musgo el helecho y del helecho la palma; mientras que por otro lado,
sale del pulpo el caracol, del caracol el cangrejo, y del cangrejo el
pez, y del pez el lagarto, y del lagarto el cuadrúpedo, y del cuadrúpedo
el mono, y del mono el _antropisco_, y del _antropisco_ el hombre, y del
_hombre_ ese sujeto de quien tenemos tanto que recelar, según Edgardo
Quinet. Llama dicho autor á la destrucción de nuestra especie por el
mencionado sujeto, una _profecía de la ciencia_. Es el último capítulo
de su obra, la Apocalipsis de este Novísimo Testamento. Nuestras artes,
nuestras literaturas, nuestra elocuencia parlamentaria, nuestras
cavatinas, arias y sinfonías, todo se acabará. ¿Qué permanecerá de
todo?, pregunta Edgardo Quinet. Y él mismo responde: «Lo que hoy queda
del murmullo de los insectos en la floresta carbonífera?» Por cierto que
no valía la pena que se ha tomado de estar estudiando ciencias naturales
durante diez años, según afirma este profeta, para prorrumpir al cabo en
un tan desconsolador vaticinio. Entre tanto, conviene vivir sobre aviso
y con la barba sobre el hombro; y si descubrimos en gérmen á ese nuevo
ser, no hay más que exterminar el germen, aunque sea obra poco
caritativa, imitando en esto la conducta prudente de los pigmeos,
quienes, según autores fidedignos, bajan todas las primaveras de los
montes en que habitan, caballeros en sendas cabras, y destruyen los
huevos de sus acérrimos enemigos, las grullas.
Lo malo es, si hemos de creer á otros sabios, que ya es tarde para
imitar á los pigmeos. Nuestras grullas han roto el cascarón: la raza que
ha de acabar con nosotros, como nosotros acabamos con los _antropiscos_,
vive y se extiende por el mundo y le domina, y ha empezado la obra de
aniquilamiento. Darwin, Schaafhausen y otros doctos ingleses y alemanes,
han explicado bien la teoría de que lo que es mejor y más fuerte, debe
suplantar á lo que es peor y más débil. Las razas decaídas y endebles,
que se quedan en grande atraso, que no pueden seguir, ni á remolque y á
larga distancia, á otras razas más enérgicas é inteligentes, están
condenadas á perecer y de hecho perecen. Al contacto de toda
civilización muy superior, los hombres de una civilización muy inferior,
se mueren todos. Los portugueses y españoles, como no estábamos muy
civilizados, no dimos muerte á todos los negros é indios con quienes
entramos en relación cuando nuestros descubrimientos y conquistas; pero,
según parece, los ingleses y los yankees, como más adelantados en
civilización, tienen la misión de acabar con todos. Á unos los matan á
cañonazos porque se rebelan, como á los cipayos; á otros de hambre y de
tristeza, arrojándolos de los terrenos fértiles que habitaban y
acorralándolos é internándolos en tierras más estériles, como á los
cafres, hotentotes, pieles-rojas y naturales de la Nueva Holanda y Nueva
Zelanda; y á otros los matan de fastidio, con el empeño de que lean y se
afinen, y estudien la Biblia, como á los alegres habitantes de Otahiti,
olvidados ya de sus danzas lascivas y de sus fáciles amores, y sujetos á
la férula de algún ministro protestante, empalagoso y cogotudo. Hablando
Quinet de estos infelices polinesianos, exclama: «De una raza de
hombres, esparcida sobre una inmensa extensión del globo, no quedará un
individuo sólo dentro de pocos años.» «Pronto, añade más adelante, no
quedará de estas naciones sino una queja vaga del abismo, un canto
popular, una lamentación, quizás algunas palabras de una lengua muerta,
que pasarán á la lengua de los europeos.» Como prueba de esta misión
destructora de los ingleses, dice el doctor Zimmermann que la India
Oriental había sido invadida por las feroces hordas de los mongoles y
los turcomanos, los cuales incendiaron palacios y ciudades enteras,
pasaron á cuchillo á los moradores, é hicieron otras cien mil
insolencias. El país, con todo, era tan generoso y tan rico, que pudo
alzarse de nuevo á la primera prosperidad. Pero fueron los ingleses á
la India, y la India, que era antes un jardín florido, se va
convirtiendo en un yermo, y su población de 400 millones se va
reduciendo á la cuarta parte. Sin duda que en esto hay alguna
exageración del doctor Zimmermann; mas no puede negarse que, aun
despojado de la exageración, basta para demostrar cuán terrible es la
civilización cuando llega muy desnivelada, y para hacernos sospechar si
serán los ingleses ese género nuevo con que Edgardo Quinet nos amenaza,
y que no bien acabe con los indios, ha de empezar á acabar con nosotros.
