Lenta y perezosa carrera lleva mi correspondencia epistolar con V., mi
querido poeta, interrumpida dos veces por versos que no pudieron ménos
de ser en su lugar publicados: atañendo ambas á asuntos tan perentorios
y tan de actualidad como es el de las inundaciones y el de mi escaso
beneficio[1]. Concluyo, pues, con las noticias que de mí me propuse
dar á V. y Dios haga que la gente de hoy vea bajo su verdadero punto
de vista, y tome en su sentido verdadero, lo que de mí me resta que
decirle.
[1] Estas dos composiciones van en el apéndice de esta obra.
Una tarde me dijo Villalta: «esta noche iremos á casa de Espronceda,
que ya desea ver á V.» Figúrese usted que un creyente hubiera enviado
por escrito su confesion al Papa, y que S. S. le hubiera contestado:
«venga V. esta noche por la absolucion ó la penitencia» esta fué mi
situacion desde las cuatro de la tarde, hora en que Villalta me anunció
tal visita, hasta las nueve de la noche, hora en que se verificó. Yo
creia, yo idolatraba en Espronceda. Si aquel oráculo divino á quien yo
iba á consultar desaprobaba mis versos, si aquel ídolo á cuyos piés
iba yo á postrarme desdeñaba mi homenaje, no tenia más remedio que irme
á buscar á mi padre á la corte de Oñate, y suplicarle contrito que me
matriculase en la Universidad de Vergara.
Villalta leyó sonriendo en mi fisonomía lo que pasaba en mi interior,
y me condujo en silencio á la calle de San Miguel, núm. 4. Espronceda
estaba ya convaleciente, pero aún tenia que acostarse al anochecer.
Introdújome Villalta en su alcoba, y diciendo sencillamente «aquí tiene
V. á Zorrilla», me empujó paternalmente hácia el lecho en que estaba
incorporado Espronceda. Yo, no encontrando una palabra que decir, sentí
brotar las lágrimas de mis ojos, los brazos de Espronceda en mi cuello,
sus labios en mi frente, y su voz que decia á Villalta, «es un niño».
Hubo un minuto de silencio, del cual no he sabido nunca hacer un poema:
Villalta se despidió y nos dejó solos; de la conversacion que siguió...
no me acuerdo ya: al cabo de media hora nos tuteábamos Espronceda y
yo, como si hiciera veinte años que nos conociéramos; pero la luz que
estaba en el gabinete no iluminaba la alcoba, en cuya penumbra no habia
yo todavía visto á Espronceda; «no te veo», le dije; «pues trae la
luz», me respondió; y trayendo yo la bujía, le contemplé por primera
vez, como á la primera querida que me hubiera dado un beso á oscuras.
La cabeza de Espronceda rebosaba carácter y originalidad. Su cara,
pálida por la enfermedad, estaba coronada por una cabellera negra,
riza y sedosa, dividida por una raya casi en el medio de la cabeza
y ahuecada por ambos lados sobre dos orejas pequeñas y finas, cuyos
lóbulos inferiores asomaban entre los rizos. Sus cejas negras, finas
y rectas, doselaban sus ojos límpidos é inquietos, resguardados como
los del leon por riquísimas pestañas: el perfil de su nariz no era muy
correcto, y su boca desdeñosa, cuyo labio inferior era algo aborbonado,
estaba medio oculta en un fino bigote y una perilla unida á la barba,
que se rizaba por ambos lados de la mandíbula inferior. Su frente
era espaciosa y sin más rayas que la que de arriba abajo marcaba el
fruncimiento de las cejas; su mirada era franca, y su risa pronta y
frecuente, no rompia jamás en descompuesta carcajada. Su cuello era
vigoroso y sus manos finas, nerviosas y bien cuidadas. A mí me pareció
una encarnacion de Píndaro en Atinoo: de tal modo me fascinó su belleza
varonil, su conversacion animada y la alta inspiracion de su poesía.
Espronceda sabia más que la mayor parte de los que despues de él hemos
alcanzado reputacion: discípulo de Lista como Ventura de la Vega y
Escosura, era buen latino y erudito humanista; pero empapado en la
poesía inglesa de Shakespeare, Milton y Pope, era la personificacion
del clasicismo apóstata del Olimpo, y lanzado, Luzbel-poeta, en el
infierno insondable y nuevamente abierto del romanticismo.
