Córdoba, la cual revela á primera vista la fatalista inspiración que le
dió existencia. Su planta es casi la reproducción de los templos hebreos
que copiaron los ismaelitas. Interminables galerías paralelas
comunicadas por arcos superpuestos y cubiertas de oscuros artesonados,
donde brillaban algunas estrellas por el reflejo del luciente pavimento,
que recibía la luz y claridad de sus repetidas puertas; un bosque de
columnas, que á duras penas parece que sostienen los robustos pilares y
múltiples bóvedas, cuyo pavoroso conjunto exalta la mente del
mahometano, y entristece hoy las ceremonias solemnes de la religión
cristiana: es el arte antiguo que goza del espíritu de las Catacumbas;
pero que se forma en el desierto donde perdía en esbeltez lo que ganaba
en su base ó extensión, y que debía albergar á la numerosa caravana que
esperaba refrescarse en sus fuentes artificiales, y estanques labrados
en los patios sombreados con palmeras, naranjos y limoneros. No
recordemos el arte cristiano en San Pedro de Roma ni en Estrasburgo,
etc., para hacer insensatas comparaciones, porque en este caso la
_djama_ hablaría la elocuencia de la perfección simbólica. Estudiemos
los primeros pasos de un arte que se anuncia en nuestro país por tales
concepciones, y que inspira horas de recogimiento á los más escépticos ó
descreídos: ataviemos la gran mezquita con los ornamentos de brillantes
colores y oro; hagamos arder sus 113 lámparas con 20.000 luces;
llenémosla de creyentes vestidos de los más pintorescos trajes, que con
profundo orden murmuran su rezo melancólico y repetido; y llenad todavía
las naves de los patios de una multitud silenciosa; veremos si esa
hermosa mezquita del siglo VIII tendría muchas rivales, y si aun hoy no
nos trasporta su vista á los grandes acontecimientos de nuestra antigua
civilización muslímica.
En Córdoba tenemos frente á frente las obras de dos grandes pueblos,
árabe y romano; es fácil comparar. Aunque para distinto objeto, el
puente, sus torres, las murallas, ¿son acaso más imponentes que las
líneas derechas y flanqueadas de cubos coronados de almenas, las
puertas, los reductos, el _mihrab_, y las obras todas que quedan del
arte árabe? ¿No están los despojos romanos sirviendo en la mezquita para
sostener los almizates y artesonados? Los pilares, mitad románicos y
latinos, con sus capiteles contrahechos y su decadencia manifiesta, ¿no
están denunciando otra civilización inferior á la muslímica? Mejor
labrados se hallan los capiteles imitaciones greco-romanas, hechos con
el cincel de los árabes. Quizá éstos cuando hicieron la mezquita les
habrían dado tanta corpulencia como á los del Cairo Damasco y Kufa, si
no se hubieran propuesto aprovechar las columnas románicas; pero la
influencia de estos materiales se hace sentir demasiado en la
construcción para que la pasemos desapercibida á la vista del más
antiguo de sus monumentos.
II
Cuando suspendemos nuestra mente contemplando esa magnífica obra que
despierta recuerdos desconsoladores, porque queremos vivir la vida de
todos los pueblos que nos han dejado tan elocuentes testimonios del
ingenio humano, vagan siempre alrededor recuerdos de iguales obras
levantadas en lejanos países, sin que el tiempo, ni la distancia, sean
un obstáculo insuperable al estudio de comparación que en estos momentos
nos preocupa. Cuando se visita la Alhambra, las ideas históricas
permanecen encerradas en un estrecho recinto, sobre el que se alzan
alcázares, donde las escenas del harém, de las pasiones, de las
crueldades y de las envidias se habían asociado para producir un poema
simpático á las almas sensibles y á los corazones apasionados; mas
cuando llegamos por primera vez á distinguir aquellos lienzos
interminables de murallas, que apenas se pueden limitar entre el
monótono aspecto de la campiña de Córdoba, y las inflexibles líneas
horizontales de las llanuras que atraviesa el Guadalquivir, la
imaginación no está sólo en España, sino que visita con pasmosa
seducción las más lejanas tierras donde hay mezquitas almenadas como
castillos, sepulcros cubiertos de alicatadas techumbres, y palacios
pintados de franjas rojas y azules en medio de poblaciones desiertas,
silenciosas, y entre casas á manera de tumbas.