Toda raza inferior, con respecto á otra superior, es un eslabón ó un
anillo de la cadena que une al hombre con la naturaleza bruta, y según
lo explica satisfactoriamente el ya citado doctor Schaafhausen, es una
ley ineludible del progreso, que este eslabón ó anillo se rompa y
aniquile.
Quizá pensará alguien que nosotros por salir tan mal librados con esta
Filosofía de la Historia, hija del consorcio de la Economía Política y
de la Biología, producto de la combinación de las teorías de Malthus y
Darwin, la estimamos en poco y nos atrevemos á calificarla de inhumana y
desconsoladora, cuando no la tenemos por falsa. Pero es lo cierto que la
tenemos por falsa por convicción y sin que á ello nos mueva el menor
interés. Apoyan dicha Filosofía de la Historia, los que la siguen, en
el hecho supuesto de que el progreso se realiza, como si dijéramos, por
la cima, por la cumbre, por la eminencia de las razas. Entienden que con
el ejercicio se desenvuelven más ciertos órganos y de aquí nacen las
nuevas especies. Los individuos primeros de las nuevas especies son como
monstruos de las antiguas. Aquella duda profunda del Padre Fuente de la
Peña, acerca de _si los monstruos lo son ellos ó lo somos nosotros_, ha
venido á resolverse, según la teoría de Darwin, y resulta que los
monstruos lo somos nosotros. El símil de la girafa explica esto que no
hay más que pedir. La girafa era en un principio una como cabra montés ó
gacela; pero se fué á vivir á parajes donde no había yerba, y tuvo que
alimentarse de las altas ramas hojosas de los árboles. Andaba, por lo
tanto, casi continuamente estirando el pescuezo y las patas delanteras,
y tal fué lo afanoso de este ejercicio durante muchas generaciones, que
las patas delanteras y el pescuezo se le alargaron, y casi sin sentir
vino á convertirse en girafa. Así, _mutatis mutandis_, se explica el
origen de las demás nuevas especies, cada vez mejores. Aplicada al
hombre la susodicha teoría, debe entenderse que el inglés, á fuerza de
discurrir y cavilar, ha ido empujando para arriba toda la parte anterior
de su cráneo y haciendo más capaces los senos, y más gruesas las
protuberancias de la causalidad, comparación y demás facultades
mentales superiores. Al mismo tiempo, los laberintos ó circunvoluciones
del meollo y encéfalo se han hecho más tortuosos y complicados, de lo
cual depende, sin duda, el pensamiento, así como de la masa y volumen de
los sesos, que se han hecho mayores. Y, por último, la buena
alimentación ha acostumbrado el estómago inglés á extraer y á asimilar á
su organismo mayor cantidad de fósforo, que es el ingrediente principal
con que el pensamiento se confecciona, según Moleschott, Büchner y un
boticario amigo nuestro. Lo que es Edgardo Quinet, en su ya citada
_Creación_, saca de aquí un luminoso corolario. Casi prueba que con el
Cesarismo se achican los sesos, se hacen más livianos y tienen menos
circunvoluciones. Los sesos de cualquier francés pesan hoy menos y
tienen menos laberintos que cuando comenzó á reinar Napoleón III.
De lo que haya de verdad en este modo de explicar el pensamiento, no
queremos tratar aquí; pero explíquese el pensamiento como quiera, es
indudable, á nuestro ver, que no se ha aumentado en el hombre la
potencia ó energía de pensar, desde los principios de la historia hasta
el día. En esto no ha habido progreso, ni consiste en esto el progreso.
