalera del parador, vio que por ella descendía un caballero
anciano en compañía de dos mozos, al parecer de su servidumbre, el
cual, renegando con agrias voces de no encontrar alojamiento adecuado
a su categoría, avanzó hacia la calle cogido al brazo de un criado.
Tanto el flácido rostro del noble señor, como su desmayado cuerpo y
su deslucida y polvorienta ropa, declaraban el cansancio de un largo
camino. Fue tras él Saloma, y viéndole parado en medio del portal, se
le puso delante en actitud de quien intenta dar una sorpresa; mas no
hizo el buen señor ademán de conocerla. Impaciente y desconcertada la
moza, además movida de grande compasión hacia el caballero, le tocó
suavemente en el brazo, diciéndole:
—¿Pero es posible que no me conozca o no quiera conocerme el señor don
Beltrán de Urdaneta?
—¡Saloma..., hija..., chica! —exclamó el prócer abriendo los brazos—.
¿Tú por aquí?... _Maña_, te he conocido por la voz... ¿No sabes? ¡Ay,
me estoy quedando ciego!... Salgamos un poquito afuera, para que con la
luz de la calle pueda ver tu hermosura.
—¿Pero a dónde va por aquí tan descarriadico, señor?
—Hija..., es largo de contar —replicó don Beltrán, sacando un pesado
suspiro de las honduras de su pecho—. Me muero de fatiga, de hambre...,
y ese bruto de posadero no quiere alojarme... No puedo ya con mi
cuerpo..., ni con mi alma.
—Todo lo de arriba está lleno... En cada aposento siete personas...,
como sardinas. Tampoco yo tengo cuarto.
—Déjame, déjame que te mire... —dijo el prócer acercando su rostro al
de ella, embobado, sobreponiendo su afición estética a las tristezas
del desamparo en que se veía—. Sí, sí: te reconozco... ¡Qué linda eres!
Si no fuera sacrilegio suponer que Dios se equivoca, le preguntaría por
qué no te hizo nacer en posición elevada. Habrías sido una gran mujer,
una gran dama, una...
Más atenta a proporcionar al noble señor el reparo que necesitaba que
a sus delicados galanteos, le dijo que urgía disponerle al instante la
mejor comida que se pudiese. Enganchándole del brazo, le condujo hacia
la cocina, dando voces al paso, en requerimiento de Guasa y de los
demás servidores de la posada.
—¡Qué desconsiderados sois! —dijo al propio Viscarrués—. ¿Pero no
conocéis al señor, el primer noble de Aragón? No sabéis tratar más que
con animales.
Disculpose el ventero, alegando que no había conocido al señor don
Beltrán, y se apresuraron amo y criados a ofrecerle cuanto tenían. A
ratos ayudando a servirle, a ratos sentada frente a él viéndole comer y
beber con gana, nuevamente le interrogó Saloma sobre su viaje, movida
no tan solo de la mujeril curiosidad, sino del interés afectuoso y
desinteresado que el ilustre viejo le inspiraba.
—¿Va el señor a Zaragoza, o viene de allí?
—Vengo, hija, vengo... He salido de Cintruénigo con ánimo de no volver
más allá. Un rapto de cólera, de orgullo, de dignidad más bien...
Yo soy así: no tolero que nadie me humille; y las impertinencias y
groserías de Rodrigo y de _doña Urraca_ han sido tales, que no he
tenido alma para tolerarlas más tiempo. Salí del caserón de Idiáquez
como un colegial que se escapa. A la falta de libertad, al despotismo
de _doña Urraca_ y de su hijo prefiero la vagancia, la miseria, la
muerte misma... No más, no más...
—Supe que el señor había ido a Medina de Pomar.
—Y no encontré, ¡ay de mí!, la acogida que esperaba... Ya no hay
hijos, quiero decir, hijos buenos. Esa raza concluyó. Con estas
malditas guerras entre hermanos, parece que ha venido al suelo toda
ley de humanidad, y hasta los sagrados fueros del parentesco y de la
sangre... Al hablar de estas cosas, se me atraviesa aquí en el pecho un
bulto, una cosa dura y lacerante que no me deja comer ni respirar...
Espérate a que pase... Ya pasa... Te contaré en dos palabras que al
volver de Mena, donde, lo repito, encontré más egoísmo que piedad,
desconsideraciones que me han llegado al alma, recibiéronme los
Idiáquez de un modo muy desapacible. Los morros de _doña Urraca_
se extendían cuarta y media fuera de las líneas borriquiles de su
rostro, y mi esclarecido nieto no hacía más que contrariar mis
hábitos y rodearme de estrecheces indecorosas. ¿La causa de esto? Es
muy sencilla. Sabrás que entre mi nuera y doña María Tirgo habían
concertado la boda de Rodrigo con una rica heredera de La Guardia.
Celebráronse vistas. No sé lo que pasó, pues yo me hallaba en Mena;
solo supe, antes de salir de allí, que de improviso y con algo de
estruendo se vino a tierra todo aquel tinglado de la boda.
—¿Y le echaron al señor la culpa?
—Naturalmente: yo soy el gato, el niño enredador causante de todas las
roturas de platos y demás averías que ocurren en la casa. No hay quien
le quite de la cabeza a Juana Teresa que por intrigas mías se deshizo
el bodorrio. Y yo te aseguro que no he tenido arte ni parte en ello.
Declaro ingenuamente, eso sí, que me alegré y me alegro del percance,
festejándolo como justicia de Dios y castigo de la conducta inhumana de
los Idiáquez con este pobre viejo. Pero nada más, nada más... Cansado
al fin de la reglamentación de colegio a que pretendían sujetarme,
me vi en el duro caso de preferir la miseria a la esclavitud, y
la libertad al vivir triste, al régimen conventual de la casa de
Cintruénigo. La imagen de _doña Urraca_ se me ha hecho tan odiosa, que
por no verla me iría descalzo y pidiendo limosna a la más lejana región
del mundo. Créelo, chica. Soy noble: no tolero la humillación. En
cualquier estado sabré conservar mi dignidad.
Con pena y lástima muy vivas oyó Saloma el relato de don Beltrán,
no atreviéndose a contradecirle ni a proponerle la vuelta al hogar
abandonado, porque el respeto a tan gran caballero y a su desgracia
la cohibía. Atenta al alivio de su necesidad, le dijo que, pues era
totalmente imposible recabar de Viscarrués un buen aposento, no
había más remedio que acomodar al señor en la cuadra. Ella respondía
de arreglarle en aquel humilde lugar un lecho abrigado y cómodo,
combinando los haces de paja y las buenas mantas que ella traía, de
tal modo que no echara de menos los infames camastros de la posada.
Accedió a esto don Beltrán con expresiones de gratitud, muy conmovido,
sonándose fuerte, y añadió que pues Jesucristo Nuestro Señor nos
había dado ejemplo de humildad naciendo en un pesebre, bien podía sin
desdoro un noble, que nada tenía de divino, dormir y hasta terminar
su existencia en montones de paja, al abrigo de gentes sencillas y de
rústicos animales.