XXXVIII. _...y estimaba á tu cocinero más digno de admiración y de

afecto que á todas las muchachas de Mitilene._ Esto tiene tal vez en el

original cierto sentido que, en virtud del _arreglo_ hecho por mí en el

libro IV, debe desaparecer en la traducción. El sentido que se da á la

frase en la traducción está perfectamente conforme con el carácter del

parásito glotón y aficionado á los buenos bocados. Para la gente de esta

clase, según los poetas cómicos y satíricos de la edad clásica, los

cocineros, siendo buenos, eran como dioses, y la cocina era un templo.

Las causas de su amistad y de su amor estaban en la cocina. Á este

propósito escribió un poeta del Renacimiento el siguiente epigrama:

_Vita Cœnipetas, vagos Gnathones,_

_Nec blandos licet æstimes amicos:_

_Illis, dum calet olla, amor calebit;_

_Frigebunt cito, si culina friget._

_Non te, sed tempidum colunt cæminum:_

_Illis fumus ubi est, ibi est amicus._

Lo cual imitó de esta suerte Francisco de la Torre:

Á los que representan vida buena

En el teatro de una y otra cena

Lisonjeros buscones, y testigos

De la mesa, no estimes por amigos;

Porque en éstos (Dios de ellos nos preserve)

Mientras hierve la olla el amor hierve.

Y tienen con hastío,

Si helada la cocina, el pecho frío.

Lo que aman no eres tú, aunque amigo seas,

Sólo aman las calientes chimeneas,

Y para éstos, en fin, con ardor sumo,

Allí el amigo está donde está el humo.

En las cartas de Alcifrón están pintadas las costumbres de los parásitos

y sus percances y disgustos: uno va á buscar cortesanas para el señor

que le convida; otro es apaleado casi de diario; otro está á punto de

morir de indigestión; otro se desespera porque no halla quien le

convide; otro se introduce en la cocina y roba de los mejores platos

para regalarse. Había también parásitos muy divertidos, decidores y

discretos, cuyos chistes hacían reir y entretenían á los señores con

quienes comían. En tiempo de Menandro había dos parásitos famosísimos

por sus chuscadas y por su elocuencia, y se llamaban Euclides y

Filoxeno. El respeto, la admiración y el amor que los parásitos

profesaban á los buenos cocineros, están consignados en muchos

fragmentos que de la comedia griega se conservan aún. Sobre todo esto

pueden verse pormenores curiosos en el ameno y erudito libro de

Guillermo Guizot, titulado _Menandro ó la comedia y la sociedad

griegas_. Baste decir aquí que el arte de la cocina y la gastronomía

eran considerados punto menos que santos. Había tratados de gastronomía

que se estimaban mucho, y se cita el de Archestrato como uno de los más

famosos.

XXXIX. _Vaquero fué Anquises_, etc. Esta parte del discurso de Gnatón

está de otro modo en el original. El parásito, en el original, quiere

justificarse de otras cosas con el ejemplo de los dioses.

XL. _...se desembarazó de la capa_ ῥίψας θοιμάτιον, dice el original;

_abiecto pallio_, la traducción latina. La mejor traducción de esto en

castellano es _capa_, si bien el _pallium_ era más bien una manta ó una

pieza cuadrada de tela de lana que los griegos se ponían sobre la

túnica, como los romanos se ponían la toga. El ἱμάτιον, sujeto por lo

común al cuello por un broche, _fibula_, πόρπη, tomaba diversos nombres,

según el modo de llevarle puesto.

XLI. _No me aborrezcas por haberte expuesto. Muy á despecho mío lo

hice._ Las razones meramente económicas que tuvieron los padres de

Dafnis y de Cloe para exponerlos á muerte segura y horrible, pues sólo

se salvan por milagro de Amor y las Ninfas, y la frescura y poca

vergüenza con que confiesan su infanticidio, pues lo era, aunque

frustrado, no pueden menos de sublevar los más humanos y nobles

sentimientos de nuestra edad; mas, por desgracia, esta dureza

antinatural de padres y madres no fué sólo entre paganos, ni está sólo

consignada en historias fabulosas ó verdaderas de entonces. Las

historias de épocas muy cristianas están llenas de casos parecidos y aun

peores; verdad es que no era la economía, sino un infame pundonor, quien

á tales horrores excitaba. Así vemos, por ejemplo, que Amadis fué

arrojado al río por orden ó consentimiento de su madre Elisena, y en _El

Prevenido engañado_, de Doña María de Zayas, una dama va á parir á un

corral y deja allí abandonada á la criatura para que se la coman los

cerdos. En el día, estos motivos de falsa honra no han cesado; pero los

de economía vuelven á tener ó tienen mayor fuerza que nunca, si bien el

infanticidio se suele hacer con anticipación tal, que apenas lo parece.

