En poder de cristianos, siguieron los árabes labrando las paredes de la

Catedral, según concesión hecha por los reyes, y hasta se obligó á

muchos de los que ejercían las profesiones útiles para las obras á que

prestaran sus peonadas, lo cual hicieron hasta esculpir los ornamentos

góticos, según se ve en la forma de las cinceladuras sobre la piedra y

yeso de la obra moderna. Cuéntase que los emperadores moros

construyeron la gran mezquita ayudados de prisioneros y cautivos; que

Almanzor trajo desde Santiago á Córdoba en hombros de cristianos, las

campanas de aquella antigua iglesia; pero que luego San Fernando las

hizo restituir en hombros de moros. Es lo cierto, que confundidos por

los mismos trajes y usos, judíos, cristianos y mudejares, en Córdoba

después de la conquista, hubo tales odios que se robaban mutuamente los

hijos, y obligaron á los obispos á tomar disposiciones contra unos y

otros, forzándoles á trabajar en los templos cristianos; razón por la

cual los edificios árabes de Córdoba han conservado mucha de su

originaria belleza después de ocho siglos.

De todos los vasallos sujetos á la dominación cristiana, los mudejares

fueron los verdaderamente libres, pues los otros muslimes estaban

obligados eternamente á las condiciones que en cada caso imponían los

conquistadores. Ellos crearon ese estilo mitad cristiano, mitad

islamítico, que con tanta perfección vemos desarrollarse en España desde

el siglo XIII en adelante. Hasta la conquista de Granada, los mudejares

de Córdoba se ocuparon de los trabajos de conservación de la Catedral, y

ayudaron á los maestros cristianos en hacer otras obras de menos

importancia.

En la Capilla Real se nota la diferencia que ofrece el estilo sarraceno

del siglo XIV, construído bajo la inspiración cristiana, y el mismo bajo

la dominación totalmente agarena. Prescindiendo de los escudos y armas

castellanas que hay en ellas á cambio de la decoración primitiva, se

observa la semejanza que existe entre el gusto de la restauración y el

que se manifiesta en el actual Alcázar sevillano, ambos construídos bajo

las mismas condiciones, debiendo por consiguiente fijarse aquí aquella

época puramente _mudéjar_ que en Córdoba aparece dos siglos antes de la

construcción del crucero ó gran capilla del centro, cuya obra acabó de

trastornar su antiguo aspecto.

La puerta principal, restaurada en 1377, llamada del Perdón, es otro

ejemplo de la mezcla de dos estilos tan profundamente diversos, que

jamás podrán armonizarse: el romano y el árabe. Entre éste y el gótico

existen, como hemos visto, puntos de contacto; pero entre aquéllos la

unión es imposible. Así se demuestra en estas y otras portadas, donde se

nota una gran verdad, y es que las causas que influyeron para crear en

Bizancio un arte especial, no fueron bastantes, seis siglos después,

para formar en España un estilo que se difundiera como aquél por efecto

de un cosmopolitismo prodigioso, que no podía repetirse después de la

reconquista.

La capilla de San Bartolomé se construyó hacia 1280. Siguieron otras

menos importantes todavía hasta concluir el siglo XIII, las cuales se

dedicaban, por regla general, á depositar los restos de los capitanes

que sucumbían en las llanuras cordobesas luchando con los caballeros

granadinos. También el caudillo Ozmín llevó más de un héroe á las

sombrías capillas de esta Catedral.

En la de la Encarnación, de 1365; la del Espíritu Santo, de 1369, que

tomó luego el título de San Lorenzo, y en las de San Ildefonso, San

Pedro y San Agustín fundadas en 1384, no existe combinación de géneros;

hay sí un arco árabe de más delicada ejecución que vuelve á recordar la

primitiva arquitectura del templo. La de San Antonio Abad, de 1385,

fundada por el Señor de Aguilar, hermano de Gonzalo de Córdoba; la

capilla de la Cena, de 1393, para Fernan Núñez; la de Santa Úrsula, de

1398; la de San Acacio, de 1400; y la de San Antonio de Padua, terminan

las obras del siglo XIV.

Son obras más modernas la de San Ambrosio, la de la Santa Cruz, en 1517,

hecha donde se hallaba la antigua Puerta de Jerusalem, primera del muro

de Levante, y otras de 1401 al 1491; además de las puertas gótico-árabes

y de algunos fragmentos de repisas exteriores.

