Catedral, según concesión hecha por los reyes, y hasta se obligó á
muchos de los que ejercían las profesiones útiles para las obras á que
prestaran sus peonadas, lo cual hicieron hasta esculpir los ornamentos
góticos, según se ve en la forma de las cinceladuras sobre la piedra y
yeso de la obra moderna. Cuéntase que los emperadores moros
construyeron la gran mezquita ayudados de prisioneros y cautivos; que
Almanzor trajo desde Santiago á Córdoba en hombros de cristianos, las
campanas de aquella antigua iglesia; pero que luego San Fernando las
hizo restituir en hombros de moros. Es lo cierto, que confundidos por
los mismos trajes y usos, judíos, cristianos y mudejares, en Córdoba
después de la conquista, hubo tales odios que se robaban mutuamente los
hijos, y obligaron á los obispos á tomar disposiciones contra unos y
otros, forzándoles á trabajar en los templos cristianos; razón por la
cual los edificios árabes de Córdoba han conservado mucha de su
originaria belleza después de ocho siglos.
De todos los vasallos sujetos á la dominación cristiana, los mudejares
fueron los verdaderamente libres, pues los otros muslimes estaban
obligados eternamente á las condiciones que en cada caso imponían los
conquistadores. Ellos crearon ese estilo mitad cristiano, mitad
islamítico, que con tanta perfección vemos desarrollarse en España desde
el siglo XIII en adelante. Hasta la conquista de Granada, los mudejares
de Córdoba se ocuparon de los trabajos de conservación de la Catedral, y
ayudaron á los maestros cristianos en hacer otras obras de menos
importancia.
En la Capilla Real se nota la diferencia que ofrece el estilo sarraceno
del siglo XIV, construído bajo la inspiración cristiana, y el mismo bajo
la dominación totalmente agarena. Prescindiendo de los escudos y armas
castellanas que hay en ellas á cambio de la decoración primitiva, se
observa la semejanza que existe entre el gusto de la restauración y el
que se manifiesta en el actual Alcázar sevillano, ambos construídos bajo
las mismas condiciones, debiendo por consiguiente fijarse aquí aquella
época puramente _mudéjar_ que en Córdoba aparece dos siglos antes de la
construcción del crucero ó gran capilla del centro, cuya obra acabó de
trastornar su antiguo aspecto.
La puerta principal, restaurada en 1377, llamada del Perdón, es otro
ejemplo de la mezcla de dos estilos tan profundamente diversos, que
jamás podrán armonizarse: el romano y el árabe. Entre éste y el gótico
existen, como hemos visto, puntos de contacto; pero entre aquéllos la
unión es imposible. Así se demuestra en estas y otras portadas, donde se
nota una gran verdad, y es que las causas que influyeron para crear en
Bizancio un arte especial, no fueron bastantes, seis siglos después,
para formar en España un estilo que se difundiera como aquél por efecto
de un cosmopolitismo prodigioso, que no podía repetirse después de la
reconquista.
La capilla de San Bartolomé se construyó hacia 1280. Siguieron otras
menos importantes todavía hasta concluir el siglo XIII, las cuales se
dedicaban, por regla general, á depositar los restos de los capitanes
que sucumbían en las llanuras cordobesas luchando con los caballeros
granadinos. También el caudillo Ozmín llevó más de un héroe á las
sombrías capillas de esta Catedral.
En la de la Encarnación, de 1365; la del Espíritu Santo, de 1369, que
tomó luego el título de San Lorenzo, y en las de San Ildefonso, San
Pedro y San Agustín fundadas en 1384, no existe combinación de géneros;
hay sí un arco árabe de más delicada ejecución que vuelve á recordar la
primitiva arquitectura del templo. La de San Antonio Abad, de 1385,
fundada por el Señor de Aguilar, hermano de Gonzalo de Córdoba; la
capilla de la Cena, de 1393, para Fernan Núñez; la de Santa Úrsula, de
1398; la de San Acacio, de 1400; y la de San Antonio de Padua, terminan
las obras del siglo XIV.
Son obras más modernas la de San Ambrosio, la de la Santa Cruz, en 1517,
hecha donde se hallaba la antigua Puerta de Jerusalem, primera del muro
de Levante, y otras de 1401 al 1491; además de las puertas gótico-árabes
y de algunos fragmentos de repisas exteriores.
