Valldemosa es lo más célebre que como paisaje y lugar de retiro y de
goce apacible de la naturaleza tiene Mallorca. Tiene ya su tradición
y hasta su leyenda literarias. Le prestigió la Jorge Sand, que pasó
allí un invierno con el pobre Chopin enfermo de tisis y enfermo de la
Sand y de música, que fué a buscar alivio y recreación en aquel aire
alimenticio y aquella luz vivificante. La maternal escritora que no
logró allí chocar como quisiera, aunque chocó de otro modo, se desahogó
en su libro _Un hiver à Majorque_. La _menagère_ se encontró
fuera de su centro. Acaso el enfermo mismo le estorbaba, visto que
no apreciaban allí su literaria abnegación. Y es curioso leer que se
quejaba de falta de caminos en un país que está hoy entretejido de
ellos. Pues será difícil encontrar otra región con más y mejores medios
de comunicación.
También Rubén Darío pasó en Valldemosa una temporada en sus últimos
tristes y torturados años, acaso la última temporada en que gozó de
alguna paz. La pasó en la casa misma en que yo estuve alojado diez
días, en casa de D. Juan Sureda, cuya mallorquina hospitalidad es
una honra para la isla. Con D. Juan Sureda y con su mujer, Pilar,
excelente y emocionada pintora, las horas parece que se van sin
sentir y es que se quedan dentro de uno. Habita Sureda en lo que fué
morada del prior de los cartujos en la cartuja de Valldemosa y es un
espléndido mirador. Allí el pobre Rubén se refugió, maltrecho y ya
definitivamente vencido por el diablo amarillo, a emprender la última
lucha, la desesperada. Allí escribió algunos de sus últimos cantos,
entre ellos el de la cartuja, después de haber leído una vida de san
Bruno. Allí tuvo sin duda la última ilusión de poder vencer al nepente,
al licor que haciéndonos olvidar el fondo de la vida nos precipita por
él hasta la muerte. Allí pidió, en una de sus crisis, que le llevasen
un teólogo, un confesor, o muy sabio o muy sencillo. Allí visitó a un
viejo ermitaño que desde un hospital de Palma se fué a la ermita de la
Trinidad de Valldemosa a acostarse a morir entre la fronda que vive
de brisa marina perfumada. Al arrancarse Rubén de Valldemosa, cuando
le llamaban el mundo y la muerte, llegó por la carretera de Palma a
un punto en que describió la airosa fábrica de la catedral y entonces
hizo parar el carretón, descubrióse, pidió a su cordial amigo Sureda
que le rezase un padrenuestro, contestóle devotamente, se santiguó e
hizo luego un gesto de trágica resignación que era una despedida y
como el último saludo de quien se dispone a arrojarse al abismo. La
cartuja de Valldemosa está henchida de recuerdos del pobre Rubén y yo
sentía el remordimiento de lo que pude haberle dicho y esperó él que
le dijese--me consta--y no le dije, cuando cada día, mañana y noche,
pasaba por el cuarto en que el pobre forcejeó espiritualmente contra la
nube que le iba ciñendo y ahogando el alma.
Allí abajo, en la Foradada, junto al mar vimos la señal que aún queda
del humo de cuando Rubén, ataviado de cocinero, preparó un arroz
haciendo fuego entre unas piedras.
Allí, en Valldemosa, brotó aquella espiritual flor campesina que fué
la payesita Catalina Tomás, que debía ser la patrona de las criadas
de servicio, la santa mucama. Vivía como una criatura inocente entre
ángeles y demonios y éstos le hacían víctima, no de sus tentaciones,
sino de sus travesuras. Porque los demonios de la pobre payesita
valldemosina no pasaban de ser unos mozuelos mal educados que
se divertían a costa de la pobrecilla. Ella no supo lo que eran
tentaciones. Y es que acaso los demonios en Valldemosa no tientan, sino
que fastidian con bromas carnavalescas. Tal vez por ello fué Rubén a
buscarlos, huyendo de los otros, de los demonios serios y formales, de
los demonios burgueses y de honorabilidad y peso.