Córdoba parece todavía una ciudad del Desierto; su aspecto nos recuerda
á Bagdad ó á Damasco; sus casas solitarias, bajas y silenciosas, parecen
los _menacires_ del Edén musulmán, y hasta sus edificios cristianos son
tristes como la soñolienta vida de sus fundadores. Parece un pueblo
arruinado por el quietismo musulmán; pero este mismo es el carácter de
las obras en la Siria, en el Yemen, cuyos ejemplares se reproducen entre
cientos de millones de creyentes y en la mitad del mundo.
En Enna, Siracusa, Taormina, tenemos también ejemplos. Invadida la
Sicilia al fin del siglo IX por los normandos, el espíritu de
destrucción acabó muy pronto con los escasos monumentos que allí se
guardaban; pero en contacto con el Oriente, los habitantes de la isla
participaban del genio que Belisario les infundiera, menospreciando lo
poco que dejaron las pasajeras dominaciones góticas. El arte, pues,
revestía completamente líneas armoniosas y sentidas, ornamentadas por la
profusa combinación de grifos y acantos tomada á las artes cartaginesas;
y después que el primer Conde de Sicilia, hijo de Tancredo, arrojó á
Griegos y Árabes y se aprovechó de los alcázares construídos por estos
últimos, alojándose especialmente en el palacio de Ziza, fué tal el
extremo de raras modificaciones, de mezclas extravagantes, de
caprichosas abstracciones y fantásticas ideas que produjo el copioso
arsenal de objetos artísticos que allí había, que bien pudiéramos
entrar en interminable discusión comparando tan interesantes
fragmentos, á los que casi con idéntico origen se nos presentan en
Córdoba y Toledo. En Sicilia los normandos restauraron y desfiguraron
aquellos edificios, y en España se dejó ver no pocas veces la impresión
de molduras góticas sobre paramentos arábigos, y el arte ojival
alterando las curvas originales de los arcos de herradura. Ambos
ejemplos, muy semejantes en su desarrollo, y que han alterado
profundamente el carácter de las construcciones orientales, han dado
lugar á que arqueólogos franceses y alemanes, á despecho de la verdad
histórica, no hayan concedido al palacio de Ziza, ni á las viejas
mezquitas del Cairo la originalidad de los arcos quebrados, cuya forma
se insinúa suficientemente en algunos pequeños ajimeces que á manera de
claraboyas se hallaban en Italia, y aún se ven indicadas entre las
reparaciones de los edificios cordobeses.
No tenemos la menor duda de que el primer período que levantó las
construcciones cuyos restos vemos en Toledo, Córdoba, Sevilla, etc., en
Palermo y en toda Sicilia bajo los emiratos de Hassam y Aboul Kasem, en
el estrecho palacio de la Cuba, en las mezquitas de Tulum, en Cefala y
en los alcázares sasanidas, es semejante en todas partes y lugares,
razonado y aplicado en la misma forma y estilo, con ligerísimas
variantes, demostrando que en el arte árabe español de los siglos VIII
al XII no se hallan modificaciones profundas, sino accidentales, y que
es necesario buscar el desarrollo y propia inspiración del arte árabe de
España en los últimos siglos de la dominación sarracena.