En 1523 tuvo principio esa obra central que ha levantado las techumbres
moriscas, y trastornado el carácter sombrío y fatalista de la mezquita.
No faltó en aquel tiempo quien se opusiera á esta profanación del arte,
y no fué por cierto el Cabildo sino la Ciudad que requirió á aquél por
medio de escribano, hasta lograr suspender la obra; pero Carlos V la
hizo continuar. No se había podido terminar en 1584; ¡tal era el estado
de miseria que alcanzaba el país en aquellos heróicos tiempos de
nuestras empresas en Alemania!; una pequeña parte del colosal edificio
de los sarracenos, levantado en poco más de veinte años, no podía
construirse bajo la dominación cristiana en los más prósperos tiempos de
su grandeza.
En 1593 se principió la torre actual según el género entonces en boga, y
se hizo sobre los cimientos del alminar árabe, ruinoso en aquella época.
En 1600 se acabó el Crucero ojival moderno, no sin obstáculos para
equilibrar los machones que se alzaron para las nuevas bóvedas, tardando
siete años en la decoración interior, y hasta 1607 no se celebró en el
altar mayor la primera misa. El estilo de esta nueva iglesia, embutida
en el centro de la antigua, participa de la decadencia del arte. Se ven
en ella el gótico, el árabe y hasta el plateresco, abigarrando
informemente las elegantes formas del estilo ojival: la cúpula,
hornacinas y embovedados recamados de encuadros, casetones, baretas y
follaje, copioso arsenal de medios decorativos. El trascoro es de un
gusto más serio. El discípulo de Juan de Herrera lo dotó de un
greco-romano, y contribuyó como los demás artífices á rebajar el
prestigio de las trazerías bizantinas.
El techo que se conserva en las estrechas naves de la antigua mezquita
es hoy de bóvedas, las cuales en 1713 principiaron á ocupar el lugar del
hermoso artesonado de almizates de maderas oloríficas, compuesto de los
_alfarges_ pintados y dorados que había en todos los templos
mahometanos.
El retablo, los púlpitos de Verdiguier, la sillería del coro hecha por
Cornejo, mitad del siglo XVIII; la espaciosa escalinata del presbiterio,
con mármoles de Italia; los bronces y adornos de plata, lámparas, etc.,
son dignos de apreciarse por la riqueza y lucidez del trabajo empleado,
aunque no siempre por el gusto churrigueresco que los inspiró.
La puerta de las Palmas, arquitectura del Emperador sobre trazería
sarracena; la capilla de San José y Santa Ursula, la de la Resurección,
antes de 1569; la de la Asunción en 1554, la de los Obispos, de 1568,
tapando una puerta árabe, y cuya capilla se aderezó en 1569 para reunir
en ella las Cortes del reino que entonces no excedían de diez y ocho ó
veinte procuradores; el palacio del obispo, arreglado para recibir al
rey Felipe II; y el pasadizo que se conservaba entre el palacio de los
Sultanes (que pudo ser el de los Obispos) y la mezquita, para el paso
oculto de los Kalifas, son reconstrucciones de poca valía; pero que
debemos mirar como la historia decadente del templo.
Lo mismo diremos de las de la Concepción y las Angustias, del siglo XVI,
y la del Rosario, más moderna, muy cerca de la cual hay una columna
árabe en cuyo fuste está mal grabada la imagen de J.C., que se dice
labró con las uñas un cautivo cristiano que ataron á él los árabes, cosa
que nos parece inverosímil.
Después la capilla de la Natividad, de 1673; la de la Concepción, de
1679, conjunto extraño y rico, nada agradable á la vista; la de Santa
Teresa, sacristía mayor donde se ven las alhajas y cruz antigua cuajada
de crestería, hecha por Enrique de Arfe, y por último, la de la
Magdalena, la mayor de la Catedral antigua, y otros detalles renovados
continuamente sin arte ni concierto, según el diverso género que se
usaba en cada época.
Posteriormente al año 1614 se hicieron otras que son dignas de mención
por algunos objetos que contienen, ya de pintura ya de escultura,
debidos á los artistas andaluces más conocidos, contando en ellas la de
San Pablo, San Eulogio y la de las Ánimas, donde se halla sepultado
Garcilaso de la Vega; y los dos cuadros de las de San Andrés y San
Esteban pintados por Carducho y Zambrano.