La maravilla máxima que para los ojos del alma y para el alma de los
ojos ofrece Mallorca está aquí, en Valldemosa, y es la soberbia cornisa
de Miramar. Figuraos--si es que estas cosas cabe figurárselas--una
abrupta pendiente que baja desde cerca de mil metros hasta el mar, toda
ella revestida de fronda, de pinos y olivos y encinas y algarrobos y
matas, con salientes por dondequiera para mejor avizorar el mar, con
repliegues amorosos, con escotaduras que viste la yedra y abajo, en la
costa, acantilados deslumbrantes de luz a cuyo pie duermen aguas de
esmeralda, de topacio, de zafiro, y luego el mar nacarado espejando al
cielo. Siempre creéis tener el mar a la mano y que bastará dar un salto
para bañarse en él y vais bajando y parece que el mar baja también.
El archiduque de Austria Luis Salvador, hijo del último duque reinante
en Toscana y hermano de aquel Juan Orth de quien no volvió a saberse
luego que se hizo al mar, llegó a Mallorca, empezó a comprar fincas en
Miramar y allí se afincó propiamente. Llenó aquella espléndida cornisa
de caminos y de miradores y de reposaderos y en las alturas de las
cumbres hizo refugios. Prohibía que se derribase ni un solo árbol y así
el bosque tiende a trechos a convertirse en manigua. Cerca de Deyá hay
junto a la carretera un magnífico pino de parasol y lo compró nada más
que para que no lo derribaran. Y el buen archiduque, una especie de
Diógenes aristocrático, vivía allí, entre los payeses y los pescadores,
sin cuidarse mucho del aliño de su persona, lejos del mundo de la
etiqueta, matando acaso la última enfermedad espiritual de su linaje.
Cuentan que cuando fué a visitar Miramar la emperatriz de Austria, la
de la trágica muerte, el archiduque estaba preocupado e inquieto porque
nada le decía de la hermosura de aquellos predios, hasta que después
de despedirla se volvió alborozado diciendo: «Me ha dicho que ya no le
gustará Corfú».
Su amor a los árboles y a los animales era acaso excesivo. No permitía
que se les tocase. Cuando se pensó hacer el ferrocarril de Palma
a Sóller por la costa, dando un rodeo, de manera que pasase por
Valldemosa y Deyá--una línea de turismo--se le pidieron los terrenos
suyos por donde había de pasar, y él, que era generosísimo y que cuanto
compraba era para que de ello disfrutasen todos, dijo que los daría
gratis, pero que por cada árbol que derribasen habrían de darle dos
pesetas y media. «Así--decía--harán la línea derribando el menor número
posible de árboles».
Con las cosas que allí, en Valldemosa, se cuentan del archiduque podría
hacerse un libro, pero no quiero omitir una. Y es que una vez que iba
por uno de aquellos vericuetos, a pie y en la traza y atavío en que
solía andar, se encontró con un payés a quien se le había caído una
carga de un carro. El payés al verle creyóle algún vagabundo, acaso un
buhonero, y le pidió que le ayudase a volver a cargar el carro, a lo
que el archiduque accedió de muy buen grado. Al concluir la faena, el
carretero, no pudiendo acompañarle a echar un trago allí cerca, le dió
una pieza de diez céntimos, para que con ella, como propina, se echase
la copa, y el archiduque se la tomó y la puso luego en un cuadro,
mostrando al cual solía decir: «Es el único dinero que me he ganado
con mi trabajo personal».
Pues este hombre generoso ha salvado para los piadosos peregrinos de
la belleza las maravillas de Miramar; y no sólo las ha salvado, sino
que las ha realzado. A su archiducal despego del gran mundo se debe la
obra que ha puesto a Miramar al alcance de los más flacos de arrestos,
de los que no quieren fatigarse para gozar de la naturaleza. Sin
molestias, cómodamente pueden disfrutar de un espectáculo como hay muy
pocos. Y hasta para los más arrestados y arriesgados, para los que no
se arredran de trepar a las cumbres, les ha facilitado la tarea.
Subí con Sureda un día caluroso del mes de julio a las crestas del
Teix, a poco más de mil metros, pero que se alzan escarpadamente sobre
el mar y desde donde se domina un doble espléndido panorama. El mar,
visto desde allí arriba, parece colgado del cielo. Según se sube,
trabajosamente, ziszagueando por la serpentina vereda pedregosa, bajo
las copas de los olivos, oíamos a la cigarra, que nos animaba con su
chirrido. Y yo, pensando en la mala fama que el malicioso fabulista le
ha dado al insecto que tanto amaron los griegos, pensé si su chirrido,
que parece un estremecimiento de la luz en el follaje, no será un
trabajo o si no ayudará a que las aceitunas maduren antes y mejor.
