ESTUDIO DESCRIPTIVO
DE LOS MONUMENTOS ÁRABES
DE GRANADA, SEVILLA Y CÓRDOBA
Ó SEA
LA ALHAMBRA, EL ALCÁZAR
Y LA GRAN MEZQUITA DE OCCIDENTE
POR
RAFAEL CONTRERAS
RESTAURADOR DE LA ALHAMBRA
ACADÉMICO É INDIVIDUO DE LA COMISIÓN DE MONUMENTOS
TERCERA EDICIÓN
CON GRABADOS Y PLANOS
MADRID
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE RICARDO FÉ
Calle de Cedaceros, núm. 11
1885
ESTA OBRA ES PROPIEDAD DE SU AUTOR
ADVERTENCIA
Después de habernos ocupado durante treinta y siete años de restaurar
los singulares arabescos de la Alhambra, de revelar inscripciones
perdidas, y de restablecer el monumento que se hallaba casi hundido, al
estado característico de su notable antigüedad, pensamos reasumir en un
pequeño libro el fruto de nuestras investigaciones y descubrimientos,
bajo forma más artística que la usada por los que nos precedieron en
descripciones de índole semejante.
Quisimos también acompañar á nuestro trabajo, las noticias históricas
que sirven para embellecer siempre las artísticas lucubraciones; pero
son tantas y en tan copioso número las que se han hallado, especialmente
de los autores árabes, que para no hacer este libro demasiado largo y
tal vez confuso, resolvimos publicarlas en tomo separado, y utilizar en
éste tan solo aquello que podía dar á conocer mejor los monumentos y sus
pequeñas ilustraciones; habiendo tenido el disgusto de ver algunas de
éstas reproducidas sin nuestro consentimiento, en otras obras que se han
impreso y publicado.
Puede ser que en algunos casos encuadernemos con esta edición apéndices
muy breves que traten de los monumentos cristianos y aun de otros más
antiguos, para que sirva á los viajeros de guía descriptiva; pero en
este caso, conviene advertir, que nuestro principal intento fué siempre
hacer la comparación de las obras árabes, relativas al más importante
período de la dominación agarena en esta parte de la Península y dejar
el estudio de las obras cristianas y paganas, quizá menos interesantes
entre nosotros, para ocasión más competente.
Concluiremos haciendo una indicación sobre la dificultad que ofrece
ocuparse de objetos con apelativos árabes, y fijar á estos nombres la
más adecuada trascripción al castellano; pues hemos hallado aun en
autores de nota, tales divergencias ortográficas, que se hacía imposible
en un mismo significado con distintas ó parecidas palabras, fijar el
valor de las letras arábigas, cambiado según la procedencia árabe,
mudejar, ó extranjera de la traducción, sin que la tradicional costumbre
de nuestros cronistas y poetas pudiera darnos una clave segura, que
ellos ciertamente no usaron en absoluto. Resultando de aquí que muchas
palabras han sido escritas en dos ó más formas, según la procedencia de
la cita, tiempo de su inserción ó idioma á que fueron traducidas, lo
cual podremos ir remediando en nuevos estudios y ediciones sucesivas.
DEL ARTE EN ESPAÑA
INTRODUCCIÓN
I
Dijo Buckle[1] que la más interesante crónica de todas las naciones
cultas, y la que no debe olvidarse jamas, es la del pueblo español. Con
efecto, grande y poderoso era éste cuando el resto del mundo se ardía en
guerras feudales y religiosas. Libre, y con instituciones
representativas durante el revuelto período de las ambiciones
dinásticas, en nuestra patria se han ensayado las leyes más justicieras
é igualitarias, se han llevado á cabo las más lejanas y venturosas
conquistas, y se han adelantado pasmosos descubrimientos, que no han
podido borrar desastres espantosos y fatales preocupaciones.
Conserva nuestro suelo las raíces secas y quebrantadas de los múltiples
trabajos de la humanidad en todos los tiempos y civilizaciones; y las
diversas razas que lo poblaron han impreso el sello de sus obras en las
cien generaciones que se han mezclado y comprimido durante treinta
siglos con caracteres tan distintos, que todavía existe en nuestras
provincias por un lado el espíritu aventurero y nómada de los primeros
colonizadores, por otro la altiva independencia de los ilustrados
mercaderes griegos y africanos, y en todas partes el dulce y tranquilo
genio de las artes. Por el centro de la Península, pastores y honderos
independientes ponían límite á las conquistas, y en el Norte la rudeza
indómita de los que habitaban los bosques celtíberos helada por la brisa
de sus angulosas montañas. Constantemente la fiereza, la pasión y el
heroísmo, mezclados á esa pasmosa debilidad que dió tan inmensa fuerza á
los agarenos para abatir las costumbres y leyes que había creado el palo
y el hierro de los procónsules y de los conquistadores bárbaros.
Así, pues, entre nosotros se han iniciado todas las civilizaciones hasta
el principio de su desarrollo, en el que parece que una atmósfera
asfixiante las ha secado y empobrecido, viniendo siempre en pos del
primer albor de la paz y de la dicha, el huracán de la destrucción y del
aniquilamiento. La tradición, presentada siempre en un torbellino de
pasiones y de sufrimientos, no ha sido respetada ni ha podido
trasmitirse como ancha base de las instituciones modernas, para labrar
nuestro porvenir, y hemos podido olvidar el carácter que imprimió la
historia de la Reconquista al plantear la regeneración moderna.
Hegel nos ha asegurado, á la vista de esas grandes trasformaciones que
experimentan los pueblos, que la inteligencia, el carácter, la pasión y
la cultura se han reflejado siempre en las obras que dejaron labradas
con sus manos ú ordenadas por su entendimiento. ¿A dónde ir, pues, para
estudiar la historia más que á los eternos ó casi imperecederos frutos
de las civilizaciones antiguas? El arte ideal que vino después del
clásico y del simbólico tan hermosamente representado en la Península,
nos ofrece ese constante genio que animó todas las empresas españolas,
aquí donde la religión ha sido venerada, la ley inexorable, el espíritu
intransigente, el culto irreflexivo, y donde se ha batallado durante
ocho siglos sin más tregua que la necesaria para vigilar con astucia el
costado vulnerable del enemigo. Nunca se ha roto el hilo de esta
tradición caballeresca que nos ha dado un calificativo propio en el
resto del mundo; y sin interrumpirlo es como acaso podríamos desarrollar
nuestra antigua grandeza, encadenando aquel constante modo de ser, con
los adelantos de las ciencias, con los intereses modernos y con ese
espíritu de los pueblos que pasaron, Iberos, Godos y Arabes, que flota
todavía en una atmósfera de huracanes y de convulsiones.