Se asegura que hay países muy cultos donde estipulan los que se casan

cuántos hijos han de tener. Ignoramos si tan perversa costumbre se va ya

introduciendo en España. Contra ella es freno la religión. No me atrevo

á decir que lo es también toda moral filosófica, cuando vemos que uno

de los filósofos ó pensadores que más en moda han estado, y más han

movido los espíritus de los hombres de un siglo á esta parte, J. J.

Rousseau, echaba á sus hijos á la inclusa y lo confesaba cínicamente.

XLII. _...Al varón le pusieron por nombre Filopoemen y á la niña

Ageles._ Filopoemen vale tanto como _amigo de los pastores_ ó _de la

vida pastoril_, de φίλος, _amigo_, y ποιμήν, pastor. Ageles significa

_rebaño_, _manada_, ἀγέλη.

XLIII. _Las pastorales de Longo_ han sido anotadas y comentadas por

muchos y muy sabios críticos, como Sinner, Courier, Villoison,

Mitscherlich, Coray, Huet, Moll y Schaefer. De muy poco de estas notas

nos hemos valido, por ser más propias de los que publican el texto

original. Las nuestras son casi todas para la mejor inteligencia de la

traducción, y van sólo dirigidas en su mayor parte, como ya hemos dicho

en otro lugar, al vulgo de los lectores no eruditos.

Y ya que hemos hablado de los anotadores y comentadores de Longo, bueno

será decir algo de los críticos que le han juzgado, poniendo aquí, para

terminar estas notas, varias muestras de sus juicios.

Huet (_De l’origine des romans_) dice: «Su estilo es sencillo, fácil y

conciso, sin obscuridad; sus expresiones están llenas de viveza y de

fuego; produce con ingenio, pinta con agrado y dispone sus imágenes con

destreza.» Mureto le llama «escritor suavísimo y dulcísimo.» Scalígero,

«autor amenísimo, y tanto mejor cuanto más sencillo.» Villoison dice:

«El habla de Longo es pura, cándida, suave, concisa y encerrada en

breves períodos, y sin embargo, numerosa, sin ninguna aspereza, pues

fluye más dulce que miel, ó como arroyo argentino, á quien frondosa y

verde selva da sombra y frescura, y donde se ven mucha copia y variedad

de flores; de suerte que no hay allí palabra, ni sentencia, ni frase que

no deleite.»

Dunlop (en su _History of fiction_) discurre por extenso sobre nuestra

novela. Extractaremos algo de su juicio. «Longo, dice, ha evitado muchas

de las faltas en que sus modernos imitadores han caído, causando á este

género de composición (el pastoril) no corto descrédito. Sus personajes

nunca expresan conceptos de afectada galantería, ni se enredan en

razonamientos abstractos, ni él ha sobrecargado su novela con aquellos

frecuentes y largos episodios que en la _Diana_ de Jorge de Montemayor y

en la _Astrea_ de D’Urfé fatigan la atención y nos causan indiferencia

respecto á la acción principal. Ni nos pinta tampoco aquel estado

quimérico de la sociedad, llamado siglo de oro, donde los rasgos

característicos de la vida rural están borrados, sino que procura

agradarnos por una imitación legítima de la naturaleza y con la

descripción de las costumbres, faenas, deleites y fiestas de los

campesinos... Esta _pastoral_ está en general muy bellamente escrita. El

estilo, aunque ha sido censurado por la reiteración de las mismas

formas, y por mostrar en algunos pasajes al sofista que emplea juego de

palabras y afectadas antítesis, debe considerarse como el dechado más

puro de la lengua griega en aquel último período. Las descripciones de

las escenas y ocupaciones campestres son por extremo agradables, y, si

es lícito usar la expresión, hay en ellas cierta amenidad y calma, que

sobre toda la novela se difunden. Ésta, á la verdad, es la principal

excelencia en una obra de esta clase, pues no nos encanta el pastoreo,

sino la paz y el reposo de los campos.»