MEDINA AZAHRA
Sulimán[20] prendió fuego á los palacios de Azahra en el año de 1010 y
destruyó esta población abandonada, cuyos habitantes se habían refugiado
en los pueblos comarcanos; por consiguiente, aunque quisiéramos recordar
aquí una de las más encantadoras obras creadas por el genio de la
civilización agarena, tendríamos que contentarnos con lo que
infundadamente describen las crónicas del tiempo de D. Alfonso VI,
cuando refieren, que habiendo pedido este monarca la deliciosa
residencia de Azahra para doña Constanza, el Kalifa, indignado, mató al
mensajero, dando ocasión á aquella guerra vengadora que introdujo en
España á los almoravides para sostener el poderío de Occidente.
Escasísimos documentos proporcionan las referencias históricas para
averiguar las bellezas artísticas de este sitio, y aunque fuera cierto
que muchos capiteles y columnas se llevaran de él para hacer el alcázar
de Sevilla, ni se conoce la época, ni nosotros creemos que dichos
ejemplares tengan ese origen. En cuanto á los vestigios que se hallan en
el convento de San Jerónimo de la Sierra, son sin duda, procedentes de
aquellos suntuosos edificios, en los que al parecer se aprovecharon
pórticos románicos, pilares y entablamentos que servían á los monumentos
árabes, así como la multitud de mosáicos, ladrillos, mocarbes, losas,
lámparas y preciosos fragmentos de vasos sin esmalte que hemos tenido á
la vista; todo lo cual nos obliga á citar este sitio, digno del
anticuario más bien que del artista.
[Illustration: Candila de Medina Azahra.]
Pero como para la historia del arte no podíamos pasar desapercibida la
memoria de un monumento, que por las descripciones mahometanas ocupaba
el primer lugar en España, no dejamos de mencionarlo como reminiscencia
de otros alcázares, especialmente el Toledano, del cual nada podemos
referir. Y dicen las crónicas que un alarife de Bizancio trazó el más
dilatado edificio conocido, por disposición del emir, á tres millas
nordeste de Córdoba, en lo alto del Monte de la Novia, dedicado á una
odalisca, cuyo nombre dió á este sitio. El harem podía contener más de
6.000 concubinas y sirvientas, 3.750 eunucos y 1.500 guardias. Empleóse
en aquél un número considerable de piezas de mármol, lo cual demuestra
ya que estaba muy lejos de parecerse este edificio al alcázar de la
Alhambra, supuesto que los materiales de la construcción imprimen
especial carácter al estilo de cada época. Las columnas se contaban por
millares, ostentándose en ellas los mármoles de Raya y de Filabres, con
los que regalaron de Roma y especialmente de Túnez, restos quizá de las
ruínas de Cartago; dominando en esta obra los barros cocidos de diversos
colores y los delicados paramentos de estuco, de los que suelen
encontrarse todavía gruesos pedazos removiendo la tierra. Tan grande fué
esta maravilla, que trabajaron en ella durante treinta años más de cinco
mil jornaleros, ganando dos dinares y medio al día, y en tiempo del
califa An-Nasi, se habían gastado siete millones de dinares. Largos
arroyos conducían el agua á sus baños, fuentes y estanques, y las
puertas decoradas con agramiles se hallaban forradas de cobres y hierros
plateados, como hemos visto en otros parajes, con fuertes capas de
estaño para preservarlos de la oxidación. De sus habitaciones se cita
como más hermosa la Sala de las Grandes Ceremonias, con arabescos de
estuco dorado y colores, y techumbre de maderas olorosas, que cerraba en
un colgante de cuya extremidad pendía una perla de gran tamaño regalada
por el griego emperador Constantino Porfirogénito. Describe luego la
fantasía diamantes y esmeraldas, y siempre se hace mención en estos
palacios de pilas llenas de azogue que servían de entretenimiento á las
esclavas y odaliscas.
[Illustration]
En cuanto á las esculturas seremos más parcos en admitir lo que se dice.
Hemos visto un león de bronce admirablemente fundido, cuya fotografía
conservamos, que nada deja que desear en cuanto al modelo, también
repasado á la mano como las obras japonesas, que procede de estos
edificios[21]. Había otras esculturas, de las que sólo se hallan
fragmentos en poder de los anticuarios, las cuales nos dan la
certidumbre de la existencia de estas obras de carácter babilónico. Los
cuentos nos describen una figura de mármol verde traída de Siria, que se
colocó en la alcoba del sultán, sobre doce figuras de oro bermejo, y
otras que vertían las aguas en los estanques; pero si bien esto nos
indica el lujo de la mansión, nunca podremos asignar por ello al arte
escultórico un lugar preeminente.