Y en esta tierra clásica del sentimiento, donde parece que todo ha
muerto, dejando el suelo sembrado de preciosas ruínas que los hombres no
se cuidaron de contemplar, se conserva todavía el odio de raza ó
espíritu vengador que destruye las respetables obras de la antigüedad, y
que á cada agitación derrumba y aniquila todo con el ardimiento y
barbarie de la desgracia y de la impotencia, sin cuidarse ni sentir el
destino social del arte en los tiempos venideros y en las realidades que
se presagian.
II
Conocidas son las obras de la civilización romana, y los vestigios que
ésta dejó en la Península ibérica. No es, por tanto, nuestro propósito
hacer aquí un estudio comparativo de esas magníficas obras, cuyos
detalles se pueden estudiar mejor en otras comarcas del mundo antiguo.
Su influencia entre nosotros nunca fué absoluta, y las grandes
construcciones que sintetizaban el período romano, más bien habían
degenerado en nuestro suelo por la influencia indígena, que crecido bajo
el amparo de una absoluta dominación. Difícil es demostrar el carácter
de nuestro pueblo en los primeros siglos del cristianismo, si no
asimilamos sus costumbres y sus leyes á las de los colonizadores; una
densa oscuridad lo hace impenetrable todavía á todo género de
investigaciones históricas.
Por más que miremos con sorpresa las artes romanas de la Península,
nunca inspirarían el afán de estudiarlas abstrayéndonos de la
universalidad de las obras que levantó aquel poderoso pueblo. Con ellas
desapareció el genio peculiar de los pueblos invadidos, y no podemos
hallar durante ocho siglos testimonios bien caracterizados de la raza
sometida. Fragmentos griegos de una degeneración marcadísima,
instrumentos de labranza y armas, que se diferencian poco de las que se
ven hoy de cobre y hierro en la costa oriental de África, inscripciones
interrumpidas ó piedras aisladas con signos de carácter céltico ó
hebráico, grandes vías legionarias; pero ningún dato que nos guíe desde
estos descubrimientos á los muchos pueblos y monumentos que existían
ignorados por la incuria ó indiferencia de los procónsules. No habrá
quien se atreva á sostener que merezca una apreciación seria lo poco que
conocemos de la civilización y de las bellas artes greco-romanas,
manejadas por los artistas españoles, y bajo la influencia de nuestra
antigua cultura en los tiempos llamados siempre heróicos. La decadencia
fué siempre constante, y más todavía cuando vino el influjo de aquellas
inmigraciones en los primeros siglos, que huyendo de Europa ante Suevos,
Vándalos y Alanos, invadían el territorio y se mezclaban casi totalmente
con los primitivos habitantes. El arte degeneró sensiblemente al caer en
poder de errantes hordas que se cubrían el cuerpo de tejidos groseros y
hacían sus habitaciones con las ramas de los árboles; y si bien poco á
poco tomaron de los Romanos el lujo y costumbres, fué para
empequeñecerlas y amenguarlas, notándose cuánto sus groseras obras
carecían de belleza y privaban al arte de esas esbeltas, sencillas y
clásicas formas, que con encanto poseen los monumentos labrados en Roma
y Grecia ó en las colonias y municipios de allende el Pirineo.
Aunque citáramos los acueductos, puentes, circos, termas, caminos,
urnas, miliarios, estatuas, vasos y joyas que se hallan en nuestro suelo
á cada paso, el arte en España no fué el romano, ni el griego; uno y
otro no se manifiestan más que como elementos de una civilización que
transita y deja huellas en el granito, en los metales y en el mármol;
otros tiempos y otras civilizaciones alcanzaron mayor éxito, sin llevar
el signo cruel de la decadencia, y ellos son los que merecen fijar la
razón de la historia y la filosofía del arte.
Cayó el imperio romano y quedaron sus leyes y costumbres sólo en las
populosas ciudades que embellecieron: lejos de éstas, y apartadas de
las vías imperiales, otras costumbres y hasta otros cultos se
alimentaban en silencio. Vinieron los visigodos y se establecieron en
sus palacios, en sus andrónitos y en sus peristilos, y la religión que
aceptaron sin profundas convicciones, sostenida por misioneros que
continuamente se contradecían, é impotente entonces como lazo social
inquebrantable, no destruyó completamente el ara de los sacrificios ni
las estatuas de los dioses paganos. Fraccionados los cristianos por
herejías profundísimas, fué imposible una vigorosa propaganda; y
relajado el estado moral antiguo, el arte no pudo hacer más que expresar
el influjo de tantas opiniones contradictorias como agitaban á la
cristiandad en los primeros siglos de trasformaciones y esperanzas.
Si Clodoveo, único monarca que en el siglo V profesaba de lleno las
creencias católicas, no hubiera sostenido contra los pueblos visigodos
la primera guerra religiosa que contempló la España, tal vez habría sido
más difícil á los mahometanos llevar á cabo su pasmosa conquista; pero
ocupado desde aquella lucha en el establecimiento del catolicismo, como
religión nueva, el pueblo gótico que venía sufriendo intolerables
persecuciones á través de siglo y medio de dominación, no opuso el valor
heróico de convicciones arraigadas, y sucumbió, quizá de buen grado, por
acogerse á la tolerancia de los nuevos señores. De tal época de duda y
desconcierto los monumentos de arte son raros y sin importancia, no
expresan más que la transición tumultuosa, y carecen por aquel efecto de
verdadero carácter nacional y de perfección greco-romana.