¿Qué es, pues, el exterior de la gran mezquita de Córdoba sino una mole
interrumpida por macizos cúbicos, ni más ni menos que como las murallas
y baluartes de todo el Oriente, coronados de cresterías tan simétricas
como prolongadas? Pues no otra cosa es el aspecto también de los
castillos considerados normandos y de fundación árabe, cuyas fachadas
están aparejadas de arcos simulados sobre ventanas caladas de diversas
medidas, labores entresacadas con ladrillos vidriados, y coronamientos
de anchos frisos con caracteres karmáticos. En todos, la antigüedad del
imperio griego con modificaciones arábigas, primer período de un arte
que arraiga en diversas regiones y se acomoda á todos los temperamentos;
que sufre oscilaciones, hasta ofrecer en un mismo edificio la bóveda
ojival, los arcos adovelados, los nichos cerrados por una concha, y
otros detalles, que no podemos citar aquí sin ejemplos prácticos. Esos
resaltos de piedras especulares, que se ven en los apilastrados y en las
planchas de algunas puertas, y que se asemejan á los casetones de los
monumentos judíos, revelan algo del original hebráico; un tanto de ese
prurito de cubrir de talcos y piedras rojas, azules y verdes que vemos
en aquellas épocas de lujo desatentado, en las que preferían el brillo
deslumbrador de los vidrios y cornerinas, al agradable y simpático
ornamento de flores, hojas y frutas que reviste el arte en las épocas
posteriores.
En la gran mezquita de Córdoba se halla la unidad bizantina, grandeza,
recuerdos del poderío islamítico de España, esplendor de los Kalifas y
profunda fe, supuesto que levantaron un templo para desafiar las
magnificencias paganas; pero habían de realizarse después tales
adelantos y tal florecimiento del arte, sin perder su grandeza, que la
gran mezquita de Occidente llegaría á olvidarse ante las grandezas de la
Alhambra. El progreso civilizador de cien waliatos independientes, el
trato caballesco con los pueblos enemigos, el cultivo de la poesía, la
traducción de las obras filosóficas alejandrinas, las púrpuras del
imperio desgarrado por esta raza invasora, no fueron bastantes á cambiar
el sentimiento artístico que debía producir el claustro, artesón y
minarete de las construcciones de los siglos XII al XV.
Son menos escultóricos los plastones de hojas picadas y las espirales
erizadas de puntas, que adornan las enjutas de los arcos en las puertas
exteriores de la Catedral de Córdoba, que los enlazados de cintas y
letras en forma de florones geométricos, producto caleidescópico que
siempre será simpático á la vista, y que desde los antiquísimos
_mosaicos_, es un adorno que admite el culteranismo del arte lo mismo
en el gótico, que en el latino y que en el renacimiento. Creemos que es
más bárbaro el ornato compuesto de objetos de la naturaleza cuando éstos
son amanerados, recortados y simétricos en su desarrollo, que el ornato
que francamente se separa del natural, huye del mágico encanto de las
hojas rizadas ó encorvadas á capricho, y se envuelve en el laberinto
ilimitado de las lineas geométricas, enriqueciéndose con el oro y los
colores, y afinándose hasta producir una confusión á través de la cual
la imaginación cree ver cuanto sueña, y se extasía agradablemente en un
deleite imponderable. Admitimos que carecen de sentido común los dibujos
de los encajes de las telas persas, y de tantos otros como se ven en los
pergaminos antiguos, á pesar de su encanto; pero, ¿tienen más sentido
natural, más verdad, los adornos de bichas, delfines, niños alados,
mónstruos, flores y aristas ó tallos que confusamente se prodigan? ¿No
hay en el adorno de cosas de la naturaleza, en piedra ó madera, tela ó
pintura, una impropiedad que se rechaza instintivamente, á que no nos
acostumbramos sino á fuerza de uso, y es la imitación servil de objetos
que nacieron, no para la simetría, sino para la armonía, y que son por
esta razón antiestéticos, impropios de la construcción ó combinación
matemática de los duros materiales de que se forman? En el edificio, el
ornato menos lógico, quizá el más extravagante, el que ni es flor ni
hoja, ni cuerpo imitado, ni línea, ni curva determinada, pero que tiene
de todas estas cosas, y que en resumen afecta contenerlas á todas ellas,
éste es siempre el más bello ó el más fastuoso. No puede, pues,
establecerse que el ornato, al perfeccionarse en el arte árabe y hacerse
más geométrico, perdió en ello importancia y belleza, y fuera por esto
mismo menos digno de atención que esos extraños floripones y tallos
exageradamente robustos del estilo bizantino, que decoran los antiguos
monumentos árabes de Europa y Asia.