No es todo elogio lo que pone Dunlop. Censura la monotonía de los amores

y coloquios, y condena, sobre todo, la inmoralidad y licencia de varios

pasajes.

Sobre el influjo que ha tenido ó puede haber tenido esta novela en obras

de la moderna Europa, Dunlop deja en duda si Tasso se inspiró algo en

ella para el _Aminta_; pues si bien no se publicó edición alguna de

Longo en griego, hasta 1598, cuando ya Tasso había muerto, Tasso pudo

leer la traducción francesa de Amyot de 1559 y la paráfrasis latina en

verso de su compatriota Gambara, publicada en 1569. Dice, por último,

Dunlop, que ni Montemayor en la _Diana_, ni D’Urfé en la _Astrea_

imitaron á Longo. Sí le han imitado Ramsay en el _Gentle Shepherd_,

Marmontel en _Annette et Lubin_, y más felizmente que todos, el alemán

Gessner en sus idilios.

Villemain dice: «No se puede negar que _Dafnis y Cloe_ ha servido de

modelo á _Pablo y Virginia_. Á pesar de los cambios de costumbres,

creencias y clima, la imitación es sensible en el lenguaje de los dos

amantes; las mismas candideces apasionadas salen de la boca de Dafnis y

de la de Pablo; pero la superioridad del autor francés, ó más bien de

los sentimientos que le inspiran, se muestra por doquiera, y hace de su

obra una de las más encantadoras producciones de los tiempos modernos.

Esta superioridad no consiste sólo en una dicción más sencilla, en un

gusto más conforme con lo natural y verdadero, sino que estriba, sobre

todo, en la pureza moral y en la especie de pudor cristiano que reinan

en _Pablo y Virginia_. El cuadro de Longo es voluptuoso; el del autor

francés es casto y apasionado.»

Chauvin (en _Les romanciers grecs et Latins_) dice: «_Dafnis y Cloe_ es

una pastoral encantadora, y ocupa, con la obra de Heliodoro, el primer

lugar entre las novelas griegas. La intriga es seguida, interesante y de

una sencillez del todo campesina... Es un cuadro lleno de gracia y de

frescura, variado por cuentos mitológicos dichosamente elegidos y bien

ligados con el asunto. El carácter, el lenguaje y las costumbres de los

pastores son siempre lo que deben ser, y el autor ha sabido evitar los

dos escollos ordinarios de las novelas pastorales: la grosería y la

cortesanía afectada. El estilo no es menos notable que el fondo; es casi

siempre de una elegancia que raya en coquetería y revela el trabajo del

autor. Su frase tiene cierta concisión ingeniosa, dispuesta con la más

hábil simetría y construída con tal delicadeza de gusto, que hasta de la

eufonía se preocupa. El autor no aventura sin intención ni una palabra,

y descuella en el empleo de las más propias para que el pensamiento sea

claro y fácil de comprender. Como se afana por parecer natural y emplea

tanto arte para ser cándido y sencillo, exagera estas cualidades y

descubre el trabajo que le cuesta tenerlas. Es lástima que el mérito de

esta linda novela esté afeado por la mancha que es común á todas las

novelas griegas: la obscenidad de ciertos pormenores y de las pinturas

voluptuosas, que el amor del arte no puede justificar.»

Más severo Chassang con _Dafnis y Cloe_, conviene, no obstante, en que

esta novela es la mejor de todas las antiguas, aunque después añade: «Su

mérito no es la moralidad. Comparémosla con la imitación que ha hecho de

ella Bernardino de Saint-Pierre en _Pablo y Virginia_, y veremos lo que

una imaginación casta y pura ha hecho de un cuadro en el que lo

voluptuoso rayaba en indecente. La fábula de _Dafnis y Cloe_ es de gran

sencillez, y ésta es calidad que se aprecia, sobre todo al considerar

los mil incidentes groseramente dramáticos que se amontonan en otras

novelas griegas. Aquí el espíritu se reposa en más tranquilas imágenes.

