ATARDECER DE ESTÍO EN SALAMANCA

Del color de la espiga triguera

ya madura

son las piedras que tu alma revisten,

Salamanca,

y en las tardes doradas de junio

semejan tus torres

del sol a la puesta

gigantescas columnas de mieses

orgullo del campo

que ciñe tu solio.

Desde lo alto derrama su sangre,

lluvia de oro,

sobre ti el regio sol de Castilla,

pelícano ardiente,

y en tus piedras anidan palomas

que arrullan en ellas

eternos amores

al acorde de bronces sagrados

que lanzan al aire

seculares quejas

de los siglos.

Los vencejos tu cielo repasan

poblando su calma

con hosanas de vida ligera,

jubilosa,

las tardes de estío,

y este cielo, tu prez y tu dicha,

Salamanca,

es el cielo que esmalta tus piedras

con oro de siglos.

Como poso del cielo en la tierra

resplende tu pompa,

Salamanca,

del cielo platónico

que en la tarde del Renacimiento

cabe el Tormes Fray Luis meditando

soñara.

Sobre ti se detienen las horas,

de reveza,

soltando su jugo,

su savia de eterno,

y en tus aguas se miran los siglos

dejando a la historia

colmar tu regazo

con frutos de otoño.

Cuando puesto ya el Sol, de tu seno

rebotan tus piedras

el toque de queda

me parecen los siglos mejerse,

que el tiempo se anega,

y vivir una vida celeste

--¡quietud y visiones!--

¡Salamanca!

EL CRISTO YACENTE DE SANTA CLARA

(IGLESIA DE LA CRUZ) DE PALENCIA

Éste es aquel convento de Franciscas, de la antigua leyenda; aquí es

donde la Virgen toda cielo hizo por largos años de tornera, cuando la

pobre Margarita, loca, de eterno amor sedienta, lo iba a buscar donde

el amor no vive, en el seco destierro de esta tierra. Éste es aquel

convento de las Claras, las hijas de la dulce compañera del Serafín

de Asís, que desde Italia sembró estas flores en la España nuestra,

blancos lirios del páramo sediento que en aroma conviértennos la queja.

Las pobres en el claustro que un tenorio deslumbró con la luz de la

tragedia, llevándose a la pobre Margarita, con su sed de ser madre,

la tornera, mientras la dulce lámpara brillaba que ante la Madre

Virgen encendiera, cunan, vírgenes madres, como a un niño, al Cristo

formidable de esta tierra.

Este Cristo inmortal como la muerte no resucita; ¿para qué?, no

espera sino la muerte misma. De su boca entreabierta, negra como el

misterio indescifrable, fluye hacia la nada, a la que nunca llega,

disolvimiento. Porque este Cristo de mi tierra es tierra.

Dormir, dormir, dormir... es el descanso de la fatiga eterna, y del

trabajo de vivir que mata es la trágica siesta. No la quietud de paz en

el ensueño, sino profunda inercia, y cual doliente humanidá, en la sima

de sus entrañas negras, en silencio montones de gusanos le verbenean.

Cristo que, siendo polvo, al polvo ha vuelto; Cristo que, pues que

duerme, nada espera. Del polvo pre-humano con que luego nuestro Padre

del cielo a Adán hiciera se nos formó este Cristo tras-humano, sin más

cruz que la tierra; del polvo eterno de antes de la vida se hizo este

Cristo, tierra de después de la muerte; porque este Cristo de mi tierra

es tierra.

"¡No hay nada más eterno que la muerte; todo se acaba!--dice a nuestras

penas;--¡no es ni sueño la vida; todo no es más que tierra; todo no es

sino nada, nada, nada... y hedionda nada que al soñarla, apesta!" Es lo

que dice el Cristo pesadilla; porque este Cristo de mi tierra es tierra.

Cierra los dulces ojos con que el otro desnudó el corazón a Magdalena,

y hacia dentro de sí mirando, ciego, ve las negruras de su gusanera.

Este Cristo cadáver, que como tal no piensa, libre está del dolor del

pensamiento, de la congoja atroz que allá en la huerta del olivar al

otro--con el alma colmada de tristeza--le hizo pedir al Padre que

le ahorrara el cáliz de la pena. Cuajarones de sangre sus cabellos

prenden, cuajada sangre negra, que en el Calvario le regó la carne,

pero esa sangre no es ya sino tierra. ¡Grumos de sangre del dolor del

cuerpo, grumos de sangre seca! ¡Mas del sudor los densos goterones--de

aquel sudor de angustia de la recia batalla del espíritu, de aquel

sudor con que la seca tierra regó,--de aquellos densos goterones,

rastro alguno le queda! Evaporóse aquel sudor llevando el dolor de

pensar a las esferas en que sufriendo el pobre pensamiento, buscando a

Dios sin encontrarlo, vuela. ¿Y cómo ha de dolerle el pensamiento si

es sólo carne muerta, mojama recostrada con la sangre, cuajada sangre

negra? Ese dolor espíritu no habita en carne, sangre y tierra.

No es este Cristo el Verbo que se encarnara en carne vividera; este

Cristo es la Gana, la real Gana, que se ha enterrado en tierra; la

pura voluntad que se destruye muriendo en la materia; una escurraja de

hombre troglodítico con la desnuda voluntad que, ciega, escapando a la

vida, se eterniza hecha tierra.

Este Cristo español que no ha vivido, negro como el mantillo de la

tierra, yace cual la llanura, horizontal, tendido, sin alma y sin

espera, con los ojos cerrados cara al cielo avaro en lluvia y que los

panes quema. Y aun con sus negros pies de garra de águila querer parece

aprisionar la tierra.

¿O es que Dios penitente acaso quiso para purgar de culpa su conciencia

por haber hecho al hombre, y con el hombre la maldad y la pena, vestido

de este andrajo miserable gustar muerte terrena?

La piedad popular ve que las uñas y el cabello le medran, de la vida lo

córneo, lo duro, supersticiones secas, lo que araña y aquello de que se

ase la segada cabeza.

La piedad maternal de aquellas pobres hijas de Santa Clara le cubriera

con faldillas de blanca seda y oro las hediondas vergüenzas, aunque el

zurrón de huesos y de podre no es ni varón ni hembra; que este Cristo

español sin sexo alguno, más allá yace de esa diferencia que es el

trágico nudo de la historia, pues este Cristo de mi tierra es tierra.

Oh Cristo pre-cristiano y post-cristiano, Cristo todo materia, Cristo

árida carroña recostrada con cuajarones de la sangre seca, el Cristo

de mi pueblo es este Cristo carne y sangre hechos tierra, tierra,

tierra.

Y las pobres Franciscas del convento en que la Virgen Madre fué

tornera--la Virgen toda cielo y toda vida, sin pasar por la muerte al

cielo vuelta--cunan la muerte del terrible Cristo que no despertará

sobre la tierra, porque él, el Cristo de mi tierra es sólo tierra,

tierra, tierra, tierra... carne que no palpita, tierra, tierra, tierra,

tierra... cuajarones de sangre que no fluye, tierra, tierra, tierra,

tierra...

¡Y tú, Cristo del Cielo, redímenos del Cristo de la tierra!

Andanzas y visiones españolas · 第 91 / 92 题