En el conjunto de la Catedral es preciso ser fatalista como los
mahometanos para convenir en la piadosa impresión que puede producir
este templo. Un inmenso bosque de pilares rectos, dilatado en
simétricos andenes que se pierden reproduciéndose al infinito, siempre
bajo la misma forma, despierta en el alma del creyente la inflexible
voluntad que lo empuja en la vida, y el hado inexorable que le aguarda
en su paraíso. Y en el sueño tranquilo de una existencia impura y llena
de esperanzas, nada hay como ese tejido de curvas que se revuelven sobre
sí mismas, y aparecen ilusoriamente ondulando como reproducidas en las
aguas de un estanque que mueve el viento; nada como el interior de esa
mezquita para una conciencia musulmana. Pero esta majestuosa expresión
de un culto de recogimiento, que carece de la solemnidad cristiana y de
la grandeza pagana, no puede rebajar la significación de otro monumento
que se levantó más tarde en la Alhambra para el sensualismo y la
voluptuosidad, para la poesía y la gloria. En el primero, el esfuerzo
pujante de una religión que alimenta la fe y la creencia en el dominio
del universo, y en el segundo, el refinamiento inspirado por la
tolerancia que en los pueblos despiertan sus repetidos desastres y sus
civiles discordias.
Y mientras estos dos monumentos clásicos se engalanan del lujo que tuvo
su cuna en Asia y su perfección en España, hay en Sevilla un alcázar
mutilado y otros despojos interesantes, viva imagen y reflejo del arte
que manejaron los bereberes, aprendido entre nosotros, llevado cien
veces y vuelto á importar en decadencia, fiel intérprete de unos pueblos
más groseros é infatigables, que imitaban sin sentimiento ó destruían
por vanidad. Las obras árabes de la región sevillana son una
demostración de impotencia para perfeccionar el arte; por eso
constituyen un género de constante transición ó de inestable
permanencia. Lazo que no alcanzó jamás á unir los dos extremos
mencionados.
[Illustration: CÓRDOBA]
LA GRAN MEZQUITA DE CÓRDOBA
Se empezó á construir el año de 786 por disposición del Kalifa
Abd-el-Rhamán[11], el cual falleció un año después de haber empezado la
obra. Dícese que se edificó sobre las ruínas de un templo godo, el cual
á su vez había sido construído sobre las de otro consagrado á Jano. El
pensamiento de aquel monarca fué asentar la independencia de su pueblo,
tanto religiosa como política, principiando por evitar que los creyentes
hicieran la peregrinación á la Meca, y consiguiendo así que vinieran
desde las remotas tierras asiáticas en peregrinación á la suntuosa
_Djama_ del poderío occidental. El año 796 estaba ya terminada por el
sucesor de Abd-el-Rhamán. Debió costar, según los cálculos hechos por
los mismos árabes, unas trescientas mil doblas de oro. Fué la primera en
magnificencia, según ellos, pues otras se habían ya construído más
pobres en Zaragoza y Toledo, aunque en el principio de la obra no se
levantaron más que once naves, y la Capilla del Mihrab sin los
espaciosos patios que después se añadieron en tiempo de Abd-el-Rhamán
III, bajo la dirección del maestro Said-ben-Ayud, según consta de una
inscripción que se halla en ella. En tiempo de El-Haken II se ornamentó
la Quibla ó lugar de las oraciones con el mosaico de vidrio y talco;
las puertas principales fueron revestidas de la ornamentación exterior,
y el arte bizantino dió en sus filigranas cierta semejanza á las de los
ornatos griegos de hojas y flores, modificando los abigarrados adornos
semibárbaros que se ven en algunos pequeños tragaluces del exterior de
sus murallas[12].
[Illustration: Planta de la mezquita de Córdoba.]