En 1523 tuvo principio esa obra central que ha levantado las techumbres

moriscas, y trastornado el carácter sombrío y fatalista de la mezquita.

No faltó en aquel tiempo quien se opusiera á esta profanación del arte,

y no fué por cierto el Cabildo sino la Ciudad que requirió á aquél por

medio de escribano, hasta lograr suspender la obra; pero Carlos V la

hizo continuar. No se había podido terminar en 1584; ¡tal era el estado

de miseria que alcanzaba el país en aquellos heróicos tiempos de

nuestras empresas en Alemania!; una pequeña parte del colosal edificio

de los sarracenos, levantado en poco más de veinte años, no podía

construirse bajo la dominación cristiana en los más prósperos tiempos de

su grandeza.

En 1593 se principió la torre actual según el género entonces en boga, y

se hizo sobre los cimientos del alminar árabe, ruinoso en aquella época.

En 1600 se acabó el Crucero ojival moderno, no sin obstáculos para

equilibrar los machones que se alzaron para las nuevas bóvedas, tardando

siete años en la decoración interior, y hasta 1607 no se celebró en el

altar mayor la primera misa. El estilo de esta nueva iglesia, embutida

en el centro de la antigua, participa de la decadencia del arte. Se ven

en ella el gótico, el árabe y hasta el plateresco, abigarrando

informemente las elegantes formas del estilo ojival: la cúpula,

hornacinas y embovedados recamados de encuadros, casetones, baretas y

follaje, copioso arsenal de medios decorativos. El trascoro es de un

gusto más serio. El discípulo de Juan de Herrera lo dotó de un

greco-romano, y contribuyó como los demás artífices á rebajar el

prestigio de las trazerías bizantinas.

El techo que se conserva en las estrechas naves de la antigua mezquita

es hoy de bóvedas, las cuales en 1713 principiaron á ocupar el lugar del

hermoso artesonado de almizates de maderas oloríficas, compuesto de los

_alfarges_ pintados y dorados que había en todos los templos

mahometanos.

El retablo, los púlpitos de Verdiguier, la sillería del coro hecha por

Cornejo, mitad del siglo XVIII; la espaciosa escalinata del presbiterio,

con mármoles de Italia; los bronces y adornos de plata, lámparas, etc.,

son dignos de apreciarse por la riqueza y lucidez del trabajo empleado,

aunque no siempre por el gusto churrigueresco que los inspiró.

La puerta de las Palmas, arquitectura del Emperador sobre trazería

sarracena; la capilla de San José y Santa Ursula, la de la Resurección,

antes de 1569; la de la Asunción en 1554, la de los Obispos, de 1568,

tapando una puerta árabe, y cuya capilla se aderezó en 1569 para reunir

en ella las Cortes del reino que entonces no excedían de diez y ocho ó

veinte procuradores; el palacio del obispo, arreglado para recibir al

rey Felipe II; y el pasadizo que se conservaba entre el palacio de los

Sultanes (que pudo ser el de los Obispos) y la mezquita, para el paso

oculto de los Kalifas, son reconstrucciones de poca valía; pero que

debemos mirar como la historia decadente del templo.

Lo mismo diremos de las de la Concepción y las Angustias, del siglo XVI,

y la del Rosario, más moderna, muy cerca de la cual hay una columna

árabe en cuyo fuste está mal grabada la imagen de J.C., que se dice

labró con las uñas un cautivo cristiano que ataron á él los árabes, cosa

que nos parece inverosímil.

Después la capilla de la Natividad, de 1673; la de la Concepción, de

1679, conjunto extraño y rico, nada agradable á la vista; la de Santa

Teresa, sacristía mayor donde se ven las alhajas y cruz antigua cuajada

de crestería, hecha por Enrique de Arfe, y por último, la de la

Magdalena, la mayor de la Catedral antigua, y otros detalles renovados

continuamente sin arte ni concierto, según el diverso género que se

usaba en cada época.

Posteriormente al año 1614 se hicieron otras que son dignas de mención

por algunos objetos que contienen, ya de pintura ya de escultura,

debidos á los artistas andaluces más conocidos, contando en ellas la de

San Pablo, San Eulogio y la de las Ánimas, donde se halla sepultado

Garcilaso de la Vega; y los dos cuadros de las de San Andrés y San

Esteban pintados por Carducho y Zambrano.