La mezquita de Azahra era otro de los edificios descritos con
entusiasmo: el alminar de cincuenta codos de alto, los arcos de lintel,
los calados, mosáicos y cristales de colores como los del santuario de
la catedral citada, daban á este templo un particular encanto.
Y si nada podemos analizar de estos perdidos monumentos, ¿qué podríamos
decir de esos regios alcázares sembrados á la orilla del Guadalquivir
sobre los cimientos de los elevados por los Godos y surtidos por las
aguas del río, cuyos restos se vieron en la Albolafia? Cuenta Al-Makkari
que el rey moro de la fortaleza de Almodóvar descubrió el palacio
romano, que creemos estaría cerca de la fortaleza cuadrada de Don
Alfonso XI; quizá el sitio que ocupaba el palacio de Teodofredo; pero he
aquí lo que dijo Ibn-Bashkuwal: «Entre las puertas de este palacio que
Dios Omnipotente abrió para reparación de las injurias, auxilio de los
oprimidos y declaración de justas sentencias, es la principal una sobre
la cual campea un terrado saliente, sin igual en el mundo; esta puerta
abre paso al alcázar, y tiene sus hojas revestidas de hierro con un
anillo de bronce de labor exquisita en figura de hombre con la boca
abierta, obra que trajo de Narbona un Kalifa. En la misma fachada hay
otra puerta para los jardines, y al otro lado un terrado de donde se
mira el Guadalquivir, y dos mezquitas famosas por sus muchos milagros...
Las puertas tercera y cuarta, nombradas del Río y de Coria, daban salida
hacia el Norte. La quinta y última, denominada de la Mezquita Mayor, era
por donde salían los Kalifas cuando iban los viernes á la azala, cuyo
tránsito se cubría todo de alfombras».
En otra página sobre Medina Azahra dice lo que sigue: «Es uno de los más
admirables edificios; su erección principió á principios del año 325
(936) por Abú’l-Mutarvif Abd-ar-Rahmán, sobrenombrado Nasir (hijo de
Muhammad, hijo de Abd Allah, uno de los soberanos Omeyas de España). Se
extiende á la distancia de cuatro millas y dos tercios de Córdoba. Su
longitud de Oriente á Occidente 2.700 codos, y su ancho de Norte á Sur
1.500. El número de sus columnas 4.300 y más de 15.000 puertas. An Nasir
dividió la renta del Estado en tres partes, una para las tropas, otra
para el Tesoro y la restante para construir á Medina Azahra. Las rentas
de España en aquel tiempo eran de 5.480.000 dinares, y 765.000 dinares
producían las fincas y rentas del soberano».
ALGUNAS CONSTRUCCIONES MORISCAS
DE CÓRDOBA
Frente á la parroquia de Santiago había una casa con un zaguán morisco
con arcos del mismo género angrelados y levantados de punto, bastante
notables; y como en muchos otros lugares el afán de blanquear las
paredes ha cubierto filigranas de rara labor y finísimos detalles: se
llama esta casa de las Campanas.
En la plaza de Antón Cabrera y casa del Conde del Aguila hay también
restos de un edificio mahometano, digno de consideración.
BAÑOS ÁRABES. Más de ochocientos había en Córdoba, y sólo se encuentran
hoy los vestigios de cuatro ó cinco de ellos; los principales son dos en
las respectivas calle del Baño, alta y baja. Cuando se abren los
cimientos para nuevas construciones, se suelen hallar vestigios de los
muchos que han quedado siempre por debajo de la superficie ó suelo
moderno. Su estructura ofrece poca diferencia de la que tienen los que
hay en las demás poblaciones mahometanas.
Entre otros monumentos, Alfonso XI nos dejó la FORTALEZA CUADRADA, el
ALCÁZAR NUEVO y los torreones desmochados que hoy existen junto al
palacio episcopal. Lo que está fuera de duda es que estos varios
palacios de origen godo y hasta romano que conserva la tradición,
estaban situados en las márgenes del Guadalquivir, porque los baños del
alcázar se surtían con aguas del río por medio de una azuda, cuyos
restos llevan hoy el nombre de Albolafia. Junto al baño había una torre
donde se posó la famosa paloma blanca, según cuentan las crónicas de San
Eulogio.