Quien quiera que fuese el autor ó los autores de los más antiguos himnos
del Rig-Veda, de los Poemas homéricos, del libro de Job ó de las
Institutas de Manú, pensó con más energía y eficacia que Shakspeare
componiendo todo su teatro, ó que Newton descubriendo las leyes de la
gravitación universal. Dados los pocos medios ó elementos de que
entonces se disponía, dado el escaso caudal de saber, adquirido entonces
por herencia, cualquiera de los trabajos mencionados presupone un
esfuerzo intelectual mil veces mayor; apenas se comprende sin que
atribuyamos al autor un poder sobrehumano, una inspiración semi-divina.
Los primeros hierofantes de la humanidad, los que abrieron la senda del
progreso, el hombre que detuvo
La palabra veloz que antes huía,
el que pensó por primera vez en la primera causa, y el que dió á un
pueblo las primeras leyes, fueron superiores á los hombres de ahora, ó
al menos iguales á los genios más sublimes que produce ó puede producir
en el día la humanidad. Valmiki, Viasa, Zoroastro, Moisés, Sakia-Muni y
Homero, si es que el pensamiento es fósforo, gran masa de meollo y
muchas circunvoluciones en él, tuvieron todos tantas circunvoluciones
como el que más en el día, y tuvieron sesos muy voluminosos y pesados, y
consumieron toda una fosforería, destilando y secretando de ella mil
ideas sublimes en la retorta del cráneo. Damos, pues, por seguro que no
ha consistido el progreso en que una familia ó varias, ó cierto número
de individuos, hayan ido elevándose y haciéndose superiores á los otros,
sino en que de la superioridad primitiva de algunos individuos ó
familias han ido poco á poco haciéndose participantes los demás, y
subiendo por la educación y por las mejoras sociales al mismo nivel de
moralidad y de inteligencia, hasta donde esto es posible, dada la
desigualdad de aptitudes que la naturaleza pone en nosotros. También ha
consistido, y consiste el progreso, en el caudal de saber y de
experiencia que se transmiten las generaciones de unas en otras, caudal
que ya no se perderá nunca y que irá creciendo cada día, con el trabajo
incesante de los futuros pensadores.
Entendido así el progreso, debe considerarse además que la marcha
ascendente de la humanidad no se ha realizado siempre en el mismo punto,
ni entre las mismas tribus, naciones ó gentes. Desde el primer albor de
la historia hasta los tiempos de Ciro, el grande impulso civilizador
estuvo en Asia; desde Ciro hasta Alejandro, Asia y Europa se disputaron
el cetro de la civilización, y, por último, Europa le adquirió entonces,
y si bien en cierto período, desde el siglo V al XII de nuestra Era, se
diría que se le iba cayendo de la mano, y que Asia le recogía y volvía á
empuñarle, hoy más que nunca Europa le mantiene.
Si echamos la vista sobre un mapa del Mundo Antiguo, veremos que Europa
es como una extremidad de Asia; como la sexta parte de aquel gran
continente. Las razas y la civilización de Europa de Asia han venido.
Es, pues, extraño y parece anormal que estas razas, que son las mismas
en Asia y en Europa, y esta civilización que en Asia tuvo origen,
florezcan hoy en Europa, y en Asia estén como adormecidas ó aletargadas.
Es evidente, en nuestro sentir, que en Asia han de renacer. No creemos,
como generalmente se cree, que los pueblos, las grandes familias
humanas, cumplen su misión y mueren luego. No creemos que la vida toda
del Asia se haya agolpado y como refugiado para siempre en este extremo
que se llama Europa, y que, últimamente, hasta haya abandonado la mejor
y mayor parte de este extremo, y haya ido á localizarse y á
circunscribirse sólo en las últimas tierras y naciones del Noroeste.
Aunque este fenómeno singular se advierta ahora, hace tan poco tiempo
que se advierte, que no puede ni debe mirarse sino como un accidente
momentáneo en la historia del mundo. ¿Qué son tres ó cuatro siglos, á lo
más, durante los cuales Inglaterra, Francia y Alemania pueden reclamar
con razón la supremacía, comparados con los veinte ó veinticinco siglos
que duró la civilización griega desde Hornero hasta Láscaris, y con los
millares de años que han durado las civilizaciones orientales?
Estos pensamientos explican por qué los hombres del Occidente de Europa
volvemos la vista con tanta curiosidad hacia el Oriente, de donde nos
vino la luz, y por qué es tan fecundo todo recuerdo de las pasadas
civilizaciones.