MEDINA AZAHRA

Sulimán[20] prendió fuego á los palacios de Azahra en el año de 1010 y

destruyó esta población abandonada, cuyos habitantes se habían refugiado

en los pueblos comarcanos; por consiguiente, aunque quisiéramos recordar

aquí una de las más encantadoras obras creadas por el genio de la

civilización agarena, tendríamos que contentarnos con lo que

infundadamente describen las crónicas del tiempo de D. Alfonso VI,

cuando refieren, que habiendo pedido este monarca la deliciosa

residencia de Azahra para doña Constanza, el Kalifa, indignado, mató al

mensajero, dando ocasión á aquella guerra vengadora que introdujo en

España á los almoravides para sostener el poderío de Occidente.

Escasísimos documentos proporcionan las referencias históricas para

averiguar las bellezas artísticas de este sitio, y aunque fuera cierto

que muchos capiteles y columnas se llevaran de él para hacer el alcázar

de Sevilla, ni se conoce la época, ni nosotros creemos que dichos

ejemplares tengan ese origen. En cuanto á los vestigios que se hallan en

el convento de San Jerónimo de la Sierra, son sin duda, procedentes de

aquellos suntuosos edificios, en los que al parecer se aprovecharon

pórticos románicos, pilares y entablamentos que servían á los monumentos

árabes, así como la multitud de mosáicos, ladrillos, mocarbes, losas,

lámparas y preciosos fragmentos de vasos sin esmalte que hemos tenido á

la vista; todo lo cual nos obliga á citar este sitio, digno del

anticuario más bien que del artista.

[Illustration: Candila de Medina Azahra.]

Pero como para la historia del arte no podíamos pasar desapercibida la

memoria de un monumento, que por las descripciones mahometanas ocupaba

el primer lugar en España, no dejamos de mencionarlo como reminiscencia

de otros alcázares, especialmente el Toledano, del cual nada podemos

referir. Y dicen las crónicas que un alarife de Bizancio trazó el más

dilatado edificio conocido, por disposición del emir, á tres millas

nordeste de Córdoba, en lo alto del Monte de la Novia, dedicado á una

odalisca, cuyo nombre dió á este sitio. El harem podía contener más de

6.000 concubinas y sirvientas, 3.750 eunucos y 1.500 guardias. Empleóse

en aquél un número considerable de piezas de mármol, lo cual demuestra

ya que estaba muy lejos de parecerse este edificio al alcázar de la

Alhambra, supuesto que los materiales de la construcción imprimen

especial carácter al estilo de cada época. Las columnas se contaban por

millares, ostentándose en ellas los mármoles de Raya y de Filabres, con

los que regalaron de Roma y especialmente de Túnez, restos quizá de las

ruínas de Cartago; dominando en esta obra los barros cocidos de diversos

colores y los delicados paramentos de estuco, de los que suelen

encontrarse todavía gruesos pedazos removiendo la tierra. Tan grande fué

esta maravilla, que trabajaron en ella durante treinta años más de cinco

mil jornaleros, ganando dos dinares y medio al día, y en tiempo del

califa An-Nasi, se habían gastado siete millones de dinares. Largos

arroyos conducían el agua á sus baños, fuentes y estanques, y las

puertas decoradas con agramiles se hallaban forradas de cobres y hierros

plateados, como hemos visto en otros parajes, con fuertes capas de

estaño para preservarlos de la oxidación. De sus habitaciones se cita

como más hermosa la Sala de las Grandes Ceremonias, con arabescos de

estuco dorado y colores, y techumbre de maderas olorosas, que cerraba en

un colgante de cuya extremidad pendía una perla de gran tamaño regalada

por el griego emperador Constantino Porfirogénito. Describe luego la

fantasía diamantes y esmeraldas, y siempre se hace mención en estos

palacios de pilas llenas de azogue que servían de entretenimiento á las

esclavas y odaliscas.

[Illustration]

En cuanto á las esculturas seremos más parcos en admitir lo que se dice.

Hemos visto un león de bronce admirablemente fundido, cuya fotografía

conservamos, que nada deja que desear en cuanto al modelo, también

repasado á la mano como las obras japonesas, que procede de estos

edificios[21]. Había otras esculturas, de las que sólo se hallan

fragmentos en poder de los anticuarios, las cuales nos dan la

certidumbre de la existencia de estas obras de carácter babilónico. Los

cuentos nos describen una figura de mármol verde traída de Siria, que se

colocó en la alcoba del sultán, sobre doce figuras de oro bermejo, y

otras que vertían las aguas en los estanques; pero si bien esto nos

indica el lujo de la mansión, nunca podremos asignar por ello al arte

escultórico un lugar preeminente.