[Illustration: Capilla mudéjar, Córdoba.]
EL ALCÁZAR NUEVO es hoy la Cárcel de Córdoba, donde estuvo el tribunal
de la Inquisición, en la que ejerció sus crueldades el Canónigo Luzero,
juzgó más de cien inocentes, y los hizo quemar en el sitio llamado
Marrubial. De este modo uno de los más históricos monumentos de los
tiempos árabes ha venido á ser el lugar más olvidado de la población,
sin que puedan hacerse conjeturas sobre la magnificencia que los autores
sarracenos nos han pintado: pues careciendo de datos, hemos de suponer
que, según Al-Makkari, el rey moro que vivía en la fortaleza de
Almodóvar descubrió el palacio romano, y que tal vez éste sirviera,
restaurado por los árabes, en cuyo caso esta obra puede figurársela todo
el que haya estudiado los detalles de la mezquita de Córdoba.
[Illustration: Renacimiento en Córdoba.]
LA ARRIZAFA: situada á espaldas de la torre de Malmuerta, hacia las
alamedas del Campo de la Victoria, donde se conservan todavía restos de
cuadrados torreones, cerca de los cuales Abd-el-Rhamán I plantó la
primera palma traída del Yemen, para recordar el suelo de su patria; en
este sitio se descubrieron lápidas con turbantes y un subterráneo que se
llamó _las catacumbas de San Diego_.
En el Hospital de Agudos hay una capilla, hoy de San Bartolomé, que se
llamaba la _mosala_ del rey Almanzor, y que ha sido tan modificada y
cambiada en su estructura primitiva, que si no fuera por sus
inscripciones árabes y sus zócalos de azulejos primitivos mezclados á
los del renacimiento, apenas podríamos descifrar su origen. Debe
visitarse y buscarse en ella los vestigios mudejares que conserva entre
las arcadas y molduras que han introducido en su débil construcción.
En muchos parajes hay trozos de murallas compuestos de grandes bloques
de argamasa, fabricados unos sobre otros á manera de grandes sillares en
hiladas con trabazón. Hay en la calle de Osio una torre de piedras
cuadrangulares en forma romana, con almenas añadidas é impostas que
graciosamente separan los cuerpos de la construcción.
En la calle de Abades se ha visto hasta ahora una importante
construcción morisca, con esbeltos y magníficos arcos ojivales cerrados,
con trozos decorativos muy sencillos, que acusan la existencia de
alcázares y mezquitas convertidas en conventos ó casas de señorío.
Pertenecen al renacimiento que se ve en la puerta de Jerónimo Páez, poco
delicado, pero de grandes rasgos escultóricos, que nada debe al mudéjar,
y de ese gótico mezquino con reminiscencias árabes, bajo y de hojas
bizantinas, que se ve en la puerta de la iglesia de San Miguel y en
otros parajes. Las torres redondas, cuadradas y octógonas que hay
todavía en Córdoba, y que en mayor número se veían en minaretes y
fortificaciones, prueban el afán de realizar las obras que habían visto
los árabes que vinieron mezclados á las legiones bereberes, cuando
cruzaron el Egipto y la moderna Cartago para realizar en nuestro suelo
las formas de aquellas construcciones gigantescas.
Una cosa se observa solamente: que menos atrevidos en la magnitud ó
grandeza, parece como que acortaron las medidas y la materia para
reducir el ciclopeo tamaño de las obras levantadas por las antiguas
generaciones.
En el Jardín del Alcázar, como es llamada una huerta á la orilla del
gran río, se hallan más ejemplares de las formas citadas, prescindiendo
en ellas de las colosales restauraciones cristianas.
Las torres de la Cárcel se encuentran en el mismo caso. Son en verdad
testimonios de aquel genio que copió más que inventó, pero son al mismo
tiempo atalayas de triste y abrumador aspecto.
En el Museo Arqueológico y en el Instituto de Córdoba, hay multitud de
objetos árabes y mozárabes que atestiguan algo en favor de la cultura de
aquellas edades: una cierva de bronce, fundición cordobesa, quizá de
Medina Azahra; un brocal de piedra de bellísimos ornatos, época de los
Kalifas, artesonados, aliceres, inscripciones y otra multitud de
vestigios romanos no menos importantes. Pudiera ser este museo uno de
los más ricos del mundo.