¿Quién sabe de estas cosas?
Cuando se sale de las barbas de la montañas y se entra en su rocosa
calva cambia el tono de la vida. Allí ya la flora de otras regiones.
La romaguera parece un erizo submarino que ha trepado a la cima. Las
plantas son pinchudas. Y en los vallecitos de las cumbres, pequeños
campos de trigo o de centeno que me recordaban a Castilla. Son aquellas
pequeñas, diminutas mesetas trasunto de las mesetas castellanas y a la
misma altura que éstas. Y luego en la cresta, entre los canchales, se
alivia uno de ropas el cuerpo y pone brazos, pechos y espaldas a que
se atecen al sol. Parece como que el sol os penetra en los pulmones,
y es un sol desbordante de luz, pero en aquellas alturas fresco. Y
luego para la vista a un lado la congregación de los calvos gigantes de
Mallorca, el consistorio de sus picos, presididos por los Puigs mayores
de Torrellas y de la Massanella, en el fondo Sóller y en un rinconcito,
asomando las cabezas de sus casas por un repliegue, Fornalutx, más
cerca Deyá y el abismo del mar dormido, que parece otro cielo posado, y
de la otra parte la espléndida bahía de Palma y la llanura mallorquina,
como un mar de esmeralda. En el fondo, a nuestros pies, la Foradada
parecía un negro dragón que se metiese, serpenteando, en el mar. El
agujero que atraviesa la roca de parte a parte, y a que debe su nombre
el promontorio, lucía como el ojo tímido de un dragón que huye vencido
a sepultarse en el mar.
Esto de ascender a las cimas de las montañas, y más si son rocosas,
es un placer que tiene tanto de sensual como de estético, es una
voluptuosidad de la fatiga. Y cada cumbre tiene su sabor, tiene su
gusto. No cabe decir en qué tal cima es distinta de la otra, como no
cabe expresar en qué se diferencia el gusto de un manjar del de otro
manjar cualquiera. Pero así como cada manjar debe de dar, a través de
la economía animal, un tono distinto a nuestro espíritu y sugerirle
por tal modo distintas formas de ideas, así cada cumbre es como otra
música que nos pide otra distinta letra. Y yo espero que con el tiempo
me brote en la fantasía la planta de la semilla que me dejó en ella el
haber puesto el pie en la cumbre del Teix y el haber respirado en ella
el aire que como entre sus dos manos batió el Señor entre el cielo y
el mar henchidos de luz de aquella isla de oro.
Y la bajada del Teix, ya de noche, a través de la luna que se filtraba
por las copas de los olivos y algarrobos, viendo en el fondo, como
rojas estrellas, las luces humanas de Valldemosa. Rompí a cantar,
aunque sin arte alguno. Y esto de cantar lo hago en rarísimos momentos
de mi vida y en la soledad. Sobre todo para que no me lo oigan.
Al día siguiente de la ascensión al Teix fuimos a visitar la ermita de
la Trinidad. Los ermitaños es una de las cosas más típicas de Mallorca.
Ellos pretenden conservar la más pura tradición de los primitivos
ermitaños. Dijéronme que eran de la orden de San Antonio Abad, orden
que no sé que hoy exista, reconocida como tal. Son legos y hacen votos
perpetuos, pero simples. Tienen en Mallorca una organización, si tal
puede llamarse, puramente insular. Carecen de todo lazo ordenancista
con los ermitaños de Córdoba, por ejemplo, de cuya existencia han oído.
Son gente sencillísima, payeses o campesinos los más, que se retiran
a orar y a vivir una vida de extrema pobreza, pero en medio de una
naturaleza espléndida que por sí sola enriquece. Allí, en la Trinidad
de Valldemosa, se puede muy bien vivir con unas sopas escaldadas y
aceitunas, pues el aire cernido por la fronda y la visión del mar que
allí abajo tapiza el cielo basta para alimentar no ya sólo el espíritu,
sino también el cuerpo. No son más que cinco ermitaños.
A la puerta de cada una de sus celdas hay una pequeña inscripción que
dice entre otras cosas que: «el consuelo de morir sin pena--bien vale
la pena de vivir sin consuelo». Mas esto de que vivan sin consuelo
me parece que no pasa allí de ser un tópico retórico. De todo tenía
aire y traza menos de desconsolado el ermitaño que nos atendió, un
joven moreno, de cerrada barba negra, con aspecto de «sufí» moro.