La mezquita de Azahra era otro de los edificios descritos con

entusiasmo: el alminar de cincuenta codos de alto, los arcos de lintel,

los calados, mosáicos y cristales de colores como los del santuario de

la catedral citada, daban á este templo un particular encanto.

Y si nada podemos analizar de estos perdidos monumentos, ¿qué podríamos

decir de esos regios alcázares sembrados á la orilla del Guadalquivir

sobre los cimientos de los elevados por los Godos y surtidos por las

aguas del río, cuyos restos se vieron en la Albolafia? Cuenta Al-Makkari

que el rey moro de la fortaleza de Almodóvar descubrió el palacio

romano, que creemos estaría cerca de la fortaleza cuadrada de Don

Alfonso XI; quizá el sitio que ocupaba el palacio de Teodofredo; pero he

aquí lo que dijo Ibn-Bashkuwal: «Entre las puertas de este palacio que

Dios Omnipotente abrió para reparación de las injurias, auxilio de los

oprimidos y declaración de justas sentencias, es la principal una sobre

la cual campea un terrado saliente, sin igual en el mundo; esta puerta

abre paso al alcázar, y tiene sus hojas revestidas de hierro con un

anillo de bronce de labor exquisita en figura de hombre con la boca

abierta, obra que trajo de Narbona un Kalifa. En la misma fachada hay

otra puerta para los jardines, y al otro lado un terrado de donde se

mira el Guadalquivir, y dos mezquitas famosas por sus muchos milagros...

Las puertas tercera y cuarta, nombradas del Río y de Coria, daban salida

hacia el Norte. La quinta y última, denominada de la Mezquita Mayor, era

por donde salían los Kalifas cuando iban los viernes á la azala, cuyo

tránsito se cubría todo de alfombras».

En otra página sobre Medina Azahra dice lo que sigue: «Es uno de los más

admirables edificios; su erección principió á principios del año 325

(936) por Abú’l-Mutarvif Abd-ar-Rahmán, sobrenombrado Nasir (hijo de

Muhammad, hijo de Abd Allah, uno de los soberanos Omeyas de España). Se

extiende á la distancia de cuatro millas y dos tercios de Córdoba. Su

longitud de Oriente á Occidente 2.700 codos, y su ancho de Norte á Sur

1.500. El número de sus columnas 4.300 y más de 15.000 puertas. An Nasir

dividió la renta del Estado en tres partes, una para las tropas, otra

para el Tesoro y la restante para construir á Medina Azahra. Las rentas

de España en aquel tiempo eran de 5.480.000 dinares, y 765.000 dinares

producían las fincas y rentas del soberano».

ALGUNAS CONSTRUCCIONES MORISCAS

DE CÓRDOBA

Frente á la parroquia de Santiago había una casa con un zaguán morisco

con arcos del mismo género angrelados y levantados de punto, bastante

notables; y como en muchos otros lugares el afán de blanquear las

paredes ha cubierto filigranas de rara labor y finísimos detalles: se

llama esta casa de las Campanas.

En la plaza de Antón Cabrera y casa del Conde del Aguila hay también

restos de un edificio mahometano, digno de consideración.

BAÑOS ÁRABES. Más de ochocientos había en Córdoba, y sólo se encuentran

hoy los vestigios de cuatro ó cinco de ellos; los principales son dos en

las respectivas calle del Baño, alta y baja. Cuando se abren los

cimientos para nuevas construciones, se suelen hallar vestigios de los

muchos que han quedado siempre por debajo de la superficie ó suelo

moderno. Su estructura ofrece poca diferencia de la que tienen los que

hay en las demás poblaciones mahometanas.

Entre otros monumentos, Alfonso XI nos dejó la FORTALEZA CUADRADA, el

ALCÁZAR NUEVO y los torreones desmochados que hoy existen junto al

palacio episcopal. Lo que está fuera de duda es que estos varios

palacios de origen godo y hasta romano que conserva la tradición,

estaban situados en las márgenes del Guadalquivir, porque los baños del

alcázar se surtían con aguas del río por medio de una azuda, cuyos

restos llevan hoy el nombre de Albolafia. Junto al baño había una torre

donde se posó la famosa paloma blanca, según cuentan las crónicas de San

Eulogio.