La arquitectura latina creció con una mezcla bizarra de fragmentos
antiguos, que no porque fueran abundantes, la dotaban de belleza y la
elevaban entre nosotros al esplendor que alcanzó en las Galias y en
Italia. Hileras de columnas desiguales, colocadas las unas sobre las
otras, no coronando las cornisas á los edificios sino ribeteándolos, los
arcos sin archivoltas, los intercolumnios sin arquitraves, y una
multitud de chocarrerías bárbaras ornaban las estrechas basílicas de
aquel tiempo.
No es, por tanto, ese período de transición para nuestro país el que nos
pudiera dejar un arte, á él que, desarrollado á más ó menos altura, le
hubiéramos otorgado carta de naturaleza. La época goda con sus rotondas,
sus baptisterios, sus cruceros, enclaustrados y criptas, no hizo nada en
nuestro suelo que pudiéramos asimilarnos como arte nacional. Es preciso
para esto venir al siglo VIII, cuando desaparece la sociedad cristiana y
huyen nuestros soldados ante el brillo de las cimitarras, porque la
patria gobernada teocráticamente no tiene valor cívico que oponer á los
invasores. No era el tiempo, y así lo comprenderían aquellos santos
varones de salir seguidos del coro, y precedidos de los ciriales y
mangas á las puertas de las poblaciones, para pedir á los nuevos Hunos
que se retiraran á sus bosques ó á las ardientes arenas de la Libia.
Estos invasores tenian la conciencia de una predestinación infalible, y
no podían temer otra emboscada tan sangrienta como la sufrida por
aquéllos en las Galias.
De la tribu de Koreisch había de caer sobre Europa tan formidable
enemigo, que á su presencia huirían las tradiciones no extinguidas del
paganismo, y los pueblos cristianos se estrecharían espantados para
cerrarles el paso. Los poderosos descendientes del Profeta estaban
llamados á abrir en nuestro suelo un surco que no pudieran borrar los
trabajos de cien generaciones. Desde muy antiguo componían el pueblo
árabe corsarios del desierto, que en caravanas hacían el riquísimo
comercio desde los puertos donde descargaban los bajeles de la India á
las ciudades interiores de la Siria, Persia y Judea. Estos pueblos
conocían perfectamente las costas y territorios del África
septentrional, eran los comerciantes que llenaban los mercados romanos
de las riquezas de Oriente, los que habían venido en todos los tiempos á
Cartago y á las Baleares, no se extrañaban de la civilización
occidental, y podían llegar hasta los Pirineos, conocedores por relatos
de toda la extensión de la Península: sabían que se explotaba en España
la plata, el azogue, el plomo y cobre en abundancia, y que competían sus
criaderos con las minas de Sofala. Antes de la invasión, comerciaban en
nuestras costas, nos traían porcelanas de la China y gomas de Malabar, y
llegó después á tal punto su sed invasora y comercial, que hasta
visitaron las Maldivas y las Molucas, y más tarde se pusieron los
primeros en camino, con los Portugueses, para hacer inmensos
descubrimientos que cambiaron la faz y las esperanzas de Europa. No ha
habido en el mundo raza que extendiera sus correrías en más dilatados
espacios, ni religión, que como la de Mahoma, hiciera más prosélitos en
menos tiempo. Ellos se aposentaron tranquilamente en las tres partes del
mundo entonces conocido. «¡Esclavos ó islamitas!» gritaban á los pueblos
cuando llegaban á sus puertas. El antropomorfismo, la idolatría, el
culto de los astros, el budhismo, el cristianismo, en fin, hubieran
sucumbido si no se levanta el centro de la Europa para contener sus
conquistas, que parecían interminables. Quizá el peligro común salvó
entonces á la cristiandad de una total ruína, y echó luego los cimientos
de esa unidad religiosa que parece indestructible en nuestra patria.
Conviene á nuestro propósito, para fijar bien el carácter de los
invasores, el demostrar cuánto la lengua de los árabes influyó en el
resultado de estas prodigiosas conquistas. El idioma del Korán era
considerado el más puro de la Arabia, y se hizo patrimonio del universo
civilizado. Dice á este propósito Herder: «que si los Germanos,
vencedores de la Europa, hubiesen poseído un monumento tan clásico ó
menos que el Korán, jamás hubiera podido el latín dominar su lengua.»
Con efecto, sólo la fe religiosa de los _Tabi_, ciegos conservadores de
los preceptos de su maestro, libres de toda corrupción del lenguaje,
bastó para conservar una lengua que durante toda la Edad Media había de
ser depositaria de las ciencias antiguas. Está fuera de duda por cuantos
historiadores se han ocupado de nuestro país, que el período más
brillante é ilustrado para la literatura y la filosofía fué el del
Califato, y aun después, el más culto de los reinos que se formaron por
toda la extensión de la Península; su población más numerosa que la
actual y aun que la romana, sus edificios más espaciosos y ricos, sus
Universidades más concurridas, y sus Academias funcionando ocho siglos
antes que se fundaran las que hoy existen. Sin las exageraciones del
fanatismo, los españoles se habrían aprovechado más de aquella
civilización, y hoy daríamos al mundo un espectáculo bien distinto del
que ofrecemos. En los pueblos donde la impiedad no podía destruirse,
resto del furor arriano de los Visigodos, el Árabe enseñó la idea
absoluta de un Dios, Creador, Regulador, Soberano árbitro de todas las
cosas; y como emanaciones de inextinguible bondad, enseñó á las escuelas
cristianas que se habían viciado por los errores de la herejía
constantemente insubordinadora, la práctica diaria de la caridad, de la
limpieza, de la temperancia, de la obediencia y de la oración; destruyó
la pasión al juego, á la idolatría y á la usura, porque, no hay que
dudarlo, los cristianos de aquel tiempo no oponían á los Árabes
costumbres honestas, ni amor al trabajo, ni limpieza, sino las impurezas
de las costumbres romanas que sustentaba todavía la alta sociedad, y la
grosería de las clases pobres, que se había sostenido con la ignorancia
ó la servidumbre. La raza que había obrado aquel prodigio en las
márgenes del Guadalete poseía una tranquilidad de alma inquebrantable,
un convencimiento absoluto de la unidad y santidad de su doctrina: no
podían oponer lo mismo las razas vencidas ó arrolladas. Sin la
tolerancia de la poligamia y la prohibición de discutir las cosas
sagradas del Korán, no sabemos si la humanidad hubiera titubeado en
aceptar leyes y usos que podían imprimir tan poderosa acción á millones
de criaturas. Todavía, después de mil años, la lengua de los Árabes,
dulce, sonora y flexible, sirve de alianza entre Oriente y Occidente;
todavía, ante la humanitaria religión del Crucificado, se sostiene única
y ostensiblemente cuna de muchas tradiciones. El harém, que horrorizaba
á las familias cristianas y llenaba de amargura á aquellas infelices
esclavas arrancadas de los pueblos conquistados, fué, al par que una
feliz tradición antigua para contener á los creyentes, un valladar
intraspasable para el proselitismo. ¡Cuánto carácter imprimió á sus
alcázares y á todos sus monumentos esta sola condición de la vida
social de los Mahometanos! Cuando vemos alzarse los esbeltos minaretes,
las doradas cúpulas, los rojos ó pintados baluartes, y sentimos la
inspiración de ese pueblo fanático y noble, deploramos la abyección en
que ha caído y los futuros desastres que todavía amenazan á unas gentes
que de tal modo fueron intérpretes de las más sabias escuelas de la
Grecia.