Parece cierto que en tiempos posteriores se construyeron otras ocho
naves, como se observa bien al estudiar su planta, las cuales,
ensanchando el lado de Oriente, dejaron el Mihrab fuera del centro, y la
puerta principal cerca del eje del edificio. Entonces, según opiniones
discutibles, se hizo la Capilla de los Emires, cuyo decorado, uno de los
más modernos y elegantes, principia á cambiar de rumbo enriqueciendo y
afinando los tallos de sus trazerías, no tanto como en el alcázar de
Granada, donde son más delicadas y menos parecidas á las concepciones
del estilo bizantino, sino tomando el carácter peculiar del primer
desarrollo de la civilización árabe española. Sin duda esta Capilla es
lo más moderno del edificio; existe una inmensa distancia entre su
estilo y el del santuario, de modo que supone algunos siglos de
intervalo entre ambas decoraciones[13].
Cuando San Fernando entró en Córdoba, se bendijo por el obispo Mesa la
mezquita, y se levantó en ella un altar provisional, hasta el año 1521
en el que otro obispo D. Alonso Manrique, obtuvo fatalmente permiso del
emperador Carlos V, á pesar de las protestas de la población, para
levantar en el centro la capilla gótica y algún tanto mudéjar que hoy se
ve. Dícese que tres años después el mismo emperador se arrepintió de
haber otorgado aquel permiso, y eternamente se protestará del torpe
proyecto que hizo levantar esta capilla en medio de aquel fantástico
recinto, donde se siente la inspiración del arte musulmán, y se
recuerdan con respeto las profundísimas salutaciones que hacían en sus
naves dilatadas, los apasionados descendientes de Ismael. La obra de los
cristianos, por más rica y fastuosa que se presente, es siempre pálida.
El viajero se embriaga á la vista del bosque interminable de columnas y
arcos enlazados, que se desvanece como las formas ondulantes creadas por
una imaginación calenturienta. El más piadoso cristiano aparta de sus
ojos las imágenes más veneradas, y devora con la vista los ejemplares
rarísimos de aquel arte mahometano, que se perdió para siempre,
persuadido de que va á hallar todavía entre ellos las sombras de los
poderosos kalifas, que ayudaron con sus propias manos á edificar la obra
de su santo imperio.
La planta cuadrada de esta _Djama_ recuerda también las antiguas
construcciones hebráicas, que sirvieron de tipo á los primeros muslines
en su celebrada Kaaba. Tiene la clásica pureza de aquéllos, y nada de la
influencia romana de Itálica, Mérida ó Narbona, ni vestigios del
elemento visigodo que por otras partes principiaba á renacer.
En la restauración y ensanche que experimentó este edificio un siglo
después de su fundación, se conservó la planta primitiva, se tapiaron
entradas, y se introdujeron los esbeltos tímpanos sobre rectos linteles
que recordaban las artes greco-romanas. Llegaron hasta destruir el
primitivo alminar para reemplazarlo con otro más bello, y á colocar en
él campanas como las de las iglesias godas, para que los almuédanos
llamasen á los fieles á sus _azalas_, costumbre que no siguió mucho
tiempo por odio á los usos mozárabes.
La extensión que ocupa es de 642 pies de Norte á Sur y 462 de Oriente á
Occidente, cercada de un muro que remata en almenas, y flanqueado de
torres con paramentos lisos, que se abren solo á numerosas puertas
exteriores y á otras interiores que comunican con el gran patio agobiado
de gruesos pilares, y de un robusto alero de repisas, semejantes á los
usados en Oriente desde los tiempos egipcios. Repetidos arcos ofrecen
por todas partes ejemplos de las más antiguas ojivas de arranques
embebidos en sus macizos cuadrados, que se apoyan sobre columnas de
diversa decoración, los cuales ostentan la esbeltez de la curvatura, y
repitiéndose se cruzan en direcciones opuestas.
Innumerables columnas se enfilan en naves paralelas, cuyos fustes están
coronados de capiteles corintios de bárbara cinceladura, obras todas
trabajadas para otros templos; solamente un número de ellos son de mano
árabe, que intentó copiar aquéllos con más simetría y delicadeza. Las
columnas apiñadas á imitación de las mezquitas del Cairo, Damasco y
Cufa, se hallan si se quiere demasiado cerca unas de otras; sus cortas
dimensiones fueron superpuestas por diversos órdenes de arcos adovelados
para conseguir la altura de su destruído almizate.