Desde mediados del siglo XV hasta fines del siglo XVI podemos marcar en
la historia de la moderna Europa una época, que llaman del Renacimiento:
la época en que revive ó renace la antigua civilización greco-romana y
obra los portentos de que hemos hablado al comenzar este escrito. Hoy,
esto es, desde un siglo ha, podemos afirmar que hay algo como otro
renacimiento, el cual también será fecundo: un renacimiento de la
ciencia, las lenguas, las religiones y las literaturas del Asia.
Prolija tarea y harto superior á nuestras fuerzas sería trazar aquí á
grandes rasgos la historia de este Renacimiento oriental. No incumbe
tampoco á nuestro propósito el hacerlo. Baste decir, que lo que más nos
interesa, y lo que en efecto se puede tener por demostrado hasta la
evidencia, es nuestro cercano parentesco con los indios y con los
persas, cuyos antepasados vivieron reunidos á los nuestros en época
remotísima, difícil aún de determinar, al Norte del Cáucaso indiano.
Esta sociedad primitiva, pueblo ó tribu, es la raíz y el tronco de una
gran raza civilizadora y progresiva en alto grado, que ha extendido sus
ramas frondosas y cargadas de flores y frutos desde Ceilán hasta
Islandia, dilatándose más tarde por toda la extensión de ambas Américas.
Esta gran raza civilizadora se llama indo-europea ó japética; el pueblo
primitivo de que procede se llama los Arios. Otros pueblos de otras
razas los precedieron y formaron grandes centros de civilización antes
de que los arios apareciesen: tales son los chinos y los egipcios. Hay
quien conjetura que hubo otros centros de civilización, como el de los
atlantes, cuyo dominio se extendía por un continente inmenso, colocado
entre Europa y América, y que se tragó la mar. Supónese asimismo que los
pueblos semitas, esto es, los árabes, los hebreos, los caldeos y
asirios, ó más bien el tronco de que salieron, estuvo en época
remotísima unido también al tronco ario. Esto, con todo, ni siquiera por
indicios puede rastrearse. Ni en los idiomas semíticos hanse hallado
hasta ahora bastantes voces ni formas reductibles á las de alguna lengua
ariana, ni tradiciones autorizadas y concordes nos hablan de esta unión
primitiva. Los semitas aparecen en la historia viviendo más hacia el
Occidente que los arios; en las llanuras que bañan el Tigris y el
Eufrates.
En dichos tiempos, llamados con elegancia por Edgardo Quinet los
_propileos_ de la historia, figuran, además, otras razas blancas ó
amarillas, en guerra constante con los arios, y á quienes se designa con
el nombre de turanienses ó turaníes. El país que se extiende desde el
Oriente del Mar Caspio al Imaus, regado por caudalosos ríos como el
Jaxartes y el Oxo, en cuyo centro está el Lago Aral, y donde aun se
ostentan ricas y famosas ciudades como Kiva, Bucara y Samarcanda, era el
Turan antiguo ó la tierra por excelencia de los turaníes; tal vez los
mismos hombres á quienes llama la Biblia los pueblos de Gog y de Magog.
Es de advertir que algunos de los investigadores ó fantaseadores de la
más antigua historia del humano linaje, antes de esta división entre
turaníes y arios, suponen todas estas razas mezcladas y viviendo aún más
al Norte, en un país delicioso y ameno, más allá de las montañas Rifeas,
montañas que podemos colocar donde se nos antoje. Las antiguas fábulas
griegas hablan de estas montañas Rifeas y del hermoso país de los
felices hiperbóreos, el cual estaba más allá del punto desde donde sopla
el Bóreas, causa del frío, y, por consiguiente, era un país templado,
fértil y de suavísimo clima.
Rodier supone á estos hiperbóreos, á quienes llama proto-scitas,
esparciéndose ya por el mundo y colonizando la Europa, unos 25 ó 26.000
años antes de la Era Cristiana. Los restos de las Edades de Piedra y de
Bronce, las poblaciones lacustres, los cráneos hallados en las cavernas,
y á los que se atribuye una antigüedad portentosa, pueden creerse de
estos proto-scitas primitivos pobladores de Europa.