¿Por qué ha de haber aquí también raptos y piraterías? ¿Por qué la

naturaleza toda se ha de desencadenar á causa del rapto de Cloe, y por

qué ha de mezclarse con la narración de las aventuras de los amantes la

de una guerra entre dos ciudades? En cuanto al estilo, de todo tiene

menos de sencillo. Tiempo ha que el candor de la traducción de Amyot ha

dejado de alucinarnos sobre la afectación del original.» En este punto

el excesivo amor propio nacional creemos que engaña á Chassang,

encontrando sencillez y candor en francés, y no encontrándolos en

griego. Por último, añade: «El autor (Longo) era un ingenio elegante,

distinguido y dotado de un vivo sentimiento de la naturaleza; pero su

obra tiene los caracteres de una época de decadencia.»

Humboldt, en el _Cosmos_, al hablar del sentimiento de la naturaleza, y

de su expresión entre las diversas razas humanas, vista la rapidez con

que tiene que tratar este asunto, es grande la distinción que hace de la

obra de Longo, de la que dice (edición de Stuttgart, 1847, II Band., p.

14): «En el posterior tiempo bizantino, desde el fin del siglo IV, vemos

con más frecuencia pinturas de paisajes en las novelas de los prosistas

griegos. Por estas pinturas se distingue la novela pastoral de Longo, en

la cual, no obstante, las suaves descripciones de la vida humana son muy

superiores á la expresión del sentimiento de la naturaleza.»

FIN DE LAS NOTAS

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LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE

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LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE

El recuerdo de la gran civilización greco-romana, ya gentílica, ya

transfigurada más tarde por el Cristianismo, no dejó de columbrarse

hasta en los siglos más tenebrosos de la Edad Media. Los pueblos de

Europa siguieron avanzando á la luz de aquel recuerdo, y pronto

volvieron al verdadero camino de la civilización, del cual no cabe duda

que se habían apartado. Y no es esto negar la marcha constantemente

progresiva del humano linaje. Un caminante se pierde por la noche en una

intrincada y obscura selva: atraviesa espesos matorrales, breñas

confusas y medrosos precipicios; tal vez rodea mucho; tal vez gasta más

tiempo y se fatiga más de lo que debiera; pero vuelve al cabo á hallarse

en el buen sendero, más adelante del punto en que se perdió, y más cerca

del término á que aspira. No de otra suerte comprendemos el retroceso

aparente de la civilización del mundo, en ciertos períodos históricos.

Importa, además, tener presente, que cuanto por la intensidad se

menoscaba, suele compensarse en difusión. Más alumbra acaso una lámpara,

suspendida en la bóveda de un pequeño santuario, que la luna esparciendo

sus rayos por el espacio profundo de los cielos. Y, sin embargo, el

fulgor de la luna es infinitamente mayor que el de la lámpara. Lo mismo

ha podido afirmarse de la civilización, cuando se ha encerrado dentro de

los límites de un solo pueblo, ó tal vez ha iluminado sólo á una casta

de hombres superiores, ó por naturaleza ó por institución religiosa,

civil ó política. La suma del saber extendida por el mundo todo en el

siglo X de la Era cristiana, por ejemplo, era mayor sin duda que la suma

del saber que había en el mundo en el siglo IV antes de dicha Era. En

balde se buscará, no obstante, en todas las regiones y entre todas las

razas de hombres, en el siglo X, un florecimiento artístico, poético y

filosófico, como el que hubo en el siglo IV antes de la venida de

Cristo, en una pequeña comarca de Europa, cuyo centro fué Atenas.