[Illustration: Capilla mudéjar, Córdoba.]

EL ALCÁZAR NUEVO es hoy la Cárcel de Córdoba, donde estuvo el tribunal

de la Inquisición, en la que ejerció sus crueldades el Canónigo Luzero,

juzgó más de cien inocentes, y los hizo quemar en el sitio llamado

Marrubial. De este modo uno de los más históricos monumentos de los

tiempos árabes ha venido á ser el lugar más olvidado de la población,

sin que puedan hacerse conjeturas sobre la magnificencia que los autores

sarracenos nos han pintado: pues careciendo de datos, hemos de suponer

que, según Al-Makkari, el rey moro que vivía en la fortaleza de

Almodóvar descubrió el palacio romano, y que tal vez éste sirviera,

restaurado por los árabes, en cuyo caso esta obra puede figurársela todo

el que haya estudiado los detalles de la mezquita de Córdoba.

[Illustration: Renacimiento en Córdoba.]

LA ARRIZAFA: situada á espaldas de la torre de Malmuerta, hacia las

alamedas del Campo de la Victoria, donde se conservan todavía restos de

cuadrados torreones, cerca de los cuales Abd-el-Rhamán I plantó la

primera palma traída del Yemen, para recordar el suelo de su patria; en

este sitio se descubrieron lápidas con turbantes y un subterráneo que se

llamó _las catacumbas de San Diego_.

En el Hospital de Agudos hay una capilla, hoy de San Bartolomé, que se

llamaba la _mosala_ del rey Almanzor, y que ha sido tan modificada y

cambiada en su estructura primitiva, que si no fuera por sus

inscripciones árabes y sus zócalos de azulejos primitivos mezclados á

los del renacimiento, apenas podríamos descifrar su origen. Debe

visitarse y buscarse en ella los vestigios mudejares que conserva entre

las arcadas y molduras que han introducido en su débil construcción.

En muchos parajes hay trozos de murallas compuestos de grandes bloques

de argamasa, fabricados unos sobre otros á manera de grandes sillares en

hiladas con trabazón. Hay en la calle de Osio una torre de piedras

cuadrangulares en forma romana, con almenas añadidas é impostas que

graciosamente separan los cuerpos de la construcción.

En la calle de Abades se ha visto hasta ahora una importante

construcción morisca, con esbeltos y magníficos arcos ojivales cerrados,

con trozos decorativos muy sencillos, que acusan la existencia de

alcázares y mezquitas convertidas en conventos ó casas de señorío.

Pertenecen al renacimiento que se ve en la puerta de Jerónimo Páez, poco

delicado, pero de grandes rasgos escultóricos, que nada debe al mudéjar,

y de ese gótico mezquino con reminiscencias árabes, bajo y de hojas

bizantinas, que se ve en la puerta de la iglesia de San Miguel y en

otros parajes. Las torres redondas, cuadradas y octógonas que hay

todavía en Córdoba, y que en mayor número se veían en minaretes y

fortificaciones, prueban el afán de realizar las obras que habían visto

los árabes que vinieron mezclados á las legiones bereberes, cuando

cruzaron el Egipto y la moderna Cartago para realizar en nuestro suelo

las formas de aquellas construcciones gigantescas.

Una cosa se observa solamente: que menos atrevidos en la magnitud ó

grandeza, parece como que acortaron las medidas y la materia para

reducir el ciclopeo tamaño de las obras levantadas por las antiguas

generaciones.

En el Jardín del Alcázar, como es llamada una huerta á la orilla del

gran río, se hallan más ejemplares de las formas citadas, prescindiendo

en ellas de las colosales restauraciones cristianas.

Las torres de la Cárcel se encuentran en el mismo caso. Son en verdad

testimonios de aquel genio que copió más que inventó, pero son al mismo

tiempo atalayas de triste y abrumador aspecto.

En el Museo Arqueológico y en el Instituto de Córdoba, hay multitud de

objetos árabes y mozárabes que atestiguan algo en favor de la cultura de

aquellas edades: una cierva de bronce, fundición cordobesa, quizá de

Medina Azahra; un brocal de piedra de bellísimos ornatos, época de los

Kalifas, artesonados, aliceres, inscripciones y otra multitud de

vestigios romanos no menos importantes. Pudiera ser este museo uno de

los más ricos del mundo.