La geología y la paleontología han venido á prestar un auxilio poderoso
á la arqueología y á la historia, á fin de afirmar la grande antigüedad
del género humano. Con todo, si bien dichas ciencias prueban, en nuestro
sentir, que esta antigüedad es grande, ni la fijan ni la determinan. La
misma discordancia de opiniones entre los geólogos convida al
escepticismo. Cierto es que todos convienen en que las armas de sílex y
otros restos de la Edad de Piedra suponen millares de años; pero los
cálculos varían mucho. Unos, como Bergmann, dan á los objetos que han
visto una antigüedad de 25.000 años; Lyell una antigüedad de 100.000;
Bronn llega á suponer que tienen 158.000. Todos estos geólogos, y otros
muchos, como Boucher de Perthes, Falconer y Prestwith, podrán acertar
sin contradecirse, porque podrán ser distintos los objetos que han
observado, y la Edad de Piedra no es sincrónica en todas las regiones
del globo y entre todas las razas. La Edad de Piedra dura aún en
algunas.
De todos modos, la geología y la paleontología se ligan hoy íntimamente
con el estudio de la historia. La _Historia Universal_, publicada en
Francia, bajo la dirección del Sr. Duruy, por una sociedad de sabios,
como allí suelen llamarse cándidamente á sí mismos los escritores, sin
oponerse esto á que, en efecto, lo sean, va precedida de un tomo
titulado _La Tierra y el Hombre_, obra del ilustre Alfredo Maury,
miembro del Instituto. Puede calificarse esta obra de una verdadera
pre-historia, y contiene la geología, la historia de nuestro globo antes
de la aparición del hombre, su aparición, y la descripción de las
diferentes razas humanas y de las lenguas y religiones. Esto manifiesta
el enlace de dichas ciencias con la ciencia histórica. No se ha de
negar, sin embargo, que la cronología de los geólogos es una, y la de
los historiadores, en cierto modo, es otra.
Las armas de sílex, otros instrumentos y utensilios de una industria
grosera, tal vez alguna imagen rudamente esculpida en un hueso ó en una
piedra, imagen de algún animal que ya no existe, ó el hueso mismo de
algún animal, como el _Bos priscus_, el _Ursus spelæus_ ó el _Rhinoceros
tichorinus_, herido por un arma, todo esto podrá demostrar la presencia
del hombre en el período cuaternario, quizá al fin del terciario, en los
terrenos llamados _pliocenos_, y dejar así abierto y despejado un
inmenso espacio de tiempo de 40.000 ó 50.000 años si se quiere, para que
la historia pueda extenderse por él; pero la verdadera historia no
empieza sino donde empieza el recuerdo de la palabra humana, cuyos
documentos son la escritura, ya hieroglífica, ya cuneiforme, y á todo lo
cual pueden añadir algunos indicios la filología comparativa y el
estudio de las más antiguas religiones y _mythos_. Este último estudio
tiene, sin embargo, el escollo de hacernos incurrir en un _evhemerismo_
exagerado; esto es, de hacernos prestar una realidad y una consistencia
históricas á lo que no fué acaso sino una mera alegoría ó cuento
fantástico naturalista, convirtiendo en reyes á los dioses y en sucesos
de la tierra á los sucesos soñados en espacios imaginarios, celestes ú
olímpicos. Así, por ejemplo, Rodier convierte decidida y resueltamente
en personajes reales, no sólo á Osíris y á Thoth, sino también á los
dioses egipcios más primitivos, como Phré y Phta, haciendo de esta
suerte que comience la historia de Egipto más de 30.000 años antes de la
Era Cristiana.