¿Seremos todavía incapaces de reconocer con gratitud lo que la antigua
civilización española debió á esos huéspedes, que sembraron su sangre y
sus preocupaciones orientales en nuestro suelo?... El Español, tal cual
es, ese tipo que se distingue hasta cierto límite de la familia europea,
y con especialidad de las razas del Norte, representa hoy en decadencia
aquella cultura; y ni las crueles persecuciones religiosas, ni la férrea
unidad monárquica, ni las emigraciones, han podido destemplar el alma
que se inflamó con el arte, la literatura y la poesía agarena.
No fueron los Kalifas los que por su protección hicieron del árabe el
pueblo más poeta del universo: aún no había nacido Mahoma, y ya cantaba
sus peregrinaciones, las luchas de Okhad, su vida errante y sus
querellas amorosas. Sería interminable la lista de sus poetas y
escritores. Todos recitaban versos tan sencillos como originales,
notándose en ellos una cosa muy significativa: que, aun cuando
conocieron la epopeya, el idilio, la oda de los Griegos, jamás
aprendieron ni imitaron inspiración ni sentimiento alguno, sino que
continuaron no menos entusiastas de su poesía y de sus canciones
heróicas. El _Cuento_, género recitado que en pleno siglo XIX es aún el
mejor deleite de la sociedad; que en Andalucía ha llegado á ser una
parte de la conversación, y el atavío y gracejo de cuanto se habla, el
que entretiene bajo sus tiendas á los moros de Fez, ese constituye
todavía el solaz más dulce y agradable de las escenas españolas; y tan
antigua es esta literatura de la raza pura árabe, que el Profeta, cuando
principió á divulgar el Korán, temió que los cuentos de los mercaderes
persas, entonces en boga en todo el Yemen y en los caminos de las
caravanas, hiciesen olvidar al pueblo la lectura del Libro Santo.
Como la idea pura de la unidad de Dios es la base incontrastable de la
religión mahometana, toda la filosofía estaba basada en contemplaciones,
himnos, rezos y alabanzas. Simultáneamente se levantaba el ancho
pedestal de la doctrina aristotélica. Sectas ilustradas examinaron el
célebre _Organum_ que trasmitieron los filósofos alejandrinos, y
Alfaraví, Ibn Taphail, Algazel, Avicennes, fueron más notables filósofos
que los discípulos de Abelardo, que Amaury, David y Maimonides. Además,
que por ilustres que fueran las escuelas filosóficas establecidas en la
Edad Media, los que impulsaron el movimiento, á pesar de los estudios
teológicos, fueron esos sabios que desde Granada, Córdoba y Sevilla
derramaban nuevas ideas sobre la moral, la política, el alma, la física,
la razón. ¡Imposible parece que del suelo de Andalucía había de partir
la luz que se reflejara sobre los _Kathares_, y que con tales maestros
no quedara en nuestro país el menor vestigio de aquella filosofía
racionalista!...
Avicebron, que vivió bajo el poder de los Abassidas, combatió la
intolerancia de los Almohades, escribiendo contra los atributos de Dios
y su semejanza con la criatura. Trabajos que en el suelo español no
volvieron á repetirse, esterilizándose por el influjo bien explotado de
la intolerancia mahometana.
Las leyes de la metafísica conocidas por los modernos, fueron trazadas
ya por Mahoma y los pensadores Griegos; mientras los cristianos
traspirenaicos de la Edad Media realizaron la unión constante de la
escolástica y el misticismo, con lo cual había de brotar el
Renacimiento, preludiando la aparición de los grandes filósofos que han
hecho florecer la inteligencia y los intereses materiales de Inglaterra,
Francia y Alemania.
Pero lo que sobre toda esa suma de ciencia imprime á la civilización
árabe española un formidable poder y constante progreso, envidiado por
todos los pueblos de Europa, son las ciencias de la naturaleza, las
matemáticas y la química. Bajo el reinado de Al-Mamunn midieron un grado
del meridiano en el país y llanura de Saryar, y construyeron para la
astronomía cuantos instrumentos necesitaban, tablas celestes y
planisferios, cartas geográficas y estadísticas, mucho tiempo antes que
los cristianos se ocuparan de estos trabajos. La cronología, la
navegación, la arquitectura náutica, están dotadas de tantos nombres
árabes, que nadie borrará este sello indeleble de su influencia en los
siglos venideros. Las tablas construídas en Samarcanda determinando
épocas, fijando revoluciones celestes, y abreviando los cálculos, son
otras tantas obras de su genio; y si bien en la anatomía, por una
prohibición expresa, no pudieron adelantar mucho, la medicina les debe
casi todo el conocimiento de las plantas, y la virtud de muchos agentes
minerales que la química les había revelado. Es, pues, muy lógico que el
arte, en la acepción que entre ellos tuvo esta palabra, se desarrollara
á expensas de tales conocimientos exactos, y á tal punto, que las
trazerías de almocarves no han sido hechas antes ni después con la
perfección, exactitud y espontaneidad que se ve en los almizates y
comarraxias de los edificios arábigos. En nuestros días estas
combinaciones de líneas, que dejan descubiertos polígonos y otras
figuras convergentes á centros comunes y simétricos, detienen la mano de
los mejores dibujantes, y sin un estudio hecho á conciencia no es
posible aplicarlas.