[Illustration: Gótico mudéjar.]

EDIFICIOS MOZÁRABES

La suerte de los cristianos entre los moros nunca fué tan cruel como la

de los moros entre los cristianos. Está probado hasta la evidencia, que

si bien no pudieron estos últimos hacer ostentación de su culto ante el

esplendente boato de la civilización agarena, no es menos cierto que en

la parte baja de la ciudad y en el barrio de la Ajarquia, vivieron los

cristianos tranquilamente profesando su religión á semejanza de los

judíos, aunque naturalmente vejada por impuestos ó subsidios mal

repartidos y tiránicos. Muchos autores cristianos dicen que los

ministros de los Kalifas imponían tributos arbitrarios, suspendían á los

jueces que esta población mozárabe conservaba de su propia raza, y que

más de una vez, en tiempos de guerras, fué maltratada esta población por

considerársela sospechosa y adicta á los enemigos. Esto, que puede ser

verdad, está compensado por ese espíritu de tolerancia que distinguía á

los árabes de la Edad Media, permitiendo á los cristianos el libre

ejercicio de sus leyes y de su religión.

La historia del pueblo mozárabe no está exenta de graves faltas. Había

escisiones entre las diferentes iglesias, ambiciones entre los obispos,

motines promovidos por los falsos mártires que todos los días se

presentaban, el clero en relaciones con la corte musulmana para con su

favor sostener cierta supremacía jurisdiccional de parroquia, y usurpar

la de sus cofrades. No faltaron cristianos que impulsaron á los emires

á que publicaran decretos para que los judíos y cristianos se hicieran

moros.

La arquitectura de los edificios cristianos en tiempo de los árabes era

la misma que la de las mezquitas, pero de construcción pobre, con muy

pocos ornatos, como contruídos con el producto de las limosnas de una

población cada día más miserable. Algunas de ellas conservaron el origen

gótico sobre los restos de algunas construcciones romanas; no podemos

fijar aquí transición, por haberse destruído la mayor parte de los

templos.

Según los autores árabes, cuando entraron los moros en Córdoba había

gran número de basílicas, que los sarracenos convirtieron á su culto. La

de San Jorge es hoy el monasterio de Santa Clara: desde ella se

defendieron los cristianos por espacio de tres meses contra los árabes,

á poco tiempo de la batalla del Guadalete; Santa María, San Andrés, la

Magdalena, San Lorenzo y Santa Marina, parece que fueron de estas

iglesias mozárabes, aunque conserven muy raras señales del largo período

de dominación.

San Pedro sirvió de catedral después que los cristianos vendieron á los

árabes la basílica, con cuyos fundamentos se principió la gran mezquita

de Córdoba.

Existían antiguamente las iglesias mozárabes de San Zoilo, San Cipriano,

San Ginés, San Acisclo, Santa Olalla y otras que durante la ocupación

sarracena se han perdido; y sabido es que cuando San Fernando conquistó

la ciudad, hacía más de cien años que los cristianos se habían ausentado

de ella.

Las basílicas, pues, ya casi abandonadas, no debieron ser muy

importantes; pero se observa por las deducciones que nos ofrecen algunos

cimientos antiguos, que estaban construídas de tres naves, separadas por

hileras de columnas, y terminadas en semicírculo. Sospechamos que la de

San Fénix de Córdoba, embellecida por el Obispo Agapio II en 618, tenía

los paramentos interiores con hermosas pinturas, como las de un

baptisterio elogiado por Paulo, diácono en la misma época.

Se fundaban iglesias y monasterios en el siglo IX, y en medio del

inmenso poderío de la corte musulmana, los obispos administraban las

rentas eclesiásticas, que cuidaba un _ecónomo_ jefe parroquial de la

circunscripción mozárabe. Pagaban éstos el diezmo. A las ordenes del

cura _ecónomo_ había un número de clérigos vestidos y alimentados por

aquél, el cual ejercía sobre ellos tal autoridad, que hasta podía

azotarlos si no cumplían con sus obligaciones; al lado de las sencillas

iglesias mozárabes había alojamientos para niños, esclavos y peregrinos,

y todo el clero que servía la parroquia vivía alrededor del templo.

Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba ó sea La Alhambra, el Alcázar y la Gran Mezquita de Occidente · 第 4 / 25 段