En efecto, la civilización egipcia parece ser la más antigua de la
tierra; pero de ningún modo podemos creer que empiece en época tan
distante. Y limitándonos nosotros á los Arios y á los demás pueblos del
Asia central que estuvieron en relaciones con ellos desde el principio
de la historia, diremos que ni Rawlinson, ni Layard, ni Duncker, ni
Grimm, ni Max Müller, ni Lassen, ni Lenormant, ni Weber; ni ningún otro
de los más eminentes historiadores, arqueólogos y filólogos
orientalistas, dan mayor antigüedad á la literatura védica que unos
dieciséis siglos antes de Cristo; á la primera dispersión de los ários,
3.000 años, y á sus sucesivas inmigraciones en Europa, de 2.000 á 1.000;
todo lo cual puede, ó casi puede, conciliarse con la cronología de la
Biblia, larga y generosamente explicada. Dentro de este gran período de
tiempo de 3.000 años, ó mejor dicho, de 2.500, terminando el período en
el origen de la guerra médica, unos 500 años antes de Cristo, así como
caben con holgura los sucesos históricos que refiere la Biblia, caben
también todos los sucesos que las tradiciones orientales, los libros
sagrados, como el Vendidad y el Desatir, las epopeyas, como el Ramayana,
el Mahabarata y el Shah-nameh, y las inscripciones cuneiformes y demás
antigüedades de la India, la Persia y el Asiria, refieren ó indican con
un carácter verdaderamente histórico, y que no son meramente un _mytho_
ó una alegoría.
Imaginemos ó conjeturemos en época anterior un reino ó imperio en el
país primitivo de los arios antes de su división ó cisma en iranienses é
indios. Este país se llama Ariana-Vaega. Allí reinaron sucesivamente
cinco dinastías de reyes. Los fundadores de estas dinastías, y aun
algunos otros reyes, fueron santos, legisladores ó profetas. Así,
Mahabad, quien dicen haber sido el mismo Manú; así, Dji-Afrans, Cayumer
y otros, hasta Djemschid, el Salomón de los persas, á quien los
orientales han convertido en rey de los Genios.
Durante todo este período, los celtas, los primitivos germanos, los
primitivos griegos ó jaones y otros pueblos de raza japética, se van
separando de los arios y emigrando hacia el Asia occidental y la Europa.
Posteriormente, pero también dentro de este período, los indios y los
iranienses se separan; y, por último, el país de Ariana-Vaega es
abandonado, ó por una inundación ó diluvio, ó porque se convierte en muy
frío, y los iranienses fundan un imperio más al Sur, tal vez en la
Bactriana y Aria antiguas, extendiéndose por la Partia y la Hircanía, ó
sea en el Afganistán y el Corazán de ahora. Este nuevo Imperio se llama
Vara. Djemschid le funda, y otro Djemschid, ó el mismo Djemschid, le
pierde, porque los personajes _mythicos_ ó semi _mythicos_ viven siglos
y siglos. Zohac, caudillo árabe, le vence y le destrona.
Supongamos, además, que este Zohac conquistase el reino de Djemschid, y
le venciese, no 7.048 años antes de Cristo, como pretende Rodier, sino
unos 2.200 ó 2.300 años antes de Cristo, como pretende Gobineau en su
_Historia de los Persas_, haciendo á Zohac contemporáneo de Nino, y
equiparándole ó confundiéndole con el Areo de los escritores clásicos.
Apoyados ahora en estas suposiciones y en las fechas que señala Rodier
con exactitud portentosa, fijemos en el año 2284, en que fué el
advenimiento de Nino, rey de Asiria, el principio de la historia que
tiene ya algo de seguro.
Tengamos por inseguro y mythico cuanto ocurre antes y concretémonos al
período en que prevalece Asia sobre Europa; esto es, hasta la guerra
médica, unos 500 años antes de Cristo. Nos queda, pues, un espacio
histórico de cerca de 1800 años, desde Nino hasta el primer Darío,
dentro del cual se nos ha ocurrido ir escribiendo y colocando una serie
de leyendas ó novelas, en donde la imaginación ó la inspiración, si Dios
quiere enviárnosla, complete y aclare la historia, la cual, á pesar de
los trabajos de Rawlison, de Gobineau, del mismo Rodier y de otros
muchos autores que ya hemos citado ó que nos excusamos de citar, nos
deja, como vulgarmente se dice, á media miel sobre los más famosos
personajes y los más estrepitosos acontecimientos. No despreciaremos
tampoco todo lo que se cuenta de edades anteriores á Nino, y
aprovecharemos las tradiciones confusas, las epopeyas y las relaciones
de los libros sagrados, para que los casos de esas edades anteriores á
Nino sean como el fundamento y el antecedente de nuestras leyendas, y al
mismo tiempo lo que crean y afirmen sus héroes, cuando les hagamos
entrar en agradables coloquios.