[Illustration: Interior de la mezquita de Córdoba.]
Recientemente, desconchando algunas capillas y lienzos de muralla, se
han hallado adornos de estuco, los cuales son en general tan groseros y
bastos como los de los templos primitivos de la Arabia. Tienen el
carácter pérsico, primer paso de este arte, y se nota en ellos más
particularmente la diferencia de estilo, desde la _alquibla_ donde está
la cúpula agallonada de quince pies de diámetro, á la estancia llamada
de los Emires. En la primera el arte en su nacimiento, fajas y listas
tangentes á las dovelas del arco de herradura, inscripciones sin
ornamentos, minuciosos mosáicos de cristal y talco, y algunos detalles
del más rudimentario bizantino. En la de los Emires renace el gusto de
la imitación regularizando el ornato, distribuyéndolo con más gallardía
y delicadeza, principiando á separarse del natural para hacerse más
simbólico y abstracto, y adquiriendo la sencillez clásica del adorno
geométrico, que más tarde constituyó el florecimiento del arte en la
Alhambra.
Después de la primera época, en los tiempos de Abd-el-Rhamán II, de
Mohammad, de Abdallad y otros, la mezquita se embellece en pequeños
detalles y alicatados, que decoran los preciosos y elevados _Mimbars_,
objetos que influyen en la historia artística del templo. Hasta la
demolición del primer alminar, no hay obras de importancia decorativa; y
del segundo, construído por An-nasir, nada nos queda más que el recuerdo
de que su considerable altura no tenía rival en el mundo; que se
emplearon trece meses en construirlo, y que era de piedra y mortero con
dos escaleras, dispuestas de modo que los que subían por la una no veían
á los que bajaban por la otra. Se cuenta que tenía una balaustrada antes
de llegar á la cúpula, y que terminaba en dos bolas doradas y una
plateada de tres palmos y medio de diámetro, de donde brotaban dos
lirios sosteniendo una granada de oro. En el cuerpo de su elevación
había catorce ventanas de dos y tres arcos, y los planos se hallaban
adornados con trazerías de ladrillo rojo.
Por más fantástica que parezca toda esta obra á los autores
contemporáneos[14], está fuera de duda que los mosáicos, piedras
labradas y muchos capiteles se trajeron de Constantinopla y de África,
especialmente los esmaltados ó _sofeisafas_ que se ven en la capilla
principal: y en tiempo de Al-Haken se hizo una reforma decorativa, y se
aumentaron las naves, colocando columnas en el antiguo _Mihrab_,
forrando de bronce las puertas, laboreando con piedras de colores el
pavimento, y por fin, que el santuario se colocó de nuevo exactamente
hacia la Meca.
[Illustration: Decoraciones de las puertas.]
Los gruesos muros de esta mezquita conservan hoy fábrica de todos los
tiempos desde el siglo VIII, debido á sus muchas restauraciones.
Contrafuertes en figura de torres adosadas, como castillo fortificado
guarnecido de crestería correspondiente á diversos estilos, árabe,
gótico y mudéjar, cercan por el exterior la mezquita en una altura
aproximada de 9 metros 20 centímetros; y una especie de imposta cuadrada
sirve de cornisa á las sencillas paredes y de asiento á las dentadas
almenas. Sólo decoran estos fríos murallones las 21 puertas que citan
los autores árabes, no todas existentes, las cuales son una muestra
pertinente del arte más antiguo, manejado por inexperto cincel, aunque
hermanado con el bizantino más grosero.
Son dignísimas de estudio estas portadas, porque hallamos la primera
aplicación del nicho _ajimez_ y de ventanas caladas con agramiles, de
formas que sintetizan la aplicación primera ó génesis del arte con
arabescos sin lazo de unión, ladrillos rojos y materias blancas de
sencillos alicates puestos con simetría. Las enjutas, linteles y vanos
ostentan raras hojarascas pérsicas, no vistas tan puras en ningún otro
edificio musulmán.