La memoria, aunque vaga, de aquel florecimiento, los restos de aquella

antigua civilización sirvieron de guía, estímulo y mira á las naciones

de Europa, las cuales, pensando sólo en hacer que aquella ya muerta

civilización, renaciese, aspirando sólo á retroceder hasta allí para

encontrar su ideal, lograron en la época del Renacimiento, no ya un

mero renacimiento, sino una civilización mayor, más comprensiva y más

varia, en la cual no era todo la antigua civilización clásica, sino era

un elemento, una parte, uno de los muchos factores. Fué como planta

marchita, que se había cortado hasta el haz de la tierra, pero cuyas

raíces vivían. Cuando á fuerza de esmerado cultivo, retoñó, reverdeció,

y volviendo á florecer, dió abundantes frutos, hubo de notarse con

agradable sorpresa que los frutos eran otros, ricos y extraños, mejores

de los que se esperaban, porque en la raíz de la planta antigua se

habían introducido insensible y misteriosamente, como otros tantos

injertos fecundos, mil peregrinas ideas, nociones y pensamientos. El

poeta, que pensó imitar á Homero ó á Virgilio, puso en su obra algo

nuevo y superior, y fué Dante ó Tasso; el filósofo, que pensó comentar á

Platón ó Aristóteles, creó en su comentario una nueva filosofía que

aquéllos jamás soñaron; los humildes glosadores de las leyes romanas

abrieron inspirada y divinamente ancho é inexplorado campo y jamás hasta

entonces vislumbrados y claros horizontes, por donde alcanzaron á

entrever un concepto más puro y sublime de la justicia en la sociedad y

en los indivíduos; y los estudiosos admiradores de Plinio, Dioscórides,

Hipócrates y Galeno, buscando inspiración á fin de anotarlos y de

aclararlos, descubrieron en el oculto seno de la naturaleza más hondas

verdades que cuantas sus maestros habían llegado jamás á conocer y á

divulgar entre los hombres.

En nuestro sentir, lejos de ser el Renacimiento, con la adoración que no

pudo menos de suscitar en favor de los antiguos, y con el prurito

constante de imitarlos, un estorbo para que lo original y lo propio

apareciesen, una distracción hacia lo pasado que nos embelesaba y

retenía sin ir á la conquista del porvenir, fué un incentivo poderoso,

un estímulo ardiente, quizá una saludable alucinación por donde,

imaginando volver atrás en pos del remedio, nos lanzamos con brío hacia

adelante, en busca de lo desconocido.

Posteriormente, cuando los pueblos de la moderna Europa contemplaron el

camino andado y tuvieron plena conciencia de la superioridad de su

civilización, el respeto á los antiguos se convirtió en orgulloso

menosprecio y en desdén injusto, el cual, empezando por las ciencias, y

en este punto llegando á su colmo en el siglo XVIII, vino á extenderse

también á principios de nuestro siglo por los dominios del arte y de la

poesía.

Por dicha, en época posterior y algo reciente, mitigada la pasión del

engreimiento, pero sin que reviva por eso la ciega admiración anterior,

hemos venido á un término justo y razonable de estimación á la antigua

cultura clásica, la cual fué nuestro norte; y hemos evaluado y tasado

en lo debido su importancia, su influjo y su cooperación eficaz en los

desenvolvimientos ulteriores del espíritu humano.

Predispuestos así los ánimos en nuestros días, hemos anhelado como nunca

descubrir y saber las cosas todas, y hemos manifestado una equitativa y

serena imparcialidad para juzgarlas. Desde el renacimiento clásico hasta

ahora, el espíritu de los pueblos europeos ha encumbrado su vuelo á tal

altura, que mientras otea entre nieblas no poco de su confuso porvenir,

va penetrando en los abismos de lo pasado, y ensanchando por ambos

extremos el imperio vastísimo de la historia. Y no podía ser de otra

suerte, porque no podía reducirse nuestro conocer á una porción de

tiempo mezquina, después de haberse dilatado por el espacio sin término.

El hombre de ahora, que ha hollado con sus pies todas las regiones del

globo que habita, y que ha llegado á abarcar con sus ojos mortales la

insondable profundidad del éter, ha querido hacer y ha hecho no menos

importantes conquistas en el tiempo que en el espacio.

Si quedan en pie las dudas sobre el principio que pudo tener este

infinito Universo, y hasta sobre el origen de la tierra, nuestra morada,

y sobre la aparición en ella de nuestros primeros padres, de todo lo

cual sólo la fe ó la imaginación siguen dando explicaciones, mientras

que la verdadera ciencia niega ó calla; al menos ese principio, ese

origen y esa aparición incomprensibles, han ido retrocediendo en nuestra

mente hasta perderse en la noche tenebrosa del tiempo, y han dejado al

descubierto un larguísimo período, millares de años de existencia, no ya

sólo para el globo en que vivimos, sino también para el linaje humano.