Espronceda era leal, generoso y bueno: la política y los amigos
le dieron un carácter y una reputacion ficticia, que jamás le
pertenecieron; y las medianías vulgares le han calumniado despues de su
muerte, hasta atribuirle versos y libros infames, que jamás pensó en
producir.
A la tercera visita que le hice de dia, me cansé de la sociedad de sus
amigos: no porque su conversacion me espantara, sinó por que no la
comprendia; vivia yo dado á mi trabajo, y no conocia á nadie de los ni
de las de quiénes allí se hablaba. Una noche entré en su alcoba despues
de las doce: dolores articulares y escasez necesaria de nutricion
teníanle á él desvelado, y á mí con pocas ganas de recogerme temprano
la estrechez de mi pupilaje.
--Vengo á esta hora--le dije--porque es en la que no tienes amigos en
tu casa.
--¿No te gustan mis amigos?
--No.
--Pues hablemos de otra cosa; y me alegro de que tengas libres estas
horas, que son para mí las más insoportables; ¡tardo tánto en conciliar
el sueño!..
Hacia poco que le habia abandonado Teresa: yo ni la conocia, ni aun
tenia por entónces conocimiento de que existiese: yo no conocia de la
vida de Espronceda más que sus escritos; yo adoraba al poeta, y aun no
conocia del hombre ni siquiera la persona, puesto que no le veia más
que en el lecho donde le retenia su enfermedad.
Seguí pues yendo á visitarle despues de media noche.
Y de aquellas conversaciones á solas con Espronceda sí que podria yo
hacer un libro; pero hay libros que no deben ser leidos hasta cuarenta
años despues de escritos.
Espronceda y yo nos quisimos y nos estimamos siempre; pero nuestras
diversas costumbres, áunque no las entibiaron, hicieron ménos
frecuentes nuestras relaciones. Yo deserté el primero del cafetin
del teatro del Príncipe, en donde nos juntábamos, y me pasé al de
Sólito, con los Gil y Zárate, G. Gutierrez y otros, á quienes comenzó
á importunar el elemento militar y político que se incrustó allí en el
literario; y con motivo de mi primer matrimonio, del cual Espronceda
no se atrevió á hablarme más que una vez, comprendió que el niño era
ya hombre; y habiendo ya escrito _El Cristo de la Vega_ y _Margarita
la Tornera_, estimó al hombre como un hermano y al poeta como ingenio
privilegiado que él era, y que no tenia nada que envidiar al mozo
atrevido que osaba trepar á tientas al Parnaso.
Encerréme yo en mi casa y seguí produciendo libros: García Gutierrez me
dió la mano para presentarme en la escena, ó más bien me sacó á ella en
brazos, en un drama que escribimos juntos, y comencé la vida aislada
y poco social que he llevado siempre. La gimnasia, que necesitaba
mi sietemesina naturaleza, el tiro de pistola, que en tiempos tan
revueltos no era inútil estudio, y los paseos á caballo por fuera de
puertas, eran mis perennes entretenimientos; en medio de los cuales
escribí once tomos de versos, de los cuales no he sabido jamás cuatro
de memoria.
El Liceo concluyó entre tanto, saliendo sus sócios más notables para
las embajadas, los ministerios y los destinos más importantes de la
nacion: Mesonero Romanos se fué á su casa, cargado de memorias, y yo á
la mia de coronas de papel recogidas en una funcion de obsequio que se
me dió, y con un álbum en cuya primera hoja escribió S. M. la Reina D.ª
Isabel. Tal fué el fin y el fruto que yo saqué del Liceo.
Salustiano Olózaga, á quien habia hecho emigrar mi padre cuando era
superintendente general de policía, y que fué uno de mis mejores
amigos, me ofreció la entrega de mis bienes paternos, que habian sido
secuestrados; pero yo rehusé incautarme de ellos, creyendo que «pues
habia abandonado mi casa, habia renunciado á mis derechos de hijo...»
