Como el relato de las muchachadas de ambos no entra por nada en la
explicacion de mis preguntas finales en el artículo del lunes último,
voy adelante con mis desatinos personales. Escribí muchos en _El
Porvenir_: á Cervantes y á Calderon, cuantos pudieron ocurrírseme, y
á la luna de enero, donde dije que el cielo era ojo de la eternidad y
la luna su pupila; escribí, en fin, los suficientes para impacientar á
cuantos tenian sentido comun y estudios, y gusto en las bellas letras;
pero Nicomedes y Donoso seguian sosteniéndome y animándome, y yo seguí
asombrando al público con la multitud de mis poéticos engendros.
Una noche me encontré al volver á mi casa de pupilaje, una carta
de D. José García Villalta que decia: «Muy señor mio: he tomado la
direccion de _El Español_, periódico cuyas columnas surtía Larra con
sus artículos: pues la muerte se llevó al crítico dejándonos al poeta,
entiendo que éste debe de suceder á aquel en la redaccion de _El
Español_. Sírvase V., pues, pasar por esta su casa, calle de la Reina,
esquina á la de las Torres, para acordar las bases de un contrato.
Suyo, afectísimo, _J. G. de Villalta_.»
Era este el autor de _El golpe en vago_, la novela mejor escrita de
las de la coleccion primera del editor Delgado. Teníale yo en mucho
desde que la habia leido, y las relaciones entabladas con el hombre
acrecentaron mi respeto y mi estimacion hácia el escritor. Villalta
era un hombre de mucho mundo y de un profundo conocimiento del corazon
humano: de una constitucion vigorosa, con una cabeza perfectamente
colocada sobre sus hombros; de una fisonomía atractiva y simpática,
con una boca fresca, cuya sonrisa dejaba ver la dentadura más igual
y limpia del mundo. Su cabellera escasa era rubia y rizada, y no he
podido nunca esplicarme el por qué su busto abultado de contornos me
recordaba el olímpico busto de Neron, pero del Neron poeta y gladiador
en su viaje á Grecia: el Neron que ponia fuego á dos viejos barrios
de Roma para obligar al municipio republicano á construir otro nuevo,
tan suntuoso como la mansion palatina que él junto á lo incendiado
habitaba. Yo tengo á Neron por un emperador muy calumniado; y desde
que he vivido en Roma, estoy convencido de que hizo bien en quemar lo
que quemó, para que se construyera lo que se construyó; y á este Neron
que yo me figuro, es el Neron á quien me figuraba yo que se parecia
Villalta.
El hecho es que Villalta era todo un hombre: sóbrio y diligente, pero
gracioso y amabilísimo; como andaluz de la buena raza, su trato era
fascinador; y en cinco minutos hizo de mí lo que le convino en nuestra
primera entrevista; el cuarto en que esta pasó influyó sin duda en mi
aceptacion. Era una sala grande cuadrada, en cuyas blancas paredes no
tenia Villalta más adornos que dos espadas de combate, dos sables de
academia de armas y un magnífico par de pistolas. Una grandísima mesa
de despacho cargada de papeles estaba entre él y yo, y por una puerta
entreabierta se veia en el inmediato aposento el baño del que acababa
de salir.
Vió Villalta que no era yo hombre de abandonar á Donoso y á Pastor
Diaz, sin una grave razon, y me dió una carta para ellos, en la que
les decia las proposiciones que me habia hecho y las razones que yo le
daba. _El Porvenir_ tenia apenas suscricion, y _El Español_ la tenia
numerosa. Si me querian bien, debian dejarle dar á mis versos la más
lata publicidad, etc.
Ofrecíame un sueldo con que no habia yo contado nunca, y que entónces
creo que no sabia contar en moneda efectiva: pagarme aparte las poesías
del número de los domingos, que era una revista de mayor tamaño; la
colaboracion en el folletin con Espronceda convaleciente ya de una
larga enfermedad, y mi presentacion inmediata en su casa por él en
persona. Espronceda era el ídolo de mis creencias literarias. Donoso y
Pastor Diaz me autorizaron abrazándome para abandonarles, y me pasé al
campo de Villalta sin traicion ni villanía.
Continué en él publicando centenares de versos, entre los cuales habia
algunos chispazos de ingenio que hacian, por efecto de la moda, no
parar mientes en mis infinitos y excéntricos disparates. Es verdad
que contribuian á darlos boga las lecturas que de ellos hacia en
los salones del Liceo, en el palacio de los duques de Villahermosa,
quienes, ausentes de Madrid á la sazon, se los habian cedido á aquella
sociedad literaria y artística. Era el Liceo... Pero ya ha dicho lo
que era en _La Ilustracion_ el ameno _Curioso parlante_ D. Ramon de
Mesonero Romanos; y ante él arría bandera quien en su juventud supo
aprovecharse de su picante y donosa crítica, y hoy se complace en
hallar una ocasion de darle una prueba pública de consideracion y
respeto. Allí, en el Liceo, reñí yo y gané grandes batallas, y cobré
fama de gran lector; allí ayudé á subir á la tribuna y entrar en la
palestra literaria á Rodriguez Rubí, con su precioso romance de la
venta del jaco; allí coroné una noche á Carolina Conrado y presenté una
mañana á Gertrudis Avellaneda; allí... pero lo que sucedió allí lo sabe
todo el mundo, y lo que no sepa se lo dirá mejor que yo el _Curioso
Parlante_.
Ya se lo ha dicho en _La Ilustracion_ del 22 de Octubre: «de allí
salieron los que allí figuraron despues como ministros, embajadores,
consejeros, senadores, diputados y publicistas, alternando en diversos
bandos y épocas, segun la marcha de los sucesos: y sólo Zorrilla y
el que esto escribe se obstinaron en conservar su independencia y su
nombre exclusivamente literario, sin aspirar á su engrandecimiento por
otros caminos; con la circunstancia en pró de Zorrilla de que á mí
sólo me faltaba la ambicion, y á Zorrilla le faltaban la ambicion y la
fortuna.» Esto dice D. Ramon de Mesonero Romanos, y Dios le bendiga
como yo le agradezco que lo haya dicho.
Lo que no dice y le voy á decir yo á V., mi querido Velarde, es cómo
éste á quien llama ilustre, corriendo quijotescamente trás de ideales
fantásticos, no era en la vida social ni en la literaria más que un
tonto y un ingrato.