Al verle, algo remangadas las anchas mangas del hábito, tirar de la
cadena del pozo para sacar el balde de agua, en medio de aquel soberbio
escenario, de todo menos de desconsuelo y de tristeza. ¡Y aquel pequeño
cementerio, colgado sobre el bosque que cuelga sobre el mar, donde
duermen, bajo un cielo todo luz y al arrullo de las olas los ermitaños
que fueron! Allí la anacoresis, el retiro, es una voluptuosidad; es
acaso la manera que tienen de satisfacer una vocación estética los
pobres payeses. ¿Quién sabe si en el fondo aquella vida ermitaña no es
la más sutil bohemia para aquellos hombres sin literatura?
Blanquerna, el personaje de la novela ascética de Ramón Lull, el
filósofo iluminado, el más alto espíritu de Mallorca a quien allí le
llaman el beato Ramón Lull, aunque la Iglesia no lo haya beatificado,
Blanquerna, después de haber sido papa, renuncia al papado para hacerse
ermitaño. Es la vida suprema. Y concibió aquella novela Lull en el
retiro de Miramar. Aquel hombre de alma encendida, loco de Dios según
él mismo se llamaba, especie de cigarra espiritual ebria del sol de las
almas--para él Dios era ante todo luz--cantaba estremecido y la larga
oración de sus obras místicas y filosóficas, rosarios de aspiraciones,
son como el canto de la cigarra de Miramar. Y fué merced a él la
lengua catalana la primera lengua vulgar en que habló la especulación
filosófica, a principios del XIV, como hizo notar Menéndez y
Pelayo.
Blanquerna, el hijo de Aloma y Evast, después de recorrer estados,
viene a quedar como en supremo grado en ermitaño, en cigarra de Dios.
Va a hacer penitencia en los altos montes y en compañía de los árboles,
de los pájaros y de las bestias, y en rigor no hace más penitencia
que los árboles, los pájaros y las bestias. ¿Qué le importa a la
cigarra ayunar y que el sol la escalde si tiene el canto? Quería estar
y contemplar al Dios de gloria. «Una fuente y muy bella, una capilla
antigua y una celda muy bella», nos dice Lull. Y hasta la calavera que
hay allí, en la celda, en su caja--nos la mostró el ermitaño y sabía
quién era--resulta un objeto bello; debe resplandecer al sol como una
joya el hueso desnudo. Pierde allí su horror la muerte. «De noche abría
Blanquerna--nos dice Lull--las ventanas de la celda para ver el cielo
y las estrellas y comenzaba su oración como más devotamente podía para
que toda su alma estuviese con Dios y sus ojos en lágrimas y lloros».
Pero no lágrimas ni lloros de dolor, sino de derretimiento, de devoción
y amor y de gratitud al ver la obra de Dios. Esto no lo dice Lull,
pero lo digo yo. El texto litúrgico que allí, en Miramar, mejor encaja
es aquél que dice en el _Gloria in excelsis_ lo de: _gratias
agimus tibi propter magnam gloriam tuam_: te damos gracias, Señor,
por la grandeza de tu gloria. Es lo que hay que cantar en toda Mallorca
y singularmente en el Miramar de Valldemosa. Allí hay que dar gracias
a Dios por su obra, sin pedirle nada más. Y se comprende que allí
donde los cielos y los montes y los mares narran la gloria del Señor
pretendiera Lull racionalizar toda teología, porque allí el arte se
hace razón y la razón arte. La fantasía ha tomado cuerpo terrestre y
visible, ha cuajado en la roqueta florecida de Mallorca.
Termina el Blanquerna con el encendido _Libro del amigo y del
amado_, que son jaculatorias místicas para cada día del año. Libro,
dice el mismo Lull, compuesto al modo de los de los «sufíes», que
tienen palabras de amor y ejemplos abreviados y que dan al hombre gran
devoción. Se ve el abolengo más que oriental, africano, líbico, del
encendido chirrido de la cigarra espiritual mallorquina. La inspiración
se la trajo viento del mediodía o leveche--_'lleveitx_--, esto es,
líbico, acaso el encendido _xaloc_, el viento del suroeste. «Tú
que llenas el sol de resplandores, llena mi corazón de amor», le dice
el amigo al amado, le dice la cigarra espiritual de Miramar al sol de
las almas que bruñe el mar nacarado. Le decía el amigo al pájaro que
cantaba en el vergel del amado: «Si no nos entendemos por lenguaje
entendámonos por amor, porque en tu canto se representa a mis ojos a
mi amado». El vergel del amado en que canta el pájaro es Mallorca, una
gran ermita ceñida por el mar de Cristo.