III
Se ha preguntado muchas veces qué habría sucedido en el mundo, si los
Vándalos y los Alanos no hubieran sido arrojados de la Península, y dado
origen al más grande reino de piratas conocido. Seguramente los Árabes
no habrían llegado á nuestro territorio si Genserico hubiese establecido
un reino entre la Libia y la Mauritania, ó si este León de Numidia,
después de saquear á Roma, hubiese llevado sus despojos á África, y
vuelto á invadir la España. La cúpula de oro del Vaticano que arrebató,
habría servido para levantar de nuevo en nuestra patria un gran templo
al paganismo. Jamás un imperio pudo hacerse más grande y perecer en ocho
generaciones de reyes, la mitad asesinados.
Antes de Mahoma, se ha dicho, los Árabes apenas tenían arte que
representara sus adelantos, y esta peregrina idea se ha venido
sosteniendo por los que á toda costa querían probar el indomable
barbarismo de aquellas tribus errantes. Sabido es que los desiertos que
se hallan entre el Mar Rojo y el Eufrates, á juzgar por el relato del
Profeta, eran como son hoy llanuras ligeramente interrumpidas por valles
muy poco cultivados, y esto mismo acredita que la Arabia en aquel tiempo
no se parecía á esos desabrigados mares de arena que hay en el
continente africano, sino que el país sufría el abandono propio de la
raza viajera que lo poblaba, la cual apenas se ocupaba de sembrar los
campos ni aprovechar los escasos manantiales de sus montañas. Pero,
¿cómo no habían de tener arte, á lo menos simbólico, unos pueblos que
visitaban la India, entonces más floreciente que ahora, los antiguos
imperios, Babilonia, el Egipto, la Judea, y que frecuentaron todas las
colonias griegas y romanas? Su país era la escala del Oriente; en él
refrescaban los comerciantes sus alimentos, y se proveían para continuar
las expediciones; en él dejaban sus mujeres y sus hijos; ¿cómo, pues, en
ese suelo no se levantaron los edificios propios de su vida y de sus
creencias? Los que sostienen el estado bárbaro de la raza árabe antes de
Mahoma, preguntan: ¿dónde están los monumentos ó sus ruínas? No existen
hoy después de las sangrientas vicisitudes por que ha pasado aquel país;
pero no es menos cierto que se hallan vestigios romanos, griegos y
persas, y que el Egipto reflejó allí su civilización primitiva; pues si
aquel inmenso _caravanserallo_ hospedó los mensajeros del antiguo mundo,
si en su suelo descansaban tropas numerosas de negociantes y de
soldados, ¿cómo no creer ciegamente que el arte pagano en su primera
manifestación, el que concedió tal grandeza á los antiguos Medos y
Asirios, y luego vino á modificarse en la culta Grecia, no fuera el
origen de la civilización que tuvieron los primitivos Árabes? La Kaaba
había sido ya construída en tiempo de Mahoma, los Hebreos habían hecho
sus templos muchos siglos antes y eran sus vecinos; el cristianismo se
apoderaba de los monumentos romanos, y el estilo bizantino dominaba en
toda esa región oriental. Cuando se trató de reconstruir la Kaaba, los
arquitectos que lo verificaron eran el uno griego y el otro copto, y por
demás se sabe que en aquellos tiempos los artistas no eran tan
cosmopolitas como en los presentes. El gusto persa, que se extendió á la
Siria y al Ásia Menor, sólo sirvió para abrigar en el fondo de sus
mejores obras el culto de la nueva religión. Mezquitas levantadas en la
primera época tienen todas las formas de la arquitectura griega y
egipcia, y recientes trabajos hechos en la alta India y en los pequeños
estados confines con la Persia, han principiado á darnos una luz muy
remota sobre algunas formas del arte, revelando los primeros albores de
las múltiples bóvedas de la Alhambra, y el arco excéntrico y apuntado,
que parece se inició en las construcciones de aquellos tiempos, 1.000
años antes de la fundación del Islamismo.
Ebn-Jhaldoun dijo, que artistas y hasta trabajadores en piedra y madera
se pidieron á Constantinopla para construir mezquitas. El Kalifa Walid,
Abd-el-Malek, para levantar una mezquita en Medina, otra en Jerusalén y
otra en Damasco, pidió al emperador Justiniano 200 obreros y albañiles;
y una de las condiciones de paz entre el Kalifa y el mismo Emperador,
fué que éste le entregaría azulejos, pavimentos de esmalte y tejas en
cierta cantidad, para la decoración de la gran mezquita de Damasco. Lo
que se ve claramente es, con cuántos retazos de antiguas obras, y con
qué diverso espíritu, se levantaban los primeros monumentos, y por qué
existe tan profunda diferencia entre los que se edificaron en los
primeros años de la egira, los que se hicieron en el Kairo mucho tiempo
después, y los que se alzaron en España en distintas épocas.
Bajo las dinastías de los Arsacidas y Sassanidas, obró prodigios el arte
persa que contemplaron los Árabes, y en la ciudad de Madain, conquistada
por ellos, hallaron tal arsenal de ornamentos, que fueron deslumbrados
por ellos; y tal abundancia y prolijidad de detalles, que dicen había
edificios bordados como encajes, y cúpulas que se elevaban hasta las
nubes en múltiples combinaciones. No se demuestran bien las formas de
los arcos apuntados, pero aquellas relaciones fantásticas nos indican
que unas líneas no conocidas los debieron sorprender, en particular las
de los patios, que tenían grandes y dilatadas galerías de arcos, bajo
las cuales cabían ejércitos enteros, cobijados por menudos cupulines.