Olózaga vió que yo era un tonto: mi padre me lo dijo cuando volvió de
su emigracion, y yo lo creo ahora que lo escribo. Mi quijotesco modo
de ver las cosas y mi caballeresco desprendimiento no fué apreciado
por nadie: mi padre me dijo que habia hecho mal en no aprovechar mi
favor en el partido liberal, sacrificio que yo creia muy agradable á
su intransigencia realista; mi extrañamiento de la sociedad y mi vida
oscura de diario trabajo, no me procuró más amigos que el público;
y como todos no son nadie, no tuve más amigo que mi trabajo; y como
corriendo los tiempos cambian las aficiones y las predilecciones
sociales, yo gané mucha fama con dos ó tres afortunadas obras, y llegué
á la vejez como la cigarra de la fábula. Pero en mis famosas obras se
revela la insensatez del muchacho falto de mundo y de ciencia, exento
de todo sentido práctico, y jamás apoyado en principio alguno fijo.
Yo debia mi fama á mis inspiraciones románticas de Toledo.
Aquella gótica catedral, cuyas esculturas se habian levantado de sus
sepulcros para venir á cruzar por mis romances y mis quintillas;
aquel órgano y aquellas campanas que en ellos habian sonado; aquellos
rosetones, capiteles y doseletes; aquellos cláustros católicos,
aquellas mezquitas moriscas, aquellas sinagogas judías, aquel rio
y aquellos puentes y aquellos alcázares que habian dado á mis
_repiqueteados_ y desiguales versos la vistosa apariencia de sus
festonadas labores de imaginería y de crestería, no me habian merecido
más que el desprecio de su antigüedad y la mofa de su perdida grandeza;
y aquel pueblo, á cuyas costumbres, á cuyas tradiciones y á cuyas
consejas debia yo todo el valor de mi poesía lírica y legendaria, no me
mereció más que el epíteto de _imbécil_, en aquella estrofa, padron de
mi infamia:
Hoy sólo tiene el gigantesco nombre,
parodia con que cubre su vergüenza:
parodia vil en que adivina el hombre
lo que Toledo la opulenta fué.
Tiene un templo sumido en una hondura,
dos puentes y entre ruinas y blasones
un alcázar sentado en una altura
y _un pueblo imbécil_ que vegeta al pié.
¿Concibe V. poeta más necio y más ingrato, mi querido Velarde? ¿Por
qué llamé yo _imbécil_ al pueblo de Toledo? ¿Por que era religioso y
legendario, y pretendia yo echármelas de incrédulo y de volteriano?
Pues entónces, ¿por qué seguia buscando fama y favor con mi poema de
_María_ y con el carácter religioso y creyente de todas mis obras?
Porque el imbécil era yo: y gracias á Dios que me ha dado tiempo,
juicio y valor civil para reconocer y confesar públicamente en mi vejez
mi juvenil imbecilidad.
En cuanto á mi ingratitud... por más que me avergüence y me humille
tal confesion, no quiero morir sin hacerla. La muerte de Larra fué el
orígen de mis versos leidos en el cementerio. Su cadáver llevó allí
aquel público, dispuesto á ver en mí un génio salido del otro mundo
á éste por el hoyo de su sepultura; sin las extrañas circunstancias
de su muerte y de su entierro, hubiera yo quedado probablemente en la
oscuridad, y tal vez muerto en la más abyecta miseria; y apenas me ví
famoso, me descolgué diciendo un dia:
Nací como una planta corrompida
al borde de la tumba de un malvado, etc.
Hé aquí un insensato que insulta á un muerto, á quien debe la vida;
que intenta deshonrar la memoria del muerto á quien debe el vivir
honrado y aplaudido. ¿Concibe V., Sr. Velarde, un ente más ingrato
ni más imbécil? Pues ese era yo en 1840; mezcla de incredulidad y
supersticion, ejemplar inconcebible de progresista retrógrado, que
ignoraba, por lo visto, hasta la acepcion de las palabras que escribia.
Han transcurrido treinta y nueve años: nadie ha venido jamás á pedirme
cuenta de mis palabras, y aprovecho la primera, aunque tardía,
ocasion que á la pluma se me viene, para dar á quien corresponde una
satisfaccion espontánea y jamás por nadie exigida; quiero decir: á los
toledanos de hoy y á los hijos de Larra.
Y en estas últimas líneas, con las que con V. corto mi correspondencia,
fundo yo más vanidad, mi querido Velarde, y espero que halle V. más
motivo de estimacion que en los cuarenta tomos de versos que lleva
escritos el autor de _D. Juan Tenorio_.