Para digerir y asimilarse el divino regalo de la visión de la isla de
oro donde todo narra la gloria del sol, no creo que haya mejor que
recogerse en la ermita de la Trinidad de Valldemosa, a vivir unos días
nutriéndose de los frutos de la tierra que se pisa y del aire del cielo
y el mar cernido por los olivos y leer el Blanquerna mientras se oye
el febril chirrido de las cigarras. Y pasearse luego, no caminar, sino
pasearse, entre aquellos olivos centenarios de contorsionados troncos
que fingen monstruos y vestiglos. Es el árbol que aspira a vida animal,
acaso para poder cobrar una voz cualquiera con que decir, aunque
inarticuladamente, la gloria del Señor. Aquellos olivos, como aquellas
rocas, parecen aspirar a otra vida más alta. Son olivos ermitaños, y
tal vez hacen, a su modo, penitencia. Son olivos que tienen fisonomía,
personalidad, porque tienen historia, esto es: alma. ¿Quién sabe si
no oyeron los suspiros de gracias de Blanquerna? Sólo conociendo algo
la obra encendida de Ramón Lull, del juglar de Mallorca, del loco de
Dios, de la cigarra del Cristo latino, se puede penetrar en la belleza
espiritual de la isla de oro, en lo que quiere decir aquella fantasía
divina encarnada en roca florecida y ceñida por el mar de zafiro y de
esmeraldas y de topacios y de nácares irisados; pero sólo conociendo
la isla de oro y habiendo sorbido con los ojos su esplendor fulgurante
y habiendo visto sus rocas y sus olivos, que aspiren a más alta vida,
se puede comprender la obra de aquel singular espíritu iluminado que
peregrinó en el puente del siglo XIII al XIV, «siglo epiléptico en que
todas las pasiones buenas y malas llegaron a su mayor grado de furia y
extremosidad, hirviendo toda sangre y toda carne en sed de deleites o
en sed de maceraciones infinitas». (Menéndez y Pelayo).
Al volverme de la isla de oro a esta Barcelona venía en el buque
diciéndome: «_Gratias ago tibi, Domine, propter magnam gloriam
tuam!_»: ¡Gracias, Señor, por haber dado a España esa ermita
abrazada por tu cielo y tu mar latinos!
Barcelona, octubre de 1916.
LOS OLIVOS DE VALLDEMOSA
RECUERDO DE MALLORCA
_A Pilar Montaner de Sureda._
Esa montaña costera de Mallorca, esa brava sierra florecida con que se
yergue la roqueta para mirarse en el mar en que parece mezclarse su
sangre, sangre de zafiro, con la sangre nacarada del cielo, es como una
ermita en que rocas y árboles hacen la sabrosa penitencia de aspirar,
retorciéndose, a Dios. Las cigarras, ebrias de sol, estremecen el cielo
y la tierra con su chirrido, brezando la siesta ensoñadora del mar.
Blanquerna renunció el pasado para ir ahí, a Miramar de Valldemosa, a
hacer penitencia en los altos montes y en compañía de los árboles, de
los pájaros y de las bestias, contemplando la gloria de Dios junto a
una capilla antigua y a una bella fuente en una celda bella. De noche
abría las ventanas de ésta--así nos lo dice el iluminado Ramón Lull,
la cigarra loca del dios del Mediterráneo--para ver el cielo y las
estrellas, y comenzaba su oración como más devotamente podía para que
su alma estuviese con Dios y sus ojos en lágrimas y lloros. Lágrimas
que le brotaban con la pureza con que brota de la roca el agua de
manantial; lágrimas que eran lluvia del cielo, del alma. Y Blanquerna
entonó allí, al modo de los sufíes que tienen palabras de amor y
ejemplos abreviados y que dan al hombre gran devoción, el canto del
_Amigo y del Amado_. Y le pedía a Dios que, así como llena al sol
de resplandores, le llenase de amor el corazón.