Tak-Kesra presenta una construcción de arcos ojivales[2] que, si no tan
aperaltados como los de las catedrales góticas, tienen la curva
primordial de su antiguo origen. Tak-Kesra se sabe que era el palacio de
Cosroes en las ruínas de Ctesiphón, y como los de Firuzabab, se
construyó en los primeros siglos del cristianismo. La forma ovóide de
estos arcos se insinuaba ya lo bastante para que naciera de ella el arco
roto, apuntado y de herradura, y puede conjeturarse su procedencia
cuando comienza á verse con signos característicos en las mezquitas de
Egipto y Túnez. Un número notable de edificios mahometanos de la primera
época se ve también coronado de almenas á manera de dientes, de las
cuales no se hallan vestigios por otra parte; pero que si nos remontamos
al tiempo de Sapor[3] y á las construcciones bramínicas, se hallará el
origen de esas cresterías que aprovechó el gótico con tanto lujo.
Siguiendo las diversas fases que presenta el arte árabe, para deducir el
origen y formación de sus modificaciones antes que se manifestara en
España con la riqueza que descuella en los siglos XIII y siguientes,
hallamos que los más antiguos edificios están construídos con materiales
arrancados de los palacios y templos que dejó el arte persa, griego y
latino, sin olvidarse de las famosas construcciones cartaginesas que
respetaron los Vándalos; como las columnas de Córdoba, las del alcázar y
mezquita de Fez, y los capiteles degenerados de Corintio con hojas y
volutas, pero dando un alto relieve á las más finas venas de sus
acantos; los ladrillos rojos y blancos tapizando las fachadas y cortando
las dovelas de los arcos, y la multitud de bóvedas y cúpulas cuya
magnitud y esbeltez va disminuyendo á medida que nos acercamos á
Marruecos y pasamos á España, en donde se construyeron muy pocas.
Aunque autores tan ilustrados como Batissier[4] sostienen que los Árabes
ligaban los adornos con hojas y flores, lo mismo en los últimos tiempos
que en los primeros, no hemos hallado en las obras posteriores al siglo
XII ese género de mescolanza en las rigorosas y clásicas trazerías;
antes bien, siempre hemos visto, que el purismo tan decantado de esa
ornamentación estriba exclusivamente en las combinaciones geométricas á
que se presta la línea. En los tapices persas, indianos y bizantinos, sí
hemos visto el abigarramiento que produce la hoja, la flor, el grutezco
enlazándose á las trazerías, por más que éstas se vean matizadas de los
más brillantes colores.
De los mosáicos, azulejos ó piezas de barro esmaltadas con que cubrían
los basamentos y anditos, vemos claramente la procedencia simultánea en
todo el Oriente, trasmitida de los antiguos Persas, Medos, Asirios é
Indianos, como lo demuestran los hermosos fragmentos hallados por
Flandin bajo las ruínas de Nínive. Las inscripciones, por último, fueron
los ornatos más usados antes y después del siglo IX; con ellas dieron
una extraña originalidad á sus obras de toda clase, y las hemos visto
grabadas en los trajes, en los muebles, en las arracadas ó joyas, además
de esas fantásticas leyendas escritas en las cabeceras de las
sepulturas, de las que hay muchos ejemplos en España y África.
Un género de ornamentación peculiar á los monumentos árabes más
modernos, donde se desarrolló de un modo pasmoso é imprimió á la
arquitectura un carácter más noble y elevado, fué la bóveda que hemos
dado en llamar estalactítica; ¿de dónde trae su origen? En ninguna parte
son tan complicadas y múltiples como en la Alhambra: no hay comparación
entre éstas y las que se insinúan débilmente en el Kairo y en la Persia
musulmana. Sin duda que han venido á través de la emigración
perfeccionándose, y que pudieron empezar por nichos con bóvedas
cruzadas, y por pequeñas gotas ahuecadas para entretener las líneas de
las cornisas en los antros monolíticos de los templos aryas, imitados
por los Persas más tarde y copiados en Egipto.
IV
Fijándonos particularmente en España, nos remontaremos á los años 710 y
siguientes, cuando Muza conquistó desde Tarifa hasta Barcelona, y
aposentó sus taifas en las iglesias latinas, en los palacios episcopales
y en los recintos murados que habíamos heredado de la dominación gótica.
Zaragoza vió levantarse la primera mezquita de importancia, ó, por lo
menos, ostentó un monumento oriental antes que se alzaran los de
Córdoba, Calatayud, Sevilla, Toledo y Valencia. Realizando conquistas,
construyeron castillos y murallas flanqueadas de torres, restauraron el
magnífico puente de Córdoba y se cubrió de fuertes el litoral,
extendiendo por todo el territorio las atalayas, que fueron en su origen
el primer adelanto hacia las comunicaciones telegráficas. Tan ardientes
propagadores de la nueva ley, respetaron el culto de los cristianos y de
la multitud de sectas que se alimentaban de las disputas sinodiales y
del poderío sistemático de la Iglesia de Oriente. Los cristianos
pudieron, en suma, profesar su culto, pero no propagarlo; y sabido es
que muchos mártires inscritos en el calendario español no habrían
alcanzado la suerte de tales si se hubieran reducido á profesar el culto
cristiano, absteniéndose de ir á las puertas de las mezquitas para
predicar la falsedad de las creencias mahometanas[5]. Prohibida la
propaganda, se imposibilitó la erección de nuevos templos cristianos,
de oratorios, y el esculpir imágenes, con lo cual el arte latino, que
tan débilmente se había sostenido en la Península, quedó estacionado, y
á poco se perdió de la memoria la construcción, el ornato y sus
aplicaciones á las artes de la platería, ebanistería y bordado.
Mientras que la raza gótica había vivido sin la religión y para la
religión, devorándose en cuestiones puramente teocráticas, olvidada de
los intereses materiales de los pueblos, y aun pudiéramos añadir de los
intereses morales, los nuevos señores del territorio, al par que eran
más profundos creyentes, no descuidaron todo aquello que podía moralizar
á los súbditos. Contra lo que se ha creído, juzgando lo que hoy son las
poblaciones mahometanas, se fijaron reglamentos de policía para calles y
plazas, se establecieron fuentes públicas y baños para los pobres, y, lo
que es más notable, Yusuf-el-Fehri hizo restablecer con grandes
dispendios los caminos militares de Córdoba, Toledo, Lisboa, Mérida,
Tarragona, etc., restaurando los puentes que se ven todavía, y abriendo
vías de comunicación que han venido sirviendo durante muchos siglos. No
aprovechó á los Visigodos tanto la grandeza de Roma como á los Árabes.