Sobre el origen de éste y del mundo no puede ya aquietarse la

curiosidad, dándose por satisfecha con los _mythos_ de los antiguos

Libros Sagrados ó con las bellas fábulas que los poetas han inventado ó

nos han transmitido, prestándoles una forma inmortal. Sin embargo,

menester es confesarlo, las explicaciones de los sabios modernos acerca

de estas cosas, no por ser menos poéticas nos parecen menos

inverosímiles y disparatadas. Algunos naturalistas de ahora tal vez

tengan razón, tal vez nosotros seamos atrevidos y hasta insolentes en no

querer creerlos, pero muchas de sus teorías tienen visos de ser tan

extravagantes como las expuestas en el _Antropodemus plutonicus_ y en

_El ente dilucidado_ del padre Fuente de la Peña. Schmidt, por ejemplo,

supone que las formas pasan ó se transmiten de unos seres á otros; ya

del animal á la planta, ya de la planta al animal. Así, de un tulipán

saca un cisne, poniendo patas á la cebolla y á la flor pico, y de la

cola de un león, desprendida por cierto accidente, y caida y enclavada

en terreno fértil, produce una airosa y vencedora palma. Oken, reconoce

que el hombre no debió de aparecer sobre la tierra ya perfecto y adulto,

pero tampoco cree posible que apareciese como aparece ahora, no teniendo

madre ni nodriza que le cuidase y amamantase, y siendo una criatura tan

menesterosa é incapaz en los primeros años de su vida. Para salvar estas

dificultades, imaginó Oken que en el seno de los mares, cuando estaban

aún á muy elevada temperatura, se formaron unos huevos donde los

primeros hombres se criaron y empollaron hasta la edad de tres ó cuatro

años. La marea hubo de ir depositando estos huevos en la playa, y de

ellos salieron ya los muchachos, listos y traviesos, y aptos para

alimentarse de mariscos, raíces, frutas silvestres y sabandijas. Tal fué

el origen de la humanidad. Otro sabio, llamado Ritgen, hace nacer á los

primeros hombres en el cáliz de ciertas flores gigantescas. Otros, por

último, y ésta es la opinión que ahora priva, hacen que todo proceda de

ciertas moléculas ó globulillos viscosos ó glutinosos, los cuales van

compaginando y construyendo todas las formas y maneras de la vida, desde

los grados más ínfimos hasta el grado supremo, que en el día es el

hombre, y seguirá siéndolo mientras no se forme, engendre y cuaje otro

género superior que nos quite la supremacía y el imperio, y nos mate á

desazones y malos tratos. Edgardo Quinet, en su reciente y amena obra

_La Creación_, se muestra muy inclinado á esta doctrina, y harto

receloso de que el día menos pensado nos encontremos como quien dice de

manos á boca y al revolver de una esquina, con este ser superior al

hombre, que nos destrone y confunda, y de quien seamos animal doméstico,

como es para nosotros el perro ó el gato. Con dolor prevé Edgardo Quinet

que, en nuestro orgullo de reyes de la creación, no hemos de querer

conformarnos con un papel tan humilde, y que todos nos hemos de morir de

pena, aunque somos ya de 1.200 á 1.300 millones. No de otra suerte se

extinguió la raza de los _antropiscos_, que, según otro sabio, llamado

Bergmann, en sus _Estudios de Ontología general_, precedió

inmediatamente al hombre, y fué el eslabón de la cadena que le une al

chimpancé, al gorila y á otros monos mayúsculos, desde los cuales, si

seguimos retrocediendo en los grados de la vida, iremos á parar á los

globulillos pegajosos de que ya hemos hablado. Pero estos globulillos,

sacos ó vejigüelas que contienen la vida, ¿cómo se han formado? ¿Cómo de

lo inorgánico ha procedido lo orgánico? Á esto se contesta con la ley de

formación progresiva y hasta se cita el _uranoelain_, que es una

substancia, orgánica vesicular, que se halla en la nieve cuando cae de

las nubes. Teniendo ya á mano las tales vejigüelas, no queda criatura

que no se fabrique con ellas y que, por sus pasos contados, de ellas no

vaya saliendo.

Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos) · 第 9 / 18 段