Los penitentes olivos de Valldemosa, los olivos ermitaños de Miramar,
se acuerdan de Blanquerna, cuyos suspiros cernieron con su follaje
antes de que fuesen a acostarse y anegarse en el mar de zafiro. Y
si alguna vez, vencidos por la pesadumbre de los años, los olvidan,
recuérdanselos las cigarras, que narran la gloria del Señor. Las
cigarras chirrían estremecidas en la ermita de Mallorca, diciendo:
_Gratias agimus tibi, Domine, propter magnam gloriam tuam._
Las rocas y los árboles aspiran allí a una vida más alta, a una vida de
conciencia contemplativa. Aquellas rocas de las encantadas calas, las
que con el canto estremecido de sus colores enloquecieron al pobre Mir,
fingen extraños monstruos que no son sino la aspiración a un cuerpo en
que encarne un alma contemplativa. Aquellos acantilados que cuelgan
sobre el mar y que parecen carnes desolladas al vivo, desgarradas por
el cilicio y las disciplinas, hacen la sabrosa penitencia de buscar a
Dios. Hanse desollado así para que el sol les penetre en las entrañas.
Y esas entrañas rocosas de la roqueta de Mallorca están llenas de
ventrículos, de recónditas celdas donde el agua sueña y forja también
cuerpos que aspiran a la conciencia.
Aquel olivo que lleva su copa como una enorme cornamenta enramada
y se tiene en el suelo con sus cuatro patas; aquel olivo como un
monstruo paleontológico, ¿es que se agarra a la roca o es que quiere
desprenderse de ella?
Esos olivos han vivido, y como todo lo que ha vivido y no sólo
vegetado, tienen su historia. Y como todo lo que ha vivido y tiene
historia son yos, son personas, cada una de ellas con su fisonomía,
con su carácter, con su alma. Ancianos ermitaños, cobran esos olivos
toda su alma como los hombres la cobran, cuando las arrugas les surcan
la frente, cuando las mejillas se les retuercen, cuando las barbas les
blanquean, cuando tiene cada uno sus pliegues. Que no sin honda razón
estética siempre que se representa a un hombre que vivió en la historia
y llegó a viejo, represéntasele en su vejez más que en su mocedad. El
retrato de mocedad sólo tiene valor para el amor que no entiende de
historias y que en vez de vivir vegeta.
Junto a Santa María, en el llano de esa roqueta de Mallorca, vi
un almendral que es para el arboricultor una maravilla. Están los
almendros en correctísima formación, como un regimiento bien instruido
y disciplinado, guardando escrupulosamente la fila. Y todos son
iguales, exactamente iguales, aquellos reclutas de la arboricultura.
Cada uno con sus tres grandes ramas; todos bien esponjados para que
el sol llene sus copas. Puesto uno en una fila y enfilándolos con la
mirada sólo ve al primero, que cubre por entero a los demás de la
fila. Y dan sus almendras, que no son las aceitunas amargas de los
viejos olivos ermitaños de Valldemosa. Y aquellos almendros reclutas,
disciplinados, uniformes, alineados, de Santa María, no aspiran a la
conciencia. Verdad es que tampoco ven al mar, espejo de los ojos del
Señor.
Decía Rusiñol de esos olivos que son como ciertos poetas que se
retuercen y atormentan y contorsionan el magín para parir un soneto, y
así ellos se retuercen, atormentan y contorsionan para dar aceitunas.
Pero es que en una amarga aceituna se sabe más a la conciencia de una
vida más alta que no en una dulce almendra. Y en un soneto puede ir
toda una alma torturada.
¿Pero sufren al retorcerse así? No, no sufren. Esos retorcimientos son
como las penitencias de Blanquerna en los altos montes y en compañía de
los árboles, de los pájaros y de las bestias; esos retorcimientos son
como la queja del chirrido de las cigarras. Es el amor al sol, que toma
formas de penitencia y de maceraciones.
Como aquellos ermitaños envejecidos en buscar a Dios, no les queda a
los olivos más que los huesos, la piel y la cabellera. Y tampoco la
roqueta, la gran ermita ermitaña que es Mallorca, tiene sino huesos,
huesos de roca, atezada piel y frondosa cabellera de árboles. Olivos,
almendros, higueras, algarrobos, pinos, encinas... nacen de la roca. Y
es la roca como rayos de sol en largos siglos cristalizados. Sorbiendo,
embebecido, por los ojos la fulgurante hermosura de las rocas costeñas
de Mallorca, ocurrióseme fantasear si no serán esas rocas estalagmitas
de la lluvia de rayos de sol que de continuo gotea sobre el mar de la
isla de oro.