Ninguno de sus monumentos de utilidad pública fué demolido. Si los
descendientes de Tarik, victoriosos, hubieran en el primer siglo
obedecido al emir, y constituído un solo imperio al amparo de las obras
antiguas, no habrían perdido cien años antes de que los príncipes
musulmanes se reunieran para constituirse en poder único y absoluto bajo
el cetro del último de los Omniadas. Mas de cualquier modo, desde
aquella época principia una civilización que agita nuestra inteligencia
durante diez siglos, y que borra las huellas de la cultura latina.
El pueblo dominado, viendo por una parte el esplendor del culto
cristiano reducido á edificios de madera y ladrillo, tierra y escasa
piedra, levantados bajo la influencia románica, y por otro el lujo con
que se hacían alcázares y mezquitas, alzando minaretes cuyo imponente
aspecto los embelesaba, aceptó de lleno el nuevo arte oriental con
todos sus originales atavíos. Los Mozárabes, pues, principiaron su obra,
y de tal modo cundió entre los cristianos el gusto de la imitación, que
lo vemos penetrar en Francia y llegar á Italia en los primeros años del
siglo XI[6], hasta identificarse de tal modo, que sus costumbres, su
escritura, sus vestidos eran iguales, y vivían en iguales casas, con
patios y alhamies, baños y divanes, como si no hubiera diferencia en el
origen de ambas civilizaciones. El carácter nacional principió á ser
uno, y si no hubiera venido el desmembramiento de aquel poderoso
Califato, por exceso mismo de riqueza y de bienestar, la condición de
los pueblos mozárabe, mahometano y judío, habría sido preferible á la de
los primeros reinos cristianos que se levantaron para la reconquista.
Durante tres siglos á lo menos, puede decirse que se borraron todas las
tradiciones, excepto en el pequeño rincón de Asturias y en las costas
cantábricas.
Fundáronse desde 786 tantos castillos, _madrisas_, baños y oratorios,
tantas escuelas y hospitales, que en ningún país del mundo vióse
desarrollo tan grande en menos tiempo. El hospicio fué entonces una
institución piadosa y necesaria, pues los primeros siglos no dieron
verdadera organización pública á estas casas de socorro para los
desvalidos. En ellas entraban sin distinción los mozárabes y
mahometanos; y no fué sólo en Córdoba, sino también en Sevilla, Granada,
Valencia, etcétera, donde se crearon estos establecimientos. El Museo
Arqueológico de Madrid ha recogido un frontispicio de dibujo calado que
debía hallarse sobre la puerta del hospital de Zaragoza, y nos interesa
su estudio porque revela el estilo del siglo XI, con la particularidad
de que representa dos trazas distintas y superpuestas una á otra
diagonalmente, de manera que por los huecos ó vacíos del adorno que está
encima se ve el que hay por debajo. Las fábricas de moneda eran
numerosas, y tal fué la abundancia de metales acuñados, que hasta en el
reinado de Alfonso VIII no se usaban más que los _dirahmes_, fabricados
en la metrópoli y principales Waliatos. No se hacía por aquel tiempo
moneda más perfecta, siendo deplorable que no pudieran grabar en ella
más que signos é inscripciones de muy poco interés artístico. En Córdoba
llegaron á estudiarse las artes y ciencias con tal celo, que había
centenares de catedráticos y académicos protegidos por los emires. Nada
más admirable que el reinado de Abderrahman II: la más adelantada
civilización moderna en el terreno del progreso material, de las obras
públicas, de la paz, de la protección, puede muy bien comparársele; en
844 mandó aquel sabio emir que en sus dominios no hubiese hombre que por
falta de ocupación quedase sin recursos. Una cuarta parte de las rentas
públicas se dedicó á dar trabajo á los obreros, y los alarifes se
ocuparon todos en proyectar y edificar cuanto pudiera ejecutarse por
lujo ó por necesidad[7]. No de otro modo se concibe que el país entero,
después de mil años, esté sembrado materialmente de cimientos, bóvedas y
torreones en número tanto, como no hemos visto de la famosa Edad Media
en parte alguna. En este tiempo se construyó el encantado palacio de
Ruzafa, donde había fuentes esculpidas en jaspes con figuras de animales
y cisnes de plata; y entonces, á pesar de las prohibiciones alcoránicas,
se hicieron imitaciones de objetos naturales no inferiores á los del
arte romano y gótico de la decadencia. En las _madrisas_ se sostenía,
recibiendo una sólida educación, cierto número de alumnos pobres, y
además la escuela de la casa del emir ocupaba 500 huérfanos
instruyéndose á sus expensas. Lejos de Roma no se vió nunca tanto lujo
en las poblaciones, como entre los árabes de España. Las calles
pavimentadas de grandes piedras, jardines que refrescaban el aire en las
plazas públicas, y, lo más notable todavía, paseos margenados de árboles
que conducían á los principales alcázares[8], y en donde, según los
poetas de aquellos tiempos, «el pueblo se regocijaba». Los minaretes de
Segovia, Zaragoza, Ávila y Sevilla eran más esbeltos y elevados que los
campanarios de nuestras iglesias; y si en estas obras se prodigaban
tantos tesoros, ¿no puede sostenerse con el testimonio de los
contemporáneos, que las ciencias é industrias reproductivas daban en
aquellos tiempos más medios de vivir y aumentar la población, que los
que cuenta la España del siglo XIX?