[Illustration: Gótico mudéjar.]
EDIFICIOS MOZÁRABES
La suerte de los cristianos entre los moros nunca fué tan cruel como la
de los moros entre los cristianos. Está probado hasta la evidencia, que
si bien no pudieron estos últimos hacer ostentación de su culto ante el
esplendente boato de la civilización agarena, no es menos cierto que en
la parte baja de la ciudad y en el barrio de la Ajarquia, vivieron los
cristianos tranquilamente profesando su religión á semejanza de los
judíos, aunque naturalmente vejada por impuestos ó subsidios mal
repartidos y tiránicos. Muchos autores cristianos dicen que los
ministros de los Kalifas imponían tributos arbitrarios, suspendían á los
jueces que esta población mozárabe conservaba de su propia raza, y que
más de una vez, en tiempos de guerras, fué maltratada esta población por
considerársela sospechosa y adicta á los enemigos. Esto, que puede ser
verdad, está compensado por ese espíritu de tolerancia que distinguía á
los árabes de la Edad Media, permitiendo á los cristianos el libre
ejercicio de sus leyes y de su religión.
La historia del pueblo mozárabe no está exenta de graves faltas. Había
escisiones entre las diferentes iglesias, ambiciones entre los obispos,
motines promovidos por los falsos mártires que todos los días se
presentaban, el clero en relaciones con la corte musulmana para con su
favor sostener cierta supremacía jurisdiccional de parroquia, y usurpar
la de sus cofrades. No faltaron cristianos que impulsaron á los emires
á que publicaran decretos para que los judíos y cristianos se hicieran
moros.
La arquitectura de los edificios cristianos en tiempo de los árabes era
la misma que la de las mezquitas, pero de construcción pobre, con muy
pocos ornatos, como contruídos con el producto de las limosnas de una
población cada día más miserable. Algunas de ellas conservaron el origen
gótico sobre los restos de algunas construcciones romanas; no podemos
fijar aquí transición, por haberse destruído la mayor parte de los
templos.
Según los autores árabes, cuando entraron los moros en Córdoba había
gran número de basílicas, que los sarracenos convirtieron á su culto. La
de San Jorge es hoy el monasterio de Santa Clara: desde ella se
defendieron los cristianos por espacio de tres meses contra los árabes,
á poco tiempo de la batalla del Guadalete; Santa María, San Andrés, la
Magdalena, San Lorenzo y Santa Marina, parece que fueron de estas
iglesias mozárabes, aunque conserven muy raras señales del largo período
de dominación.
San Pedro sirvió de catedral después que los cristianos vendieron á los
árabes la basílica, con cuyos fundamentos se principió la gran mezquita
de Córdoba.
Existían antiguamente las iglesias mozárabes de San Zoilo, San Cipriano,
San Ginés, San Acisclo, Santa Olalla y otras que durante la ocupación
sarracena se han perdido; y sabido es que cuando San Fernando conquistó
la ciudad, hacía más de cien años que los cristianos se habían ausentado
de ella.
Las basílicas, pues, ya casi abandonadas, no debieron ser muy
importantes; pero se observa por las deducciones que nos ofrecen algunos
cimientos antiguos, que estaban construídas de tres naves, separadas por
hileras de columnas, y terminadas en semicírculo. Sospechamos que la de
San Fénix de Córdoba, embellecida por el Obispo Agapio II en 618, tenía
los paramentos interiores con hermosas pinturas, como las de un
baptisterio elogiado por Paulo, diácono en la misma época.
Se fundaban iglesias y monasterios en el siglo IX, y en medio del
inmenso poderío de la corte musulmana, los obispos administraban las
rentas eclesiásticas, que cuidaba un _ecónomo_ jefe parroquial de la
circunscripción mozárabe. Pagaban éstos el diezmo. A las ordenes del
cura _ecónomo_ había un número de clérigos vestidos y alimentados por
aquél, el cual ejercía sobre ellos tal autoridad, que hasta podía
azotarlos si no cumplían con sus obligaciones; al lado de las sencillas
iglesias mozárabes había alojamientos para niños, esclavos y peregrinos,
y todo el clero que servía la parroquia vivía alrededor del templo.