Aquel enorme dragón de la Foradada, que retorciéndose se vuelve a mirar
a tierra cuando va a sumergirse en el mar y así se queda, espiando,
receloso, el bosque de Miramar, deja ver en el fondo de su ojo al
cielo tocando al nacarado océano. Y nos habla de los monstruos de la
_Odisea_. Porque aquél es el mar homérico, el mar de color de
vino, el de Escila y Caribdis, no el mar tenebroso de Camoens, el de
Adamastor.
Aquellos viejos olivos cenobitas, cartujanos, oyeron los suspiros
de Blanquerna y habían oído también los alaridos de las huestes de
Jaime el Conquistador. Y oyeron los gritos que lanzaban Cabrit y Basa
en el castillo de Alaró cuando a manos de Alfonso de Aragón pereció
la breve independencia del fugitivo reino de Mallorca. Aquellos
olivos saben Historia. Y no la saben los almendros disciplinados del
regimiento arbóreo de Santa María. Los unos son cenobitas, los otros
son mercenarios.
¿Se acuerda usted, amiga mía, cuando tendidos allí, sobre la roca, al
pie de un árbol, entre aquellos cenobitas vegetales, usted, su marido,
Gabriel Alomar y yo veíamos al sol acostarse entre los nácares de
la lontananza del mar latino? _¡Mediterráneo!_ Es ya de por sí
un verso adónico para cerrar tres sáficos endecasílabos, como decía
Alomar. Y un momento parecía como si el último asomo del sol, su
coronilla, fuese la cumbre de una roca que se alzase allá, a lo lejos,
donde el mar coge por fin y sujeta al cielo y le pone pecho sobre pecho
domeñándole. Desde allí, desde donde se oculta a nuestros ojos el Sol,
puede parecer, al ocaso, la isla de oro, la roqueta de las cigarras y
los olivos, otro sol que se acuesta en su sangre azul.
Dejándose embriagar por la luz del cielo de Mallorca, del cielo más que
del Sol--que es un cuajaron de aquella luz--, como de él se embriagan
las estremecidas cigarras, ermitañas de los olivos, se comprende que
Blanquerna renunciase al papado para darse a la vida de ermitaño.
«Que el consuelo de morir sin pena
bien vale la pena de vivir sin consuelo».
Así reza un cartelito a las puertas de las celdas de los ermitaños de
la Trinidad en Miramar de Valldemosa. Pero eso no es sino expresión
litúrgica ermitaña, porque allí no se vive sin consuelo ni en pena.
Allí el alma se retuerce poco a poco, sin retortijones ni dolores,
soñando en la muerte, en Dios, en el sueño inacabable.
El pobre Rubén Darío, en acaso su última temporada de alguna paz y
de ilusión de enmienda, en la que pasó en la que fué Cartuja de
Valldemosa, huésped del generoso Juan Sureda, visitó en la ermita de
la Trinidad a un anciano ermitaño que se había ido allí a acostarse,
a morir. Y el poeta que tan exquisitas olivas, llenas de óleo de
consuelo, nos ha dejado en sus amargos cantos, pensó en lo que pudo
haber sido y no fué. Y allí más abajo, junto al mar, en los lomos
de la Foradada, queda aún entre unas piedras el humo del fuego que
encendió el poeta para cocinar un arroz, ataviado él en tanto de
cocinero. El humo ése acabará por borrarse y acabará por desaparecer
toda la cocinería del gran poeta, y cuando nadie pruebe de sus arroces
literarios, quedarán las generosas aceitunas poéticas, henchidas
de óleo de consuelo, que nos ha dejado en cantos como aquél que en
Valldemosa, en la que fué morada del abad de la Cartuja, dedicó a ésta.
Sólo el que con el alma recogida ha oído en silencio el chirriar de
las cigarras estremecidas de sol en las copas de los viejos olivos
cenobitas de Valldemosa, puede aprovechar la lección espiritual de la
roqueta de Mallorca, vasta estalagmita de la lluvia de luz del cielo
sobre el mar latino.