Los castellanos y aragoneses, en los últimos siglos, por más esfuerzos
que hicieron, no habían conseguido cultivar las artes como lo alcanzaron
sus enemigos. De tal manera en la mitad de España, hacia el Norte, se
había abandonado el espíritu trabajador, que los artistas andaluces
fueron llamados muchas veces á construir iglesias bajo el plan de las
basílicas antiguas, y se observa en la mayor parte de los monumentos
cristianos de los siglos X al XIV una mezcla agradable de árabe y
gótico; bizantino, árabe y renacimiento; gótico y árabe, con el sello
indeleble del genio oriental campeando en todos sus trazados y
composiciones.
PARTE PRIMERA
CARACTERES COMPARABLES DE DIVERSOS MONUMENTOS
I
Si la literatura histórica quiere explicarse la época señalada á cada
una de las grandes revoluciones que fraccionaron la unidad mahometana
por el influjo de la fuerza de los ejércitos, ó de las ideas disolventes
que nacían en las ciudades conquistadas, espacio dilatado hallará en el
inconcebible número de crónicas y de poemas que se consagraron á relatar
las hazañas de los caudillos, las bellezas de sus obras y las querellas
de sus esclavas. Nosotros nos hemos trazado otro camino más ajustado á
la realidad y á el análisis, juzgando, no por cuentos de _Las mil y una
noches_, que han podido repetirse en Medina-al-Zahra como en el
Generalife ó en las Huertas de Said, sino por los vestigios del arte, de
la industria y de la agricultura, cuyos trabajos, insuficientes todavía,
se hallan libres de las preocupaciones y escrúpulos que interpusieron
ciertos escritores en el tiempo de nuestra decadencia.
El período árabe en España, aunque poco alejado, reviste siempre la
forma fantástica, y por esto nos explicamos cuánto la poesía ha
oscurecido la concepción de muchas obras, que en el análisis práctico y
el estudio estético ocupaban un lugar preeminente. Véanse, si no, las
descripciones fabulosas de los antiguos alcázares de Córdoba, cuyos
vestigios son sin duda menos delicados que los que hay todavía patentes
en Sevilla y Granada: la taza de pórfido llena de azogue ó de plata
viva, como lo llamaban los Arabes; las alfombras tejidas de oro y seda
con dibujos de flores y animales, que parecían verdaderos; las perlas
regaladas por el Kalifa de Bagdad, que estaban embutidas en los
artesonados del palacio; las figuras humanas traídas por el griego
Almad, que se colocaron sobre la fuente cincelada en Siria; los arcos de
marfil y ébano, ornados de esmeraldas; y columnas de cristal de roca; y
las puertas de cobre y oro; creaciones fantásticas que no expresan menos
el lujo y esplendor de la época y la influencia avasalladora que tuvo
sobre los cristianos, que el respeto é interés que produjeron entre los
escritores cuando creían que hablaban de su propia y genuina
civilización. Siempre oiremos esos cuentos con orgullo, como los ecos de
la historia de la patria, como los acordes que vibran en el corazón
cuando nos sentamos á oir las glorias de los tiempos pasados contadas
por nuestros abuelos.
Cuando se contempla la catedral de Córdoba y la Alhambra de Granada,
muchos se inclinan á creer aquellas maravillas; pero ¿acaso es preciso
que haya perlas en los techos, oro en las alfombras y plata en las
fuentes para que distingamos lo que existe de misterioso, de tranquilo,
de dulce, en la capilla del Kalifa de la _djama_ de Córdoba, en la sala
de Embajadores de Sevilla y en el patio de los Leones de la Alhambra? El
arte no consiste en la materia. Hoy sin brillo y sin colores, estos
edificios ¿tienen menos belleza artistica que la que expresan las
descripciones de los poemas que bordan sus murallas? No necesitamos de
la fantasía oriental para dar la importancia que se merecen estas obras
incomparables.
El arte se desarrolló en España de una manera singular, y adquirió
formas y significado propio. Ya en el siglo XI los artistas estudiaban
el dibujo geométrico y las matemáticas en las escuelas de Córdoba,
Sevilla, Toledo y Zaragoza, tomando la práctica necesaria de la
construcción, al lado de sus maestros; y éstos habían introducido en el
antiguo estilo bizantino reminiscencias góticas y latinas que
trasformaron el gusto verdaderamente musulmán hasta tal punto, que nunca
se habían visto los tímpanos calados en formas romboidales como
principal ornamento de estas obras. Ni los Almohades ni Almoravides
introdujeron nuevos elementos de la Mauritania para adelantar las artes,
superiores á los que ya se habían desarrollado en la Península. Los
Arabes poseían un carácter original y tradiciones puras de la antigua
patria; con ellas habían invadido medio mundo y llegado á nuestras
costas: nuevas impresiones modificaron su bello ideal artístico, y ante
ellas, sin abandonar el recuerdo de aquella tradición, hicieron las
obras que engalanaron sus escritores ó poetas. Probado está por
Ebn-Said[9] que las provincias andaluzas, reunidas entonces al imperio
de Mahgreh, enviaban toda clase de artistas á Yusuf y á Yacob-el-Mausur
para construir edificios en Fez, Rabat y Mansuriah, y añadía aquel
historiador: «Es bien notorio que esta prosperidad y esplendor de
Marruecos se ha trasportado á Túnez, donde el Sultán construye palacios
y planta jardines y viñas á la manera de los Andaluces. Los alarifes
eran nacidos en estas tierras, lo mismo que los albañiles, carpinteros,
azulejeros, pintores y almadraveros[10]. Los planos fueron copiados de
los palacios andaluces, etc., etc.» De donde se deduce que no existió
nunca la influencia morisca, y que el arte vivió en España y se
desarrolló poderosamente con un gusto peculiar, rico y sin semejante por
la delicadeza del arabesco.
Es irrecusable el testimonio de autores contemporáneos para demostrar
que el estilo denominado morisco por los artistas del Renacimiento, no
lo fué nunca y menos en los últimos tiempos de la dominación agarena, y
que esos detalles que admiramos por su riqueza y florecimiento, las
bóvedas y hornacinas de colgantes, los festones de los arcos, las
_comarraxias_ y _alicates_, fueron obras españolas más finas y delicadas
que las del Oriente. El germen nacido en la Arabia fué trasplantado
felizmente al suelo de España, en el cual desplegó esa hermosa flor cuyo
perfume se aspira durante setecientos años.